OFICINA DE LAS CELEBRACIONES LITÚRGICAS
DEL SUMO PONTÍFICE
CAPILLA PAPAL
PRESIDIDA POR EL SANTO PADRE
JUAN PABLO II
PARA LA BEATIFICACIÓN
DE LOS SIERVOS DE DIOS
JOSÉ APARICIO SANZ
PRESBÍTERO
Y 232 COMPAÑEROS
PRESBÍTEROS, RELIGIOSOS, RELIGIOSAS Y LAICOS
MÁRTIRES
PLAZA SAN PEDRO, 11 DE MARZO DE 2001
II DOMINGO DE CUARESMA

SIMBOLISMO DEL SEPULCRO DE SAN VICENTE MÁRTIR
En el Museo de San
Pío V de la ciudad de Valencia se conserva un sepulcro en el que, según la
tradición, fue colocado el cuerpo del diácono San Vicente, quien murió
martirizado en Valencia en torno al año 304.
Este sarcófago,
elaborado en mármol, probablemente en el siglo IV, sólo ofrece labrado uno de
los frentes. La mayor parte se encuentra cubierta por una decoración «
estrigilada », en forma de « S » alargada. En los extremos hay dos pilastras
corintias estriadas.
Pero la sección más
interesante es el relieve rectangular que se encuentra en la zona central. El
motivo inferior es una cruz latina gemada, es decir, decorada con piedras preciosas
figuradas, y debajo de sus brazos hay un cordero a la derecha, y un ciervo, a
la izquierda.
Sobre la cruz,
coronándola, se encuentra el crismón constantiniano, formado por las dos
primeras letras del nombre de Cristo en griego. El crismón, también decorado
con gemas, está encerrado dentro de una rica láurea o corona de hojas de
laurel, enlazadas con cintas. En los brazos de la cruz descansan dos palomas,
que picotean los frutos de la corona de laurel.
Este relieve central
es símbolo de la muerte y la resurrección de Cristo, significadas,
respectivamente, por la cruz y el crismón coronado.
Las palomas
representan las almas de los justos, quienes, seguros en el árbol de la cruz,
saborean los beneficios espirituales de la resurrección del Señor. Pregustando
los bienes celestiales, confían alcanzar la corona de la inmortalidad. Ésta es
la esperanza que les permite enfrentarse incluso al martirio, con la seguridad
de que la victoria final pertenece a Cristo.
Este relieve
central, de gran calidad y bella composición, es reproducido en el tapiz que
durante este acto solemne pende en la fachada de la Basílica de San Pedro. Con
él quiere representarse a los 233 mártires que son beatificados. Siguiendo los
pasos de San Vicente Mártir, ellos dieron sus vidas por Cristo, con la mirada
puesta en su muerte y resurrección, seguros de alcanzar «la corona de gloria
que no se marchita » (1 P 5, 4).
LA PERSECUCIÓN RELIGIOSA ESPAÑOLA
(1936-1939)
La II República
española, proclamada el 14 de abril de 1931, llegó impregnada de fuerte
anticlericalismo. Apenas un mes más tarde se produjeron incendios de templos en
Madrid, Valencia, Málaga y otras ciudades, sin que el Gobierno hiciera nada
para impedirlos y sin buscar a los responsables para juzgarles según la ley.
Los daño fueron inmensos, pero el Gobierno no los reparó ni material ni
moralmente, por lo que fue acusado de connivencia. La Iglesia había acatado a
la República no sólo con respeto sino también con espíritu de colaboración por
el bien de España. Estas fueron las instrucciones que el Papa Pío XI y los
obispos dieron a los católicos. Pero las leyes sectarias crecieron día por día.
En este contexto fue suprimida 1a Compañía de Jesús y expulsados los jesuitas.
Durante la
revolución comunista de Asturias (octubre de 1934) derramaron su sangre muchos
sacerdotes y religiosos, entre ellos le diez Mártires de Turón (9 Hermanos de
las Escuelas Cristianas y un Pasionista, canonizados el 21 de noviembre de
1999).
Durante el primer
semestre de 1936, después del triunfo del Frente Popular, formado por
socialistas, comunistas y otros grupos radicales, se produjeron atentados más
graves, con nuevos incendios de templos, derribos de cruces, expulsiones de
párrocos, prohibición de entierros y procesiones, etc., y amenazas de mayores violencias.