lunes, 3 de febrero de 2020

La fuerza del testimonio de fe de San Blas traspasó los siglos y llega hasta nosotros - Mons. Agustín García Gasco Vicente


Homilía de
 Mons. Agustín García Gasco Vicente

en la Fiesta de San Blas

Parroquia El Salvador (Burriana)
3 febrero 2001



1. Los cristianos siempre celebramos con gran alegría a los mártires porque sabemos que "Dios los puso a prueba y los halló dignos de sí" (Sab 3,5), como dice el libro de la Sabiduría. Veneramos, especialmente, a aquellos Santos Pastores que supieron dar su vida por Cristo y por su Iglesia. Tal es el caso de San Blas.

Cuenta la tradición que Blas nació en el último cuarto del siglo III, en la ciudad de Sebaste, (en Asia Menor, dentro de la actual Turquía). Fue educado en la fe cristiana por sus padres. Pronto se desarrollaron en él grandes cualidades humanas y espirituales. Hombre piadoso, de sana conducta y modales, inteligente, hombre seducido por las maravillas de Dios. Estudió filosofía y ciencias naturales. Admirado de la belleza de la creación también estudió medicina. En el ejercicio de esta profesión, conoció de cerca la naturaleza humana y sus dolencias corporales y espirituales. Proyectó retirarse a la oración. Pero Dios tenía sus propios planes.

A principios del siglo IV murió el Obispo de Sebaste. La comunidad cristiana aclamó a San Blas y fue elegido, según las costumbres de la época, como nuevo Pastor de aquella Iglesia. Esto prueba el gran prestigio y fama de santidad que tenía. Blas no quería la elección, pero se manifestó muy clara la voluntad de Dios y terminó aceptando.


Se reveló como un Obispo modélico. Fue un magnífico educador, moderador y acompañante de la comunidad de los fieles cristianos. Deseoso de afianzarse "en la esperanza de la gloria de Dios" (Rom 5,2), se retiraba con frecuencia a una cueva del monte Arceo, para orar en la soledad al Señor. Algunas personas cercanas a él llegaron a constituir un pequeño grupo de ermitaños y oraban junto con él. Dios confirmaba su palabra y su ministerio otorgándole el don de hacer milagros (cf. Mc 16,20) y su fama se extendió por toda Armenia.

En el año 315, el emperador de Oriente, Licinio, desató una cruel persecución contra los cristianos. La región de Capadocia fue la que sufrió mayor violencia. Se trataba de un auténtico santuario donde muchos cristianos, desde tiempos de los Apóstoles, se consagraban enteramente a la contemplación al abrigo de las silenciosas montañas.

El gobernador, Agricolao, actuó con mucha crueldad y saña. En cierta ocasión envió a sus soldados a cazar fieras para el circo, donde eran arrojados los que confesaban a Cristo. Llegados al monte Arceo dieron con la cueva donde estaba el Santo Obispo orando con sus discípulos. La tradición dice que muchos animales salvajes estaban recostados a la entrada, como mansos corderillos.

Los soldados avisaron al gobernador, quien mandó apresar a San Blas. La gente se enteró. Una multitud salió al camino, por donde iba la comitiva, para manifestar su apoyo al Obispo de Sebaste. En el trayecto, ocurrió algo que quedó grabado en la memoria del pueblo fiel. Una mujer con un niño en brazos se abrió paso y logró colocarse delante del Prelado. Su hijo se moría asfixiado porque tenía clavada una espina en la garganta. San Blas oró al Señor y la espina salió de la garganta del muchacho y se curó del todo. Esto hizo que la gente presionara más a los soldados para que liberaran al Obispo. Pero también provocó que el gobernador se enfureciera más y deseara acabar con él lo antes posible.

San Blas fue sometido a la prueba de ofrecer sacrificios a los ídolos. En vez de eso, aprovechó el momento para predicar el Evangelio al gobernador y su corte. Agricolao mandó apalearlo hasta la muerte. Pero su cuerpo resistió la paliza. A la vista de eso, lo encarcelaron. El testimonio de su fe y los signos que Dios obraba a través de él, provocaban la conversión de muchos al cristianismo. El gobernador optó por someterle a crueles torturas. Pero las superó todas. En un ataque de ira, el gobernador decidió que lo arrojaran públicamente a una laguna para que se ahogara. Pero el Señor puso de manifiesto a la vista de todos la fortaleza de la fe del Prelado y no se hundió. Finalmente, en el año 316, el Obispo Blas de Sebaste, "teniendo total esperanza en la inmortalidad" (Sab 3,4) fue decapitado.

La fuerza de este testimonio de fe traspasó los siglos y llega hasta nosotros. Más que las tradiciones milagreras, hemos de resaltar la lección de fortaleza y fidelidad que este santo, Pastor de la Iglesia y mártir de Cristo, nos da.

2. La Iglesia ha venerado siempre a sus mártires, no solo los del pasado, sino también los de nuestro tiempo. Hombres y mujeres que, procedentes de distintos estados de vida, supieron dar testimonio de su fe hasta el derramamiento de su sangre. Cuando la Iglesia reconoce que fueron testigos de la fe, dice de ellos: "Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero. Por eso están ante el trono de Dios dándole culto día y noche en su templo" (Ap. 7,14-15).

San Pablo advierte, con claridad, que "todo el que se proponga vivir como buen cristiano será perseguido" (2Tim 3,12). El seguimiento de Cristo compromete toda la vida con la Verdad del ser humano. No siempre el mundo está dispuesto a escuchar la Verdad. Este testimonio, que confiesa la Palabra de Dios "que no está encadenada" (2Tim 2,9), suscita dos tipos de reacciones: la acogida del Evangelio o el rechazo del mismo. El testigo de Cristo es un signo de contradicción porque con su testimonio pone en evidencia la luz de Dios que ilumina a todo hombre y denuncia las tinieblas de las idolatrías. El que vive el Evangelio se ve sometido a toda clase de pruebas, pero dichoso quien soporta la prueba porque "recibirá la corona de la vida que el Señor ha prometido a los que lo aman" (Sant 1, 12).

3. Sería sencillo acomodarse a lo fácil. San Blas pudo haberse librado de la muerte, si hubiera adorado a los ídolos. Pero eso le hubiera llevado al abismo. Amaba al Señor y era consciente de que él le había mandado "predicar el Evangelio a toda la creación" (Mc 16,15). Y sabía que su confianza se apoyaba en que "la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado" (Rom 5,5). San Blas también sabía que el discípulo de Cristo es aquel que permanece en su amor y goza de su amistad (cf. Jn 15,9.15).

"¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se perjudica a sí mismo?" (Lc 9,25). Jesús lo advertía a sus discípulos: "si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo" (Mt 10, 32-33). La opción por los ídolos, en contra de Jesucristo, coloca al que no da testimonio de su fe en el abismo del absurdo. ¿Hay algo más absurdo que traicionar el amor cuando éste se ha descubierto en su plenitud?

4. Cuando la Iglesia celebra a sus mártires recuerda la insondable riqueza del amor de Dios, que nos introduce en la plenitud de su gloria y nos hace partícipes de su ser. La fuerza que transmiten los creyentes en Cristo muestra quién es El. Este testimonio habla por sí solo y manifiesta al Resucitado allí donde se localizan los testigos veraces de la fe. Y no hay testigo más veraz de la fe que el que da la vida por Cristo.

Los mártires nos permiten reconocer cómo "los discípulos de Cristo, unidos íntimamente en su vida y en su trabajo con los hombres, esperan poder ofrecerles el verdadero testimonio de Cristo y trabajar por su salvación, incluso donde no pueden anunciar a Cristo plenamente. Así se ayuda a los hombres a conseguir la salvación por el amor de Dios y del prójimo y empieza a esclarecerse el misterio de Jesucristo, en quien apareció el hombre nuevo, creado según Dios, y en quien se revela el amor divino" (AG 12).

En realidad, todos los cristianos estamos llamados a este testimonio. "Es impensable que un hombre haya acogido la Palabra y se haya entregado al Reino sin convertirse en alguien que a su vez da testimonio y anuncia" (Pablo VI. Evangelii Nuntiandi, 24). Esto fue lo que movió siempre la vida de San Blas y la de todos los mártires cristianos, hasta el día de hoy.

5. En el siglo XX, tal vez más que en el primer período del cristianismo en nuestras tierras, son muchos los que dieron el testimonio de la fe con sufrimientos a menudo heroicos.

¡Cuántos cristianos pagaron su amor a Cristo también derramando su sangre! Sufrieron formas de persecución antiguas y nuevas, experimentaron el odio y la exclusión, la violencia y el asesinato. Su fidelidad al Evangelio se pagó con un precio muy alto.

Su recuerdo no debe perderse, más bien debe recuperarse de modo documentado. Los nombres de algunos fueron manchados por sus perseguidores, que añadieron al martirio la ignominia. Otros fueron ocultados por sus verdugos.

Sin embargo en mis visitas a numerosas parroquias de nuestra archidiócesis he podido comprobar que los cristianos conservan el recuerdo de gran parte de ellos.

La Iglesia misma lo reconoce así. El próximo 11 de marzo se proclamará solemnemente el martirio de muchos sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles cristianos laicos, hermanos nuestros que supieron dar la vida por Cristo.

Una Iglesia de mártires se convierte en señal orientadora para los hombres que buscan a Dios. Del sufrimiento de los mártires deriva una fuerza de purificación y de renovación porque actualizan el sufrimiento de Cristo y transmiten en el presente su fuerza salvífica.

El martirio no es una reprobación de nadie, ni siquiera una especie de propuesta ideológica en contra de ningún régimen social o político. El reconocimiento del martirio es siempre un deber de justicia para con los que dieron su vida por Cristo. También es un maravilloso reconocimiento de la dignidad de la naturaleza humana, que está invitada a la Salvación por el seguimiento de Jesucristo. Y, por si fuera poco, es una llamada a la reconciliación y a la paz que brotan de la fe: "habiendo, pues, recibido de la fe la justificación, estamos en paz con Dios, por nuestro Señor Jesucristo" (Rom 5,1).

Aprovecho para dar gracias a Dios por el don del testimonio en la fe de estos hermanos y también doy gracias al Santo Padre por elevarlos a los altares.

6. La causa de las persecuciones es siempre la misma: hacer perecer el nombre de Cristo, haciendo desaparecer a su Iglesia. Pero el efecto es contrario. "Los mártires fueron asesinados para que muriese de nuevo Cristo, no en la Cabeza, sino en su Cuerpo, pero la sangre santa derramada ha sido capaz de multiplicar la Iglesia y la muerte de los mártires ha constituido una siembra mayor" (San Agustín. Sobre los Salmos: Salmo 40, 1).

El testimonio de San Blas nos alienta a ser cristianos auténticos, manteniéndonos firmes en la fe, alegres en la esperanza y unidos en la caridad. Como San Blas, estamos llamados a proclamar, con hechos y con palabras, que Jesucristo es el Señor de la historia y que el Evangelio dignifica a la persona humana y la dispone para alcanzar la plenitud de su propio ser. Por nuestro testimonio paciente, en medio de la adversidad, "toda la vida de la Iglesia significa ir al encuentro de Dios oculto, al encuentro del Espíritu que da la vida" (Juan Pablo II. Dominum et vivificantem, 54).

Como dice Su Santidad, Juan Pablo II, "el mayor homenaje que todas las Iglesias tributarán a Cristo en el umbral del tercer milenio, será la demostración de la omnipotente presencia del Redentor mediante frutos de fe, esperanza y caridad en hombres y mujeres de tantas lenguas y razas, que han seguido a Cristo en las distintas formas de vocación cristiana" (Juan Pablo II. Tertio millennio adviniente, 37).

Tenemos que proclamar, sin miedo, a Jesucristo frente a las idolatrías de nuestro tiempo.

Los cristianos no podemos aceptar la violencia como método de imposición legal o ideológica. No podemos aceptar una cultura de la muerte donde no se respete el valor sagrado de la vida humana —don de Dios—, desde el momento de la concepción hasta su último instante.

Tampoco podemos aceptar unos modelos sociales y económicos que generan desigualdades intencionadas y esclavos de sistemas insolidarios.

No podemos callar cuando la familia se ve amenazada por el riesgo de la confusión y por planteamientos que conducen a equiparar cualquier modelo de relaciones al multisecular y fecundo modelo de familia de fundación matrimonial, consagrado por Dios.

No podemos conformarnos con una educación deficiente o parcial de nuestros niños y jóvenes. No podemos ceder ante las idolatrías que hieren el rostro humano, invitado al encuentro con el Dios verdadero.

Creemos en el Dios de Jesucristo, por eso testimoniamos al hombre según Jesucristo. Y no podemos olvidar que esto nos coloca ante el riesgo de ser perseguidos.

Hay muchas formas de persecución: ideológica, política, cultural, mediática, económica, educativa... pero siempre ha de prevalecer la convicción de que el Señor, nuestro Dios, no nos abandonará en los momentos de prueba.

El Señor sostiene con su misericordia a los que esperan en Él y, en el día final, saldremos siempre victoriosos.

7. Jesucristo "se sentó a la derecha de Dios" (Mc 16,19) y nos envió con poder a predicar el Evangelio. Se trata de comunicar a Cristo para iluminar, testificando verazmente la riqueza insoldable de Dios. Este Dios Viviente, que es comunión y comunicación de amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo, es el único que podemos adorar en espíritu y en verdad. El único que nos libera y nos da vida, una vida que no se agota jamás.

Nosotros, los cristianos, somos nacidos de la luz e hijos del día. Confiamos en el Señor y sabemos la verdad. "Los fieles a su amor permanecerán a su lado, pues la gracia y la misericordia están destinados a sus elegidos" (Sab 3,9). El mismo nos ha elegido, como a San Blas, para ser sus testigos ante las naciones.

Hermanos míos. Pidamos a San Blas que interceda por nosotros al Señor, para que se desembocen nuestras gargantas. Que nos libere de las espinas que nos asfixian para que, sin miedo y ejercitados en la paciencia, podamos ir a anunciar el Evangelio a toda criatura.

Que así sea.

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