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jueves, 21 de septiembre de 2023

Cristianismo y política Card. Joseph Ratzinger - El católico y el estado

 

Cristianismo y política

 Card. Joseph Ratzinger

 


 

El Estado no constituye la totalidad de la existencia humana ni abarca toda la esperanza humana. El hombre y su esperanza van más allá de la realidad del Estado y más allá de la esfera de la acción política. Y esto es válido no sólo para un Estado al que se puede calificar de Babilonia, sino para cualquier tipo de Estado [incluso “cristiano”]. El Estado no es la totalidad. Esto le quita un peso al hombre político y le abre el camino de una política racional. El Estado romano era falso y anticristiano precisamente porque quería ser el totum de las posibilidades y de las esperanzas humanas. Pretendía así lo que no podía realizar, con lo que defraudaba y empobrecía al hombre. Su mentira totalitaria le hacía demoníaco y tiránico. La supresión del totalitarismo estatal ha desmitificado al Estado, liberando la hombre político y a la política.

 

Pero cuando la fe cristiana, la fe en una esperanza superior del hombre, decae, vuelve a surgir el mito del Estado divino, porque el hombre no puede renunciar a la plenitud de la esperanza. Aunque estas promesas se vayan obteniendo mediante el progreso y reivindiquen exclusivamente  para sí el concepto de progreso, son, sin embargo, históricamente consideradas, un retroceso a un estadio anterior a la buena nueva cristiana, una vuelta hacia atrás en el camino de la historia. Y aunque vayan propalando como objetivo propio la liberación total del hombre, la eliminación de cualquier dominio sobre el hombre, entran realmente en contradicción con la verdad del hombre y con su libertad, porque reducen el hombre a lo que él puede hacer por sí solo. Semejante política, que convierte al Reino de Dios en un producto de la política y somete la fe a la primacía universal de la política, es, por su propia naturaleza, una política de la esclavitud; es política mitológica.

 

La fe opone a esta política la mirada y la medida de la razón cristiana, que reconoce lo que el hombre es realmente capaz de crear como orden de libertad y, de este modo, encontrar un criterio de discreción, consciente de que su expectativa superior está en manos de Dios. El rechazo de la esperanza que radica en la fe es, al mismo tiempo, un rechazo del sentido de la medida en la razón política. La renuncia a las esperanzas míticas es propia de una sociedad no tiránica, y no es resignación, sino lealtad, que mantiene al hombre en la esperanza. La esperanza mítica del paraíso inmanente y autárquico sólo puede conducir al hombre a la frustración; frustración ante el fracaso de sus promesas y ante el gran vacío que le acecha; una frustración angustiosa, hija de su propia fuerza y crueldad.

 

El primer servicio que presta la fe a la política es, pues liberar al hombre de la irracionalidad de los mitos políticos, que constituyen el verdadero peligro de nuestro tiempo. Ser sobrios y realizar lo que es posible en vez de exigir con ardor lo imposible ha sido siempre cosa difícil; la voz de la razón nunca suena tan fuerte como el grito irracional. El grito que reclama grandes hazañas tiene la vibración del moralismo; limitarse a lo posible parece, en cambio, una renuncia a la pasión moral, tiene el aspecto del pragmatismo de los mezquinos. Sin embargo, la moral política consiste en resistir la seducción de la grandilocuencia con la que se juega con la humanidad, el hombre y sus posibilidades. No es moral el moralismo de la aventura que pretende realizar por sí mismo lo que es Dios. En cambio, sí es moral la lealtad que acepta las dimensiones del hombre y lleva a cabo, dentro de esta medida, las obras del hombre. No es en la ausencia de toda conciliación, sino en la misma conciliación donde está la moral de la actividad política.

miércoles, 19 de febrero de 2020

La crisis de la catequesis - Card. Joseph Ratzinger


TRANSMISION DE LA FE Y FUENTES DE LA FE *

traducción castellana de la conferencia pronunciada
en Lyon y París los días 15 y 16 de enero del año 1983

Cardenal JOSEPH RATZINGER


1. LA CRISIS DE LA CATEQUESIS Y EL PROBLEMA DE LAS FUENTES. l.-Características generales de la crisis. 2.-Catequesis, Biblia y dogma.
2. PARA LA SUPERACIÓN DE LA CRISIS. l.-¿Qué es la fe? 2.-¿Qué son las fuentes? 3.-La estructura de la catequesis: a) Las cuatro piezas maestras. b) Reflexiones sobre dos problemas de contenido. e) Sobre la estructura formal de la catequesis.

La última palabra que el Señor resucitado dirigió a sus Apóstoles, era el encargo de ir por todo el mundo y de ser sus testigos (Mt 28, 19s; Mc 15,16; Act 1,8). Pertenece a: la esencia de la fe cristiana la exigencia de su transmisión: es la interiorización de un mensaje que se dirige a todos porque es la verdad y porque el hombre no puede ser salvado sin la verdad (1 Tim. 2,4). Por este motivo, la catequesis, la transmisión de la fe, ha sido, desde el principio, una función vital y central en la Iglesia, y debe seguir siéndolo mientras dure la Iglesia.

1. LA CRISIS DE LA CATEQUESIS Y EL PROBLEMA DE LAS FUENTES

1. Características generales de la crisis

Las dificultades actuales de la catequesis constituyen un lugar común que no hay necesidad de probar en detalle. Las causas de la crisis y sus consecuencias han sido descritas con frecuencia y amplitud 1. Digamos algo sobre ellas.

En el mundo de la técnica, que es una creación del hombre mismo, no es el Creador lo que se encuentra de inmediato, sino que es el hombre el que se encuentra a sí mismo. Su estructura fundamental es la facticidad (Machbarkeit) y el modo de su certeza es el de lo calculable (Errechenbaren). Por eso, el problema de la salvación no se plantea en función de Dios, que no aparece por ningún lado, sino en función del poder del hombre, que quiere negar a ser el constructor de sí mismo y de su historia.

En consecuencia, el hombre no extrae ya sus criterios morales a partir de una reflexión sobre la creación o sobre el Creador, cuyo lenguaje ahora le es desconocido. La creación no tiene ya resonancias morales para el hombre: no le habla sino en el lenguaje de la matemática, de la utilidad técnica, a menos que proteste por las violencias que el hombre le hace sufrir. Incluso entonces, la apelación moral que la creación dirige al hombre permanece indeterminada: en última instancia, la moral viene a identificarse de un modo u otro con la sociabilidad, con la apertura del hombre para consigo mismo y con su medio. Desde este punto de vista, también la moral pasa a ser un mero problema de cálculo sobre las mejores condiciones de configuración del futuro. Todo esto ha hecho que la sociedad cambie profundamente: la familia, que es la célula básica portadora de la cultura cristiana, parece estar en vías de disolución; cuando los vínculos metafísicos ya no cuentan, otros tipos de vínculos no pueden mantenerla por mucho tiempo.

lunes, 17 de junio de 2019

A IMAGEN Y SEMEJANZA DE DIOS: ¿SIEMPRE? LOS ENFERMOS MENTALES


A IMAGEN Y SEMEJANZA DE DIOS:
¿SIEMPRE?
LOS ENFERMOS MENTALES

28 de Noviembre de 1996


Ante el tema de este convenio internacional, emergen en mí recuerdos inquietantes. Os ruego que me permitáis contaros, a manera de introducción, esta experiencia personal que nos lleva al año 1941, al tiempo de la guerra y del régimen nacionalsocialista. Una de nuestras tías, a la que visitábamos frecuentemente, era madre de un robusto muchacho que era algún año más joven que yo, pero mostraba progresivamente los indicios típicos del síndrome de Down. Suscitaba simpatía por la simplicidad de su mente ofuscada; y su madre que ya había perdido una hija por muerte prematura, le estaba sinceramente aficionada. Pero en 1941 las autoridades del Tercer Reich ordenaron que el chico debía ser llevado a un asilo para recibir una mejor asistencia. Todavía no se sospechaba nada de la operación de eliminación de los discapacitados mentales, ya iniciada. Poco tiempo después llegó la noticia de que el niño había muerto de pulmonía y su cuerpo había sido incinerado. Desde aquel momento se multiplicaron las noticias de este estilo. En el pueblo en que habíamos vivido antes, visitábamos de buena gana a una viuda que había quedado sin hijos y se alegraba por la visita de los niños del vecindario. La pequeña propiedad que había heredado de su padre apenas podía darle para vivir, pero tenía buen ánimo, aunque no sin algún temor por el futuro. Más tarde supimos que la soledad en la que se hallaba cada vez más sumergida, había nublado más y más su mente: el temor por el futuro se había hecho patológico, de manera que apenas se atrevía a comer, porque temía siempre por el mañana en el que tal vez quedaría sin comida que llevarse a la boca. La clasificaron como trastornada mentalmente, fue llevada a un asilo y también en este caso pronto llegó la noticia de que había muerto de pulmonía. Poco después en nuestro actual pueblo sucedió la misma cosa: la pequeña finca, junto a nuestra casa, estaba confiada a los cuidados de tres hermanos solteros, a quienes pertenecía. Eran considerados enfermos mentales, pero estaban en condiciones de ocuparse de su casa y de su propiedad. También ellos desaparecieron en un asilo y poco después se nos dijo que habían muerto. A este punto ya no cabía tener dudas de cuanto estaba sucediendo: se trataba de una sistemática eliminación de cuantos no eran considerados como productivos. El Estado se había arrogado el derecho de decidir quién merecía vivir y quién debía ser privado de la existencia en beneficio de la comunidad y de sí mismo, porque no podía ser útil a los demás ni a sí mismo.

miércoles, 18 de abril de 2018

La dictadura del relativismo - Card. Joseph Ratzinger


A quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le aplica la etiqueta de fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, dejarse «llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina», parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales.

MISA "PRO ELIGENDO PONTIFICE"
HOMILÍA DEL CARDENAL JOSEPH RATZINGER
DECANO DEL COLEGIO CARDENALICIO


Lunes 18 de abril de 2005


Is 61, 1-3. 6. 8-9 
Ef 4, 11-16 
Jn 15, 9-17 

En esta hora de gran responsabilidad, escuchemos con particular atención cuanto nos dice el Señor con sus mismas palabras. De las tres lecturas quisiera elegir sólo algún pasaje, que nos concierne directamente en un momento como este.


La primera lectura presenta un retrato profético de la figura del Mesías, un retrato que recibe todo su significado desde el momento en que Jesús lee este texto en la sinagoga de Nazaret, cuando dice: «Esta Escritura se ha cumplido hoy» (Lc 4, 21). En el centro del texto profético encontramos una palabra que, al menos a primera vista, parece contradictoria. El Mesías, hablando de sí mismo, dice que ha sido enviado «a proclamar el año de misericordia del Señor, día de venganza de nuestro Dios» (Is 61, 2). Escuchamos, con alegría, el anuncio del año de misericordia: la misericordia divina pone un límite al mal, nos dijo el Santo Padre. Jesucristo es la misericordia divina en persona: encontrar a Cristo significa encontrar la misericordia de Dios. El mandato de Cristo se ha convertido en mandato nuestro a través de la unción sacerdotal; estamos llamados a proclamar, no sólo con palabras sino también con la vida, y con los signos eficaces de los sacramentos, «el año de misericordia del Señor». Pero ¿qué quiere decir Isaías cuando anuncia el «día de venganza del Señor»? Jesús, en Nazaret, en su lectura del texto profético, no pronunció estas palabras; concluyó anunciando el año de misericordia. ¿Fue este, quizás, el motivo del escándalo que se produjo después de su predicación? No lo sabemos. En todo caso, el Señor hizo su comentario auténtico a estas palabras con la muerte en la cruz. «Sobre el madero, llevó nuestros pecados en su cuerpo...», dice san Pedro (1 P 2, 24). Y san Pablo escribe a los Gálatas: «Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose él mismo maldición por nosotros, pues dice la Escritura: "Maldito todo el que está colgado de un madero", a fin de que llegara a los gentiles, en Cristo Jesús, la bendición de Abraham, y por la fe recibiéramos el Espíritu de la Promesa» (Ga 3, 13-14).


La misericordia de Cristo no es una gracia barata; no implica trivializar el mal. Cristo lleva en su cuerpo y en su alma todo el peso del mal, toda su fuerza destructora. Quema y transforma el mal en el sufrimiento, en el fuego de su amor doliente. El día de venganza y el año de misericordia coinciden en el misterio pascual, en Cristo muerto y resucitado. Esta es la venganza de Dios: él mismo, en la persona de su Hijo, sufre por nosotros. Cuanto más nos toca la misericordia del Señor, tanto más somos solidarios con su sufrimiento, tanto más estamos dispuestos a completar en nuestra carne «lo que falta a las tribulaciones de Cristo» (Col 1, 24). 

martes, 6 de febrero de 2018

Letanía de objeciones a la práctica y la enseñanza de la Iglesia - Cardenal Joseph Ratzinger

Dificultades a las que se enfrenta la Fe hoy en Europa

Cardenal Joseph Ratzinger

En el Encuentro con las
Comisiones de Doctrina de Europa
Laxenburg, 2 de mayo de 1989




En calidad de obispos responsables por la fe de la Iglesia en nuestros países, nos preguntamos dónde residen especialmente las dificultades que hoy tienen las personas con la fe y cómo podemos responderles correctamente.
No necesitamos una amplia búsqueda para responder a la primera de estas preguntas. Existe algo así como una letanía de objeciones a la práctica y la enseñanza de la Iglesia, y hoy en día su permanente recitación ha llegado a ser como el cumplimiento de un deber para los católicos de ideas progresistas.
Podemos determinar los elementos principales de esta letanía:
  • el rechazo de la enseñanza de la Iglesia sobre la contraconcepción, lo cual significa situar en el mismo nivel moral todo tipo de medios para impedir la concepción, sobre cuya aplicación sólo la «conciencia» individual puede decidir;
  • el rechazo de toda forma de «discriminación» contra la homosexualidad y la consiguiente afirmación de una equivalencia moral para todas las formas de actividad sexual en la medida en que estén motivadas por «el amor» o al menos no perjudiquen a nadie;
  • el acceso para los divorciados vueltos a casar a los sacramentos de la Iglesia, y
  • la ordenación sacerdotal de las mujeres.
Como vemos, en esta letanía hay una combinación de aspectos bastante distintos. Las dos primeras exigencias corresponden al terreno de la moralidad sexual y las dos siguientes al orden sacramental de la Iglesia. Sin embargo, observando con más detención, queda claro que estos cuatro aspectos están no obstante muy vinculados: surgen de una misma visión de la humanidad, dentro de la cual opera una noción específica de la libertad humana. Cuando se tienen presentes estos fundamentos, resulta evidente que la letanía de objeciones tiene mayor profundidad de lo que parece a primera vista.
¿Cómo se ve con una observación más minuciosa esta visión de la humanidad en la cual se basa esta letanía? Sus características fundamentales están tan difundidas como las exigencias provenientes de la misma, de manera que es fácil seguirle la pista.

martes, 26 de diciembre de 2017

La Liturgia en el pensamiento teológico de Joseph Ratzinger / Benedicto XVI -. Card. Gerhard Ludwig Müller

Λογική λατρεία

UN CULTO CONFORME AL LOGOS DIVINO
La Liturgia en el pensamiento teológico
de Joseph Ratzinger / Benedicto XVI
Mons. Gerhard Ludwig Müller
Madrid, 28 de enero de 2013


Tras el domingo de Cuasimodo del año 1956 en el que fui invitado por primera vez a la mesa del Señor, cuatro chicos del grupo de primera comunión – entre ellos yo – fuimos llamados a la casa parroquial.
Allí estábamos, nerviosos, de pie en la sala de espera en la que entró, vestido con traje talar, el párroco Philipp Heinrich Lambert, un sacerdote digno y concienzudo de la vieja escuela, para comunicarnos una decisión irrevocable. Nos había estado observando de cerca durante las clases de catequesis. Y dado que todos procedíamos de familias católicas, éramos los elegidos para ser monaguillos ese año. Nos pidió que fuéramos conscientes de tan alta vocación y realizáramos nuestro servicio al altar con devoción y lealtad.
Lo primero era, sin embargo, adquirir práctica como portadores de velas primero y de estandartes después, aprendiendo el comportamiento correcto en el altar. Sólo cuando estuviéramos en condiciones de dar sin titubeos las respuestas en latín de las oraciones ante las gradas y hubiéramos aprendido de memoria el Suscipiat podíamos “servir al altar”. “Servir al altar” significaba representar al pueblo a través de las respuestas en latín, trasladar el misal del lado de la epístola al lado del Evangelio, llevarle al sacerdote el vino y el agua para el ofertorio y sonar las campanillas durante la consagración y antes de la sagrada comunión para de este modo llamar a los fieles a la adoración más profunda de nuestro Señor Jesucristo. Pues, en su inmenso amor hacia nosotros, hace presente su sacrificio en la cruz, y en la comunión se da, de una forma oculta pero real, con su cuerpo y su sangre como comida y bebida para la vida eterna. La espiritualidad del servicio al altar se cristalizaba en nuestra actitud a través de las primeras palabras de la misa y las frases aprendidas en latín: Introibo ad altare Dei – ad Deum qui laetificat juventutem meam.
En ellas se expresa la experiencia de tener la Iglesia como patria espiritual. Dios es el origen y la meta de mi vida. Desde su infancia, un monaguillo solícito se forma una idea de las múltiples situaciones pastorales y experiencias vitales humanas. Está presente en bautizos, entierros, bodas, unciones extremas y comuniones a enfermos. Crece en el seno de la parroquia y pasa a formar parte de la vida de la Iglesia de tal modo que el sensus fidei, el sentir con y pensar con la Iglesia, constituye la configuración decisiva de la propia existencia. Allí donde se experimenta de forma palpable el poder auxiliador y edificante de la gracia de Dios que en Jesucristo se nos ha acercado de un modo insuperable, allí no hay duda que pueda corroer la certeza de la fe en que Dios mismo y sólo ÉL es y siempre será la respuesta a la pregunta que el hombre es para sí mismo durante toda su existencia finita, que siempre anhela la eternidad. Desde mi más tierna infancia lo que asocio con la celebración eucarística es la experiencia de la majestas divina – pero precisamente en la forma del amor hacia el Jesús crucificado y de la alegría sobre su Resurrección de entre los muertos, que también nos da nosotros la esperanza para la vida eterna.

viernes, 17 de noviembre de 2017

La verdad molesta siempre y jamás es cómoda - Card. Joseph Ratzinger

Sobre las principales objeciones
que han surgido contra la Declaración 
Dominus Iesus

La pluralidad de las confesiones
no relativiza las exigencias de la verdad

El cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ha mantenido en el año 2000 esta larga entrevista con Christian Geyer, del diario alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung, titulada Me parece absurdo lo que quieren ahora nuestros amigos luteranos. El cardenal fue invitado por el periódico a responder a las principales objeciones que han sido hechas a la citada



La más reciente Declaración de la Congregación vaticana para la Doctrina de la Fe ha desencadenado una controversia mundial. En el centro de la discusión sobre el Documento «Dominus Iesus» no están menudencias de política eclesial, sino cuestiones sustanciales de la fe cristiana: su pretensión de verdad y la relación entre las Iglesias que se remiten a ella. En Alemania causó agitación especialmente la afirmación de que la Iglesia evangélica (n. del t.: quiere decir las Iglesias nacidas de la Reforma) no es Iglesia en sentido propio. El Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Joseph Ratzinger, bajo cuya dirección se ha redactado la polémica Declaración, explica detalladamente en este periódico las discrepancias con sus críticos. A la parte evangélica dice que lleva la actual polémica «de modo sencillamente erróneo». Pues reivindicar el concepto de Iglesia del mismo modo para todas las comunidades eclesiales existentes iría ya contra su propia autocomprensión: «De modo que no ofendemos a nadie al decir que las Iglesias evangélicas reales no son Iglesia en el mismo sentido que lo quiere ser la Iglesia Católica; ellos mismos no quieren serlo en absoluto». También a propósito del diálogo interreligioso pone el cardenal un acento provocador, sugiriendo la conversión al cristianismo: la pretensión de la verdad no se relativiza por la pluralidad de las confesiones.

Señor cardenal, ¿dirige usted un departamento en el que existen tendencias a la ideologización y a la infiltración fundamentalista de la fe? Esta crítica está contenida en una comunicación difundida recientemente por la sección alemana de la Sociedad Europea para la Teología Católica.
Debo confesar que declaraciones como ésa a la que usted alude me aburren cada vez más. Conozco de memoria desde hace mucho tiempo ese vocabulario, en el cual nunca faltan los conceptos de fundamentalismo, centralismo romano y absolutismo, vuelta atrás con respecto al Vaticano II. No necesito esperar a las Noticias, yo mismo podría formular tales declaraciones al instante, porque se repiten una y otra vez, independientemente del argumento de que se trate. Me pregunto por qué no se les ocurre realmente a estos señores ya nada nuevo.

¿Piensa usted que las críticas ya son falsas, sólo porque se repiten tan a menudo?
No, sino porque en lo estereotipado de esta crítica echo en falta un análisis diferenciado de los asuntos. Algunos plantean críticas con tanta facilidad porque probablemente consideran todo lo que llega de Roma, inmediatamente, desde un punto de vista político, en la perspectiva del reparto del poder, en lugar de hablar seriamente de los contenidos.

Desde luego, los contenidos son bastante explosivos. ¿Se sorprende verdaderamente de que encuentre tanta oposición un Documento en el que se monopoliza la pretensión de verdad del cristianismo, y en el que a los anglicanos y a los protestantes no les es reconocido el status de Iglesia?

jueves, 16 de noviembre de 2017

La crítica a la pretensión de ser absoluta y definitiva la revelación de Jesucristo reivindicada por la fe cristiana, viene acompañada por un falso concepto de tolerancia - Card. Joseph Ratzinger

PRESENTACIÓN D LA DECLARACIÓN “ DOMINUS IESUS”
POR EL CARD. JOSEPH RATZINGER




Es mi intención limitarme a describir brevemente el contexto y el significado de la Declaración Dominus Iesus, mientras que las intervenciones sucesivas ilustrarán los valores y la autoridad doctrinal del Documento, y sus contenidos específicos, cristológicos y eclesiológicos.


1. En el animado debate contemporáneo sobre la relación del Cristianismo y las otras religiones, se difunde cada vez más la idea que todas las religiones son para sus seguidores vías igualmente validas de salvación. Se trata de una opinión sumamente difundida no sólo en ambientes teológicos, sino también en sectores cada vez más amplios de la opinión pública católica y no católica, especialmente aquella más influenciada por el orientamiento cultural hoy prevalente en Occidente, que se puede definir, sin temor de equivocarnos, con la palabra: relativismo.


La así llamada teología del pluralismo religioso en realidad había sido ya afirmada gradualmente desde finales de los años cincuenta del s. XX, pero solamente hoy ha cobrado una importancia fundamental para la conciencia cristiana. Naturalmente, sus presentaciones son muy diversas y no sería justo querer igualar en un mismo sistema todas las posiciones teológicas que están relacionadas a esta teología del pluralismo religioso. La Declaración por tanto no se propone tampoco describir los trazos esenciales de tales tendencias teológicas ni mucho menos pretende encerrarlas en una única fórmula. Más bien, nuestro documento señala algunos presupuestos de naturaleza filosófica o teológica que están en la base de las diversas teologías del pluralismo religioso actualmente difundidas: la convicción de la inaprensibilidad y la inexpresabilidad completa de la verdad divina; la actitud relativista ante la verdad, por la cual aquello que es verdadero para algunos no lo sería para otros; la contraposición radical entre mentalidad lógica occidental y mentalidad simbólica oriental; el subjetivismo exasperado de quien considera la razón como única fuente de conocimiento; el vaciamiento metafísico del misterio de la Encarnación; el eclecticismo de quien en la reflexión teológica asume categorías derivadas de otros sistemas filosóficos y religiosos, sin reparar ni en su coherencia interna ni en su incompatibilidad con la fe cristiana; la tendencia, en fin, a interpretar textos de la Escritura fuera de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia (Cf. Declaración Dominus Iesus, n. 4).

domingo, 26 de febrero de 2017

He intentado presentar al Jesús de los Evangelios como el Jesús real, como el "Jesús histórico" en sentido propio y verdadero - Benedicto XVI

PRÓLOGO
Al Primer tomo del Libro Jesús de Nazaret

Este libro sobre Jesús, cuya primera parte se publica ahora, es fruto de un largo camino interior. En mis tiempos de juventud -años treinta y cuarenta- había toda una serie de obras fascinantes sobre Jesús: las de Karl Adam, Romano Guardini, Franz Michel Wiliam, Giovanni Papini, Daniel Rops, por mencionar sólo algunas. En ellas se presentaba la figura de Jesús a partir de los Evangelios: cómo vivió en la tierra y cómo -aun siendo verdaderamente hombre- llevó al mismo tiempo a los hombres a Dios, con el cual era uno en cuanto Hijo. Así, Dios se hizo visible a través del hombre Jesús y, desde Dios, se pudo ver la imagen del auténtico hombre. En los años cincuenta comenzó a cambiarla situación. La grieta entre el "Jesús histórico" y el "Cristo de la fe" se hizo cada vez más profunda; a ojos vistas se alejaban uno de otro. Pero, ¿qué puede significar la fe en Jesús el Cristo, en Jesús Hijo del Dios vivo, si resulta que el hombre Jesús era tan diferente de como lo presentan los evangelistas y como, partiendo de los Evangelios, lo anuncia la Iglesia?
Los avances de la investigación histórico-crítica llevaron a distinciones cada vez más sutiles entre los diversos estratos de la tradición. Detrás de éstos la figura de Jesús, en la que se basa la fe, era cada vez más nebulosa, iba perdiendo su perfil. Al mismo tiempo, las reconstrucciones de este Jesús, que había que buscar a partir de las tradiciones de los evangelistas y sus fuentes, se hicieron cada vez más contrastantes: desde el revolucionario antirromano que luchaba por derrocar a los poderes establecidos y, naturalmente, fracasa, hasta el moralista benigno que todo lo aprueba y que, incomprensiblemente, termina por causar su propia ruina. Quien lee una tras otra algunas de estas reconstrucciones puede comprobar enseguida que son más una fotografía de sus autores y de sus propios ideales que un poner al descubierto un icono que se había desdibujado. Por eso ha ido aumentando entretanto la desconfianza ante estas imágenes de Jesús; pero también la figura misma de Jesús se ha alejado todavía más de nosotros.
Como resultado común de todas estas tentativas, ha quedado la impresión de que, en cualquier caso, sabemos pocas cosas ciertas sobre Jesús, y que ha sido sólo la fe en su divinidad la que ha plasmado posteriormente su imagen. Entretanto, esta impresión ha calado hondamente en la conciencia general de la cristiandad. Semejante situación es dramática para la fe, pues deja incierto su auténtico punto de referencia: la íntima amistad con Jesús, de la que todo depende, corre el riesgo de moverse en el vacío.

lunes, 28 de julio de 2014

El Concilio Vaticano II frente al pensamiento moderno - Cardenal Joseph Frings – Joseph Ratzinger

Algunas semanas antes del inicio del Concilio Vaticano II, el cardenal Giusseppe Siri, arzobispo de Génova, invitó al cardenal Joseph Frings a dar una conferencia sobre el tema “El Concilio Vaticano II frente al pensamiento moderno”. El anciano arzobispo de Colonia la pronunció el 20 de noviembre de 1961, pero, como estaba saturado de trabajo, pidió ayuda al entonces joven profesor Joseph Ratzinger, teólogo de su confianza, quien escribió todo el texto que, después, fue publicado, obviamente, con el nombre del cardenal. Así llegó hasta Juan XXIII, que lo leyó, y, en una audiencia posterior, abrazó al cardenal Frings, diciéndole: «Precisamente, éstas eran mis intenciones al convocar el concilio». Entonces, el cardenal sintió el deber de revelar al Papa quién era el autor de aquellas páginas. El texto expone las transformaciones profundas que habían ocurrido después del Concilio Vaticano I (1869-1870) y que exigían convocar un nuevo concilio

      La traducción de esta conferencia al castellano es inédita y ha sido realizada desde su original en alemán por la Profesora Esther Gómez de Pedro, con la autorización de Librería Editrice Vaticana.

 

Dos consideraciones previas:

    1. Concilio y Presente

      Los concilios emergen siempre en un determinado momento en el que ponen de relieve la Palabra de Dios, tal como sea necesario en ese preciso momento. Ciertamente, lo que se dice en ellos es válido para siempre, porque la verdad siempre válida se encarna en palabras históricas y ligadas al tiempo, pero, al mismo tiempo, llevan impreso de forma inconfundible el rostro de ese tiempo determinado en el que las exigencias de una situación espiritual muy concreta hacen necesario formular acuciosamente un pensamiento, sellar una palabra que quedará en adelante para la Iglesia como su posesión permanente y recordará siempre ese determinado momento en el que creció y se desarrolló ese pensamiento, esa palabra. Si siempre ha sido tarea de los concilios reconquistar de nuevo el arbitrario pensamiento del hombre con las armas intelectuales que ofrecía cada época y cautivarlo para Jesucristo (2 Cor 10, 5), guiando a la Iglesia a un nuevo crecimiento espiritual y en última instancia a la plenitud en Cristo (Ef 4, 13), también será válido para un concilio cuya misión ha sido caracterizad por el mismo Santo Padre como “aggiornamento” de la Iglesia. Por eso, para el correcto desarrollo de este concilio, será fundamental examinar cuidadosamente el mundo intelectual de hoy, donde hay que colocar de nuevo el candelabro del Evangelio de tal forma que su luz no se transforme bajo el celemín en formas obsoletas, sino que ilumine de forma clara a todos los que viven en la casa del momento actual (Mt 5, 15).

    2. Transformaciones en la situación espiritual desde el Concilio Vaticano I

lunes, 7 de julio de 2014

Predicar de nuevo a Cristo - Card. Joseph Ratzinger

PREDICAR DE NUEVO A CRISTO

En defensa de la misión
Un evangelio para África
"Uno solo es el Salvador"

En defensa de la misión
          La teología de la liberación "a la sudamericana" se está difundiendo también por una parte de Asia y de África.  Pero en estas regiones, como observaba Ratzinger, se entiende la «liberación» sobre todo como un desembarazarse de la herencia colonial europea. «Se vive una búsqueda apasionada —me dice— de una correcta inculturación del cristianismo.  Nos encontramos, por tanto, ante un nuevo aspecto del antiquísimo problema de la relación entre la fe y la historia, entre la fe y la cultura».
     Para encuadrar los términos del problema, observa: «Es bien sabido que la fe católica, tal como la conocemos hoy, se ha desarrollado a partir de una raíz hebrea, y posteriormente en el ámbito cultural grecolatino, al que se agregaron, a partir del siglo VIII y en forma nada secundaria, elementos irlandeses y germánicos.  En lo que respecta a África (cuya evangelización en profundidad se ha llevado a cabo sólo en los dos últimos siglos), vemos que ha recibido un cristianismo que se había desarrollado durante 1.800 años en ámbitos culturales muy distintos de los suyos.  Este cristianismo fue trasplantado allí hasta en sus más insignificantes formas de expresión.  Más aún, la fe llegó a África en el contexto de una historia colonial que hoy es interpretada principalmente como una historia de alienación y de opresión».
    ¿Y acaso no es verdad?, le digo.
«No exactamente, en lo que respecta a la actividad misionera de la Iglesia —replica—.  Muchos (sobre todo en Europa, más que en África o en América) han formulado y formulan juicios injustos, históricamente incorrectos, sobre las relaciones entre la actividad misionera y el colonialismo.  Los excesos de este último fueron mitigados precisamente por la acción intrépida de tantos apóstoles de la fe, los cuales supieron crear frecuentemente oasis de humanidad en zonas devastadas por antiguas miserias y por nuevas opresiones. No podemos olvidar, ni menos condenar, el sacrificio generoso de una multitud de misioneros que se convirtieron en auténticos padres de los desventurados confiados a ellos.  Yo mismo he encontrado a muchos africanos, jóvenes y viejos, que me han hablado con emoción de aquellos Padres de su pueblo que fueron ciertas humanísimas y al mismo tiempo heroicas figuras de misionero.  Su recuerdo no se ha borrado todavía entre aquellos a quienes evangelizaron y ayudaron de mil maneras, no pocas veces a costa de su propia vida.  A aquellos sacrificios —muchos de los cuales sólo Dios conoce— se debe en parte que todavía sea posible una cierta amistad entre África y Europa».
Pero, de hecho, se exportó el catolicismo occidental a aquella región.
«Hoy somos muy conscientes de este problema —me dice—.  Pero entonces, ¿qué otra cosa podían hacer aquellos misioneros sino comenzar con el único catecismo que conocían?  No nos olvidemos tampoco de que todos hemos recibido la fe "del extranjero": nos llegó desde su origen semita, de Israel, por mediación del helenismo. Y esto lo sabían muy bien los nazis, que trataron de extirpar el cristianismo de Europa precisamente por su carácter "extranjero"».

Un evangelio para África
          También para él «son muy válidos los interrogantes que se plantean muchos en el Tercer Mundo, y sobre todo en África: ¿cómo puede el cristianismo llegar a ser una expresión propia nuestra? ¿Cómo puede llegar a entrar por completo en nuestra identidad? ¿En qué medida puede resultar obligatoria su expresión cultural histórica? ¿En qué medida puede —por así decirlo— recomenzar de nuevo su historia? ¿Nuestro propio Antiguo Testamento, en lugar de estar en la historia del pueblo judío, ¿no estaría, quizás, en la historia dolorosa de nuestro pueblo y de sus formas religiosas tradicionales?»
   ¿Cómo enjuicia el cardenal las respuestas que los africanos empiezan a dar a estos interrogantes?

viernes, 23 de mayo de 2014

Sobre una cierta liberación - Card. Joseph Ratzinger

SOBRE UNA CIERTA "LIBERACIÓN"
 
Una "Instrucción" esclarecedora - La necesidad de redención - Un texto de "teólogo particular" - Concepto y origen de la teología de la liberación - Estructura fundamental de la teología de la liberación - Conceptos fundamentales de la teología de la liberación - Entre marxismo y capitalismo
El diálogo imposible
 
Una "Instrucción" esclarecedora

      En los días de este coloquio con el cardenal Ratzinger en Bressanone todavía no se había publicado (sería presentada en septiembre) la Instrucción sobre algunos aspectos de la teología de la liberación, aunque ya estaba preparada con fecha del 6 de agosto.  Sin embargo, sí se había publicado —por una indiscreción periodística— el texto en el que Ratzinger explicaba su posición personal, como teólogo, sobre este tema; y se conocía ya anticipadamente la "convocatoria para dialogar" a uno de los representantes más conocidos de aquella teología.
El tema de la de la "teología de la liberación" había, pues, invadido las páginas de los diarios; y lo haría aún más después de a presentación de la Instrucción.  Pero lo que desconcierta, y ciertamente se puede demostrar, es que muchos comentarios —incluso los más ambiciosos y los publicados por los más prestigiosos periódicos y revistas— juzgaban el documento de la Congregación sin haberlo leído nada más que a través de síntesis incompletas, quizá hasta sospechosas de parcialidad.  Más aún: casi todos los comentarios se ocupaban solamente de las implicaciones políticas del documento, ignorando sus motivaciones religiosas.
Precisamente por esto, la Congregación para la Doctrina de la Fe decidió no hacer ningún tipo de comentario, remitiendo al texto mismo, que resultaba tan combatido como desconocido.  Leer la Instrucción: esto es todo lo que se nos ha rogado que pidamos al lector, sean cuales sean luego sus conclusiones.
Sin embargo, nos ha parecido de interés el proporcionar aquí el texto que —aunque publicado por aquella "indiscreción periodística"— se ha hecho ya de dominio público.  En él se refleja con fidelidad el pensamiento de Joseph Ratzinger (en cuanto teólogo, no en cuanto Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe), y no resulta fácil encontrar al lector no especialista. Este texto puede servir también para comprender el pensamiento personal del cardenal sobre un tema tan espinoso y actual como éste.  Aquí más que nunca, para el Prefecto, «defender la ortodoxia significa verdaderamente defender a los pobres y evitarles las ilusiones y sufrimientos de quien no sabe dar una perspectiva realista de redención ni siquiera material».
Recordamos además lo que la Instrucción advierte desde su misma introducción: «La Congregación para la Doctrina de la Fe no se propone tratar aquí el vasto tema de la libertad cristiana y de la liberación.  Lo hará en un documento posterior que pondrá en evidencia, de modo positivo, todas sus riquezas tanto doctrinales como prácticas» 18 (Nota 18: Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre algunos aspectos de la «Teología de la liberación».  Prólogo). Así, pues, se trata de la primera parte de una exposición que ha de ser completada.

martes, 20 de mayo de 2014

Hermanos pero separados - Card. Joseph Ratzinger

HERMANOS PERO SEPARADOS
 
¿Un cristianismo más "moderno"? - Hay quien dice... - Un largo camino - «Pero la Biblia es católica» - Iglesias en la tempestad


¿Un cristianismo más "moderno"?


          Pasamos ahora al tema del ecumenismo, a las relaciones entre las diversas confesiones cristianas.  Como ciudadano de un país multiconfesional como Alemania, Joseph Ratzinger escribió importantes contribuciones sobre este tema.  Ahora, en su nueva misión, no tiene menos presente el problema ecuménico.

Dice: «El empeño ecuménico, en este período de la historia de la Iglesia, es parte integrante del desarrollo de la fe».  Y de nuevo, en este tema —y tanto más cuanto más importantes son los asuntos—, se advierte en él una necesidad de precisión.  Ya en otra ocasión observaba: «Cuando se corre por un camino equivocado, se aleja uno de la meta».  En cuanto está de su parte, vigila, ejerce su "función crítica", convencido de que, al igual que en cualquier otro asunto, «también en el ecumenismo los equívocos, las impaciencias, la superficialidad, nos alejan de la meta en vez de acercarnos a ella».  Se muestra convencido de que «las definiciones claras de la propia fe sirven a todos, incluso al interlocutor», y de que «el diálogo puede profundizar y purificar la fe católica, pero no puede cambiarla».

Empiezo con una "provocación": Eminencia, hay quien dice que se está dando un proceso de "protestantización" del catolicismo.

La respuesta, como siempre, apunta al núcleo de la cuestión sin agazaparse en distinciones evasivas: «Depende de cómo se defina el "protestantismo". Quien hable hoy de la "protestantización" de la Iglesia católica, se referirá sin duda, en términos generales, a un cambio de eclesiología, a una concepción diferente de las relaciones entre la Iglesia y el Evangelio. Existe, de hecho, el peligro de semejante cambio: no es un mero espantapájaros montado por algunos círculos integristas».

Pero, ¿por qué precisamente el protestantismo —cuya crisis no es ciertamente menor que la del catolicismo— debería atraer hoy a teólogos y laicos que hasta el Concilio permanecían fieles a la Iglesia de Roma?

«Desde luego, no es fácil explicarlo.  Me viene a las mientes la siguiente consideración.  El protestantismo surgió en los comienzos de la Edad Moderna y, por lo mismo, está más ligado que el catolicismo a las fuerzas profundas que produjeron la era moderna.  Su configuración actual se debe en gran medida al contacto con las grandes corrientes filosóficas del siglo XIX.  Su suerte y su peligro están en su apertura a la mentalidad contemporánea. No es extraño que teólogos católicos, que no saben qué hacer con la teología tradicional, lleguen a opinar que hay en el protestantismo caminos adecuados y abiertos de antemano para una fusión de fe y modernidad».

¿Qué principios entrarían en juego en esa opinión?

jueves, 24 de abril de 2014

El Magisterio eclesial, transmite la verdad revelada y, por ello, no puede diluirse en razón de supuestos motivos pastorales - Card Joseph Ratzinger

A propósito de algunas objeciones
contra la doctrina de la Iglesia
sobre de la recepción de la Comunión eucarística
por parte de los fieles divorciados y vueltos a casar
(1)

Joseph Card. Ratzinger
 

 
La Carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre de la recepción de la Comunión eucarística por parte de los files divorciados y vueltos a casar, del 14 de septiembre de 1994, ha tenido eco vivaz en diversos lugares de la Iglesia. Junto a muchas reacciones positivas también se han oído no pocas voces críticas. Las objeciones esenciales contra la doctrina y la praxis de la Iglesia se presentan a continuación en modo simplificado.
Algunas objeciones más significativas —sobre todo las que se refieren a la praxis considerada más flexible de los Padres de la Iglesia, que sería la inspiración de la praxis de las Iglesias orientales separadas de Roma, así como la referencia a los principios tradicionales de la epicheia y de la aequitas canonica — han sido estudiadas profundamente por la Congregación para la Doctrina de la Fe. Los artículos de los Profesores Pelland, Marcuzzi y Rodríguez Luño (2) han sido elaborados en el curso de este estudio. Los principales resultados de esa investigación, que indican la dirección de la respuesta a las objeciones, también serán aquí resumidos brevemente.
 
1. Muchos sostienen, aduciendo algunos pasajes del Nuevo Testamento, que la palabra de Jesús sobre la indisolubilidad del matrimonio permita una aplicación flexible y no pueda ser encasillada en una categoría rígidamente jurídica.
Algunos exegetas ponen de relieve críticamente que el Magisterio, en relación a la indisolubilidad del Matrimonio, citaría casi exclusivamente una sola perícopa, o sea Mc 10,11-12, sin considerar otros pasajes del Evangelio de Mateo y de la Primera Carta a los Corintios. Estos pasaje bíblicos indicarían una cierta “excepción” a la palabra del Señor sobre la indisolubilidad del matrimonio, o sea en el caso de porneia (cf. Mt 5,32; 19,9) y en el caso de de separación por causa de la fe (cf. 1Cor 7,12-16). Estos textos serían indicaciones de que los cristianos, en situaciones difíciles, habrían conocido, ya en los tiempos apostólicos, una aplicación flexible de la palabra de Jesús.
A esta objeción se debe responder que los documentos magisteriales no pretenden presentar de modo completo y exhaustivo los fundamentos bíblicos de la doctrina sobre el matrimonio. Dejan esta importante tarea a los expertos competentes. El Magisterio subraya, sin embargo, que la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio deriva de la fidelidad a la palabra de Jesús. Jesús define claramente la praxis veterotestamentaria del divorcio como una consecuencia de la dureza del corazón del hombre. Yendo más allá de la ley, Cristo se remonta al inicio de la creación, a la voluntad del Creador, y resume su enseñanza con las palabras: «Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre» (Mc 10,9). Con la llegada del Redentor, se vuelve a instaurar el matrimonio en su forma original a partir de la creación y se sustrae al arbitrio humano, sobre todo al del marido, pues la mujer no tenía posibilidad de divorciarse. La palabra de Jesús sobre la indisolubilidad del matrimonio constituye la superación del antiguo orden de la ley en el nuevo orden de la fe y de la gracia. Sólo así el matrimonio puede hacer plena justicia tanto a la vocación de Dios al amor como a la dignidad humana, y constituirse en signo de la alianza de amor incondicionado de Dios, es decir, en un «Sacramento» (cf. Ef 5,32).
La posibilidad de separarse que Pablo señala en 1Cor 7, se refiere a matrimonios entre un cónyuge cristiano y un no bautizado. La reflexión teológica posterior ha dejado claro que únicamente los matrimonios entre bautizados son «Sacramento», en el sentido estricto de la palabra, y que la indisolubilidad absoluta caracteriza sólo a estos matrimonios que se colocan en el ámbito de la fe en Cristo. El denominado «matrimonio natural» funda su dignidad en el orden de la creación y está, por tanto, orientado a la indisolubilidad. Sin embargo, en determinadas circunstancias, puede ser disuelto a causa de un bien más alto, como es la fe. De este modo la sistematización teológica ha clasificado jurídicamente la indicación de San Pablo como «privilegium paulinum», es decir, como posibilidad de disolver, por el bien de la fe, un matrimonio no sacramental. La indisolubilidad del matrimonio verdaderamente sacramental permanece salvaguardada. No se trata, pues, de una excepción a la palabra del Señor. Volveremos sobre esto más adelante.
Acerca de la recta comprensión de las cláusulas sobre la porneia, existe abundante literatura con muchas hipótesis diferentes, incluso opuestas. No hay unanimidad entre los exegetas sobre esta cuestión. Muchos sostienen que se refiere a uniones matrimoniales inválidas y no a excepciones a la indisolubilidad del matrimonio. Sea como fuere, la Iglesia no puede edificar su doctrina y praxis sobre hipótesis exegéticas inciertas, sino que debe atenerse a la clara enseñanza de Cristo.
 
2. Otros objetan que la tradición patrística dejaría espacio para una praxis más diferenciada, que haría mayor justicia a las situaciones difíciles. A esté propósito, la Iglesia católica podría aprender del principio de «economía» de las Iglesias orientales separadas de Roma.

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