miércoles, 1 de julio de 2020

Catequesis Marianas de San Juan Pablo II (10) - Finalidad y método de la exposición de la doctrina mariana


SAN JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 3 de enero de 1996

Finalidad y método de la exposición de la doctrina mariana


(Lectura: Sirácida, capítulo 24, versículos 24-27 y 30-31)

1. Siguiendo la constitución dogmática Lumen gentium, que en el capítulo VIII quiso "iluminar cuidadosamente la misión de la bienaventurada Virgen en el misterio del Verbo encarnado y del Cuerpo místico, así como los deberes de los redimidos para con la Madre de Dios", quisiera proponer ahora, en estas catequesis, una síntesis esencial de la fe de la Iglesia sobre María, aunque reafirmo, con el Concilio, que no pretendo "exponer una mariología completa", ni "resolver las cuestiones que todavía los teólogos no han aclarado del todo" (Lumen gentium, 54).

Deseo describir, ante todo, "la misión de la bienaventurada Virgen en el misterio del Verbo encarnado y del Cuerpo místico" (ib.), recurriendo a los datos de la Escritura y de la Tradición apostólica y teniendo en cuenta el desarrollo doctrinal que se ha alcanzado en la Iglesia hasta nuestros días.

Además dado que el papel de María en la historia de la salvación está estrechamente unido al misterio de Cristo y de la Iglesia, no perderé de vista esas referencias esenciales que, dando a la doctrina mariana su justo lugar, permiten descubrir su vasta e inagotable riqueza.

La investigación sobre el misterio de la Madre del Señor es verdaderamente muy amplia y ha requerido el esfuerzo de numerosos pastores y teólogos en el curso de los siglos. Algunos, queriendo poner de relieve los aspectos centrales de la mariología, la han tratado a veces junto con la cristología o la eclesiología. Pero, aún teniendo en cuenta su relación con todos los misterios de la fe, María merece un tratado específico que destaque su persona y su misión en la historia de la salvación a la luz de la Biblia y de la tradición eclesial.

2. Además, siguiendo las indicaciones conciliares, parece útil exponer cuidadosamente "los deberes de los redimidos para con la Madre de Dios, Madre de Cristo y Madre de los hombres, especialmente de los creyentes" (ib.).


En efecto, el papel que el designio divino de salvación asigna a María requiere de los cristianos no sólo acogida y atención, sino también opciones concretas que traduzcan en la vida las actitudes evangélicas de Aquella que precede a la Iglesia en la fe y la santidad. Así, la Madre del Señor está destinada a ejercer una influencia especial en el modo de orar de los fieles. La misma liturgia de la Iglesia reconoce su puesto singular en la devoción y en la vida de todo creyente.

Es preciso subrayar que la doctrina y el culto mariano no son frutos del sentimentalismo. El misterio de María es una verdad revelada que se impone a la inteligencia de los creyentes, y que a los que en la Iglesia tienen la misión de estudiar y enseñar les exige un método de reflexión doctrinal no menos riguroso que el que se usa en toda la teología.

Por lo demás, Jesús mismo había invitado a sus contemporáneos a no dejarse guiar por el entusiasmo al considerar a su madre, reconociendo en María, sobre todo, a la que es bienaventurada porque oye la palabra de Dios y la cumple (cf. Lc 11, 28).

No sólo el afecto, sino sobre todo la luz del Espíritu debe guiarnos para comprender a la Madre de Jesús y su contribución a la obra de salvación.

3. Sobre la moderación y el equilibrio que hay que salvaguardar tanto en la doctrina como en el culto mariano, el Concilio exhorta encarecidamente a los teólogos y a los predicadores de la palabra divina "a que eviten con cuidado toda falsa exageración..." (Lumen gentium, 67).

Las exageraciones provienen de cuantos muestran una actitud maximalista, que pretende extender sistemáticamente a María las prerrogativas de Cristo y todos los carismas de la Iglesia.

Por el contrario, en la doctrina Mariana es necesario mantener siempre la infinita diferencia existente entre la persona humana de María y la persona divina de Jesús. Atribuir a María lo máximo no puede convertirse en una norma de la mariología, que debe atenerse constantemente a lo que la revelación testimonia acerca de los dones que Dios concedió a la Virgen en razón de su excelsa misión.

Del mismo modo, el Concilio exhorta a teólogos y predicadores a evitar "una excesiva estrechez de espíritu" (ib.), es decir el peligro de minimalismo, que puede manifestarse en posiciones doctrinales, en interpretaciones exegéticas y en actos de culto, que pretenden reducir y hasta quitar importancia a María en la historia de la salvación, así como a su virginidad perpetua y a su santidad.

Conviene evitar siempre esas posiciones extremas, en virtud de una fidelidad coherente y sincera a la verdad revelada tal como se expresa en la Escritura y en la Tradición apostólica.

4. El mismo Concilio nos brinda un criterio que permite discernir la auténtica doctrina Mariana: "En la santa Iglesia [María] ocupa el lugar más alto después de Cristo y el más cercano a nosotros" (Lumen gentium, 54).

El lugar más alto: debemos descubrir esta altura conferida a María en el misterio de la salvación. Se trata, sin embargo, de una vocación totalmente referida a Cristo.

El lugar más cercano a nosotros: nuestra vida está profundamente influenciada por el ejemplo y la intercesión de María. Con todo, hemos de preguntarnos acerca de nuestro esfuerzo por estar cerca de ella. Toda la pedagogía de la historia de la salvación nos invita a dirigir nuestra mirada a la Virgen. La ascesis cristiana de todas las épocas invita a pensar en ella como modelo de adhesión perfecta a la voluntad del Señor. María, modelo elegido de santidad, guía los pasos de los creyentes en el camino hacia el paraíso.

Mediante su cercanía a las vicisitudes de nuestra historia diaria, María nos sostiene en las pruebas y nos alienta en las dificultades, señalándonos siempre la meta de la salvación eterna. De este modo, se manifiesta cada vez más su papel de Madre: Madre de su hijo Jesús y Madre tierna y vigilante de cada uno de nosotros, a quienes el Redentor, desde la cruz, nos la confió para que la acojamos como hijos en la fe.


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