lunes, 27 de julio de 2020

Meditaciones del tiempo ordinario con textos de Santo Tomás de Aquino 119


Lunes de la 17ª semana

PERMANENCIA EN CRISTO


1. Como el sarmiento no puede de sí mismo llevar fruto, si no estuviere en la vid; así vosotros, si no estuviereis en mí (Jn 15, 4).

Se demuestra en este lugar que la permanencia en Cristo es necesaria para fructificar. Como si dijere: Debéis permanecer en mí para que fructifiquéis, porque así como el sarmiento, el sarmiento material, no puede de sí mismo llevar fruto, si no estuviere en la vid, desde cuya raíz sube la savia para vivificar los sarmientos, así también vosotros no podéis llevar fruto, si no estuviereis en mí. Luego la permanencia en Cristo es la condición de la fructificación. Por eso se dice de los que no permanecen en Cristo: ¿Y qué fruto tuvisteis entonces en aquellas cosas de que ahora os avergonzáis? (Rom 6, 21); y Job: Será estéril la congregación del hipócrita (15, 34).

Esta semejanza es conveniente, porque yo soy la vid, y vosotros los sarmientos. Como si dijese: Vosotros estáis con relación a mí, como los sarmientos con respecto a la vid. Se dice de estos sarmientos: Extendió sus sarmientos hasta el mar (Sal 79, 12).

II. El que está en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto.

Aquí se demuestra que la permanencia en Cristo es eficaz; pues no sólo es necesaria la permanencia del hombre en mí para que fructifique, sino que también es eficaz; porque el que está en mí, creyendo, obedeciendo, perseverando, y yo en él, ilustrándolo, socorriéndolo, dándole perseverancia, éste, no otro, lleva mucho fruto. Lleva triple fruto en esta vida. El primero de ellos es abstenerse de los pecados; el segundo, dedicarse a obras de santidad; el tercero, vacar a la edificación de los otros: Del fruto de tus obras se saciará la tierra (Sal 103, 13). Lleva, además, un cuarto fruto en la vida eterna. Éste es el fruto último y perfecto de nuestros trabajos.


La razón de esta eficacia es porque sin mí no podéis hacer nada. Dice, pues, el Señor que sin él no solamente no podemos hacer cosas grandes, sino que ni siquiera las mínimas; y más aún, nada. Esto no es de maravillar, porque ni Dios hizo cosa alguna sin él: Nada de lo que fue hecho, se hizo sin él (Jn 1, 3). Pues nuestras obras provienen de la naturaleza, o de la gracia divina. Si de la naturaleza, como quiera que todos los movimientos de la naturaleza proceden del mismo Verbo de Dios, ninguna naturaleza puede moverse a hacer algo sin él. Si de la gracia, como él es autor de la gracia, pues la gracia y la verdad fueron hechas por Jesucristo (Jn 1, 17), es evidente que sin él no puede hacerse ninguna obra meritoria. Por eso dice el Apóstol: No que seamos suficientes de nosotros mismos para pensar algo, como de nosotros; mas nuestra suficiencia viene de Dios (2 Cor 3, 5). Sí, pues, ni siquiera podemos pensar algo si no es por Dios, mucho menos hacer otras cosas.
 (In Joan., XV)

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