A
IMAGEN Y SEMEJANZA DE DIOS:
¿SIEMPRE?
LOS
ENFERMOS MENTALES
28 de
Noviembre de 1996
Ante el tema de este convenio internacional, emergen en mí
recuerdos inquietantes. Os ruego que me permitáis contaros, a manera de
introducción, esta experiencia personal que nos lleva al año 1941, al
tiempo de la guerra y del régimen nacionalsocialista. Una de nuestras tías, a
la que visitábamos frecuentemente, era madre de un robusto muchacho que era
algún año más joven que yo, pero mostraba progresivamente los indicios típicos
del síndrome de Down. Suscitaba simpatía por la simplicidad de su mente
ofuscada; y su madre que ya había perdido una hija por muerte prematura, le
estaba sinceramente aficionada. Pero en 1941 las autoridades del
Tercer Reich ordenaron que el chico debía ser llevado a un asilo para recibir
una mejor asistencia. Todavía no se sospechaba nada de la operación de
eliminación de los discapacitados mentales, ya iniciada. Poco tiempo después
llegó la noticia de que el niño había muerto de pulmonía y su cuerpo había sido
incinerado. Desde aquel momento se multiplicaron las noticias de este estilo.
En el pueblo en que habíamos vivido antes, visitábamos de buena gana a una
viuda que había quedado sin hijos y se alegraba por la visita de los niños del
vecindario. La pequeña propiedad que había heredado de su padre apenas podía
darle para vivir, pero tenía buen ánimo, aunque no sin algún temor por el
futuro. Más tarde supimos que la soledad en la que se hallaba cada vez más
sumergida, había nublado más y más su mente: el temor por el futuro se había
hecho patológico, de manera que apenas se atrevía a comer, porque temía siempre
por el mañana en el que tal vez quedaría sin comida que llevarse a la boca. La
clasificaron como trastornada mentalmente, fue llevada a un asilo y también en
este caso pronto llegó la noticia de que había muerto de pulmonía. Poco después
en nuestro actual pueblo sucedió la misma cosa: la pequeña finca, junto a
nuestra casa, estaba confiada a los cuidados de tres hermanos solteros, a
quienes pertenecía. Eran considerados enfermos mentales, pero estaban en
condiciones de ocuparse de su casa y de su propiedad. También ellos
desaparecieron en un asilo y poco después se nos dijo que habían muerto. A este
punto ya no cabía tener dudas de cuanto estaba sucediendo: se trataba de
una sistemática eliminación de cuantos no eran considerados como productivos. El
Estado se había arrogado el derecho de decidir quién merecía vivir y quién
debía ser privado de la existencia en beneficio de la comunidad y de sí mismo,
porque no podía ser útil a los demás ni a sí mismo.
