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jueves, 7 de mayo de 2020

LLAMAMIENTO PARA LA IGLESIA Y PARA EL MUNDO - Card. Müller; Zen; Pujats y otros


LLAMAMIENTO
PARA LA IGLESIA Y PARA EL MUNDO
a los fieles católicos
y a los hombres de buena voluntad


Veritas liberavit vos
Jn 8,32

En un momento de gravísima crisis, los Pastores de la Iglesia Católica, en virtud del mandato que hemos recibido, nos consideramos en el sagrado deber de hacer un llamamiento a nuestros Hermanos en el Episcopado, al Clero, a los Religiosos, al pueblo santo de Dios y a todos los hombres de buena voluntad. Suscriben también este llamamiento intelectuales, médicos, abogados, periodistas y profesionales diversos que comparten su contenido, y pueden suscribirlo asimismo cuantos deseen adherirse al mismo.

Los hechos han demostrado que, bajo el pretexto de la epidemia de Covid-19 se ha llegado en muchos casos a vulnerar derechos inalienables de los ciudadanos, limitándose de forma desproporcionada e injustificada sus libertades fundamentales, entre ellas el ejercicio de las libertades de culto, de expresión y de movimiento. La salud pública no debe ni puede convertirse en excusa para conculcar los derechos de millones de personas en todo el mundo, y menos aún para que las autoridades civiles eludan su obligación de obrar con prudencia en pro del bien común. Esto es tanto más cierto cuanto más aumentan las dudas planteadas por muchos en torno a la verdadera capacidad de contagio, peligrosidad y resistencia del virus. Muchas voces autorizadas del mundo de la ciencia y de la medicina confirman que el alarmismo que han manifestado los medios informativos al Covid-19 no parece totalmente justificado.

Tanto la autoridad espiritual de los obispos y la misión de los laicos están al servicio de la verdad revelada - Card. Gerhard Müller



“Poder y sinodalidad”
Artículo del Card. Müller


La apostolicidad y la sinodalidad son dos principios eclesiológicos de diferente origen y significado. Mientras que la conexión con los apóstoles es fundamental para la Iglesia católica, y aparece como una de las características de la Iglesia en el credo, el principio de sinodalidad es un desarrollo más reciente. Sólo la última edición del «Lexikon für Theologie und Kirche» contiene el concepto de «principio sinodal». Con el Concilio Vaticano II, el recién constituido sínodo romano de obispos (can. 342-348) y los sínodos diocesanos que se celebraban con más frecuencia en algunos países (can. 460-468), « la sinodalidad de la Iglesia que en principio se pensó para acomodar la plena participación de todos los miembros de la Iglesia, centró más la atención» (Leo Karrer).

Que la participación de los obispos en el gobierno general de la Iglesia, y la cooperación de todos los sacerdotes y laicos con el obispo de la diócesis se puede derivar del mismo principio, sigue siendo cuestionable. Las instituciones del sínodo romano de obispos, los sínodos particulares y las conferencias episcopales regionales están, de distintas formas, fundadas sobre la igualdad de la ordenación episcopal. La pertenencia a los colegios episcopales supone la responsabilidad compartida entre todos los obispos para asegurar que toda la Iglesia permanezca fiel a las enseñanzas de los apóstoles, la unidad en la fe, la unidad en los sacramentos y en la comunión visible de todos los fieles y obispos con y bajo la autoridad del Papa. La autoridad suprema en materia de doctrina, moral y la constitución divina de la Iglesia recae sobre el Concilio Ecuménico. Sin embargo, en principio, el Concilio no existe o actúa nunca sin su cabeza, el Papa, que es el representante de Cristo y sucesor de Pedro.

La Iglesia no es cliente del Estado, y ningún obispo tiene derecho a prohibir la Eucaristía de este modo - Card. Gerhard Müller


Entrevista telefónica al
Cardenal Gerhard Müller
realizada por la Brújula Cotidiana


Eminencia, para muchos fieles, al sufrimiento de la enfermedad se añade, ahora, el sufrimiento de la prohibición de participar en la misa, incluso la negación de celebrar los funerales y, sobre todo, la justificación de todo ello por parte de la jerarquía eclesiástica.
Es algo muy grave, es el pensamiento laicista que ha entrado en la Iglesia. Una cosa es tomar medidas cautelares para minimizar los riesgos de contagio, otra muy distinta es prohibir la liturgia. La Iglesia no es cliente del Estado, y ningún obispo tiene derecho a prohibir la Eucaristía de este modo. Incluso hemos visto a sacerdotes castigados por sus obispos por haber celebrado la misa con pocas personas: todo esto significa verse como funcionarios del Estado. Pero nuestro pastor supremo es Jesucristo, no Giuseppe Conte. El Estado tiene su tarea y la Iglesia la suya.

A muchos les parece difícil conciliar el deber hacia el Estado con la exigencia del culto público a Dios.
Hay que rezar también públicamente porque nosotros sabemos que todo depende de Dios. Dios es la causa universal; después tenemos la causa secundaria que pasa por nuestra libertad. En todo lo que sucede, nosotros, criaturas finitas, no sabemos cuánto depende de la causalidad de Dios y cuánto de la nuestra: este es el punto de la oración. Debemos rezar a Dios para superar los desafíos de nuestra vida personal y social, pero sin olvidarnos de la dimensión transcendente, la visión de la vida eterna y de la unión íntima con Dios y con Jesucristo también en nuestro sufrimiento. Estamos llamados a cargar sobre nuestros hombros, cada día, nuestra cruz, pero también tenemos que explicar a los fieles sus sufrimientos con los conceptos del Evangelio. Prohibir la participación a la liturgia va en dirección opuesta. Tomar determinadas medidas externas es tarea del Estado; la nuestra es defender la libertad e independencia de la Iglesia y su superioridad en la dimensión espiritual. No somos una agencia subordinada al Estado.

Muchos, también entre los sacerdotes y obispos, se están dando cuenta de que se corre el riesgo evidente de confundir el sentido de la liturgia con toda esta proliferación de misas televisadas y en streaming.

jueves, 3 de octubre de 2019

La unidad en la verdad sólo puede ser recibida de Dios en la oración, y sólo puede realizarse obedeciendo al Magisterio en lo que respecta a Dios y Su Revelación, y no mediante manipulaciones o con el uso de la violencia y el engaño - Cardenal Gerard Müller


Declaración del Cardenal Gerard Müller
presentada en LifeSiteNews y otros medios


La exigencia según la cual el Sínodo para la Amazonia debe regular que el Sacramento de las Sagradas Órdenes -en su primer grado, el diaconado- sea válidamente administrado a las mujeres contiene varios errores.

El primero de ellos consiste en la opinión de que el Magisterio está por encima de la Revelación y de que un sínodo de los obispos (que tiene sólo un carácter consultivo), un concilio ecuménico o el papa pueden alterar la sustancia de los sacramentos (Concilio de Trento, Decreto sobre la Comunión bajo ambas especies, DH 1728).

El segundo error está en la opinión según la cual el Sacramento de las Sagradas Órdenes realmente consiste en tres Sacramentos, por lo que hay que decidir, en consecuencia, si la declaración Ordinatio Sacerdotalis (1994) se aplica sólo al grado de ordenación de obispo, presbítero (= sacerdote) o diácono.

El tercer error consiste en confundir a un público teológicamente mal informado al avanzar la tesis según la cual la decisión definitiva del papa Juan Pablo II, a saber: «Declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia» (Ordinatio Sacerdotalis, 4), no es un dogma.

Sin embargo, está fuera de toda duda que esta decisión definitiva de Juan Pablo II es, desde luego, un dogma de fe de la Iglesia católica, y que este era el caso antes de que este papa definiera, en 1994, esta verdad tal como está contenida en la Revelación. La imposibilidad de que una mujer reciba de forma válida el Sacramento de las Órdenes Sagradas en cada uno de los tres grados es una verdad contenida en la Revelación y, por ende, confirmada de manera infalible por el Magisterio de la Iglesia y presentada como algo que hay que creer.

viernes, 5 de julio de 2019

Toda doctrina y praxis debe fundarse en la Sagrada Escritura y la Tradición Apostólica, y no debe contradecir los anteriores pronunciamientos dogmáticos del Magisterio - Card. Müller


Entrevista concedida por el
Card. Gerhard Ludwig Müller
a The Catholic World Report


Desde 2014 ha habido dentro de la Iglesia una corriente continua de conflictos y tensiones que involucra a muchos obispos alemanes. ¿Cuál es la razón de este fenómeno?. ¿Cuál es la causa de estos conflictos sobre la eclesiología, la Sagrada Comunión y otros asuntos relacionados?

Un grupo de obispos alemanes con su presidente (es decir, el de la Conferencia Episcopal Alemana) a la cabeza, se ven a sí mismos como los pioneros de la Iglesia Católica en la marcha hacia la modernidad. Ellos consideran que la secularización y la descristianización de Europa es un desarrollo irreversible. Por esta razón la Nueva Evangelización, el programa de Juan Pablo II y Benedicto XVI es, desde su punto de vista, una batalla contra el curso objetivo de la historia, que se parece a la lucha de Don Quijote contra los molinos de viento. Están buscando el sitio donde la Iglesia pueda sobrevivir en paz. Por lo tanto, todas las doctrinas de fe que se opongan a la «corriente dominante» del consenso social deben ser reformadas.

Una consecuencia derivada de esto es la demanda de la Sagrada Comunión incluso para aquella gente que no profesan la fe católica y también para aquellos católicos que no están en estado de gracia santificante. También se incluyen en la agenda: una bendición para las parejas homosexuales, la intercomunión con los protestantes, la relativización de la indisolubilidad del matrimonio sacramental, la introducción de los viri probati y, con ello, la abolición del celibato sacerdotal y la aprobación de relaciones sexuales antes y fuera del matrimonio. Estos son sus fines, y para alcanzarlos están dispuestos a aceptar incluso la división entre los obispos de la Conferencia Episcopal.

Los fieles que se toman la doctrina católica en serio son tachados de conservadores, se les está empujando fuera de la Iglesia, y son expuestos a una campaña de difamación de los medios de comunicación liberales y anticatólicos

miércoles, 29 de mayo de 2019

Declaración de fe «¡No se turbe vuestro corazón!» (Juan 14,1) - Cardenal Müller


«¡No se turbe vuestro corazón!» (Juan 14,1)

Ante la creciente confusión en la enseñanza de la doctrina de la fe, muchos obispos, sacerdotes, religiosos y laicos de la Iglesia Católica, me han pedido dar testimonio público de la verdad de la Revelación. Es tarea de los pastores guiar a los que se les ha confiado por el camino de la salvación. Esto sólo puede tener éxito si se conoce este camino y ellos mismos siguen adelante. Acerca de esto la palabra del apóstol nos indica: «Porque sobretodo os he entregado lo que yo también recibí» (1 Co 15,3). Hoy en día muchos cristianos ya no son conscientes ni siquiera de las enseñanzas básicas de la fe, por lo que existe un peligro creciente de apartarse del camino que lleva a la vida eterna. Pero sigue siendo tarea propia de la Iglesia conducir a las personas a Jesucristo, luz de las naciones (cf. LG 1). En esta situación se plantea la cuestión de la orientación. Según Juan Pablo II, el Catecismo de la Iglesia Católica es una «norma segura para la doctrina de la fe» (Fidei Depositum IV). Fue escrito con el objetivo de fortalecer a los hermanos y hermanas en la fe, cuya fe es ampliamente cuestionada por la «dictadura del relativismo»1.
1. El Dios uno y trino, revelado en Jesucristo
La personificación de la fe de todos los cristianos se encuentra en la confesión de la Santísima Trinidad. Nos hemos convertido en discípulos de Jesús, hijos y amigos de Dios por el bautismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. La diferencia de las tres personas en la unidad divina (254) marca una diferencia fundamental con respecto a otras religiones en la creencia en Dios y en la imagen del hombre. En la confesión a Jesucristo los espíritus se dividen. Él es verdadero Dios y verdadero hombre, engendrado según su naturaleza humana por el Espíritu Santo y nacido de la Virgen María. El Verbo hecho carne, el Hijo de Dios, es el único redentor del mundo (679) y el único mediador entre Dios y los hombres (846). En consecuencia, la Primera Carta de san Juan describe como Anticristo al que niega su divinidad (1 Juan 2,22), ya que Jesucristo, el Hijo de Dios, es desde la eternidad un ser con Dios, su Padre (663). La recaída en antiguas herejías, que veían en Jesucristo sólo a un buen hombre, a un hermano y amigo, a un profeta y a un moralista, debe ser combatida con clara determinación. Él es ante todo el Verbo que estaba con Dios y es Dios, el Hijo del Padre, que asumió nuestra naturaleza humana para redimirnos y que vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. Lo adoramos sólo a Él como el único y verdadero Dios en unidad con el Padre y el Espíritu Santo (691).
2. La Iglesia

martes, 27 de febrero de 2018

Las palabras del Papa están al servicio de toda la Tradición de la Iglesia, y no al revés - Card. Gerhard Ludwig Müller

¿Cómo se relacionan el Magisterio del Papa y la Tradición de la Iglesia? Cuando interpreta las palabras de Jesús, ¿debe el Papa estar en continuidad con la Tradición y el Magisterio anterior, incluido el de los papas más recientes? ¿O es más bien la Tradición de la Iglesia la que debe ser reinterpretada a la luz de las nuevas palabras del Papa? ¿Qué pasa si hay contradicciones?

Con el fin de responder a estas preguntas, parece apropiado comenzar con una importante carta apostólica que el Papa Pío IX envió al episcopado alemán el 4 de marzo de 1875. En su carta, el Papa explicó que los obispos alemanes habían interpretado el dogma de la infalibilidad papal y primacía petrina en perfecta armonía con las definiciones del Primer Concilio Vaticano. Lo que había ocasionado la carta del Papa fue el despacho circular del canciller alemán Bismarck que malinterpretó gravemente este dogma con el fin de justificar la brutal persecución de los católicos alemanes en el llamado Kulturkampf, o "guerra cultural". Según Pío IX, en su respuesta a la provocación de Bismarck, los obispos alemanes mostraron claramente "que no hay absolutamente nada en las definiciones atacadas que sea nuevo o que cambie absolutamente nada con respecto a nuestras relaciones con los civiles". gobiernos o que pueden ofrecer cualquier excusa para persistir en la persecución de la Iglesia ".
Por supuesto, para apreciar los acontecimientos, uno debe conocer los presupuestos culturales de los que operaron Bismarck y sus "guerreros de la cultura" liberales. Aunque en su mayoría habían abandonado el contenido religioso de la Reforma Protestante que había marcado a su país, habían mantenido ampliamente los prejuicios relacionados contra la Iglesia Católica. En su opinión, la oficina de enseñanza ejercida por el Papa y por los concilios de la Iglesia reclamó una autoridad superior a la Palabra de Dios. El magisterio eclesial no solo obstruyó la relación inmediata del creyente con Dios, sino que se estableció como un elemento extraño que se interponía entre los ciudadanos y el estado, un estado, sin duda, que en el caso de fines del siglo XIX -La Prusia del siglo se atribuyó a sí misma una autoridad total, distante incluso de la ley moral natural.

martes, 26 de diciembre de 2017

La Liturgia en el pensamiento teológico de Joseph Ratzinger / Benedicto XVI -. Card. Gerhard Ludwig Müller

Λογική λατρεία

UN CULTO CONFORME AL LOGOS DIVINO
La Liturgia en el pensamiento teológico
de Joseph Ratzinger / Benedicto XVI
Mons. Gerhard Ludwig Müller
Madrid, 28 de enero de 2013


Tras el domingo de Cuasimodo del año 1956 en el que fui invitado por primera vez a la mesa del Señor, cuatro chicos del grupo de primera comunión – entre ellos yo – fuimos llamados a la casa parroquial.
Allí estábamos, nerviosos, de pie en la sala de espera en la que entró, vestido con traje talar, el párroco Philipp Heinrich Lambert, un sacerdote digno y concienzudo de la vieja escuela, para comunicarnos una decisión irrevocable. Nos había estado observando de cerca durante las clases de catequesis. Y dado que todos procedíamos de familias católicas, éramos los elegidos para ser monaguillos ese año. Nos pidió que fuéramos conscientes de tan alta vocación y realizáramos nuestro servicio al altar con devoción y lealtad.
Lo primero era, sin embargo, adquirir práctica como portadores de velas primero y de estandartes después, aprendiendo el comportamiento correcto en el altar. Sólo cuando estuviéramos en condiciones de dar sin titubeos las respuestas en latín de las oraciones ante las gradas y hubiéramos aprendido de memoria el Suscipiat podíamos “servir al altar”. “Servir al altar” significaba representar al pueblo a través de las respuestas en latín, trasladar el misal del lado de la epístola al lado del Evangelio, llevarle al sacerdote el vino y el agua para el ofertorio y sonar las campanillas durante la consagración y antes de la sagrada comunión para de este modo llamar a los fieles a la adoración más profunda de nuestro Señor Jesucristo. Pues, en su inmenso amor hacia nosotros, hace presente su sacrificio en la cruz, y en la comunión se da, de una forma oculta pero real, con su cuerpo y su sangre como comida y bebida para la vida eterna. La espiritualidad del servicio al altar se cristalizaba en nuestra actitud a través de las primeras palabras de la misa y las frases aprendidas en latín: Introibo ad altare Dei – ad Deum qui laetificat juventutem meam.
En ellas se expresa la experiencia de tener la Iglesia como patria espiritual. Dios es el origen y la meta de mi vida. Desde su infancia, un monaguillo solícito se forma una idea de las múltiples situaciones pastorales y experiencias vitales humanas. Está presente en bautizos, entierros, bodas, unciones extremas y comuniones a enfermos. Crece en el seno de la parroquia y pasa a formar parte de la vida de la Iglesia de tal modo que el sensus fidei, el sentir con y pensar con la Iglesia, constituye la configuración decisiva de la propia existencia. Allí donde se experimenta de forma palpable el poder auxiliador y edificante de la gracia de Dios que en Jesucristo se nos ha acercado de un modo insuperable, allí no hay duda que pueda corroer la certeza de la fe en que Dios mismo y sólo ÉL es y siempre será la respuesta a la pregunta que el hombre es para sí mismo durante toda su existencia finita, que siempre anhela la eternidad. Desde mi más tierna infancia lo que asocio con la celebración eucarística es la experiencia de la majestas divina – pero precisamente en la forma del amor hacia el Jesús crucificado y de la alegría sobre su Resurrección de entre los muertos, que también nos da nosotros la esperanza para la vida eterna.

domingo, 17 de diciembre de 2017

En la confesión ¿Es posible utilizar la probable ausencia de culpabilidad subjetiva como criterio para otorgar la absolución? Card. Gerhard Ludwig Müller

El amor no hace innecesario el cumplimiento de los mandamientos de Dios - Absolver sin haber arrepentimiento confirma al pecador en el error - El Cristo justo versus el Jesús misericordioso

Muchos sugieren hoy que se puede dar la absolución sacramental a los penitentes que, debido a circunstancias atenuantes, se puede decir que están libres de culpabilidad subjetiva ante Dios, a pesar de que continúan viviendo en un estado objetivo de pecado grave. La distinción entre un estado objetivo de pecado y una culpabilidad subjetiva es generalmente reconocida por la tradición teológica católica. Lo que es más controvertido es su aplicación al orden sacramental. ¿Es posible utilizar la probable ausencia de culpabilidad subjetiva como criterio para otorgar la absolución? ¿No significaría esto convertir los sacramentos en realidades subjetivas, que son contrarias a su propia naturaleza como signos de gracia efectivos, visibles y, por lo tanto, objetivos?
Para responder a esta pregunta, es necesario ir a las raíces del sacramento de la reconciliación. En su amor por nosotros, Dios nos toma a los seres humanos tan seriamente como para entregar a su Hijo unigénito a la muerte más terrible y vergonzosa en la Cruz (Juan 3,16), para que nuestros pecados puedan ser perdonados y podamos reconciliarnos con Él (2 Cor 5,19). Si tal es el precio de nuestra salvación, entonces los obispos y sacerdotes no pueden tomar a la ligera la autoridad que han recibido de Cristo mismo (Mt 18,18; Juan 20,22) para perdonar aquellos pecados que un penitente ha confesado y de los cuales se ha arrepentido
Porque es con la autoridad divina que el apóstol pronuncia la palabra de reconciliación a los fieles (2 Cor 5,20). El sacramento de la reconciliación con Dios y con la Iglesia como el cuerpo de Cristo requiere la confesión de todos los pecados graves en su totalidad. Esta necesidad se deriva de una preocupación por la salvación eterna y es, como tal, de mayor importancia que el sentido transitorio de la comodidad de un cristiano, que el confesor puede temer perturbar. Para poder juzgar si perdonar o retener los pecados de alguien (Jn 20,23), el sacerdote debe conocer qué pecados graves ha cometido el penitente. Estos son los pecados públicos y privados cometidos en sus pensamientos, palabras, acciones y omisiones, que han violado los mandamientos de Dios, que son la revelación de su santo y santificador designio de amor por nosotros.
No es suficiente simplemente llamarse pecador en general. Esto podría ser una excusa: uno está sujeto a la debilidad humana, como todos los demás. Los pecados se relativizan como defectos humanos omnipresentes. En realidad, sin embargo, el cristiano bautizado no está atrapado en la dialéctica de Lutero del simul iustus et peccator («al mismo tiempo, una persona justa y pecadora»). A través del bautismo, hemos sido verdaderamente regenerados. Ya no somos esclavos del pecado, sino que nos hemos convertido en amigos e hijos de Dios. Estamos en estado de gracia santificante. No es necesario que el pecado se desprenda de la debilidad restante (concupiscencia). Más bien, el pecado es el resultado de un acto consciente y deliberado contra la santidad de Dios y el amor de Cristo que derramó su sangre en la Cruz para el perdón de los pecados. Fue al aceptar libremente la fe y la gracia que nos convertimos en hijos de Dios. De la misma manera, necesitamos cooperar con la venida del Reino a este mundo, sirviendo al cumplimiento de la voluntad de Dios en la tierra como en el cielo. Toda la vida del cristiano es una imitación continua del Señor crucificado y resucitado. A través de pecados graves, nos separamos de Dios y nos excluimos de la herencia de la vida eterna.
El amor no hace innecesario el cumplimiento de los mandamientos de Dios

lunes, 20 de noviembre de 2017

Contra la intolerancia de los relativistas - Card. Gerhard Ludwig Müller

A propósito de la indignación
sobre la Declaración Dominus Iesus
de la Congregación para la Doctrina de la Fe

Contra la intolerancia de los relativistas



Artículo publicado en el periódico alemán Die Tagespost el 7 de septiembre de 2000, por Gerhard Ludwig Müller, entonces titular de la cátedra de Dogmática en la Facultad de Teología Católica, de la Universidad Ludwig-Maximilian, de Munich, miembro de la Comisión Teológica Internacional y profesor invitado en la Facultad de Teología San Dámaso, de Madrid

Cuando Esteban, el primer mártir, declaró su adhesión a Jesús el Cristo, sus enemigos se abalanzaron sobre él, lo arrastraron fuera de la ciudad y lo lapidaron. No podían soportar que el camino de salvación de Dios con su pueblo hubiera llegado a su meta en Jesús de Nazaret (Hch 7, 55ss.) Sólo quien permanece en su palabra es verdaderamente su discípulo, conocerá la verdad y la verdad le hará libre (Jn 8, 31s). Pero ¡ay! de quien tome al pie de la letra la palabra de Dios. En la sociedad liberal, en la que se anuncia el discurso libre de poder, se le prohíbe tomar la palabra. La indignación es el medio infalible para poner a los creyentes en la picota de la sociedad mediática.
Ya desde los primeros días de la Iglesia los jefes del sanedrín no querían tolerar de ningún modo la confesión de los apóstoles de Jesús como el único Salvador y Mediador. Con castigos y persecución amenazaron a todo el que repitiera la confesión de la primera Iglesia: En ningún otro nombre se encuentra la salvación. Porque no se nos ha dado a los hombres ningún otro nombre bajo el cielo, por medio del cual seamos salvados (Hch 4, 12).
El ritual ha permanecido el mismo. Con indignación reaccionaron también los sumos sacerdotes del consorcio público de opinión ante la ratificación magisterial de la fe cristiana en Jesús, el único mediador entre Dios y los hombres (1 Tim 2, 5), y la unidad y unicidad de la Iglesia. La Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe está dirigida contra la llamada teología religiosa pluralista, que no es otra cosa que la destrucción del cristianismo desde sus raíces. Sus representantes afirman que la paz entre las religiones sólo será posible cuando todas se reconozcan como expresión equiparable de una experiencia universal del fundamento divino del mundo. Para dejar libre el camino hasta allí, los cristianos deberían abandonar sólo lo que pertenece a la esencia de su fe: la confesión de la autorrevelación del Dios trinitario, la fe en la encarnación de la Palabra eterna de Dios en Jesús de Nazaret, y, en consecuencia, la unicidad y universalidad de la mediación salvífica de Cristo. Según la comprensión de los pluralistas de la religión, Jesús es el fundador de una expresión específicamente occidental de la inclinación religiosa común a todos los hombres. Con la reducción de Jesús a un genio religioso se quieren matar dos pájaros de un tiro: la revelación de Dios en Jesús ya no es obstáculo ni para el gran ecumenismo, es decir, para la unidad de todos los hombres religiosos en una religión mundial común, ni para el pequeño ecumenismo, la unidad de todos los cristianos.

¿Son los católicos pluralistas moralmente superiores?

martes, 24 de octubre de 2017

Es inaceptable que se afirme que la reforma de Lutero “fue un acontecimiento del Espíritu Santo - Cardenal Gerhard L. Müller

Artículo del Cardenal Gerhard L. Müller
publicado En Nuova Bussola Quotidiana


 “Hoy existe una gran confusión al hablar de Lutero y es necesario decir claramente que, desde el punto de vista de la dogmática y de la doctrina de la Iglesia, no se trató de una reforma, sino una revolución, es decir un cambio total de los fundamentos de la fe católica. No es realista argumentar que su intención era luchar contra algunos abusos en relación con las indulgencias o los pecados de Iglesia del renacimiento. Los abusos y las malas acciones siempre han existido en la Iglesia, no solo en el renacimiento, y hoy siguen existiendo. La Iglesia es santa por la gracia de Dios y los sacramentos, pero todos los hombres de la Iglesia somos pecadores y todos necesitamos el perdón, el arrepentimiento y la penitencia.
Esta distinción es muy importante. En el libro escrito por Lutero en 1520, De captivitate babylonica Ecclesiae (La cautividad babilónica de la Iglesia), queda absolutamente claro que Lutero había dejado atrás todos los principios de la fe católica, la Sagrada Escritura, la Tradición apostólica y el Magisterio del Papa, de los Concilios y de los obispos. En este sentido, malinterpretaba el concepto de desarrollo homogéneo de la doctrina cristiana, que ya se había explicado en la Edad Media, y llegó a negar el sacramento como un signo eficaz de la gracia que contiene y sustituyó esta eficacia objetiva de los sacramentos por una fe subjetiva. Lutero abolió cinco sacramentos y también negó la Eucaristía: el carácter sacrificial del sacramento de la Eucaristía y la conversión real de la sustancia del pan y el vino en la sustancia del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Asimismo, definió el sacramento del orden como una invención del Papa —a quien denominaba el Anticristo— en lugar de como una parte de la Iglesia de Jesucristo. En cambio, nosotros defendemos que la jerarquía sacramental, en comunión con el sucesor de Pedro, es un elemento esencial de la Iglesia Católica y no solo un elemento de una organización humana.
Por esta razón, no podemos aceptar que la reforma de Lutero se defina como una reforma de la Iglesia en el sentido católico. Es católica una reforma que consiste en una renovación de la fe vivida en la gracia, la renovación de las costumbres y la ética, la renovación espiritual y moral de los cristianos; no una nueva fundación, una nueva Iglesia.

lunes, 29 de mayo de 2017

Fuera de la Iglesia tienen que respetar que la Iglesia no es una organización política o hecha por el hombre, sino que es el Cuerpo de Cristo - Cardenal Gerhard Ludwig Müller

Entrevista concedida por el
Cardenal  Gerhard Ludwig Müller
a Raymond Arroyo para EWTN
grabada en Estados Unidos el 12 de mayo de 2017


ARROYO: Quiero comenzar con su libro, “The Cardinal Müller Report”, que tiene una vaga referencia al de su predecesor, “Cardinal Ratzinger Report”, de hace muchos años. Se centra en la esperanza y las diversas dimensiones de la esperanza en toda la Iglesia, el mundo, la familia. ¿Dónde hay más carencia de esperanza, en su opinión, y cómo la gente la echa de menos?
MÜLLER: Bueno, el título no es sólo una vaga referencia, sino un vínculo directamente buscado, porque él habló en el informe sobre la fe, y tenemos otra virtud teologal que es la esperanza muy vinculada con la fe y el amor y nosotros conocemos y recordamos la gran encíclica de Benedicto, Deus Caritas Est, Dios es Amor. Y, por lo tanto, en nuestro tiempo lo que creemos que necesitamos es esperanza, tener orientación para este corto tiempo de nuestra vida terrenal. Pero estamos esperando una larga vida, la eternidad, porque estamos creados para la comunión con Dios en el amor. Y, por lo tanto, no podemos restringir nuestra existencia solamente a los esfuerzos en este mundo.
ARROYO: Usted ha hablado extensamente sobre el terrorismo islámico, terrorismo islámico radical que usted llama, del mismo modo que lo llama el presidente Trump. ¿Cuál es el papel de la Iglesia hoy en la lucha contra el terrorismo islámico radical? ¿Puede realizar una oposición teológica? ¿Presentar una visión diferente? ¿Cuál es su opinión?
MÜLLER: Creo que la tarea de los estados y la comunión de los estados es diferente de la de la Iglesia. La Iglesia es el cuerpo de Jesucristo. Es una representación, una revelación de la encarnación de Dios y, por lo tanto, debemos entrar en la discusión con las autoridades islámicas sobre la contradicción de Dios con el amor y este terrorismo que se perpetra en el nombre de Dios … por lo tanto, es una contradicción interna entre esta violencia, violencia destructiva contra los seres humanos que son creados a imagen de Dios, y Dios mismo que es Amor Encarnado.
ARROYO: Quiero volver a los asuntos de la Iglesia… Hablemos de Amoris Laetitia, una exhortación que es resultado de dos sínodos que han generado mucha atención. Se han vertido ríos de tinta sobre lo que pretende Amoris Laetitia y lo que significa, particularmente, el octavo capítulo. Y en ella el Papa parece sugerir, y algunos han sugerido, incluso en las Conferencias Episcopales de todo el mundo, que un católico divorciado y “vuelto a casar” civilmente, con el acompañamiento de su pastor, sin nulidad matrimonial, reciba los sacramentos y sea bienvenido en los sacramentos, a pesar del hecho de que, en el tiempo pasado, esto habría sido considerado “vivir en pecado.” ¿Qué opina usted? ¿Es eso posible? ¿Es eso lo que se está avanzando?

martes, 25 de abril de 2017

El Papa no ha cambiado, ni cambiará, ni puede cambiar la Revelación - Card. Gerhard Müller

Entrevista concedida por el
Cardenal Gerhard Müller
Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe
A Konrad Sawicki de Aleteia
.
Quisiera preguntarle sobre los mártires cristianos de hoy en día, por ejemplo de Siria, Egipto o incluso Francia. El Concilio Vaticano II nos anima a leer las señales de la época e interpretarlas dentro de su contexto actual. Entonces, ¿qué nos dice hoy este signum temporis: los nuevos mártires?
Persiste una percepción de que los mártires solo vivieron en la época de la antigua Roma. Si pensamos sobre los mártires en la historia contemporánea, principalmente son los del siglo XX en países cristianos como Alemania, la Unión Soviética y el Bloque Soviético.
Ahora, este gran desafío ha reaparecido debido al islamismo radical. Los países islámicos deben pronunciarse en relación a la libertad religiosa, la libertad de conciencia, y deberían respetarlas. Uno no puede decir: “Vengo en nombre de Dios y decidiré sobre vuestras vidas”. Todos y cada uno de nosotros debemos decidir en nuestra conciencia sobre si permanecer o no en la fe.
Esto es lo que necesitamos aprender, también en los países occidentales que comprometen la libertad de conciencia cuando, por ejemplo, una persona es obligada a participar en un aborto porque así lo dicta la ley. Esto, también, es una forma ligeramente diferente de perseguir a los cristianos, la mayor violación de la libertad de conciencia.
Necesitamos reaprender, también en los países occidentales, en los Estados laicos, el significado de la libertad de religión y de confesión.
No podemos escandalizarnos con tanta arrogancia por los islamistas mientras nosotros mismos no reconocemos totalmente y sin restricciones la libertad de religión y confesión. Esta es precisamente la lectura de las señales de esta época: la Iglesia es una defensora de los derechos humanos y la dignidad humana universal sin restricciones, de la dignidad de todos los pueblos.
No defendemos solo a los creyentes de la Iglesia católica o de otras Iglesias cristianas, sino que defendemos a todas y cada una de las personas.
Mi segunda pregunta es en relación a Medjugorje. Debido a la conclusión de la labor de la comisión vaticana y la misión del enviado especial del papa, el arzobispo Henryk Hoser, los fieles confían en que pronto se tome una decisión en relación a la autenticidad de las apariciones. ¿Está justificada esta expectativa?

martes, 4 de noviembre de 2014

Desafortunadamente hay obispos que se han dejado cegar por una sociedad secularizada - Card. Gerhard Müller

Algunos párrafos de la entrevista concedida por el Prefecto de la Congregaciòn de la Doctrina de la Fe, Card. Gerhard Müller a Nasz Dziennik de Polonia y reproducida en Infocatòlica


Sobre los medios de comunicación

“Desafortunadamente, en las sociedades modernas, diversos medios, organizaciones internacionales e incluso gobiernos de varios países, están intentando sembrar confusión en la mente de la gente. En muchos países, las relaciones están destruidas, y esto también se aplica al modelo cristiano de matrimonio y familia. La verdad sobre el matrimonio y la familia es relativizada. Estas tendencias, por desgracia, han entrado, de alguna manera, dentro de la Iglesia y los obispos, a los cuales los medios de comunicación intentan presionar... Nosotros tenemos a Cristo y al Evangelio. Este es nuestro punto de referencia, el fundamento de la única y adecuada enseñanza de la Iglesia...”

 

Sobre el matrimonio

Hay un montón de medios pero sólo hay un mediador, que es Jesucristo y su Evangelio. Por lo tanto, la palabra de Dios no puede ser ignorada de ninguna manera y no se puede ceder en ninguna parte. Se debe aceptar totalmente. La Iglesia, ni antes, ni durante, ni después del Sínodo puede cambiar lo que viene de la enseñanza de Cristo. Respecto al matrimonio, éste está definido, ante todo, por las palabras: «lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre».

 

Sobre la homosexualidad

viernes, 14 de marzo de 2014

La colegialidad en la Iglesia a la luz de la Evangelii Gaudium - Card. Gerhard Ludwig Müller

Texto íntegro de la conferencia pronunciada el pasado 20 de enero por el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Mons. Gerhard Ludwig Müller, en el marco de las XII Conversaciones de Derecho Canónico que organiza la facultad de Derecho Canónico de Valencia, integrada en la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir”
 
1. El nuevo impulso de la "Evangelii gaudium". 2. Origen de la unidad en Jesucristo. 3. La Iglesia única en su misión universal y su concretización local. 4. La unidad de Primado y Episcopado. 5. Papa y Obispos al servicio de la Iglesia única.
 
1. El nuevo impulso de la "Evangelii gaudium"
Al hablar de la Iglesia solo podemos hacerlo con motivo de la cuestión sobre Dios y el conocimiento de su presencia humana para el mundo en Jesucristo.
Las guerras civiles y el terrorismo, la pobreza y la explotación, la situación de los refugiados, las muertes de drogadictos, el incremento de los suicidios, la adición a la pornografía en un 20% de la juventud, la crisis de sentido y la desorientación espiritual y moral de millones de personas, etc., todas estas tragedias globales y cotidianas hacen que sobrevenga a la Iglesia de Dios la tarea trascendental de dar nuevamente esperanza a la humanidad.
Pero la Iglesia no es la Luz, ella sola puede dar testimonio de la Luz que ilumina a cada hombre, es decir, un testimonio de Jesús, el Hijo de Dios y Redentor de todos los hombres. En este conocimiento de Dios, se decide si el ser humano es consciente de su vocación divina y si tiene un futuro en este mundo y más allá de él.
Una Iglesia que solo girase en torno a los propios problemas estructurales, sería espantosamente anacrónica y ajena al mundo, pues en su ser y misión, no es otra cosa que la Iglesia del Dios trinitario, origen y destino de cada hombre y de todo el universo.
Un reajuste de independencia y colaboración de las Iglesias locales, de la colegialidad episcopal y del Primado del Papa nos permitirá no perder de vista la exigencia trascendental de la cuestión sobre Dios. El Papa Francisco, en su Exhortación Apostólica "Evangelii gaudium", habla de una saludable “descentralización”. La vida de la Iglesia no puede concentrarse de tal forma en el Papa y su Curia, como si en las parroquias, comunidades y diócesis tuviera lugar sólo algo secundario. Papa y Obispos se remiten más bien a Cristo, el único que da esperanza a los seres humanos.
El Papa no puede ni debe abarcar centralmente desde Roma las diversas condiciones de vida que se le presentan a la Iglesia en las distintas naciones y culturas, ni resolver por sí mismo los problemas de cada lugar. Una centralización exagerada de la administración no ayudaría a la Iglesia sino que más bien impediría su dinámica misional (EG 32). Por eso un ejercicio reformado del Primado también pertenece a la nueva evangelización, tema del último Sínodo de los Obispos (7-28/10/2012). Este ejercicio incumbe a las estructuras de la dirección universal de la Iglesia, concretamente, a los Dicasterios de la Curia Romana, de los que el Papa se sirve en el ejercicio de la Potestad suprema, plena e inmediata, sobre toda la Iglesia. Éstos, “en consecuencia, realizan su labor en su nombre y bajo su autoridad, para bien de las Iglesias y servicio de los sagrados pastores” (CD 9).
En este contexto de la nueva evangelización, también los Obispos, los Sínodos y las Conferencias Episcopales deben ejercer una mayor responsabilidad que incluya “una cierta competencia magisterial”, pues ésta les corresponde por la consagración y la misión canónica, y no sólo por una habilitación Papal especial: “Los Obispos, cuando enseñan en comunión con el Romano Pontífice, deben ser respetados por todos como testigos de la verdad divina y católica” (LG 25).

jueves, 26 de diciembre de 2013

El Papa y los obispos son de derecho divino, los patriarcados y las conferencias episcopales sólo de derecho eclesiástico. - Mons. Gerhard Ludwig Müller

Entrevista que Arzobispo Gerhard Ludwig Müller, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe concedió al Corriere della Sera 

Hijo de un obrero, por dieciséis años docente en la Universidad Ludwig-Maximilian de Munich de Baviera, Müller es el teólogo elegido por Ratzinger como encargado de la propia Opera Omnia y, al mismo tiempo, el amigo y “discípulo” de Gustavo Gutiérrez, padre de la Teología de la Liberación. Así lo pintan como conservador o progresista, según el caso, “¡pero la esquizofrenia no es mía!”. Ciertamente tiene en claro su tarea: “El primer fin de la Congregación es promover la fe para la salvación del hombre, pero el segundo es defenderla”. Y no escapa a ninguna pregunta: desde los sacramentos a los divorciados en nueva unión hasta las nuevas “herejías”, incluyendo el “riesgo de particularismo” en la Iglesia: “Algunos interpretan la Evangelii Gaudium como si el Santo Padre quisiera favorecer una cierta autonomía de las iglesias locales, la tendencia a distanciarse de Roma. Pero esto no es posible. El particularismo, como el centralismo, es una herejía. Sería el primer paso hacia la autocefalía”.
 
¿En qué sentido, Excelencia? 
La Iglesia Católica está compuesta por iglesias locales pero es una. No existen iglesias “nacionales”, somos todos hijos de Dios. El Concilio Vaticano II explica en concreto la relación entre el Papa y los obispos, entre el primado de Pedro y la colegialidad. El Romano Pontífice y los obispos en forma individual son de derecho divino, instituidos por Jesucristo. También la colegialidad y la colaboración entre los obispos, cum Petro et sub Petro, tienen aquí su fundamento. Pero los patriarcados y las conferencias episcopales, históricamente y hoy, pertenecen sólo al derecho eclesiástico, humano. Los presidentes de las conferencias episcopales, aunque importantes, son coordinadores, nada más, ¡no son vice-papas! Cada obispo tiene una relación directa e inmediata con el Papa. No podemos tener una descentralización en las conferencias, existiría el peligro de un nuevo centralismo: con la presidencia que tiene todas las informaciones y los obispos inundados por documentos sin el tiempo de prepararse.
 
¿Y qué quería decir Francisco cuando hablaba de “conversión del papado” y escribía que las conferencias deberían tener “alguna auténtica autoridad doctrinal”?
 
El Papa partía de la reflexión sobre el ejercicio del primado que Wojtyla hizo en el `95 con la Ut unum sint. El sentido es claro en la dimensión ecuménica y también respecto a la colegialidad. En cuanto a las conferencias, con ciertas condiciones, tienen una autoridad también magisterial: cuando, por ejemplo, preparan un catecismo local, se ocupan del misal, gobiernan universidades y facultades teológicas. Trabajan en la dimensión concreta, el Papa no puede saber todo lo que ocurre en cada país. Se trata de encontrar un equilibrio práctico. No podemos aceptar antiguos errores, como el conciliarismo, el galicanismo o lo opuesto a un cierto curialismo…

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