sábado, 9 de noviembre de 2019

La naturalización de lo antinatural - Mons. Héctor Aguer


La naturalización de lo antinatural
Monseñor Héctor Aguer

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El relativismo y el subjetivismo dominan en una especie de moral existencialista e individualista, ajena a la dimensión social del ser humano. El favor oficial promueve estas nuevas orientaciones culturales.

Uno de los datos definitorios de la cultura que va imponiéndose globalmente es la negación del concepto y la realidad de la naturaleza. Esta negación es de carácter metafísico, con una proyección inmediata en la antropología, en la concepción del hombre. El Diccionario de la Real Academia nos ilustra así: la naturaleza es «la esencia y propiedad característica de cada ser». Según la nueva visión de las cosas, no hay nada que sea dado, lo recibido, aquello que nosotros no construimos y que constituye la identidad nativa de cuanto existe. Precisamente, se llama constructivismo la teoría gnoseológica y sociológica que afirma que la realidad -incluso el ser humano en su original bipolaridad de varón y mujer- es producto de la evolución de la cultura, del ingenio y la industria del hombre. En términos teológicos equivale a la negación de la Creación, es una rebelión contra ella, no recibimos nada, ya que todo es fruto del devenir histórico; lo hacemos nosotros.

viernes, 8 de noviembre de 2019

El Zorzalito - P. Leonardo Castellani S.J.


El zorzalito

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Salió del nido una tarde de verano, dio un revuelo con sus alas todavía un poco inseguras, se sentó en la copa del aguaribay, emitió un silbido agudo que hizo callar atento a todo el monte, y después ensayó un gorjeo y luego un trino que salió lleno y limpio como el viento de la tarde entre las hojas.

El mismo extrañaba la potencia y agilidad de su garganta. La Calandria, para oírlo mejor, voló hasta su rama en silencio. El Zorzalito entusiasmado había iniciado una magnífica sinfonía. El zumbido de la brisa, las quejas de las hojas, la orquesta rumorosa del amanecer, el aliento de la noche estrellada, el grito de los árboles bajo el sacudón de la tormenta, todas las hondas impresiones que había recogido en su nido, pasaron a su garganta y se vertieron en el silencio crepuscular convertidas en sonidos tan hermosos que la Calandria creyó que ella misma nunca había entendido el monte hasta el momento...

jueves, 7 de noviembre de 2019

La Iglesia tiene el deber de asumir un papel sustitutivo para compensar el colapso de sectores enteros de la sociedad civil y de las autoridades públicas. Card. Robert Sarah


La importancia de la educación 
en la misión de la Iglesia hoy

Cardenal Robert Sarah
Conferencia en la presentación del 
Congreso de Católicos y vida pública

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La educación está en el corazón de la misión de la Iglesia - Los desafíos antropológicos de la crisis actual de la educación - Educación en las virtudes intelectuales y morales: subjetivación adecuada



Eminencias, Excelencias, queridos hermanos sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Siento una gran alegría por estar presente en esta prestigiosa Universidad San Pablo-CEU de Madrid para participar en el XXI Congreso de Católicos y Vida Pública, al que han tenido la bondad de invitarme para hablarles de «la importancia de la educación en la misión de la Iglesia hoy». Querría expresar mi más profunda gratitud al Excelentísimo señor don Alfonso Bullón de Mendoza, presidente de la Asociación Católica de Propagandistas y de la Fundación Universitaria San Pablo CEU, así como a don Rafael Sánchez Saus, Director de este Congreso, y a sus colaboradores, en particular a don José Francisco Serrano Oceja, por su acogida tan calurosa y delicada.

Es también una gran alegría para mí saludar, muy particularmente, a sus Eminencias los señores cardenales Carlos Osoro Sierra, arzobispo de Madrid; Antonio Cañizares Llovera, arzobispo de Valencia, y Antonio María Rouco Varela, arzobispo emérito de Madrid, así como a los rectores de las distintas universidades católicas, por su presencia y su buena disposición, tan cordiales.

También querría saludar y agradecer muy cordialmente a los sacerdotes, religiosos, y a todos ustedes, hermanos y hermanas, que han venido a honrarme con su presencia y con su amistad, participando en este encuentro.

La Iglesia es Mater, pero también es Magistra. Esto es una forma de comprender uno de sus aspectos esenciales. Pío XI llega a afirmar que «todo este conjunto de tesoros educativos de infinito valor pertenece de una manera tan íntima a la Iglesia, que viene como a identificarse con su propia naturaleza, por ser la Iglesia el Cuerpo místico de Cristo, la Esposa inmaculada de Cristo y, por lo tanto, Madre fecundísima y educadora soberana y perfecta. También el grande y genial san Agustín, de quien pronto celebraremos el decimoquinto centenario de su muerte, pronunció, llevado por un santo amor a tal madre, con estas palabras: “¡Oh Iglesia católica, Madre verdadera de los cristianos! Con razón predicas no solo que hay que honrar pura y castamente a Dios, cuya posesión es vida dichosa, sino que también abrazas el amor y la caridad del prójimo, de tal manera que en ti hallamos todas las medicinas eficaces para los muchos males que por causa de los pecados aquejan a las almas. Tú adviertes y enseñas puerilmente a los niños, fuertemente a los jóvenes, delicadamente a los ancianos, conforme a la edad de cada uno, en su cuerpo y en su espíritu… Tú con una libre servidumbre sometes a los hijos a sus padres y pones a los padres delante de los hijos con un piadoso dominio. Tú, con el vínculo de la religión, más fuerte y más estrecho que el de la sangre, unes a hermanos con hermanos… Tú, no solo con el vínculo de la sociedad, sino también con el de una cierta fraternidad, ligas a ciudadanos con ciudadanos, a naciones con naciones; en una palabra, unes a todos los hombres con el recuerdo de los primeros padres. Enseñas a los reyes a mirar por los pueblos y amonestas a los pueblos para que obedezcan a los reyes Enseñas diligentemente a quién se debe honor, a quién afecto, a quién reverencia, a quién temor, a quién consuelo, a quién aviso, a quién exhortación, a quién corrección, a quién represión, a quién castigo, mostrando cómo no todo se debe a todos, pero sí a todos la caridad y a ninguno la ofensa”» [1]. Toda madre es educadora, pero no toda educadora es madre. Por tanto, la Iglesia debe ejercer su misión educadora según una modalidad maternal.

miércoles, 6 de noviembre de 2019

Los signos externos de devoción por parte de los fieles


OFICINA PARA LAS CELEBRACIONES 
LITÚRGICAS DEL SUMO PONTÍFICE

Los signos externos de devoción por parte de los fieles

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    Si abrimos el Catecismo de la Iglesia Católica leemos: “En la Liturgia de la Nueva Alianza, toda acción litúrgica, especialmente la celebración de la Eucaristía y de los Sacramentos es un encuentro entre Cristo y la Iglesia”)[1]. La Liturgia es pues el “lugar” privilegiado del encuentro de los cristianos con Dios y con quien Él envió, Jesucristo (cf. Jn 17,3)[2].

    En este encuentro la iniciativa, como siempre, es del Señor que se sitúa en el centro de la ecclesia, ahora resucitado y glorioso. De hecho, “si en la liturgia no destacase la figura de Cristo, que es su principio y está realmente presente para hacerla válida, ya no tendríamos la liturgia cristiana, totalmente dependiente del Señor y sostenida por su presencia creadora”[3].

    Cristo precede a la asamblea que celebra. Él –que actúa inseparablemente unido al Espíritu Santo- la convoca, la reúne y la instruye. Por eso, la comunidad, y cada fiel que la forma, “debe prepararse para encontrar a su Señor, debe ser un pueblo bien dispuesto”[4]. A través de las palabras, las acciones y los símbolos que constituyen la trama de cada celebración, el Espíritu Santo pone a los fieles y a los ministros en relación viva con Cristo, Palabra e imagen del Padre, a fin de que puedan incorporar a su vida el sentido de lo que oyen, contemplan y realizan[5]. De ahí que “toda celebración sacramental es un encuentro de los hijos de Dios con su Padre, en Cristo, y en el Espíritu Santo, y este encuentro se expresa como un diálogo a través de acciones y de palabras”[6].

lunes, 4 de noviembre de 2019

El ejemplo de San Carlos nos anima a comenzar siempre desde un compromiso serio de conversión personal y comunitaria - Benedicto XVI


MENSAJE DE
SU SANTIDAD BENEDICTO XVI 
AL ARZOBISPO DE MILÁN 
CON OCASIÓN DEL IV CENTENARIO
DE LA CANONIZACIÓN 
DE SAN CARLOS BORROMEO

LUMEN CARITATIS

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Al venerable hermano
cardenal DIONIGI TETTAMANZI
arzobispo de Milán

Lumen caritatis. La luz de la caridad de San Carlos Borromeo iluminó a toda la Iglesia y, renovando las maravillas del amor de Cristo, nuestro Pastor Supremo y Eterno, trajo nueva vida y nueva juventud al rebaño de Dios, que estaba pasando por tiempos dolorosos y difíciles. Es por esto que de todo corazón me uno a la alegría de la Arquidiócesis Ambrosiana al conmemorar el cuarto centenario de la canonización de este gran pastor, que tuvo lugar el 1 de noviembre de 1610.

1. La era en que vivió Carlos Borromeo fue muy delicada para el cristianismo. En ella, el Arzobispo de Milán dio un espléndido ejemplo de lo que significa trabajar por la reforma de la Iglesia. Hubo muchos desórdenes por sancionar, muchos errores por corregir, muchas estructuras por renovar; y, sin embargo, San Carlos trabajó para una reforma profunda de la Iglesia, comenzando con su propia vida. Es hacia él mismo, de hecho, que el joven Borromeo promovió el primer y más radical trabajo de renovación. Su carrera comenzó de una manera prometedora según los cánones de la época: para el hijo menor de la noble familia Borromeo, le esperaba un futuro de tranquilidad y éxito, una vida de iglesia llena de honores, pero sin deberes ministeriales; A esto se agregó la posibilidad de asumir el liderazgo de la familia tras la repentina muerte de su hermano Federico.

El ambientalismo se ha convertido para algunos que han abandonado la fe tradicional en un sustituto de la misma - Mons. Anthony Fisher O.P.


S.E.R. Mons. Anthony Fisher O.P.
Arzobispo de Sidney

Homilía en el
Seminario Redemptoris Mater de Sidney
27 de octubre de 2019


Muy queridos hermanos:
Parte de la genialidad del cristianismo a lo largo de los siglos ha sido su capacidad de enriquecerse con ideas que provienen de fuera de él. En nuestra época planteamientos prominentes del mundo secular como la filosofía analítica, la política democrática, la economía capitalista, el análisis marxista, la defensa de los derechos humanos, la crítica feminista o la conciencia psicológica, aun cuando han sido inspirados por el cristianismo, también han sido purificados por él, y en cierto sentido han sido 'bautizados' e incorporados a él, con diversos grados de éxito. El discurso apocalíptico de la adolescente sueca Greta Thunberg en las Naciones Unidas y las "huelgas climáticas" que inspiró y que atrajeron a decenas de miles de estudiantes de escuelas en Australia el mes pasado, o las prácticas más problemáticas del movimiento ‘rebelión contra la extinción’ y nuestro propio sínodo por la Amazonia recientemente desarrollado, no son sino ejemplos más recientes del planteamiento actual llamado ecologismo.

Es casi trivial observar que este ambientalismo se ha convertido para algunos que han abandonado la fe tradicional en un sustituto de la misma. Michael Crichton, autor de Jurassic Park, de La amenaza de  Andrómeda y de otros clásicos,  antes de morir, se refirió al ecologismo como "la religión preferida por los ateos urbanos", una religión que "reinterpreta" las creencias judeocristianas de una nueva manera: "Hay un Edén inicial, un paraíso; es un estado de gracia y de armonía con la naturaleza. Se da una caída original desde la gracia a un estado de contaminación, como resultado de comer del árbol del conocimiento; y como consecuencia de nuestras acciones, se acerca un día de juicio para todos nosotros. Todos somos pecadores de la energía, y estamos condenados a morir, a menos que busquemos la salvación, que ahora se llama sostenibilidad. La sostenibilidad es la salvación en la iglesia del medio ambiente. Así como la comida orgánica es su comunión, el agua libre de pesticidas es lo que beben las personas que tienen las creencias correctas”. Los partidarios de esta fe demuestran un dogmatismo y un celo cuasirreligioso, tienen sus sacerdotes y sacerdotisas, sus credos e incluso rituales.

domingo, 3 de noviembre de 2019

Los signos externos de devoción del celebrante

OFICINA DE LAS CELEBRACIONES
LITÚRGICAS DEL SUMO PONTÍFICE

Los signos externos de devoción del celebrante

Por Mons. Nicola Bux


La fe en la presencia del Señor, en especial la eucarística, la expresa el sacerdote ejemplarmente con la adoración que se muestra en la reverencia profunda de las genuflexiones durante la Santa Misa y fuera de ella. En la liturgia postconciliar se reducen al mínimo: la razón aducida es la sobriedad; el resultado es que se han convertido en raras, o incluso apenas se esbozan. Nos hemos hecho avaros en gestos hacia el Señor; pero elogiamos a judíos y musulmanes por su fervor en el modo de rezar.

La genuflexión manifiesta más que las palabras la humildad del sacerdote, que sabe que sólo es un ministro, y su dignidad por el poder de hacer presente al Señor en el sacramento. Pero hay otros signos de devoción. Las manos elevadas en alto por el sacerdote son para indicar la súplica del pobre y del humilde: “Te pedimos humildemente”, se subraya en las plegarias eucarísticas II y III del misal de Pablo VI. El Ordenamiento General del Misal Romano (OGMR) establece que el sacerdote, “cuando celebra la Eucaristía, debe servir a Dios y al pueblo con dignidad y humildad, y, en la forma de comportarse y de pronunciar las palabras divinas, debe hacer percibir a los fieles la presencia viva de Cristo” (n. 93). La humildad de la actitud y de la palabra es consonante con el propio Cristo, manso y humilde de corazón. Él debe crecer y yo disminuir.

sábado, 2 de noviembre de 2019

Al orar por los difuntos, la Iglesia contempla ante todo el misterio de la resurrección de Cristo - San Juan Pablo II


MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL ABAD DE CLUNY CON MOTIVO DEL MILENARIO
DE LA CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS,
INSTITUIDA POR SAN ODILÓN


A mons. Raymond SÉGUY
Obispo de Autun, Châlon y Mâcon
Abad de Cluny

1. En este año en que se celebra el milenario de la conmemoración de los fieles difuntos, instituida por san Odilón, quinto abad de Cluny; el centenario de la fundación, por obra de su predecesor, el cardenal Perraud, de la archicofradía de Nuestra Señora de Cluny, encargada de orar por las almas del purgatorio; y el 40 aniversario de la revista Lumière et vie, que promueve la oración por los difuntos, de buen grado me uno con el pensamiento a todos los que, durante este año, participen en las celebraciones ofrecidas por quienes nos han precedido. En efecto, al día siguiente de la fiesta de Todos los Santos, en que la Iglesia celebra con alegría la comunión de los santos y la salvación de los hombres, san Odilón quiso exhortar a sus monjes a orar de manera particular por los difuntos, contribuyendo así misteriosamente a su acceso a la bienaventuranza; desde la abadía de Cluny, poco a poco se ha difundido la costumbre de interceder solemnemente por los difuntos, con una celebración que san Odilón llamó la fiesta de los muertos, práctica que hoy está en vigor en la Iglesia universal.

2. Al orar por los difuntos, la Iglesia contempla ante todo el misterio de la resurrección de Cristo que, con su cruz, nos obtiene la salvación y la vida eterna. Por eso, con san Odilón, podemos repetir incesantemente: «La cruz es mi refugio, la cruz es mi camino y mi vida. (...) La cruz es mi arma invencible. La cruz rechaza todo mal. La cruz disipa las tinieblas ». La cruz del Señor nos recuerda que toda vida está iluminada por la luz pascual, que ninguna situación está totalmente perdida, puesto que Cristo ha vencido la muerte y nos ha abierto el camino de la verdadera vida. La redención «se realiza en el sacrificio de Cristo, gracias al cual el hombre rescata la deuda del pecado y es reconciliado con Dios» (Tertio millennio adveniente, 7).

La música en la liturgia, al servicio de la verdad


OFICINA PARA LAS CELEBRACIONES LITÚRGICAS
DEL SUMO PONTÍFICE
La música sacra al servicio de la verdad

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En la época en la que san Agustín escribió Qui cantat, bis orat – “quien canta reza dos veces”, se podía reconocer fácilmente cómo el carácter propio de la música sacra la hacía esencialmente distinta de un simple canto en grupo, o de un elegante performance por parte de un músico experto, pero de ámbito secular. La convicción del hecho de que la oración redobla si es cantada en lugar de recitada, no se basaba tanto en los méritos del esfuerzo humano, sino más bien en la necesidad de describir la dimensión numinosa dentro de la música sacra, sus aspectos emotivos y artísticos, en cuanto que interfaz del intercambio entre Dios, Dador de todo bien, y la respuesta de amor del ser humano al amor omnipotente del Señor.

Un amor más grande buscará una calidad más alta y no sólo una cantidad más abundante, y esto sucede cuando la perseverancia de un individuo o de un grupo ha obtenido un progreso en el ámbito musical y ha experimentado por ello mismo la belleza de sus consuelos espirituales. La Sacrosanctum Concilium (SC) afirma que “la sagrada liturgia no agota toda la acción de la Iglesia” (n. 9) y añade muy agudamente que “antes de que los hombres puedan acercarse a la liturgia, es necesario que sean llamados a la fe y a la conversión”; además, en el número 10 aclara que “la liturgia es el culmen hacia el que tiende la acción de la Iglesia”. La liturgia, por tanto, es precisamente la fuente de la fuerza necesaria a toda obra apostólica. Allí donde la vida litúrgica de la Iglesia es dejada a su aire, la falta de coherencia en sus frutos se hace evidente. Los músicos litúrgicos deben ser valorados y apoyados de todas las formas posibles, si deben alcanzar un nivel técnico tal que les permita comunicar, a través de la música sacra, la relación con el misterio tremendo que es Dios. Es esta percepción de la santidad de Dios, tomada específicamente de la música sacra, la que forma un puente que permite a las personas hacer encontrar su deseo de Dios con el deseo de conformar sus vidas a la Suya.

viernes, 1 de noviembre de 2019

La vocación de los laicos a la santidad - San Juan Pablo II


SAN JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 24 de noviembre de 1993

La vocación de los laicos a la santidad

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(Lectura:1ra. carta de san Pedro, capítulo 1, versículos 14-16)

1. La Iglesia es santa y todos sus miembros están llamados a la santidad. Los laicos participan en la santidad de la Iglesia, al ser miembros con pleno derecho de la comunidad cristiana; y esta participación, que podríamos definir ontológica, en la santidad de la Iglesia, se traduce también para los laicos en un compromiso ético personal de santificación. En esta capacidad y en esta vocación de santidad, todos los miembros de la Iglesia son iguales (cf. Ga 3, 28).

El grado de santidad personal no depende de la posición que se ocupa en la sociedad o en la Iglesia, sino únicamente del grado de caridad que se vive (cf. I Co 13). Un laico que acepta generosamente la caridad divina en su corazón y en su vida es más santo que un sacerdote o un obispo que la aceptan de modo mediocre.

2. La santidad cristiana tiene su raíz en la adhesión a Cristo por medio de la fe y del bautismo. Este sacramento es la fuente de la comunión eclesial en la santidad. Es lo que pone de relieve el texto paulino: «Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo» (Ef 4, 5), citado por el concilio Vaticano II, que de ahí deduce la afirmación sobre la comunión que vincula a los cristianos en Cristo y en la Iglesia (Lumen gentium, 32). En esta participación en la vida de Cristo mediante el bautismo se injerta la santidad ontológica, eclesiológica y ética de todo creyente, sea clérigo o laico.

martes, 29 de octubre de 2019

Cosas católicas 35 - En Búsqueda del Sagrado Corazón de Jesús


¡¡La devoción al Corazón de Jesús al estilo de Catholic Stuff!!  Esta devoción ha existido desde los primeros tiempos de la Iglesia, desde que se meditaba en el costado y el Corazón abierto de Jesús, de donde salió sangre y agua. De ese Corazón nació la Iglesia y por ese Corazón se abrieron las puertas del Cielo. 

lunes, 28 de octubre de 2019

El primer mandamiento en el Catecismo de San Pío X


CAPITULO II: DE LOS MANDAMIENTOS QUE MIRAN A DIOS

1º.- Del primer mandamiento


351.- ¿Por qué se dice al principio: YO SOY EL SEÑOR DIOS TUYO? - Al principio de los mandamientos se dice: Yo soy el Señor Dios tuyo para que entendamos que Dios, por ser nuestro Creador y Señor, puede mandarnos lo que quiera, y nosotros, sus criaturas, estamos obligados a obedecerle.

352.- ¿Qué nos ordena Dios con las palabras del primer mandamiento: AMARÁS A DIOS SOBRE TODAS LAS COSAS? - Con las palabras del primer mandamiento, Dios nos ordena que le reconozcamos, adoremos, amemos y sirvamos a El solo, como a nuestro supremo Señor.

353.- ¿Cómo se cumple el primer mandamiento? - El primer mandamiento se cumple con el ejercicio del culto interno y externo.

354.- ¿Qué es culto interno? - Culto interno es la honra que a Dios se da con las facultades del espíritu únicamente; a saber, con el entendimiento y la voluntad.

Superstición, idolatría, adivinación y magia en el Catecismo de la Iglesia Católica


III. “No habrá para ti otros dioses delante de mí”


2110 El primer mandamiento prohíbe honrar a dioses distintos del Único Señor que se ha revelado a su pueblo. Proscribe la superstición y la irreligión. La superstición representa en cierta manera una perversión, por exceso, de la religión. La irreligión es un vicio opuesto por defecto a la virtud de la religión.

La superstición

2111 La superstición es la desviación del sentimiento religioso y de las prácticas que impone. Puede afectar también al culto que damos al verdadero Dios, por ejemplo, cuando se atribuye una importancia, de algún modo, mágica a ciertas prácticas, por otra parte, legítimas o necesarias. Atribuir su eficacia a la sola materialidad de las oraciones o de los signos sacramentales, prescindiendo de las disposiciones interiores que exigen, es caer en la superstición (cf Mt 23, 16-22).

La idolatría

domingo, 27 de octubre de 2019

Carta de San Ignacio de Antioquía a Policarpo


CARTA SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA
A POLICARPO


         Ignacio, llamado también Teóforo, a Policarpo, que es obispo de la iglesia de Esmirna, o más bien que tiene por su obispo a Dios el Padre y a Jesucristo, saludos en abundancia.
I. Dando la bienvenida a tu mente piadosa que está afianzada como si fuera en una roca inconmovible, doy gloria sobremanera de que me haya sido concedido ver tu faz intachable, por la cual tengo gran gozo en Dios. Te exhorto por la gracia de la cual estás revestido que sigas adelante en tu curso y en exhortar a todos los hombres para que puedan ser salvos. Reivindica tu cargo con toda diligencia de carne y de espíritu. Procura que haya unión, pues no hay nada mejor que ella. Soporta a todos, como el Señor te soporta. Toléralo todo con amor, tal como haces. Entrégate a oraciones incesantes. Pide mayor sabiduría de la que ya tienes. Sé vigilante, y evita que tu espíritu se adormile. Habla a cada hombre según la manera de Dios. Sobrelleva las dolencias de todos, como un atleta perfecto. Allí donde hay más labor, hay mucha ganancia.
II. Si amas a los entendidos, esto no es nada que haya que agradecérsete. Más bien somete a los más impertinentes por medio de la mansedumbre. No todas las heridas son sanadas por el mismo ungüento. Suaviza los dolores agudos con fomentos. Sé prudente como la serpiente en todas las cosas e inocente siempre como la paloma. Por esto estás hecho de carne y espíritu, para que puedas desempeñar bien las cosas que aparecen ante tus ojos; y en cuanto a las cosas invisibles, ruega que te sean reveladas, para que no carezcas de nada, sino que puedas abundar en todo don espiritual. Los tiempos te lo requieren, como los pilotos requieren vientos, o un marino zarandeado por la tormenta (busca) un asilo, para poder llegar a Dios. Sé sobrio, como atleta de Dios. El premio es la incorrupción y la vida eterna, con respecto a la cual ya estás persuadido. En todas las cosas te soy afecto, yo y mis cadenas, que tú estimaste.

sábado, 26 de octubre de 2019

Carta de San Ignacio de Antioquía a los cristianos de Esmirna


CARTA SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA
A LOS A LOS ESMIRNEANOS


Ignacio, llamado también Teóforo, a la iglesia de Dios el Padre y de Jesucristo el Amado, que ha sido dotada misericordiosamente de toda gracia, y llena de fe y amor y no careciendo de ninguna gracia, reverente y ostentando santos tesoros; a la iglesia que está en Esmirna, en Asia, en un espíritu intachable y en la palabra de Dios, abundantes salutaciones.
I. Doy gloria a Jesucristo el Dios que os concede tal sabiduría; porque he percibido que estáis afianzados en fe inamovible, como si estuvierais clavados a la cruz del Señor Jesucristo, en carne y en espíritu, y firmemente arraigados en amor en la sangre de Cristo, plenamente persuadidos por lo que se refiere a nuestro Señor que Él es verdaderamente del linaje de David según la carne, pero Hijo de Dios por la voluntad y poder divinos, verdaderamente nacido de una virgen y bautizado por Juan para que se cumpliera en El toda justicia, verdaderamente clavado en cruz en la carne por amor a nosotros bajo Poncio Pilato y Herodes el Tetrarca (del cual somos fruto, esto es, su más bienaventurada pasión); para que Él pueda alzar un estandarte para todas las edades por medio de su resurrección, para sus santos y sus fieles, tanto si son judíos como gentiles, en el cuerpo único de su Iglesia.

viernes, 25 de octubre de 2019

La abeja pesimista - P. Leonardo Castellani


La abeja pesimista


Si yo estuviese toda la vida convaleciente de una tifoidea, acabaría probablemente por convertirme en un gran filosofo.

Al calorcito de las mantas y de la salud que vuelve, lejos del colegio y del trantrán de la existencia, con el apetito de comer, beber y de vivir de un resucitado, pudiendo empalmar apaciblemente la larga meditación de ayer con la no interrumpida meditación de hoy, con la joven fantasía todavía no atiborrada de libros eruditos y pensamientos ajenos, en un polvoroso y somnoliento pueblo santafecino, yo hubiera acabado, si me hubiesen dejado, por descubrir que yo pensaba, y por lo tanto existía.

¡Ay de mí! Me sané, fui al colegio, hice el bachillerato como cualquier nacido, aprendí tanto, o por los menos tantas cosas, leí a Kant, y ahora no estoy muy seguro de que pienso, y ni siquiera de que existo, aunque eso ya me parece bastante probable. Me quedaba largas horas solo, porque mi madre trabajaba y mis hermanos iban a la escuela; pero no me aburría. Miraba mi cuarto, la cama, la mesa, la cómoda, la ventana de enfrente y por ella los árboles y las flores, las nubes y el cielo. Miré tanto el mismo cuadro trivial y maravilloso que se impresionó en mi retina y adquirió cierta fijeza y cohesión íntima de sistema cósmico; de modo que una leve mutación en él me hacía reflexionar hondamente, como una curación de lupusa un médico de Lourdes. Si caía una hoja yo pensaba media hora y si un jilguero cantaba, empezaba a responder en mis adentros escondidas melodías. Un día entró por una banderola abierta una abeja zumbando y se posó en una taza de té de mosqueta con miel. Bebió, se alzó pesadamente, dio una vuelta por la pieza – yo metí la cabeza bajo las sábanas– y se lanzó como un chispazo de oro a través de la rubia madeja de sol que se devanaba en abanico sobre el piso, a dar como un proyectil en el vidrio de la ventana. Cayó atontada, se alzo de nuevo, flechó de nuevo, choco, volvió a arremeter, choco, volvió, chocó de nuevo, una, dos, tres, diez, veinte veces y entonces se paró en el travesaño y se puso a pensar. Se puso a filosofar.

Yo estaba casi tan afligido y jadeante como ella, porque la había seguido simpáticamente en su tremenda aventura, primero curioso, después compasivo, por último ansioso, gritándole muy interesado: "Por arriba, tonta".

Condecoración como Caballero de la Milicia de Cristo otorgada por Pío XII a Francisco Franco


   
Tras la Cruzada de Liberación Nacional y dada la trayectoria católica de Francisco Franco y su ejemplar gobernación de nuestra Patria, el Sumo Pontífice de la Iglesia, Pío XII, eligió, constituyó y nombró Caballero de la Milicia de Jesucristo al Jefe del Estado Español, Generalísimo Franco, por su defensa de la fe cristiana, concediéndole el 21 de diciembre de 1953 la orden de Suprema de Cristo.

Dos meses después, el 25 de febrero de 1954, y en la capilla del Palacio de Oriente, se celebró la solemne ceremonia de la imposición a Su Excelencia, el Jefe del Estado y Generalísimo de los Ejércitos, de la más alta condecoración de la Santa Sede: el Gran Collar de la Orden Suprema de Cristo, que le había concedido el Santo Padre Pío XII.
   
   Al lado del Evangelio había sido colocado un gran dosel con dos reclinatorios de damasco, y entre el dosel y el altar, un sitial destinado a los cardenales-arzobispos de Toledo, Santiago de Compostela y Tarragona.   Como invitados se encontraban allí el Gobierno en pleno, el Consejo del Reino, todo el Cuerpo diplomático acreditado en Madrid, presidido por su decano, el Nuncio Apostólico, monseñor Hildebrando Antoniutti; el patriarca de las Indias Occidentales y obispo de Madrid-Alcalá; el arzobispo de Sión; el obispo consiliario de la Acción Católica Española, y los dos obispos auxiliares de la diócesis, todas las primeras autoridades civiles y militares de Madrid, el deán de la Catedral, el decano del Tribunal de la Rota y el abad del Venerable Cabildo de párrocos.  

   El Caudillo y su esposa fueron recibidos en la puerta del templo por el patriarca de las Indias Occidentales, doctor Eijo Garay, de quien, postrados de rodillas, recibieron el agua bendita y un crucifijo, que fervorosamente besaron.   

   Mientras SS. EE.,  pasaban a ocupar los tronos bajo el dosel y los cardenales-arzobispos sus respectivos sitiales al lado del Evangelio, la «Schola Cantorum» del Seminario de Madrid interpretó las antífonas «Da pacem Domine».    

   Desde el pulpito se procedió a la lectura, en latín y en castellano, del texto de la bula de Pío XII por la que se concedía la Orden Suprema de Cristo al Generalísimo Franco.  El texto de dicho documento es el siguiente:  

   “Pío Papa XII. — A nuestro amado hijo Francisco Franco Bahamonde, Jefe del Estado Español. — Salud y bendición Apostólica:    Recordamos con cuanta solemnidad y concurrencia de fieles celebrábase el año pasado en Barcelona el Congreso Eucarístico Internacional, al que nos consta que las autoridades civiles prestaron entusiasmo y colaboración.  

Radiomensaje del Papa Pío XII a los fieles de España al finalizar la guerra civil


RADIOMENSAJE DE SU SANTIDAD PÍO XII
A LOS FIELES DE ESPAÑA

16 de abril de 1939


Con inmenso gozo Nos dirigimos a vosotros, hijos queridísimos de la Católica España, para expresaros nuestra paterna congratulación por el don de la paz y de la victoria, con que Dios se ha dignado coronar el heroísmo cristiano de vuestra fe y caridad, probado en tantos y tan generosos sufrimientos.
Anhelante y confiado esperaba Nuestro Predecesor, de s. m., esta paz providencial, fruto sin duda de aquella fecunda bendición, que en los albores mismos de la contienda enviaba «a cuantos se habían propuesto la difícil y peligrosa tarea de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la Religión» [1]; y Nos no dudamos de que esta paz ha de ser la que él mismo desde entonces auguraba, «anuncio de un porvenir de tranquilidad en el orden y de honor en la prosperidad» [2].

Los designios de la Providencia, amadísimos hijos, se han vuelto a manifestar una vez más sobre la heroica España. La Nación elegida por Dios como principal instrumento de evangelización del Nuevo Mundo y como baluarte inexpugnable de la fe católica, acaba de dar a los prosélitos del ateísmo materialista de nuestro siglo la prueba más excelsa de que por encima de todo están los valores eternos de la religión y del espíritu. La propaganda tenaz y los esfuerzos constantes de los enemigos de Jesucristo parece que han querido hacer en España un experimento supremo de las fuerzas disolventes que tienen a su disposición repartidas por todo el mundo; y aunque es verdad que el Omnipotente no ha permitido por ahora que lograran su intento, pero ha tolerado al menos algunos de sus terribles efectos, para que el mundo viera, cómo la persecución religiosa, minando las bases mismas de la justicia y de la caridad, que son el amor de Dios y el respeto a su santa ley, puede arrastrar a la sociedad moderna a los abismos no sospechados de inicua destrucción y apasionada discordia.

Propuestas para recuperar la santificación de los días festivos - Episcopado Argentino



RESOLUCIONES DEL 
EPISCOPADO ARGENTINO
1938 
I
Cruzada por la santificación de los días festivos

Ante el hecho tan doloroso del incumplimiento del precepto dominical por parte de numerosos fieles y de la incomprensión de la excelencia de la Misa como manantial sin par de la gracia divina, y por ende del escaso aprovechamiento espiritual que de la asisten­cia a ella reportan; los Obispos, reunidos en su asamblea bienal, resuelven iniciar una Cruzada para acrecentar el número de los que cumplan con tan grave deber y lo hagan con más abundantes frutos, mediante una mejor inteligencia de la Misa y una participación más activa en ella.
Con este fin resolvemos­
1º. Recomendar a los párrocos, rectores de iglesia y misioneros:
a) Insistan con frecuencia en sus predicaciones sobre la grave obligación que todos los cristianos, en edad hábil, tienen de asistir a Misa los días festivos y sobre la cuenta que Dios pedirá a los que falten a ella voluntariamente y a quienes su ejemplo, cuando no con su palabra, aparten a otros del cum­plimiento de este precepto.
b) Recuerden frecuentemente a los padres de familia, padrinos y tutores el grave deber que tienen de inculcar a sus hijos, ahijados y pupilos que la Misa dominical es una de las princi­pales obligaciones del cristiano y que han de velar para que cumplan fielmente con ella, dando, por otra parte, ejemplo.
c) Enseñen a todos niños y adultos que la Misa es el acto más sublime y eficaz de nuestra santa Religión, dándoles a conocer su esencia y su liturgia para que se unan más íntimamente a Jesucristo, eterno Sacerdote, y a su ministro y sea
de este modo más provechosa su participación en ella.

2°. Encarecer a los párrocos, rectores de iglesia, misioneros, directores de colegios, escuelas, asilos católicos y catequistas que vuelvan con frecuencia en las clases de Religión sobre los men­cionados puntos, de tal vital importancia para la vida cristiana y la salvación eterna.

jueves, 24 de octubre de 2019

San Antonio María Claret "trabajar, sufrir y buscar siempre la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas"



«¿Sabéis que hay una cosa que nunca he podido entender? Que, siendo Nuestro Señor infinitamente bueno y amándonos sin medida, los hombres le amen tan poco». Estas palabras nos revelan el corazón de un gran apóstol, san Antonio María Claret.

Nacido la víspera de Navidad de 1807 en la ciudad industrial de Sallent, provincia de Barcelona, en Cataluña (noreste de España), Antonio Claret es bautizado el mismo día del nacimiento del Salvador. Sus padres, tejedores de algodón, son profundamente cristianos. Las primeras palabras que enseñan a sus hijos son los santos nombres de Jesús y de María. El joven Antonio siente una gran devoción hacia la Santísima Virgen, cuyos santuarios le gusta frecuentar. El día de su primera Comunión, se considera el muchacho más feliz del mundo. Desde muy pronto se siente atraído por el sacerdocio, pero su padre lo destina al oficio de tejedor, y Antonio se apasiona por ese arte que domina muy pronto. Aunque es un muchacho modelo, no por ello deja de luchar para ser fiel al Señor. La lujuria y la avaricia se le presentan en forma de seductoras tentaciones y, para vencerlas, se esfuerza en rezar más, sobre todo a la Virgen. Más tarde, en su Catecismo de la doctrina cristiana, dará el siguiente consejo de salvación: «Si te asalta alguna tentación, invoca a María en ese momento, venera su imagen, y te aseguro que si la invocas constantemente « te ayudará infaliblemente y no pecarás».

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