Meditación
V
Formam
servi accipiens
Tomando
forma de siervo
Sino
que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a
los hombres y apareciendo en su porte como hombre Flp. 2, 7
Baja
a la tierra el Verbo eterno para salvar al hombre; y ¿de dónde desciende? Del
seno de su Divino Padre, en el que desde la eternidad fue engendrado entre los
resplandores de los Santos. Y ¿A dónde desciende? Al seno de una Virgen, hija
de Adán, que respecto al seno de Dios no es sino un lugar de horror, de donde
canta la Iglesia; Non horruisli virginis uterum. Si, porque el Verbo, estando
en el seno del Padre, es Dios como el Padre, inmenso, omnipotente, felicísimo y
supremo Señor, en todo igual al Padre. Mas en el seno de María criatura,
pequeñito, débil, afligido, siervo y menor que el Padre.
Cuéntase
por prodigio grande de humildad que un san Alejo, hijo de un señor romano,
quiso vivir de criado en la casa de su padre; pero ¿qué tiene que hacer la
humildad de un tal Santo con la de Jesucristo? Entre hijo criado del padre de
aquel, había alguna diferencia de condición; mas entre Dios y siervo de Dios,
hay una diferencia infinita.
Por
otra parte este Hijo de Dios, habiéndose hecho siervo de sus criaturas, esto
es, de María y José; pues, como nos dice San Lucas, “estaba sujeto a ellos” Lc.
2, 51. Además se hizo siervo de Pilatos, que lo condenó a muerte, la cual
aceptó obediente; se hizo finalmente siervo de los verdugos que quisieron
azotarle, coronarle de espinas y crucificarle, obedeciendo Jesús humildemente a
todos, sometiéndose a sus manos.
¡Oh
Dios! Y ¿nosotros rehusaremos después sujetarnos al servicio de este amable
Salvador, que por redimirnos se ha sujetado a tantas servidumbres, tan penosas
e indecorosas? Y por no ser siervos de este tan grande y tan amante Señor,
¿querremos hacernos esclavos del demonio que no los ama, sí que los odia y los
trata cual tirano, haciéndoles infelices y miserables en esta vida y en la
otra? Pero, si hemos cometido esta gran locura, ¿Por qué no salimos presto de
esta infeliz esclavitud? Ea, pues, ya que hemos salido por la gracia de
Jesucristo de la servidumbre del infierno, abracemos prontamente y estrechemos
con amor aquellas dulces cadenas que nos hacen siervos y amantes de Jesucristo;
las cuales nos obtendrán después la corona del reino eterno entre los
bienaventurados del paraíso.
Afectos
y súplicas
Amado
Jesús mío, Vos sois el monarca del cielo y de la tierra; más por amor mío os
habéis hecho súbdito hasta de los verdugos, que os han despedazado las carnes,
traspasado la cabeza, y os han dejado finalmente enclavado sobre la cruz a
morir de dolor. Yo os adoro por mi Dios y Señor, y me avergüenzo de comparecer
en vuestra presencia, acordándome que tantas veces por cualquier mísero gusto
he roto los santos vínculos, y os he dicho en vuestro rostro no querer
serviros. Sí, justamente, pues Vos me echáis en cara: Rompiste mis ataduras,
y dijiste no serviré. Pero me animan a esperar el perdón o Salvador mío,
vuestros méritos y vuestra bondad, que no sabe despreciar un corazón que se
arrepiente y humilla: Cor contritum el humiliatum, Deus, nos depicies. Confieso,
Jesús mío, que sin razón os he disgustado; confieso que merezco mil infiernos
por las ofensas que os he hecho; castigadme como queréis, más no me privéis de
vuestra gracia y amor. Me pesa sobre todo mal de haberos despreciado. Os amo
con toda mi alma. Propongo de hoy en adelante querer solamente servir y amar a
Vos. ¡Ah! Por vuestros méritos ligadme con las cadenas de vuestro santo amor;
no permitáis que yo me vea suelto de ellas. Os amo sobre todas las cosas.
¡Oh liberador mío! Yo estimo mas ser
vuestro siervo que dueño de todo el mundo. Y ¿de qué sirve todo el mundo a
quien vive privado de vuestra gracia? Jesús dulcísimo, no permitáis que me
separe de Vos. Esta gracia os pido, y esta gracia propongo buscar siempre; y os
suplico que me concedáis hoy la de repetiros en toda mi vida: Jesús mío, no
permitáis que yo me separe más de vuestro amor. Lo mismo os pido a Vos ¡Oh
María! Madre mía, ayudadme con vuestra intercesión, a no separarme más de mi
Dios.
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