III
LA HORADE LA SANGRE
A TODOS LOS HIJOS DE
LA SANGRE
El día propiamente dicho del
nacimiento no fue precisamente aquel que abristeis lo ojos a la luz, sino el
día de vuestro bautismo, que os regeneró para Cristo. De poco os hubiera
servido el nacer si no hubierais encontrado preparada la Redención: nihil nasci profuit, nisi redimi profuisset.
Aquel día quedasteis marcados con la Sangre del Cordero por entonces y para
siempre.
Se sucedieron luego otros días –los miraréis
como los más hermosos de vuestra vida-, en los que nuevo flujo de Sangre
invadió vuestras almas. Nadie de vosotros puede olvidarse de su primer
encuentro con Jesús Eucaristía, después de haberse preparado antes con el
lavacro de la Penitencia. Me resulta halagüeño el suponer que, a partir de
entonces, se sucedieron con frecuencia estos baños depuradores y los encuentros
eucarísticos.
Por último, los que habéis consagrado
con el matrimonio una nueva familia, le habéis hecho rubricando vuestro pacto
con la Sangre de la Redención.
Pues bien: ¿tenéis conciencia de
vuestra dignidad de cristianos? El Apóstol de las gentes os da aun este aviso: No pertenecéis a vosotros mismos. Habéis sido
comprados a alto precio. Glorificad, pues, y llevad a Dios en vuestro cuerpo
(1 Cor., 6,19-20).


















