miércoles, 21 de junio de 2017

Aquello que se ha dado en llamar “el espíritu del Concilio”, que es contrario al Concilio mismo - Mons. Héctor Aguer

Reflexión de S.E.R. Mons. Héctor Aguer
Arzobispo de La Plata,
en el programa "Claves para un Mundo Mejor"
(18 de mayo de 2017) 



Hoy quiero contarles una experiencia que he tenido recientemente y, a partir de ella, hacer un comentario. Hace poco recibí la consulta de un católico del interior del país que había oído a su párroco, en la misa dominical, decir en la homilía que ya no hay distinción entre lo sagrado y lo profano porque la Iglesia, según ese sacerdote, ha mandado salir al mundo y se ha identificado con él, de modo que ya no hay más distinción entre sagrado y profano. Le contesté obviamente a este señor parte de lo que les voy a expresar ahora a ustedes.

Esta distinción entre lo sagrado y lo profano viene desde la edad de piedra, por decirlo de algún modo, y si uno consulta una fenomenología de la cultura, una fenomenología de la religión, verá que siempre, siempre, el hombre ha comprendido que una cosa es lo que pasa aquí abajo y otra cosa es la relación con lo que los antiguos llamaban “el poder” o sea “el poder divino” o sea Dios, el mundo de Dios.

Además siempre ha habido, también desde tiempos inmemoriales, acciones sagradas, o sea dirigidas a Dios, distintas de las acciones cotidianas de los hombres. La confusión viene de los años posteriores al Concilio Vaticano II, pero no del mismo Concilio sino de aquello que se ha dado en llamar “el espíritu del Concilio”, que es contrario al Concilio mismo. Benedicto XVI ha insistido en que el Concilio debe ser leído a la luz de la gran tradición de la Iglesia, y si uno lee los documentos del Concilio Vaticano II, con todo su afán de reforma de la Iglesia, advierte una analogía con otros momentos históricos. Pienso, por ejemplo en lo que significó el Concilio de Trento para la gran reforma católica del siglo XVI; podríamos decir que lo es el Concilio Vaticano II para la gran renovación de la Iglesia a fines del Siglo XX y que continúa hoy día. Pero es una estafa hablar del “espíritu del Concilio” y hacer decir al Concilio lo contrario de lo que dijo.

¿Cómo es posible que no se reconozcan que existen realidades sagradas como la Santísima Eucaristía, por ejemplo, o la Santa Misa, o el hecho de la oración? En la oración el hombre se pone en comunicación con Dios y es eso algo distinto a la relación que uno tiene con las personas que le rodean o la intervención en acontecimientos propiamente humanos de cualquier carácter de cualquier parte, aunque sean óptimos.


Por cierto que estos dos niveles, sagrado y profano, no tienen por qué estar separados, se distinguen, pero lo sagrado tiene que influir en lo profano obviamente porque el cristiano, en gracia de Dios, tiene que tratar de que esa realidad interior se manifieste en su manera de obrar y entonces vaya mejorando las cosas de este mundo en la medida de lo posible.

Además no hay que olvidar el mandato de Jesús a sus apóstoles quien, antes de volver al Padre, les dijo: “vayan y hagan que todas las naciones (pánta ta étné, en griego, donde étné se referiría a las naciones gentiles, a las naciones paganas) bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado y yo estaré con ustedes siempre hasta el fin de los siglos”. La función de la Iglesia es enseñar lo que Cristo enseñó, y bautizar, porque el bautismo es una realidad sagrada y el efecto del bautismo es una realidad sagrada en nosotros, nosotros, por la gracia de Dios, somos personas sagradas y nuestra actividad religiosa, sacra, difiere de la actividad profana: nuestra adoración, nuestra relación con Dios.

Esta es la respuesta que le daba a este pobre hombre preocupado por lo que había escuchado. ¿Cómo puede un párroco decir una cosa semejante?.

Quiero leerles un pequeño párrafo del Concilio Vaticano II. Entre los documentos existe una Constitución que comienza precisamente con las palabras “Sacrosanctum concilium”, sobre la sagrada liturgia; subrayo lo de sagrada, un término que todo el tiempo está apareciendo en el texto. El párrafo dice así: “es característico de la Iglesia ser, a la vez, humana y divina, visible y dotada de elementos invisibles, entregada a la acción y dada a la contemplación, presente en el mundo y, sin embargo, peregrina y todo esto de suerte que en Ella lo humano esté ordenado y subordinado a lo divino, lo visible a lo invisible, la acción a la contemplación y lo presente a la ciudad futura que buscamos”.

Por tanto podríamos resumir diciendo que lo profano está ordenado a lo sagrado. Esa distinción es clarísima; no se puede abolir nunca so pena de perder lo esencial del cristianismo y, además, so pena de perder la misión que el Señor ha encomendado a la Iglesia que es llevar a todas las naciones al conocimiento y el amor de Jesús para que todas ellas puedan encaminarse a la ciudad de los cielos.


Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata

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