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jueves, 15 de mayo de 2025

San León Magno fiel servidor de la Sede Apostólica, Vicario de Cristo en la tierra, Doctor de la Iglesia Universal - San Juan XXIII

 

CARTA ENCÍCLICA

AETERNA DEI SAPIENTIA*
DEL SUMO PONTÍFICE
SAN JUAN XXIII
A LOS VENERABLES HERMANOS
PATRIARCAS, PRIMADOS,
ARZOBISPOS, OBISPOS
Y DEMÁS ORDINARIOS DEL LUGAR,
EN PAZ Y COMUNIÓN
CON LA SEDE APOSTÓLICA

SOBRE SAN LEÓN I MAGNO
PONTÍFICE MÁXIMO Y DOCTOR
DE LA IGLESIA, AL CUMPLIRSE
EL XV CENTENARIO DE SU MUERTE

León Magno se encuentra con Atila (EStancias de Rafael -Vaticano)


 

Venerables hermanos:

Salud y bendición apostólica.

La eterna sabiduría de Dios, que «se extiende, con poderío, de una punta a la otra del mundo, y que con bondad gobierna todo el universo»[1], parece haber impreso con singular esplendor su imagen en el alma de San León I, Sumo Pontífice. Pues «grandísimo entre los grandes» [2], como justamente lo llamó nuestro predecesor Pío XII, de venerada memoria, apareció dotado en manera extraordinaria de intrépida fortaleza y paternal bondad. Por este motivo Nos, llamados por la Divina Providencia a sentarnos en la Cátedra de Pedro, que San León Magno tanto ilustró con la prudencia en el gobierno, con la riqueza de doctrina, con su magnanimidad y con su inagotable caridad, sentimos el deber, venerables hermanos, con ocasión del decimoquinto centenario de su venturoso tránsito, de recordar sus virtudes y méritos inmortales, seguros, como estamos, de que esto contribuirá notablemente al provecho general de las almas y a la exaltación de la religión católica. Pues la grandeza de este Pontífice no se debe únicamente al gesto de intrépido coraje, con que él, inerme, revestido solamente con la majestad del Sumo Sacerdote, hizo frente en el 452 al feroz Atila, rey de los hunos, junto al río Mincio, y lo convenció para que se retirara más allá del Danubio. Fue indudablemente un gesto noble, digno de la misión pacificadora del Pontificado Romano; pero en realidad no representa más que un episodio y una prueba de una vida enteramente dedicada al bien religioso y social no solamente de Roma y de Italia, sino de la Iglesia universal.

S. León Magno, Pontífice, Pastor y Doctor de la Iglesia Universal

A su vida y a su laboriosidad se pueden bien aplicar las palabras de la Sagrada Escritura: «La vida del justo es como la luz del alba que va creciendo hasta el mediodía» [3], con sólo considerar tres aspectos distintivos y característicos de su personalidad: fiel servidor de la Sede Apostólica, Vicario de Cristo en la tierra, Doctor de la Iglesia Universal.

Fiel servidor de la Sede Apostólica

«León, toscano de nacimiento, hijo de Quinzianno», como nos informa el Liber Pontificalis [4], nace hacia el final del siglo IV. Pero habiendo vivido en Roma desde su primera juventud, justamente puede llamar a Roma su patria [5], donde todavía joven fue adscrito al clero romano, llegando hasta el grado de diácono. En el espacio que va desde el 430 al 439 ejerció un influjo considerable en los negocios eclesiásticos, prestando sus servicios al Pontífice Sixto III. Tuvo relaciones amistosas con San Próspero de Aquitania y con Casiano, fundador de la célebre abadía de San Víctor en Marsella; de éste, autor de la obra contra los nestorianos De incarnatione Domini [6], León recibió un elogio verdaderamente singular tratándose de un simple diácono: «Honor de la Iglesia y del Sagrado Ministerio» [7]. Mientras se encontraba en Francia, enviado por el Papa a instancias de la corte de Rávena, para solucionar el conflicto entre el patricio Aecio y el prefecto Albino, murió Sixto III. Fue entonces cuando la Iglesia de Roma pensó que no podía confiar a un hombre mejor el puesto de Vicario de Cristo, que al diácono León, que se había revelado tanto como seguro teólogo que como hábil diplomático. Recibió, pues, la consagración episcopal el 29 de septiembre del 440, y su pontificado fue uno de los más largos de la antigüedad cristiana, e indudablemente uno de los más gloriosos. Murió en noviembre del 461 y fue sepultado en el pórtico de la Basílica de San Pedro. El Papa San Sergio I mandó trasladar, en el 688, sus restos mortales junto a "la roca de Pedro"; después de la construcción de la nueva Basílica fueron colocados debajo del altar a él dedicado.

Y ahora, queriendo sencillamente indicar el carácter sobresaliente de su vida, no podemos dejar de proclamar que rara vez el triunfo de la Iglesia sobre sus enemigos espirituales fue tan glorioso como durante el pontificado de San León. Pues en el curso del siglo V brilla en el cielo de la cristiandad como una estrella resplandeciente. Tal afirmación en ningún sentido puede ser desmentida, especialmente si se considera el campo doctrinal de la fe católica; pues en él, su nombre se encuentra unido al de San Agustín de Hipona y al de San Cirilo de Alejandría, Efectivamente, si San Agustín reivindicó contra la herejía pelagiana la absoluta necesidad de la gracia para vivir santamente y conseguir la salvación eterna, si San Cirilo de Alejandría, contra las erróneas afirmaciones de Nestorio, propugnó la divinidad de Jesucristo y la divina maternidad de la Virgen María, San León, por su parte, heredero de la doctrina de estas dos insignes lumbreras de la Iglesia de Oriente y Occidente fue el primero de todos sus contemporáneos en afirmar estas fundamentales verdades de la fe católica. Como San Agustín es aclamado por la Iglesia como Doctor de la gracia, y San Cirilo Doctor de la encarnación, San León es celebrado por todos como el Doctor de la unidad de la Iglesia.

Pastor de la Iglesia Universal

jueves, 21 de septiembre de 2023

Cristianismo y política Card. Joseph Ratzinger - El católico y el estado

 

Cristianismo y política

 Card. Joseph Ratzinger

 


 

El Estado no constituye la totalidad de la existencia humana ni abarca toda la esperanza humana. El hombre y su esperanza van más allá de la realidad del Estado y más allá de la esfera de la acción política. Y esto es válido no sólo para un Estado al que se puede calificar de Babilonia, sino para cualquier tipo de Estado [incluso “cristiano”]. El Estado no es la totalidad. Esto le quita un peso al hombre político y le abre el camino de una política racional. El Estado romano era falso y anticristiano precisamente porque quería ser el totum de las posibilidades y de las esperanzas humanas. Pretendía así lo que no podía realizar, con lo que defraudaba y empobrecía al hombre. Su mentira totalitaria le hacía demoníaco y tiránico. La supresión del totalitarismo estatal ha desmitificado al Estado, liberando la hombre político y a la política.

 

Pero cuando la fe cristiana, la fe en una esperanza superior del hombre, decae, vuelve a surgir el mito del Estado divino, porque el hombre no puede renunciar a la plenitud de la esperanza. Aunque estas promesas se vayan obteniendo mediante el progreso y reivindiquen exclusivamente  para sí el concepto de progreso, son, sin embargo, históricamente consideradas, un retroceso a un estadio anterior a la buena nueva cristiana, una vuelta hacia atrás en el camino de la historia. Y aunque vayan propalando como objetivo propio la liberación total del hombre, la eliminación de cualquier dominio sobre el hombre, entran realmente en contradicción con la verdad del hombre y con su libertad, porque reducen el hombre a lo que él puede hacer por sí solo. Semejante política, que convierte al Reino de Dios en un producto de la política y somete la fe a la primacía universal de la política, es, por su propia naturaleza, una política de la esclavitud; es política mitológica.

 

La fe opone a esta política la mirada y la medida de la razón cristiana, que reconoce lo que el hombre es realmente capaz de crear como orden de libertad y, de este modo, encontrar un criterio de discreción, consciente de que su expectativa superior está en manos de Dios. El rechazo de la esperanza que radica en la fe es, al mismo tiempo, un rechazo del sentido de la medida en la razón política. La renuncia a las esperanzas míticas es propia de una sociedad no tiránica, y no es resignación, sino lealtad, que mantiene al hombre en la esperanza. La esperanza mítica del paraíso inmanente y autárquico sólo puede conducir al hombre a la frustración; frustración ante el fracaso de sus promesas y ante el gran vacío que le acecha; una frustración angustiosa, hija de su propia fuerza y crueldad.

 

El primer servicio que presta la fe a la política es, pues liberar al hombre de la irracionalidad de los mitos políticos, que constituyen el verdadero peligro de nuestro tiempo. Ser sobrios y realizar lo que es posible en vez de exigir con ardor lo imposible ha sido siempre cosa difícil; la voz de la razón nunca suena tan fuerte como el grito irracional. El grito que reclama grandes hazañas tiene la vibración del moralismo; limitarse a lo posible parece, en cambio, una renuncia a la pasión moral, tiene el aspecto del pragmatismo de los mezquinos. Sin embargo, la moral política consiste en resistir la seducción de la grandilocuencia con la que se juega con la humanidad, el hombre y sus posibilidades. No es moral el moralismo de la aventura que pretende realizar por sí mismo lo que es Dios. En cambio, sí es moral la lealtad que acepta las dimensiones del hombre y lleva a cabo, dentro de esta medida, las obras del hombre. No es en la ausencia de toda conciliación, sino en la misma conciliación donde está la moral de la actividad política.

viernes, 16 de junio de 2023

El presbítero y la sociedad civil - San Juan Pablo II

 SAN JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 28 de julio de 1993

 

El presbítero y la sociedad civil


(Lectura:capítulo 10 del evangelio de san Marcos, versículos 42-45)

1. El tema del desapego del presbítero de los bienes terrenos está unido al tema de su relación con la cuestión política. Hoy más que nunca se asiste a un entrelazamiento continuo de la economía y la política, ya sea en el ámbito amplio de los problemas de interés nacional, ya en los campos más restringidos de la vida familiar y personal. Así sucede en las votaciones para elegir a los propios representantes en el Parlamento y a los administradores públicos, en las adhesiones a las listas de candidatos propuestas a los ciudadanos, en las opciones de los partidos y en los mismos pronunciamientos sobre personas, programas y balances relativos a la gestión de la cosa pública. Sería un error hacer depender la política exclusiva o principalmente de su ámbito económico. Pero los mismos proyectos superiores de servicio a la persona humana y al bien común, están condicionados por él y no pueden menos de abarcar en sus contenidos también las cuestiones referentes a la posesión, el uso, la distribución y la circulación de los bienes terrenos.

2. Todos éstos son puntos que incluyen una dimensión ética, en la que se interesan también los presbíteros precisamente con vistas al servicio que tienen que prestar al hombre y a la sociedad, según la misión recibida de Cristo. En efecto, él enunció una doctrina y formuló preceptos que aclaran la vida no sólo de cada una de las personas, sino también de la sociedad. En particular, Jesús formuló el precepto del amor mutuo. Ese precepto implica el respeto a toda persona y a sus derechos; implica las reglas de la justicia social que miran a reconocer a cada persona lo que le corresponde y a repartir armoniosamente los bienes terrenos entre las personas, las familias y los grupos. Jesús, además, subrayó el universalismo del amor, por encima de las diferencias entre las razas y las naciones que componen la humanidad. Podría decirse que, al definirse a sí mismo Hijo del hombre, quiso declarar, también con esa presentación de su identidad mesiánica, la destinación de su obra a todo hombre, sin discriminación entre categorías, lenguas, culturas y grupos étnicos y sociales. Al anunciar la paz a sus discípulos y a todos los hombres, Jesús puso su fundamento en el precepto del amor fraterno, de la solidaridad y de la ayuda recíproca a nivel universal. Está claro que para él éste era y es el objetivo y el principio de una buena política.

Sin embargo, Jesús nunca quiso empeñarse en un movimiento político, rehuyendo todo intento de implicarlo en cuestiones o asuntos terrenos (cf. Jn 6, 15). El Reino que vino a fundar no es de este mundo (cf. Jn 18, 36). Por eso, a quienes querían que tomara posición respecto al poder civil, les dijo: "Lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios" (Mt 22, 21). Nunca prometió a la nación judía, a la que pertenecía y amaba, la liberación política, que muchos esperaban del Mesías. Jesús afirmaba que había venido como Hijo de Dios para ofrecer a la humanidad, sometida a la esclavitud del pecado, la liberación espiritual y la vocación al reino de Dios (cf. Jn 8, 34.36); que había venido para servir, no para ser servido (cf. Mt 20, 28); y que también sus seguidores, especialmente los Apóstoles, no debían pensar en el poder terreno y el dominio de los pueblos, como los príncipes de la tierra, sino ser siervos humildes de todos (cf. Mt 20, 20.28), como su "Señor y Maestro" (Jn 13, 13.14).

viernes, 30 de octubre de 2020

Agradecemos a los pastores y a todos los fieles laicos que defienden valientemente sus iglesias. Nadie puede defender mejor la Iglesia y los objetos sagrados que la comunidad de los creyentes. - Consejo Permanente de la Conferencia Episcopal de Polonia

 

LLAMAMIENTO

DEL CONSEJO PERMANENTE

DE LA CONFERENCIA DE OBISPOS DE POLONIA

SOBRE LA PROTECCIÓN DE LA VIDA Y LA PAZ SOCIAL

1. Hoy, mientras una ola de protestas callejeras recorre nuestro país, el Papa Francisco dirigió palabras importantes y significativas a los polacos durante la Audiencia general. En ellas, hizo referencia a san Juan Pablo II, quien «siempre llamó a un amor especial por los débiles e indefensos y por la protección de toda vida humana desde su concepción hasta su muerte natural». Estas palabras forman parte del llamamiento constante de la Iglesia a la protección, incluida la protección legal de la vida de todo ser humano, también de los no nacidos, de acuerdo con el mandamiento «No matarás».

2. El Papa Francisco pidió a Dios «que despierte en el corazón de todos el respeto por la vida de nuestros hermanos, especialmente de los más débiles e indefensos, y que dé fuerza a quienes los acogen y cuidan, incluso cuando se requiere un amor heroico». El mandamiento del amor nos impone el importante deber de cuidar, ayudar y brindar a las madres y familias que reciben y crían niños enfermos la protección que necesitan. Agradecemos a todas las comunidades e instituciones que ya lo están haciendo esto desde hace años, y pedimos a las parroquias, movimientos católicos y otras organizaciones de la iglesia que emprendan iniciativas específicas para satisfacer a aquellos que necesitan y necesitarán ayuda, tanto individual como institucional. La Iglesia siempre defenderá la vida y apoyará las iniciativas que la protejan.

3. Observamos con gran dolor la escalada de tensión y agresión social. El lenguaje vulgar utilizado por algunos de los manifestantes, la destrucción de la propiedad social, la devastación de iglesias, la profanación de lugares sagrados o el impedimento de la liturgia también son inquietantes. Llamamos a todos a participar en un diálogo social significativo, a expresar sus puntos de vista sin recurrir a la violencia y a respetar la dignidad de cada ser humano. Pedimos a los políticos y a todos los participantes del debate social, en este momento dramático, que analicen a fondo las causas de la situación y busquen salidas, en el espíritu de la verdad y por el bien común, sin instrumentalizar lo que concierne la fe y la Iglesia.

miércoles, 5 de agosto de 2020

Crisis o decadencia en la Iglesia Católica - Mons. Héctor Aguer


Crisis – decadencia de la Iglesia

Monseñor Héctor Aguer


Numerosos autores han hablado, ya desde hace años, de la crisis de la Iglesia. ¿Qué es realmente lo que se desea expresar empleando esos términos? ¿Puede pensarse en una situación que se prolonga por décadas, por ejemplo, desde la conclusión del Concilio Vaticano II? ¿O se trata de una sucesión de crisis, separadas quizá por algunos períodos de alivio y relativa bonanza?

Comencemos por un esclarecimiento de los posibles significados a reconocer del meneado sustantivo. En griego, krísis designa la acción o la facultad de elegir, de decidir. Hipócrates empleaba esa palabra para referirse a la fase decisiva en el proceso de una enfermedad. También vale por «explicación», «interpretación». En castellano, crisis se define como una mutación importante en el desarrollo de un proceso, sea de orden físico, histórico o espiritual. Se habla así cuando en la situación de un asunto puede dudarse acerca de la continuación, la modificación o el cese de la misma. Por extensión, se refiere al momento decisivo de un negocio grave y de consecuencias importantes, a una situación dificultosa o complicada. La acepción seis del Diccionario de la Real Academia Española, es: escasez, carestía. Esta digresión lingüística no es una vanidad; permite fijar bien de qué estamos hablando.

Normalmente, una crisis se resuelve en una superación que equivale a un apogeo, una culminación feliz, o por lo contrario, en una decadencia. Es bastante común seguir hablando de crisis cuando en realidad se ha caído en una declinación, cuando en un período o ámbito determinado se ha instalado ya un principio duradero de debilidad o de ruina. Ruina es la caída, destrucción o perdición de algo. En buen español se dice batir en ruina cuando se trata de percutir la muralla de una fortaleza hasta derribar un trozo de ella para que por allí entren las tropas enemigas para rendirla.

Si aplicamos esta expresión al estado de la Iglesia, nos acercamos a la interpretación que muchos de los Santos Padres hicieron de algunas lamentaciones colectivas del Salterio, una lectura de actualización cristiana de vivencias dolorosas del antiguo Israel. En el Antiguo Testamento la viña es frecuentemente imagen del pueblo de Dios, a tenor de lo expresado en el poema que el profeta Isaías incluye en el capítulo 5 de su libro: La viña del Señor de los ejércitos es la Casa de Israel, y los hombres de Judá son su plantación predilecta (Is 5, 7). El drama registrado en ese texto consiste en que el dueño esperaba le diera uvas, pero dio frutos agrios (ib. 4). La reacción fue una amenaza cumplida: Quitaré su valla y será destruida, derribaré su cerco y será pisoteada; la convertiré en una ruina (ib. 8). Así leemos en el Salo 80 (79), 13 s.: ¿Por qué has derribado sus cercos para que puedan saquearla todos los que pasan? Los jabalíes del bosque la devastan y se la comen los animales del campo. El salmista se refiere seguramente a la invasión asiria, o a la de Nabucodonosor de Babilonia. Una situación análoga se describe en el Salmo 89 (88), 41 s.: Abriste brechas en todas sus murallas, redujiste a escombros todas sus fortalezas, los que pasan por el camino lo despojan, y es la burla de todos sus vecinos. El singular masculino se refiere al Ungido, representación del pueblo elegido. En este caso los enemigos son los pueblos vecinos de Israel: sirios, moabitas, amonitas, idumeos. Es necesario recordar, para una valoración plena de la imagen, que las viñas, en Palestina, estaban rodeadas de una pared de piedras o un cerco de cactus como protección. En cada una de ellas había una torre, desde la cual vigilaba el propietario, siempre dispuesto a intervenir. De allí la súplica angustiada: Vuélvete, Señor de los ejércitos, observa desde el cielo y mira; ven a visitar tu vid, la cepa que plantó tu mano, el retoño que tú hiciste vigoroso (Sal 80 (79), 15 s.). También: ¿Hasta cuándo, Señor? ¿Te ocultarás para siempre? (Sal 89 (88), 47). Como ya lo he sugerido, según los Santos Padres, la viña es la Iglesia, el nuevo Israel. Esta interpretación se hizo común; el mismo Lutero apreciaba en los salmos citados una profecía de la Iglesia.

Entremos ahora decididamente en el tema. Concluido el Concilio Vaticano II, teólogos destacados como Henri de Lubac, Louis Bouyer y Hans Urs von Balthasar, que no eran por cierto «conservadores», en el sentido negativo de la palabra, sino que se contaron como impulsores de la renovación, se pronunciaron abiertamente, y con severidad, para criticar la crisis –así se la llamó ya entonces- que se había desencadenado, poniendo en riesgo la identidad de la fe. El año 1968 fue tremendo. Pablo VI, para hacer frente a la situación lo decretó Año de la Fe, publicó el Credo del Pueblo de Dios, y la encíclica Humanae vitae tradendae; rechazada por varias Conferencias Episcopales, y sobre la cual se ha impuesto un ominoso silencio que ha llevado al olvido oficial de su cincuentenario. Joseph Ratzinger, el futuro Benedicto XVI, en una conferencia pronunciada en Munich, en 1970, decía: «Lo que era impensable hasta ahora, se ha hecho normal: hombres que desde hace tiempo han abandonado el Credo de la Iglesia se consideran en buena conciencia como cristianos verdaderamente progresistas. No hay para ellos más que un solo criterio que cuenta y que les permite juzgar a la Iglesia: el criterio de la funcionalidad que guía su acción». Pareciera que se está refiriendo a nuestros años, los veinte del tercer milenio, pero nadie interviene, como si no pasara nada.

viernes, 12 de junio de 2020

La Iglesia Católica está llamada a volver a su responsabilidad primera - Card. Robert Sarah


La epidemia de Covid-19 devuelve a la Iglesia a su responsabilidad primera: la fe.

¿Tiene la Iglesia aún un lugar en tiempos de epidemia en el siglo XXI? A diferencia de los siglos pasados, la mayor parte de la atención médica la proporciona ahora el Estado y el personal sanitario. La modernidad tiene sus héroes seculares en batas blancas y son admirables. Ya no necesita de los batallones caritativos de cristianos dispuestos a cuidar de los enfermos y enterrar a los muertos. ¿Se ha vuelto inútil la Iglesia para la sociedad?

El Covid-19 devuelve a los cristianos a lo esencial. En efecto, desde hace mucho tiempo, la Iglesia ha entrado en una relación falseada con el mundo. Confrontados con una sociedad que pretende no necesitar de ellos, los cristianos, por pedagogía, se han esforzado en demostrar que pueden serle útiles. La Iglesia se ha mostrado como educadora, madre de los pobres, «experta en humanidad» como dijo Pablo VI. Y tenía buenas razones para hacerlo así. Pero poco a poco los cristianos han acabado por olvidar la razón de estos rasgos. Han acabado por olvidar que si la Iglesia puede ayudar al hombre a ser más humano, es en última instancia porque ha recibido de Dios palabras de la vida eterna.

La Iglesia está comprometida con las luchas por un mundo mejor. Ha apoyado con razón la ecología, la paz, el diálogo, la solidaridad y la distribución equitativa de la riqueza. Todos estos combates son justos. Pero podrían hacernos olvidar las palabras de Jesús: «Mi reino no es de este mundo». La Iglesia tiene mensajes para este mundo, pero sólo porque tiene las llaves del otro mundo. Los cristianos han pensado a veces en la Iglesia como una ayuda dada por Dios a la humanidad para mejorar su vida aquí abajo. Y no les faltan argumentos porque realmente la fe en la vida eterna ilumina la forma justa de vivir en el mundo.

jueves, 11 de junio de 2020

Expresiones que le dejan a uno helado - Mons. Héctor Aguer



PANDEMIA, CUARENTENA, FUNCIONARIOS, PASTORES
UNA REFLEXIÓN INCÓMODA

Por Mons. Héctor Aguer


La palabra pandemia, como tantas otras de nuestra lengua, procede del griego. Platón y Aristóteles utilizan pandēmía, con el significado de "el pueblo entero"; el adjetivo pandēmios designa lo que es común a todo el pueblo, lo mismo que pándēmos. El Diccionario de la Real Academia Española define el sustantivo: enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región. En este lejano sur estamos sufriendo lo mismo que padecen otros países de diferentes latitudes, pero la limitativa cuarentena, que cercena libertades y derechos, es impuesta diversamente en ellas. Los argentinos tenemos que hacer valer nuestra originalidad, ¡faltaría más!. ¡Somos los mejores...!.


En otras oportunidades he dicho y escrito que el Estado Argentino se caracteriza por una genética inclinación al autoritarismo, que con facilidad puede encaminarse al totalitarismo. El partido gobernante puede exhibir antecedentes históricos que apenas se recata en disimular.

jueves, 21 de mayo de 2020

Una sociedad que pierde el sentido de lo sagrado corre el riesgo de regresar a la barbarie. El sentido de grandeza de Dios es el corazón de toda civilización. Card. Robert Sarah


Artículo del Card. Robert Sarah


publicado en Il Foglio

El 7 de mayo de 2020



En muchos países, la práctica del culto cristiano se interrumpió por la pandemia de Covid-19. Los fieles no pueden reunirse en las iglesias, no pueden participar sacramentalmente en el sacrificio eucarístico.

Esta situación es fuente de gran sufrimiento. También es una oportunidad que Dios ofrece para comprender mejor la necesidad y el valor del culto litúrgico. Como cardenal prefecto de la congregación para el Culto divino y la disciplina de los sacramentos, pero sobre todo en comunión profunda en el humilde servicio de Dios y de su Iglesia, deseo ofrecer esta meditación a mis hermanos en el episcopado y en el sacerdocio y al pueblo de Dios para tratar de aprender algunas lecciones de esta situación.

A veces se ha dicho que debido a la epidemia y al confinamiento ordenado por las autoridades civiles, se suspendió el culto público. Esto es incorrecto. El culto público es el culto hecho a Dios por todo el cuerpo místico, la cabeza y los miembros, como lo recuerda el Concilio Vaticano II: “Efectivamente para realizar una obra tan grande, por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres son santificados, Cristo asocia siempre consigo a su amadísima esposa la Iglesia, que invoca a su Señor y Él tributa culto al Padre eterno. Con razón, pues, se considera la liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles significan y cada uno a su manera realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro. En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia” (Sacrosanctum Concilium 7). “Este culto se tributa cuando se ofrece en nombre de la Iglesia por las personas legítimamente designadas y mediante aquellos actos aprobados por la autoridad de la Iglesia” (Código de Derecho Canónico, c 834).

Por lo tanto, cada vez que un sacerdote celebra la misa o la liturgia de las horas, incluso si está solo, ofrece el culto público y oficial de la Iglesia en unión con su Cabeza, Cristo y en nombre de todo el Cuerpo. Para empezar, es necesario recordar esta verdad. [Ello] Nos permitirá disipar mejor algunos errores.

miércoles, 13 de mayo de 2020

La cuarentena eclesial - Mons. Héctor Aguer


Cuarentena eclesial


Estamos en cuarentena. El diccionario de la Real Academia Española (RAE) define: «Aislamiento preventivo a que se somete durante un período de tiempo, por razones sanitarias a personas o animales». Todos estamos «cuarentenados», y oficialmente también la Iglesia: los templos cerrados, sin funciones litúrgicas; los fieles, sin posibilidad de recibir los sacramentos, deben contentarse con misas por internet. Muchos piensan que se ha incurrido en una exageración. En la Argentina el Estado muestra siempre una inclinación al autoritarismo, por no decir un gusto apenas reprimido por el totalitarismo, cualquiera sea el signo político del gobierno de turno. El avance actual sobre la Iglesia, justificado en la argumentación oficial -gubernativa y eclesiástica- en razón de la pandemia del Covid - 19, ha sido tolerado con una benevolencia que no pocos consideran excesiva; es una mala señal. ¿Qué pasará después?. Algunos sacerdotes, haciendo uso del sentido común y la libertad cristiana, encontraron la manera de zafar parcialmente de la encerrona con beneplácito de los fieles, y sin descuidar las precauciones necesarias para evitar los posibles contagios.
Pero la palabra cuarentena registra otro sentido, figurado este y familiar: «Suspensión del asenso a una noticia o hecho, por algún espacio de tiempo, para asegurarse de su certidumbre». De acuerdo con este significado, se podría esquivar el claro rigor de la verdad, porque se duda de ella; se la pone en cuarentena. Podemos asumir este sentido del término para interpretar algunos fenómenos eclesiales; solo que tendríamos que poner entre paréntesis, o sencillamente omitir, aquello de «por algún espacio de tiempo».

jueves, 7 de mayo de 2020

LLAMAMIENTO PARA LA IGLESIA Y PARA EL MUNDO - Card. Müller; Zen; Pujats y otros


LLAMAMIENTO
PARA LA IGLESIA Y PARA EL MUNDO
a los fieles católicos
y a los hombres de buena voluntad


Veritas liberavit vos
Jn 8,32

En un momento de gravísima crisis, los Pastores de la Iglesia Católica, en virtud del mandato que hemos recibido, nos consideramos en el sagrado deber de hacer un llamamiento a nuestros Hermanos en el Episcopado, al Clero, a los Religiosos, al pueblo santo de Dios y a todos los hombres de buena voluntad. Suscriben también este llamamiento intelectuales, médicos, abogados, periodistas y profesionales diversos que comparten su contenido, y pueden suscribirlo asimismo cuantos deseen adherirse al mismo.

Los hechos han demostrado que, bajo el pretexto de la epidemia de Covid-19 se ha llegado en muchos casos a vulnerar derechos inalienables de los ciudadanos, limitándose de forma desproporcionada e injustificada sus libertades fundamentales, entre ellas el ejercicio de las libertades de culto, de expresión y de movimiento. La salud pública no debe ni puede convertirse en excusa para conculcar los derechos de millones de personas en todo el mundo, y menos aún para que las autoridades civiles eludan su obligación de obrar con prudencia en pro del bien común. Esto es tanto más cierto cuanto más aumentan las dudas planteadas por muchos en torno a la verdadera capacidad de contagio, peligrosidad y resistencia del virus. Muchas voces autorizadas del mundo de la ciencia y de la medicina confirman que el alarmismo que han manifestado los medios informativos al Covid-19 no parece totalmente justificado.

Tanto la autoridad espiritual de los obispos y la misión de los laicos están al servicio de la verdad revelada - Card. Gerhard Müller



“Poder y sinodalidad”
Artículo del Card. Müller


La apostolicidad y la sinodalidad son dos principios eclesiológicos de diferente origen y significado. Mientras que la conexión con los apóstoles es fundamental para la Iglesia católica, y aparece como una de las características de la Iglesia en el credo, el principio de sinodalidad es un desarrollo más reciente. Sólo la última edición del «Lexikon für Theologie und Kirche» contiene el concepto de «principio sinodal». Con el Concilio Vaticano II, el recién constituido sínodo romano de obispos (can. 342-348) y los sínodos diocesanos que se celebraban con más frecuencia en algunos países (can. 460-468), « la sinodalidad de la Iglesia que en principio se pensó para acomodar la plena participación de todos los miembros de la Iglesia, centró más la atención» (Leo Karrer).

Que la participación de los obispos en el gobierno general de la Iglesia, y la cooperación de todos los sacerdotes y laicos con el obispo de la diócesis se puede derivar del mismo principio, sigue siendo cuestionable. Las instituciones del sínodo romano de obispos, los sínodos particulares y las conferencias episcopales regionales están, de distintas formas, fundadas sobre la igualdad de la ordenación episcopal. La pertenencia a los colegios episcopales supone la responsabilidad compartida entre todos los obispos para asegurar que toda la Iglesia permanezca fiel a las enseñanzas de los apóstoles, la unidad en la fe, la unidad en los sacramentos y en la comunión visible de todos los fieles y obispos con y bajo la autoridad del Papa. La autoridad suprema en materia de doctrina, moral y la constitución divina de la Iglesia recae sobre el Concilio Ecuménico. Sin embargo, en principio, el Concilio no existe o actúa nunca sin su cabeza, el Papa, que es el representante de Cristo y sucesor de Pedro.

La Iglesia no es cliente del Estado, y ningún obispo tiene derecho a prohibir la Eucaristía de este modo - Card. Gerhard Müller


Entrevista telefónica al
Cardenal Gerhard Müller
realizada por la Brújula Cotidiana


Eminencia, para muchos fieles, al sufrimiento de la enfermedad se añade, ahora, el sufrimiento de la prohibición de participar en la misa, incluso la negación de celebrar los funerales y, sobre todo, la justificación de todo ello por parte de la jerarquía eclesiástica.
Es algo muy grave, es el pensamiento laicista que ha entrado en la Iglesia. Una cosa es tomar medidas cautelares para minimizar los riesgos de contagio, otra muy distinta es prohibir la liturgia. La Iglesia no es cliente del Estado, y ningún obispo tiene derecho a prohibir la Eucaristía de este modo. Incluso hemos visto a sacerdotes castigados por sus obispos por haber celebrado la misa con pocas personas: todo esto significa verse como funcionarios del Estado. Pero nuestro pastor supremo es Jesucristo, no Giuseppe Conte. El Estado tiene su tarea y la Iglesia la suya.

A muchos les parece difícil conciliar el deber hacia el Estado con la exigencia del culto público a Dios.
Hay que rezar también públicamente porque nosotros sabemos que todo depende de Dios. Dios es la causa universal; después tenemos la causa secundaria que pasa por nuestra libertad. En todo lo que sucede, nosotros, criaturas finitas, no sabemos cuánto depende de la causalidad de Dios y cuánto de la nuestra: este es el punto de la oración. Debemos rezar a Dios para superar los desafíos de nuestra vida personal y social, pero sin olvidarnos de la dimensión transcendente, la visión de la vida eterna y de la unión íntima con Dios y con Jesucristo también en nuestro sufrimiento. Estamos llamados a cargar sobre nuestros hombros, cada día, nuestra cruz, pero también tenemos que explicar a los fieles sus sufrimientos con los conceptos del Evangelio. Prohibir la participación a la liturgia va en dirección opuesta. Tomar determinadas medidas externas es tarea del Estado; la nuestra es defender la libertad e independencia de la Iglesia y su superioridad en la dimensión espiritual. No somos una agencia subordinada al Estado.

Muchos, también entre los sacerdotes y obispos, se están dando cuenta de que se corre el riesgo evidente de confundir el sentido de la liturgia con toda esta proliferación de misas televisadas y en streaming.

miércoles, 6 de mayo de 2020

Catequesis Marianas de San Juan Pablo II (9) - El papel de la mujer a la luz de María


SAN JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 13 de diciembre de 1995

Presencia de María en el concilio Vaticano II


(Lectura: Cántico de Isaías, capítulo 61, versículos 10 y 11)

1. Quisiera detenerme hoy a reflexionar sobre la presencia especial de la Madre de la Iglesia en un evento eclesial que es seguramente el más importante de nuestro siglo: el concilio ecuménico Vaticano II, que inició el Papa Juan XXIII, la mañana del 11 de octubre de 1962, y concluyó Pablo VI el 8 de diciembre de 1965.

En efecto, la Asamblea conciliar se caracterizó, desde su convocación, por una singular dimensión mariana. Ya en la carta apostólica Celebrandi concilii oecumenici, mi venerado predecesor el siervo de Dios Juan XXIII había recomendado el recurrir a la poderosa intercesión de María «Madre de la gracia y patrona celestial del Concilio» (11 de abril de 1961: AAS 53 [1961] 242).

Posteriormente, en 1962, en la fiesta de la Purificación de María, el Papa Juan fijaba la apertura del Concilio para el 11 de octubre, explicando que había escogido esa fecha en recuerdo del gran concilio de Éfeso, que precisamente en esa fecha había proclamado a María Theotokos, Madre de Dios (motu proprio Concilium: AAS 54 [1962] 67-68). A la que es «Auxilio de los cristianos, Auxilio de los obispos» el Papa en el discurso de apertura encomendaba el Concilio mismo, implorando su asistencia maternal para la feliz realización de los trabajos conciliares (AAS 54 [1962] 795).

lunes, 4 de mayo de 2020

"La misión de la Iglesia es siempre anunciar a Jesucristo" - Mons. Héctor Aguer



La misión de la Iglesia es siempre anunciar a Jesucristo, procurar que sea conocido y amado por todos los hombres de todos los tiempos, y que el programa de vida formulado en su predicación sea abrazado y cumplido, en orden a la salvación universal, y a la plena realización del Reino de Dios. Así lo entendieron los Apóstoles, y así lo trasmitieron a sus sucesores.

Dos expresiones netas de ese mandato se encuentran en los últimos versículos de los Evangelios de Mateo y de Marcos. Se considera que el de Mateo fue compuesto alrededor del año 80. El encargo consiste en amaestrar (mathetéusate) a todas las naciones (pánta tà éthnē), bautizarlas (baptídzontes), y enseñarles (didáskontes) a cumplir todo lo que Él nos ha mandado. Hoy diríamos que la evangelización incluye trasmitir la moral cristiana (Mt 28, 19 s.). Según los especialistas, el Evangelio de Marcos fue escrito unos diez años antes; sería el más antiguo de los cuatro. El mandato de Jesús aparece en un apéndice, de fecha posterior, y que la Iglesia considera canónico, es decir, que forma parte de la Revelación. Dice así: «Vayan por todo el mundo, anuncien (kērýxate) el Evangelio a toda la creación (notar la totalidad, sin exclusiones: todo el mundo, toda la creación). El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará» (Mc 16, 15s.). La cruda alternativa del resultado está expresada en los términos que son habituales en el Nuevo Testamento: sothḗsetai - katakri thesetai; el versículo 16 contrapone redención cumplida y condenación en el juicio futuro: promesa y amenaza. No quiero ser suspicaz, pero me llama la atención que en algunas citas del pasaje se suprima el versículo 16.

"Nadie puede impedir a un sacerdote confesar y dar la Comunión, nadie puede evitarlo" - "El corazón del problema es la crisis de fe de los sacerdotes" Card. Robert Sarah


Entrevista Telefónica al
Cardenal Robert Sarah
Publicada en la Brújula Cotidiana


En estos días también en Italia se ha hablado de una solución ya adoptada por alguien en Alemania, el «embolsamiento» (meter en bolsitas para autoservicio) del Cuerpo de Cristo: «Para consentir que los católicos italianos vuelvan a hacerla, pero evitando la contaminación —se lee en el periódico La Stampa– se está pensando en una comunión «hágalo usted mismo» con hostias «para llevar», previamente consagradas por el sacerdote, cerradas individualmente en bolsas de plástico que se colocarían en estantes de las iglesias».
«No, no, no –respondió escandalizado el cardenal Sarah por teléfono–. Es absolutamente imposible, Dios merece respeto, no se le puede meter en una bolsa. No sé quién pensó este absurdo, pero aunque la privación de la Eucaristía es ciertamente un sufrimiento, no se puede negociar sobre el modo de distribuir la comunión. Comulgamos de manera digna, dignos de Dios que viene a nosotros. La Eucaristía debe ser tratada con fe, no podemos tratarla como un objeto trivial, no estamos en el supermercado. Es totalmente una locura».

Algo así ya se ha hecho en Alemania...

jueves, 30 de abril de 2020

Es imprescindible la palabra, la palabra de la verdad en el amor, es decir, tienes que llevar a Cristo, tienes que llevar a Cristo a través de la caridad fundamentada sacramentalmente en la Eucaristía - Card. Rouco Varela


Entrevista concedida por el

Cardenal Antonio María Rouco Varela
a Religión Confidencial



P.- Don Antonio, ¿cómo ha percibido en este tiempo de confinamiento la acción de la Iglesia?
R.- He percibido estos días, en algunos ambientes, un déficit de reflexión, diríamos, de interpretación teológica a fondo de este signo de los tiempos que estamos viviendo. Limitarnos solo a hacer una aplicación voluntarista de las exigencias de los mandamientos, del gran mandamiento de la caridad, del mandamiento o de la voluntad del Señor a través del mandamiento de la caridad, es insuficiente. Hay que hacerlo, pero, para poder hacerlo y vivirlo a fondo, tienes que tener la fuente de inspiración en la verdad del Espíritu, del Espíritu Santo que viene del Resucitado. Desde el punto de vista intelectual, y desde el punto de vista también diríamos más existencial. O, por decirlo de forma más eclesialmente aplicable, más pastoral. Si no, te quedas sin la fuente. Y claro, ya no correrá el agua.

Al mismo tiempo estamos viendo una actitud de tanta generosidad por tantos -para empezar, en el campo de los profesionales de la medicina- en relación con el bien social, de una forma tan entregada, tan sacrificada, a veces tan heroicamente sacrificada, que no se explica sin la gran tradición de esa forma de vivir la existencia tan característica de la multisecular experiencia histórica de España, que procede de sus hondas raíces cristianas.

P. En esta crisis hemos podido asistir a muy diferentes formas de actuar eclesial, que han puesto en evidencia que hay debates postconciliares que no han concluido.

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