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jueves, 8 de mayo de 2014

Los sacramentos y los divorciados vueltos a casar - Card. Velasio De Paolis

“Los divorciados vueltos a casar
y los sacramentos
de la Eucaristía y la Penitencia”[1]
 
Premisa
 
Hablamos de los divorciados vueltos a casar, pero el discurso sustancialmente vale para todos aquellos que viven en situaciones familiares irregulares.
La puntualización “vueltos a casar” significa que el divorciado en cuanto tal no está excluido de los sacramentos indicados en el título; pasa a estarlo solo cuando atenta un nuevo vínculo y empieza a vivir una situación conyugal irregular. Y es precisamente esta situación irregular permanente la que constituye el motivo para que sea excluido de los Sacramentos. De hecho quien convive con una persona que no es su cónyuge está en abierta violación de la ley de Dios, tal como la Iglesia la presenta. El derecho de la Iglesia por una parte precisa las condiciones para acceder a los Sacramentos, cuya verificación es confiada al mismo fiel, y por otra se dirige al ministro sagrado indicándole el caso en el cual él debe rechazar la Eucaristía al fiel, por motivos de escándalo. Nosotros limitaremos nuestro discurso a las condiciones necesarias que el fiel debe respetar para acceder lícitamente y fructuosamente a los Sacramentos.
Pensamos que el tema no se puede agotar simplemente en la presentación de la normativa de la Iglesia, por lo demás necesaria, sino que debe ser objeto de reflexión en un contexto más amplio que tenga en cuenta la situación actual que la Iglesia está viviendo.
Dividiremos nuestro discurso en dos partes. En una primera parte, que es como una introducción general, presentaremos el tema al interno de la visión del hombre y de la cultura en general; la segunda parte estará dedicada directamente al tema específico de los divorciados vueltos a casar.
 
Primera Parte: Introducción general al tema
 
1. Situación de crisis de la familia y de la sociedad
 
El matrimonio y la familia son el corazón de la vida de la sociedad y de la Iglesia, para la cual la familia es iglesia doméstica. Se trata de instituciones que están en una profunda crisis. La denuncia se remonta a tiempos lejanos, pero hoy es patente a todos. Preocupa especialmente a la Iglesia, que desde hace tiempo se mueve y se agita para contener la deriva tanto del matrimonio como de la familia. Los documentos al respecto, particularmente a partir del Vaticano II, son numerosos. La Santa Sede ha creado incluso instituciones especiales como el Pontificio Consejo para la Familia[2], y ha dado vida a muchas instituciones para la protección y promoción de la familia. No parece que ella haya recogido frutos relevantes. La situación ha ido degradándose siempre más: los divorcios han aumentado, y las situaciones de los divorciados civilmente y vueltos a casar estimulan el afán de los pastores por encontrar y dar la respuesta a las preguntas que las parejas interesadas les hacen; incluso parecería que los matrimonios tienden a desaparecer del todo, aumentando las convivencias libres y sin compromiso. Por no hablar también de las uniones homosexuales. Pero la crisis del matrimonio y de la familia son síntoma de una crisis todavía más profunda en la sociedad. Cuando se quiebran las columnas que sostienen la casa, significa que la misma casa está por colapsar. La crisis del matrimonio y de la familia, reenvían a una crisis todavía más profunda, aquella de la sociedad.
 
2. Tema de un sínodo de obispos: focalización sobre la situación de los divorciados vueltos a casar y su admisión a los sacramentos
 
El problema es tan preocupante que se creyó necesario proyectar un nuevo sínodo sobre el matrimonio y sobre la familia, haciéndolo preceder por una amplísima encuesta, en la cual todo parece ser puesto bajo signos de preguntas y en discusión. El tema ha sido de algún modo anticipado en el Consistorio de los Cardenales del 20 y 21 de febrero pasado, donde, según los medios de comunicación, se ha de inmediato focalizado la discusión sobre la condición de los divorciados vueltos a casar, y de tal modo que el Card. Barbarin de Lyon, según lo que dice la prensa, parece exclamó: “habíamos sido llamados para hablar del matrimonio y nos encontramos en cambio discutiendo sobre los divorciados vueltos a casar.
 
3. Necesidad de encontrar el camino justo, reflexionando sobre la naturaleza y la historia de la Iglesia
 
¿Qué podemos esperar de toda esta atención? Si no se toma el camino justo corremos el riesgo de extraviarnos y no recoger ningún fruto.
Urge la necesidad de individuar las causas que generan las situaciones dolorosas. El riesgo está en el hecho de que la sociedad de hoy, y en parte sucede lo mismo en la Iglesia, se agita de frente a los problemas y se mueve de inmediato para eliminar los efectos y las consecuencias más dolorosas y evidentes de estas situaciones sin antes haber examinado las causas que las han producido. De este modo no sólo no se eliminan las consecuencias sino que se corre el riesgo de agravarlas. En realidad se trata de hacer una pausa y reflexionar. Esto vale particularmente para nuestro caso. Se deben individuar primero las causas que están en el origen de la situación tan difícil en la cual se encuentran el matrimonio y la familia. Estamos en una sociedad enferma. La curación puede llegar solo si nos damos cuenta del tipo de enfermedad que sufre y si se descubren exactamente las causas. De nada vale ocuparse solo de los efectos más grandes y preocupantes. El mal puede ser eliminado sólo con la correcta medicina y si se extirpan las raíces perversas que lo producen. Para esto se exigen reflexión y ponderación.
Debería ser ya una advertencia el que nosotros hablemos de los males de la sociedad y de la Iglesia, particularmente en el sector del matrimonio y de la familia, sin resultados apreciables. Probablemente no hemos hecho aún esta obra de discernimiento. Lo mismo ha sucedido con la cuestión de la Fe, cuya crisis se encuentra ciertamente al origen de la crisis del matrimonio y de la familia. El Papa Benedicto XVI al establecer el año de la fe indicaba algunas causas, particularmente dos: 1) el hecho de que en este tiempo se haya hablado más de las consecuencias de la fe a nivel político, cultural y social que de la misma Fe y de Su Autor, Jesucristo; 2) una errada y engañadora interpretación y aplicación del Concilio, en lo concerniente a la doctrina de las realidades terrestres, el diálogo ecuménico e interreligioso, el empeño por el hombre integral, el concepto de la realización del hombre, como ya lo había denunciado la Relationi finalis del sínodo de los Obispos en el trigésimo aniversario de la celebración del Vaticano II. Se trata ciertamente de principios que tienen validez, pero cuya interpretación y aplicación no siempre han encontrado la necesaria prudencia y sabiduría. De este modo, a pesar de los innegables esfuerzos que la Iglesia está llevando a cabo generosamente para superar el momento difícil de la fe cristiana y de sus instituciones fundamentales, como el matrimonio y la familia, los resultados parecen más bien modestos.

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