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domingo, 16 de julio de 2017

La Iglesia se encuentra en una necesidad particularmente apremiante de pastores convincentes que puedan resistir la dictadura del espíritu de la época - Benedicto XVI

En el funeral del Cardenal Joachim Meisner, realizado en la mañana del 15 de julio, en la catedral de Colonia, el Arzobispo Georg Gänswein, Prefecto de la Prefectura de la Casa Pontificia y Secretario Personal de Benedicto XVI, leyó el siguiente mensaje del Papa Emérito.


A esta hora, cuando la iglesia de Colonia y los fieles de otras partes se reunieron para decir adiós al cardenal Joachim Meisner, mi corazón y pensamientos están con ustedes también,  y aceptando alegremente la invitación del cardenal Woelki, deseo dirigir unas palabras de recuerdo para mi amigo.


Cuando oí hablar de la muerte del cardenal Meisner el miércoles pasado, no quería creerlo. El día anterior habíamos hablado por teléfono. Estaba agradecido por el hecho de haber estado de vacaciones después de haber participado en la beatificación del obispo Teofilius Matulionis en Vilna, el domingo anterior (25 de junio) y tenía una voz clara. 


El amor a la Iglesia en los países vecinos de Oriente, que había sufrido tanto bajo la persecución comunista, así como la gratitud por los sufrimientos de aquel tiempo, forjaron su vida. Y así no es ninguna coincidencia que la última visita de su vida fuera para un Confesor de la Fe en esos países.

Lo que particularmente me impresionó en esa última conversación con el cardenal retirado, fue la alegría suelta, la alegría interior y la confianza que había encontrado. Sabemos que a este apasionado pastor le resultaba difícil abandonar su puesto, especialmente en un momento en que la Iglesia se encuentra en una necesidad particularmente apremiante de pastores convincentes que puedan resistir la dictadura del espíritu de la época y que vivan y piensen la fe con determinación. Sin embargo, lo que más me emocionó fue que, en este último período de su vida, aprendió a dejar ir y vivir de una profunda convicción de que el Señor no abandona a su Iglesia, incluso cuando el barco ha asumido tanta agua que está a punto de volcarse.

Dos cosas en los últimos tiempos que le agradaron más que nada:

jueves, 6 de julio de 2017

Sacerdocio, conversión y misión - Card. Joachim Meisner


A modo de homenaje publicamos la conferencia que en ocasión del encuentro internacional de sacerdotes, en la conclusión del Año sacerdotal, en la Basílica de San Pablo Extramuros, el 9 de junio de 2010 en Roma, brindara del Cardenal Joaquín Meisner (+ 5/7/2017) sobre:

"Conversión y misión"

¡Queridos hermanos!
Ciertamente no trataré de brindaros una nueva exposición sobre la teología de la penitencia y de la misión. Pero quisiera dejarme guiar por el mismo Evangelio, junto a vosotros, hacia la conversión, para luego ser enviados por el Espíritu Santo a llevar a los hombres la buena noticia de Cristo.
En este camino, quisiera ahora recorrer con vosotros quince puntos de reflexión.
1. Debemos convertirnos nuevamente en una "Iglesia en camino a los hombres" (Geh-hin-Kirche), como le gustaba decir a mi predecesor, el entonces Arzobispo de Colonia, el cardenal Joseph Höffner. Esto, sin embargo, no puede ocurrir por un mandato. A esto nos debe mover el Espíritu Santo.
Una de las pérdidas más trágicas que nuestra Iglesia ha sufrido en la segunda mitad del siglo XX es la pérdida del Espíritu Santo en el sacramento de la Reconciliación. Para nosotros, los sacerdotes, esto ha causado una tremenda pérdida de perfil interior. Cuando los fieles cristianos me preguntan: "¿Cómo podemos ayudar a nuestros sacerdotes?", entonces siempre respondo: "¡Id a confesaros con ellos!". Allí donde el sacerdote ya no es confesor, se convierte en un trabajador social religioso. Le falta, de hecho, la experiencia del éxito pastoral más grande, es decir, cuando puede colaborar para que un pecador, también gracias a su ayuda, deje el confesionario siendo nuevamente una persona santificada. En el confesionario, el sacerdote puede echar una mirada al corazón de muchas personas y de esto le surgen impulsos, estímulos e inspiraciones para el propio seguimiento de Cristo.
2. A las puertas de Damasco, un pequeño hombre enfermo, san Pablo, es tirado al suelo y queda ciego. En la segunda Carta a los Corintios, él mismo nos habla de la impresión que sus adversarios tenían de su persona: era físicamente insignificante y de retórica débil (cfr. 2 Cor 10,10). A las ciudades del Asia Menor y de Europa, sin embargo, a través de este pequeño hombre enfermo, será anunciado, en los años venideros, el Evangelio. Las maravillas de Dios no ocurren nunca bajo los "reflectores" de la historia mundial. Estas se realizan siempre a un lado; precisamente, a las puertas de la ciudad como también en el secreto del confesionario. Esto debe ser para todos nosotros un gran consuelo, para nosotros que tenemos grandes responsabilidades pero, al mismo tiempo, somos conscientes de nuestras, a menudo limitadas, posibilidades. Forma parte de la estrategia de Dios: obtener, mediante pequeñas causas, efectos de grandes dimensiones. Pablo, derrotado a las puertas de Damasco, se convierte en el conquistador de las ciudades del Asia Menor y de Europa. Su misión es la de reunir a los llamados en la Iglesia, dentro de la "Ecclesia" de Dios. Aún si - vista desde fuera - es sólo una pequeña y oprimida minoría, es impulsada desde dentro, y Pablo la compara al cuerpo de Cristo, más aún, la identifica con el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Esta posibilidad de "recibir de las manos del Señor", en nuestra experiencia humana, se llama "conversión". La Iglesia es la "Ecclesia semper reformanda" y, en ella, tanto el sacerdote como el obispo son un "semper reformandus" que, como Pablo en Damasco, deben ser tirados a tierra desde el caballo siempre de nuevo para caer en los brazos de Dios misericordioso, que luego nos envía al mundo.

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