martes, 5 de diciembre de 2017

La Virgen María - Mons. Tihamer Tóth - Cap. 5 María y las madres

LA VIRGEN MARÍA
Mons. Tihámer Toth
Obispo de Veszprém (Hungría)

CAPÍTULO QUINTO

MARÍA Y LAS MADRES

¿QUÉ BIENES CAUSA ENTONOS NOSOTROS LA MATERNIDAD DIVINA DE MARÍA? - ¿QUÉ DA A LAS MADRES LA DIGNIDAD MATERNA DE MARÍA?


Un día del año 491 antes de Cristo corrió por Roma una noticia espantosa, que dejaba la sangre helada de espanto. La noticia era que Coriolano, el patricio más orgulloso de Roma, condenado a destierro por el pueblo, se había pasado al enemigo, al enemigo más encarnizado de los romanos, a los volscos, y capitaneándolos, lo devastaba y quemaba todo, y ya estaba llegando a las puertas de la ciudad, ebrio de venganza.
La noticia era cierta... Estaba Coriolano al frente del enemigo y a las puertas de Roma. La ciudad, presa del mayor pánico, envió una comisión compuesta de los más distinguidos patricios, para aplacar al antiguo compañero, herido en lo más vivo. En vano: ni siquiera les dejaron entrar en el campamento. Entonces se nombró otra comisión, presidida por el sacerdocio romano: también inútil.
Por fin se pidió con vivas instancias a la anciana madre de Coriolano que fuese a su hijo para aplacarlo. Y lo que no había conseguido la elocuencia de los patricios, ni la súplica de los sacerdotes, lo consiguió Veturia, cuyos ruegos conmovedores impresionaron al hijo hasta el punto de hacerle cambiar de propósito y conducir de nuevo al enemigo lejos de las murallas de
Roma... El odio ciego del hijo pagano se amansó por la débil voz de una mujer, porque aquella voz era... la voz de su madre.
Nosotros sabemos por experiencia, que la voz de las madres tiene una fuerza bendita irresistible. Por este motivo a nadie ha de sorprender que nosotros los católicos miremos con orgullo santo y ardiente ternura a María, Madre de Dios y Madre nuestra, desde aquel momento en que su divino Hijo, moribundo en la cruz, nos la dio, encargándole al mismo tiempo a ella que nos tratara como hijos.
Ella es la que nos conforta y nos infunde esperanza en medio de nuestras luchas.
En este capítulo estudiaremos desde otro punto de vista el culto mariano: Veremos a la Virgen María como Madre. En dos puntos podemos agrupar los pensamientos del capítulo: I. ¿Qué bienes causa en todos nosotros la dignidad materna de María? II. ¿Qué da principalmente a las madres?


I
¿QUÉ BIENES CAUSA ENTONOS NOSOTROS LA MATERNIDAD DIVINA DE MARÍA?

A) Si meditamos con detención el papel que desempeñan las madres en la historia de la humanidad, no podrá ya sorprendernos el puesto altísimo que ocupa la Virgen Madre dentro de nuestra fe católica, antes al contrario, lo consideraremos natural, justo, bello y necesario.

a) ¡Qué triste condición la de una familia que perdió a la madre! El padre puede ganar el sustento para los hijos; pero falta la madre, que con un corazón afectuoso y un sentido de piedad dirija la educación de los mismos. Los niños necesitan más tiempo, a la madre que al padre.
Pues bien: esa elemental necesidad se siente no sólo en la vida de familia, sino también en la vida religiosa de la comunidad, y el Señor quiso atender precisamente a este sentimiento al darnos a María por Madre, Madre celestial de todos los fieles. Puso como eslabón que nos uniese a El y nos uniese a nosotros mismos con lazo mutuo a la Virgen Santísima, para que, como en todas las familias, fuese también en la suya, en su familia grande, misteriosa, en su Iglesia, el corazón materno y el amor materno quien nos uniera.
La misión de la Virgen María no se limita, pues, a dar cuerpo al Verbo. Su misión eterna y providencial, su misión de madre prosigue, según la voluntad de Cristo, expresada en el testamento que nos dio desde la cruz...; sigue siendo madre mientras haya cristianos en la tierra. Y como las madres educan, defienden y enseñan a sus hijos, así nos educa, defiende y enseña también a nosotros la Santísima Virgen. Cuando acaricia al Niño Jesús nos
acaricia también a nosotros; cuando le defiende a El nos defiende a nosotros. Esto no es mero sentimiento piadoso, es herencia santa. Es una herencia que nos viene de Cristo en la cruz, cuando mirando a San Juan dijo a María: «Ahí tienes a tu hijo.» Y volviéndose a San Juan, y a todos nosotros en su persona, nos dijo: «Hijo, ahí tienes a tu madre.»
Necesitábamos una persona que fuera como nosotros, compuesta de carne y sangre, como nosotros...; pero que, con todo, nos fuera superior, fuera más excelsa, más pura, más santa; necesitábamos a la Virgen Santísima. Necesitábamos una criatura, cuyo espíritu no fuera como el nuestro, una pendiente roqueña calcinada por el sol, sino un vergel florido; que no fuera escondrijo tenebroso, sino brillante luz de estrellas; no pantano lleno de cieno, sino fuente cristalina; cuya vida no una vida en zigzag, llena de tropiezos, sino camino recto hacia Dios; una persona su dulce sonrisa nos alentar y dijera: ¡Hombres, hermanos míos, mirad a qué grandes alturas levanta el Señor a los humildes; mirad a qué admirable grandeza eleva a todos los que se dan por completo a El!
De esta Madre purísima, sin mancilla, leemos que se fue con su hijito al templo de Jerusalén, y se sometió a las ceremonias de la Purificación. ¡Qué humildad! ¡Qué obediencia a los preceptos de Dios! ¡Qué ejemplo para nosotros! ¡Cómo nos fortalece y alienta!

b) Es un hecho conocido que la familia se mantiene mientras vive la madre, que es su centro. Quizá los hijos se casaron ya hace tiempo, quizá tengan ya su propia familia; pero mientras vive la madre, la familia conserva su fuerza de cohesión. Y si muere la madre, empiezan los hijos a verse más raras veces, apenas si se encuentran, cada cual va por su propio camino, porque falta ya el centro de unión, ha muerto ya la madre.
Esto sucede no sólo en las pequeñas familias humanas, sino también en la gran familia de la Iglesia. ¿No vemos cómo se dividen y disuelven cada vez más las confesiones religiosas separadas que, si bien dicen seguir a Cristo, no conservan ya el culto de María?
¡Qué gratitud debo a Dios por haberme concedido la gracia de nacer en una religión en que Dios es nuestro Padre, Cristo nuestro hermano y la Virgen María nuestra Madre celestial, la cual une con amor ya en este mundo a los miembros de la familia de Dios!

B) Qué gran atracción ejerce sobre los no católicos el culto a la Virgen María. Basta visitar una iglesia atestada de fieles en el mes de mayo. ¡Cuántos son los que acuden al Mes de María! ¡Cuán numerosos los que acuden a nuestra casa para honrar a la Virgen Madre!
Y se comprende bien, porque es una cosa muy humana. En una familia todos se juntan para honrar a la madre.
Por otra parte, ved lo que me escribió un hombre curtido por la vida:
«La vida me ha zarandeado mucho. Me despojó del padre y de la madre, de los hermanos; todos están ya en la patria eterna. Desde la edad de catorce años soy huérfano y echo de menos el amor de mi madre terrenal.
Y con todo, no soy huérfano...; por lo menos, nunca me he sentido tal, porque ya en mi tierna niñez amaba con delirio a la Virgen Madre, y puedo afirmar con verdad que siempre me alentó su grandísimo amor maternal; he sentido sus caricias que me sostenían en los momentos de tristeza. La Virgen María me ha acompañado siempre. Siempre ha estado a mi lado; nunca he
tenido motivos para quejarme, porque nunca me faltó su amor maternal. Siempre me sentí seguro entre sus brazos. En todos mis males, en todos mis sufrimientos y dolores, siempre ha estado Ella junto a mí y nunca me dejó solo.»
Pues bien: si es el corazón materno el que comunica calor al hogar, entonces la Iglesia necesita también el calor del corazón materno. Por esto tiene tal fuerza de atracción el culto de nuestra Madre celestial.
«¿Tú quieres honrar únicamente a Cristo y no quieres preocuparte de María? No lo conseguirás. Tendrás que cerrar los ojos para no ver a María, y ni aun así lo has de lograr.
¿Quieres adorar al Niño divino, al dulce Jesús? Levanta tus ojos a El: ¿qué ves? A la Virgen Madre, que lo tiene en sus brazos.
¿Quieres seguir al Niño Jesús cuando huye a Egipto? Alza tus miradas a El, ¿qué observas? Lo cuida la Virgen Madre.
¿Quieres conversar con Jesucristo clavado en la cruz? Míralo bien: ¿a quién ves al pie de la cruz? A la Madre de Jesús.
¿Quieres besar las llagas del Cristo muerto, por las cuales brota la sangre redentora? Mira su cadáver, ¿dónde lo encuentras? En el regazo de María.
¡Qué dicha para nosotros el que Dios no haya puesto sus gracias en la bóveda celeste, como las estrellas...!; de allí no podríamos bajarlas; ¡qué dicha el que no las colocara como perlas preciosas en el fondo del mar!..., de allí no podríamos extraerlas. Las puso en las manos abiertas de María, su dulce Madre, donde mana con abundancia la fuente de las divinas mercedes y cae sobre sus fieles.» (FULHABER.)

II
¿QUÉ DA A LAS MADRES LA DIGNIDAD MATERNA DE MARÍA?

Si todo creyente siente encenderse su caridad al contacto del corazón materno de María, no hay duda que las madres son las mayores beneficiadas.
Esta es, pues, la segunda cuestión del capítulo: ¿Qué da la Madre de Dios a las madres de los hombres?
Nuestra respuesta es una frase sencilla, pero profunda. Realmente decide toda la suerte de la humanidad: El culto de la Madre de Dios defiende y corrobora el respeto que se debe a la dignidad materna.
Sólo podemos conocer todo lo que significa para las madres el culto mariano si: A) Conocemos por una parte la misión que, según designios de Dios, han de cumplir las madres en la historia de la humanidad; y B) Si conocemos además el concepto cínico que hoy día se tiene del respeto a la dignidad materna.

A) ¡La mujer como madre! La voluntad admirable y santa del Dios Creador colocó junto al primer hombre a la primera mujer y, bendiciendo su matrimonio, les dijo: «Creced y multiplicaos, y llenad la tierra, y sometedla» (Gen 1, 28). Esto es lo que dijo Dios a la primera pareja: y, en consecuencia del mandato divino, la misión más hermosa y la dignidad más excelsa de la mujer es: o consagrarse por completo al servicio de Dios en el santuario de la vida consagrada, o ser madre en el santuario de la familia.
La mujer alcanza la plenitud, el cenit de su vida terrena, en la maternidad. Llegando a ser madre demuestra la mujer que no puede pasar el mundo sin ella. Podemos prescindir de todo lo demás que haya en ella..., menos de esta función maternal. El mundo podría sostenerse, aunque las mujeres no supiesen guisar, lavar, coser, gobernar la casa con tanta perfección, aunque las mujeres no supiesen conversar con tanta gracia, bailar con tanta distinción y sonreírse con tanta finura; pero no si no supieren ser
madres. La mujer, en su calidad de madre, puede revelar sus valores más preciosos; y de ahí que podemos medir con justo título el valor verdadero de una mujer por sus hijos y por la buena educación de los mismos.

B) Y si es así, si es verdad que los hombres no pueden ser santos cuando tienen el corazón enfermo, y si el corazón de la humanidad es la familia, y el corazón de la familia es la madre..., entonces ha de causarnos espanto ver cómo en la humanidad actual, sobre todo entre la generación joven, cunde un concepto frívolo y humillante de la misión más bella que Dios dio a la criatura: la dignidad materna. Se hiela la sangre en el corazón al ver con qué desfachatez se habla sobre este punto en los distintos ámbitos de la sociedad.
a) El mal es ya tan general, que los hombres más responsables buscan, alarmados, el remedio. Hace algunos años casi todos los países celebraron en el mes de mayo el «día de las madres», destinado a levantar la dignidad materna en la familia, ante los hijos, en la vida pública. Ensalzaron
con fiestas esta dignidad.
Es buena la intención..., pero incierto el resultado.
Nosotros, los católicos, no necesitamos un día especial de las madres. Nuestro culto a la Virgen Madre ya es un homenaje continuo a la dignidad materna. Si María no hubiera sido madre, si no hubiese tenido por hijo a Jesús, entonces hoy nadie sabría nada de ella; toda la dignidad de María viene de su maternidad. Pero de la dignidad de Madre de Dios que tiene María irradia la excelsa dignidad de todas las madres. Nosotros no necesitamos un día especial, un día marcado anualmente, un «día de las madres», porque no hay en el año un solo mes en que una u otra fiesta mariana no pregone la dignidad de las Madres: en enero, la fiesta de la Sagrada Familia; en febrero, la Purificación; en marzo, la Anunciación; en abril, el Viernes de los siete dolores; en mayo y en octubre, todo el mes; en julio, la fiesta del Carmen; en agosto, la Asunción; en septiembre, la Natividad de María; en noviembre, la Presentación; en diciembre, la Concepción Inmaculada. ¿Qué falta nos hace un «día de las madres»?
No sólo en esta cuestión, sino también en otras muchas, vemos con orgullo que cuanto anhela el alma humana en lo más hondo de su ser lo encuentra todo en la santa Iglesia católica... El hombre anhela llegar a Dios...; ahí tenemos el Santísimo Sacramento. Quiere arrojar de su alma el peso de sus pecados...; ahí está la confesión. Pretende ayudar a las almas de sus amados difuntos...; ahí está la fe en la comunión de los santos. Se afana por honrar la dignidad materna...; ahí está el culto a María.

b) ¿Es posible imaginarnos de un modo más sublime la dignidad materna, que mirando esta imagen: el Niño Jesús en brazos de María? ¡Qué himno de alabanzas entonan a la dignidad materna todas las imágenes de María!
Hoy apenas podemos comprender el concepto que tenía el mundo de esta dignidad antes de Jesucristo... Es decir..., hoy día, en este mundo nuevamente pagano, vemos otra vez a qué extremos llega en esta cuestión el sentir general si se prescinde de Cristo. Acaso no estén lejos los tiempos en que se escriban nuevamente cartas como la que escribió en el año de nacer Cristo un obrero egipcio de Alejandría a su esposa, que aguardaba un
niño: «Si es varón, consiento que viva; si es mujer, hay que abandonarla.»
Así, sencillamente así: ¡Hay que abandonarla! ¡Qué terrible sima del paganismo! Por María supo la humanidad que un hijo es una «bendición de Dios». Y el que honra hoy a la Virgen María no ve una maldición en el niño, no mira en él un intruso que acarrea molestias y es recibido de mal grado. He ahí cómo en tiempos de la epidemia terrible del aborto provocado, cuando la supresión de los hijos aún no nacidos esta llevando al suicidio de las naciones, adquiere un significado inmenso el culto de María.
De nada tenemos más necesidad que de madres que cumplan con fidelidad los graves deberes de la vida conyugal. Casi podría decir: Este será el futuro tipo de santidad de la mujer, porque es lo que más necesitamos. Las mujeres santas de la primitiva Iglesia salieron de las filas de los mártires, porque a la sazón lo que más necesitaba la Iglesia era la confesión abierta de la reciente fe cristiana.
Más tarde, las mujeres santas salieron principalmente de las filas de las vírgenes, porque lo que se necesitaba entonces eran ejemplos de consagración exclusiva a Cristo frente a la vida desenfrenada del mundo.
Pero ¿ahora? ¿Qué es lo que ahora más necesitamos? ¿Qué es lo que más hoy se ataca del cristianismo? La vida conyugal, la vida de familia, según el espíritu de Cristo. Así, pues, la madre que cumple de un modo perfecto los deberes de la vida conyugal... es el nuevo tipo de santa que reclama esta humanidad a punto de extinción.

* * *

Hemos tratado de María y de las madres. En esta época en que las mujeres menosprecian la dignidad materna, ¿es posible ofrecer una imagen de más actualidad para adornar los muros de los hogares cristianos que la de la Virgen María, que muestra en sus brazos al Niño Jesús? ¿Podrá subsistir un pueblo cuyos hogares —como fríos cementerios— se vean sumidos en el
silencio, por falta de niños?
Donde se honra a la Virgen Madre, allí se honra también el misterio admirable que estas palabras encierran: «madre e hijo». Porque desde que en Belén aquella Madre bendita dio a luz a nuestro Redentor, la dignidad materna sube ante nosotros a las alturas de la santidad; y desde que los labios de Cristo pronunciaron mil y mil veces la dulce palabra de «Madre», dirigiéndose a María, desde entonces es santo para todos nosotros el nombre de «madre».
Digamos, pues, abiertamente, con claridad y con tesón: el mundo actual pide madres. No necesitamos mujeres que hagan proyectos de leyes, que hablen en público, que se reúnan en conferencias..., cuando en su hogar las habitaciones están vacías por falta de niños.
No necesitamos mujeres que siempre estén en la calle, trabajando, divirtiéndose..., mientras abandonan el cuidado de sus hijos.
Nosotros necesitamos madres que, sin asomo de queja, saben velen sobre la formación de sus hijos. Madres, que sean las primeras catequistas de sus hijos, que les enseñen a rezar. Necesitamos madres que sepan ser la bendición de Dios en sus hogares.
Madre nuestra, Madre de Jesús, pide a tu divino Hijo que nos

dé madres como éstas.

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