Entrevista
concedida por el
Cardenal Robert
Sarah
a Edward
Pentin,
corresponsal
en Roma
del
National Catholic Register
¿Cuál es la primera preocupación que quiere transmitir a los
lectores en su libro?
Que no se malinterprete este libro. No desarrollo tesis personales
ni una investigación académica. Este libro es un grito de mi corazón como
sacerdote y pastor.
Sufro tanto al ver la Iglesia desfigurada y confusa. Sufro tanto al
ver el Evangelio y la doctrina católica menospreciadas, la Eucaristía ignorada
o profanada. Sufro tanto al ver sacerdotes abandonados, desanimados y (viendo a
aquellos) cuya fe se ha vuelto tibia.
El declive de la fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía
está en el centro de la actual crisis de la Iglesia y su debilitamiento,
especialmente en Occidente. Nosotros los obispos, sacerdotes y laicos somos
todos responsables todos de esta crisis de fe, la crisis de la Iglesia, la
sacerdotal y la descristianización de Occidente. George Bernanos escribió antes
de la guerra: «Nosotros repetimos constantemente con lágrimas de impotencia, de
pereza u orgullo, que el mundo se está descristianizando. Pero el mundo no ha
recibido a Cristo, non pro mundo rogo, somos nosotros los que lo recibimos,
es de nuestros corazones de los que Dios se retira; somos nosotros los que nos
descristianizamos a nosotros mismos, ¡miserables!» (Nous Autres, Français,
in Scandale de la Verité, Points/Seuil. 1984).
Yo quería abrir mi corazón y compartir una certeza: la profunda
crisis que la Iglesia está experimentando en el mundo y especialmente en
Occidente es el fruto de olvidar a Dios. Si nuestra primera preocupación
no es Dios, entonces todo lo demás falla. En la raíz de todas las crisis
antropológicas, políticas, sociales, culturales, geopolíticas está el olvidar
la primacía de Dios. Como el Papa Benedicto XVI dijo durante su encuentro con
el mundo de la cultura en el Colegio de los Bernardinos el 12 de septiembre de
2008: « ‘Quaerere Deum’, ‘la búsqueda de Dios’, el hecho de estar atento a la
realidad esencial de Dios es el eje central sobre el cual toda civilización y
cultura se construye. Lo que constituye la base de la cultura europea, la
búsqueda de Dios y la disponibilidad para permitir que Él nos encuentre,
todavía sigue siendo hoy el fundamento de toda verdadera cultura y la
indispensable condición para la supervivencia de nuestra humanidad. Porque el
rechazo de Dios o una total indiferencia hacia él es fatal para el hombre».
He intentado mostrar en este libro que la raíz común de todas las
crisis actuales se encuentra en este ateísmo fluido que, sin negar a Dios,
vive en la práctica como si no existiera.
En la conclusión de mi libro, hablo de este veneno del cual somos
todos víctimas: el ateísmo líquido. Lo infiltra todo, incluso nuestros
discursos como clérigos. Consiste en admitir, junto con la fe, modos de vivir o
de pensar radicalmente paganos y mundanos. ¡Y nosotros nos quedamos tan
satisfechos con esta cohabitación antinatural! ¡Esto muestra que nuestra fe se
ha convertido en líquida e inconsistente! Lo primero que debemos reformar son
nuestros corazones. No debemos hacer pactos con las mentiras nunca más. La
fe es a la vez el tesoro que queremos defender y la fuerza que nos permite
defenderla.
Este movimiento que consiste en «dejar a Dios a un lado» haciendo
de Él una realidad secundaria, ha tocado el corazón de muchos sacerdotes y
obispos.
Dios no ocupa el centro de sus vidas, pensamientos y acciones. La
vida de oración ya no es lo más importante. Estoy convencido de que los
sacerdotes deben proclamar la centralidad de Dios a través de su propia vida.
Una Iglesia en la que el sacerdote no transmite el mensaje es una Iglesia que
está enferma. La vida de un sacerdote debe proclamar al mundo que «solo Dios
basta», que la oración, es decir, esta relación personal e íntima, es el centro
de su vida. Esta es la razón profunda del celibato sacerdotal.
El olvido de Dios encuentra su primera y más seria manifestación en
el modo secular de la vida de los sacerdotes. Son los primeros que deben
transmitir el Evangelio. Si sus vidas personales no lo reflejan, entonces el
ateísmo practico se extenderá a través de la Iglesia en la sociedad.
Creo que estamos en un punto de inflexión en la historia de la
Iglesia. Sí, la Iglesia necesita una reforma profunda y radical que debe
empezar con una reforma de la forma de ser y de vivir de los sacerdotes. La
Iglesia es santa por sí misma. Pero nuestros pecados y nuestras preocupaciones
mundanas impiden que esta santidad brille.
Es hora de desprendernos de todas las cargas y finalmente dejar
que la Iglesia aparezca como Dios la formó. A veces se cree que la historia de
la Iglesia está marcada por las reformas estructurales. Estoy seguro de
que son los santos los que cambian la historia. Después siguen las
estructuras que sólo perpetúan la acción de los santos.
El concepto de esperanza es un elemento fundamental del trabajo que
hace usted, a pesar del sombrío título de su libro y las alarmantes
observaciones que hace acerca del estado de la civilización occidental. ¿Aún ve
razones para la esperanza en nuestro mundo?