lunes, 4 de diciembre de 2017

La Virgen María - Mons. Tihamer Tóth - Cap. 4 María y las mujeres

LA VIRGEN MARÍA
Mons. Tihamer Tóth
Obispo de Veszprém (Hungría)

CAPÍTULO CUARTO

MARÍA Y LAS MUJERES

¿QUÉ ERA LA MUJER ANTES DE LA VIRGEN MARÍA? - ¿QUÉ ES LA MUJER GRACIAS A MARÍA? - ¿QUÉ ES LA MUJER SIN MARÍA?


De un hermoso lago de Italia, del lago Maggiore, emerge como un pequeño paraíso terrenal la Isola Bella, la «Isla Bella». Es de veras digna de tal nombre. Cuando, en la primavera, la nieve y el hielo cubren todavía los montes de los alrededores y en ellos está todavía inmóvil y muerta la naturaleza, en la Isola Bella ya florecen con plena hermosura los limoneros y naranjos y despiden las flores su fragancia.
En medio de la humanidad, cubierta con el hielo de un invierno espiritual, emerge la Virgen Madre, inmaculada, pura, «como azucena entre espinas» (Cantar de los Cantares 2, 2). Es la verdadera «Isla Bella», la bendita Isola Bella del alborotado lago de la humanidad, la Tierra bendita de la cual nos llegan la fuerza vivificante de la fe pura y la suave fragancia de la sana moral.
Qué significa el culto mariano para nuestra fe, cómo le comunica fuerza, vida, unidad y belleza, lo vimos en el capítulo anterior. En éste y en el siguiente quiero mostrar las fuerzas que brotan del culto mariano para nuestra vida moral. ¿Qué significa la Virgen María para las mujeres en general? —ésta será la cuestión que propondremos; y ¿qué significa para las madres?, será el tema del siguiente capítulo.
En éste dividiremos la materia en tres puntos: I. ¿Qué era la mujer antes de María? II. ¿Qué es la mujer gracias a María? III ¿Qué es la mujer sin María?

I
¿QUÉ ERA LA MUJER ANTES DE LA VIRGEN MARÍA?


Únicamente podrán apreciar lo que significa el culto mariano para la mujer quienes conozcan el concepto bajo, humillante, que se tenía de la misma en épocas anteriores a Jesucristo y la situación vergonzosa que consiguientemente se le señalaba.
¿Qué fue la mujer antes del cristianismo? La esclava del hombre.
Y no será fuera de propósito recordar ahora la degradación de aquella época en que brilló por primera vez ante los hombres la imagen de la Virgen Madre, triunfadora del pecado. Sabemos cómo en aquellos tiempos las olas de la inmoralidad eran pavorosas, que la hija de un emperador se puso entre las rameras, y que dio Herodes a una princesa, como galardón de un baile provocativo y sensual, la cabeza de San Juan Bautista.
Antes de la Virgen María el sexo femenino estaba enfermo, enfermo sin que lo supiera él mismo. Porque puede estar enferma una persona, ser fea y tener la cara llena de manchas, sin darse cuenta de ello, a no ser que tenga junto a sí a otra persona sana, bella y sin defecto alguno, que pueda servirle de norma para medir y valorar sus propios defectos. Pues bien, María brilló ante nosotros como la imagen ideal, que a todos nos llama la atención y nos advierte: «Estás enfermo, eres deforme, tienes manchas», y así nos invita calladamente a copiar su imagen incomparablemente bella, sin mancilla.
En la Virgen María el cristiano ensalzó a la mujer y la levanto sobre un pedestal, que ni antes ni después podía sospecharse. Y a medida que se iba propagando el culto mariano, se difundía también un concepto completamente nuevo de la mujer. El que se hacía cristiano y honraba a María, miraba con un respeto emocionado a todas las mujeres. Porque el culto mariano, si por una parte inculcaba a la mujer su propia dignidad y el aprecio de las cualidades realmente valiosas del sexo, por la otra despertaba también en los hombres una nueva forma de respeto, delicado y puro, aquella forma de pensar caballeresca cristiana que antes de Cristo no conocían aún los pueblos más cultos, y que hoy—por desgracia — empieza de nuevo a desconocer casi por completo la generación actual, tan alejada de Cristo.
¡Mujeres, doncellas! ¿Habéis meditado alguna vez cuánto debéis a esta Virgen Bendita, Madre de Dios? ¿Habéis pensado que desde que resonó en labios del Arcángel la primera Avemaría, están adornadas las sienes de la mujer con una corona invisible? ¿Y que cuando se oyó por primera vez el Avemaría se rompieron las cadenas de vuestra esclavitud? Porque ¿quién se atreve hoy a humillar a quien es hermana de la Madre de Dios?
No exagera el DANTE al llamar a María, en el canto XXIII del Paraíso, «rosa florecida bajo los rayos de Cristo», y al cantar de esta manera:
«¿Por qué te enamora mi faz de tal suerte, que no te vuelves hacia el hermoso jardín que florece bajo los rayos de Cristo? Allí está la Rosa en que el Verbo divino se encarnó; y allí están los lirios por cuyo aroma se descubre el buen camino... Y semejantes al niño que tiende los brazos hacia su madre después de haberse alimentado con su leche, movido del afecto que aun exteriormente se inflama, cada uno de aquellos fulgores se prolongó hacia arriba, patentizándome así el amor que profesaban a María.»
Examinemos ahora la segunda cuestión:

II
¿QUÉ ES LA MUJER GRACIAS A MARÍA?

A) Demos unos pasos por el ámbito de la literatura y de la historia, examinemos la vida de las mujeres más respetables; ¿encontraremos una siquiera cuya figura despida una corriente tan incesante de fuerza, aliento, alegría de vida, empuje, consuelo, como la Virgen Santísima? Si son humildes criaditas las que la miran, allí está la «esclava del Señor»; si son reinas las que le dirigen una mirada, se encuentran en presencia de la «Reina de los cielos»; si son almas atribuladas las que buscan alivio, la «Virgen de los siete dolores» las consuela; y si son almas que luchan con el pecado las que imploran auxilio, las ayuda la «Virgen Inmaculada».

a) El daño que Venus causó a la humanidad no pudo ser remediado, a no ser por María. Desde que las imágenes de la Virgen, adornan el santuario y lo más íntimo del hogar en las familias que se precian de ser cristianas, desde entonces la humanidad sabe respetar la completa e intacta virginidad antes del matrimonio, y en el matrimonio el pensamiento sublime de Dios: la dignidad de los padres, y también el don magnífico de Dios: los hijos.
Doquiera se encuentre una imagen de María, allí hay aliento, empuje hacia los más altos ideales. Y no pienso ahora en aquellos guerreros de fama universal que llevaban el rosario en la empuñadura de sus espadas, ni en nuestros mayores, aquellos heroicos húngaros que atacaban al turco llevando el estandarte de María. No es esto lo principal. Quiero enaltecer cien veces más que a todos los triunfos logrados sobre los turcos, aquellos millones y millones de triunfos invisibles, espirituales, que con ayuda de María
lograron tantísimas personas sobre los viejos enemigos del hombre, sobre los instintos que nos empujan al pecado.

b) Porque la Virgen María, toda pura, sólo puede ser honrada dignamente por el alma pura; y para seguir dignamente sus huellas se necesita una vida según el beneplácito de Dios.
Una vieja leyenda expresa este pensamiento de un modo admirable.
En el altar de un convento hay una imagen un tanto extraña de María: tiene rotas las dos manos. En otros tiempos la imagen estuvo intacta, pero fue mutilada después, en el fragor de la guerra; y dice la leyenda que ante la estatua, cuando estaba entera, se vieron atendidas muchas súplicas, pero que ahora, ante la estatua mutilada no se obran ya milagros; le faltan las manos a la Virgen para levantarlas a Dios rogando por los hombres.
Pero continúa la leyenda y dice que si un hombre se arrodillase ante la estatua y rezase de esta manera: «Virgen Santísima, Madre mía, aquí tienes mis manos; son tan limpias, tan suaves, tan incontaminadas que me atrevo a ofrecértelas para sustituir las tuyas...», entonces se reanudarían los milagros.
¿Sientes, lector amigo, el profundo simbolismo de la leyenda? El alma hundida en el pecado y las manos manchadas honran en vano a María. Primero hemos de lavar con lágrimas de arrepentimiento toda la suciedad que tienen pegada; y sólo después podemos atrevernos a mirar el rostro siempre puro, limpio, siempre bello de María.
Sí, porque toda su figura es apoteosis del espíritu que triunfa sobre la materia..., y ¿quién puede negar que los hombres necesitan urgentemente triunfar de los intereses materiales que ahogan toda espiritualidad? Nuestra terminología y nuestro ideario se amoldó a la tierra, y no sabemos expresarnos más que con términos de financiero, y en todos nuestros pensamientos, planes y trabajos falta siempre algo difícil de nombrar con palabras concretas: falta un alma que aspire a las alturas, ojos que miren más allá de la materia, un vuelo que no se contente con las posibilidades terrenas.

B) Y al hablar de la influencia del culto de María en la moral, es muy lógico que nuestros pensamientos vuelen espontáneamente a la figura de la de la Virgen Inmaculada, que robustece y defiende la pureza espiritual.

a) En Budapest, delante del Hospital de San Roque, hay una hermosa imagen de María con esta inscripción: «Tota pulchra es, Maria»... «Eres toda bella, oh María; y no hay en ti mancha original...»
¡No hay en ti culpa original! Es esto lo que significa la Concepción Inmaculada. Pero esta expresión: «Virgen Inmaculada» la entendemos también en otro sentido. La solemos aplicar a la vida completamente pura de María, a su pureza moral y espiritual. Y si en todo tiempo fue necesario proponer a los hombres el sublime y noble ideal de la pureza del alma, lo es también ahora, principalmente ahora, cuando en este problema el mundo anda del todo desquiciado.
Tiene la Religión de Cristo en este punto un magnífico lema: «Puros hasta el altar, fieles hasta la muerte»; una vida del todo pura y continente hasta el altar nupcial, y una fidelidad conyugal hasta que la muerte les separe.
Ahí está nuestro ideal...; pero, ¡ay! ¿Es posible cumplirlo aún hoy día? ¿Aún hoy, en medio de tanta corrupción moral?
Tal vez alguno me arguya: «Antiguamente no eran mejores los hombres.»
Realmente hubo en todos los tiempos hombres malos y hombres buenos; y no afirmo —porque sería sobrada candidez— que en los llamados «antiguos buenos tiempos » todo el mundo haya sido realmente un santo. Pero ¿sabéis cuál es la enorme diferencia entre lo pasado y lo presente? En los viejos tiempos al pecado se le daba el nombre de pecado, y para cometerlo se tenían que ocultar los hombres en la oscuridad. Pero ¿ahora? Los hombres excusan, más aún, pretenden justificar la caída moral, y en algunos casos hasta se hace ostentación de los desórdenes morales. Hoy día el pecado sale de su escondrijo y, desvergonzado, hace su trabajo a la luz del día. Sí, también hubo pecadores entre los antiguos, pero por lo menos se les daba este nombre.
¿Qué ocurre hoy? ¿Qué pasa en torno nuestro? La impureza hace estragos en los jóvenes y en adultos..., ¡y ni siquiera nos escandalizamos! El veneno se propaga por doquier… películas, anuncios, teatros, escaparates, libros… destruyendo la vida espiritual, la coherencia moral, la generosidad, la patria, el porvenir.
¿Quién puede servirnos de ayuda en este trance? ¿Quién puede oponerse esta corriente de degradación moral? ¿Quién puede tender la mano a los que están a punto de ahogarse? ¿Quién sino la Virgen Inmaculada, la sin mancilla, la Purísima? Contemplad una imagen de María, pintada por Murillo...; contemplad... iba casi a decir esta oración en colores. Mirad ¡qué bella es la Virgen! En torno suyo vuelan ángeles y admiran su hermosura. Pero no mira la Virgen hacia nosotros, ni hacia los ángeles, sino que clava la vista en las alturas, de donde bajan todas las luces que la envuelven. En aquel mar inaccesible de luz habita Dios, la pureza eterna; y María es la realización humana más perfecta de tal pureza. Y mientras contemplamos el cuadro, nuestras miradas se alzan también, pasan de María hacia las alturas, al «Padre de la luz», a la fuente inagotable y eterna de la pureza.

b) Y solamente ahora comprendemos de veras lo que nos enseña la Virgen Inmaculada revestida del sol y coronada de doce estrellas. Nos enseña el camino de la verdadera grandeza. No lo que pregona al mundo. Porque también el mundo tiene su Evangelio propio y su Credo peculiar. Su Evangelio reza de esta manera: Sed como Dios, omniscientes y todopoderosos, y poned vuestro trono por encima del cielo. Y su Credo es como sigue: Creo, pero únicamente en mí mismo.
Mas he ahí que resuena el Evangelio y el Credo de la Inmaculada: ¿Quieres de verdad ser grande? Es un deseo natural, un deseo antiguo que anida en cada hombre. La cuestión está en esto: ¿te contentas con las apariencias o anhelas la realidad? ¿Quieres ser grande a fuerza de rebeldía, o a fuerza de obediencia? ¿Por medio del orgullo o por medio de la gracia? ¿Sólo quieres ser hombre, o también cristiano? Son hombres aquellos en cuyos cuerpos habita el alma; y cristianos aquellos en cuyas almas habita Dios. El cuerpo en que no hay alma, no es hombre vivo, sino cadáver en vías de putrefacción; y el alma en que no habita Dios, no es alma viva, cristiana, no es alma divina.
Y, sin embargo, el Hijo de Dios —dice SAN AGUSTÍN— se hizo hombre para que pudiera el hombre ser dios. Y ahí está el valor más profundo del cristianismo, y esto es lo que nos enseña la imagen de la Inmaculada, al invitarnos a nosotros, hechos de barro y fango e inclinaciones vergonzosas, a subir hacia las alturas divinas: «A todos los que le recibieron, (a Cristo), a los que creen en su nombre, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1, 12). Y aun cuando el cristiano transformase toda la tierra en paraíso, aunque hiciera cesar todos los males, sufrimientos, miseria y muerte, con todo no sería más que metal que suena o campana que retumba si no pudiera producir el cambio maravilloso, santo, que supone levantar al hombre mezquino, mortal, de continuos tropiezos, y hacerlo «participar de la divina naturaleza» ().
Y para poder creer esta dicha inefable, para podernos convencer de esta posibilidad, basta levantar los ojos a la Inmaculada, la cual, siendo criatura, limitada, terrena, vivía del todo en Dios y vivía por Dios. ¡Mira cómo llena su alma el océano de la vida sobrenatural! ¡Mira cuán invencible se hizo su alma por la fuerza que le comunicaba la unión con Dios! ¡Mira cómo brilla su rostro por las luces de la cercanía de Dios! Dios te salve, llena de gracia. Dios te salve, llena de Dios. Dios te salve, tú, que tienes por corona las estrellas, por vestido el sol y posas tus plantas sobre la luna.
¿No sientes que a nuestro mundo pecador, agotado, moribundo, sólo pueden salvarlo y sustraerlo al castigo de Dios los que son realmente hijos de la Inmaculada? ¿De la Virgen María, llena de gracia, llena de santidad, llena de Dios?
Existe una imagen mariana del siglo VI, procedente de Rusia: María está erguida en un mar de rayos; y en su pecho, en el sitio de su corazón, se dibuja Cristo, como sol, como hostia rodeada de haces de luz. ¿Qué es lo que quiere expresar? Que el corazón de María estaba ocupado por Cristo, allí vivía El, y así María era un ostensorio, un tabernáculo vivo. Por fuera María..., por dentro Jesús. Por fuera hombres..., por dentro Jesús. Por fuera un estudiante más, un empleado, obrero, juez, maestro, ingeniero, costurera,
ama de casa..., por dentro Jesús.
Y realmente, ¿quién podría contar los millones y centenares de millones de jóvenes y adultos, de pequeños y grandes, que, aun en medio de fuertes tentaciones, fueron preservados por el culto de María, por la Virgen Purísima?

III
¿QUÉ ES LA MUJER SIN MARÍA?

Después de lo dicho, nadie puede dudar cuál haya de ser nuestra contestación a la tercera pregunta que propusimos al principio del capítulo. No cabe ni sombra de duda: si se suprimiera el culto mariano, la corrupción moral de la sociedad se recrudecería y la mujer caería nuevamente en un estado precario.

A) Cuanto más espantoso sea el desenfreno moral de nuestra época, y cuanto más se asemeje a la inmoralidad del antiguo paganismo, tanto más hemos de mirar con redoblada confianza a la Virgen Madre, que nos alienta a vivir una vida más limpia y más dichosa.
¿Sabes cuál es el mayor defecto en este mundo moderno? Que faltan en medio de nosotros mujeres del tipo de María, mujeres dignas de recibir la salutación angélica. Abundan las mujeres atrevidas, provocativas, licenciosas, que no hacen más que pregonar la vaciedad de sus almas...,
¡Qué denigrantes teorías se propalan respecto de la mujer, contra la maternidad, contra los hijos! ¡Salas de baile..., concursos de belleza..., modas indecentes..., playas..., matrimonios a prueba..., matrimonios de week-end..., por todas partes inmoralidad y podredumbre espiritual!
¿Cómo podremos remediar todo esto? Propagando la devoción a la Virgen María.

B) Cuando la mujer pierde su pureza y la vida espiritual, su mejor «yo», se apaga también en los varones el respeto de la mujer, y como consecuencia triunfa la animalidad desenfrenada.
Conforme se mantiene la mujer, queda en pie o se derrumba la vida humana. Donde la mujer se rebaja a objeto de placer, impera los instintos naturales, la vida de los sentidos; pero cuando la mujer imita la delicadeza y pudor de María, allí florece la verdadera cultura, la dignidad humana. Cuando la mujer pierde su manera de ser delicada, su pudor, su auto estima, el hombre pierde su respeto hacia ella, y comienza la ruina de la sociedad.
El que haya todavía mujeres —y con abundancia, ¡gracias a Dios!— que tratan de imitar las virtudes de la Virgen María, sosteniendo la vida familiar, dando la vida por sus hijos… es una bendición para la sociedad, un signo de verdadera cultura. Porque la cultura humana tiene su más bella flor en el culto a María? «Cultura» significa «refrenar las fuerzas salvajes». Y si esto es así, entonces podemos afirmar sin temor que todo el conjunto de los
inventos técnicos no valen tanto para la verdadera cultura humana como el culto de la «Virgen Inmaculada», de la «Virgen Purísima»

* * *

Cuanto más virulento sea el ataque que nos dirija el espíritu del nihilismo moral, del materialismo y neopaganismo, tanto más hemos de levantar nuestros ojos confiados con ardientes anhelos hacia la Virgen María, llena de gracia. Y cuanto más nos abrume la corrupción del mundo, con tanto más fervor hemos de dirigir nuestras súplicas a nuestra Madre.
Madre Bendita, ruega por nosotros. Danos la fuerza para saber enfrentar, decidida y valerosamente, tantos ataques y burlas contra nuestro ser de cristianos.
Extiende sobre nosotros tu manto protector para que haya entre nosotros jóvenes de mirada limpia como la tuya. Ayúdanos para que las chicas jóvenes sepan apreciar la alta dignidad en que tú las has colocado. Ayúdanos para que nosotros, tus hijos fieles, seamos también «Isola Bella», «Isla Hermosa», en medio de tantos huracanes desatados de corrupción moral...
Oh Virgen María, concebida sin pecado, ruega por nosotros,

sé nuestro refugio y amparo.

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