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martes, 3 de octubre de 2023

Aprieta - P. Leonardo Castellani

 

Aprieta

 

Se agarraron al fin en una mañana tostada por un sol de enero, se agarraron como todo el mundo en el ribazo sabía que tenían que agarrar, hasta el infelicísimo, el distraidísmo Tatú.

– ¿Sabe que su amiga, compadre Apereá, la– que– refala– sin– ruido, está buscando y me parece que va a encontrar?

– ¡Por amor de Dios, hable bajo! – dijo el Cobaya, que tiembla de oír solamente el nombre de la venenosa.

– Yo no le tengo miedo, aunque tampoco la trato – dijo el Cascarudo– ; pero me parece que la Iguana Verde le va a dar el vuelto.

– ¡Ojalá Dios quiera! – silbó arriba el Cachilo– , ¡ojalá la mate! La Iguana es mi amiga... No puede subir a los árboles. Pero temo que no la pueda.

– ¡Amalaya se coman las dos! – dijo el pobre Cobaya palpitante.

– Amén, compadre. Pelearse se tienen que pelear, porque el ribazo es chico para dos matreros de esa ralea que comen los dos lo mismo y no poco cada día – dijo Tatú Mulita.

– ¡Cristo, allá están! – gritó el Conejito de Indias, hundiéndose como un rayo en su cueva, porque se oyó a lo lejos el matraqueo siniestro y furioso del crótalo de la víbora.

Se habían agarrado. Sobre la curva sinuosa y parda de un caminito de perdiz venía el Lagarto corriendo un ratón; estaba la Cascabel acechando una rana, y se toparon. Ninguno de los dos iba a torcer, ninguno de los dos iba a retroceder. ¿Podían retroceder? La Cascabel estaba enroscada en una negra bola repugnante, resorte tensionado y potentísimo que arrojaría su cabeza chata como un lanzazo sobre su enemigo, así éste moviese no más un ojo; la Iguana, aplastado el cuerpo contra el polvo y estremecida en convulsiones de ira, saltaría fulminante sobre su nuca, al primer descuido de la guardia. Parecía que ninguno de los dos se movía; y sin embargo la Cascabel se contraía y replegaba todavía más, hinchándose su cuerpo negruzco como un brazo que hace fuerza; y la boca abierta y feroz del Lagarto se iba aproximando imperceptible, linea por linea, punto por punto, con precaución infinita, jadeante, crispada...

lunes, 2 de noviembre de 2020

La langosta - P. Leonardo Castellani

 

La langosta


Cuando la langosta pone huevos, se puede arar el campo y desenterrarlos al sol; cuando la langosta es mosquita y está posada en grandes manchas negras sobre los matojos, se puede espolvorearla con pulverizador de petróleo y prenderle fuego; cuando es saltona y marcha por los campos en largas caravanas siniestras, se la puede encajonar por senderos de hojalata hasta un pozo donde se la entierra viva; pero cuando se hace voladora, ya no hay Cristo que la ataje.

Una inmensa manga de voladoras se abatió un día sobre la Colonia Presidente Avellaneda como una alfombra asquerosa y rumorosa. Fuera de los mandarinos y los nísperos y la achicoria y las acelgas que tienen la hoja amarga, todo lo que era verde– y era la primavera y el trigo, el lino y el maíz florecían– se volvió color salmón de langosta apiñadas. Los colonos sostuvieron un día la batalla desesperada, la batalla de vida o muerte (cosecha o hambre) para ellos; pero cómo sería la cantidad de acridios, que al día siguiente dejaron desesperanzados las fogatas, el tañer de tachos de kerosén y el golpear los árboles con picanas; mientras nuevas nubes de insectos se dejaban caer a plomo al saqueo de la Colonia rendida, llenando el suelo de bostitas y el aire con el bisbiseo antipático de sus alas membranosas. Las calles estaban overas, le daban a uno en la cara y en los ojos, anublaban el sol; uno los encontraba en todas partes, entre las sábanas, en los botines, en la sopera, en los inodoros, en las cañerías. La Colonia se rindió a discreción llorando, y se abandonó a la voluntad omnipotente y maligna del azote.

lunes, 26 de octubre de 2020

La perdiz tierna - P. Leonardo Castellani

 

La perdiz tierna

 

Una Perdiz madre a quien la Comadreja le sorbió tres huevos – y no le sorbió los cuatro porque Guañabéns, que andaba con la escopeta, de una perdigonada le quemó las ancas– , con la aflicción de su desgracia, sobre que era cariñosa de por sí, empolló su huevo unigénito con cuadruplicado ardor. Nació un lindo pichón color canela; y quiso echar a correr como un pollito en la mañana fresca y húmeda. Pero su madre no quería ser menos que la Cardenala que tenía el nido en un naranjo y polluelos de quince días, que no dejaba salir sin embargo, hasta que no tuviesen volantones. Y así le prohibió que saliese y le trajo gusanitos y lo calentó con sus alas, que para eso tenía él mamá de posición y no necesitaba ir a trabajarse el sustento por esos surcos de Dios, llenos en aquel momento de los silbos alegres y tímidos de los perdigoncitos pobretes sus vecinos, nacidos aquel mismo día.

Los pájaros del cielo, que anidaban en los árboles, tienen que pasar antes de salir del nido por las cuatro edades, de tripón, pintón, plumadito y volantón; pero los pájaros de la tierra como la perdiz y el ñandú, apenas nacen, ya son volantones – y nunca salen de ahí en su vida– , y se arreglan ya por sí solos, y andan, cazan y campan como mayores, y disparan – como decía Guañabéns, el fabricante de plumeros– , "que el Diablo que se los lleva".

Y este fue el error de la joven madre. Quiso tener a su hijo al calorcito de su seno y de sus plumas – y eso que el muchachito quería irse con los otros cada día– ; quiso alimentarlo con lombricita mascada, cuando el otro ya tenía pico duro; lo tuvo a la sombra y bajo sus alas; y no le dio jamás un mal picotazo porque lo quería mucho, cuando los otros tenían ya el lomo curtido de los golpes con que sus madres les enseñaban a no salir del matojo cuando se oye ruido, a acurrucarse inmóviles y a hacerse tierra y hojas secas cuando pasa el Hombre, el Zorrino o el Lechuzón Blanco.

Creció pues aquel perdigón de nido, perdigón de invernáculo; y salió lindo, pero fofo. Grandote y sin gracia, como flor de sótano, con las patas rosadas y flojas en vez de firmes y rojas; los ojos rojos en vez de negros y la plumazón albina y clara, que en vez del lindo percal rameado de los otros era fina seda gris.

jueves, 1 de octubre de 2020

El miedo no es sonso - P. Leonardo Castellani

 

El miedo no es sonso

Después de aquella enfermedad en que temí morirme – y en la cual habiendo leído la vida de Los Tres Patronos de la Juventud hice el infantil propósito de hacerme cura si sanaba, cura' jesuita" como San Luis Gonzaga, aunque no sabía lo que era jesuita– , convalecido ya, me mandaron con mi hermana María a Las Toscas a reponerme. Los chicos de la ciudad que no han visto más que el naranjo del patio de la escuela no saben lo que es la chacra de Las Toscas, y los compadezco.

Las Toscas es un monte chaqueño, el río Las Toscas con su cascadita que desagua en el Paraná Guazú, la laguna Pipo, el picanillar, los pajonales y junqueras, la doma y los rodeos, la zafra de la caña dulce, la ralea del maíz, la quemazón para cazar liebres y cuises, la busca de nidos tordos, la... Pero basta: que no se pueden contar diez fábulas a la vez y hay que contentarse con una.

Fui un día con Coleto a baldear en el jagüel del Algarrobo Grande. Por los pastizales castigados por la seca, crujía carbonizada la yerba bajo el paso de los caballos, y hasta en el monte comenzaba a secarse. ¡Cómo estarían los animales! Coleto, atado su rocillo a la lonja cruda del balde volcador, inició con ardor el vaivén monótono que arrojaba arrobas de aguas limpísimas en la represa y en los bebederos. Yo entretanto, pueblero haragán, en vez de ofrecerme con mi bayo para ayudar a tirar agua, estaba tentando, parado sobre la montura, de agarrarme a la horqueta del Alagarrobo Grande, a ver si podía subir hasta donde se veía una enredadera de ñanga– pirí, cargada de fruta. Pero era inútil: el árbol aquel era dificilísimo de subir – liso, derecho, sin ramas– a pesar de mi práctica, y yo no podía decir como la zorra "están verdes" porque asomaban entre las hojas las frambuesas bermejas que eran un encanto, yo que era loco por el ñanga– pirí.

Cuando Coleto llenó los bebederos y desenganchó a toda prisa para ir a repuntar los animales para la aguada, todavía estaba yo tenazmente prendido al tronco. "Esperáme un momento", gritó mi compañero, yo me tumbé al pie del algarrobo y empecé a mirar arriba lamiéndome los labios.

Un mugido lejano me hizo bajar la cabeza. Me puse la mano en las cejas, miré alrededor y vi que del monte venía la vaca Mocha.

lunes, 7 de septiembre de 2020

La liebre en el lino - P. Leonardo Castellani

 

La liebre en el lino


– Un Linar siempre es peligroso para una liebre – dijo la Liebre Vieja–, y no asistiendo necesidad alguna, yo no veo...

– El linar– dijo la Liebre Joven, que era muy romántica– parece un lago celeste de tan tupido, igual y parejo que está, y de tan cuajado de florecitas, que parecen haberse abierto todas de un golpe esta mañana a un mandato de la brisa que las ondula. Me voy.

– Pero, ¿por qué razón?

– Por mi realísima gana.

Las Liebres, como todos los débiles, tienen el prurito de mostrarse enérgicas, y son caprichosas y tercas, creyendo desplegar así una singular fuerza de carácter. No hay más que verlas a escondidas una noche de luna cuando salen a triscar, los correteos absurdos que dan, los brincos inverosímiles, las piruetas, aquel correr sin orden, amontonarse aquí y desbandarse al momento, mordisquear una matita de trébol y dejarla, aquel no hacer nada desplegando una actividad que marea. Pero no obstante, cuando el peligro asoma, aquel puñado de histéricas se recobra instantáneamente de su borrachera. Los remos de acero recuperan su elasticidad prodigiosa y devoran campo casi sin tocarlo; la vista se aclara, el oído se a fina, y todas las fuerzas vitales convergen como resortes para la huida vertiginosa.

Pero en un linar no es lo mismo. Cuando la Liebre Joven sintió el ladrido de los dos perros se puso fría. Disparar fuerte una liebre por un linar es como pedirle a un caballo que dispare por un cañaveral, según son rígidos, duros y espesos los tallos. No le quedó más remedio que recurrir a los brincos altos, cosa cansadora para sus patas, mientras que los perros, que eran de más alzada, avanzaban abriendo dos surcos en el lago verde, más por jugar que por otra cosa, pues no esperaban alcanzarla. Y van y van, la Liebre joven ganando tierra a brincos desesperados, lo que la hacía muy visible – ¡no tener yo la escopeta ahora!– y mis dos perros ladrando alegremente. Y he aquí que Cayuso tuerce bruscamente para cortarle la salida del linar. Y la doña torciendo continuamente la cabeza para esquivar al perseguidor y alargando desesperada sus saltos de langosta. ¡Bravo, Cayuso, pero no la alcanzarás! ¡Ya va a salir! ¡Pumba, tomá, el alambre!

miércoles, 2 de septiembre de 2020

La vaca que no tenía voluntad - P. Leonardo Castellani

 

La vaca que no tenía voluntad

 

Una novilla curioseando el campo fue y mordió una hoja de potota, no sabiendo que era veneno. Enseguida propuso no hacerlo más; y mostró su propósito de la manera más original del mundo, brincando furiosamente, bramando sin cesar, corriendo de un lado a otro, atracándose de agua y sacando la lengua que le parecía que la traspasaban millares de alfileres, con gran risa de todos sus amigos de la tropa.

Pero sucedió que al año siguiente, medio olvidada del caso, fue y se tentó de nuevo con la ancha hoja en forma de escudo, y le tiró el mordisco. Y quemadas de nuevo las fauces y las achuras por la horrible planta, bailó de nuevo la tarantela.

Y un año y medio después, un tiempo de sequía, fue y, medio queriendo y medio sin querer, comió de nuevo y se arrepintió otra vez. Por lo cual cayó en el más profundo desprecio de toda la tropa de bueyes viejos y jóvenes terneras, de todos los cuales era la más inteligente y ladina, por su falta increíble de fuerza de voluntad. ¿De qué le servía entonces toda su inteligencia...?

jueves, 27 de agosto de 2020

Villanos - P. Leonardo Castellani

 

Villanos

 

Un Ñandú se escapó de una cacería, llevándose enredadas las boleadoras, pero como tenía rotos una pata y el cuello, cayó muy pronto entre unas pajas bravas y empezó a agonizar.

Entonces salieron doscientas Catangas Cascarudas, que son los sepultureros de la pampa, empezaron a cavar alrededor de su cuerpo cantando:

– ¡Al fin caíste, Ñandú, patas sucias! ¡Aprendé a comer Catangas, animal inmundo e idiota! ¡Por sonso! ¡Metéte con el Hombre, que es nuestro amigo, imbécil, y come cosas muertas como nosotros! Pronto estarás bajo tierra, es inútil que sacudas la cabeza, que te baila como una estribera! Y nuestros huevos se cuajarán y nuestros huevos empollarán con el calor de tu carne, y nuestras larvas la comerán, la comerán.

viernes, 24 de julio de 2020

Vae victis! - P. Leonardo Castellani


Vae victis!
¡Ay de los vencidos!


El Cedro viejo que había dado sombra a tantos cansados, y asiento a tantas aves, ramas a tantos nidos, y flores, perfumes, color y alegría a tantas primaveras, como ahora estaba viejo y empezaba a picarse, lo arrancaron. El carpintero, que pagó la operación, se llevó el tronco; los vecinos llevaron leña de las ramas y el que no pudo más llevó hojas para cocimientos; los chicos saltaron jugando entre las ramas y hasta los sapos salieron de sus cuevas alegremente a buscar insectos en la tierra removida.

Sólo una Cabecita Negra, que tenía el nido en la copa, lloró en un trino fúnebre la muerte del anciano del monte. Y su trino decía así:

¡Qué fácilmente la sobrellevamos,
qué llevadera se hace la caída
de aquel de quien ya no necesitamos...!

Y todos los sapos respondían al unísono, en un desafinado coro:

Así es la vida, amigo, así es la vida.


viernes, 3 de julio de 2020

Dios los cría - P. Leonardo Castellani


Dios los cría


Tres que siempre andan juntos, la Víbora, el Zorrino y el Perezoso, se juntaron un día para murmurar del mundo.

– Aquí ni hay iniciativa ni hay progreso – dijo el Perezoso– , ni nada. Ustedes conocen muy bien mis aspiraciones y mis sublimes y patrióticos ideales – el Perezoso es bicho de grandes proyectos– ; y sin embargo a mí se me tiene por un fracasado. Y así, ¿quién va a emprender ninguna cosa? Busque usted peones: ¿dónde los encuentra? Y si los encuentra, ¿cómo los hace trabajar? Busque usted socios: todos son una punta de ladrones. Por eso no los busco... Ponga usted una industria, ¿y qué? A mí, que me gusta hacer las cosas en grande y no andar con miserias, me vienen ofreciendo capitalitos de mala muerte... La culpa la tiene el Gobierno, no más... En fin, que a usted si es un ruin y un mediocre, todo el mundo le irá detrás; pero si es hombre de grandes aspiraciones, lo arrinconan, lo persiguen, lo postergan, y lo obligan a pasarse la vida tumbado sobre una rama, comiendo lo que esté a mano y durmiendo como se pueda... todo el día.

– Y lo peor de todo – dijo la Víbora– , es que le huyen a uno y le cobran horror. Los que hemos nacido con un corazón hecho para ser amados sufrimos mucho con eso. Yo no tengo ningún amigo y todos me aborrecen. Y así, perseguida de todos y sin el calorcito de la amistad, aunque sea más buena que el mío– mío y más tierna que una avispa, concluye por agriarse y hacerse fría y maligna y solapada y cobarde y hasta negra y fea, con la bilis, el veneno y la mala sangre que le hacen a una criar por dentro con tanta ingratitud. Mis antepasados se cuenta que eran brillantes y coloridos como la culebra, y no barrosos y repulsivos como yo. Hasta con mi marido andamos distanciados; y de todos mis hijos, ni uno solo ha sido capaz nunca de venir a cobijarse con su madre y agradecerle el ser que le dio. Cierto que yo no sé si habrán nacido. Yo dejé los huevos confiados al sol que los empollara, y me marché, porque ¡vaya también usted a criar víboras en el seno, como dice el refrán, para recoger veneno!

viernes, 8 de mayo de 2020

P. Leonardo Castellani - Payada a la Virgen de Luján


PAYADA A LA VIRGEN DE LUJÁN

"Aquí me pongo a cantar
con cualquiera que se ponga
la mejor, la gran milonga
que se habrá de perpetuar".
Entre la pampa y el mar
y el que es mayor que los dos,
cielo estrellado de Dios
donde sus plantas están,
canto a la Flor de Luján,
canto a la Madre de Dios.

Dios hizo el cielo y el rayo,
hizo el sol, hizo la estreya,
hizo la Pampa sin güeya,
hizo el toro y el cabayo,
hizo el hombre, y aquí cayo,
porque fue su obra mejor,
pero el Mandinga traidor
conoció que era de barro.
Pecó el hombre, rompió un carro
y se le enojó el Creador.

viernes, 17 de abril de 2020

La bendición de los animales - P. Leonardo Castellani


La bendición de los animales


En nuestra estancia se conserva la cristiana costumbre de bendecir a los animales el día de San Antonio abad, el 17 de enero.

Los animales entienden las cosas sobrenaturales lo mismo que Anatole France. Solamente las gallinas acuden presurosas, creyendo que la gruesas gotas de agua bendita que arroja una rama de gomero a guisa de hisopo son los granos de maíz de la comida matutina. Pero notando la diferencia de la capa pluvial blanco y oro del cura, a la pollera roja de la sirvienta, se alejan despechadas después de algunos picotazos y patadas, chismorreando entre sí como buenas vecinas, la Bataraza, la Catalina, la Moñuda, la Inglesa y la Miniatura; en tanto que el Gallo compadrea cocoriqueando delante de nosotros, con la superioridad insolente del débil que domina a otros más débiles, alzada una pata y mirándonos de medio lado.

En el conejar hay un alboroto espantoso de conejos que disparan atropellándose en sus cuevas, retumbantes con las patadas de alarma. En el palomar se levantan todas juntas las palomas, en bandada sonora, estival. Los perros disparan gruñendo del cura que levanta el hisopo como un palo. Los cochinos del chiquero nos reciben gruñendo y no saben mirar para arriba. Las gotas de agua bendita no penetran el barro de la epidermis de esos seres que están hozando asquerosamente la basura del piso y se revuelcan en sus propios excrementos. El pavo esponja la cola muy si señora y nos da espalda soberbiamente. Los potros arisquean nerviosos y miran de lado. Y llegamos a los vacunos y aquí viene lo bueno.

martes, 10 de marzo de 2020

El perro bonachón - P. Leonardo Castellani


El perro bonachón


Se conoce que aquel día Moro, el perrazo barcino, se levantó con la mala, porque no recordó que se había recostado a descabezar el mal humor contra la puerta del escritorio, de modo que al salir el patrón apurado recibió un portazo jefe y encima una patada furibunda que le envió a quemarse una pata – la pata renga precisamente– contra la plancha que la muchacha había posado en el suelo.

Lo único que le faltaba era pintarse de verde la pelambre barcina contra las tinas nuevas recién pintadas. Y efectivamente. Y entonces tuvo que aguantar sin matar a nadie ni morirse de rabia las risas de toda la perrería y gaterío de la estancia, de todos los cachorros, cuzcos, gatas, ratoneros, lanudos, perdigueros – hasta de Tom Faldero, el juguete de la niña, un perrito con cascabel de oro que a él lo reventaba, uno de esos que tienen muy buena educación, pero les falta la delicadeza– , ante los cuales tuvo que desfilar hecho una lástima. Se fue a un rincón, se tiró al suelo, y le dieron tanta amargura aquellas risas, que escondió la cabeza entre las patas y se puso a llorar.

– Por tercera vez – dijo– Maldita sea. Animáte Moro, que con todos tus años y tus méritos estás haciendo aquí un papel de primer orden. Vos hacé bien a todos y estáte dispuesto a morir en su defensa; no tengas en tu boca una palabra mala contra nadie en la vida de Dios; sé bondadoso y manso, reposado y dulce, no te metas con nadie, viví con vos solo, no dañes; y no se van a acordar de vos más que para tenerte a los tirones, como maleta de loco, y para reírse de vos si te pasa el menor percance, con risas satisfechas que parecen venganza de su inferioridad.

domingo, 9 de febrero de 2020

El bien que nos hacen - P. Leonardo Castellani



El bien que nos hacen

– Yo los voy a arreglar, bichos de la gran flauta – dijo el Hombre descolgando la escopeta.

– Déjalos, pobrecitos, quién sabe no tengan nido – dijo la Mujer– . Todos los años vienen y la cosecha no falla.

– Comen muchas matitas tiernas de maíz – dijo el Hombre– ¿Vos sabés lo que sería la cosecha sin esos bichos dañinos?

jueves, 30 de enero de 2020

La golondrina - P. Leonardo Castellani


La golondrina


– Tú eres feliz – dijo el Ruiseñor a la Golondrina– . Se conoce en tu parloteo vivaz, en tus movimientos sueltos, en tu habilísimo patinaje aéreo que raya ahora las nubes más altas para descender luego fugazmente con una maravillosa rúbrica a rasar las aguas del lago en curvas armoniosas. ¡Qué vivaracha eres y qué graciosa, muchacha!

– ¿Es lo mismo estar alegre que ser feliz? – dijo ella.

– No sé – dijo él– . Pero tú eres feliz.

– ¿Y cómo no he de serlo si soy sencilla, soy artista y soy amada? A mí me basta para casa un rancho mitad paja y mitad barro; no le pido mucho a la vida. Yo soy artista y alabo a Dios por la belleza de las cosas. Y procuro ser buena; soy inofensiva y no hago mal a nadie.

– Yo también soy artista – dijo el Ruiseñor– ; y sin embargo mi garganta rompe muchas veces en sollozos agudísimos.

martes, 21 de enero de 2020

El jilguero y la brasita - P. Leonardo Castellani


El jilguero y la brasita


La Cabecita Negra y la Brasita de Fuego son los dos pájaros más lindos de nuestros campos. La Cabecita Negra no tiene nada que envidiar a una mariposa y es muy graciosa, aunque un poco coqueta; y tiene además el trino, que, aunque es sencillo y unítono, es tan perlado y tan gozoso que hace recordar lo que de la Alondra escribió en inglés míster Shelley.

Como linda, lo que se llama linda, es más linda la Brasita de Fuego; y cuando se la ve con su cuello y copete rojísimos y su manteleta negra sobre un hilo de alambrado y en el fondo verde oscuro de los eucaliptos, parece un rubí viviente, una alhaja real, una cosa de joyería en que se ha empleado todo primor y todo artificio. Pero es inmóvil y arisca y tiene la belleza de las piedras preciosas, mientras que la Cabecita Negra tiene la gracia, que es la belleza viva, y tiene el canto, que es la inteligencia, cosas que priman sobre el imperial vestuario de terciopelo de la otra.

– ¿Por qué tiene el pecho tan colorado, padrino?

viernes, 6 de diciembre de 2019

La risa del pirincho - P. Leonardo Castellani


La risa del pirincho

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En el tiempo en que Don Júpiter repartía sus dotes a todos los bichos vivientes –tan variados, tan caprichosos, tan admirables se presentaron ante su trono sacro los Pirinchos y dijeron:
–Sacro y Cesáreo Señor, a cada quisque has dado su propio gaje: a la Calandria el canto, al Aguilucho el vuelo, a la Lechuza la reflexión, al Casero la habilidad y a la Golondrina el deporte. Queremos que a nosotros nos des la risa.
–¿Para qué? –preguntó el padre de los dioses y de los hombres. –Para reirnos todo el santo día y así ser felices.

jueves, 28 de noviembre de 2019

La tijereta - P. Leonardo Castellani


La tijereta

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Cuando la Tijereta se estableció en lo alto del ombú, todo el mundo previó una catástrofe, porque el Ombú era albergue de toda clase de gente maleante. Pero la Tijereta no tenía otro remedio porque ella siempre anida alto, y en toda la extensión del pago no había fuera de ese árbol más que plantas de duraznillo. Hasta un Carancho tenía su casa alborotada e hirsuta en una rama, y en el pie vivía un Lechuzón misántropo. Había dos Urracas que comen huevos, había Carpinteros de pico de hierro y todo género de Juanchiviros antipáticos y camorreros...

Amigos de Dios, pronto se vio que el nido duraba. En primer lugar, estaba bien trabajado y en sitio guarnecido. Luego, la Tijereta madre estaba siempre vigilando. Y un día, que todo el heterogéneo vecindario del Ombú presenció espantado la corrida en pelo que le dieron las Tijeretas a un Pirincho que se arrimó al nido –descuidadamente según él–, y lo sacaron corriendo porque no paró en dos cuadras, se convencieron los maleantes vecinos que aquella gentecita al parecer tan infeliz no era de pelar con la uña.

viernes, 8 de noviembre de 2019

El Zorzalito - P. Leonardo Castellani S.J.


El zorzalito

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Salió del nido una tarde de verano, dio un revuelo con sus alas todavía un poco inseguras, se sentó en la copa del aguaribay, emitió un silbido agudo que hizo callar atento a todo el monte, y después ensayó un gorjeo y luego un trino que salió lleno y limpio como el viento de la tarde entre las hojas.

El mismo extrañaba la potencia y agilidad de su garganta. La Calandria, para oírlo mejor, voló hasta su rama en silencio. El Zorzalito entusiasmado había iniciado una magnífica sinfonía. El zumbido de la brisa, las quejas de las hojas, la orquesta rumorosa del amanecer, el aliento de la noche estrellada, el grito de los árboles bajo el sacudón de la tormenta, todas las hondas impresiones que había recogido en su nido, pasaron a su garganta y se vertieron en el silencio crepuscular convertidas en sonidos tan hermosos que la Calandria creyó que ella misma nunca había entendido el monte hasta el momento...

viernes, 25 de octubre de 2019

La abeja pesimista - P. Leonardo Castellani


La abeja pesimista


Si yo estuviese toda la vida convaleciente de una tifoidea, acabaría probablemente por convertirme en un gran filosofo.

Al calorcito de las mantas y de la salud que vuelve, lejos del colegio y del trantrán de la existencia, con el apetito de comer, beber y de vivir de un resucitado, pudiendo empalmar apaciblemente la larga meditación de ayer con la no interrumpida meditación de hoy, con la joven fantasía todavía no atiborrada de libros eruditos y pensamientos ajenos, en un polvoroso y somnoliento pueblo santafecino, yo hubiera acabado, si me hubiesen dejado, por descubrir que yo pensaba, y por lo tanto existía.

¡Ay de mí! Me sané, fui al colegio, hice el bachillerato como cualquier nacido, aprendí tanto, o por los menos tantas cosas, leí a Kant, y ahora no estoy muy seguro de que pienso, y ni siquiera de que existo, aunque eso ya me parece bastante probable. Me quedaba largas horas solo, porque mi madre trabajaba y mis hermanos iban a la escuela; pero no me aburría. Miraba mi cuarto, la cama, la mesa, la cómoda, la ventana de enfrente y por ella los árboles y las flores, las nubes y el cielo. Miré tanto el mismo cuadro trivial y maravilloso que se impresionó en mi retina y adquirió cierta fijeza y cohesión íntima de sistema cósmico; de modo que una leve mutación en él me hacía reflexionar hondamente, como una curación de lupusa un médico de Lourdes. Si caía una hoja yo pensaba media hora y si un jilguero cantaba, empezaba a responder en mis adentros escondidas melodías. Un día entró por una banderola abierta una abeja zumbando y se posó en una taza de té de mosqueta con miel. Bebió, se alzó pesadamente, dio una vuelta por la pieza – yo metí la cabeza bajo las sábanas– y se lanzó como un chispazo de oro a través de la rubia madeja de sol que se devanaba en abanico sobre el piso, a dar como un proyectil en el vidrio de la ventana. Cayó atontada, se alzo de nuevo, flechó de nuevo, choco, volvió a arremeter, choco, volvió, chocó de nuevo, una, dos, tres, diez, veinte veces y entonces se paró en el travesaño y se puso a pensar. Se puso a filosofar.

Yo estaba casi tan afligido y jadeante como ella, porque la había seguido simpáticamente en su tremenda aventura, primero curioso, después compasivo, por último ansioso, gritándole muy interesado: "Por arriba, tonta".

lunes, 14 de octubre de 2019

El sol artificial - P. Leonardo Castellani


El sol artificial


Las abejas se recogen todas a su casa de noche, lo mismo que los muchachos de veinte años. Pero hubo una vez una Colmena colocada junto a un foco eléctrico potentísimo y sucedió que las pobres abejas aquellas, pensando engañadas que era de día, trabajaban furiosamente de noche en las flores que entraban en el radio de aquel sol artificial. Así es que sus panales fueron al poco tiempo dobles que los demás.
– ¿Pero se morirían todas de surmenage, eh?
– Eso mismo. No sé de qué, fuese peste o fuese cansancio, lo cierto es que la colmena se me arruinó en pocos meses, y las que quedaron se mandaron a mudar a otro lado.
– ¿Pero es verdad o es fábula?

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