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domingo, 18 de octubre de 2020

La liturgia, ¿culto de Dios o del hombre? - Mons. Héctor Aguer

 La liturgia, ¿culto de Dios o del hombre?

Mons. Héctor Aguer

El primer documento aprobado por el Concilio Vaticano II fue la Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia; fue promulgada el 4 de diciembre de 1963, cuando concluía la segunda etapa de la gran asamblea, con 2.147 votos favorables, 4 contrarios, y 1 nulo. Prácticamente, por unanimidad. ¿Por qué, entonces, surgieron en el posconcilio tantas divisiones, incluso una dolorosa situación que ha sido considerada cismática? El Concilio se proponía «la reforma y el fomento de la liturgia» (n. 1). Así se lee en la traducción castellana. Por reforma se ha vertido el original instauratio. En las obras de Cicerón, este sustantivo significa instauración, renovación, repetición; el verbo instaurare equivale a establecer sólidamente, instaurar, renovar. Según el diccionario de la Real Academia Española (RAE), son sinónimos establecer, fundar, instituir, y el término latino puede significar también, restablecer, restaurar. Este último se define reparar, volver a poner una cosa en el estado o estimación que antes tenía. Reformar, en cambio, es modificar, enmendar, corregir. Podemos concluir, pues, que la traducción de instauratio por reforma no es exacta, se presta a confusión.

         La puesta en práctica de las indicaciones conciliares fue diseñada por un organismo creado por Pablo VI, el Consilium ad Exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia, que presidió Mons. Annibale Bugnini. De allí surgió una profunda reforma de los ritos, especialmente de la Santa Misa; puede decirse que fue creada otra, distinta de la anterior. ¿Era esto necesario? ¿En qué medida se cumplió lo prescrito en el n. 23 de Sacrosanctum Concilium: «No se introduzcan innovaciones si no lo exige una utilidad verdadera y cierta de la Iglesia, y solo después de haber tenido la precaución de que las nuevas formas se desarrollen, por decirlo así, orgánicamente (organice) a partir de las ya existentes»? Se podría discutir sobre este punto. A mi parecer, después de una experiencia de más de medio siglo, no es arriesgado suponer que el resultado pudo haber sido otro, y mejor; no es esta una cuestión de mínima importancia para la vida de la Iglesia. Un solo ejemplo: la multiplicación de plegarias eucarísticas. Ciertamente, no faltan en ellas innegables valores, aunque la dicha multiplicidad puede estar indirectamente sugiriendo que la inventiva podría ser también obra de los celebrantes.

         El insigne teólogo Luis Bouyer ha relatado un episodio significativo. Él era miembro del Consilium; Mons. Bugnini encargó a los integrantes redactar ensayos de cánones, como una especie de ejercicio en el período en que estaban estudiándose las reformas. Cuenta Bouyer que él y Dom Botte, el liturgista miembro también de dicha comisión, en una trattoria del Trastevere compusieron un texto que entregaron a Bugnini; éste lo incluyó entre las cuatro primeras plegarias eucarísticas del nuevo misal: es la Plegaria Eucarística II, la que emplea la mayoría de los sacerdotes, porque es más breve y puede acortar en algunos segundos, o quizá unos pocos minutos la duración de la misa. Nuestro asombro puede compararse al que probablemente experimentaron los autores, cuando vieron su ensayo integrado en el Misal. Pienso que es un texto conciso y bello, pero no figura en él la palabra sacrificio; no me parece exagerado considerar que, con el paso de los años, ha contribuido al oscurecimiento de esa noción en la mente de los católicos.

         Abro el paraguas antes de que llueva. Desde el día de mi ordenación presbiteral, en 1972, siempre celebré la Eucaristía según el rito que ya estaba vigente desde no mucho antes; nunca empleé el que hoy día llamamos «forma extraordinaria del rito romano», providencialmente habilitado por Benedicto XVI mediante su motu proprio Summorum Pontificum. No sabría hacerlo, debería estudiarlo cuidadosamente; conservo un vago recuerdo de mi infancia, como monaguillo.

         En esta nota me propongo confrontar el texto conciliar con la realidad de la praxis litúrgica, teniendo en cuenta lo que sucede en la Argentina, aunque seguramente también en muchos otros países. El menoscabo de la auténtica realidad de la liturgia es un hecho mundial, uno de los signos más graves de la actual crisis de la Iglesia.

         Entre los principios generales, Sacrosanctum Concilium establece: «Que absolutamente nadie (nemo omnino), aunque sea sacerdote, añada (addat), quite (demat) o cambie (mutet) cosa alguna por iniciativa propia en la liturgia» (n. 22 § 3). Esta aspiración, o mejor dicho precepto, no se ha cumplido, ni se cumple. Sin duda, hay muchos sacerdotes que celebran correctamente, pero son muchísimos más aquellos en quienes su propio arbitrio se ha impuesto sobre los términos del rito. De algunas diócesis se puede afirmar que en ellas la liturgia ha quedado devastada. La celebración en aquellos casos no tiene en cuenta lo que la Constitución conciliar recuerda en el n. 26: «Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia»; esto significa que, por tanto, debe observarse siempre el rito establecido por la misma Iglesia. Falla muchas veces el deber de los pastores, que tienen a su cargo «vigilar para que en la acción litúrgica no sólo se observen las leyes relativas a la celebración válida y lícita, sino también para que los fieles participen en ella consciente, activa y fructuosamente» (SC. 11). A esa participación, sobre todo interior, por la fe y el espíritu de adoración ante el sacrificio eucarístico, se ordena la acción pastoral (SC. 10).

lunes, 21 de septiembre de 2020

¿El culto de Dios no es una «actividad esencial»? - Mons. Héctor Aguer

 


Parece inevitable, si se juzga con objetividad, reconocer que la política sanitaria impuesta para enfrentar la pandemia en la Argentina, no ha logrado los resultados que sus autores esperaban. Se encerró prematuramente a la población cuando los contagios masivos no existían, y al cabo de medio año, cuando se registra un pico temible de la difusión del virus, aunque con devaneos, con idas y vueltas, aflojan la presión porque la gente no soporta más una cuarentena tan larga, y no se pueden negar las consecuencias desastrosas para la economía, con las repercusiones sociales correspondientes. Los expertos señalan asimismo daños psicológicos serios. Los varios y extendidos «banderazos», un tipo nuevo y originalísimo de manifestación haciendo flamear en las protestas nuestra enseña patria, han proclamado el hartazgo.

En este caso se verifica una confirmación de un problema más amplio: el Estado argentino padece una congénita inclinación al autoritarismo, que con el actual gobierno se desliza hacia el totalitarismo; a sus partidarios se les atribuye el lema «¡vamos por todo!». Se han jactado de un acierto inexistente en el propósito de cuidar nuestra salud. Además, ya no vivimos en la República Argentina, sino en Argentina Presidencia, como se dice en los anuncios oficiales. Con el Congreso y la Justicia en cuarentena, somos gobernados por el Poder Ejecutivo mediante «decretos de necesidad y urgencia» (DNU), en sus manos, a su arbitrio, han quedado los derechos y garantías que la Constitución reconoce a los ciudadanos, como si la emergencia sanitaria pudiera justificar su conculcación. Ya no hay Estado de Derecho; más allá de otros numerosos desquicios, solo por ese desprecio de los valores elementales de una sociedad democrática, se podría decir que estamos viviendo al margen de la ley.

En esta nota deseo ocuparme del significado de las recientes disposiciones que limitan la libertad de culto; las mismas afectan a las actividades de todas las religiones, pero adquieren una especial relevancia las que atentan contra un precepto constitucional. Los constituyentes de 1853 eligieron, respecto de la presencia religiosa en la sociedad, una fórmula intermedia entre la que consagra un Estado confesional y la definición de un Estado laico o ateo. El artículo 2 de nuestra Carta Magna establece que el Estado nacional sostiene el culto católico, apostólico y romano. El verbo, que ha sido objeto de numerosas interpretaciones y discusiones, no se limita al apoyo económico. Este ocupa un lugar ínfimo en el presupuesto nacional, y tal aporte financiero cubre una porción pequeñísima del gasto total de la Iglesia. Sostiene significa apoya, promueve, facilita su difusión. Es muy poco conocida una explicación de Juan Bautista Alberdi, el autor de las «Bases», que aquí reproduzco ad sensum: «El Estado no puede sostener un culto que no es el propio». Estas palabras expresan un hecho histórico: la Argentina es un país católico; el artículo 2 se ha conservado en todas las reformas del texto constitucional.

Aun considerando el menoscabo evidente de la presencia católica en la vida nacional, la razón histórica no ha perdido valor, y se manifiesta en diversas circunstancias de modo sorprendente; puede afirmarse que en algunas provincias sobrevive la Argentina profunda. Un caso por demás interesante es el de la Provincia de Buenos Aires; en la Constitución bonaerense, promulgada en 1994, el artículo 199 reza: «Los escolares bonaerenses recibirán una educación integral, de sentido trascendente y según los principios de la moral cristiana, respetando la libertad de conciencia». Me consta que los políticos en general, incluyendo ministros y legisladores, ignoran esa disposición, que nunca se ha cumplido, y que se refiere obviamente en primer lugar a las escuelas de gestión estatal.

sábado, 29 de agosto de 2020

La ideología de género. Su imposición en la Argentina - Mons. Héctor Aguer

 

La ideología de género. Su imposición en la Argentina

 

En la ideología de género se desposan el constructivismo gnoseológico, moral y social, y la dialéctica marxista, presente en la oposición agresiva varón - mujer propia del feminismo extremo y en la antinatural superación de la duplicidad humana originaria, en el invento subjetivista de los géneros.

Se habla habitualmente de perspectiva de género. Pero tal designación no es la que en realidad corresponde a esa manera de pensar. Le cabe mejor el nombre de ideología. La perspectiva es el punto de vista determinado desde el cual los objetos se presentan al espectador, especialmente cuando están lejos. El discurso sobre el género es una ideología; así se llama el conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, que en este caso pretende fijar con ambición de totalidad una posición antropológica, en especial la relación de la dimensión biológica del ser humano y su comportamiento con la cultura que lo envuelve y en la cual vive. Con todo, cabría hablar de perspectiva de género según la acepción 4 que ofrece el Diccionario de la Real Academia Española: «Apariencia o representación engañosa y falaz de las cosas», ya que la abrumadora e invasiva propaganda para imponer ese discurso induce a tener por cierto lo que no lo es. Por otra parte, el término ideología suele recibir en el uso una connotación negativa, que en el caso que nos ocupa se justifica plenamente.

El movimiento feminista, que desde el siglo XIX abogaba por revalorizar el papel de la mujer en la sociedad, fue radicalizándose hasta el extremo, asumiendo posturas contrarias a la identidad femenina hasta despreciarla completamente. Muchas veces he citado a Simone de Beauvoir, una de las más destacadas protagonistas del movimiento: «Mujer no se nace, se hace». Según ella, la mujer es un término medio «entre el macho y el castrado». De esos planteos procede la ideología de género.

Según esta manera de pensar, claramente expresada por sus autores y fautores, las diferencias biológicas, psicológicas y espirituales entre varones y mujeres, no cuentan; lo decisivo es lo que cada uno siente y quiere ser. No existe una naturaleza humana, una naturaleza de la persona varón que establece la condición varonil, y una naturaleza de la persona mujer, de la que se sigue la condición femenina. No hay dos sexos, varones y mujeres, sino diversos géneros según la percepción subjetiva de cada persona; el número de géneros es variable, y ha ido aumentando en virtud de una inventiva extravagante. El Estado debería reconocer la decisión de cada uno de cambiar su sexo por el género autopercibido, apoyarlo y dotarlo de un nuevo documento de identidad que oficialice su nueva situación en la sociedad. Lo decisivo sería la cultura, que modela y construye el rol a desempeñar según nuevos paradigmas en los que el sexo y la configuración corporal correspondiente es desplazado por la autopercepción subjetiva que lleva a cambiar libremente lo recibido de la naturaleza. Cada uno sería no lo que es, sino lo que autopercibe que es; además, dispone del recurso a la cirujía o a la ingestión de hormonas.

En la ideología de género se desposan el constructivismo gnoseológico, moral y social, y la dialéctica marxista, presente en la oposición agresiva varón - mujer propia del feminismo extremo y en la antinatural superación de la duplicidad humana originaria, en el invento subjetivista de los géneros. La naturaleza que nos ha sido dada está bien hecha: el cuerpo del varón y el de la mujer ajustan perfectamente el uno en el otro, y también sus almas. Esta es la realidad de la creación.

miércoles, 5 de agosto de 2020

Crisis o decadencia en la Iglesia Católica - Mons. Héctor Aguer


Crisis – decadencia de la Iglesia

Monseñor Héctor Aguer


Numerosos autores han hablado, ya desde hace años, de la crisis de la Iglesia. ¿Qué es realmente lo que se desea expresar empleando esos términos? ¿Puede pensarse en una situación que se prolonga por décadas, por ejemplo, desde la conclusión del Concilio Vaticano II? ¿O se trata de una sucesión de crisis, separadas quizá por algunos períodos de alivio y relativa bonanza?

Comencemos por un esclarecimiento de los posibles significados a reconocer del meneado sustantivo. En griego, krísis designa la acción o la facultad de elegir, de decidir. Hipócrates empleaba esa palabra para referirse a la fase decisiva en el proceso de una enfermedad. También vale por «explicación», «interpretación». En castellano, crisis se define como una mutación importante en el desarrollo de un proceso, sea de orden físico, histórico o espiritual. Se habla así cuando en la situación de un asunto puede dudarse acerca de la continuación, la modificación o el cese de la misma. Por extensión, se refiere al momento decisivo de un negocio grave y de consecuencias importantes, a una situación dificultosa o complicada. La acepción seis del Diccionario de la Real Academia Española, es: escasez, carestía. Esta digresión lingüística no es una vanidad; permite fijar bien de qué estamos hablando.

Normalmente, una crisis se resuelve en una superación que equivale a un apogeo, una culminación feliz, o por lo contrario, en una decadencia. Es bastante común seguir hablando de crisis cuando en realidad se ha caído en una declinación, cuando en un período o ámbito determinado se ha instalado ya un principio duradero de debilidad o de ruina. Ruina es la caída, destrucción o perdición de algo. En buen español se dice batir en ruina cuando se trata de percutir la muralla de una fortaleza hasta derribar un trozo de ella para que por allí entren las tropas enemigas para rendirla.

Si aplicamos esta expresión al estado de la Iglesia, nos acercamos a la interpretación que muchos de los Santos Padres hicieron de algunas lamentaciones colectivas del Salterio, una lectura de actualización cristiana de vivencias dolorosas del antiguo Israel. En el Antiguo Testamento la viña es frecuentemente imagen del pueblo de Dios, a tenor de lo expresado en el poema que el profeta Isaías incluye en el capítulo 5 de su libro: La viña del Señor de los ejércitos es la Casa de Israel, y los hombres de Judá son su plantación predilecta (Is 5, 7). El drama registrado en ese texto consiste en que el dueño esperaba le diera uvas, pero dio frutos agrios (ib. 4). La reacción fue una amenaza cumplida: Quitaré su valla y será destruida, derribaré su cerco y será pisoteada; la convertiré en una ruina (ib. 8). Así leemos en el Salo 80 (79), 13 s.: ¿Por qué has derribado sus cercos para que puedan saquearla todos los que pasan? Los jabalíes del bosque la devastan y se la comen los animales del campo. El salmista se refiere seguramente a la invasión asiria, o a la de Nabucodonosor de Babilonia. Una situación análoga se describe en el Salmo 89 (88), 41 s.: Abriste brechas en todas sus murallas, redujiste a escombros todas sus fortalezas, los que pasan por el camino lo despojan, y es la burla de todos sus vecinos. El singular masculino se refiere al Ungido, representación del pueblo elegido. En este caso los enemigos son los pueblos vecinos de Israel: sirios, moabitas, amonitas, idumeos. Es necesario recordar, para una valoración plena de la imagen, que las viñas, en Palestina, estaban rodeadas de una pared de piedras o un cerco de cactus como protección. En cada una de ellas había una torre, desde la cual vigilaba el propietario, siempre dispuesto a intervenir. De allí la súplica angustiada: Vuélvete, Señor de los ejércitos, observa desde el cielo y mira; ven a visitar tu vid, la cepa que plantó tu mano, el retoño que tú hiciste vigoroso (Sal 80 (79), 15 s.). También: ¿Hasta cuándo, Señor? ¿Te ocultarás para siempre? (Sal 89 (88), 47). Como ya lo he sugerido, según los Santos Padres, la viña es la Iglesia, el nuevo Israel. Esta interpretación se hizo común; el mismo Lutero apreciaba en los salmos citados una profecía de la Iglesia.

Entremos ahora decididamente en el tema. Concluido el Concilio Vaticano II, teólogos destacados como Henri de Lubac, Louis Bouyer y Hans Urs von Balthasar, que no eran por cierto «conservadores», en el sentido negativo de la palabra, sino que se contaron como impulsores de la renovación, se pronunciaron abiertamente, y con severidad, para criticar la crisis –así se la llamó ya entonces- que se había desencadenado, poniendo en riesgo la identidad de la fe. El año 1968 fue tremendo. Pablo VI, para hacer frente a la situación lo decretó Año de la Fe, publicó el Credo del Pueblo de Dios, y la encíclica Humanae vitae tradendae; rechazada por varias Conferencias Episcopales, y sobre la cual se ha impuesto un ominoso silencio que ha llevado al olvido oficial de su cincuentenario. Joseph Ratzinger, el futuro Benedicto XVI, en una conferencia pronunciada en Munich, en 1970, decía: «Lo que era impensable hasta ahora, se ha hecho normal: hombres que desde hace tiempo han abandonado el Credo de la Iglesia se consideran en buena conciencia como cristianos verdaderamente progresistas. No hay para ellos más que un solo criterio que cuenta y que les permite juzgar a la Iglesia: el criterio de la funcionalidad que guía su acción». Pareciera que se está refiriendo a nuestros años, los veinte del tercer milenio, pero nadie interviene, como si no pasara nada.

miércoles, 1 de julio de 2020

La comunión en tiempos de pandemia. ¿Y después? - Mons. Héctor Aguer


La comunión en tiempos de pandemia. ¿Y después?


El Estado argentino, ejerciendo su genética inclinación al autoritarismo, se atribuye el deber y la facultad de cuidarnos a todos del contagio de la nueva plaga. Ha determinado, entonces, que el culto de Dios y la recepción de los sacramentos no son «actividades esenciales». Permite alguna apertura de los templos, según su apreciación de la situación sanitaria, pero con prohibición de las celebraciones litúrgicas.

Lo peor es que se haya aceptado mansamente esta pretensión totalitaria. Es verdad que, gracias a Dios, algunos sacerdotes hacen uso del sentido común y de la libertad cristiana, con beneplácito de los fieles que se acercan. Los políticos han fingido ignorar el formidable «banderazo» protagonizado por multitudes en todo el país que el 20 de Junio, «Día de la Bandera», enarbolaron la enseña patria y proclamaron su hartazgo con la cuarentena que ya es «noventena», y continuará vete a saber hasta cuándo. Nuestro Himno Nacional canta «Libertad, libertad, libertad», pero los derechos y garantías que asegura nuestra Constitución tienen dudosa vigencia en lo que fue la República Argentina, y ahora se llama «Argentina Presidencia». Nos gobiernan los DNU, «decretos de necesidad y urgencia» del Poder Ejecutivo.

En ese contexto, algunos pastores de la Iglesia han determinado que se debe recibir la Sagrada Comunión en la mano; esto donde los fieles soliciten el sacramento, y los sacerdotes estén dispuestos a cumplir con su elemental obligación pastoral. La cautela parecería razonable, aunque se ha difundido también otra opinión, según la cual habría tanto o más riesgo de contagio comulgando en la mano que en la boca. Por algo se invita hasta el cansancio a lavarnos las manos frecuentemente. Se me ocurre que, en realidad, quizá podría hacerse lo uno o lo otro con igual cuidado y sin peligro. No tengo competencia para dilucidar este asunto, y además mi intención en esta nota se dirige al después, y a recordar cuál es la disciplina vigente en la Iglesia, y el consiguiente derecho de los católicos. Vayamos al grano.

Según la disciplina eclesial se puede recibir la comunión de pie o de rodillas, en la mano o en la boca. Sin embargo, no se puede negar una tendencia, impuesta de hecho, a comulgar de pie. Lo correcto sería disponer un reclinatorio, de manera que quienes desearan conservar la forma tradicional de arrodillarse pudieran hacerlo, dirigiéndose hacia ese lugar en una fila propia. Muchos sacerdotes -lo he comprobado- se resisten a ofrecer esta solución; de ese modo se obliga prácticamente a comulgar de pie, y esta postura entonces se generaliza como si fuera la costumbre debida, la única que corresponde. No tengo nada esencialmente decisivo contra ella, pero sí me parece necesario advertir que quienes la practican no deberían omitir un gesto de reverencia o adoración. San Agustín enseñaba que «no se puede comer este Pan sin antes adorarlo»; sería simplemente la exteriorización, en el orden litúrgico de los signos, de la fe en la presencia sustancial del Señor bajo las especies eucarísticas.

La comunión en la mano, independientemente de la antigüedad del gesto, es una forma que se ha adoptado y difundido en las últimas décadas, después de siglos de vigencia de la praxis oficial en el rito latino, que era comulgar en la boca. Recuerdo haber oído hace tiempo un argumento ridículo en favor de la nueva postura: son los bebés quienes reciben el alimento en la boca; los adultos los tomamos con las manos. Pero se podría emplear otra comparación como contraargumento: tomar con la mano, tener en la mano, indica la posesión de quien se hace dueño de algo, y no podemos decir que es esa la relación de un católico con el Cuerpo del Señor, que se recibe como un don inmerecido. En mi opinión, habría que tener en cuenta otras cautelas.

jueves, 11 de junio de 2020

Expresiones que le dejan a uno helado - Mons. Héctor Aguer



PANDEMIA, CUARENTENA, FUNCIONARIOS, PASTORES
UNA REFLEXIÓN INCÓMODA

Por Mons. Héctor Aguer


La palabra pandemia, como tantas otras de nuestra lengua, procede del griego. Platón y Aristóteles utilizan pandēmía, con el significado de "el pueblo entero"; el adjetivo pandēmios designa lo que es común a todo el pueblo, lo mismo que pándēmos. El Diccionario de la Real Academia Española define el sustantivo: enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región. En este lejano sur estamos sufriendo lo mismo que padecen otros países de diferentes latitudes, pero la limitativa cuarentena, que cercena libertades y derechos, es impuesta diversamente en ellas. Los argentinos tenemos que hacer valer nuestra originalidad, ¡faltaría más!. ¡Somos los mejores...!.


En otras oportunidades he dicho y escrito que el Estado Argentino se caracteriza por una genética inclinación al autoritarismo, que con facilidad puede encaminarse al totalitarismo. El partido gobernante puede exhibir antecedentes históricos que apenas se recata en disimular.

miércoles, 13 de mayo de 2020

La cuarentena eclesial - Mons. Héctor Aguer


Cuarentena eclesial


Estamos en cuarentena. El diccionario de la Real Academia Española (RAE) define: «Aislamiento preventivo a que se somete durante un período de tiempo, por razones sanitarias a personas o animales». Todos estamos «cuarentenados», y oficialmente también la Iglesia: los templos cerrados, sin funciones litúrgicas; los fieles, sin posibilidad de recibir los sacramentos, deben contentarse con misas por internet. Muchos piensan que se ha incurrido en una exageración. En la Argentina el Estado muestra siempre una inclinación al autoritarismo, por no decir un gusto apenas reprimido por el totalitarismo, cualquiera sea el signo político del gobierno de turno. El avance actual sobre la Iglesia, justificado en la argumentación oficial -gubernativa y eclesiástica- en razón de la pandemia del Covid - 19, ha sido tolerado con una benevolencia que no pocos consideran excesiva; es una mala señal. ¿Qué pasará después?. Algunos sacerdotes, haciendo uso del sentido común y la libertad cristiana, encontraron la manera de zafar parcialmente de la encerrona con beneplácito de los fieles, y sin descuidar las precauciones necesarias para evitar los posibles contagios.
Pero la palabra cuarentena registra otro sentido, figurado este y familiar: «Suspensión del asenso a una noticia o hecho, por algún espacio de tiempo, para asegurarse de su certidumbre». De acuerdo con este significado, se podría esquivar el claro rigor de la verdad, porque se duda de ella; se la pone en cuarentena. Podemos asumir este sentido del término para interpretar algunos fenómenos eclesiales; solo que tendríamos que poner entre paréntesis, o sencillamente omitir, aquello de «por algún espacio de tiempo».

lunes, 4 de mayo de 2020

"La misión de la Iglesia es siempre anunciar a Jesucristo" - Mons. Héctor Aguer



La misión de la Iglesia es siempre anunciar a Jesucristo, procurar que sea conocido y amado por todos los hombres de todos los tiempos, y que el programa de vida formulado en su predicación sea abrazado y cumplido, en orden a la salvación universal, y a la plena realización del Reino de Dios. Así lo entendieron los Apóstoles, y así lo trasmitieron a sus sucesores.

Dos expresiones netas de ese mandato se encuentran en los últimos versículos de los Evangelios de Mateo y de Marcos. Se considera que el de Mateo fue compuesto alrededor del año 80. El encargo consiste en amaestrar (mathetéusate) a todas las naciones (pánta tà éthnē), bautizarlas (baptídzontes), y enseñarles (didáskontes) a cumplir todo lo que Él nos ha mandado. Hoy diríamos que la evangelización incluye trasmitir la moral cristiana (Mt 28, 19 s.). Según los especialistas, el Evangelio de Marcos fue escrito unos diez años antes; sería el más antiguo de los cuatro. El mandato de Jesús aparece en un apéndice, de fecha posterior, y que la Iglesia considera canónico, es decir, que forma parte de la Revelación. Dice así: «Vayan por todo el mundo, anuncien (kērýxate) el Evangelio a toda la creación (notar la totalidad, sin exclusiones: todo el mundo, toda la creación). El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará» (Mc 16, 15s.). La cruda alternativa del resultado está expresada en los términos que son habituales en el Nuevo Testamento: sothḗsetai - katakri thesetai; el versículo 16 contrapone redención cumplida y condenación en el juicio futuro: promesa y amenaza. No quiero ser suspicaz, pero me llama la atención que en algunas citas del pasaje se suprima el versículo 16.

sábado, 18 de abril de 2020

¿Se puede pensar que la pandemia desatada por el Covid – 19 sea un castigo de Dios? - Mons. Héctor Aguer



Acabo de recibir esta consulta: ¿Se puede pensar que la pandemia desatada por el Covid – 19 sea un castigo de Dios?. Yo añadiría a la pregunta: ¿sensatamente?. Así se excluye desde el comienzo tanto el fundamentalismo desorbitado que agita terrores apocalípticos, cuanto el relativismo incrédulo del católico «progresista», que descarta con una sonrisa la cuestión in limine.

Basta hojear en la Biblia los relatos del peregrinaje del pueblo de Dios registrado en los libros del Éxodo, los Números, y el Deuteronomio, para encontrar numerosos testimonios de la actitud divina ante la infidelidad, reiterada y contumaz, de los judíos. La noción de castigo va asociada a una imagen de Yahweh, que incluye el desfogue de su ira, manifiesta en el juicio contra el pecado; este es siempre desobediencia, incredulidad, apostasía. Aparece también el juicio y castigo de las naciones paganas, ya que el de Israel es un Dios universal, único y celoso de su gloria. En una y otra dirección se destaca asimismo la paciencia de Dios y su amor misericordioso, dirigido a obtener del pecador la conversión, ya que Él «no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva». Esta expresión ilustra un rasgo del Dios de Israel, que se reitera de continuo en los nebiyîn, los escritos proféticos. 

viernes, 13 de marzo de 2020

Un aniversario para no olvidar: los 25 años de «Evangelium vitae» - Mons. Héctor Aguer


Un aniversario para no olvidar:
los 25 años de «Evangelium vitae»

Mons. Héctor Aguer



El 25 de Marzo la Iglesia celebra la solemnidad de la Anunciación del Señor, es decir, la Encarnación del Hijo eterno de Dios en el seno de María Santísima, que acogió con obediencia el mensaje del ángel. Ese día se cumple este año un cuarto de siglo de la publicación de la encíclica Evangelium vitae, de San Juan Pablo II. En 2018, el 25 de julio, se cumplieron 50 años desde que San Pablo VI promulgó la encíclica Humanae vitae tradendae, sobre la regulación de la natalidad; este aniversario pasó inadvertido, aun en Roma. Viene a propósito recordar que la decisión del Papa Montini de señalar como inmoral el uso de métodos artificiales para evitar los nacimientos fue resistida por vastos sectores de la Iglesia, incluyendo Conferencias Episcopales enteras, que esperaban un pronunciamiento a favor, sostenido por teólogos progresistas. El comportamiento contrario a la moral católica se instaló con fuerza en la cultura vivida, lo cual constituye un verdadero drama en la Iglesia actual. El espíritu del mundo, contrario a la fe, y la confusión, se impusieron en la conciencia de muchísimos fieles. Se puede temer, entonces, que el largo, profundo y claro documento del Papa Wojtyla sufra una suerte semejante, que no se recuerde su aniversario vigésimo quinto. La fecha «redonda» invita a retomar ese texto fundamental, más que oportuno sobre todo en la circunstancia crucial que enfrenta la Argentina.

martes, 25 de febrero de 2020

Quizá el aspecto más notable en la personalidad de la Beata María Ludovica De Angelis sea su dedicación generosa al trabajo. Pero digámoslo mejor evocando una frase del apóstol Pablo: la actividad de su fe, el trabajo laborioso de su caridad, la constancia de su esperanza - Mons. Héctor Aguer


POR LUDOVICA Y POR LOS NIÑOS

Homilía de Mons. Héctor Aguer
en la celebración diocesana de la 

Beata María Ludovica De Angelis.

Iglesia Catedral, 25 de febrero de 2005



La Iglesia suele celebrar la memoria litúrgica de los santos en el día aniversario de su muerte. Que no es,  en realidad, la muerte, sino la entrada en la vida verdadera. A ese día se lo llama dies natalis, el  día del nacimiento al cielo. 
El año pasado hemos participado con  gozo  en  dos  acontecimientos  eclesiales  que,  sin  desmedro  de  su universalidad –porque los santos pertenecen a la Iglesia toda– nos atañen cercanamente a los fieles de La Plata: la beatificación de Sor Ludovica en Roma y poco después el traslado de sus reliquias a esta Catedral, donde reciben una constante veneración y constituyen un tesoro preciadísimo de la Arquidiócesis. Hoy celebramos por primera vez su fiesta, en el día que fue asignado en el momento de la beatificación y que incluimos en nuestro calendario litúrgico particular.

La multitud, congregación o comunidad de los santos –y bien podemos incluir en ella a quienes han recibido los honores de la beatificación- en su diversidad tan rica y en su concertada armonía muestran la fecundidad de la Santa Iglesia, activa en todo tiempo y lugar. Varones y mujeres de todas las épocas, climas y culturas, personas muy diferentes por su condición, cualidad y oficio, que recibieron también dones, vocaciones y misiones distintas, se han integrado ya como piedras vivas, escogidas, bellísimas de la Jerusalén celestial y reverberan variadamente reflejando la gloria de Dios. Cada santo es único en el firmamento de la gloria, donde –para usar otra imagen bíblica- una estrella difiere de  otra en resplandor ( 1 Corintios 15, 41).

Corresponde, pues, que nos alegremos, pero que lo hagamos con aquella alegría espiritual que encuentra sus motivos en el orden invisible, aunque realísimo, de la fe; la fe, en efecto, nos da acceso, descorriendo el velo de lo visible, temporal y provisorio, a la contemplación de cómo se cumplen todas las promesas de Dios: al vencedor lo haré sentar conmigo en mi trono, así como yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono (Apocalipsis 3, 21). Nos alegramos porque esta promesa de Cristo glorioso se ha cumplido en María Ludovica De Angelis, y contemplamos su figura, reconociendo en ella los dones de la gracia que son la fuente de sus méritos, pero también su respuesta libre y fiel a la fidelidad del Señor.

jueves, 19 de diciembre de 2019

La misión de la Iglesia- Mons. Héctor Aguer

¿Ha cambiado la misión de la Iglesia?




Si el movimiento de salida eclesial fuera alejamiento de la naturaleza y misión de la Iglesia, de su identidad –es imposible que toda la Iglesia lo haga- la katholiké (κᾰθολῐκή) dejaría de ser lo que es.

La identidad de la misión eclesial está claramente establecida en los evangelios y en los escritos apostólicos. Me limito a dos textos que recogen, según Mateo y Marcos, palabras del Señor Resucitado, y que expresan el envío definitivo de los apóstoles.

Según los versículos finales del capítulo 28 del primer evangelio, Cristo citó a los discípulos en Galilea para un encuentro final con ellos. El evangelista subraya la continuidad entre el magisterio de Jesús en su vida prepascual y el del Señor glorificado; solo que ahora el envío no se limita a las ovejas perdidas de la casa de Israel (10, 5-7) sino que se extiende al mundo entero. Los apóstoles, al igual que lo hizo el Maestro, se dirigieron ante todo a los judíos; para ellos vino primeramente el Mesías, para cumplir las promesas hechas a los patriarcas. Los Once, en ese encuentro postrero y decisivo, lo adoraron mediante el gesto de la προσκύνησις (28, 17: προσεκύνησαν). Llama la atención que en ese pasaje se diga que algunos dudaron; ¿quiénes?, ¿los mismos que se postraron ante él? Los intérpretes no coinciden en sus explicaciones. Pierre Bonnard sugiere que se trató de una vacilación, una especie de desgarramiento interior, como en todas las teofanías; el verbo empleado es διστάζειν: el διseñala la intensidad de una reduplicación, y διστάζωsignifica hacer caer gota a gota, como por ejemplo el sudor o la sangre.

Se me ocurre que una situación similar pudo registrarse en los videntes ante las apariciones de la Santísima Virgen, y que también puede llegar a ser la nuestra si nos acucia la conciencia de la misión. Cristo manifiesta la autoridad soberana y universal que ha recibido; el Crucificado es ahora el Señor de cielo y tierra (18). El mandato consiste en hacer que todas las naciones, πάντατὰἔθνη, sean discípulos suyos por medio del bautismo en nombre de la Trinidad y la enseñanza –διδάσκοντες- que tiene un marcado acento ético: dar a conocer la voluntad de Dios tal como Jesús la interpretó definitivamente; no podía venir nada nuevo, o diverso, después. Hacer discípulos, μαθητεύσατε(19), que sigan a Cristo y guarden sus mandatos, que los cumplan –τηρεῖν- Aquí comienza la historia cristiana, la espera activa de que todas las naciones entren en la Iglesia. Todas las naciones. ἔθνοςsignifica raza, pueblo, nación: el πάντα incluye también a los hebreos, aunque ἔθνος llega a designar a los gentiles en contraposición a aquellos.

sábado, 9 de noviembre de 2019

La naturalización de lo antinatural - Mons. Héctor Aguer


La naturalización de lo antinatural
Monseñor Héctor Aguer

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El relativismo y el subjetivismo dominan en una especie de moral existencialista e individualista, ajena a la dimensión social del ser humano. El favor oficial promueve estas nuevas orientaciones culturales.

Uno de los datos definitorios de la cultura que va imponiéndose globalmente es la negación del concepto y la realidad de la naturaleza. Esta negación es de carácter metafísico, con una proyección inmediata en la antropología, en la concepción del hombre. El Diccionario de la Real Academia nos ilustra así: la naturaleza es «la esencia y propiedad característica de cada ser». Según la nueva visión de las cosas, no hay nada que sea dado, lo recibido, aquello que nosotros no construimos y que constituye la identidad nativa de cuanto existe. Precisamente, se llama constructivismo la teoría gnoseológica y sociológica que afirma que la realidad -incluso el ser humano en su original bipolaridad de varón y mujer- es producto de la evolución de la cultura, del ingenio y la industria del hombre. En términos teológicos equivale a la negación de la Creación, es una rebelión contra ella, no recibimos nada, ya que todo es fruto del devenir histórico; lo hacemos nosotros.

martes, 18 de junio de 2019

Es pecado mortal votar candidatos a favor del aborto porque nos hacemos cómplices - Mons. Héctor Aguer


El Arzobispo Emérito de La Plata (Argentina), Mons. Héctor Aguer, advirtió recientemente que votar a favor de un partido o un candidato a favor del aborto “es un pecado mortal”.
En su programa “Claves para un Mundo Mejor”, emitido por CANAL 9 este sábado 15 de junio, Mons. Aguer señaló que si un católico vota a favor de quienes tienen en su agenda el aborto “nos convertimos en cómplices”.
“El Concilio Vaticano II ha declarado al aborto como ‘un crimen abominable’. Nosotros nos hacemos cómplices si votamos a gente que va a aprobar una ley que facilite el aborto o sea que legalice el crimen abominable”, dijo.
“Si se presentara un proyecto que dijera que el robo ya no es más un delito saltaría todo el mundo desesperado. Entonces, ¿porqué habría que hacer tanta distinción con esto?”, cuestionó.

lunes, 27 de mayo de 2019

La misión evangelizadora de la Iglesia consiste en orientar hombres, pueblos e instituciones hacia Jesucristo - Mons. Héctor Aguer



Entrevista realizada por

Germán Masserdotti
a Mons. Héctor Aguer
publicada en Religión en Libertad
El 26 mayo 2019



En los últimos meses hemos podido entrevistar en profundidad a Héctor Rubén Aguer, arzobispo emérito de La Plata y uno de los prelados argentinos más relevantes del último cuarto de siglo. Hemos abordado, entre otras cuestiones relevantes, los fundamentos de su formación intelectual, la forma de conducirse ante la confusión en la Iglesia y asimismo la falsa contraposición doctrina-pastoral. Ofrecemos ahora en primicia una selección de algunas respuestas de monseñor Aguer a la última y más amplia conversación mantenida con él, con la cual se completará un material informativo y orientativo de gran importancia que verá la luz próximamente en forma de libro.

-¿Cuál fue su formación como católico antes de entrar en el seminario?

jueves, 21 de junio de 2018

Macri lo hizo. ¡Alerta, votantes! - Mons. Héctor Aguer


La libre interrupción del embarazo y
las banderas de la burguesía

Mons. Héctor Aguer


         El presidente está orgulloso de haber habilitado sobre el aborto “un debate histórico, propio de la democracia”, e invitó a “dirimir las diferencias con respeto”. Los diputados han dado media sanción a una ley que legitima el “crimen abominable”. Esta terrible expresión no es de mi autoría; se encuentra en la Constitución Pastoral “Gaudium et spes” (n. 51) del Concilio Vaticano II. Se ha semi-consumado una “estafa moral”, como bien dijo el Padre Pepe Di Paola, ya que la propuesta no figuraba en las plataformas de la coalición gobernante. Se puede sospechar, además, que “corrió guita”. En efecto, los diputados pampeanos obedecieron la orden del gobernador de su provincia de aprobar el proyecto abortista, y ese mismo día el Gobierno nacional depositó una fuerte suma (900 millones) que debía a La Pampa. ¿No tendrá nada que ver el asunto con el FMI? Es tradición de los organismos internacionales de crédito condicionar la ayuda financiera a la adopción de medidas antinatalistas. Lo mismo supo hacer Estados Unidos; basta recordar el célebre Informe Kissinger. Nuestro presidente ya había anunciado que si el proyecto que acaba de pasar al Senado se convierte en ley, no la vetará. En 2008, el presidente de Uruguay, Tabaré Vázquez, vetó la ley abortista sancionada por los congresales de aquel país; claro, el oriental es médico, no empresario. Nuestro empresario vetó la ley que retrotraía a índices más razonables las tarifas de los servicios públicos, para dejar bien ajustado el cinturón que asfixia a la pobre gente. 

domingo, 10 de junio de 2018

Creí, por eso hablé - Homilía de Mons. Héctor Aguer en la Misa en la que se despide de la Arquidiócesis de La Plata


Creí, por eso hablé
S.E.R. Mons. Héctor Aguer

Homilía en la Misa
de despedida de la
Arquidiócesis de La Plata
Iglesia Catedral - 10 de junio de 2018


     El Génesis, primer libro de la Torá hebrea, comienza con la palabra Bereshit,  en el principio. El texto, en el que se transmite la revelación divina sobre la protohistoria de la humanidad, asume tradiciones, estilos y elementos culturales muy diversos, como corresponde a la encarnación de la Palabra. El Evangelio de Juan comienza con la misma expresión: En arjé, en el principio era el Lógos, el Verbo, y este principio es el de la nueva creación. El fragmento del capítulo tercero del Génesis, que escuchamos como primera lectura de esa liturgia, expone las consecuencias dramáticas de lo que la teología católica llama pecado original. La protohistoria da paso a la historia, que empieza mal, con la pérdida de la situación edénica, paradisíaca; la cercanía con Dios queda perturbada por el hombre mismo, que pretende ponerse en el lugar de su creador. Entonces sobreviene el exilio de los desterrados hijos de Eva; habrá que esperar que la Mujer, la nueva Eva, y su descendencia que es Cristo, aplasten la cabeza de la serpiente. Entre tanto, y aun después de la realidad efectiva de la redención de la que gozamos, falta que podamos echar mano, finalmente, al árbol de la vida, en el post exsilium en el que María nos muestre el rostro de Jesús, como aspiramos en la Salve Regina

     Los símbolos que se destacan en el relato genesíaco son ancestrales, tienen raíces en las más diversas culturas. A la luz de la fenomenología de las religiones, la historia comparada de éstas, y sobre todo a la luz de la fe cristiana, las figuras empleadas resultan fácilmente comprensibles. En el ambiente cultural de la época de la redacción, fecha que es todavía discutible, el árbol, la serpiente, la mujer y su relación con el varón corresponden a conceptos arraigados en la experiencia humana, y de valor sagrado. En el libro del Apocalipsis (12, 9) se habla de la antigua Serpiente, llamada Diablo o Satanás, seductor del mundo entero; allí se la identifica también como Dragón. Al lector de la antigüedad no podían sorprenderle estas expresiones, simbólicas o míticas, que hablan de una realidad, la de ese siniestro entrometido en la historia humana, cuya existencia y actuación son indiscutibles para la fe que profesamos; y comprobable en los hechos, en muchísimos hechos que resultarían incomprensibles si se descartara este dato. Quiero decir que el diablo existe.

sábado, 2 de junio de 2018

Homilía completa de Mons. Héctor Aguer en su última misa de Corpus despidiéndose de la Arquidiócesis de La Plata


La sangre y el perdón

Homilía en la Misa de Corpus Christi
Iglesia Catedral de La Plata
 2 de junio de 2018


        Había llegado el día en que se sacrificaba el cordero pascual, y Jesús encomienda a sus discípulos que preparen la comida ritual de la celebración. La indicación y su cumplimiento parecen un suceso misterioso, pero ocurrido en una situación que resultaba habitual para esa fecha. A los comienzos, según se lee en el Deuteronomio  (16, 7), la pascua debía celebrarse en el atrio del templo, pero después se transfirió a las casas; se hizo rito hogareño. Era costumbre que los habitantes de Jerusalén ofrecieran generosamente lugar a los peregrinos para cumplir con la fiesta. Los discípulos, siguiendo el mandato recibido, debían encontrar el lugar adecuado, matar el cordero, preparar panes ácimos y disponer la mesa con sus accesorios. Todo sucedió tal como la providencia de Jesús lo había planeado.

         La comida propiamente tal, después de lavarse las manos, consistía en compartir el cordero asado, según lo prescrito y en las tradiciones. Sin embargo, la precedía un “aperitivo”, por llamarlo así; se pasaba una primera copa, antes y después de la cual correspondía una alabanza; seguían las hierbas amargas, mojadas en vinagre, y la compota –jarosét, en hebreo- de dátiles, higos y pasas. Después de un primer rezo de salmos venía la segunda copa, cuando se explicaba el sentido de la fiesta: el paso, la pascua, de Israel de la esclavitud a la libertad; el pan ázimo era un memorial de aquella intervención de Dios en favor de su pueblo. Recordemos rápidamente que la eucaristía es el memorial del sacrificio de Cristo, cordero inmolado y pan de vida. La tercera copa ritual, de bendición, corresponde en la Última Cena a la consagración del vino como sangre de la alianza nueva y definitiva, que es derramada en la cruz por la comunidad y para que el mundo entero llegue a ser Iglesia de Dios. El gesto de tomar el pan, pronunciar la bendición, partirlo y entregarlo es la berajá, la oración judía sobre la mesa, que Mateo y Marcos llaman eulogía, y Lucas y Pablo eujaristía.

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