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martes, 3 de noviembre de 2020

San Martín de Porres y los Santos de Lima - P. José María Iraburu

 

San Martín de Porres, humilde mulato peruano

Por José María Iraburu

 

Martín niño - Martín muchacho - Martín dominico - Un fraile humilde - Orante y penitente - Vencedor del Demonio - Hermano dominico, pobre y obediente - Hermano enfermero - Apostolados de fray Martín - El hermano dominico - San Juan Macías (1585-1645) - Fray Martín y los pobres - Bilocación y sutileza - Fray Martín y los animales - La muerte de un santo - El milagro de su perfecta santidad - Santa Rosa de Lima, terciaria dominica (1586-1617) - Santa Mariana de Jesús (1618-1645) - Lima, Ciudad de Santos

 

Martín niño

En el año 1962 fue canonizado en Roma, con gran alegría del mundo cristiano, fray Martín de Porres, peruano mulato y dominico. En ese mismo año Jesús Sánchez Díaz y José María Sánchez-Silva publicaron las biografías suyas, que aquí seguimos. E 2 Don Juan Porres, hidalgo burgalés, caballero de la Orden Militar de Alcántara, estando en Panamá, se enamoró de una joven negra y convivió con ella. Cuando se trasladó al Perú, buscando en la cabeza del virreinato obtener alguna gobernación, se la llevó consigo, y allí, en Lima, nació su hijo Martín, de tez morena y rasgos africanos. No quiso reconocerlo como hijo, y en la partida de bautismo de la iglesia de San Sebastián se lee: «Miércoles 9 de diciembre de 1579 baptice a Martin hijo de padre no conocido y de Ana Velazquez, horra [negra libre] fueron padrinos Jn. de Huesca y Ana de Escarcena y firmelo. Antonio Polanco». Dos años después nació una niña, Juana, ésta con rasgos de raza blanca.

Ana Velázquez fue una buena madre y dio cuidadosa educación cristiana a sus dos hijos, que no asistían a ningún centro docente, aunque en Lima había muchos. Con ellos vivía sola, y el padre, que estaba destinado en Guayaquil, de vez en cuando les visitaba, proveía el sustento de la familia y se interesaba por los niños.

Viendo la situación precaria en que iban creciendo, sin padre ni maestros, decidió reconocerlos como hijos suyos ante la ley, y se los llevó consigo a Guayaquil, donde se ocupó de ellos como padre, dándoles maestros que les instruyeran. Un día, teniendo ocho años Martín y seis Juanita, iban de paseo con su padre, y se encontraron con su tío abuelo don Diego de Miranda, que preguntó quiénes eran aquellos niños. Don Juan contestó: «Son hijos míos y de Ana Velázquez. Los mantengo y cuido de su educación».

Don Juan, a los cuatro años de tener consigo a sus hijos en Guayaquil, fue nombrado gobernador de Panamá. Dejó entonces sus hijos con su madre en Lima, les dio una ayuda económica suficiente, y confió a los tres al cuidado de don Diego de Miranda.

 

Martín muchacho

miércoles, 24 de julio de 2019

San Francisco Solano, el santo que canta y danza - Pbro. José María Iraburu



Montilla, andaluza y cordobesa

Mateo Sánchez Solano, hombre modesto de la señorial Montilla cordobesa, trabajador y espabilado, conforme a sus deseos, llegó a ser rico, se casó con Ana Jiménez Gómez en 1549, y en marzo de ese año tuvo un hijo, Francisco Solano, el cual, ya crecido, supo que tenía dos hermanos mayores, Diego Jiménez e Inés Gómez. Para él quedó el nombre de Solanito, el pequeño de los Solano. Biografías suyas importantes son las del franciscano Bernardino Izaguirre (1908) y la de fray Luis Julián Plandolit (1963). Seguiremos aquí su historia conducidos por el franciscano José García Oro.


La hermosa Montilla, perteneciente a la poderosa familia de los Fernández de Córdoba, marqueses de Priego, tuvo como señora desde 1517 a Doña Catalina Fernández de Córdoba, casada en 1519 con el conde de Feria. Con su favor llegaron a la villa los agustinos, 1520, las clarisas, 1525, los franciscanos, 1530, los jesuitas, 1553, y también San Juan de Ávila, que después de muchos viajes y trabajos, allí se recogió en 1555. En ese marco de vida religiosa creció Solanito en sus primeros años infantiles y escolares.


A Córdoba se fue a sus quince o dieciséis años, y allí, en un ambiente disciplinado y piadoso, «entró a aprender a escribir en las escuelas de la Compañía, en la sección de gramática y escritura». Fue un alumno bueno, «compañero amoroso» y buen cantor. En 1569, el año en que murió San Juan de Ávila, volvió a casa Solanito, con 20 años, a su Montilla abierta a las sierras que bajan del norte, de la Sierra Morena.


¿Hacia dónde iría su vida en adelante?

lunes, 3 de junio de 2019

Por obra del Espíritu Santo. 5 Recibid el Espíritu Santo - Pbro. Jose Maria Iraburu


Jose Maria Iraburu.
Por obra del Espíritu Santo.
5
Recibid el Espíritu Santo

-Disposición receptiva a los dones del Espíritu Santo. -Deseos de santidad. -Oración de petición. -Devoción a la Virgen María. -Devoción al Espíritu Santo. -Devoción a la Cruz. -Alejamiento del pecado. -Expiación penitencial. -Crecimiento en las virtudes. -Fidelidad a las gracias actuales. -Siempre estamos a tiempo.


Disposición receptiva a los dones del Espíritu Santo
Todos queremos que en la oración el campo de nuestra alma sea regado no en formas laboriosas y discursivas, sino por la lluvia de lo alto, en pasividad contemplativa. Todos deseamos, igualmente, que nuestra navegación espiritual, más bien que a remos de virtudes, sea a vela, según los dones del Espíritu Santo. En una palabra: todos queremos que en nosotros actúen plenamente los dones del Espíritu Santo.
Pero ¿cómo podríamos adquirirlos?
Ya se ha respondido esta pregunta cuando se han señalado las disposiciones receptivas para la recepción de cada uno de los dones. Pero esta cuestión es tan importante que merece la pena considerarla más ampliamente, aún a costa de algunas repeticiones.
A la plena y habitual actividad de los dones del Espíritu Santo se llega por los deseos de santidad, la oración de petición, la devoción a la Virgen, la devoción al Espíritu Santo, el amor a la Cruz, el alejamiento del pecado y la expiación penitencial, el crecimiento en las virtudes y la fidelidad a las gracias actuales.

Deseos de santidad

Por obra del Espíritu Santo. 4 Los siete dones del Espíritu - Pbro. Jose Maria Iraburu


Jose Maria Iraburu.
Por obra del Espíritu Santo.
4
Los siete dones del Espíritu

Siete dones. Correspondencia entre virtudes y dones.
1. El don de temor. Sagrada Escritura. Teología. Santos. Disposición receptiva.
2. El don de fortaleza. Sagrada Escritura. Teología. Santos. Disposición receptiva.
3. El don de piedad. Sagrada Escritura. Teología. Santos. Disposición receptiva.
4. El don de consejo. Sagrada Escritura. Teología. Santos. Disposición receptiva.
5. El don de ciencia. Sagrada Escritura. Teología. Santos. Disposición receptiva.
6. El don de entendimiento. Sagrada Escritura. Teología. Santos. Disposición receptiva.
7. El don de sabiduría. Sagrada Escritura. Teología. Santos. Disposición receptiva.




Siete dones
La tradición espiritual y teológica entiende que son siete los dones del Espíritu Santo, y halla la raíz de su convencimiento en la Sagrada Escritura, especialmente en algunos lugares principales.
En Isaías 11, 2-3, concretamente, se asegura que en el Mesías esperado habrá una plenitud total de los dones del Espíritu divino. No le serán dados estos dones con medida, como a Salomón se le da la sabiduría o a Sansón la fortaleza, sino que sobre él reposará el Espíritu de Yahavé con absoluta plenitud.
No entro aquí acerca de si los dones son seis o son siete, según el texto original y la versión de los Setenta y de la Vulgata, pues habríamos de analizar cuestiones exegéticas demasiado especializadas para nuestro intento.
Los Padres antiguos vieron también aludidos los siete dones del Espíritu Santo en aquellos septenarios del Apocalipsis que hablan de siete espíritus de Dios (1,4; 5,6), siete candeleros de oro (1,12), siete estrellas (1,16), siete antorchas (4,5), siete sellos (5, 1.5), siete ojos y siete cuernos del Cordero (5,6).
Éstos y otros lugares de la Escritura fueron estimulando desde antiguo en la historia de la teología y de la espiritualidad una doctrina sistemática de los siete dones del Espíritu Santo, que alcanza su madurez en la teología de Santo Tomás, que ya hemos estudiado anteriormente, aunque sea en forma muy breve.
Correspondencia entre virtudes y dones
Santo Tomás enseña que todos los dones del Espíritu Santo están vinculados entre sí, de tal modo que se potencian mutuamente: el don de fortaleza, por ejemplo, ayuda al de consejo, y éste abre camino al don de ciencia, etc. Y a su vez todos los dones están vinculados con la caridad teologal (STh I-II,68,5).
A esa doctrina muy firme, añade el Doctor común otras explicaciones más opinables, en las que señala que hay también una especial correspondencia entre cada una de las virtudes y los dones del Espíritu Santo, que vienen a perfeccionarlas en su ejercicio (STh I-II,68-69; II-II, 8. 9. 19. 45. 52. 121. 139.141 ad3m).
Virtudes teologales Dones del Espíritu

domingo, 2 de junio de 2019

Por obra del Espíritu Santo 3 - El Espíritu Santo en los cristianos - Pbro. Jose Maria Iraburu


Jose Maria Iraburu.
Por obra del Espíritu Santo.
3
El Espíritu Santo en los cristianos

 1. La inhabitación. -La Trinidad divina en los cristiano. -La inhabitación en la Tradición cristiana. -Síntesis teológica. -Eucaristía e inhabitación. -Espiritualidad de la inhabitación.

2. Gracia, virtudes y dones. -Antropología sobrenatural. -La gracia en la Biblia. -La gracia santificante. -Hijos de Dios y coherederos con Cristo. -Naturaleza de la gracia. -Las gracias actuales. -Las virtudes y los dones del Espíritu Santo. -Necesidad de las virtudes y dones. -Virtudes. -Virtudes teologales. -Virtudes morales.
3. Los dones del Espíritu Santo. -Dones del Espíritu Santo. -Virtudes, al modo humano y dones, al modo divino. -Actividad ascética y pasividad mística. -Los dones del Espíritu Santo y la perfección. -Perfección relativa de las virtudes y de los dones. -Coinciden los teólogos y los místicos. -A remo o a vela. -Los dones son activados por el Espíritu Santo desde el principio. -Historia teológica y actualidad de los dones del Espíritu Santo.



1
La inhabitación
La Trinidad divina en los cristianos
El Espíritu Santo habita en la Iglesia, como cuerpo que es de Cristo, haciendo de ella el templo de Dios entre los hombres (1Cor 3,10-17; Ef 2,20-21). Pero también habita en cada uno de los cristianos. Cada uno de ellos es personalmente «templo del Espíritu Santo» (1Cor 6,15.19; 12,27). Y ambos aspectos de la inhabitación, el comunitario y el personal, van necesariamente unidos. No se puede ser cristiano sino en cuanto piedra viva del Templo de la Iglesia.
El Espíritu Santo es así el principio vital de una nueva humanidad. En efecto, Jesucristo, «el Señor es Espíritu» (2 Cor 3,17), y unido al Padre y al Espíritu Santo es para los hombres «Espíritu vivificante» (1 Cor 15,45). Él habita en nosotros, y nosotros nos vamos configurando a su imagen «a medida que obra en nosotros el Espíritu del Señor» (3,18; +Gál 4,6). Por tanto, todas las dimensiones de la vida cristiana han de ser atribuidas a la acción del Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo. En San Pablo se afirma todo esto con especial claridad:
-Es el Espíritu Santo el que nos hace hijos en el Hijo, es decir, Él es quien produce en nosotros la adopción filial divina (Rm 8,14-17).
-Es el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús, el que nos mueve internamente a toda obra buena (Rm 8,14; 1 Cor 12,6).
-Es el Espíritu Santo -el agua, el fuego- quien nos purifica del pecado (Tit 3,5-7; +Mt 3,11; Jn 3,5-9).
-Es él quien enciende en nosotros la lucidez de la fe (1 Cor 2,10-16). «Nadie puede decir "Jesús es el Señor" sino en el Espíritu Santo» (12,3).
-El levanta nuestros corazones a la esperanza (Rm 15,13).
-Si nosotros podemos amar al Padre y a los hombres como Cristo los amó, eso es porque «la caridad de Dios se ha derramado en nuestros corazones por la fuerza del Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5,5).
-El Espíritu Santo es quien llena de gozo y alegría nuestras almas (Rm 14,17; Gál 5,22; 1 Tes 1,6).
-El nos da fuerza apostólica para testimoniar a Cristo y fecundidad espiritual, pues la evangelización «no es sólo en palabras, sino en poder y en el Espíritu Santo» (1,5; +Hch 1,8).
-El nos concede ser libres del mundo que nos rodea (2Cor 3,17).
-El hace posible en nosotros la oración, pues viene en ayuda de nuestra total impotencia y ora en nosotros con palabras inefables (Rm 8,15. 26-27; Ef 5,18-19).
En suma, según San Pablo, toda la «espiritualidad» cristiana es la vida sobrenatural que el Espíritu produce en los hombres. Y por eso afirma: «vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que de verdad el Espíritu de Dios habita en vosotros» (Rm 8,9; +10-16; Gál 5,25; 6,8).
Y lo mismo enseña el apóstol San Juan. El que ama a Jesús y guarda sus mandatos «permanece en Dios y Dios en él» (1Jn 3,24). El sarmiento que «permanece» en la Vid, recibe de ésta espíritu, vida, fruto (Jn 15,4-8). Si alguno ama a Cristo, será amado por el Padre, y las Personas divinas habitarán en él (14,23). El que se alimenta de Cristo, es internamente vivificado por él (6,56-57).
Toda la vida cristiana, por tanto, fluye de la inhabitación de Dios en el hombre.
La inhabitación en la Tradición cristiana

Por obra del Espíritu Santo 2 - La comunicación del Espíritu Santo - Pbro. Jose Maria Iraburu


Jose Maria Iraburu.
Por obra del Espíritu Santo.
2
La comunicación del Espíritu Santo

1. Antes de Cristo. -Divina presencia creacional. -Presencia de Dios por la gracia. -Primeros acercamientos de Dios. -El Templo. -La presencia espiritual.
2. En Cristo. -Jesucristo, lleno del Espíritu Santo. -El Espíritu Santo y María. -Jesús, el Hijo encarnado por obra del Espíritu Santo. -Es ungido, bautizado y santificado por el Espíritu Santo. -Es reconocido por obra del Espíritu Santo. -Es movido por el Espíritu Santo. -Jesucristo, fuente del Espíritu Santo. -Jesucristo, Templo de Dios.
3. Después de Cristo. -Pentecostés, la Iglesia del Espíritu Santo. -El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia: Unifica la Iglesia. La vivifica. La mueve y gobierna.

1
Antes de Cristo
Divina presencia creacional
A pesar del pecado de los hombres, Dios siempre ha mantenido su presencia creacional en las criaturas. Sin ese contacto entitativo, ontológico, permanente, las criaturas hubieran recaído en la nada. León XIII, citando a Santo Tomás, recuerda esta clásica doctrina: «Dios se halla presente en todas las cosas, y está en ellas "por potencia, en cuanto se hallan sujetas a su potestad; por presencia, en cuanto todas están abiertas y patentes a sus ojos; por esencia, porque en todas ellas se halla él como causa del ser"» (enc. Divinum illud munus: +SThI,8,3).
La criatura, por tanto, nunca existe o actúa por sí misma, en forma autónoma, sin vinculación a Dios. Es absurdo pensarlo.
«Realizada la creación, enseña el Catecismo, Dios no abandona su criatura a ella misma. No sólo le da el ser y el existir, sino que la mantiene a cada instante en el ser, le da el obrar y la lleva a término. Reconocer esta dependencia completa con respecto al Creador es fuente de sabiduría y de libertad, de gozo y de confianza» (301). ¿Cómo no va a estar el Creador presente en su criatura? Sin Él, las criaturas quedan inertes, más aún, desaparecen, caen de nuevo en la nada de donde proceden.
Presencia de Dios por la gracia

sábado, 1 de junio de 2019

Por obra del Espíritu Santo - 1 La revelación del Espíritu Santo - Pbro. Jose Maria Iraburu



Jose Maria Iraburu.
Por obra del Espíritu Santo

1
La revelación del Espíritu Santo

1. Sagrada Escritura. -Antiguo Testamento. -Nuevo Testamento.
2. Magisterio y teología. -Tradición doctrinal. -El Padre, principio sin principio. -La generación del Hijo. -La procesión del Espíritu Santo.
3. El Espíritu Santo. -Las apropiaciones. -Nombres del Espíritu Santo: Espíritu Santo, Amor, Don. -Persona-amor, Persona-don. -Otros nombres.

1
Sagrada Escritura
Es de fe que «por la grandeza y hermosura de las criaturas, mediante la razón, se llega [es posible llegar] a conocer al Creador de ellas» (Sab 13,5; +Rm 1,19-20; Vaticano I: Dz 1806/3026).
Puede la razón, con sus propias luces, llegar a conocer que Dios existe, que es único, bueno, omnipotente, providente, etc. Pero nunca, sin la Revelación divina, podrá alcanzar a conocer el misterio de las tres Personas divinas.
La revelación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo se realiza únicamente en Jesucristo.

Antiguo Testamento
En la Revelación divina que Israel recibe no se manifiesta en Yavé el misterio de la distinción eterna de Tres Personas divinas. La expresión «Espíritu Santo» se usa tres veces (Is 63,10-11.14; Sal 50,13).
Y así como en muchas ocasiones la antigua Escritura habla de Dios en modo antropomórfico, y así alude a la mano de Dios, a su boca, a su brazo, también habla, y con no poca frecuencia, del Espíritu de Dios, del Espíritu de Yavé (ruah Yavé): es decir, de su aliento vital. En el hombre, como en los animales, la respiración, el aliento, es la vida. Y en un sentido semejante se habla del Espíritu de Yavé; pero no, por supuesto, como Persona divina.
La Escritura antigua suele hablar del Espíritu divino en cuanto fuerza vivificante de la creación entera, ya desde su inicio (Gén 1,2; 2,7). Más aún: el Espíritu divino se revela innumerables veces como acción salvadora de Yavé entre los hombres. Es, en efecto, el Espíritu de Yavé el que impulsa a Sansón (Jue 13,25), establece y asiste a los jueces (Jue 3,10; 6,34) o a los reyes (1Sam 10,16), ilumina sobrenaturalmente a José (Gén 41,38; 42,38), a Daniel (Dan 4,5; 5,11), asiste con su prudencia a Moisés y a los setenta ancianos (Núm 11,17.25-26,29), y sobre todo, inspira a los profetas (Is 48,16; 61,1; Ez 11,5).

Por obra del Espíritu Santo - Introducción - Pbro. José María Iraburu


 Jose Maria Iraburu
Por obra del Espíritu Santo

Introducción




El Espíritu Santo es la más ignorada de las tres Personas divinas. El Hijo se nos ha manifestado hecho hombre, y hemos visto su gloria (Jn 1,14). Y viéndole a Él, vemos al Padre (14,9). Pero ¿dónde y cómo se nos manifiesta el Espíritu Santo?

Por otra parte, la misión del Hijo es glorificar -manifestar y dar a amar- al Padre: «yo te he glorificado sobre la tierra» (17,4). Y la misión del Espíritu Santo es justamente la de glorificar al Hijo -darle a conocer y a amar por el ministerio de los apóstoles y de toda la Iglesia-: «él me glorificará» (16,14). Pero ¿quién se encarga de glorificar al Espíritu Santo?

Aquella ignorancia de los primeros cristianos efesios, «ni hemos oído nada del Espíritu Santo» (Hch 19,2), viene a ser ya una precaria tradición entre los cristianos hasta el día de hoy.

Es algo evidente, sin embargo, que la vida espiritual cristiana es la vida producida por el Espíritu Santo en los fieles de Cristo. Y que no podremos, por tanto, entenderla bien sino conociendo bien quién es el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, Dominum et vivificantem, y cómo es su continua acción en los cristianos.

Las primeras investigaciones de la teología se orientaron en seguida hacia el misterio de la Trinidad, y produjeron altísimas obras tanto en el Oriente como en el Occidente. Pensemos en los escritos de Ireneo (+200), Hilario (+367), Atanasio (+373), Basilio (+379), Agustín (354-430), etc.

martes, 31 de octubre de 2017

Lutero, gran hereje - P. José María Iraburu

La tesis de que la decadencia moral de la Iglesia, bajo los Papas renacentistas, había llegado a un extremo intolerable, y que Lutero encabezó a los «protestantes» contra esta situación, exigiendo una «reforma», es falsa y ningún historiador actual es capaz de sostenerla.

San Ignacio de Loyola venciendo a Lutero 

Iglesia de San Nicolás en Praga



Actualidad de Lutero.– El próximo 31 de octubre se cumplirá un nuevo aniversario de las 95 tesis clavadas en 1517 por Lutero en la puerta de la iglesia del palacio de Wittenberg. Son varias las publicaciones recientes sobre Lutero, en las que se le muestra como enamorado de la Biblia y difusor de la misma en el pueblo, reformador de una Iglesia romana corrompida en su tiempo, etc. Parece, pues, oportuno hacer algunas verificaciones.

No fue reformador de costumbres, sino de doctrinas.– La tesis de que la decadencia moral de la Iglesia, bajo los Papas renacentistas, había llegado a un extremo intolerable, y que Lutero encabezó a los «protestantes» contra esta situación, exigiendo una «reforma», es falsa y ningún historiador actual es capaz de sostenerla. Entre otras razones, porque el mismo Lutero desecha esa interpretación de su obra en numerosas declaraciones explícitas. «Yo no impugno las malas costumbres, sino las doctrinas impías». Y años después insiste en ello: «Yo no impugné las inmoralidades y los abusos, sino la sustancia y la doctrina del Papado». «Entre nosotros –confesaba abiertamente–, la vida es mala, como entre los papistas; pero no les acusamos de inmoralidad», sino de errores doctrinales. Efectivamente, «bellum est Luthero cum prava doctrina, cum impiis dogmatis» (Melanchton).

jueves, 17 de octubre de 2013

Perder la vida, por entregarla con amor a Cristo y a los hermanos, lleva a la alegría, la paz, la fecundidad, la salvación

El martirio de Cristo y de los cristianos
Introducción
P. José María Iraburu 

Cristo, el testigo (mártir) veraz, avanza toda su vida por un camino que conduce a la Cruz, donde consuma nuestra salvación. Y nosotros, si queremos ser discípulos suyos, hemos de ser también mártires, llevando su Cruz cada día hasta nuestra muerte. El Maestro nos lo enseña claramente:

«entrad por la puerta estrecha, porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que van por allí. Pero es angosta la puerta y estrecho el camino que lleva a la Vida, y son pocos los que lo encuentran» (Mt 7,13-14).

Así pues, «si alguno quiere venir detrás de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, y quien perdiere su vida por mi causa y por el Evangelio, la salvará» (Mc 8,34-35).

Perder la vida, por entregarla con amor a Cristo y a los hermanos, lleva a la alegría, la paz, la fecundidad, la salvación. Guardar la vida, por no darla a Dios y al prójimo, conduce a la tristeza y a la angustia, a la esterilidad y a la perdición.

Al pueblo cristiano se le ofrecen, pues, dos caminos: el verdadero, el del Evangelio, que se recorre con la cruz y que lleva a la vida, y el sendero falso de un falso Evangelio, que intenta eludir la cruz y que lleva a la muerte.

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