miércoles, 30 de diciembre de 2020
domingo, 18 de octubre de 2020
La liturgia, ¿culto de Dios o del hombre? - Mons. Héctor Aguer
La liturgia, ¿culto de Dios o del hombre?
Mons. Héctor Aguer
El primer documento
aprobado por el Concilio Vaticano II fue la Constitución Sacrosanctum
Concilium, sobre la sagrada liturgia; fue promulgada el 4 de diciembre de 1963,
cuando concluía la segunda etapa de la gran asamblea, con 2.147 votos
favorables, 4 contrarios, y 1 nulo. Prácticamente, por unanimidad. ¿Por qué,
entonces, surgieron en el posconcilio tantas divisiones, incluso una dolorosa
situación que ha sido considerada cismática? El Concilio se proponía «la
reforma y el fomento de la liturgia» (n. 1). Así se lee en la traducción
castellana. Por reforma se ha vertido el original instauratio.
En las obras de Cicerón, este sustantivo significa instauración, renovación,
repetición; el verbo instaurare equivale a establecer sólidamente,
instaurar, renovar. Según el diccionario de la Real Academia Española (RAE),
son sinónimos establecer, fundar, instituir, y el término latino puede
significar también, restablecer, restaurar. Este último se define reparar,
volver a poner una cosa en el estado o estimación que antes tenía. Reformar,
en cambio, es modificar, enmendar, corregir. Podemos concluir, pues, que la
traducción de instauratio por reforma no es exacta, se
presta a confusión.
La
puesta en práctica de las indicaciones conciliares fue diseñada por un
organismo creado por Pablo VI, el Consilium ad Exsequendam Constitutionem
de Sacra Liturgia, que presidió Mons. Annibale Bugnini. De allí surgió una
profunda reforma de los ritos, especialmente de la Santa Misa; puede decirse
que fue creada otra, distinta de la anterior. ¿Era esto necesario? ¿En qué
medida se cumplió lo prescrito en el n. 23 de Sacrosanctum Concilium: «No
se introduzcan innovaciones si no lo exige una utilidad verdadera y cierta de
la Iglesia, y solo después de haber tenido la precaución de que las nuevas
formas se desarrollen, por decirlo así, orgánicamente (organice) a partir de
las ya existentes»? Se podría discutir sobre este punto. A mi parecer, después
de una experiencia de más de medio siglo, no es arriesgado suponer que el
resultado pudo haber sido otro, y mejor; no es esta una cuestión de mínima
importancia para la vida de la Iglesia. Un solo ejemplo: la multiplicación de
plegarias eucarísticas. Ciertamente, no faltan en ellas innegables valores,
aunque la dicha multiplicidad puede estar indirectamente sugiriendo que la
inventiva podría ser también obra de los celebrantes.
El
insigne teólogo Luis Bouyer ha relatado un episodio significativo. Él era
miembro del Consilium; Mons. Bugnini encargó a los integrantes redactar
ensayos de cánones, como una especie de ejercicio en el período en que estaban
estudiándose las reformas. Cuenta Bouyer que él y Dom Botte, el liturgista
miembro también de dicha comisión, en una trattoria del Trastevere
compusieron un texto que entregaron a Bugnini; éste lo incluyó entre las cuatro
primeras plegarias eucarísticas del nuevo misal: es la Plegaria Eucarística II,
la que emplea la mayoría de los sacerdotes, porque es más breve y puede acortar
en algunos segundos, o quizá unos pocos minutos la duración de la misa. Nuestro
asombro puede compararse al que probablemente experimentaron los autores,
cuando vieron su ensayo integrado en el Misal. Pienso que es un texto conciso y
bello, pero no figura en él la palabra sacrificio; no me parece exagerado
considerar que, con el paso de los años, ha contribuido al oscurecimiento de
esa noción en la mente de los católicos.
Abro
el paraguas antes de que llueva. Desde el día de mi ordenación presbiteral, en
1972, siempre celebré la Eucaristía según el rito que ya estaba
vigente desde no mucho antes; nunca empleé el que hoy día llamamos
«forma extraordinaria del rito romano», providencialmente habilitado por
Benedicto XVI mediante su motu proprio Summorum Pontificum. No sabría
hacerlo, debería estudiarlo cuidadosamente; conservo un vago recuerdo de mi
infancia, como monaguillo.
En
esta nota me propongo confrontar el texto conciliar con la realidad de la
praxis litúrgica, teniendo en cuenta lo que sucede en la Argentina, aunque
seguramente también en muchos otros países. El menoscabo de la auténtica
realidad de la liturgia es un hecho mundial, uno de los signos más graves de la
actual crisis de la Iglesia.
Entre los principios generales, Sacrosanctum Concilium establece: «Que absolutamente nadie (nemo omnino), aunque sea sacerdote, añada (addat), quite (demat) o cambie (mutet) cosa alguna por iniciativa propia en la liturgia» (n. 22 § 3). Esta aspiración, o mejor dicho precepto, no se ha cumplido, ni se cumple. Sin duda, hay muchos sacerdotes que celebran correctamente, pero son muchísimos más aquellos en quienes su propio arbitrio se ha impuesto sobre los términos del rito. De algunas diócesis se puede afirmar que en ellas la liturgia ha quedado devastada. La celebración en aquellos casos no tiene en cuenta lo que la Constitución conciliar recuerda en el n. 26: «Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia»; esto significa que, por tanto, debe observarse siempre el rito establecido por la misma Iglesia. Falla muchas veces el deber de los pastores, que tienen a su cargo «vigilar para que en la acción litúrgica no sólo se observen las leyes relativas a la celebración válida y lícita, sino también para que los fieles participen en ella consciente, activa y fructuosamente» (SC. 11). A esa participación, sobre todo interior, por la fe y el espíritu de adoración ante el sacrificio eucarístico, se ordena la acción pastoral (SC. 10).
lunes, 21 de septiembre de 2020
¿El culto de Dios no es una «actividad esencial»? - Mons. Héctor Aguer
Parece inevitable, si
se juzga con objetividad, reconocer que la política sanitaria impuesta para
enfrentar la pandemia en la Argentina, no ha logrado los resultados que sus
autores esperaban. Se encerró prematuramente a la población cuando los
contagios masivos no existían, y al cabo de medio año, cuando se registra un
pico temible de la difusión del virus, aunque con devaneos, con idas y vueltas,
aflojan la presión porque la gente no soporta más una cuarentena tan larga, y
no se pueden negar las consecuencias desastrosas para la economía, con las
repercusiones sociales correspondientes. Los expertos señalan asimismo
daños psicológicos serios. Los varios y extendidos «banderazos», un tipo nuevo
y originalísimo de manifestación haciendo flamear en las protestas nuestra
enseña patria, han proclamado el hartazgo.
En este caso se
verifica una confirmación de un problema más amplio: el Estado argentino
padece una congénita inclinación al autoritarismo, que con el actual gobierno
se desliza hacia el totalitarismo; a sus partidarios se les atribuye el lema
«¡vamos por todo!». Se han jactado de un acierto inexistente en el propósito de
cuidar nuestra salud. Además, ya no vivimos en la República Argentina, sino
en Argentina Presidencia, como se dice en los anuncios oficiales. Con el
Congreso y la Justicia en cuarentena, somos gobernados por el Poder Ejecutivo
mediante «decretos de necesidad y urgencia» (DNU), en sus manos, a su arbitrio,
han quedado los derechos y garantías que la Constitución reconoce a los ciudadanos,
como si la emergencia sanitaria pudiera justificar su conculcación. Ya no
hay Estado de Derecho; más allá de otros numerosos desquicios, solo por ese
desprecio de los valores elementales de una sociedad democrática, se podría
decir que estamos viviendo al margen de la ley.
En esta nota deseo
ocuparme del significado de las recientes disposiciones que limitan la
libertad de culto; las mismas afectan a las actividades de todas las
religiones, pero adquieren una especial relevancia las que atentan contra un
precepto constitucional. Los constituyentes de 1853 eligieron, respecto de la
presencia religiosa en la sociedad, una fórmula intermedia entre la que
consagra un Estado confesional y la definición de un Estado laico o ateo. El
artículo 2 de nuestra Carta Magna establece que el Estado nacional sostiene el
culto católico, apostólico y romano. El verbo, que ha sido objeto de numerosas
interpretaciones y discusiones, no se limita al apoyo económico. Este ocupa un
lugar ínfimo en el presupuesto nacional, y tal aporte financiero cubre una
porción pequeñísima del gasto total de la Iglesia. Sostiene significa
apoya, promueve, facilita su difusión. Es muy poco conocida una explicación de
Juan Bautista Alberdi, el autor de las «Bases», que aquí reproduzco ad
sensum: «El Estado no puede sostener un culto que no es el propio». Estas
palabras expresan un hecho histórico: la Argentina es un país católico; el
artículo 2 se ha conservado en todas las reformas del texto constitucional.
Aun considerando el menoscabo evidente de la presencia católica en la vida nacional, la razón histórica no ha perdido valor, y se manifiesta en diversas circunstancias de modo sorprendente; puede afirmarse que en algunas provincias sobrevive la Argentina profunda. Un caso por demás interesante es el de la Provincia de Buenos Aires; en la Constitución bonaerense, promulgada en 1994, el artículo 199 reza: «Los escolares bonaerenses recibirán una educación integral, de sentido trascendente y según los principios de la moral cristiana, respetando la libertad de conciencia». Me consta que los políticos en general, incluyendo ministros y legisladores, ignoran esa disposición, que nunca se ha cumplido, y que se refiere obviamente en primer lugar a las escuelas de gestión estatal.
sábado, 29 de agosto de 2020
La ideología de género. Su imposición en la Argentina - Mons. Héctor Aguer
La ideología de género. Su imposición en la Argentina
En la ideología de
género se desposan el constructivismo gnoseológico, moral y social, y la
dialéctica marxista, presente en la oposición agresiva varón - mujer propia del
feminismo extremo y en la antinatural superación de la duplicidad humana
originaria, en el invento subjetivista de los géneros.
Se habla habitualmente
de perspectiva de género. Pero tal designación no es la que en
realidad corresponde a esa manera de pensar. Le cabe mejor el nombre de
ideología. La perspectiva es el punto de vista determinado desde el cual los
objetos se presentan al espectador, especialmente cuando están lejos. El
discurso sobre el género es una ideología; así se llama el conjunto de
ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad
o época, que en este caso pretende fijar con ambición de totalidad una posición
antropológica, en especial la relación de la dimensión biológica del ser humano
y su comportamiento con la cultura que lo envuelve y en la cual vive. Con todo,
cabría hablar de perspectiva de género según la acepción 4 que ofrece
el Diccionario de la Real Academia Española: «Apariencia o representación
engañosa y falaz de las cosas», ya que la abrumadora e invasiva propaganda para
imponer ese discurso induce a tener por cierto lo que no lo es. Por otra parte,
el término ideología suele recibir en el uso una connotación
negativa, que en el caso que nos ocupa se justifica plenamente.
El movimiento
feminista, que desde el siglo XIX abogaba por revalorizar el papel de la mujer
en la sociedad, fue radicalizándose hasta el extremo, asumiendo posturas
contrarias a la identidad femenina hasta despreciarla completamente. Muchas
veces he citado a Simone de Beauvoir, una de las más destacadas protagonistas
del movimiento: «Mujer no se nace, se hace». Según ella, la mujer es un término
medio «entre el macho y el castrado». De esos planteos procede la ideología de
género.
Según esta manera de
pensar, claramente expresada por sus autores y fautores, las diferencias
biológicas, psicológicas y espirituales entre varones y mujeres, no cuentan; lo
decisivo es lo que cada uno siente y quiere ser. No existe una naturaleza
humana, una naturaleza de la persona varón que establece la condición varonil,
y una naturaleza de la persona mujer, de la que se sigue la condición femenina.
No hay dos sexos, varones y mujeres, sino diversos géneros según la percepción
subjetiva de cada persona; el número de géneros es variable, y ha ido
aumentando en virtud de una inventiva extravagante. El Estado debería reconocer
la decisión de cada uno de cambiar su sexo por el género autopercibido,
apoyarlo y dotarlo de un nuevo documento de identidad que oficialice su nueva
situación en la sociedad. Lo decisivo sería la cultura, que modela y construye
el rol a desempeñar según nuevos paradigmas en los que el sexo y la
configuración corporal correspondiente es desplazado por la autopercepción
subjetiva que lleva a cambiar libremente lo recibido de la naturaleza. Cada uno
sería no lo que es, sino lo que autopercibe que es; además, dispone del recurso
a la cirujía o a la ingestión de hormonas.
En la ideología de género se desposan el constructivismo gnoseológico, moral y social, y la dialéctica marxista, presente en la oposición agresiva varón - mujer propia del feminismo extremo y en la antinatural superación de la duplicidad humana originaria, en el invento subjetivista de los géneros. La naturaleza que nos ha sido dada está bien hecha: el cuerpo del varón y el de la mujer ajustan perfectamente el uno en el otro, y también sus almas. Esta es la realidad de la creación.
miércoles, 5 de agosto de 2020
Crisis o decadencia en la Iglesia Católica - Mons. Héctor Aguer
miércoles, 1 de julio de 2020
La comunión en tiempos de pandemia. ¿Y después? - Mons. Héctor Aguer
jueves, 11 de junio de 2020
Expresiones que le dejan a uno helado - Mons. Héctor Aguer
PANDEMIA, CUARENTENA, FUNCIONARIOS, PASTORES
UNA REFLEXIÓN INCÓMODA
miércoles, 13 de mayo de 2020
La cuarentena eclesial - Mons. Héctor Aguer
lunes, 4 de mayo de 2020
"La misión de la Iglesia es siempre anunciar a Jesucristo" - Mons. Héctor Aguer
sábado, 18 de abril de 2020
¿Se puede pensar que la pandemia desatada por el Covid – 19 sea un castigo de Dios? - Mons. Héctor Aguer
viernes, 13 de marzo de 2020
Un aniversario para no olvidar: los 25 años de «Evangelium vitae» - Mons. Héctor Aguer
martes, 25 de febrero de 2020
Quizá el aspecto más notable en la personalidad de la Beata María Ludovica De Angelis sea su dedicación generosa al trabajo. Pero digámoslo mejor evocando una frase del apóstol Pablo: la actividad de su fe, el trabajo laborioso de su caridad, la constancia de su esperanza - Mons. Héctor Aguer
jueves, 19 de diciembre de 2019
La misión de la Iglesia- Mons. Héctor Aguer
sábado, 9 de noviembre de 2019
La naturalización de lo antinatural - Mons. Héctor Aguer















