PREFACIO
Cuando un muchacho,
educado cristianamente por la familia y la comunidad parroquial, a tenor de los
asertos apodícticos de algún profesor o algún texto empieza a sentir vergüenza
por la historia de su Iglesia, se encuentra objetivamente en el grave peligro
de perder la fe. Es una observación lamentable, pero indiscutible; es más,
mantiene su validez general incluso fuera del contexto escolástico.
Aquí tenemos un
problema pastoral de los más punzantes; y sorprende constatar la poca atención
que recibe en los ambientes eclesiales.
Para salvar nuestra
alegría y orgullo de pertenecer al «pequeño rebaño» destinado al Reino de Dios,
no sirve la renuncia a profundizar en las cuestiones que se plantean. Es
indispensable, por el contrario, la aptitud para examinar todo con tranquila
ecuanimidad: en oposición a lo que comúnmente se piensa, la escéptica cultura
contemporánea no carece de cuentos, sino de espíritu crítico; por eso el
Evangelio se encuentra tan a menudo en posición desfavorable.
Tal como he dicho en
repetidas ocasiones, el problema más radical a consecuencia de la
descristianización no es, en mi opinión, la pérdida de la fe, sino la pérdida
de la razón: volver a pensar sin prejuicios ya es un gran paso hacia adelante
para descubrir nuevamente a Cristo y el proyecto del Padre.
Por otra parte,
también es verdad que la iniciativa de salvación de Dios tiene una función
sanadora integral: salva al hombre en su totalidad; incluida, por lo tanto, su
natural capacidad cognoscitiva.
La alternativa de la fe no es, en consecuencia, la razón y la libertad de pensamiento, tal como se nos ha repetido obsesivamente en los últimos siglos; sino, al menos en los casos de extrema y desventurada coherencia, el suicidio de la razón y la resignación a lo absurdo.