Aprieta
Se agarraron al fin en una mañana tostada por un sol de enero, se
agarraron como todo el mundo en el ribazo sabía que tenían que agarrar, hasta
el infelicísimo, el distraidísmo Tatú.
– ¿Sabe que su amiga, compadre Apereá, la– que– refala– sin– ruido, está buscando y me parece que va a
encontrar?
– ¡Por amor de Dios, hable bajo! – dijo el Cobaya, que tiembla de
oír solamente el nombre de la venenosa.
– Yo no le tengo miedo, aunque tampoco la trato – dijo el
Cascarudo– ; pero me parece que la Iguana Verde le va a dar el vuelto.
– ¡Ojalá Dios quiera! – silbó arriba el Cachilo– , ¡ojalá la mate!
La Iguana es mi amiga... No puede subir a los árboles. Pero temo que no la
pueda.
– ¡Amalaya se coman las dos! – dijo el pobre Cobaya palpitante.
– Amén, compadre. Pelearse se tienen que pelear, porque el ribazo
es chico para dos matreros de esa ralea que comen los dos lo mismo y no poco
cada día – dijo Tatú Mulita.
– ¡Cristo, allá están! – gritó el Conejito de Indias, hundiéndose
como un rayo en su cueva, porque se oyó a lo lejos el matraqueo siniestro y
furioso del crótalo de la víbora.
Se habían agarrado. Sobre la curva sinuosa y parda de un caminito de perdiz venía el Lagarto corriendo un ratón; estaba la Cascabel acechando una rana, y se toparon. Ninguno de los dos iba a torcer, ninguno de los dos iba a retroceder. ¿Podían retroceder? La Cascabel estaba enroscada en una negra bola repugnante, resorte tensionado y potentísimo que arrojaría su cabeza chata como un lanzazo sobre su enemigo, así éste moviese no más un ojo; la Iguana, aplastado el cuerpo contra el polvo y estremecida en convulsiones de ira, saltaría fulminante sobre su nuca, al primer descuido de la guardia. Parecía que ninguno de los dos se movía; y sin embargo la Cascabel se contraía y replegaba todavía más, hinchándose su cuerpo negruzco como un brazo que hace fuerza; y la boca abierta y feroz del Lagarto se iba aproximando imperceptible, linea por linea, punto por punto, con precaución infinita, jadeante, crispada...

















