«En todas partes, en
la sociedad, en los pueblos, en los barrios, en las fábricas y oficinas, en las
encrucijadas entre pueblos y razas, el corazón de piedra, el corazón seco,
debe mudarse en corazón de carne, abierto a los hermanos y abierto a Dios.
Está en juego la paz. Está en juego la supervivencia de la humanidad. Esto
sobrepasa nuestras fuerzas, pues es un don de Dios, un don de su amor» (Juan
Pablo II, 5 de octubre de 1986 en Paray-le-Monial). Ese don del amor había sido
ya anunciado por el profeta Ezequiel: Y os daré un corazón nuevo,
infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de
piedra y os daré un corazón de carne (Ez 36, 26).
Pero ¿cómo es posible
esta transformación tan necesaria para el bien de la humanidad y la salvación
de las almas? ¿Cómo penetra el Espíritu Santo en el corazón de los hombres? La
respuesta es: por obra de Jesucristo. En el Calvario, el Corazón de Cristo, traspasado
por la lanza del soldado, se convierte en fuente de donde el Padre celestial
hace descender sobre los hombres la gracia de la conversión y la gracia de la
participación en la vida divina.
Santa Margarita María,
en el umbral de los tiempos modernos, ha sido elegida por la divina Providencia
para recordar a toda la Iglesia y al mundo entero la profundidad del amor de
Cristo. Ella «conoció el conmovedor misterio del amor divino. Ella conoció en
toda su profundidad las palabras de Ezequiel: os daré un corazón. A lo
largo de su vida oculta en Cristo, ella estuvo marcada por el don de ese
Corazón que se ofrece sin límite alguno a todos los corazones humanos» (Juan
Pablo II, id.).
Santa Margarita María
es hija de Filiberta Lamyn y de Claudio Alacoque, juez y notario real en la
comarca francesa del Charolais, en Borgoña. El matrimonio tiene ya tres hijos
cuando viene al mundo, el 22 de julio de 1647, una niña que será bautizada tres
días después con el nombre de Margarita. A la edad de tres o cuatro años, Margarita
pasa un largo período en casa de su madrina, la señora de Fautrière, donde oye
hablar por primera vez de la vida consagrada a Dios y de los votos religiosos,
pues la hija de su madrina, María Benigna de Fautrière es religiosa en el
convento de la Visitación de Santa María en Paray-le-Monial. La niña siente
continuos deseos de decir y repetir las palabras siguientes: «Dios mío, os
consagro mi pureza y hago voto de castidad perpetua». Y un día, la niña
pronuncia estas palabras entre las dos elevaciones de la Misa. Esas palabras
cobran a sus ojos una importancia tal que, veinte años después, se refiere a
ellas como las que han marcado su vida, pues, aunque no haya contraído
compromiso alguno ante la Iglesia, siente que Dios la quiere solamente para Él.
Más adelante, Jesús le dirá: «Te elegí como esposa; nos prometimos fidelidad
cuando hiciste voto de castidad ante mí, que te inspiré antes de que el mundo
ocupara un lugar en tu corazón».
Esa consagración
precoz puede sorprendernos, pero en ocasiones Nuestro Señor destina a algunas
almas para obras excepcionales, revelándoles, incluso a edades muy tempranas,
los secretos de su amor. Así ocurrió, por ejemplo, con el profeta Jeremías (cf.
Jr 1, 4-10). Semejantes gracias exigen una gran fidelidad hacia Dios por parte
del alma que las recibe.
Cuatro años paralítica
Los padres de Margarita mandan a la pequeña al colegio de las clarisas de Charolles, donde demuestra un gran fervor y amor hacia la Santísima Virgen, rezando todos los días el Rosario, con una devoción fuera de lo común. Pero sus estudios se ven interrumpidos por una prolongada enfermedad que la obliga a abandonar el convento de Charolles, sufriendo una parálisis durante cuatro años, en los que permanece en cama. La niña promete entonces a María que se hará religiosa si recobra la salud. Margarita dirá: «Decir el voto y curarme fue todo uno». Aquel milagro suscita en su corazón un nuevo impulso de piedad mariana: «A partir de entonces, nos dice, la Virgen se convirtió en la dueña de mi corazón, considerándome como algo suyo y gobernándome como si estuviera dedicada a ella, corrigiéndome en mis faltas y enseñándome a cumplir la voluntad de Dios».















