Introducción
1. El Concilio
Vaticano II, de cuyo inicio celebraremos el 50º aniversario el próximo 11 de
octubre, trató con particular atención del matrimonio y la familia[1], y
recordó a todos que «una misma es la santidad que cultivan, en los múltiples
géneros de vida y ocupaciones, todos los que son guiados por el Espíritu
de Dios»[2]. En este mismo sentido, hace treinta años el papa Juan Pablo II,
tras el Sínodo de Obispos sobre la misión de la familia, promulgó la exhortación
apostólica Familiaris consortio (1981). Los obispos españoles, siguiendo
las directrices de esta carta magna de la pastoral familiar, publicamos
posteriormente los documentos: La Familia, Santuario de la Vida y Esperanza
de la Sociedad (2001) y el Directorio de la Pastoral Familiar en España
(2003). Con ellos, se pretendía aplicar en nuestras diócesis las enseñanzas y
orientaciones pastorales del pontífice sobre el matrimonio y la familia.
2. La
Conferencia Episcopal Española llamaba la atención sobre las nuevas
circunstancias en las que se desarrollaba la vida familiar, y la presencia en
la legislación española de presupuestos que devaluaban el matrimonio, causaban
la desprotección de la familia y llevaban a una cultura que, sin eufemismos,
podía calificarse como una “cultura de la muerte”. De manera particular se
querían poner de manifiesto las consecuencias sociales de una cultura anclada
en la llamada revolución sexual, influida por la ideología de género,
presentada jurídicamente como “nuevos derechos” y difundida a través de la
educación en los centros escolares.
3. El tiempo
transcurrido permite, ciertamente, advertir que, desde entonces, no son pocos
los motivos para la esperanza. Junto a otros factores se advierte, cada vez más
extendida en amplios sectores de la sociedad, la valoración positiva del bien
de la vida[3] y de la familia; abundan los testimonios de entrega y santidad de
muchos matrimonios y se constata el papel fundamental que están suponiendo las
familias para el sostenimiento de tantas personas, y de la sociedad misma, en
estos tiempos de crisis. Además cabe destacar las multitudinarias
manifestaciones de los últimos tiempos en favor de la vida, las Jornadas de la
Familia, el incremento de los objeciones de conciencia por parte de los profesionales
de la medicina que se niegan a practicar el aborto, la creación por ciudadanos
de redes sociales en defensa del derecho a la maternidad, etc. Razones para la
esperanza son también las reacciones de tantos padres ante la ley sobre “la
educación para la ciudadanía”. Con el recurso a los Tribunales han ejercido uno
de los derechos que, como padres, les asiste en el campo de la educación de sus
hijos. Hemos de reconocer que a la difusión de esta conciencia ha contribuido
grandemente la multiplicación de movimientos y asociaciones a favor de la vida
y de la familia.
4. Estas luces,
sin embargo, no pueden hacernos olvidar las sombras que se extienden sobre
nuestra sociedad. Las prácticas abortivas, las rupturas matrimoniales, la
explotación de los débiles y de los empobrecidos –especialmente niños y
mujeres–, la anticoncepción y las esterilizaciones, las relaciones sexuales
prematrimoniales, la degradación de las relaciones interpersonales, la
prostitución, la violencia en el ámbito de la convivencia doméstica, las
adicciones a la pornografía, a las drogas, al alcohol, al juego y a internet,
etc., han aumentado de tal manera que no parece exagerado afirmar que la
nuestra es una sociedad enferma. Detrás, y como vía del incremento y
proliferación de esos fenómenos negativos, está la profusión de algunos
mensajes ideológicos y propuestas culturales; por ejemplo, la de la
absolutización subjetivista de la libertad que, desvinculada de la verdad,
termina por hacer de las emociones parciales la norma del bien y de la
moralidad. Es indudable también que los hechos a que aludimos se han visto
favorecidos por un conjunto de leyes que han diluido la realidad del matrimonio
y han desprotegido todavía más el bien fundamental de la vida naciente[4].
5. Ante estas
nuevas circunstancias sociales queremos proponer de nuevo a los católicos
españoles y a todos los que deseen escucharnos, de manera particular a los
padres y educadores, los principios fundamentales sobre la persona humana
sexuada, sobre el amor esponsal propio del matrimonio y sobre los fundamentos
antropológicos de la familia. Nos mueve también el deseo de contribuir al
desarrollo de nuestra sociedad. De la autenticidad con que se viva la verdad
del amor en la familia depende, en última instancia, el bien de las personas,
quienes integran y construyen la sociedad.
1.
La verdad del amor, un anuncio de esperanza
a)
El amor de Dios, origen de todo amor humano
6. «Dios es
amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn
4, 16). Estas palabras de la primera carta del apóstol san Juan, expresan con
claridad meridiana el corazón de la fe cristiana[5]. Dios ha elegido la vía
maestra del amor para revelarse a los hombres. El amor posee una luz y da una
capacidad de visión que hace percibir la realidad de un modo nuevo.
7. El origen del
amor, su fuente escondida, se encuentra en el misterio de Dios. Los relatos de
la creación son un testimonio claro de que todo cuanto existe es fruto del amor
de Dios, pues Dios ha querido comunicar a las creaturas su bondad y hacerlas
partícipes de su amor. «Dios es en absoluto la fuente originaria de cada ser,
pero este principio creativo de todas las cosas –el Logos, la
razón primordial– es al mismo tiempo un amante con toda la pasión de un
verdadero amor»[6]. De un modo totalmente singular lo es respecto del hombre.
Entre todos los seres de la creación visible, solo él ha sido creado para
entablar con Dios una historia de amor. Solo él ha sido llamado a entrar en su
divina intimidad.