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miércoles, 11 de marzo de 2020

El silencio en la iglesia y en la sacristía antes y después de la celebración


OFICINA DE LAS
CELEBRACIONES LITÚRGICAS DEL
SUMO PONTÍFICE

Silencio en la iglesia y en la sacristía
antes y después de la celebración


Desde los orígenes de la Iglesia, hay testimonios que muestran cómo la celebración eucarística requiere necesariamente una preparación previa, no solo del sacerdote celebrante, sino de todas las personas fieles (cf. JA Jungmann, Missarum sollemnia , p. 227). Al respecto, dice Guardini: «En mi opinión, la vida litúrgica comienza con el silencio. Sin ella todo parece inútil y vano [...]. El tema del silencio es muy serio, muy importante y desafortunadamente muy descuidado. El silencio es la primera condición previa para toda acción sagrada "(El testamento de Jesús, p. 33).

La Institutio Generalis Missalis Romani (IGMR) en la editio typica tertia incluye por primera vez en n. 45 una referencia a lo que precede a la celebración: «Incluso antes de la celebración en sí, es bueno observar el silencio en la iglesia, en la sacristía y en el lugar donde se toman las vestimentas y en las habitaciones contiguas, para que todos puedan prepararse devotamente y de la manera correcta para lo sagrado. celebración".

Por lo tanto, es mejor que todos observen el silencio: tanto el celebrante, que en este momento preparatorio debe recordar nuevamente que se pone a disposición de Aquel que "murió por todos, para que aquellos que viven ya no vivan para sí mismos, sino para él". quien murió y resucitó por ellos "( 2 Cor 5:15); Como también los fieles, antes de que comience la celebración, deben prepararse para el encuentro con su Señor. Cristo no los convoca solo para hablarles de su futura pasión, muerte y resurrección; sino que su misterio pascual está realmente presente en la Santa Misa, para que puedan participar en él.

miércoles, 4 de marzo de 2020

El sagrado silencio en la celebración litúrgica


OFICINA PARA 
LAS CELEBRACIONES LITÚRGICAS
DEL SUMO PONTÍFICE

El sagrado silencio en la celebración litúrgica

Por Mons. Nicola Bux


 “Cuando un silencio apacible envolvía todas las cosas … tu Palabra omnipotente se lanzó desde el cielo” (cf. Sab 18,14-15). Así una antífona de la octava de Navidad recuerda, con extraordinaria libertad, cómo en la noche del Éxodo se realizó la liberación del hombre y la emancipación del pecado. Para reconocerle presente en el mundo, es más, en la acción pública que es la liturgia –sagrada precisamente con motivo de la Presencia– es necesario “guardar silencio!, es decir, callar. Es necesario callar para escuchar, como al inicio de un concierto, de lo contrario el culto, es decir, la relación cultivada, profunda con Dios, no puede comenzar, no se Le puede “celebrar”.

Esto es indispensable para rezar: “retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto”(Mt 6,6). La habitación es el alma, pero también el templo, dicen los Padres. ¿Qué secreto puede ser mantenido sin silencio? El secreto de la conciencia en el que se puede oír la voz de Dios, en la noche silenciosa como para Samuel. Hace falta silencio para que Dios pueda hablar y nosotros escucharle. Por esto vamos a la iglesia, para celebrar el culto divino, sagrado porque desciende del silencio eterno en el tiempo tan ruidoso, para apaciguarlo y orientarlo a lo Eterno. No hay duda de que la posición frontal del sacerdote en el altar hacia el pueblo induce a la distracción suya y de los fieles, desorientando la dirección de la oración: imitemos al Santo Padre que mira al Crucificado.

miércoles, 29 de enero de 2020

El uso de misales y hojas en la Santa Misa


OFICINA PARA
LAS CELEBRACIONES LITÚRGICAS
DEL SUMO PONTÍFICE

El uso de misales y hojas en la Santa Misa


Por Paul Gunter, O.S.B.



El uso de los misales por parte de los fieles laicos, al menos en los principales países europeos, se practica desde hace más de dos siglos. En los países que conocieron persecuciones religiosas, la posesión de tales libros representaba, para los opositores de la fe católica, una prueba suficiente de adhesión al “papismo”.

Entre 1788 y 1792 aparecieron traducciones en italiano de la Misa, tanto del rito ambrosiano como del romano, con el añadido de explicaciones sobre las principales fiestas, contenidas dentro de una guía a la oración para los fieles devotos. Hechos similares tuvieron lugar en Francia y en Alemania y se desarrollaron rápidamente, inspirados por las iniciativas litúrgicas de Prosper Guéranger, en el siglo XIX. El uso de pequeños misales favoreció un apego a la liturgia que introdujo a aquellos que sabían leer en los meandros de la liturgia celebrada en latín. Los misales a menudo incluían los textos de las vísperas del domingo, que se convirtieron en práctica de muchas parroquias especialmente en Francia, en los Países Bajos y en Alemania. Durante el siglo XX, estos subsidios fueron enriquecidos progresivamente con material catequético sobre el año litúrgico, comentarios a la Sagrada Escritura y textos eucológicos.

lunes, 20 de enero de 2020

El lenguaje de la celebración litúrgica


OFICINA DE LAS
CELEBRACIONES LITURGICAS DEL
SUMO PONTIFICE

El lenguaje de la celebración litúrgica

Por el P. Uwe Michael Lang, C.O


La lengua no es solo un instrumento que sirve para comunicar hechos, y debe hacerlo de la forma más sencilla y eficiente, sino que es también el medio para expresar nuestra mens de un modo que implica a toda la persona. En consecuencia, la lengua es también el medio en el que se expresan los pensamientos y las experiencias religiosas.

La lengua utilizada en el culto divino, o lo que es lo mismo, la “lengua sacra” no se lleva hasta la glossolalia (cf 1Cor 14) o al místico silencio, excluyendo completamente la comunicación humana, o al menos intenta hacerlo. Con todo, se reduce el elemento de la comprensibilidad en favor de otros elementos, en particular el expresivo. Christine Mohrmann, la gran historiadora del latín de los cristianos, afirma que la lengua sacra es una forma específica de “organizar” la experiencia religiosa. De hecho, Mohrmann sostiene que cata forma de creer en la realidad sobrenatural, en la existencia de un ser trascendente, conduce necesariamente a la adopción de una forma de lengua sacra en el culto, mientras que un laicismo radical lleva a rechazar toda forma de ésta. En este sentido, en cardenal Albert Malcolm Ranjith recordó en una entrevista: “El uso de una lengua sacra es tradición en todo el mundo. En el hinduismo la lengua de oración es el sánscrito, que ya no se usa. En el budismo se usa el Pali, lengua que hoy solo estudian los monjes budistas. En el islam se emplea el árabe del Corán. El uso de una lengua sacra nos ayuda a vivir la sensación del más allá” (La Repubblica, 31 de julio de 2008, p. 42).

miércoles, 20 de noviembre de 2019

El crucifijo en el centro del altar en la Misa “hacia el pueblo”


OFICINA PARA LAS 
CELEBRACIONES LITÚRGICAS
DEL SUMO PONTÍFICE
El crucifijo en el centro del altar 
en la Misa “hacia el pueblo”

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Desde tiempos remotos, la Iglesia estableció signos sensibles que ayudaran a los fieles a elevar el alma a Dios. El Concilio de Trento, refiriéndose en particular a la Santa Misa, motivó esta costumbre recordando que “Como la naturaleza humana es tal que sin los apoyos externos no puede fácilmente levantarse a la meditación de las cosas divinas, por eso la piadosa madre Iglesia instituyó determinados ritos [...] con el fin de encarecer la majestad de tan grande sacrificio [la Eucaristía] e introducir las mentes de los fieles, por estos signos visibles de religión y piedad, a la contemplación de las altísimas realidades que en este sacrificio están ocultas” (DS 1746).

Uno de los signos más antiguos consiste en volverse hacia oriente para rezar. Oriente es símbolo de Cristo, el Sol de justicia. “Erik Peterson ha demostrado la estrecha conexión entre la oración hacia oriente y la cruz, conexión evidente como muy tarde en el periodo constantiniano. [...] Entre los cristianos se difundió la costumbre de indicar la dirección de la oración con una cruz sobre la pared oriental en el ábside de las basílicas, pero también en las habitaciones privadas, por ejemplo, de monjes y eremitas” (U.M. Lang, Rivolti al Signore, Siena 2006, p. 32).

miércoles, 6 de noviembre de 2019

Los signos externos de devoción por parte de los fieles


OFICINA PARA LAS CELEBRACIONES 
LITÚRGICAS DEL SUMO PONTÍFICE

Los signos externos de devoción por parte de los fieles

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    Si abrimos el Catecismo de la Iglesia Católica leemos: “En la Liturgia de la Nueva Alianza, toda acción litúrgica, especialmente la celebración de la Eucaristía y de los Sacramentos es un encuentro entre Cristo y la Iglesia”)[1]. La Liturgia es pues el “lugar” privilegiado del encuentro de los cristianos con Dios y con quien Él envió, Jesucristo (cf. Jn 17,3)[2].

    En este encuentro la iniciativa, como siempre, es del Señor que se sitúa en el centro de la ecclesia, ahora resucitado y glorioso. De hecho, “si en la liturgia no destacase la figura de Cristo, que es su principio y está realmente presente para hacerla válida, ya no tendríamos la liturgia cristiana, totalmente dependiente del Señor y sostenida por su presencia creadora”[3].

    Cristo precede a la asamblea que celebra. Él –que actúa inseparablemente unido al Espíritu Santo- la convoca, la reúne y la instruye. Por eso, la comunidad, y cada fiel que la forma, “debe prepararse para encontrar a su Señor, debe ser un pueblo bien dispuesto”[4]. A través de las palabras, las acciones y los símbolos que constituyen la trama de cada celebración, el Espíritu Santo pone a los fieles y a los ministros en relación viva con Cristo, Palabra e imagen del Padre, a fin de que puedan incorporar a su vida el sentido de lo que oyen, contemplan y realizan[5]. De ahí que “toda celebración sacramental es un encuentro de los hijos de Dios con su Padre, en Cristo, y en el Espíritu Santo, y este encuentro se expresa como un diálogo a través de acciones y de palabras”[6].

domingo, 3 de noviembre de 2019

Los signos externos de devoción del celebrante

OFICINA DE LAS CELEBRACIONES
LITÚRGICAS DEL SUMO PONTÍFICE

Los signos externos de devoción del celebrante

Por Mons. Nicola Bux


La fe en la presencia del Señor, en especial la eucarística, la expresa el sacerdote ejemplarmente con la adoración que se muestra en la reverencia profunda de las genuflexiones durante la Santa Misa y fuera de ella. En la liturgia postconciliar se reducen al mínimo: la razón aducida es la sobriedad; el resultado es que se han convertido en raras, o incluso apenas se esbozan. Nos hemos hecho avaros en gestos hacia el Señor; pero elogiamos a judíos y musulmanes por su fervor en el modo de rezar.

La genuflexión manifiesta más que las palabras la humildad del sacerdote, que sabe que sólo es un ministro, y su dignidad por el poder de hacer presente al Señor en el sacramento. Pero hay otros signos de devoción. Las manos elevadas en alto por el sacerdote son para indicar la súplica del pobre y del humilde: “Te pedimos humildemente”, se subraya en las plegarias eucarísticas II y III del misal de Pablo VI. El Ordenamiento General del Misal Romano (OGMR) establece que el sacerdote, “cuando celebra la Eucaristía, debe servir a Dios y al pueblo con dignidad y humildad, y, en la forma de comportarse y de pronunciar las palabras divinas, debe hacer percibir a los fieles la presencia viva de Cristo” (n. 93). La humildad de la actitud y de la palabra es consonante con el propio Cristo, manso y humilde de corazón. Él debe crecer y yo disminuir.

sábado, 2 de noviembre de 2019

La música en la liturgia, al servicio de la verdad


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DEL SUMO PONTÍFICE
La música sacra al servicio de la verdad

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En la época en la que san Agustín escribió Qui cantat, bis orat – “quien canta reza dos veces”, se podía reconocer fácilmente cómo el carácter propio de la música sacra la hacía esencialmente distinta de un simple canto en grupo, o de un elegante performance por parte de un músico experto, pero de ámbito secular. La convicción del hecho de que la oración redobla si es cantada en lugar de recitada, no se basaba tanto en los méritos del esfuerzo humano, sino más bien en la necesidad de describir la dimensión numinosa dentro de la música sacra, sus aspectos emotivos y artísticos, en cuanto que interfaz del intercambio entre Dios, Dador de todo bien, y la respuesta de amor del ser humano al amor omnipotente del Señor.

Un amor más grande buscará una calidad más alta y no sólo una cantidad más abundante, y esto sucede cuando la perseverancia de un individuo o de un grupo ha obtenido un progreso en el ámbito musical y ha experimentado por ello mismo la belleza de sus consuelos espirituales. La Sacrosanctum Concilium (SC) afirma que “la sagrada liturgia no agota toda la acción de la Iglesia” (n. 9) y añade muy agudamente que “antes de que los hombres puedan acercarse a la liturgia, es necesario que sean llamados a la fe y a la conversión”; además, en el número 10 aclara que “la liturgia es el culmen hacia el que tiende la acción de la Iglesia”. La liturgia, por tanto, es precisamente la fuente de la fuerza necesaria a toda obra apostólica. Allí donde la vida litúrgica de la Iglesia es dejada a su aire, la falta de coherencia en sus frutos se hace evidente. Los músicos litúrgicos deben ser valorados y apoyados de todas las formas posibles, si deben alcanzar un nivel técnico tal que les permita comunicar, a través de la música sacra, la relación con el misterio tremendo que es Dios. Es esta percepción de la santidad de Dios, tomada específicamente de la música sacra, la que forma un puente que permite a las personas hacer encontrar su deseo de Dios con el deseo de conformar sus vidas a la Suya.

domingo, 4 de agosto de 2019

La liturgia de las horas


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LAS CELEBRACIONES LITÚRGICAS 
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¿Cuándo celebrar? 4: 
La Liturgia de las Horas (CEC, 1174-1178)


La sección litúrgica del Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), en el párrafo «¿Cuándo celebrar?», dedica un espacio al «Oficio Divino», hoy llamado «Liturgia de las Horas» (LdH). La LdH es parte del Culto divino de la Iglesia, y no un mero apéndice de los sacramentos. Es sagrada Liturgia en el verdadero sentido. En la LdH, como en el sacramental (en particular la Liturgia Eucarística, de la cual el Oficio es como una extensión), se entrecruzan dos dinámicas: «desde lo alto» y «desde abajo».

Considerada «desde lo alto», la LdH fue traída a la tierra por el Verbo, cuando se hizo hombre para redimirnos. Por eso, el Oficio Divino se define como «el himno que se canta en el Cielo por toda la eternidad», introducido «en el exilio terreno» por el Verbo encarnado (cfr. Pío XII, Mediator Dei: EE 6/565; también: Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium [SC], n. 83). Podemos cantar las alabanzas de Dios, porque Dios mismo nos permite esto y nos enseña cómo hacerlo. En este sentido, la LdH representa la reproducción, obrada por la Iglesia peregrina y militante, del canto de los espíritus celestiales y de los bienaventurados, que forman la Iglesia gloriosa del Cielo. Es por esta razón que el lugar donde los monjes, frailes y canónigos se reúnen para rezar el Oficio ha tomado el nombre de «coro»: el cual quiere reproducir visiblemente las órdenes angelicales y los coros de los santos, que constantemente alaban la majestad de Dios (cfr. Is. 6,1-4; Ap. 5,6-14). Por lo tanto, el coro está estructurado en forma circular no para facilitar la mirada del uno al otro, mientras se celebra la LdH, sino para representar el «asomarse el cielo sobre la tierra» (Benedicto XVI, Sacramentum caritatis, n. 35) que se produce cuando celebramos el Culto Divino.

sábado, 3 de agosto de 2019

El año litúrgico


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¿Cuándo celebrar? 3: El año litúrgico (CEC 1168-1173)


En la Pascua –que significa inseparablemente cruz y resurrección– se sintetiza la entera historia de la salvación, está presente de forma concentrada toda la obra de la redención. “Se podría decir que la Pascua constituye la categoría central de la teología del Concilio” (J. Ratzinger, Opera omnia, 774). En este contexto se sitúa también el Año litúrgico. De hecho, “a partir del «Triduo Pascual», como de su fuente de luz, el tiempo nuevo de la resurrección llena todo el año litúrgico con su resplandor” (Catecismo de la Iglesia Católica [CEC], 1168).

No podía ser de otro modo pues la Pasión, muerte y resurrección del Señor “es un acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado. El misterio pascual de Cristo, por el contrario, no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte, y todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente. El acontecimiento de la cruz y de la resurrección permanece y atrae todo hacia la Vida” (CEC, 1085).

viernes, 2 de agosto de 2019

El día del Señor


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¿Cuándo celebrar? 2: El día del Señor (CIC 1166 1167)


Todo el año litúrgico está marcado por el ritmo regular de los domingos que se suceden, en los cuales la Iglesia a lo largo de los siglos, se reúne en asamblea litúrgica para celebrar el Misterio pascual de Cristo: “El domingo es por excelencia el día de la asamblea litúrgica, el día en el cual los fieles se reúnen” (Catecismo de la Iglesia Católica [CIC],1167).

¿Pero por qué el día domingo? La respuesta encuentra sus raíces profundas en el Nuevo Testamento. Según el testimonio concordado de los Evangelios, en el “primer día después del sábado” el Señor resucita y se aparece ante a las mujeres y después a los discípulos (cf. Mc. 16,2.9; Lc. 24,1; Jn. 20,1.19).

Ese mismo día Jesús se manifiesta a los discípulos de Emaús (cf. Lc. 24,13-35) y después a los once apóstoles (cf. Lc. 24,36; Jn. 20,19) y les dona el Espíritu Santo (cf. Jn. 20,22-23). Ocho días después, el Resucitado encuentra nuevamente a los suyos (cf. Jn. 20,26). Era aún domingo cuando cincuenta días después de la resurrección, el Espíritu Santo, bajo la forma de un “viento impetuoso” y “fuego” (Hch. 2,23), se infunde en los apóstoles reunidos con María en el Cenáculo.

jueves, 1 de agosto de 2019

El tiempo litúrgico


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LAS CELEBRACIONES LITÚRGICAS
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¿Cuándo celebrar? 1: 
El tiempo litúrgico (CEC 1163-1165)


La Iglesia celebra cada año la redención cumplida por Jesucristo, empezando por el domingo, el día de la semana que toma el nombre del Señor resucitado, hasta terminar en la gran solemnidad de la Pascua anual. Pero se pasa revista y se hacen presentes todos los misterios de la vida de Cristo: ¿en qué sentido? Si Cristo es contemporáneo a cada hombre en cada tiempo, sus acciones, en cuanto Hijo de Dios, no son hechos del pasado sino actos siempre presentes en cada tiempo, con todos sus méritos, que por lo tanto portan salvación a cuantos hacen memoria (cf. Catecismo de la Iglesia Católica [CEC], 1163). Las acciones de Jesucristo son eternas como su palabra: comunican y explican la vida; por lo tanto no pasan, desde el mismo acto supremo de su sacrificio en la cruz; este es representado o renovado, como dice el mismo Catecismo, en cuanto no es nunca un pasado, sino que es siempre presente. Y nosotros hacemos memoria, obedientes a su invitación: «Hagan esto en memoria mía».

Quizás es importante comprender el concepto de memoria para entender el tiempo litúrgico: aquello no significa el recuerdo del pasado, sino la capacidad del hombre, dada por Dios, de comprender en el hoy, el pasado y el futuro. En efecto, el hombre que pierde la memoria, no solo olvida el pasado, sino que no comprende quién es al presente, y menos aún puede proyectarse al futuro.

domingo, 30 de junio de 2019

Canto y música en la liturgia


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¿Cómo celebrar? 2:
Canto y Música (CEC 1156-1158)


Desde tiempo inmemorial, el canto y la música bella han proporcionado una conexión con las alturas y las profundidades de la emoción humana. No obstante estos sean formativos en la liturgia, su propósito más elevado es el de dar gloria a Dios en el culto que, inevitablemente, eclipsa su noble pero limitado destino de satisfacer el deseo primario de una puesta en escena brillante. Dado que sobre todo está orientada hacia Dios, "la tradición musical de la Iglesia universal constituye un tesoro de valor inestimable que sobresale entre las demás expresiones artísticas, principalmente porque el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria o integral de la liturgia solemne"(Catecismo de la Iglesia Católica [CEC] 1156 y Sacrosanctum Concilium [SC] 112). Según la tradición de la Antigua Alianza, no sólo los salmos y los himnos son fundamentales en la liturgia judía y cristiana, sino también la diversidad musical y los registros simbólicos de los varios instrumentos musicales (CEC 1156). Desde una perspectiva moderna, es difícil establecer cuáles son todos los instrumentos, sin embargo un sentido de su sinfonía puede ser asimilado gracias a nuestro aprecio por la versatilidad de un órgano de tubos que anuncia, tan hábilmente, las atmósferas distintivas del año litúrgico. No debemos perder de vista el llamado de SC 120 sobre el aprecio en particular que debe recibir el órgano de tubos, aún cuando otros instrumentos están permitidos en la liturgia, sobre la base de que sean apropiados para el uso sagrado.

martes, 24 de abril de 2018

Signos y símbolos, palabras y acciones en la liturgia


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¿Cómo celebrar?  1:
Signos y símbolos, palabras y acciones (CIC 1145-1155)


La Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium define la sagrada liturgia como «el ejercicio de la función (munus) sacerdotal de Jesucristo», en el que «la santificación del hombre se expresa mediante signos sensibles y se realiza de un modo propio en cada uno de ellos» (núm. 7). En la vida sacramental de la iglesia, el "tesoro escondido en el campo", del que habla Jesús en la parábola del evangelio (Mt. 13,44), se hace perceptible a los fieles a través de los signos sagrados. Mientras que los elementos esenciales de los sacramentos —la forma y la materia en términos de la teología escolástica—, se distinguen con una humildad y sencillez maravillosa, la liturgia, como acto sagrado, los envuelve en ritos y ceremonias que ilustran y hacen comprender mejor la gran realidad del misterio. Por lo tanto, se da una traducción en elementos sensibles, y por lo tanto más accesibles al conocimiento humano, para que la comunidad cristiana —«sacris actionibus erudita - instruida por las acciones sagradas», como dice una antigua oración del Sacramentario Gregoriano (cf. Missale Romanum 1962, Oración Colecta, Sábado después del primer domingo de la Pasión)—, esté  preparada a recibir la gracia divina.

Por el hecho de que la celebración sacramental «está entretejida de signos y símbolos», se expresa «la pedagogía divina de la salvación» (Catecismo de la Iglesia Católica [CIC], n. 1145), ya enunciada de modo elocuente por el Concilio de Trento. Reconociendo que «la naturaleza humana es tal, que no fácilmente se aviene a la meditación de las cosas divinas, sin recursos externos», la iglesia  «utiliza velas, incienso, vestidos y muchos otros elementos transmitidos por la enseñanza y la tradición apostólica, con los que se destaca la majestuosidad de un Sacrificio tan grande [la Santa Misa]; y las mentes de los fieles son llevadas de estos signos visibles de la religión y la piedad, a la contemplación de las cosas altas, que están ocultas en este Sacrificio» (Concilio de Trento, Sesión XXII, 1562, Doctrina de ss. Missae Sacrificio, c. 5, DS 1746).

lunes, 22 de enero de 2018

¿Quién celebra en la Liturgia Católica?

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¿Quién celebra? (CEC nn. 1136-1144)



El Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), invocando la Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium (cf. n. 8), enseña que “en la liturgia terrena preguntamos y tomamos parte en un anticipo de la liturgia celestial que se celebra en la Ciudad Santa de Jerusalén” (n. 1090). Teniendo este conocimiento puramente teológico, a continuación, confirma que “los que celebran el culto litúrgico, ya están de alguna manera, más allá de los signos, en la liturgia celestial, donde la celebración es enteramente comunión y fiesta” (n. 1136). Y añade: “En esta Liturgia eterna el Espíritu y la Iglesia nos hacen participar, cuando celebramos, en los sacramentos, el misterio de la salvación” (n. 1139).

La acción litúrgica entonces no termina sólo en su dimensión histórica. Más bien, es una prueba (cf. Juan Pablo II, Audiencia general, 28 de junio de 2000), un pálido reflejo de la realidad, sin embargo (cf. Benedicto XVI, Homilía en la celebración de las Vísperas en la Catedral de Notre-Dame de París, 12 de septiembre de 2008), de lo que se lleva a cabo en las alturas sin cesar. La liturgia eclesial, por lo tanto, no es sólo una imitación más o menos fiel de la liturgia celeste, ni mucho menos una celebración de forma paralela o alternativa. Más bien, significa y representa una concreta manifestación sacramental de la liturgia eterna.

viernes, 9 de junio de 2017

La liturgia, obra de la Trinidad 3: Dios Espíritu Santo

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La liturgia, obra de la Trinidad  3: Dios Espíritu Santo
(CEC 1091-1109)


La liturgia, o acción pública realizada en nombre del pueblo, es nuestra participación en la oración de Cristo al Padre en el Espíritu Santo. Esta celebración nos sumerge en la vida divina de la Trinidad, como lo expresa el Prefacio común IV: “Pues aunque no necesitas nuestra alabanza, tú inspiras y haces tuya nuestra acción de gracias, para que nos sirva de salvación, por Cristo, Señor nuestro”. En consecuencia, la liturgia existía antes de que hubiéramos podido participar de ella, porque empezó en la Santísima Trinidad, y Cristo, quien nos enseñó con su ejemplo cómo adorar al Padre en su vida terrenal, concede a aquellos que creen, los medios necesarios para que sus vidas sean transformadas mediante la celebración de la liturgia, en la que se nos comunica la vida de la Trinidad.

La obra del Espíritu Santo en la liturgia, para nuestra santificación, nos sella con la relación amorosa de la Trinidad, que está en el corazón de la Iglesia. Es el Espíritu Santo el que inspira la fe y da lugar a nuestra cooperación. Es esa genuina cooperación, expresión de nuestro deseo de Dios, que hace de la liturgia una obra en común entre la Trinidad y la Iglesia. (CEC 1091-1092)

Antes de que la misión salvífica de Cristo en el mundo pudiera comenzar, el Espíritu Santo sentó las bases para la acogida de Cristo, que lleva a la realización las promesas de la antigua Alianza, cuyo recuento de las maravillas de Dios, conforma --no menos--, la columna vertebral de nuestra liturgia, como lo había hecho para la liturgia de la casa de Israel. Desde el Antiguo Testamento, con su vasto corpus de literatura, junto con la belleza de los salmos, ¿dónde estaría la celebración de la iglesia en Adviento sin el profeta Isaías? ¿O la liturgia de la tarde del Jueves Santo, sin el anuncio del ritual de la Pascua de Éxodo 12? Por otra parte, ¿cómo marca a la Vigilia Pascual, así de sorprendente, la armonía entre Antiguo y Nuevo Testamento, sin la historia de su paso por el Mar Rojo, junto con su cántico, en Éxodo 14-15? (CEC 1093-1095). Las grandes fiestas del año litúrgico revelan la relación intrínseca de la liturgia judía y cristiana, como se puede ver en la celebración de la Pascua, donde es, “Pascua de la historia, orientada hacia el porvenir en los judíos; Pascua realizada en la muerte y la resurrección de Cristo en los cristianos, aunque siempre en espera de la consumación definitiva” (CEC 1096).

miércoles, 7 de junio de 2017

La liturgia, obra de la Trinidad 2: el Hijo de Dios

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La liturgia, obra de la Trinidad 2: el Hijo de Dios 
(CEC 1084-1090)



En la segunda parte de la sección sobre la liturgia como obra de la Santísima Trinidad, dedicada a Dios Hijo, el Catecismo de la Iglesia Católica presenta los elementos esenciales de la doctrina sacramental. Cristo, resucitado y glorificado, derramando el Espíritu Santo en su Cuerpo que es la Iglesia, actúa ahora en los sacramentos y a través de ellos comunica su gracia. El Catecismo recuerda la definición clásica de los sacramentos, que son: 1) «signos sensibles (palabras y acciones)», 2) instituidos por Cristo; 3) que «realizan eficazmente la gracia que significan» (n. 1084).
En la celebración de los sacramentos, es decir en la sagrada liturgia, Cristo, con el poder del Espíritu Santo, significa y realiza el Misterio pascual de su pasión, muerte en la cruz y resurrección. Este misterio no es simplemente una serie de eventos del pasado remoto (¡aunque no se puede ignorar la historicidad de estos eventos!), sino que entra en la dimensión de la eternidad, porque el «actor» —es decir, Aquel que ha realizado y sufrido estos hechos—, ha sido el Verbo encarnado. Por lo tanto, el misterio pascual de Cristo «domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente» (n. 1085) a través de los sacramentos, que él mismo ha confiado a su Iglesia, en especial el sacrificio eucarístico.
Este don único fue dado primero a los apóstoles cuando el Resucitado, con el poder del Espíritu Santo, les dio su poder de santificación. Los apóstoles han conferido a la vez este poder a sus sucesores, los obispos, y por lo tanto los beneficios de la salvación se transmiten y se actualizan en la vida sacramental del pueblo de Dios hasta la Parusía, cuando el Señor venga en su gloria para dar cumplimiento al Reino de Dios. Así, la sucesión apostólica asegura que en la celebración de los sacramentos, los fieles sean inmersos en la comunión con Cristo, quien los bendice con el don de su amor salvífico, sobre todo en la Eucaristía donde se ofrece a sí mismo bajo las apariencias del pan y del vino.

martes, 6 de junio de 2017

La liturgia, obra de la Trinidad 1: Dios Padre

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DEL SUMO PONTÍFICE

La liturgia, obra de la Trinidad 1: Dios Padre (CIC 1077-1083)



Sin la mediación del Hijo, no habríamos conocido al Padre, y no habríamos recibido el Espíritu que nos permite reconocer al Hijo como Señor y adorar al Padre en él. El padre ha realizado una elección tal que nos ha hecho capaces de todo esto, es decir, adoptarnos como hijos, antes de la creación del mundo (cf. Catecismo de la Iglesia Católica [CIC], 1077). La capacidad de obrar como individuos y como miembros de un pueblo elegido y consagrado se llama "liturgia", definida con acierto como obra del misterio de las tres Personas. La acción trinitaria, es por así decirlo, el prototipo de la acción sagrada o litúrgica. Sin embargo, visto el activismo eclesiástico y litúrgico que ha llevado a adoptar términos como "actor" y "operador", incluso en la sagrada liturgia, debemos definir, a salvo de equívocos, la naturaleza de esta acción. La acción sagrada de la liturgia es esencialmente una "bendición", un término conocido por todos, pero no en su verdadero significado. Lo hace el siguiente artículo del Catecismo que conviene citar completo: «Bendecir es una acción divina que da la vida y cuya fuente es el Padre. Su bendición es a la vez palabra y don ("bene-dictio", "eu-logia"). Aplicado al hombre, este término significa la adoración y la entrega a su Creador en la acción de gracias.» (CIC, 1078).
Por lo tanto, la liturgia es bendición divina, palabra y don, y adoración humana, es decir, acción de gracias (eucaristía) y ofrenda. ¿No está toda la misa en esta definición? Nadie puede omitir el definir así la sagrada liturgia. La adoración no es otra cosa que la liturgia misma. Cualquier intento de separar las dos cosas va en contra de la fe y de la verdad católica.

martes, 21 de febrero de 2017

La liturgia, fuente de vida, de oración y de catequesis (CIC 1071 a 1075)

OFICINA PARA LAS CELEBRACIONES LITÚRGICAS 
DEL SUMO PONTÍFICE
  
Los numerales 1071-1075 del Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) se ocupan de la sagrada liturgia como fuente de vida y su relación con la oración y la catequesis. La liturgia es fuente de vida, sobre todo porque es “obra de Cristo” (CIC, 1071). En segundo lugar, porque "es también una acción de la Iglesia" (ibid.). Pero entre estos dos aspectos, ¿cuál es el más importante? Y además, ¿qué significa en este contexto la palabra "vida"?
Responde el Concilio Vaticano II: "De la Liturgia, sobre todo de la Eucaristía, mana hacia nosotros la gracia como de su fuente, y se obtiene con la máxima eficacia aquella santificación de los hombres en Cristo y aquella glorificación de Dios, a la cual las demás obras de la Iglesia tienden como a su fin."(Sacrosanctum Concilium [SC], 10). Esto deja en claro que cuando a la liturgia se le llama fuente de vida, significa que de ella fluye la gracia. Con esto, se ha respondido a la primera pregunta: la liturgia es fuente de vida, sobre todo porque es obra de Cristo, Autor de la gracia.

domingo, 22 de enero de 2017

El Silencio en la liturgia

El n. 45 de la Institutio Generalis Missalis Romani (editio typica tertia emendata, 2008), prescribe:


“Debe guardarse también, en el momento en que corresponde, como parte de la celebración, un sagrado silencio. Sin embargo, su naturaleza depende del momento en que se observa en cada celebración. Pues en el acto penitencial y después de la invitación a orar, cada uno se recoge en sí mismo [singuli ad seipsos convertuntur]; pero terminada la lectura o la homilía, todos meditan brevemente lo que escucharon; y después de la Comunión, alaban a Dios en su corazón y oran [in corde suo Deum laudant et orant]. Ya desde antes de la celebración misma, es laudable [laudabiliter] que se guarde silencio en la iglesia, en la sacristía, en el “secretarium” y en los lugares más cercanos para que todos se dispongan devota y debidamente para la acción sagrada”.


El texto cita, como nota, el n. 30 de la Constitución litúrgicaSacrosanctum Concilium, que igualmente prescribe: “Guárdese, además, a su debido tiempo, un silencio sagrado”. Nótese cómo, en ambos casos, se precisa que el silencio litúrgico es un silencio sagrado, sacrum silentium.


El n. 56 de la Institutio especifica mejor la importancia del silencio dentro de la Liturgia de la Palabra, mientras que en lo que respecta a la Liturgia eucarística, el n. 78 precisa: “La Plegaria Eucarística exige que todos la escuchen con reverencia y con silencio”. 

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