“Los divorciados
vueltos a casar
y los sacramentos
de la Eucaristía y
la Penitencia”[1]
Premisa
Hablamos de los
divorciados vueltos a casar, pero el discurso sustancialmente vale para todos
aquellos que viven en situaciones familiares irregulares.
La puntualización
“vueltos a casar” significa que el divorciado en cuanto tal no está excluido de
los sacramentos indicados en el título; pasa a estarlo solo cuando atenta un
nuevo vínculo y empieza a vivir una situación conyugal irregular. Y es
precisamente esta situación irregular permanente la que constituye el motivo
para que sea excluido de los Sacramentos. De hecho quien convive con una
persona que no es su cónyuge está en abierta violación de la ley de Dios, tal
como la Iglesia la presenta. El derecho de la Iglesia por una parte precisa las
condiciones para acceder a los Sacramentos, cuya verificación es confiada al
mismo fiel, y por otra se dirige al ministro sagrado indicándole el caso en el
cual él debe rechazar la Eucaristía al fiel, por motivos de escándalo. Nosotros
limitaremos nuestro discurso a las condiciones necesarias que el fiel debe
respetar para acceder lícitamente y fructuosamente a los Sacramentos.
Pensamos que el
tema no se puede agotar simplemente en la presentación de la normativa de la
Iglesia, por lo demás necesaria, sino que debe ser objeto de reflexión en un
contexto más amplio que tenga en cuenta la situación actual que la Iglesia está
viviendo.
Dividiremos nuestro
discurso en dos partes. En una primera parte, que es como una introducción
general, presentaremos el tema al interno de la visión del hombre y de la
cultura en general; la segunda parte estará dedicada directamente al tema
específico de los divorciados vueltos a casar.
Primera Parte:
Introducción general al tema
1. Situación de
crisis de la familia y de la sociedad
El matrimonio y la
familia son el corazón de la vida de la sociedad y de la Iglesia, para la cual
la familia es iglesia doméstica. Se trata de instituciones que están en
una profunda crisis. La denuncia se remonta a tiempos lejanos, pero hoy es
patente a todos. Preocupa especialmente a la Iglesia, que desde hace tiempo se
mueve y se agita para contener la deriva tanto del matrimonio como de la
familia. Los documentos al respecto, particularmente a partir del Vaticano II,
son numerosos. La Santa Sede ha creado incluso instituciones especiales como el
Pontificio Consejo para la Familia[2], y ha dado vida a muchas instituciones
para la protección y promoción de la familia. No parece que ella haya recogido
frutos relevantes. La situación ha ido degradándose siempre más: los divorcios
han aumentado, y las situaciones de los divorciados civilmente y vueltos a
casar estimulan el afán de los pastores por encontrar y dar la respuesta a las
preguntas que las parejas interesadas les hacen; incluso parecería que los
matrimonios tienden a desaparecer del todo, aumentando las convivencias libres
y sin compromiso. Por no hablar también de las uniones homosexuales. Pero la
crisis del matrimonio y de la familia son síntoma de una crisis todavía más
profunda en la sociedad. Cuando se quiebran las columnas que sostienen la casa,
significa que la misma casa está por colapsar. La crisis del matrimonio y de la
familia, reenvían a una crisis todavía más profunda, aquella de la sociedad.
2. Tema de un sínodo
de obispos: focalización sobre la situación de los divorciados vueltos a casar
y su admisión a los sacramentos
El problema es tan
preocupante que se creyó necesario proyectar un nuevo sínodo sobre el
matrimonio y sobre la familia, haciéndolo preceder por una amplísima encuesta,
en la cual todo parece ser puesto bajo signos de preguntas y en discusión. El
tema ha sido de algún modo anticipado en el Consistorio de los Cardenales del
20 y 21 de febrero pasado, donde, según los medios de comunicación, se ha de
inmediato focalizado la discusión sobre la condición de los divorciados vueltos
a casar, y de tal modo que el Card. Barbarin de Lyon, según lo que dice la
prensa, parece exclamó: “habíamos sido llamados para hablar del matrimonio y
nos encontramos en cambio discutiendo sobre los divorciados vueltos a casar”.
3. Necesidad de
encontrar el camino justo, reflexionando sobre la naturaleza y la historia de
la Iglesia
¿Qué podemos
esperar de toda esta atención? Si no se toma el camino justo corremos el riesgo
de extraviarnos y no recoger ningún fruto.
Urge la necesidad de individuar
las causas que generan las situaciones dolorosas. El riesgo está en el hecho de
que la sociedad de hoy, y en parte sucede lo mismo en la Iglesia, se agita de
frente a los problemas y se mueve de inmediato para eliminar los efectos y las
consecuencias más dolorosas y evidentes de estas situaciones sin antes haber
examinado las causas que las han producido. De este modo no sólo no se eliminan
las consecuencias sino que se corre el riesgo de agravarlas. En realidad se
trata de hacer una pausa y reflexionar. Esto vale particularmente para nuestro
caso. Se deben individuar primero las causas que están en el origen de la
situación tan difícil en la cual se encuentran el matrimonio y la familia.
Estamos en una sociedad enferma. La curación puede llegar solo si nos damos
cuenta del tipo de enfermedad que sufre y si se descubren exactamente las
causas. De nada vale ocuparse solo de los efectos más grandes y preocupantes.
El mal puede ser eliminado sólo con la correcta medicina y si se extirpan las
raíces perversas que lo producen. Para esto se exigen reflexión y ponderación.
Debería ser ya una
advertencia el que nosotros hablemos de los males de la sociedad y de la
Iglesia, particularmente en el sector del matrimonio y de la familia, sin
resultados apreciables. Probablemente no hemos hecho aún esta obra de
discernimiento. Lo mismo ha sucedido con la cuestión de la Fe, cuya crisis se
encuentra ciertamente al origen de la crisis del matrimonio y de la familia. El
Papa Benedicto XVI al establecer el año de la fe indicaba algunas causas,
particularmente dos: 1) el hecho de que en este tiempo se haya hablado más de
las consecuencias de la fe a nivel político, cultural y social que de la misma
Fe y de Su Autor, Jesucristo; 2) una errada y engañadora interpretación y aplicación
del Concilio, en lo concerniente a la doctrina de las realidades terrestres, el
diálogo ecuménico e interreligioso, el empeño por el hombre integral, el
concepto de la realización del hombre, como ya lo había denunciado la Relationi
finalis del sínodo de los Obispos en el trigésimo aniversario de la
celebración del Vaticano II. Se trata ciertamente de principios que tienen
validez, pero cuya interpretación y aplicación no siempre han encontrado la
necesaria prudencia y sabiduría. De este modo, a pesar de los innegables
esfuerzos que la Iglesia está llevando a cabo generosamente para superar el
momento difícil de la fe cristiana y de sus instituciones fundamentales, como
el matrimonio y la familia, los resultados parecen más bien modestos.
