sábado, 28 de septiembre de 2013

Domingo XXVI (ciclo c) San Ambrosio

El rico Epulón
(Lc.16,19-31)

        Había un hombre rico que vestía de púrpura. Y puesto que se hace mención del nombre, parece tratarse más de una historia que de una parábola. Con toda intención, el Señor nos ha presentado aquí a un rico que gozó de todos los placeres de este mundo, y que ahora, en el infierno, sufre el tormento de un hambre que no se saciará jamás; y no en vano presenta, como asociados a sus sufrimientos, a sus cinco hermanos, es decir, los cinco sentidos del cuerpo, unidos por una especie de hermandad natural, los cuales se estaban abrasando en el fuego de una infinidad de placeres abominables; y, por el contrario, colocó a Lázaro en el seno de Abrahán, como en un puerto tranquilo y en asilo de santidad, para enseñarnos que no debemos dejarnos llevar de los placeres presentes ni, permaneciendo en los vicios vencidos por el tedio, determinar una huida del trabajo. Trátese, pues, de ese Lázaro que es pobre en este mundo, pero rico delante de Dios, o de aquel otro hombre que, según el apóstol, es pobre de palabra, pero rico en fe (St 2, 5) —a la verdad, no toda pobreza es santa, ni toda riqueza reprensible, sino del mismo modo que la lujuria contamina las riquezas, así la santidad recomienda la pobreza—,o del hombre apostólico que conserva íntegra su fe, que no busca la belleza en las palabras, ni el acopio de argumentos, ni tampoco los fastuosos ropajes de las frases, puesto que este tal recibió ya su apropiada recompensa cuando luchó contra los herejes maniqueos: Marción, Sabelio, Arrio y Fotino—éstos no son otra cosa que los hermanos de los judíos, a los que están unidos por una hermandad llena de perfidia—, reprimiendo los deseos de la carne que, como he dicho, sirven de incentivo a los cinco sentidos, es decir, de ese que recibió la recompensa que se le prometió, cuando se le entregó, en pago, riquezas sobreabundantes y una soldada perpetua.

Y no es que creamos que es errado el sostener que este pasaje se refiere a la fe que Lázaro recoge de la mesa de los ricos, ese Lázaro cuyas úlceras, según el texto, daban asco al rico Epulón, que entre banquetes suntuosos y convites llenos, de perfumes no podía soportar el mal olor de esas úlceras que lamían los perros, a aquel que sentía hastío hasta del olor del aire y de la misma naturaleza; y es que no hay duda que la arrogancia y el orgullo de los ricos tienen signos propios para manifestarse y de tal manera se olvidan éstos que son hombres, que, como si estuvieran por encima de la naturaleza humana, encuentran en las miserias de los pobres un incentivo para sus pasiones, se ríen del necesitado, insultan al mendigo y saquean a esos mismos de los que se debían apiadar.

El que quiera puede adherirse, como un nuevo Lázaro, a los dos puntos de vista. A éste tal le comparo con aquel otro que fue azotado muchas veces por los judíos (cf. 2 Co 11, 24) para, por este medio, comunicar a los creyentes la paciencia y llamar a los gentiles, ofreciendo, por así decir, las llagas de su cuerpo para que fuesen lamidas por los perros ; porque está escrito: Volverán por la tarde y padecerán hambre, como los perros (Sal 58, 15). No hay duda que la mujer cananea a quien se dijo: Nadie coge el pan de los hijos y lo da a los perros, comprendió completamente este misterio. Entendió claramente que este pan no es un pan visible, sino aquel al que éste simboliza, y por eso respondió: Bien, Señor, pero los cachorritos comen de las migas que caen de la mesa de sus señores. Esas migas son de este pan. Y porque el pan es la palabra, y la fe es algo propio de la palabra, por eso se dice que las migas son como los dogmas de fe. Y así, para confirmar que esa afirmación era exacta, les respondió el Señor: ¡Oh mujer! ¡Grande es tu fe! (Mt 15, 22ss).

¡Oh felices úlceras que logran aniquilar el dolor eterno! ¡Oh migas abundantes que hacéis imposible el ayuno sin fin, que colmáis de bienes eternos al pobre que os recoge! El jefe de la sinagoga os tiraba de su mesa al atentar contra los misterios internos de las Escrituras de los Profetas y de la Ley ; en efecto, las migas son las palabras de las Escrituras, de las que se dice: Has dado las espaldas a mis palabras (Sal 49, 17). El escriba os rechazaba, pero Pablo os recogía con todo cuidado cuando, por medio de su sufrimiento, atraía hacia sí al pueblo. Todos aquellos que vieron que no temía a la mordedura de la serpiente y que creyeron cuando vieron que la sacudía (Hch 28, 3ss), le lamían su llaga. Como también le lamió y creyó aquel guardián de la cárcel que le lavó las heridas (ibíd., 16, 33). Bienaventurados esos perros sobre los que cae ese líquido de las úlceras, ya que él colmará sus corazones y fortalecerá sus gargantas con el fin de que estén preparados para guardar la casa, defender los rebaños y vigilar a los lobos.

Pon ante tu vista ahora a los arrianos, que no se preocupan sino de placeres de este mundo, buscando la alianza con el poder real, con el fin de atacar con las armas de la guerra la verdad de la Iglesia; ¿no te parece verlos sobre esos lechos elaborados de púrpura y lino, defendiendo sus errores como si fueran verdades, pródigos en discursos altisonantes, teniendo la vanagloria de hablar de que la tierra tembló bajo el cuerpo del Señor, que el cielo se cubrió de tinieblas, que su palabra hacía apaciguar el mar, cuando, en realidad, niegan que era verdadero Hijo de Dios? Y contempla también a ese pobre que, sabiendo que el reino de Dios no consiste en palabras, sino en la virtud (1 Co 4, 20), expresó su pensamiento con brevedad diciendo: Tú eres el Hijo de Dios vivo (Mt 16, 16); ¿no te parece que esas grandes riquezas padecen una gran necesidad y, por el contrario, esta pobreza lo posee todo? La herejía, que nada en la abundancia, ha compuesto muchos evangelios; la fe, pobre, ha conservado el único Evangelio que ha recibido; la rica filosofía se ha inventado muchos dioses; la Iglesia, pobre, sólo conoce un Dios.

Así pues, entre ese rico y este pobre existe “un gran abismo”, ya que después de la muerte no se podrán cambiar los méritos; por eso se nos muestra al rico en el infierno deseando que el pobre le dé un poco de agua refrescante, ya que el agua es el reconstituyente del alma atormentada por los sufrimientos; por eso, haciendo alusión a ésta, dice Isaías: Sacaréis con alegría el agua de las fuentes de la salud (12, 3). Pero ¿por qué aquél es torturado antes del juicio? Sencillamente, porque, para el lujurioso, el hecho de no gozar de los placeres supone ya un castigo. Porque, en efecto, el Señor dice: Allí habrá llanto y crujir de dientes, cuando viereis a Abrahán, a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el reino de los cielos (Lc 13, 28).

Tarde comienza este rico a ser maestro, puesto que es tiempo de aprender y no de enseñar. En este pasaje, el Señor proclama con toda claridad que el Antiguo Testamento es el fundamento de la fe, destrozando la maldad de los judíos y echando fuera las malas intenciones de los herejes, que son quienes hacen naufragar a las mentes más débiles; en realidad, pequeños son todos aquellos que todavía no conocen el progreso en la virtud.

Sin embargo, es lícito notar que tanto la parábola anterior del administrador aquel (Lc 16, 1ss) como la presente de este rico, contienen un reclamo a la misericordia, y fácilmente, lo que quiso enseñar allí a los santos, a quienes llama sus amigos y a quienes les entrega sus mansiones, esto mismo desea que comprendan los pobres ahora.

SAN AMBROSIO, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (I), L.8, 13-20, BAC Madrid 1966, pág. 481-86

 

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