Jose Maria Iraburu.
Por obra del Espíritu Santo.
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El Espíritu Santo en los
cristianos
1. La inhabitación. -La Trinidad divina en los cristiano.
-La inhabitación en la Tradición cristiana. -Síntesis teológica. -Eucaristía e
inhabitación. -Espiritualidad de la inhabitación.
2. Gracia, virtudes y dones. -Antropología sobrenatural.
-La gracia en la Biblia. -La gracia santificante. -Hijos de Dios y coherederos
con Cristo. -Naturaleza de la gracia. -Las gracias actuales. -Las virtudes y los
dones del Espíritu Santo. -Necesidad de las virtudes y dones. -Virtudes.
-Virtudes teologales. -Virtudes morales.
3. Los dones del Espíritu Santo. -Dones del Espíritu Santo.
-Virtudes, al modo humano y dones, al modo divino. -Actividad ascética y
pasividad mística. -Los dones del Espíritu Santo y la perfección. -Perfección
relativa de las virtudes y de los dones. -Coinciden los teólogos y los
místicos. -A remo o a vela. -Los dones son activados por el Espíritu Santo
desde el principio. -Historia teológica y actualidad de los dones del Espíritu
Santo.
1
La inhabitación
La Trinidad divina en los cristianos
El Espíritu Santo habita en la
Iglesia, como cuerpo que es de Cristo, haciendo de ella el templo de Dios entre
los hombres (1Cor 3,10-17; Ef 2,20-21). Pero también habita en cada uno
de los cristianos. Cada uno de ellos es personalmente «templo del Espíritu
Santo» (1Cor 6,15.19; 12,27). Y ambos aspectos de la inhabitación, el
comunitario y el personal, van necesariamente unidos. No se puede ser cristiano
sino en cuanto piedra viva del Templo de la Iglesia.
El Espíritu Santo es así el principio
vital de una nueva humanidad. En efecto, Jesucristo, «el Señor es
Espíritu» (2 Cor 3,17), y unido al Padre y al Espíritu Santo es para los
hombres «Espíritu vivificante» (1 Cor 15,45). Él habita en nosotros, y nosotros
nos vamos configurando a su imagen «a medida que obra en nosotros el Espíritu
del Señor» (3,18; +Gál 4,6). Por tanto, todas las dimensiones de la vida
cristiana han de ser atribuidas a la acción del Espíritu Santo que procede del
Padre y del Hijo. En San Pablo se afirma todo esto con
especial claridad:
-Es el Espíritu Santo el que nos hace hijos en el Hijo,
es decir, Él es quien produce en nosotros la adopción filial divina (Rm
8,14-17).
-Es el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús, el que nos mueve internamente
a toda obra buena (Rm 8,14; 1 Cor 12,6).
-Es el Espíritu Santo -el agua, el fuego- quien nos purifica del
pecado (Tit 3,5-7; +Mt 3,11; Jn 3,5-9).
-Es él quien enciende en nosotros la lucidez de la fe (1
Cor 2,10-16). «Nadie puede decir "Jesús es el Señor" sino en el
Espíritu Santo» (12,3).
-El levanta nuestros corazones a la esperanza (Rm 15,13).
-Si nosotros podemos amar al Padre y a los hombres como
Cristo los amó, eso es porque «la caridad de Dios se ha derramado en nuestros
corazones por la fuerza del Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5,5).
-El Espíritu Santo es quien llena de gozo y alegría nuestras
almas (Rm 14,17; Gál 5,22; 1 Tes 1,6).
-El nos da fuerza apostólica para testimoniar a Cristo y
fecundidad espiritual, pues la evangelización «no es sólo en palabras, sino en
poder y en el Espíritu Santo» (1,5; +Hch 1,8).
-El nos concede ser libres del mundo que nos rodea (2Cor
3,17).
-El hace posible en nosotros la oración, pues viene en ayuda
de nuestra total impotencia y ora en nosotros con palabras inefables (Rm 8,15.
26-27; Ef 5,18-19).
En suma, según San Pablo, toda la «espiritualidad» cristiana es la vida
sobrenatural que el Espíritu produce en los hombres. Y por eso afirma:
«vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que de verdad
el Espíritu de Dios habita en vosotros» (Rm 8,9; +10-16; Gál 5,25; 6,8).
Y lo mismo enseña el apóstol San Juan.
El que ama a Jesús y guarda sus mandatos «permanece en Dios y Dios en él» (1Jn
3,24). El sarmiento que «permanece» en la Vid, recibe de ésta espíritu, vida,
fruto (Jn 15,4-8). Si alguno ama a Cristo, será amado por el Padre, y las
Personas divinas habitarán en él (14,23). El que se alimenta de Cristo, es
internamente vivificado por él (6,56-57).
Toda la vida cristiana, por tanto, fluye de la inhabitación de Dios en el
hombre.
La inhabitación en la Tradición cristiana