miércoles, 6 de diciembre de 2017

La Virgen María - Mons. Tihamer Tóth - Cap. 6 Me llamarán Bienaventurada todas las generaciones

LA VIRGEN MARÍA
Mons. Tihámer Toth
Obispo de Veszprém (Hungría)

CAPÍTULO SEXTO

“ME LLAMARÁN BIENAVENTURADA 
TODAS LAS GENERACIONES”
(Lucas 1, 48)

EL CULTO DE MARÍA EN EL PRIMITIVO CRISTIANISMO - EL CULTO DE MARÍA EN LOS TIEMPOS MEDIEVALES - EL CULTO DE MARÍA EN LA ÉPOCA MODERNA -



La historia del culto mariano tiene un rasgo peculiar en extremo interesante, que merece ser estudiado en un capítulo aparte. Y es que la Virgen María, visitando a su prima Isabel, predijo el culto extensísimo, general, que había de recibir en el decurso de los siglos, y sus palabras proféticas y su cumplimiento incesante y perfecto nos obligan a una profunda meditación.
Imaginémonos que una muchacha lugareña, de unos dieciséis años, viniese a la capital y en una de las calles más céntricas empezase a decir con toda seriedad: «Ya veréis que mientras el mundo exista los hombres, desde el Polo Norte al Polo Sur, hablarán siempre de mí, una pobre aldeana, con admiración!...» ¡Qué sonrisas de lástima provocaría en nosotros! ¿No es verdad?
Pues esto, poco más o menos, es lo que aconteció con la Virgen María. El mismo país de los judíos carecía de importancia en el mundo a la sazón conocido; y Nazaret, donde tenía su hogar aquella doncella, era un pueblecito insignificante, y de no muy buena fama (Jn 1, 46), de la tierra de los judíos. Después de la salutación del ángel, aquella doncella desconocida, María, parte de su pueblo para visitar a su prima Isabel; y brota de sus labios el gozo, y se le escapa un grito... que, por su increíble ingenuidad, sólo podría ser motivo de risas si el testimonio de dos milenios no lo confirmase.
Isabel saluda con regocijo a la Virgen María, y María responde al saludo de Isabel con este bellísimo himno: «Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se alegra de júbilo en Dios mi salvador: porque ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava; desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque ha hecho en mí cosas grandes Aquel que es poderoso, cuyo nombre es santo» (Lc 1, 46-49).
¡Con qué incredulidad hubiésemos recibido estas palabras si casualmente hubiésemos presenciado la escena!
¿Te llamarán bienaventurada todas las generaciones? ¿Los millones y millones de hombres que vivirán en la tierra? Pero, ¿quién eres tú? ¿Tal vez la esposa de un emperador poderoso? ¿Quizá la hija del casi omnipotente César Augusto? Pero ¡no! Tú eres hija desconocida de un pueblo insignificante. ¡Tú sueñas! ¡Son alucinaciones!
Pero la historia refuta nuestras palabras de desprecio... De ello quiero tratar en este capítulo. Pasemos revista a la historia para ver cómo se realizó, palabra por palabra, lo que María dijo: «Me llamarán bienaventurada todas las generaciones.»
Veamos la historia del culto mariano: I, en la edad antigua; II, en los tiempos medievales; y III, en la época moderna.

I
EL CULTO DE MARÍA EN EL PRIMITIVO CRISTIANISMO


A) El culto mariano se presenta hoy a nuestra mirada como una inmensa catedral que abarca el mundo entero; todas las generaciones han ido construyendo, ampliando esa magnífica catedral; pero los cimientos fueron puestos por los evangelistas SAN MATEO y SAN LUCAS, que con pocas palabras dicen de María lo más grande que decirse pueda de una criatura.
Los primeros fundamentos del culto mariano los encontramos en las primeras páginas de los Evangelios, allí donde el evangelista refiere la genealogía terrena de Jesús y termina la relación con estas palabras: «Y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, por sobrenombre Cristo» (Mt 1, 16).
Si en toda la Sagrada Escritura no se volviese a decir nada más de María, estas breves palabras serían más que suficientes para explicar el intenso culto que se le tributa. ¿Dónde hay elocuencia humana capaz de agotar este solo pensamiento: ¡María es la Madre de Dios! ¿No hay que honrar a la Madre que tiene por hijo a Dios?
Todo el culto que le tributaron con alma jubilosa los siglos cristianos brota de este solo hecho: ella es la Madre de Cristo, del Hijo de Dios encarnado.
Se consignan también en el Evangelio de SAN LUCAS las bellísimas palabras con que saludó por primera vez a la Virgen María el ángel del Señor, y que desde entonces son repetidas a diario por millones y millones de hombres: «Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres » (Lc 1, 28).
Y leemos, también en SAN LUCAS, el rápido eco que tuvo esta salutación, cuando Isabel recibió a María con estas palabras: «¡Bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre!» (Lc 1, 42).
Leemos la historia de los pastores de Belén. Fueron apresurados a Belén, y hallaron... ¿a quién? ¿Hallaron a un niño solo? No. Sino: «Hallaron a María y a José, y al Niño reclinado en el pesebre» (Lc 2, 16). Junto al Niño divino está siempre también su Madre Virgen.
Y leemos su presentación en el templo, la visita que allí hace Jesús a los doce años y su vuelta; al final del acontecimiento memorable hay estas líneas: «Y les estaba sujeto» (Lc 2, 51). Cristo era obediente hijo de María.
Y pendiente de la cruz, el Señor confía su Madre al apóstol SAN JUAN con estas palabras: «Ahí tienes a tu Madre.» Y los HECHOS DE LOS APÓSTOLES consignan que después de la Ascensión de Cristo, el centro de cohesión de los Apóstoles fue la Virgen Santísima.
Dios envió a un arcángel para saludar a la Virgen María, y esta Virgen es la Madre de Dios, y a esta Madre obedecía con humilde amor su divino Hijo...: he ahí la raíz última del culto mariano; he ahí la primera etapa del cumplimiento de la profecía: «Me llamarán bienaventurada todas las generaciones».

B) El acendrado amor con que la piedad de los primeros cristianos rodeó a la Virgen María se muestra con diferentes testimonios. Y si no quisiéramos dar crédito a los pasajes mencionados de la Sagrada Escritura, hablarían las mismas palabras a favor de María; imágenes, estatuas, iglesias, leyendas, santuarios, fiestas y cánticos antiquísimos darían prueba de la piedad con que la Iglesia católica enaltece a María.
El primer testimonio nos lo dan las antiquísimos imágenes. El culto cristiano, al principio, se celebraba —a causa de las persecuciones sangrientas— en las catacumbas. Y es un hecho interesante que en las catacumbas más antiguas, por ejemplo, en las de Priscila, ya se hallan imágenes de la Virgen Bendita, teniendo en sus brazos al Niño Jesús. Tales imágenes datan de la primera mitad del segundo siglo. Se daba culto a la Virgen María en una época en que —por decirlo así— estaba todavía caliente la Sangre de Cristo, cuando los primeros mártires ofrendaban su vida por la fe de Jesús. ¿Es posible que los primeros cristianos ya se hubiesen desviado de la fe verdadera?
Si el culto mariano no es compatible con la voluntad de Cristo, ¿no habrían protestado los que pudieron aprender todavía su fe de los mismos apóstoles y de sus sucesores inmediatos? Y no protestaron, más aún, nos legaron hermosos libros en defensa de María, que provienen del segundo siglo y se deben a la pluma de San Justino, San Ireneo y Tertuliano.
También se prueba la antigüedad del culto mariano por aquel cúmulo de leyendas que se trenzaron en torno de la figura bendita ya en los primeros tiempos, leyendas que nos han sido transmitidas por los llamados escritos apócrifos.
Otro paso en el desarrollo del culto mariano fue la institución de las fiestas de María, que colocaron ante la vista de los fieles algún que otro acontecimiento de la vida de la Virgen. Un nuevo paso son las iglesias erigidas en su honor. Bien es verdad que hasta el siglo IV no encontramos tales templos al descubierto sobre el suelo; pero mucho antes los cristianos honraban con amor y homenaje las imágenes de María bajo tierra, en las catacumbas.
El más antiguo templo mariano de que tenemos noticia lo hizo construir el Papa Silvestre I, a principios del siglo IV; es la iglesia de «María Antigua». En el siglo V, el Papa Sixto III hace construir la de «Santa María la Mayor», que todavía hoy es uno de las más hermosas iglesias marianas del mundo entero. Desde entonces andan a porfía, para levantar iglesias en honor de la Virgen, emperadores, reyes, obispos y seglares distinguidos, de suerte que
al finalizar ya la edad antigua se alzan templos a cual más hermosos, que testifican la verdad, expresada en el himno de la humilde Virgen de Nazaret: «Me llamarán bienaventurada todas las generaciones.»
Y para ver el cuidado filial y la preocupación solícita con que los primitivos cristianos velaban por la dignidad y el culto de María, basta recordar el Concilio de Éfeso, celebrado en el año 431, en que tuvo de procederse a la defensa de la maternidad divina de María contra las herejías.
El pueblo cristiano, congregado en gran multitud, esperaba con ansiedad las noticias que le llegaban del Concilio: a ver cómo fallarían los Obispos. Y cuando por la noche conoció el resultado, cuando supo que el Concilio hacía triunfar la maternidad divina de María, la recelosa inquietud se trocó en una manifestación espontánea de júbilo, y el pueblo acompañó a los Padres del Concilio con procesiones de antorchas, en medio de un entusiasmo delirante. ¿Es posible que aquella que fue honrada con tanto amor filial por el cristianismo del siglo V sea olvidada por los cristianos del siglo XX?

II
EL CULTO DE MARÍA EN LOS TIEMPOS MEDIEVALES

La santa herencia recibida de los primeros siglos cristianos fue piadosamente recogida y ampliada por la Edad Media. Junto a las antiguas fiestas marianas se instituyeron otras nuevas. Se introdujo la costumbre de consagrar de un modo especial, cada sábado a María. Se compusieron himnos a cual más hermosos en honor de la Virgen. Se propagó de un modo especial la oración del Avemaría; hasta el siglo XV solamente la primera parte, o sea las palabras del Arcángel y el saludo de Santa Isabel; después, a segunda parte, tal como la rezamos hoy día. Se difundió el rezo del Santo Rosario, y desde el siglo XIV pasa de campanario en campanario, de pueblo en pueblo, la voz de pregón con que las campanas invitan al Ángelus, la voz solemne y suave del Ave, que resuena en medio del silencio, de la tranquilidad de la aldea. ¡Qué emociones más excelsas experimenta el hombre cansado por las faenas del día, cuando de un valle oculto, de una capilla lejana, se oye de repente la campana del Ángelus!
Cuadros hermosísimos de pintores, bellísimos versos de poetas sirven de expresión a esa poesía de embeleso. Pasta leer las estrofas maravillosas de Lord Byron (inglés), de Lamartine (francés), de Gebel (alemán), que cantan la «campana del Ángelus». Es interesante el hecho de que a mediodía se toquen las campanas aún en muchas iglesias que no son católicas... El mismo que las toca no sabe el porqué.
Tendríamos que dedicar un capítulo especial a la labor de las Órdenes de Caballeros, de las Congregaciones marianas y Órdenes religiosas, que en noble competición rindieron culto a la Virgen, como por ejemplo, los cistercienses, los premonstratenses, los dominicos, los franciscanos.
Recuérdense también los centenares y millares de santuarios, iglesias, catedrales, levantados durante la Edad Media en honor de la Virgen Santísima, himnos marianos plasmados en piedra, esplendores regios del estilo románico y del gótico, que por todos los países y ante todos los hombres pregonan el cumplimiento de las palabras proféticas: «Me llamarán bienaventurada todas las generaciones».
¿Quién podrá enumerar las hermosísimas iglesias que la Edad Media, con el perseverante y admirable trabajo de decenios de siglos, levantó en honor de la Virgen Santísima? ¿Quién podrá componer la lista de volúmenes que cantan la gloria de María? ¿Contar los millares de imágenes y célebres cuadros de la Madre de Dios? ¿Las innumerables poesías que los hombres le ofrecieron en homenaje, empezando por los cantos XXXII y XXXIV del Paraíso, del DANTE?
Hoy día nadie sabe pintar imágenes de María como las de Fray Angélico o de Rafael. Nadie sabe cantarle melodías como las que brotaron de las armas medievales. Quizá nunca vuelva la humanidad a levantar catedrales como las que el Medievo erigió en honor de María. No se podrá ya imitar la ternura —y por decirlo así — el balbuceo infantil con que la Iglesia mimaba en su liturgia a la Virgen Santísima, llamándola «cedro del Líbano», «ciprés de Sión», «palmera de Cades», «rosa de Jericó», «olivo», «bálsamo», «casa de oro», «torre de marfil», «rosa mística».
¿Nos es lícito a nosotros, cristianos modernos; olvidar el alto grado a que llegaron nuestros mayores en la antigüedad y en el Medievo honrando a la Virgen Santísima?

III
EL CULTO DE MARÍA EN LA ÉPOCA MODERNA

¿Qué aspecto presenta la época presente? Es época que al principio vio peligrar el culto mariano, porque la terrible conmoción religiosa del siglo XVI se volvió con peculiar vehemencia contra este culto, Un sinnúmero de imágenes y estatuas marianas, artísticamente inapreciables, fueron víctima del odio más obcecado. Es la época en que podía tal vez ocurrírsele al hombre pensar con honda duda: «Me llamarán bienaventurada todas las generaciones »...; sí, hasta hoy ha sido verdad; pero ¿lo será también en adelante?

A) Pues bien; si ahora, en la primera mitad del siglo XX, echamos una mirada retrospectiva sobre los mismos tiempos de la época moderna, vemos con emoción que nuestro recelo carece de fundamento. Apenas se produjo la dolorosa escisión, tan pronto se desgajó una hermosa y grande rama del árbol de la Iglesia, cuando, a los pocos años, en 1563, se fundó la primera Congregación Mariana, y se difundieron con una rapidez increíble las congregaciones, que, no solamente propagaban el culto mariano, sino que, además, lograron, precisamente por ello, una radical renovación religiosa.
También vemos en esta época un auge incomparable de las romerías a los diferentes santuarios marianos. Muchos hombres, del todo escépticos, se escandalizan hoy de estas peregrinaciones. Y, sin embargo, sólo puede escandalizarse quien desconozca el alma humana, el deseo místico, el afán innato que, no sólo en el cristianismo, sino también en las otras religiones, dio por resultado un gran incremento de las peregrinaciones. En fin de cuentas, si no nos escandalizamos de que una miss americana diga en la habitación de Goethe, en Wéimar: « ¡Ah! ¡Es aquí donde vivió el gran Goethe! », y de que millares y millares de hombres se detengan en silencio delante de una casa señalada con una pequeña lápida de mármol, porque « ¡Aquí nació Beethoven! », « ¡En esta casa vivió Napoleón! », tampoco puede causarles sorpresa, ni pueden tomar a mal que el corazón cristiano siempre se haya sentido intensamente atraído por Belén, Nazaret, Jerusalén, la tumba de San Pedro..., los lugares en que vivió y se movió Cristo, o en que vivieron los héroes de la fe cristiana.
Y ya que no todos pueden ir tan lejos, han de contentarse muchos con una imagen sagrada, principalmente con una imagen mariana, y visitarla en peregrinación y explayar ante ella el corazón. Tal es el origen de los famosos santuarios de Loreto, Lourdes, Censtochova, Guadalupe, etc., que constantemente se ven visitados por millares y centenares de millares de fieles que allí acuden para cantar las alabanzas de María. Lo que significan estos santuarios marianos en orden a profundizar la vida religiosa, difícilmente podría decirse. Esto hay que vivirlo.
Los que no están conformes con el culto mariano sacan a relucir con preferencia los abusos reales o más bien los abusos imaginarios que se cometen. Es indudable que en el vivo colorido del culto mariano se mezclan también los rasgos peculiares de determinados países, razas o clases sociales, y si el hijo de los países norteños toma parte con su sangre fría en la liturgia con los meridionales de sangre caliente, o si un erudito sepultado entre libros se encuentra de repente en medio de las manifestaciones ardientes de los peregrinos llegados a un santuario mariano..., es posible que el espíritu de crítica quiera entonces poner sus peros y, sin embargo, no hay motivo ni razón. Porque si Dios ha creado una inmensa variedad de naciones y pueblos, entonces es lícito y obvio que se introduzcan mil variedades de colores en el culto que brota de un mismo dogma invariable, único y verdadero.
Y aun allí donde realmente se cometen abusos —o, con más precisión, donde hay falsas excusas para divertirse—, por más que nos esforcemos por suprimirlos, no hemos de olvidar que los hombres pueden abusar de todo lo grande y de todo lo noble; pero así como no suprimimos las fiestas nacionales, porque hay personas que por su entusiasmo patriótico se emborrachaban en ellas, de un modo análogo tampoco podemos renunciar a las bendiciones del culto mariano porque por parte de algunos se manifieste en una forma errónea..

B) ¿No habéis experimentado, amigos lectores, cuán severa y fría es la casa donde no se habla de la madre? Pues bien, la Iglesia católica no quiere ser una casa huérfana de madre. En las páginas de su historia, casi dos veces milenaria, sentimos una y otra vez el calor, el cuidado y la preocupación filial con que la Iglesia defendió, pregonó y extendió el culto de María.
En un altar de la Iglesia de la Universidad, en Budapest, hay una imagen muy conocida de María. No es más que copia. El original está en Censtochova, en Polonia. Nuestra Iglesia sirvió un día de templo a los paulistas; y el templo y el convento de Censtochova es actualmente el centro de la Orden. El día 15 de agosto llegan anualmente polacos a Censtochova para honrar a la Virgen, unos 300.000 peregrinos.
Cuando éstos entran en el magnífico templo, después de una caminata de ocho o diez días a pie, hay que ver en su cara y en sus ojos, arrasados de lágrimas, la alegría inmensa que ninguna otra cosa puede comunicarles en esta tierra.
Hay que ver también una noche cualquiera, desde la terraza que hay delante de la basílica de Lourdes, a la multitud de todos los países que pasa con cirios encendidos en la mano, y cantan el Avemaría, y levantan después el cirio, brotando de miles de gargantas, con aire triunfal, con sentimiento de orgullo, el «Credo in unum Deum!» El que ha vivido estas escenas sabe lo que significa el culto mariano para avivar nuestra fe.
¿Y quién podrá contar las fervorosas oraciones que se pronunciaron en todos los rincones del mundo ante una imagen solitaria, perdida en los campos, de María? ¿Quién podrá medir aquel mar de amargura que se mitigó ante una imagen de la Virgen María? ¿Quién podrá hacer una lista de todas las almas que después de una larga vida pecaminosa se encontraron nuevamente con Cristo en algún santuario mariano? En el Septentrión y en el Mediodía, en el Oriente y en el Occidente, en los montes y en los valles, en los campos y en los bosques, se levantan amables imágenes, capillas, iglesias dedicadas a la bienaventurada a la Virgen Madre.
Entra en cualquier museo célebre del mundo y contempla los centenares de imágenes marianas de fama mundial; escucha la serie de obras maestras de la literatura universal que cantan a María; observa las bellas melodías de los cánticos marianos, a cual más hermosos, compuestos por Haydn, Liszt, Mozart, Beethoven, Wágner, Gounod, Verdi, y después medita, y piensa quién ha podido ser aquella doncella desconocida que hace unos dos mil años pudo decir con tanta verdad, con una verdad que excede toda imaginación: «Bienaventurada me llamarán todas las generaciones ». No creo que, meditando en serio tal hecho inaudito haya hombre que pueda negar a la Virgen María el respeto filial.

* * *

Agonizaba una madre, y junto a su lecho, con el corazón oprimido, estaban sus hijos. Allí estaba el menor, un niño de cinco años, que no podía comprender aún lo que significa morir. No sabía más que su madre, a la cual había oído cantar tantas veces y tan hermosamente, estaba entonces pálida, sin fuerzas, y yacía en la cama. Y el niño con su ingenuidad infantil, le preguntó a la madre: «Mamaíta, ¿es verdad que ya no volverás a cantar más?» Y a estas palabras, la mujer moribunda recogió todas las fuerzas que le quedaban y, con un último esfuerzo, empezó a cantar: «Venid, alabemos a María...» Es lo que pudo cantar. Después se desplomó muerta.
Pálida, sin fuerzas, yace también nuestra época en su lecho de dolor. En vez de llevar una vida tranquila, digna del hombre, vivimos en medio de privaciones, de un miedo continuo y de cambios sociales. En el ruido infernal de la presente lucha de vida o muerte, ¿puede oír aún el hombre moderno la voz de la campana que toca el Avemaría? Se construyen fábricas de aviones y autos, Bancos y tiendas, tribunales y prisiones...; pero ¿dónde se construyen espíritus fuertes que honren a María? Y, sin embargo, si no son nuevamente numerosas las almas que alaban a María, si no nos alistamos todos nosotros en las filas de las generaciones que llaman bienaventurada a la Virgen María, no podremos experimentar de nuevo la fuerza vivificadora del culto mariano. Coloquémonos, pues, en espíritu junto a la Virgen María, que con alegría canta el «Magníficat», y resuene, asimismo, en nuestros labios el cántico de alabanza: «Rosa del Edén, luz del cielo, ¡oh, María; yo te bendigo!»

* * *

Saludo magnífico, antiquísimo, de la Iglesia católica es aquella oración de todos conocida, que comienza con estas palabras: «Dios te salve, Reina y Madre de misericordia; vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve.» El que ha oído una vez siquiera la magnífica melodía con que la cantan los religiosos en monasterios después del rezo vespertino, antes de ir a descansar, habrá sentido en este cántico toda la confianza filial, todo el respeto y devoción que la Iglesia de Cristo tiene a la Madre de Jesús.
¡Dios te salve!, Reina, Virgen gozosa, que desde la eternidad fuiste escogida por Dios y hallada digna de ser la Madre de su Hijo Unigénito.
¡Dios te salve, Reina!, Virgen dolorosa, que compartiste con fidelidad de mártir todos los padecimientos de tu divino Hijo.
¡Dios te salve! Reina, Virgen gloriosa, que gracias a la hermosura de tu alma impregnada de Dios fuiste hecha de «esclava del Señor» «Reina de los cielos».
... Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos. Y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre...

Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce siempre Virgen María.

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