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sábado, 21 de junio de 2014

La Eucaristía - San Alberto Hurtado

La Eucaristía
 

¿Cuál es, hermano, la aspiración suprema del hombre, no digo de cual o tal persona determinada, sino del género humano como tal? La posesión del bien; de todos los bienes; del Sumo Bien. El hombre desde sus comienzos ha aspirado a ser Dios. Esta búsqueda de la divinidad ha movido sus actividades como la luna las mareas. Si alguna filosofía no tiene esta preocupación religiosa, como el existencialismo sartriano y antes el epicureísmo y el estoicismo, su visión de la vida será necesariamente triste y vacía. Esta ansia de divinidad en el hombre no nace de una pura especulación intelectual, sino que es un recuerdo inconsciente de la historia de la humanidad. Dios hizo divino al hombre. Esta vida divina estaba en él como en germen, como en una semilla que debía florecer. El primer hombre era feliz: tenía paz, paz consigo mismo, paz con la naturaleza. Una tentación podía asaltarlo, y de hecho lo asaltó y lo venció: quiso ser Dios, no por gracia de lo alto, sino por sus propias fuerzas. Quiso independizarse de la voluntad divina. Ser autónomo como Dios. El hombre se retiró de Dios para ser Dios por sus propios medios, y la vida divina que se escondía en él desapareció de su alma, y el hombre se encontró hombre y nada más que hombre.

Durante muchos siglos la humanidad ha tratado de reconquistar la divinidad perdida. Lo ha intentado por la violencia pretendiendo dominar al mundo y reducirlo a la esclavitud. Mujeres, jóvenes y niños han sido sus víctimas, pero al fin no podía menos de decir: ¡mañana moriremos ! Otros pretendieron divinizarse por la sabiduría: estudiaron y discutieron, y al fin desesperados, llegaron a dudar de la existencia de todo saber: tal es el escepticismo antiguo, el pragmatismo y el relativismo de nuestros días.

Almas más nobles comprendieron que si el hombre no podía solo llegar hasta Dios; quizá Dios querría bajar hasta él. Para conseguirlo, le ofrecieron sus mejores dones para recordar a Dios que comprendían sus debilidades, sus faltas, sus pecados. Segregaron hombres que sirvieran de intermediarios entre ellos y Dios: los llamaron sacerdotes. Su misión era el sacrificio. Esta tentativa tampoco tuvo resultado, pues el sacerdote era un hombre como los demás y no podía unirlos con Dios. El altar del sacrificio no era Dios, sino un puro símbolo. La víctima ofrecida jamás fue precio digno para redimir al hombre de la ofensa hecha al propio Dios. Las religiones todas, antes de la venida de Jesús, fueron una hermosa aspiración de unir al hombre con Dios, pero nada más. Esa unión no se lograba. La raza humana necesitaba un Salvador y los hombres cumbres de los antiguos pueblos griegos y romanos, vislumbraban esa verdad que había sido confiada al pueblo hebreo y que sus profetas recordaban con insistencia.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Domingo XXIV (ciclo c) - San Alberto Hurtado

 “¡Éste recibe a los pecadores!” 

“¡Éste recibe a los pecadores!” es la acusación que lanzaban contra Jesucristo hipócritamente escandalizados los fariseos (Lc 15,2). “¡Éste recibe a los pecadores!” Y ¡es verdad! Esas palabras son como la divisa exclusiva de Jesucristo. ¡Ahí pueden escribirse sobre esa cruz, en la puerta de ese Sagrario!

Divisa exclusiva porque si no es Jesucristo, ¿quién recibe misericordiosamente a los pecadores? ¿Acaso el mundo?… ¿El mundo?… ¡por Dios!, si se nos asomara a la frente toda la lepra moral de iniquidades que quizás ocultamos en los repliegues de la conciencia, ¿qué haría el mundo sino huir de nosotros gritando escandalizado: ¡Fuera el leproso!? Rechazarnos brutalmente diciéndonos, como el fariseo, ¡apártate que manchas con tu contacto!

El mundo hace pecadores a los hombres, pero luego que los hace pecadores, los condena, los escarnece, y añade al fango de sus pecados el fango del desprecio. Fango sobre fango es el mundo: el mundo no recibe a los pecadores. A los pecadores no los recibe más que Jesucristo.

San Juan Crisóstomo: Miserere mei Deus, ¡Dios mío, ten misericordia de mí! ¿Misericordia pides? ¡Pues nada temas! Donde hay misericordia no hay pesquisas judiciales sobre la culpa, ni aparato de tribunales, ni necesidad de alegar razonadas excusas. ¡Grande es la borrasca de mis pecados, Dios mío! Mayor es la bonanza de tu misericordia!

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