domingo, 3 de diciembre de 2017

La Virgen María - Mons. Tihamer Tóth - Cap. 3 María y nuestra fe

LA VIRGEN MARÍA
Mons. Tihamer Tóth
Obispo de Veszprém (Hungría)

CAPÍTULO TERCERO

MARÍA Y NUESTRA FE

CULTO MARIANO ROBUSTECE NUESTRA FE - EL CULTO DE MARÍA VIVIFICA NUESTRA FE - EL CULTO MARIANO COMUNICA UNIDAD A NUESTRA FE - EL CULTO MARIANO EMBELLECE NUESTRA FE



Cerca de Nazaret, la humilde aldea en que tantos años pasaron Jesús y la Virgen María, hay una fuente; los habitantes del pueblo la llaman «Ain Marjam»: «Fuente de María»; y la tradición popular afirma que María sacaba el agua en aquella fuente. Aún hoy día es la mejor fuente de toda la región; a ella van por agua todos los habitantes de los alrededores. Llevan sobre la cabeza el cántaro de barro. Así llevan a casa el agua.
«¡Ain Marjam!» «¡La fuente de María!» Es una expresión muy propia para nuestro propósito. Las mujeres de Nazaret encuentran el refrigerio corporal en el agua que sacan de la fuente de María y adquieren con ella fuerzas para sus faenas diarias; nosotros, los cristianos que vivimos distribuidos por toda la redondez de la tierra, obtenemos el refrigerio espiritual que necesitamos —entusiasmo, magnanimidad, pureza, consuelo— de la fuente abundante del culto mariano.
Las mujeres de Nazaret llevan hábilmente sobre su cabeza el hermoso jarro de arcilla, lo llevan sin dejarlo caer, y llegan a casa con su preciado tesoro, el agua fresca; nosotros también llevamos un vaso de barro, nuestro cuerpo, y en él guardamos un precioso tesoro, nuestro espíritu inmortal; hemos de llevarlo por los caminos de la vida de modo que no sufra detrimento, que podamos conservarlo puro, incólume, sin fracturas ni rasguños, hasta llegar a la patria celestial.
Cómo nos ayuda en ello la verdadera «Ain Marjam», el culto mariano, será el tema de los siguientes capítulos. Cómo el culto de la Virgen María fortalece nuestra fe, será el objeto del presente. En los que sigan estudiaremos este otro punto: Cómo nos ayuda y fortalece a nosotros en las luchas de la vida moral.
María y nuestra fe —es el tema de este capítulo. ¿Qué recibe nuestra fe del culto mariano? —es la cuestión que propongo. Y contesto con estas cuatro palabras: Recibe I. fuerza, II. vida, III. unidad, IV. belleza.

I
CULTO MARIANO ROBUSTECE NUESTRA FE


Es característico de la Sagrada Escritura no hablar con ampulosidad. Narra cosas grandes con brevedad y sencillez, aún más, regularmente cuando más concisa se muestra es precisamente al pregonar las mayores verdades. De las relaciones que tiene la Virgen María con nuestra fe, de cuanto podamos aprender de ella en punto a creencias, la Sagrada Escritura no habla más que con dos frases breves.
Encontramos dos notas sencillas, al parecer insignificantes, pero, en realidad, extraordinariamente profundas, tocantes a la Virgen, en el segundo capítulo del Evangelio según SAN LUCAS. El evangelista describe cómo los pastores, al volver del establo de Belén, cuentan por doquier los acontecimientos de Navidad. «Y todos los que supieron el suceso, se maravillaron igualmente de lo que los pastores les habían contado. María, sin embargo, conservaba todas estas cosas dentro de sí, ponderándolas en su
corazón» (Lc 2, 18-19). Y al final del mismo capítulo, donde leemos que Jesús, a los doce años, volvió del templo, anota el evangelista: «En seguida se fue con ellos, y vino a Nazaret, y les estaba sujeto. Y su madre conservaba todas estas cosas en su corazón» (Lc 2, 51).
De modo que hace constar el evangelista dos veces que la Virgen no sólo cuidaba corporalmente al Niño Jesús, sino que también quiso educar su propia alma para que sirviese más dignamente al Verbo divino hecho carne. Recogía con esmero cada palabra, cada suceso, cada impresión y solícitamente los conservaba. Iba rumiando todos los acontecimientos maravillosos, la anunciación del ángel, la noche de Navidad, las palabras de los pastores y de los magos, la profecía de Simeón y Ana, los primeros balbuceos del Niño Jesús, todas sus miradas, todos los trabajos de su mano... Los rumiaba, los meditaba y los conservaba con sumo cuidado en el tesoro de su alma.
Ahí tenemos, pues, la primera enseñanza: el esmero y sacrificio con que María conservaba su fe firme.
Porque no hemos de imaginarnos que la fe no le pidiese también a ella —como a todos nosotros— sacrificio, fatiga, esfuerzo. No digamos que a María le resultaba fácil creer, ya que vivía junto a Jesús. ¡También ella tuvo días nublados, como los tenemos nosotros! Y si de vez en cuando nos detenemos con incertidumbre ante uno que otro acontecimiento de nuestra vida o ante uno u otro de los dogmas de nuestra fe, acordémonos de que el evangelista consigna lo mismo tocante a María y a José: «Mas ellos no comprendieron el sentido de su respuesta» (Lc 2, 50).
He ahí cómo María también tenía que cultivar su fe. Sus ojos, a pesar de su pureza, no eran capaces de atravesar todos los velos que cubren los santos misterios de nuestra fe. Pero María aceptaba con fervor lo que sabía de los misterios de su Hijo divino, y con la misma humildad de corazón aceptaba también aquello que no entendía. Mientras iba observando con espíritu contemplativo todas las palabras, todos los actos y manifestaciones de su Divino Hijo, nos enseñaba el camino más seguro para conservar y robustecer nuestra fe.

* * *

El culto de María robustece nuestra fe, porque sólo adorando a su divino Hijo se puede honrar a María; por tanto, es natural que los fieles devotos de María tampoco pierdan su fe en su divino Hijo.
Hay quienes no saben perdonarnos el que después del Padrenuestro recemos con tanta devoción el Avemaría. Pues yo pregunto a estos tales: ¿Creéis, acaso, que nosotros rezamos menos Padrenuestros por añadir el Ave?
Hay quienes se escandalizan cuando ven en nuestras iglesias tantos cirios junto a las imágenes marianas. Pues yo les pregunto: ¿Dejamos, acaso, sumidas en la oscuridad las imágenes de Cristo? No, no puedo creer que si Jesucristo apareciera hoy en forma corporal entre nosotros —aquel Cristo que durante los treinta años de su vida oculta honró a su Madre, la Santísima Virgen, con piedad y obediencia, como nunca honró un hijo a su madre— nos
reprendería diciendo: «Dejad al punto el rezo del Avemaría, y apagad en seguida los cirios que arden ante las imágenes de mi Madre.»
No. Cristo no diría esto. Sino que, señalando a María, nos diría con toda seguridad: «Ahí tenéis a vuestra Madre.» Y quien está cerca de la Madre no puede estar lejos del Hijo.
¿A quién se le oculta en qué grado necesita el hombre moderno los desvelos de la Virgen para conservar la fe?
Hoy día, cuando con tanta facilidad se apega el hombre a este mundo perecedero, podemos alegrarnos de podernos dirigir a María diciéndole con el DANTE, el poeta insuperable del cristianismo: «Reina, que puedes hacer todo cuanto quieras, conserva vivo en mí el deseo de la eternidad y haz que tu protección venza en mí la atracción de lo perecedero.»

II
EL CULTO DE MARÍA VIVIFICA NUESTRA FE

María conservaba la fe dentro de su corazón, y esta fe iba moldeando su alma. Esta fe viva de María es la segunda lección importante para nosotros. El reino de Dios —dijo en cierta ocasión el Señor— «es semejante a la levadura, que tomó una mujer y la revolvió en tres medidas de harina, hasta que hubo fermentado toda la masa» (Lc 13, 21). Con ello nos enseña que nuestra fe ha de ser la levadura que fermente toda nuestra vida. El Evangelio dice que la Virgen María no solamente tomaba nota de los acontecimientos de la vida de Jesús y de las palabras del Señor, sino que además iba «ponderándolas en su corazón» (Lc 2, 19), es decir, al orar y trabajar, al descansar y estando atareada, pensaba en ellos continuamente, y conforme los mismos moldeaba su vida. Así como fue María quien dio cuerpo al Hijo de Dios bajado a la tierra, en la vida de María fue donde tomaron cuerpo con la mayor perfección posible las enseñanzas de su Hijo divino.
a) Nunca hubo ni habrá un hombre que en su alegría y en su dolor, en sus anhelos y planes, en sus virtudes y sacrificios haya sabido reflejar con tal fidelidad el espíritu del cristianismo como la Virgen María.
El mismo Jesús dio testimonio de ello.
En cierta ocasión, una mujer que le seguía entre la multitud, viendo las obras maravillosas del Señor, y oyendo sus palabras divinas, exclamó con entusiasmo: «¡Bienaventurado el vientre que te llevó, y los pechos que te alimentaron!» (Lc 11, 27). Y el Señor le contestó: «¡Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios, y la ponen en práctica!» (Lc 11, 28). Jesús no contradice a la mujer, todo lo contrario, amplía el sentido de sus palabras. No dice que no hay motivo de alabar a su Madre, sino que realmente tal motivo es doble. Primero, porque por su maternidad está unida
con El con lazos de sangre; segundo, y el más poderoso, porque por su fe tiene con El un parentesco espiritual, porque conservaba en el corazón Sus palabras (Lc 2, 19, 51) mejor que cualquiera de sus discípulos.
En el primer punto no podemos imitar a María. Pero sí en el segundo. Sabemos muy bien cómo el camino más seguro para el que quiere seguir a María, ser digno de ella y parecérsele, es la fe ardiente, abnegada, viva, en Jesucristo. Fe que no es mera palabra ni mero sentimiento, sino también, y principalmente, vida y fuerza divina que transforma nuestra vida propia.
Fijémonos en lo que María dice a los criados en las bodas de Caná. Atended al Señor y «haced lo que El os diga» (Jn 2, 5). Así, pues, si honramos a María, no nos detenemos en ella, sino que por ella vamos a Cristo.

b) Otro argumento, otro testimonio elocuente de que todas las manifestaciones de nuestro culto mariano vivifican realmente nuestra fe y en último grado se dirigen al culto de Dios y están saturadas del homenaje que debemos al Señor, es cada línea del sublime cántico que, bajo el nombre de «Magnificat», resuena cada día en miles y miles de iglesias, cántico que el alma de la Virgen María, embriagada por el amor divino, entonó por vez primera en casa de su prima Isabel.
Isabel, al ver a María que la visitaba, exclamó con sorpresa: «Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre! Y ¿de dónde a mí tanto bien, que venga la Madre de mi Señor a visitarme?... ¡Bienaventurada tú porque has creído!, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor» (Lc 2, 5).
Y entonces brotó del alma de María el cántico de eterna hermosura, el Magnificat, que desvía de sí toda alabanza, todo homenaje, y los ofrece a Dios. «Magnificat anima mea Dominum» —resuena el cántico en labios de María. «Mi alma engrandece al Señor: y mi se alegra mi espíritu de gozo en Dios mi salvador: porque ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava...», lo que haya en mí de bueno, de virtud hermosa, todo es limosna recibida de manos de Dios. «Cuya misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen. Hizo alarde del poder de su brazo: deshizo las miradas del corazón de los soberbios. Derribó del trono a los poderosos y ensalzó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos, y a los ricos despidió vacíos.» ¿Es posible alabar más bellamente la omnipotencia divina que vela sobre el mundo? ¿Es posible fortalecer más nuestra fe puesta en Dios?
En cierta ocasión, un hombre gravemente enfermo se desplomó en la calle. Lo llevaron a un hospital y llamaron a un sacerdote para que lo confesara. Pero el pobre hombre hacía ya tiempo que había perdido la fe de su juventud, y por mucho que el sacerdote insistió en hablar con él, rechazaba con dureza la palabra del ministro de Dios. Mas cuando éste, agotados ya todos los recursos, empezó a hablar de la madre del enfermo, se ablandó entonces el corazón empedernido y resurgió la fe sepultada de la niñez.
¡Cuántos hombres hoy día han perdido la fe por completo! Hablémosles de la Madre celestial, para que por medio de ella vuelvan a la fe. Gritemos nuevamente a Cristo: «¡Bienaventurado el vientre que te llevó!» Y escuchemos la respuesta que brota de sus divinos labios: «¡Bienaventurados más bien los que oyen la palabra de Dios, y la ponen en práctica!» (Lc 11, 28).

III
EL CULTO MARIANO COMUNICA UNIDAD A NUESTRA FE

El culto mariano tiene además otra fuerza maravillosa, otra bendición: guarda la incolumidad, la pureza, la unidad de nuestra fe en Cristo.
a) Hay quienes, desconociendo la historia, afirman lo contrario. «El culto mariano no es una práctica que nos venga del primitivo cristianismo. Hasta el año 431, en el Concilio de Efeso, no fue declarada «Madre de Dios», y no hace mucho, en el año 1854, fue definido el dogma de su Concepción Inmaculada...»
¿Qué hay de verdad en estas afirmaciones? La verdad es que la Iglesia realmente definió en el 431 la maternidad divina de María y en 1854 su Concepción Inmaculada..., pero desde sus comienzos creía en ellas. La Iglesia define dogmáticamente una verdad solamente si tal verdad de fe se ve atacada o está puesta en tela de juicio.
¿Qué nos dice la fe sobre la Concepción Inmaculada? Que la Virgen María siempre estuvo exenta del pecado original. Pero Murillo, unos doscientos años antes de la definición dogmática, ya pintó treinta cuadros magníficos de la Inmaculada. Y el Concilio Tridentino pregonó más de trescientos años antes de la definición dogmática la creencia de la Iglesia. Y San Efrén la pregonó casi mil quinientos años antes.
Pues entonces ¿qué sucedió en 1854? Lo mismo que sucedió no mucho tiempo después con la famosa joya de la Corona inglesa, el diamante Koh-i-noor. Este diamante admirable, enorme, ya era conocido en la India allá por los siglos que precedieron a Cristo, pero sólo brilla con toda su belleza desde el siglo en que la reina Victoria lo hizo tallar de nuevo. Pues si se me permite la frase, la definición dogmática del año 1854 no produjo el diamante de dos milenarios de la Concepción Inmaculada, no hizo más... que tallarlo de nuevo.

b) El culto mariano no sólo es compatible con nuestra fe, sino que guarda y corrobora su pureza y unidad. Bastan unas breves palabras para explicarlo.
¿Quién puede honrar a María? Solamente los que creen en su santo Hijo. La columna fundamental de nuestra fe es la divinidad de Jesucristo. De este hecho capital: «Cristo es el Dios que ha bajado a nosotros», fluye todo el sistema de la fe y la moral de la religión cristiana. Los que honran a María, hablan así: Honro a María porque fue su Hijo nuestro Señor Jesucristo, el Unigénito del Padre, el que bajó a la tierra para rescatamos y liberarnos de la
condenación por medio de su Pasión, el que murió por nosotros, resucitó y subió a los cielos...; en una palabra: al honrar a María confesamos toda nuestra fe cristiana.
De modo que culto mariano es el engarce de oro que guarda, como bello diamante, la divinidad de Jesucristo. Y si al diamante no le daña un hermoso engarce, antes bien, el engarce realza todavía más el precio de la piedra, de un modo análogo el culto mariano no sólo es compatible con la adoración de Cristo, sino que además la coloca en un engarce más cálido y más consciente. Para nosotros, si el culto mariano no es la cuestión principal, tampoco es una accesoria, sin la cual pueda sostenerse nuestra fe católica. Para nosotros, lo principal es la divinidad de Cristo, pero de ella se deriva necesariamente el culto de la Madre de Dios. Si adoro a Cristo, he de honrar también a su Madre, y sin honro a la Madre de Dios, sé adorar con más fervor a su divino Hijo.

c) Por otra parte, la misma historia ofrece gran abundancia de datos para poner de manifiesto que los que niegan la divinidad de Cristo no salieron de las filas en que se honra a María, sino todo lo contrario, de aquellos sectores que al principio sólo suprimían el culto de la Virgen Madre, y sintiéndose después irremisiblemente arrastrados, llegaron a negar la divinidad de Cristo.
La historia dos veces milenaria de la Iglesia demuestra que cuando el árbol de la fe se desarrolla en un suelo saludable, siempre tuvo abundantemente las flores y los frutos a cual más bellos del culto mariano; en cambio, cuando el culto mariano se debilitaba o se secaba por completo, podía deducirse que la misma fe había declinado.
Hay cristianos que no honran a María, porque —según dicen — el culto mariano los distrae de Cristo, y ellos sólo quieren honrarle a El. Y, no obstante, ¿qué es lo que vemos? El hecho peculiar de que donde se deje de honrar a María, decrece también el culto de Cristo, aún más, se cuartean los fundamentos de toda la fe cristiana. Nosotros honramos a María y adoramos a su santo Hijo. Y donde se deja de honrar a María para dar —según se dice
— más vida y lugar al culto de Cristo, allá se discute sobre estos puntos: ¿Cristo fue verdadero Dios o solamente hombre? ¿Vale la pena esgrimir armas en defensa del Credo íntegro?
Después de tales consideraciones adquiere un interés especial el hecho histórico de que la falsa reforma del siglo XVI no pudo apoderarse precisamente de los países en que el culto de la Virgen María, el culto mariano, tenía un vigor especial y florecía con abundancia.

d) Y, si ponderamos el hecho, veremos en el culto mariano un medio eficaz para conservar la unidad de la fe.
El centro de la familia es la madre. Mientras ella vive, aun los hijos mayores, que ya fundaron hace tiempo su familia, tienen cohesión y sienten al unísono. Pero al morir ella, se destroza la familia.
La Virgen María también vino a ser fuerza de cohesión en la primera comunidad cristiana, después de la resurrección de Cristo. Los HECHOS DE LOS APÓSTOLES (1, 14) lo consignan: «Todos los cuales, animados de un mismo espíritu, perseveraban juntos en oración con las mujeres y con María, la madre de Jesús».
Pero el culto mariano fue también más tarde la garantía bendita de la unidad de nuestra fe. Sabemos que Jesucristo tenía una túnica sin costura y de un solo tejido de arriba abajo (Jn 19, 23), la cual, según la costumbre de aquellos tiempos, probablemente fue tejida por la misma Virgen. Pues bien: así teje también el culto mariano hace ya casi dos milenios la túnica de nuestra fe en Cristo..., una fe en que no hay costura, ni mancha, ni remiendos,
una fe que no tiene rasgadura, una fe que aun hoy se conserva tal como la recibimos de Cristo.
Hemos de reconocer, por tanto, que aquel cristianismo que no sabe o no quiere honrar debidamente a la Virgen María es un cristianismo mutilado. Porque ¿qué otra cosa es el cristianismo, sino Cristo y su obra? Y si Cristo es el Verbo eterno del Padre celestial, tampoco se ha de olvidar que vivió en la tierra siendo realmente Hijo de María.
De modo que nuestra santa Madre la Iglesia sabía muy bien por qué luchaba tanto en defensa de la dignidad de María; por qué luchaba, por ejemplo, con tanta insistencia en el Concilio de Éfeso por defender la maternidad divina. Allí no se trataba propia y directamente de un título de María, sino de la divinidad de Cristo. Nosotros bien sabemos que la Virgen María fue madre de Dios, pero nunca dejó de ser también «La esclava del Señor», «en cuya bajeza Dios puso sus ojos, para que desde entonces la llamaran bienaventurada todas las generaciones».

IV
EL CULTO MARIANO EMBELLECE NUESTRA FE

Menciono todavía, aunque con brevedad, la cuarta bendición del culto mariano: El culto mariano comunica encanto, calor, poesía, suavidad y admirable interioridad a nuestra fe.
Quiero hacer constar que en nuestro sentir no son éstos los rasgos que dan más valor a nuestra fe. Nosotros aceptamos y seguimos nuestra fe, no porque sea bella y amable, sino porque es justa y verdadera. Del sistema inconmovible de argumentos bien distintos sacamos nosotros la consecuencia de que nuestra religión católica es la religión verdadera: nuestra fe es «culto racional» (Carta a los Romanos 12, 1).
Pero, a pesar de esto, aunque confesemos que el primero y principal fundamento de nuestras creencias es la verdad, tampoco echamos en olvido que los hombres tienen no solamente una cabeza que busca la verdad, sino también un corazón que ama lo bello, y por tal motivo llamamos con justo título en ayuda de nuestros argumentos racionales a los rasgos íntimos, afectuosos, entrañables, hermosos de nuestro culto. ¿Quién no ha sentido aquel calor suave que llena el alma, aquel calor que irradian hacia nosotros la lámpara que arde silenciosa delante del Sagrario, la llama de los cirios del altar, los acordes del órgano, la voz de las campanas llamando a los fieles?
Y el que sean tan acogedoras nuestras iglesias y tan atractivas, el que nuestras ceremonias sean tan instructivas y conmovedoras, el que aun los no católicos se sientan muchas veces tan a su gusto entre nosotros, es debido en gran parte al culto de María.
Contemplad en cualquier iglesia una imagen de la Virgen, con el Niño Jesús en sus brazos... ¿Es posible presentar al Redentor del mundo de un modo más comprensivo y más amable tanto a un niño que aún no sabe nada como a un hombre curtido en los estudios? Contemplad la imagen de la Madre Dolorosa, teniendo en su regazo el cadáver de su Hijo... ¿Es posible presentar de un modo más conmovedor el drama de la Redención?
Mirad aquella jovencita lugareña, que murmurando silenciosamente
un Avemaría, deposita su ramillete de flores silvestres ante la imagen de María levantada en la orilla del camino... ¿Es posible hallar algo más poético y embelesador? Y si oyésemos la inmensa gama de matices del Avemaría, tal como sube hacia el cielo a todas horas, en todos los minutos de cada hora, si viéramos la confianza que asalta los cielos, el temor tembloroso, la súplica
que junta las manos, al escaparse de labios de marineros que luchan con la tempestad o de hijos que rezan junto al lecho de dolor de su madre, o de soldados que se preparan para el ataque, o de romeros piadosos y de hombres que bregan con la tentación..., entonces sentiríamos de veras la belleza, el encanto y el fervor que a nuestra vida religiosa comunica el culto de María.
Comprendemos muy bien que cuando el DANTE, en la tercera parte de la Divina Comedia, «El Paraíso», canto XXXIII, empieza su cántico más hermoso, lo haga volviéndose hacia la Virgen bendita con estas palabras para siempre bellas:
«Virgen Madre, Hija de tu Hijo, la más humilde, a la vez que la más alta de todas las criaturas, término fijo de la voluntad eterna, tú eres la que has ennoblecido de tal suerte la humana naturaleza, que su Hacedor no tuvo a menos convertirse en su propia obra. En tu seno se inflamó el amor cuyo calor ha hecho germinar esta flor en la paz eterna. Eres aquí para nosotros meridiano Sol de caridad, y abajo para los mortales vivo manantial de esperanza. Eres tan grande, Señora, y tanto vales, que todo el que desea conseguir alguna gracia y no recurre a ti, quiere que su deseo vuele sin alas.
Tu benignidad no sólo socorre al que te implora, sino que muchas veces se anticipa espontáneamente a la súplica. En ti se reúnen la misericordia, la piedad, la magnificencia y todo cuanto de bueno hay en las criaturas.»

* * *

En el año 428 d. C., el Obispo de Constantinopla era NETORIO: Después de predecesores eximios y santos, después de un San Gregorio Nacianceno y un San Juan Crisóstomo, cogió él en sus manos la dirección de los fieles.
Pero al fin se quitó la careta de su alma hereje, antes encubierta, y con gran escándalo de los fieles congregados en la iglesia empezó a predicar cosas como éstas: «En adelante no digamos ya que María es la Madre de Dios, para que no parezca que queremos hacer una diosa de esa virgen, y no seamos semejantes a los paganos, que dieron madres a sus dioses» (Nestor. Serm. V. ap. Mercat., pág. 30).
Estas palabras produjeron una gran conmoción. El pueblo prorrumpió en estrepitosa protesta, abandonó el templo, juntamente con los sacerdotes, y la turba siguió murmurando escandalizada en un vaivén tumultuoso por las calles. Pronto se difundió la noticia de la ofensa inferida a María, y se estremeció todo el mundo cristiano. Los Obispos de África, Asia, Europa, levantaron su voz de protesta: el Papa Celestino convocó en concilio a los Obispos de Italia, y en este concilio quedó excomulgado Nestorio. Después se convocó un concilio ecuménico en Éfeso, y en la célebre basílica de esta ciudad, que a la sazón ya estaba consagrada a la Virgen Santísima, se congregaron, bajo la presidencia del Legado pontificio, los Obispos de todas las partes del mundo, para fallar sobre el Obispo de Constantinopla, que osó tocar la dignidad de María.
La sesión se alargó hasta muy entrada la noche, y todo el pueblo esperaba el resultado ante la puerta de la basílica. Cuando se supo que María había triunfado, todo el gentío prorrumpió en un solo grito de júbilo y acompañó con antorchas, en procesión de triunfo, a los Obispos hasta sus casas.
Nestorio hace tiempo que ha muerto, pero existen aún hoy manos crueles que quisieran arrancar de las sienes de María la gloriosa aureola de la maternidad divina. Por esto hemos de repetir nosotros las alabanzas ardorosas de aquellos siglos lejanos, las alabanzas que el contrario más eximio de Nestorio, el protagonista principal del concilio, SAN CIRILO, Patriarca de Alejandría, pronunció en Éfeso, en nombre de sus compañeros los Obispos, para ensalzar a la Virgen Madre:

«Dios te salve. Madre y Virgen, templo vivo e inmortal de la divinidad, tesoro y luz del mundo, adorno de las vírgenes, apoyo de la fe verdadera, fundamento firme de todas las iglesias; Tú, que has dado a luz a Dios y has llevado con el corazón puro a Aquel que ningún lugar puede contener. Tú, por quien es alabada y adorada la Santísima Trinidad, y por quien es honrada por el mundo entero la santa cruz. Tú, por quien el hombre caído recupera sus derechos a la herencia celestial... ¿Quién es capaz de alabarte dignamente, a Ti, que estás por encima de toda alabanza? ¡Oh fecundidad virginal! ¡Oh maravilla inconcebible! ¡Que toda nuestra sabiduría, todo nuestro gozo, consista en temer y honrar— alabando eternamente a la Virgen María— al Dios Trino, porque suya es la gloria por los siglos de los siglos.»

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