viernes, 7 de julio de 2017

La liturgia es, por excelencia, el ámbito donde los católicos deberían vivir la experiencia de la unidad en la verdad, en la fe y en el amor - Card. Robert Sarah


El 7 de julio se cumplen diez años del motu propio Summorun Pontificum, con el cual Benedicto XVI, tras aclarar definitivamente que el rito de la misa anterior a la reforma de 1969, "nunca fue abrogado"(art.1) liberalizó su uso para toda la Iglesia latina , regulando su uso como "forma extraordinaria" del rito romano.


Summorum Pontificum: la fuente del porvenir

Entre el 29 de marzo y el 1° de abril tuvieron lugar en Herzogenrath, al norte de Aix-la-Chapelle, el XVIII Congreso Litúrgico de Colonia, organizados por el Rvdo. Guido Rodheudt. No habiendo podido estar presente en ellos, el cardenal Robert Sarah, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, ha dirigido a los organizadores el siguiente mensaje.

***

Deseo ante todo agradecer desde lo más profundo de mi corazón a los organizadores del Coloquio titulado “La fuente del porvenir”, con ocasión del décimo aniversario del motu proprio Summorum Pontificum, del papa Benedicto XVI, en Herzogenrath, por haberme permitido hacer la introducción a la reflexión que haréis sobre este tema tan importante para la vida de la Iglesia y, más especialmente, para el porvenir de la liturgia. Y lo hago con gran alegría. Quisiera saludar muy cordialmente a todos los participantes en este Coloquio, en particular a los miembros de las siguientes asociaciones, cuyos nombres se menciona en la invitación que habéis tenido la bondad de enviarme, esperando no olvidar a ninguna: Asociación Una Voce de Alemania, Círculo Católico de Sacerdotes y Laicos de las arquidiócesis de Hamburgo y de Colonia, Asociación Cardenal Newman, Red de Sacerdotes de la Parroquia Católica Santa Gertrudis de Herzogenrath. Como le he escrito al Rvdo. Guido Rodheudt, párroco de Santa Gertrudis de Herzogenrath, lamento mucho haber tenido que renunciar a participar en vuestro Coloquio debido a ciertas obligaciones que me han sobrevenido imprevistamente y se han agregado a mi agenda ya bastante ocupada. Sin embargo, creed que estaré entre vosotros a través de la oración, la que os acompañará cada día y, por cierto, estaréis todos presentes en el momento del ofertorio de la Santa Misa cotidiana que celebraré durante los cuatro días de vuestro coloquio, del 29 de marzo al 1° de abril. 

Así pues, voy a tratar de daros, lo mejor que pueda, una introducción a vuestro trabajo mediante una breve reflexión sobre el modo como conviene aplicar el motu proprio Summorum Pontificum en la unidad y la paz.

Restaurar la liturgia

Como sabéis, lo que se ha denominado a comienzos del siglo XX el “movimiento litúrgico”, fue la voluntad del papa San Pío X, expresada en otro motu proprio titulado Tra le sollicitudini (1903), de restaurar la liturgia para hacer más accesibles sus tesoros y para que se convirtiera, así, en la fuente de una vida auténticamente cristiana. De ahí la definición de la liturgia como “cumbre y fuente de la vida y de la misión de la Iglesia” que está en la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, del Concilio Vaticano II (núm. 10). Jamás se insistirá suficientemente en que la liturgia, en tanto que cumbre y fuente de la Iglesia, encuentra su fundamento en el mismo Cristo. En efecto, el Señor Jesucristo es el único y definitivo Sumo Sacerdote de la Alianza Nueva y Eterna, puesto que Él se ha ofrecido a Sí mismo en sacrificio y “por una única oblación ha hecho perfectos para siempre a aquéllos a quienes santifica” (cfr. Heb 10, 14). Así, tal como lo dice el Catecismo de la Iglesia Católica, “[e]s el Misterio de Cristo lo que la Iglesia anuncia y celebra en la liturgia, a fin de que los fieles vivan de él y den testimonio de él en el mundo” (núm. 1068). Es en este marco del “movimiento litúrgico”, uno de cuyos frutos más bellos fue la Constitución Sacrosanctum Concilium, donde conviene insertar el motu proprio Summorum Pontificum, de 7 de julio de 2007, de cuya promulgación tendremos la alegría de celebrar este año, con gran gozo y acción de gracias, el décimo aniversario. Se puede, pues, afirmar que el “movimiento litúrgico”, iniciado por el papa San Pío X, nunca se ha interrumpido, y que continúa todavía en nuestros días movido por el nuevo impulso que le ha dado el papa Benedicto XVI. Se puede mencionar, a propósito de esto, el especial cuidado y la atención personal de que él daba pruebas al celebrar la santa liturgia cuando fue Papa, y también sus frecuentes referencias, en sus discursos, a su centralidad en la vida de la Iglesia y, en fin, sus dos documentos magisteriales, Sacramentum Caritatis y Summorum Pontificum. En otras palabras, se trata de lo que se denomina aggiornamento litúrgico (“aggiornamento” es un término italiano que significa literalmente “poner al día”).

Hemos celebrado el quincuagésimo aniversario de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia del Concilio Vaticano II en 2013, ya que ella se promulgó el 4 de diciembre de 1963, la cual ha sido en cierto modo completada por el motu proprio Summorum Pontificum del papa Benedicto XVI. ¿De qué trata éste? El papa emérito estableció la distinción entre dos formas del mismo rito romano: una forma llamada “ordinaria”, que se refiere a los textos litúrgicos del Misal Romano revisados siguiendo las indicaciones del Concilio Vaticano II, y una forma denominada “extraordinaria”, que corresponde a la liturgia que regía antes del aggiornamento litúrgico. De esta manera, actualmente, en el rito romano o latino, hay vigentes dos misales: el del beato Pablo VI, cuya tercera edición data de 2002, y el de San Pío V, cuya última edición, promulgada por San Juan XXIII, es de 1962.

Por un mutuo enriquecimiento

En la carta a los obispos que acompaña al motu proprio, Benedicto XVI precisaba muy bien que su decisión de hacer coexistir los dos misales no tenía solamente por objeto satisfacer el deseo de ciertos grupos de fieles adherentes a las formas litúrgicas anteriores al Concilio Vaticano II, sino también permitir el mutuo enriquecimiento de las dos formas del mismo rito romano, es decir, no sólo hacer posible su coexistencia pacífica sino también posibilitar su perfeccionamiento, subrayando los mejores elementos que los caracterizan. A propósito de esto escribía que “las dos formas de uso del rito romano pueden enriquecerse recíprocamente: se podrá y se deberá incluir en el antiguo misal a los nuevos santos y algunos de los nuevos prefacios [… ] En la celebración de la Misa según el misal de Pablo VI se podrá manifestar, de un modo más enérgico que lo que se ha hecho hasta el presente, esa sacralidad que atrae a numerosas personas hacia la forma antigua del rito romano”. Es, pues, en tales términos que el Papa emérito expresaba su deseo de relanzar el “movimiento litúrgico”. 

En las parroquias donde se ha podido poner por obra el motu proprio, los párrocos dan testimonio del gran fervor que se da entre los fieles y los sacerdotes, cuestión que el mismo Rvdo. Rodheudt puede testimoniar. Se ha podido advertir una análoga repercusión y una evolución espiritual positiva en el modo de vivir las celebraciones eucarísticas según la forma ordinaria, en particular el redescubrimiento de las actitudes de adoración hacia el Santísimo Sacramento: ponerse de rodillas, genuflexiones…, y también un mayor recogimiento, caracterizado por el silencio sagrado que debe distinguir a los momentos más importantes del Santo Sacrificio de la Misa para permitir a los sacerdotes y a los fieles interiorizar el misterio de fe que se celebra. Es verdad que también que hay que alentar enérgicamente, y ponerla por obra, la formación litúrgica y espiritual. Asimismo, será necesario promover una pedagogía perfectamente ajustada a fin de superar cierto “rubricismo” demasiado formal en la explicación de los ritos del misal tridentino a quienes todavía no lo conocen, o lo conocen de una manera demasiado sesgada y, a veces, incompleta. Por ello es oportuno y urgente poner al día un misal bilingüe (latín y lengua vernácula) con vistas a la participación plena, consciente, íntima y más fructífera de los fieles en las celebraciones eucarísticas. Es también muy importante subrayar la continuidad entre los dos misales mediante catequesis litúrgicas apropiadas… Hay muchos sacerdotes que dan testimonio de que ésta es una tarea estimulante porque están conscientes de trabajar en la renovación litúrgica, aportando sus granos de arena al “movimiento litúrgico”, del cual hablábamos recién, es decir, a esta renovación espiritual y mística –y por tanto misionera- deseada por el Concilio Vaticano II, a la cual nos llama vigorosamente el papa Francisco. 


La liturgia, pues, debe renovarse siempre para ser más fiel a su esencia mística. Pero la mayor parte de las veces esta “reforma”, que ha sustituido a la verdadera “restauración” querida por el Concilio Vaticano II, se ha llevado a cabo con un espíritu superficial y sobre la base de sólo un criterio: suprimir a toda costa una herencia que se percibe como totalmente negativa y obsoleta, a fin de crear un abismo entre el período anterior al Concilio y el posterior a él. Ahora bien, basta volver a tomar la Constitución sobre la Sagrada Liturgia y leerla honestamente, sin traicionar su sentido, para advertir que el verdadero propósito del Concilio Vaticano II no fue promover una reforma que pudiera dar pie a una ruptura con la Tradición, sino que, por el contrario, reencontrar y confirmar la Tradición en su significado más profundo. De hecho, lo que se denomina “reforma de la reforma”, que debiera llamarse más precisamente “el enriquecimiento mutuo de los ritos”, para retomar una expresión del magisterio de Benedicto XVI es, ante todo, una necesidad espiritual, que concierne evidentemente a las dos formas del rito romano. El especial cuidado de la liturgia, la urgencia de tenerla en alta estima y de trabajar por su belleza, por su sacralidad y por la conservación de un justo equilibrio entre fidelidad a la Tradición y legítima evolución, rechazando, por tanto, absoluta y radicalmente toda hermenéutica de discontinuidad y de ruptura: he ahí el corazón y los elementos esenciales de toda liturgia cristiana auténtica. El cardenal Joseph Ratzinger ha repetido incansablemente que la crisis que afecta a la Iglesia desde hace unos cincuenta años, principalmente desde el Concilio Vaticano II, está vinculada con la crisis de la liturgia y, por tanto, a la falta de respeto, a la desacralización y horizontalización de los elementos esenciales del culto divino. “Estoy convencido –escribe- que la crisis de la Iglesia que vivimos hoy se debe en gran parte a la desintegración de la liturgia” (Ratzinger, J., Ma vie Souvenirs, 1927-1977, París, Fayard, p. 135). Por cierto, el Concilio Vaticano II quiso promover una participación más activa del pueblo de Dios y hacer progresar, día tras día, la vida cristiana de los fieles cristianos (cfr. Sacrosanctum Concilium, núm. 1), y se han materializado hermosas iniciativas en esta dirección. Sin embargo, no podemos cerrar los ojos al desastre, la devastación y el cisma que los promotores modernos de una liturgia viva han causado al remodelar la liturgia de la Iglesia según sus ideas: han olvidado que el acto litúrgico es no solamente una ORACIÓN, sino también y, sobre todo, un MISTERIO en el cual se lleva a cabo algo que no podemos comprender plenamente, pero que debemos aceptar y recibir con fe, amor, obediencia y adoración silenciosa. 

Tal es el verdadero significado de la participación activa de los fieles. No se trata de una actividad meramente exterior, de un reparto de papeles o funciones en la liturgia, sino más bien de una receptividad intensamente activa: esta recepción, en Cristo y con Cristo, es la ofrenda humilde de sí mismo en la oración silenciosa, en una actitud plenamente contemplativa. La grave crisis de la fe, no solamente al nivel de los fieles cristianos sino también y sobre todo al de numerosos sacerdotes y obispos, nos ha hecho incapaces de comprender la liturgia eucarística como un sacrificio, como el mismo acto realizado de una vez para siempre por Jesucristo, que hace presente el Sacrificio de la Cruz, de una manera incruenta, en toda la Iglesia, a través de las diversas épocas, lugares, pueblos y naciones. A menudo se da la tendencia sacrílega de reducir la santa Misa a una simple comida de convivencia, a la celebración de una fiesta profana y a una auto-celebración de la colectividad o, peor todavía, a una forma monstruosa de apartarse de la angustia de una vida que ya no tiene sentido o de evitar el miedo de enfrentarse con Dios cara a cara, porque Su mirada descorre el velo y nos obliga a ver, en verdad y sin distracción, la fealdad de nuestro interior. Pero la santa Misa no es un escape: es el sacrificio viviente de Cristo muerto sobre la Cruz para liberarnos de nuestros pecados y de la muerte, y para revelar el amor y la gloria de Dios Padre. Muchos ignoran que la finalidad de toda celebración es la gloria y adoración de Dios, la salvación y santificación de los hombres ya que, en la liturgia, “Dios es perfectamente glorificado, y los hombres, santificados” (Sacrosanctum Concilium, núm. 7). La mayor parte de los fieles –incluidos sacerdotes y obispos- ignora esta enseñanza del Concilio, del mismo modo que ignora que los verdaderos adoradores de Dios no son quienes, según sus ideas y creatividad, reforman la liturgia para hacer de ella algo que agrade al mundo, sino quienes, con el Evangelio, reforman profundamente el mundo para permitirle acceder a una liturgia que sea el reflejo de la que se celebra desde toda la eternidad en la Jerusalén celestial. Como lo ha señalado a menudo Benedicto XVI, en la raíz de la liturgia está la adoración y, por tanto, Dios. De ahí que haya que reconocer que la grave y profunda crisis que, desde el Concilio, afecta y sigue afectando a la liturgia y a la Iglesia misma, se debe al hecho de que su CENTRO ya no es más Dios y la adoración de Dios, sino los hombres y su pretendida capacidad de “hacer” algo para mantenerse ocupados durante las celebraciones eucarísticas. 

Incluso hoy existe un número importante de eclesiásticos que subestiman la grave crisis que atraviesa la Iglesia: relativismo en la enseñanza doctrinal, moral y disciplinaria, graves abusos, desacralización y banalización de la sagrada liturgia, visión puramente social y horizontal de la misión de la Iglesia. Muchos creen y proclaman a voz en cuello que el Concilio Vaticano II ha suscitado una verdadera primavera de la Iglesia. Sin embargo, un creciente cantidad de eclesiásticos concibe esta “primavera” como un rechazo, una renuncia a su multisecular herencia, o incluso como un cuestionamiento radical de su pasado y de su Tradición. Se le reprocha a la Europa política el abandonar o negar sus raíces cristianas, pero la primera en abandonar sus raíces y su pasado cristianos es, incontestablemente, la Iglesia católica post-conciliar. Ciertas Conferencias Episcopales se niegan incluso traducir fielmente el texto original del misal romano. Algunas exigen que cada Iglesia local pueda traducir el misal romano, no según la herencia sagrada de la Iglesia y según el método y los principios indicados por Liturgiam authenticam, sino según las fantasías, las ideologías y las expresiones culturales susceptibles, según se dice, de ser comprendidas y aceptadas por el pueblo. Pero lo que el pueblo desea es que se lo inicie en el lenguaje sagrado de Dios. El Evangelio y la Revelación mismos son “reinterpretados”, “contextualizados” y adaptados a la decadente cultura occidental. En 1968, el obispo de Metz, Francia, escribía en su boletín diocesano una enormidad espantosa que era como la voluntad y la expresión de una ruptura total con el pasado de la Iglesia. Según este obispo, debemos hoy repensar la concepción misma de salvación que nos ha traído Jesucristo, debido a que la Iglesia apostólica y las comunidades cristianas de los primeros siglos del cristianismo no entendieron nada del Evangelio: es solamente en nuestra época que se ha comprendido el designio de salvación que nos ha traído Jesús. He aquí la audaz y sorprendente afirmación del obispo de Metz: “La transformación del mundo (mutación de civilización) enseña e impone un cambio en la concepción misma de la salvación que nos ha traído Jesucristo: esta transformación nos revela que el pensamiento de la Iglesia sobre el designio de Dios fue, antes de la presente mutación, insuficientemente evangélico […] Ninguna época ha estado, como la nuestra, en situación de comprender el ideal evangélico de vida fraternal” [citado por Madiran, J., L’hérésie du XXe siècle, París, Nouvelles Editions Latines (NEL), 1968, p. 166]. 

Con semejante visión, no es para sorprenderse de las devastaciones, destrucciones y guerras que se han producido a continuación y persisten hasta nuestros días a nivel de la liturgia, la doctrina y la moral, ya que se pretende que ninguna otra época, aparte de la nuestra, ha estado en situación de comprender “el ideal evangélico”. Hay muchos que se niegan a encarar la obra de auto-destrucción que realiza la propia Iglesia con la demolición planificada de sus fundamentos doctrinales, litúrgicos, morales y pastorales. Entre tanto, hay voces eclesiásticas de alto rango que se multiplican, afirmando obstinadamente errores doctrinales, morales y litúrgicos manifiestos, aun cuando han sido condenados mil veces, y trabajan en la demolición del poco de fe que le queda al pueblo de Dios, mientras la barca de la Iglesia surca el mar tempestuoso de este mundo decadente y las olas se dejan caer sobre ella hasta el punto de llenarla de agua. Pero un número cada vez mayor de eclesiásticos y de fieles vocifera: “¡Todo está bien, señora marquesa!”. 


Pero la realidad es todo lo contrario: como lo decía el cardenal Ratzinger, “los papas y los padres conciliares esperaban una nueva unidad católica, pero hemos caminado a una DISENSIÓN que –para citar las palabras de Pablo VI- parece haber evolucionado de la auto-crítica a la auto-destrucción. Se esperaba un nuevo entusiasmo y a menudo se ha llegado, por el contrario, al tedio y al desaliento. Se esperaba un salto hacia adelante y, en cambio, se tiene al frente un proceso evolutivo de decadencia que se ha desarrollado en gran medida refiriéndose, sobre todo, a un pretendido espíritu del Concilio, al que, con esto, se ha desacreditado cada vez más” (Ratzinger, Entretien sur la foi, pp. 30-31). “Hoy nadie, honrada y seriamente, se atreve a poner en duda las manifestaciones de crisis y de guerras litúrgicas a que ha conducido el Concilio Vaticano II” (Ratzinger, J., Principes de la théologie catholique, Téqui, 1985, p. 413). Hoy se procede a la fragmentación y a la demolición del santo misal romano al abandonarlo a las diversidades culturales y a los fabricantes de textos litúrgicos. Me complace aquí felicitar el trabajo gigantesco y maravilloso realizado, a través de Vox Clara, por las Conferencias episcopales de lengua inglesa, y las Conferencias episcopales de lengua española y coreana, etcétera, que han traducido el Missale Romanum fielmente y en perfecta conformidad con las indicaciones y principios de Liturgiam authenticam, obteniendo la recognitio de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos.

Una guerra litúrgica

Con posterioridad a la publicación de mi libro Dios o nada, me han hecho una pregunta sobre esta “guerra litúrgica” que divide demasiado frecuentemente a los católicos desde hace ya décadas. Y he contestado que se trata de una aberración, porque la liturgia es, por excelencia, el ámbito donde los católicos deberían vivir la experiencia de la unidad en la verdad, en la fe y en el amor y que, en consecuencia, es inconcebible celebrar la liturgia teniendo en el corazón sentimientos de lucha fratricida y de rencor. Además, ¿acaso no ha pronunciado Jesús palabras muy exigentes sobre la necesidad de ir a reconciliarse con el hermano antes de presentar la propia ofrenda ante el altar (cfr. Mt 5, 23-24)? Puesto que “[l]a liturgia misma mueve a los fieles, saciados de los misterios de la Pascua, a no tener ya sino un solo corazón en la piedad” (cfr. Postcomunión de la Vigilia y del Domingo de Pascua), ella ora por “que observen en sus vidas lo que han conocido por la fe”. Y la renovación, en la Eucaristía, de la Alianza del Señor con los hombres, mueve e inflama a los fieles en la caridad exigente de Cristo. Es, pues, la liturgia, y especialmente la Eucaristía, como una fuente de la cual mana para nosotros la gracia, que nos obtiene con el máximo de eficacia esta santificación de los hombres en Cristo, esta glorificación de Dios a la que se encaminan, como a su fin, todas las demás obras de la Iglesia (Sacrosanctum Concilium, núm. 10). En este “cara a cara” con Dios que es la liturgia, nuestro corazón debe estar purificado de toda enemistad, lo que supone que cada uno debe ser respetado en su propia sensibilidad. Esto significa, concretamente, que si hay que reafirmar que el Concilio Vaticano II jamás ha pedido hacer tabla rasa del pasado ni, por tanto, abandonar el misal llamado de San Pío V, que ha dado a luz a tantos santos, entre los cuales están esos tres sacerdotes admirables que son Juan María Vianney, el cura de Ars, San Pío de Pietralcina y San Josemaría Escrivá de Balaguer, es esencial promover la renovación litúrgica querida por el mismo Concilio, en particular el Misal llamado del Beato Pablo VI. 

Y agregaba yo en mi respuesta que lo que importa, sobre todo, sea que se celebre la forma ordinaria o la extraordinaria, es dar a los fieles aquello a que tienen derecho: la belleza de la liturgia, su sacralidad, su silencio, el recogimiento, la dimensión mística y la adoración. La liturgia debe ponernos cara a cara frente a Dios en una relación personal y de intensa intimidad, debe sumergirnos en la intimidad de la Santísima Trinidad. Hablando del usus antiquior en su carta que acompañó a Summorum Pontificum, Benedicto XVI decía que “luego del Concilio Vaticano II se hubiera podido suponer que la demanda del uso del misal de 1962 iba a limitarse a la generación más anciana, la que había crecido con él; pero, con el paso del tiempo, se hizo claro que también los jóvenes descubrían esta forma litúrgica, se sentían atraídos por ella y encontraban en ella una manera de encontrarse con el misterio de la Santísima Eucaristía que les venía especialmente bien”. Se trata de una realidad ineludible, de un verdadero signo de nuestros tiempos. Cuando los jóvenes se ausentan de la liturgia, debemos preguntarnos: ¿por qué? Debemos cuidar que las celebraciones según el usus recentior faciliten también ese encuentro y que conduzcan a la gente por el camino de la via pulchritudinis, que lleva a Cristo viviente y a la obra en su Iglesia hoy, a través de sus ritos sagrados. En efecto, la Eucaristía no es una especie de “cena entre amigos”, una comida de convivencia de la colectividad, sino un Misterio sagrado, el gran Misterio de nuestra fe, la celebración de la Redención llevada a cabo por Nuestro Señor Jesucristo, la conmemoración de la muerte de Jesús en la Cruz para librarnos de nuestros pecados. 

Corresponde, pues, celebrar la santa Misa con la belleza y el fervor del Santo Cura de Ars, del Padre Pío y de San Josemaría, y ello es una condición sine qua non para llegar “desde arriba”, si se puede decir, a una reconciliación litúrgica (cfr. Entrevista en el sitio católico Aleteia, de 4 de marzo de 2015). Rechazo, pues, con energía el que ocupemos nuestro tiempo oponiendo una liturgia a otra, o el misal de San Pío V al del Beato Pablo VI. De lo que se trata, más bien, es de entrar en el gran silencio de la liturgia, dejándose enriquecer por todas las formas litúrgicas, sean éstas, por lo demás, latinas u orientales. En efecto, sin esta dimensión mística del silencio y sin un espíritu contemplativo, la liturgia se transforma en ocasión de un odioso destrozarse mutuamente, de enfrentamientos ideológicos y de humillación pública de los débiles por parte de quienes pretenden detentar autoridad, en vez de ser el lugar de nuestra unidad y de nuestra comunión en el Señor. Así, en vez de enfrentarnos y de detestarnos, la liturgia debiera hacernos llegar todos juntos a la unidad en la fe y al verdadero conocimiento del Hijo de Dios, al estado del Hombre perfecto, a la plenitud de la estatura de Cristo… y así, viviendo en la verdad del amor, creceremos en Cristo para elevarnos en todo hacia El, que es la Cabeza (cfr. Ep 4, 13-15) [cf. Entrevista en La Nef, octubre de 2016, pregunta 9].

Como sabéis, el gran liturgista alemán Mons. Klaus Gamber (1919-1989) designaba con la palabra “Heimat” esta casa común o “pequeña patria” que es la de los católicos reunidos en torno al altar del Santo Sacrificio. El sentido de lo sagrado, que impregna e irriga a los ritos de la Iglesia, es correlativo indisociable de la liturgia. Ahora bien, en los últimos decenios, numerosos fieles han sido desconcertados, e incluso profundamente alterados, por las celebraciones caracterizadas por un subjetivismo superficial y devastador, hasta el punto de que ya no encuentran su “Heimat”, su casa común. ¡Los más jóvenes no la han conocido jamás! ¡Cuántos se han marchado silenciosamente, especialmente los más pequeños y los más pobres de entre ellos! Se han convertido, en cierta forma, en “apátridas litúrgicos”. El “movimiento litúrgico”, al cual están asociadas las dos formas, se propone, pues, devolverles su “Heimat” y, de este modo, reintroducirlos en su casa común, porque sabemos bien que, en su obra teológica y sacramentaria, el cardenal Joseph Ratzinger, mucho antes de la publicación de Summorum Pontificum, había puesto en evidencia que la crisis de la Iglesia y, por tanto, la crisis y debilitamiento de la fe, provienen en gran parte del modo como tratamos a la liturgia, según el viejo adagio lex orandilex credendi. En el prefacio que escribió a la obra maestra de Mons. Gamber, Die Reform der römischen Liturgie (La reforma de la liturgia romana), el futuro papa Benedicto XVI afirmaba lo que cito a continuación:

“Un joven sacerdote me decía hace poco: nos hace falta hoy un nuevo movimiento litúrgico. Ello es la expresión de una preocupación que, actualmente, sólo algunos espíritus voluntariamente superficiales podrían desechar. Lo que le importaba a este sacerdote no era conquistar nuevas y audaces libertades: ¿qué libertad hay que no se haya ya atribuído alguien? Ese sacerdote sentía que tenemos necesidad de un nuevo comienzo, surgido de lo íntimo de la liturgia, como lo quiso el movimiento litúrgico cuando estuvo en el apogeo de su verdadera naturaleza, cuando de lo que se trataba no era de fabricar textos, de inventar acciones y formas, sino de redescubrir el centro vivo, de penetrar en el tejido, propiamente tal, de la liturgia, para que la plenitud de ésta surgiera de su sustancia misma. La reforma litúrgica, en su realización concreta, se ha alejado siempre, y cada vez más, de este origen. El resultado no ha sido una reanimación sino una devastación. Por una parte, se da una liturgia que ha degenerado en show, en el que se procura hacer la religión interesante con la ayuda de invenciones de moda y de máximas morales provocativas, con momentáneos éxitos en el grupo de los fabricantes litúrgicos, y con una actitud de claro alejamiento de parte de quienes buscan en la liturgia no un showmaster espiritual, sino un encuentro con el Dios vivo, delante del cual todo “hacer” se vuelve insignificante; un encuentro que es el único capaz de hacernos acceder a las verdaderas riquezas del ser. Por otra parte, se da la conservación de formas rituales cuya grandeza conmueve siempre pero que, llevada hasta el extremo, manifiesta una aislación terca que no deja, al cabo, más que tristeza. Es cierto que hay, entre estos extremos, sacerdotes y fieles que celebran la liturgia nueva con respeto y solemnidad, pero son cuestionados por la contradicción entre los dos extremos, y la falta de unidad interna en la Iglesia hace, finalmente, que su fidelidad parezca, a pesar de muchos de ellos, como una simple variedad personal de neo-conservadurismo. Debido a esto es que es necesario un nuevo impulso espiritual para que la liturgia sea para nosotros, de nuevo, una actividad comunitaria de la Iglesia y se la arranque a la arbitrariedad. No se puede “fabricar” un movimiento litúrgico de este tipo –como tampoco se puede “fabricar” ningún ser vivo- pero se puede contribuir a su desarrollo esforzándose por asimilar de nuevo el espíritu de la liturgia y defendiendo públicamente lo que se ha recibido”.

Pienso que esta larga cita, tan exacta y límpida, debiera interesaros al comienzo de este Coloquio y contribuir también a vuestra reflexión sobre “la fuente del porvenir” (“die Quelle der Zukunft”) a que se refiere el motu proprio Summorum Pontificum. En efecto, permitid que os transmita una convicción que tengo desde hace tiempo: la liturgia romana reconciliada en sus dos formas, que es ella misma “fruto de un desarrollo”, según la expresión de otro gran liturgista alemán, Joseph Jungmann (1889-1975), puede lanzar el proceso decisivo del “movimiento litúrgico” que tantos sacerdotes y fieles aguardan desde hace tanto tiempo. ¿Por dónde comenzar? Me permito proponeros las tres pistas siguientes, que resumo en estas tres letras: SAF: silencio, adoración, formación, en francés, y en alemán: SAA: StilleAnbetungAusbildung

En primer lugar, el silencio sagrado, sin el cual no se puede encontrar a Dios. En mi obra La fuerza del silencio, he escrito: “En el silencio, el hombre no conquista su nobleza y su grandeza sino estando de rodillas para escuchar y adorar a Dios” (núm. 66). 


Luego, adoración. A propósito de esto, cuento mi experiencia espiritual en este mismo libro La fuerza del silencio: “En cuanto a mí, sé que los momento más importantes de mi día están en esas horas incomparables que paso de rodillas en la oscuridad delante del Santísimo Sacramento del Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Estoy como sumergido en Dios y rodeado por todas partes por su presencia silenciosa. Quisiera no pertenecer sino a Dios y hundirme en la pureza de su Amor. Con todo, me doy cuenta de cuán pobre soy, cuán lejos estoy de amar al Señor como Él me ha amado hasta el punto de entregarse por mí” (núm. 54). 

En fin, la formación litúrgica a partir del anuncio de la fe o catequesis que tiene como referencia al Catecismo de la Iglesia Católica, lo cual nos protege de las elucubraciones más o menos sabias de ciertos teólogos mal presentadas como “novedades”. He aquí lo que decía acerca de esto en lo que hoy se ha convenido en llamar, no sin una dosis de humor, el “Discurso de Londres” de 5 de julio de 2016, pronunciado por mí durante la III Conferencia Internacional de la Asociación Sacra Liturgia: “La formación litúrgica es, ante todo y esencialmente, una inmersión en la liturgia, en el profundo misterio de Dios. Se trata de vivir la liturgia en todas sus dimensiones, de embriagarse bebiendo de una fuente que no apaga jamás nuestra sed de riqueza, de orden y de belleza, de silencio contemplativo, de exultación y de adoración, de ese poder que nos hace unirnos íntimamente a Aquél que está obrando en y por los ritos sagrados de la Iglesia” (Sarah, R., Discurso pronunciado con ocasión de la III Conferencia Internacional de la Asociación Sacra Liturgia, Londres, 5 de julio de 2016; cfr. el sitio de la Asociación Sacra Liturgia: Hacia una auténtica puesta por obra de Sacrosanctum Concilium, 11 de julio de 2016).

Es, pues, en este contexto global y en un espíritu de fe y de profunda comunión con la obediencia de Cristo en la Cruz que, humildemente, os pido aplicar con gran cuidado Summorum Pontificum, no como una medida negativa y retrógrada, vuelta hacia el pasado, o como algo que construye muros y crea un gueto, sino como una importante y auténtica contribución a la vida litúrgica actual y futura de la Iglesia, así como al movimiento litúrgico de nuestro tiempo, del cual más y más personas, especialmente jóvenes, beben tantas cosas verdaderas, buenas y bellas.

Quisiera concluir esta introducción con las palabras luminosas de Benedicto XVI al final de la homilía pronunciada en 2008, en la solemnidad de los santos Pedro y Pablo: “Cuando el mundo, en conjunto, se haya convertido en liturgia de Dios, cuando, en su realidad, se haya convertido en adoración, entonces habrá alcanzado su objetivo, entonces será sano y salvo”.

Os agradezco vuestra benévola atención. Y que Dios os bendiga y llene vuestras vidas con su Presencia silenciosa.

            + Robert, Cardenal Sarah
            Prefecto de la Congregación para el Culto Divino
            y la Disciplina de los Sacramentos





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