martes, 25 de junio de 2019

SENTENCIAS DE PRÓSPERO DE AQUITANIA TOMADAS DE AGUSTIN


1. La verdadera inocencia
La verdadera inocencia es la que no daña a sí ni a otro. Pues quien ama la iniquidad, odia su alma. Y ninguno peca contra sí mismo, antes de pecar contra otro.
 
2. El amor a los hombres
Debemos amar a los hombres, de modo que no amemos sus errores: porque una cosa es amar que hayan sido hechos, y otra odiar lo que hacen.
 
3. La eternidad verdadera
La verdadera eternidad y la inmutabilidad verdadera sólo se dan en la deidad de la Trinidad, porque su ser es un ser perpetuo; porque su naturaleza no tiene principio, y no necesita de aumento; y como no tiene ningún final, tampoco tiene mutabilidad alguna. Mas las criaturas a las que Dios concedió la eternidad, o se la ha de conceder, no carecen totalmente de fin, porque no están exentas de mutación, pues tienen fin y constitución temporal, y moción local, así como la mutación implicada en su aumento.
 
4. La paciencia de Dios
La paciencia divina hace que Dios perdone cuando es despreciado y cuando es negado; quiere más la vida del pecador que su muerte; le enseña la plenitud y le ofrece la corrección; ninguna de sus obras carece de misericordia, cuando amonesta al hombre con la indulgencia o con el azote.
 
5. El castigo divino
La bondad divina se aíra sobre todo en este mundo, para no airarse en el futuro; y misericordiosamente usa la severidad temporal, para no inferir justamente el castigo eterno.
 
6. La verdadera alabanza de Dios
Es verdadera la confesión del que bendice, cuando coinciden el sonido de la boca y el del corazón, Hablar bien, y vivir mal equivale a condenarse uno con su propia voz.
 
7. La virtud de la caridad
El amor de Dios y del prójimo es la virtud propia y especial de los piadosos y santos, mientras que las demás virtudes pueden ser comunes a los buenos y a los malos.
 
8. La doctrina apostólica
La doctrina apostólica es saludable y vital cuando no excluya a nadie, adaptándose a la capacidad de los oyentes; de modo que sean pequeños o grandes, débiles o fuertes, encuentren en ella alimento con que saciarse.
 
9. La búsqueda de Dios
Quien busca a Dios, busca el gozo. Búsquelo, pues, no para gozarse en sí mismo, sino para gozarse en Dios.
Porque acercándose a Dios queda iluminada la ignorancia sobre El, y se robustece su debilidad, concediéndosele inteligencia para ver y la caridad para que se enfervorice.
 
10. El hastío espiritual
Como es nocivo para el cuerpo no poder tomar el alimento corporal, así es peligroso para el alma sentir hastío por los deleites espirituales.
 
11. El fin de los buenos y el de los malos
Nunca san muchos los que buscan el no ser. ¿Por qué nada hay más escaso que lo debido a la perdición?
 
12. La serenidad del castigo divino
Dios no desea el castigo de los reos, como deseando saciarse con él; sino que determina lo justo con tranquilidad, y lo dispone Con recta voluntad, de modo que los mismos malos no queden trastornados.
 
13. El buen entendimiento
Tiene buen entendimiento quien hace lo que entiende rectamente que debe hacer. Por lo demás, la inteligencia sin obras es como la sabiduría sin temor, según está escrito: el principio de la sabiduría es el temor del Señor.
 
14. El descanso de quien vive todavía en este mundo
También tiene su descanso en esta vida el alma que está libre de la muerte de la infidelidad; la cual no se abstiene de las obras de la justicia, sino de las obras de la iniquidad; de modo que viviendo para Dios y muerta al mundo, descanse en la plácida tranquilidad de la humildad y de la mansedumbre.
 
15. Los votos hechos a Dios
Quien piensa bien lo que promete a Dios y los votos que debe hacerle, se dé y se entregue en voto a sí mismo. Se devuelva al César la imagen del César, y a Dios la imagen de Dios. Y así como debes tener en cuenta lo que ofreces, y a quien lo ofreces, así también debes tener presente dónde lo ofreces, porque fuera de la Iglesia Católica no hay lugar para el verdadero sacrificio.
 
16. La justicia y la gracia
La justicia tiene dos premios: uno cuando se devuelven bienes por bienes, y otro cuando se devuelven males por males. El tercero es el premio de la gracia, cuando mediante la regeneración se perdonan los males y se premian los bienes. Y así se muestra que todos los caminos del Señor son misericordia y verdad. Pero Dios desconoce la retribución de los impíos, consistente en devolver males por bienes; y si Dios no devolviera bienes por los males, no habría nadie a quien devolver bienes por los bienes.
 
17. Los ciudadanos de la patria celestial
Es peregrino en este mundo todo el que pertenece a la ciudad celestial; mientras vive esta vida temporal, vive en una patria extraña; en ésta son pocos los que conocen y aman a Dios en medio de muchas cosas atractivas y engañosas; para esos pocos los mandatos del Señor son luminosos y alumbran los ojos, de modo que no yerran ni en el amor de Dios ni en el del prójimo.
 
18. La victoria sobre la concupiscencia de la carne
Nadie hay que no tenga su alma oprimida por el cuerpo corruptible y por esta morada terrena. Pero debemos esforzarnos por superar los deseos de la carne con el vigor del espíritu; y el hombre interior que siente siempre la resistencia del mal, siempre ha de esperar ser ayudado por el auxilio divino.
 
19. La senda estrecha lleva a la vida
Es estrecho el camino que lleva a la vida, aunque por ella sólo se pueda correr con el corazón dilatado. Porque el camino de las virtudes, seguido por los pobres de Cristo, es amplio para la esperanza de los fieles, aunque resulte estrecho para la vanidad de los infieles.
 
20. El premio de la religión cristiana
Debemos honrar a Dios con tal afecto y amor, que él mismo sea el premio de su culto. Pues quien honra a Dios para merecer alguna cosa distinta de él, no honra a Dios, sino lo que desea conseguir.
 
21. No debemos juzgar las cosas ocultas
Es pecado juzgar las cosas ocultas del corazón ajeno; y es injusto reprender, basándose en sospechas, a quien sólo muestre obras buenas; pues sólo Dios, que todo lo ve como es, puede juzgar lo que está oculto al hombre.
 
22. El auxilio de Dios
Es un don divino el que pensemos cosas buenas y el que apartemos nuestros pies de la falsedad y de la injusticia. Porque siempre que obramos el bien, Dios actúa en nosotros y con nosotros para que obremos.
 
23. Los sufrimientos de los santos
Por justo juicio de Dios se da muchas veces poder a los pecadores para perseguir a los santos, a fin de que se hagan más ilustres sufriendo trabajos los que son auxiliados por el Espíritu de Dios.
 
24. La ciencia del bien
La ciencia del bien sólo es posible, cuando el conocimiento se ordena a la acción. Porque no medita útilmente la ley de Dios quien se esfuerza en conservar en la memoria lo que no cumple de hecho.
 
25. El amor a la ley
Quien ama la ley de Dios muestra que, en los hombres inicuos, no odia a los hombres, sino lo que es contrario a la ley divina.
 
26. El examen de los mandamientos divinos
Sólo con la mente tranquila se pueden escrutar los mandamientos de Dios. Así pues, para ejercer el estudio religioso se debe evitar las disputas de los malignos.
 
27. El provecho espiritual
Nadie hay tan erudito ni nadie tan docto que no necesite la ilustración divina. Porque el aumento de los bienes divinos nunca basta, de modo que siempre tiene el alma racional algo que desear y algo que hacer.
 
28. Dos clases de obras divinas
Si consideramos a todos los hombres conjuntamente, sabremos que unos se salvan por la misericordia, y otros son condenados por la verdad, y veremos que los caminos del Señor, es decir, la misericordia y la verdad, tienen un fin distinto. Pero si consideramos solamente a los santos, no se distinguen entre sí esos dos caminos del Señor; porque la verdad se identifica con la misericordia, y ésta con aquélla, ya que la felicidad de los santos es a la vez función de la gracia divina y premio de la divina justicia.
 
29. La observancia de la paz
Pertenece a la perfección cristiana el ser pacíficos incluso con los enemigos de la paz, mediante el consentimiento de la iniquidad; de modo que si esos enemigos no hacen caso ni al ejemplo ni a las exhortaciones de la caridad, no tengan verdaderos motivos para poder odiarnos.
 
30. La protección divina
El Señor nos guarda de todo mal, no para que estemos libres de toda adversidad, sino para que el alma no sea quebrantada por las adversidades. Porque cuando se presenta una tentación entramos de algún modo en lo que nos ataca, y la tentación termina con buen fin, o sin herida del alma, y así pasa desde lo hondo de la aflicción temporal al descanso eterno del cielo.
 
31. El auxilio de Dios
A la sociedad de la Jerusalén celestial sólo ascienden los que confiesan con sincero corazón que esa ascensión no se debe a las propias obras, sino que es un don de Dios.
 
32. El odio del mundo contra los cristianos
Todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo deberán sufrir oprobios de parte de los impíos y de los desemejantes; serán despreciados como necios y locos, que abandonan los bienes presentes, y se prometen los invisibles y futuros. Pero este desprecio y estas burlas se volverán contra los impíos, cuando su abundancia se transforme en pobreza, y su soberbia en confusión.
 
33. La paciencia de los fieles
Toda la salvación de los fieles y toda la fortaleza de su paciencia ha de atribuirse a quien es admirable en sus santos. Porque si Dios no estuviera presente en ellos, la fragilidad humana les haría sucumbir al furor de los impíos.
 
34. El obsequio debido a otros
De tal modo se deben portar los pueblos con los príncipes, y los siervos con sus señores, que ejercitando la tolerancia en las cosas temporales esperen los bienes eternos. Porque es mayor el mérito de la virtud, cuando no excluye el propósito de la religión.
 
35. La tolerancia de los avatares mundanos
Los rectos de corazón no se lamentan de los preceptos y de las disposiciones de Dios, porque es justo que aceptemos con ecuanimidad todo lo que nuestro juez quiere que toleremos.
 
36. La edificación de la casa de Dios
Todos los edificios santos progresan con el auxilio de Dios, y se conservan con su custodia. Es útil el cuidado de los jefes cuando el Espíritu de Dios preside a su pueblo, y no sólo se digna guardar a la grey, sino también a los mismos pastores.
 
37. Los gozos eternos
Los gozos de la ciudad eterna son también eternos, y la perpetua infinidad de sus días ni variará ni terminará, porque disfrutarán de una paz inmutable, en la cual serán bienes de todos los que son también bienes de cada uno.
 
38. La ley de la caridad
La ley de Cristo consiste en la perfección de la caridad, mediante la cual amamos a Dios y al prójimo, y por la cual nos dirigimos al dador de la ley diciendo: perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores 2. Pues con razón espera las promesas de Dios quien cumple sus mandamientos, y no en vano confía en que se le perdonen sus pecados quien perdona los ajenos.
 
39. Las órdenes de Dios
Dios no manda lo que le conviene a Él, sino lo que conviene, al que recibe sus órdenes. Por eso es el verdadero Señor, pues no necesita de siervos, y los siervos sí necesitan de Él.
 
40. La ciencia temporal
Lo que es nuevo en el tiempo, no es nuevo ante Dios, quien creó los tiempos, y quien sin tiempo tiene todas las cosas, a las que distribuye en diversos tiempos según la variedad de las mismas.
 
41. La providencia divina
La razón inmutable contiene la disposición de los seres mutables; y en ella están simultáneamente sin tiempo todas las cosas que son hechas no simultáneamente en los tiempos, ya que éstos no fluyen a la vez.
 
42. La impunidad de los pecadores
Nada hay más infeliz que la felicidad de los pecadores, con la que se alimenta una impunidad digna de castigo, y la mala voluntad se robustece como un peligroso enemigo interior.
 
43. La letra de la ley
Da muerte la letra de la ley, que nos dice que no debemos pecar, cuando falta el espíritu vivificador; pues más bien nos hace conocer el pecado, que evitarlo; y así lo hace aumentar, más que disminuir, porque se añade la prevaricación de la ley a la concupiscencia pecaminosa.
 
44. La ley y la gracia
Se dio la ley para que fuera buscada la gracia; se dio la gracia para que se cumpliera la ley. Esta no era cumplida a causa del vicio de la prudencia carnal, y no por culpa suya; vicio que había de ser manifestado por la ley, y curado por la gracia.
 
45. Las promesas de Dios
Dios promete lo que El mismo hace. Pues no promete El, y otro lo hace; lo cual no sería prometer, sino predecir. Por eso el efecto no depende de las obras, sino del que llama; no de aquéllas, sino de Dios; porque si el premio se imputara, no según la gracia, sino según el débito, la gracia dejaría de ser gracia.
 
46. Las culpas de los fieles, y los bienes de los infieles
Al justo no le impide llegar a la vida eterna el hecho de que tenga algunos pecados veniales, de los que no se puede librar en esta vida terrena; análogamente nada aprovechan al impío para llegar a la vida eterna algunas buenas obras, que con gran dificultad pueden faltar en la vida de cualquier hombre pésimo.
 
47. Los efectos de la mala voluntad
Cuando la mala voluntad recibe poder para hacer lo que desea, eso proviene del juicio de Dios, en el que no hay iniquidad alguna. Porque también castiga de este modo, de modo oculto, pero no injusto. Por lo demás, el injusto ignora ser castigado, a no ser cuando siente a su pesar y con manifiesto suplicio, cuán grande es el mal que voluntariamente perpetró.
 
48. La soberbia
Todos los demás vicios se nutren de malas obras; pero la soberbia ataca también a las obras buenas y en ellas ha de ser evitada.
 
49. El uso desigual de la fortuna
Importa mucho el uso que hacemos tanto de las cosas que llamamos prósperas, como de las cosas que denominamos adversas. Porque el hombre bueno ni se engríe con los bienes temporales, ni se derrumba con los males; en cambio, el hombre malo es herido por la infelicidad, porque es corrompido por la próspera fortuna.
 
50. La muerte de los santos
No se da muerte mala, cuando fue precedida por una vida buena. Pues sólo hace mala a la muerte lo que sigue a la muerte. Así pues, no debemos preocuparnos mucho de lo que sucede para morirnos a los que necesariamente hemos de morir, pero sí debe de preocuparnos a dónde hemos de ir después de la muerte.
 
51. La pureza no se pierde involuntariamente
No se pierde la santidad del cuerpo, si se conserva la santidad del alma, aunque el cuerpo resulte oprimido; pero se pierde la santidad del cuerpo, cuando es violada la pureza del alma, aun cuando el cuerpo quede intacto.
 
52. La fortaleza de la tolerancia
Muestra mayor ánimo quien elige llevar una vida trabajosa antes que huir de ella, así como desdeñar el juicio humano, especialmente el del vulgo, que anda comúnmente envuelto en sombra de error, en comparación de la luz y de la pureza de la conciencia.
 
53. La humildad de los justos
Cualesquiera males que los malos señores infligen a los justos, no son pena de la culpa, sino prueba de la virtud; por lo tanto, el bueno, aunque sirva, es libre, y el malo, aunque reine, es siervo, y no de un solo hombre, sino -lo que es más grave - de tantos señores cuantos son sus vicios.
 
54. La oblación de los votos
Nadie puede ofrendar a Dios algo bueno, sin recibir del mismo Dios lo que ofrenda.
 
55. La esencia de la deidad
Toda sustancia que no es Dios, es creatura, y la que no es creatura, es Dios. Así pues, no hay ninguna diferencia en la deidad de la Trinidad, porque lo que no está en Dios, no es Dios.
 
56. Cómo nos quiere Dios
Dios nos ama como seremos con el don del mismo Dios, y no como somos por nuestros propios méritos.
 
57. La acción temporal de Dios
El orden de los tiempos se contiene intemporalmente en la sabiduría divina, y nada hay nuevo en aquel que hizo todo lo que se hará.
 
58. La causa primera de todas las cosas
La voluntad divina es la primera y suprema causa de todas las mociones corporales y espirituales. Pues nada se hace visible y sensiblemente, que no sea ordenado y permitido en el tribunal invisible e inteligible del Sumo emperador, según la justicia inefable de los premios o los castigos, de las gracias y de las retribuciones, en la amplísima e inmensa república de todas las criaturas.
 
59. La soberbia del diablo y la humildad de Cristo
El diablo soberbio llevó al hombre ensoberbecido a la muerte; Cristo humilde devolvió a la vida al hombre obediente; porque como aquél ensalzado cayó e hizo caer al que consentía, así éste humillado resucitó y levantó al creyente.
 
60. El crecimiento espiritual
En las cosas espirituales, cuando el inferior se adhiere a un ser superior, como la criatura al Creador, aquél se hace mayor que era antes, no éste; y el ser mayor consiste en ser mejor, porque la criatura al adherirse al Creador no aumenta en cantidad, sino que se hace mayor en virtud.
 
61. La excelencia inefable de la deidad
La supereminencia de la deidad no sólo excede el poder de nuestro lenguaje usual, sino también el poder de la inteligencia. Pues Dios es más verdadero en sí mismo que en nuestro pensamiento. Y no es pequeña parte de nuestro conocimiento, si podemos saber lo que no es, antes de que podamos saber lo que es.
 
62. La verdadera felicidad
Todos los bienaventurados tienen lo que quieren, aunque no todos los poseedores de lo que quieren sean, por eso mismo, bienaventurados. Pero son, sin más, miserables quienes no tienen lo que quieren, o tienen lo que no aman rectamente. Por eso, está más cercana a la felicidad la voluntad recta, aunque no posea lo deseado, que la voluntad mala aunque haya conseguido lo deseado.
 
63. En qué consiste el estar con Dios
Es gran miseria del hombre no estar con aquel sin el cual no podría existir. Y si está con Él, ciertamente no está sin Él. Si no le recuerda, ni le conoce, ni le ama, no está con Él.
 
64. La encarnación del Verbo Divino
La divinidad del Verbo, que es igual al Padre, se hizo partícipe de nuestra mortalidad; no por su causa, sino por la nuestra, para que nosotros participemos de su divinidad, no por causa nuestra, sino por su causa.
 
65. Qué odio debemos tener a los malos
El odio perfecto es el que no carece ni de justicia ni de ciencia, de modo que no odiemos a los hombres por razón de los vicios, ni amemos los vicios por causa de los hombres. En los malos odiamos rectamente la maldad, y amamos la creatura, de manera que no debemos condenar la naturaleza por causa del vicio, ni amar el vicio por razón de la naturaleza.
 
66. El esfuerzo de los que fingen mentiras
El inventar mentiras es una tarea difícil y laboriosa. Decir la verdad no implica ningún trabajo; pues los buenos son más tranquilos que los malos, y son más absolutas las palabras de los veraces que las explicaciones de los falaces.
 
67. Las Sagradas Escrituras
Buenas son las profundidades de los misterios contenidos en las Sagradas Escrituras, que aparecen cubiertos, para que no resulten viles, y que se buscan para ejercitarnos, y se manifiestan para servirnos de alimento espiritual.
 
68. La oración del Señor
Cuando nuestro Señor Jesucristo rezaba derramando sudor de sangre, quería significar que las pasiones de los mártires emanarían de su cuerpo total, que es la Iglesia.
 
69. La recepción de los sacramentos
El indigno recibe el sacramento de la piedad para su propio juicio o condenación. Pues lo que es bueno no puede hacer bien a quien lo recibe mal.
 
70. Las alabanzas de Dios
Quien alaba a Dios por sus maravillosos beneficios, le alaba también por sus terribles castigos. Pues se muestra blando y se muestra amenazador. Si no se mostrara blando, no podría exhortarnos al bien; si no amenazara, no sería posible la corrección.
 
71. El adelanto de la conversión
No debemos diferir, con retrasos, los remedios de la conversión a Dios, y el tiempo de la corrección no debe perderse con la tardanza. Pues quien prometió perdón al penitente, no promete indulgencia a quien no se arrepiente con la excusa de que lo hará más tarde.
 
72. La humildad en la oración
Justo es, e invoca bien al Señor, quien se acusa a sí mismo, y no a Dios, en los males que padece, y en el bien que hace alaba a Dios, y no se alaba a sí mismo. Porque Dios rechaza al que defiende sus pecados, y acoge al que los confiesa.
 
73. La admiración de las criaturas
Es admirable la fábrica del mundo; pero todavía más admirable es su fabricante. Se comporta mal con las criaturas el que se aparta del Creador; si se adhiere al superior, pisoteará las cosas inferiores, para que no se le convierta en castigo lo que amó en contra del orden de la naturaleza.
 
74. El alma desordenada
El alma racional que antepone las cosas inferiores a las superiores no puede regir lo que regía, porque no quiso ser regida por quien era regida.
 
75. La pena del pecado
El cuerpo de nuestra carne nos sirvió de adorno; pecamos, y así recibimos las cadenas, de modo que todo el curso de las acciones humanas es obstaculizado por las ataduras de la mortalidad.
 
76. El modo de salmodiar
Salmodia rectamente alabando a Dios aquel cuyas obras concuerdan con sus palabras. Porque terminado el canto, la voz calla; pero la vida, que permanece en los actos buenos, nunca calla la gloria de quien desea que obre en ella.
 
77. El temor
Con razón evitamos todas las cosas que tememos. Pero Dios ha de ser temido de tal manera, que huyendo de él nos refugiemos en Él.
 
78. La recta solicitud
Como la seguridad desordenada empuja al peligro, así la solicitud ordenada es causa de seguridad.
 
79. La virginidad
La virginidad de la carne consiste en la integridad del cuerpo, y la virginidad del alma en la fe incorrupta.
 
80. El modo de poseer
Nos daremos cuenta de que tenemos muchas cosas superfluas en nuestro poder, si sólo conservamos lo necesario. Pues nada es suficiente para quienes buscan las cosas vanas, y de algún modo retiene los bienes ajenos quien posee inútilmente lo que beneficiaría a los pobres.
 
81. Los pensamientos
Como nuestros oídos escuchan nuestras voces, así los oídos de Dios escuchan nuestros pensamientos. Es imposible que los pensamientos buenos sean causa de malas acciones, porque se expresa en la acción lo que se concibe en el corazón.
 
82. El cántico nuevo
Como el cántico antiguo del hombre viejo se refiere a las cosas temporales, así el cántico nuevo del hombre nuevo se refiere a las eternas; porque cada uno canta según vive. Y el cántico nuevo es el himno de la fe que obra mediante la caridad.
 
83. La verdadera humildad
La verdadera humildad de los fieles consiste en no ensoberbecerse nunca, y en no murmurar nada; en no ser ingrato, ni quejumbroso; consiste en dar gracias a Dios en todos los juicios divinos, alabando a Dios, porque todas las obras divinas son justas, o benignas.
 
84. La desesperación
Muy miserable es quien no espera en Dios, y se promete a sí mismo sucesos afortunados, cuando por el mero hecho de no buscar el auxilio de Dios ha perdido ya toda esperanza de verdadera salvación.
 
85. Las riquezas
Están en gran escasez los que son ricos en iniquidad, y carecen de los tesoros de la sabiduría y de las riquezas de la justicia; mas los que sirven a Dios adquieren los bienes que nunca pueden perecer.
 
86. La verdadera bondad
No basta con abstenerse del mal; es menester obrar el bien; es poco no dañar a nadie, si no procuras ser provechoso a muchos.
 
87. La impunidad del mal
Cuando uno peca, no debemos creer que no es visto por Dios, si se demora el castigo del que obra mal; por el contrario, se decreta contra él una pena más grave, cuando se le niega la misma corrección.
 
88. El bien de la humildad
A las alturas de Dios sólo se llega mediante la humildad, y a esas alturas se acerca el hombre sometiéndose, y de ellas se aleja ensalzándose.
 
89. La sepultura
Como nada aprovechan las exequias suntuosas a los pecadores ricos, así tampoco dañan a los santos pobres las sepulturas humildes o nulas.
 
90. El gozo recto
Quien pone su gozo en Cristo, nunca puede carecer de delectación. Pues es eterna la exultación de quien se alegra del bien eterno.
 
91. La unión del hombre con Dios
Dios está en todas partes, y nos acercamos o nos alejamos respecto de Él, no con los lugares, sino con las acciones; porque, como separa la desemejanza, así une la imitación.
 
92. El buen combate
Es propio de la fragilidad humana sentir el deleite del pecado en la carne mortal; pero el discípulo y el amigo de las virtudes debe declarar la guerra a esa concupiscencia sin hacer la paz con ella.
 
93. La esperanza de los fieles
No te asuste, oh cristiano, la tardanza de las cosas que crees; aunque la promesa esté escondida, la oración debe perseverar en la esperanza. Ejercítate en las buenas obras, progresa en las virtudes. Cuando se prueba la constancia de la fe, crece la gloria de la retribución.
 
94. El tiempo de los malos
Todo el tiempo de los malos es pequeño, porque nada más exiguo que lo que tiende a la no-existencia.
 
95. El aumento de la caridad
Crece siempre el poder de la caridad, al hacerse mayor con el uso, y más rica con la generosidad.
 
96. El ocaso de los malos
Es necesario que perezca la impiedad de los malos, ya sea por su propio juicio, ya por decreto de Dios. Pues ninguna iniquidad permanece, sino que termina o con la corrección o con la condenación.
 
97. La unión con Dios
Quien se adhiere a Dios, cumpliendo siempre su voluntad, nunca es abandonado por quien habita en él; si padece algunas cosas duras y adversas, no es abandonado, sino que es probado.
 
98. La justicia
Toda la razón de ser de la justicia consiste en evitar el mal y hacer el bien; esta forma de conducta ha de conservarse en medio de todas las adversidades, porque lo único que nunca se pierde es lo que se gasta en obras de piedad.
 
99. La tolerancia
Toleremos los males presentes, hasta que venga la felicidad prometida. Soporten los fieles a los infieles, y sea demorada la erradicación de la cizaña nacida con el trigo. Cuanto más crueles se muestren los impíos, tanto más mejorará en ese tiempo la causa de los justos, pues cuanto sean éstos más atacados, tanto más gloriosamente serán después coronados.
 
100. El clamor dirigido hacia Dios
El clamor dirigido hacia Dios es la intención del corazón y la fragancia de la caridad: porque siempre se pide lo que siempre se desea. Lo cual no está oculto para Dios, porque a Él retorna lo que de Él salió.
 
101. La confesión del pecado
La confesión del pecado es buena, cuando sigue la curación. Porque ¿para qué sirve descubrir la llaga, si no se añade la medicina?
 
102. La perfección
En esta vida, que es una continua tentación, no se da (ni siquiera en los más santos) una perfección que no sea capaz de mayor progreso.
 
103. Los trabajos de la vida presente
Durante el curso de esta vida, en la que el hombre exterior se corrompe y el interior se renueva, aunque haya mucho progreso, es necesario que, estando sujetos a la condición mortal, toleremos los trabajos de la vetustez.
 
104. El hombre, imagen de Dios, sujeto a la vanidad
El hombre es imagen de Dios, y el que camina por las vías de la justicia tiende a asemejarse a su Creador; sin embargo, mientras vive en este mundo, está sujeto a los ataques de la vanidad.
 
105. La enseñanza divina
La primera gracia del don divino consiste en instruirnos para que confesemos nuestra humildad, y para darnos a conocer que si hacemos algo bueno, sólo podemos hacerlo con el auxilio divino, sin el cual nada podemos.
 
106. La vida de los infieles es totalmente pecaminosa
Toda la vida de los infieles es pecado, y nada hay bueno sin el sumo Bien. Porque donde se desconoce la verdad eterna e inmutable, sólo se dan virtudes falsas, incluso en las mejores costumbres.
 
107. El fundamento espiritual
Como el fundamento de los edificios corporales está en lo más bajo, así el fundamento del edificio espiritual está en lo más alto. La edificación terrena empieza en la tierra, y la construcción espiritual se desarrolla desde lo más elevado.
 
108. Dios no recuerda ni olvida
Decimos que Dios recuerda algo cuando lo hace, y que lo olvida cuando no lo hace. Pero en Dios no puede darse olvido, porque es de tal modo inmutable que ni el recuerdo se pierde porque no puede olvidarse de nada.
 
109. Quiénes ven los milagros de Dios
Ven los milagros de Dios aquellos a quienes aprovechan. Pues no se ve lo que no se entiende, o aquello de donde no se saca algún provecho.
 
110. La unión de la misericordia y de la verdad
La verdad no debe excluir la misericordia, ni ésta debe impedir aquélla. Si movido por la misericordia, juzgas contra la verdad, y si la verdad rígida te hace olvidar la misericordia, no caminarás por la vía del Señor, en la que se armonizan o encuentran la misericordia y la verdad.
 
111. La tentación y la imitación de Cristo
Las tentaciones de Cristo deben de ser enseñanzas para el cristiano. Los discípulos deben ser imitadores del maestro; no haciendo milagros, que nadie se lo exige, sino ejercitando la humildad y la paciencia, a las que el Señor nos invitó con su ejemplo.
 
112. La codicia y la caridad
Como la codicia es la raíz de todos los males, así la caridad es la raíz de todos los bienes.
 
113. El gozo del cristiano
La verdadera causa para el recto gozo cristiano no es este mundo, sino el venidero; de tal modo hemos de usar de los bienes temporales, que no obstaculicen los eternos; de modo que en el camino por el que peregrinamos nos agrade lo que lleva a la patria.
 
114. El sábado
Celebra mal el sábado quien no hace en él obras buenas. Pero la abstención del mal debe ser perpetua, porque la buena conciencia no hace al hombre inquieto, sino sereno.
 
115. Se debe obrar el bien con gozo
Cuando haces el bien, obras con alegría. Porque si haces algún bien con tristeza, no lo harás tú, aunque proceda de ti.
 
116. Debemos huir, no de los hombres, sino de su iniquidad
Si los buenos no imitan las costumbres de los malos, habrá una gran diferencia incluso entre quienes habitan juntos. Debemos, pues, huir de la iniquidad de los hombres, no de los hombres, que pueden corregirse con el ejemplo de los mejores.
 
117. Los pecados se deben evitar por amor a la justicia, no por el temor del castigo
También Dios aprueba la inocencia, en la cual el hombre se hace inocente, no por miedo al castigo, sino por amor a la justicia. Porque quien no peca por temor, aunque no dañe al que quiere dañar, se daña mucho a sí mismo; y absteniéndose de obrar mal, peca únicamente con la voluntad.
 
118. El fariseo y el publicano
Mejor es la confesión humilde en las malas acciones, que gloriarse soberbiamente en las acciones buenas.
 
119. La maldad del inicuo aprovecha a los buenos
La malicia del malo sirve de azote al bueno, y el siervo ayuda a enmendarse al hijo.
 
120. La iniquidad del mundo
Como la noche no apaga la luz de las estrellas, así la iniquidad mundana no oscurece las mentes de los fieles que están fijadas en el firmamento de las Sagradas Escrituras.
 
121. El poder del hombre
El hombre abunda en poder para pecar; mas para obrar el bien no se basta a sí mismo, si no es justificado por el único justo.
 
122. Las costumbres contrarias
Los buenos tienen el gran trabajo de tolerar las costumbres contrarias; con las cuales quien no se siente ofendido, progresa poco. Porque al justo le atormenta la iniquidad ajena, tanto cuanto él mismo se aparta de su iniquidad.
 
123. Cómo nos acercamos a Dios, y cómo nos alejamos de Él
A Dios no nos acercamos, ni de Dios nos alejamos con intervalos de lugar; sino que la semejanza nos acerca a Él, y la desemejanza nos aleja de Él. Y es una gran desgracia estar lejos de ese bien que está en todas partes.
 
124. La verdadera libertad
El servir a Dios siempre es libre, pues no se le sirve con necesidad, sino con caridad.
 
125. La tolerancia
Quien no quiere tolerar a ningún hombre, porque piensa que progresa mucho por el hecho de no tolerar a otros, muestra más bien que no progresa.
 
126. El artífice supremo
Todo el bien que poseemos, lo hemos recibido de nuestro artífice. Pero por lo que hay en nosotros, hecho por nosotros, seremos condenados; por lo que hay en nosotros, hecho por Dios, seremos coronados.
 
127. El Verbo de Dios
El Verbo de Dios, por el que fueron hechas todas las cosas, predispuso el tiempo en que había de encarnarse, pero no cedió al tiempo, para volverse carne. Pues el hombre se acercó a Dios, sin que Dios se apartase de sí mismo.
 
128. La fe y el entendimiento
La fe abre el camino al entendimiento, mientras que la infidelidad se lo cierra.
 
129. El hombre vencido
El hombre fue vencido primeramente por un vicio, y ese vicio es lo último que el hombre vence. Porque después de superar todos los pecados, permanece el peligro de que, consciente de esto, la mente se gloríe en sí misma, más que en Dios.
 
130. El cumplimiento de los deseos
El fin de todos los cuidados es el cumplimiento de los deseos porque todos tienden y se esfuerzan en conseguir aquello que les deleita. Así pues, es propio del sabio apetecer lo que nos hace buenos, y no amar lo que nos engaña.
 
131. Dos dones de la gracia
La medicina tiene dos funciones: sanar la enfermedad, y conservar la salud. Análogamente, dos son los dones de la gracia: eliminar la concupiscencia de la carne, y conservar la virtud del alma.
 
132. El fin del trabajo
No podrá terminarse el trabajo del hombre, si no ama el bien del que no puede ser privado.
 
133. La herida de la iniquidad
Es imposible que la iniquidad hiera al hombre justo contra el que va dirigida, antes de herir el corazón injusto de donde procede.
 
134. Los milagros
El milagro visible invita a la iluminación, y el invisible ilumina al hombre que responde a la invitación. Así pues, canta todas las maravillas de Dios el que creyendo a las cosas visibles pasa a entender las invisibles.
 
135. La huida del diablo
Les va mejor a quienes huyen de las persecuciones del diablo que a quienes siguen sus huellas; porque es mejor tenerle como enemigo, que como jefe.
 
136. Los malos deseos
Todos los malos deseos son como puertas del infierno, por las que se va a la muerte; y a ésta queda sometido quien se alegra de disfrutar de lo conseguido, que inicuamente había deseado.
 
137. La adulación
Las lenguas de los aduladores encadenan las almas con los pecados; pues se deleitan en hacer cosas en las que no sólo se teme al que reprende, sino que incluso se alaba al oyente.
 
138. La mala conciencia
El alma tiene una mala conciencia cuando al pensar que no sufre ningún castigo, cree que Dios no juzga; cuando abusar de la paciencia de Dios y no comprender la benignidad del perdón, constituye una grave condenación.
 
139. La naturaleza es anterior al vicio
En la criatura, que no peca por propia voluntad, la naturaleza es anterior al vicio; el cual es tan contradictorio a la naturaleza, que no puede menos de dañar a ésta. Así pues, no sería vicioso apartarse de Dios, si no conviniera estar con Dios a la naturaleza de la que es ese vicio.
 
140. Los ángeles y los hombres
Dios no habría creado ni ángeles ni hombres, de los que preconociese su mal futuro, si no hubiera conocido a la vez los buenos usos que obtendría con ellos; y así embellecería el orden de los siglos, como un bellísimo poema, con esas antítesis.
 
141. La condición de la criatura
Era conveniente la intimación de tres cuestiones dignas de saberse sobre la criatura; quién la hizo, por qué medio, y por qué. Y por eso se escribió: Dijo Dios: Hágase la luz, y la luz fue hecha; y vio Dios que la luz era buena. Si preguntamos quién la hizo, se responde: Dios. Si por qué medio: dijo: hágase, y fue hecha. Si por qué: porque era buena. No hay autor más excelente que Dios, ni arte más eficaz que su Verbo, ni motivo mejor que la creación de algo bueno por la bondad de Dios.
 
142. El amor bueno y el malo
Hay un amor con el que se ama lo que no debe amarse, y este amor lo odia en sí mismo el que ama aquello con que se ama lo que debe amarse. Los dos pueden coexistir en un mismo sujeto. Y el bien del hombre radicará en esto: en que aumentando aquel por el que vivimos bien, disminuya este por el que vivimos mal, hasta que obtengamos una salud perfecta, y se cambie en bien toda nuestra vida.
 
143. El bien de la criatura
Sólo Dios es el bien que hace feliz a la criatura racional o intelectual; bien que no le viene por sí misma, ya que fue creada de la nada; sino por aquel por quien fue creada. Logrado ese bien, es feliz, y perdido, es desgraciada.
 
144. El vicio de la naturaleza
El vicio no puede darse en el bien supremo, ni en algo que sea bien. Luego los bienes pueden existir solos en alguna parte; pero los males nunca pueden existir en sí solos. Porque es cierto que las naturalezas corrompidas desde el principio de una mala voluntad son malas, en cuanto viciosas, pero son buenas en cuanto naturalezas.
 
145. Qué debemos creer
No permite la fe creer que Dios sea afectado de una manera cuando no obra, y de otra cuando obra; porque de Él no debe decirse que sea afectado, en el sentido de que en su naturaleza se produzca algo que antes no había existido. En efecto, ser afectado es padecer, y padecer es ser mutable. No nos imaginemos, pues, en Dios vacaciones perezosas, o trabajos laboriosos; porque descansando sabe obrar, y obrando sabe descansar; y lo que antes o después hay en las obras, debe referirse no al hacedor, sino a las cosas hechas. Pues su voluntad eterna es inmutable; no varía con consejos alternantes, sino que en ella está simultáneamente todo lo que precedió o siguió en las cosas que habían de ser creadas u ordenadas.
 
146. Sólo Dios es creador
A nadie es lícito creer o decir que hay otro creador de algún ser, por mínimo que sea, fuera de Dios. Porque, aunque los ángeles, por mandato o permisión divina, concurran al desarrollo de los seres del mundo, los llamamos creadores de los animales, sin mayor extensión que lo son los agricultores de las mieses o de los árboles.
 
147. La primera cualidad de la muerte
Acerca de la primera muerte del cuerpo, podemos decir que es buena para los buenos, y mala para los malos; pero la segunda, como no es para los buenos, está fuera de duda que no es buena para nadie.
 
148. La muerte de los justos
La muerte, incluida la de los justos, es pena del pecado; pero se dice que es buena para los justos porque usan bien de ella, pues implica para ellos el fin de los males temporales y el paso a la vida eterna. Porque como la injusticia usa mal tanto de los males como de los bienes, así la justicia hace buen uso no sólo de los bienes, sino también de los males.
 
149. Los mártires no bautizados
Cuantos mueren por confesar a Cristo, sin haber recibido aún el baño de la regeneración, tienen una muerte que produce en ellos tantos efectos, en cuanto a la remisión de los pecados, cuantos produciría el baño en la fuente sagrada del bautismo.
 
150. Todo pecado es mentira
Cuando el hombre vive según el hombre, y no según Dios, es semejante al diablo. Porque ni el ángel debe vivir según el ángel, sino según Dios, para mantenerse en la verdad y hablar la verdad, que viene de Dios; no la mentira, que nace de sí mismo. De donde se sigue que no se dice en vano que todo pecado es mentira, porque el pecado sólo se comete por la voluntad, que es contraria a la verdad, es decir, a Dios.
 
151. La diversidad de los afectos humanos
La diversidad de los afectos humanos proviene de la diversidad de la voluntad; si ésta es mala, se muestra inquietada por costumbres perversas; pero si es recta, los afectos del hombre no sólo no serán culpables, sino que incluso serán laudables.
 
152. La verdadera libertad
El albedrío de la voluntad es verdaderamente libre cuando no sirve al vicio ni al pecado. En esa condición fue creado por Dios, y una vez perdido, sólo puede ser devuelto por quien pudo darlo. Por lo cual dice la Verdad: si el Hijo os da la libertad, entonces seréis verdaderamente libres .
 
153. Nuestro corazón debe estar en Dios
Conviene tener el corazón elevado, no hacia sí mismo, lo que pertenece a la soberbia, sino hacia Dios, lo que es propio de la obediencia. Con todo, cuanto más apetece, es menor, y mientras más ama ser autosuficiente, pierde a aquel que verdaderamente le basta.
 
154. La vida bienaventurada
Si no se ama la vida feliz, no se la posee. Por tanto, si se ama y se posee, necesariamente se ama más que todas las demás cosas; porque cuanto se ama, debe amarse por ella. Pero sólo puede ser feliz quien la ama como es digna de ser amada, y por eso ha de amarla como eterna, y esa vida será verdaderamente feliz, cuando no tendrá ningún término.
 
155. Sólo Dios es bueno
No todos los malos progresan hasta hacerse buenos; pero nadie puede hacerse bueno sin antes haber sido malo.
 
156. Los ciudadanos de la ciudad terrestre
Los ciudadanos de la ciudad terrestre son vasos de ira, producidos por la naturaleza viciada por el pecado. Mas los ciudadanos de la patria celestial son vasos de misericordia, y los produce la gracia que libra la naturaleza del pecado.
 
157. La ira de Dios
La ira de Dios no implica alguna perturbación en Él, sino que es el juicio con el que Dios decreta la pena del pecado. Su pensamiento y su reflexión es la razón inmutable de las cosas mudables. Porque Dios no se arrepiente, como el hombre; puesto que tiene sobre todos los seres Un sentir tan estable, como cierta es su presciencia.
 
158. Los perseguidores de la Iglesia
Los enemigos de la Iglesia, ya sean cegados por El error, ya sean reprobados por la malicia, si la persiguen corporalmente ejercitan su paciencia, y si la combaten con sus doctrinas contrarias, ejercitan su sabiduría; pero siempre para amar a sus enemigos, los fieles ejercitan su benevolencia, porque Dios hace que todo coopere al bien de quienes le aman.
 
159. El fin del bien y del mal
El fin del bien no es consumirse para no existir, sino perfeccionarse para ser pleno. Y el fin del mal no está en donde termina, sino en donde llega con su daño. Por lo cual uno es el bien sumo, y el otro el sumo mal. El primero es el bien por el que deben ser apetecidos todos los demás bienes, y él por sí mismo; el segundo es el mal por el que deben ser evitados todos los demás males, y él por el Sumo Bien.
 
160. La naturaleza
Hay una naturaleza en la que no existe ningún mal, o en la que ningún mal puede darse. Pero no puede haber una naturaleza en la que no se dé ningún bien.
 
161. La ecuanimidad
La ecuanimidad es mejor que la salud corporal, y el injusto tiene más razón para dolerse en el suplicio, que para alegrarse en el delito.
 
162. El precepto de la caridad
Según el precepto de la caridad, el hombre debe amar tres cosas: a Dios, a sí mismo, y al prójimo. No yerra en el amor de sí mismo quien ama a Dios, y por eso cada cual debe llevar al prójimo a amar a Dios, a quien se le manda amar como a sí mismo.
 
163. La concordia y la obediencia
La paz doméstica consiste en la concordia de los que cohabitan, tanto superiores como súbditos. Mandan los que cuidan, como el varón a la mujer, los padres a los hijos, los amos a los criados. Y obedecen quienes son objeto de cuidado, como las mujeres a los maridos, los hijos a los padres, los criados a los amos. Pero en la casa del justo que vive de la fe y peregrina aún lejos de la ciudad celestial sirven también los que mandan a aquellos que parecen dominar; porque no mandan por el deseo de dominar, sino por el deber de cuidar, y no por orgullo de reinar, sino por la bondad de ayudar.
 
164. La condición de la esclavitud
El nombre y la condición de la esclavitud viene de la culpa, no de la naturaleza. Y el pecado fue la primera causa de este sometimiento, porque, como dice San Juan, todo el que comete pecado se hace esclavo del pecado . Por eso es preferible la situación del que sirve a un hombre, que la situación del que sirve a sus pasiones.
 
165. Los prelados
Los verdaderos padres de familia miran a todos sus súbditos como a hijos en lo referente al culto y a la honra de Dios, y desean llegar a la casa celestial, donde no será necesario mandar a los hombres; y hasta llegar allí, deben tolerar más los señores porque mandan, que los siervos porque sirven.
 
166. El régimen del pueblo
El lugar superior, sin el cual el pueblo no puede ser gobernado, aunque debe ser ocupado y administrado convenientemente, es indecoroso desearlo. Por eso el amor a la verdad busca el ocio santo, y la necesidad de la caridad carga con el negocio justo.
 
167. La vida del alma
Así como no procede del cuerpo, sino que es superior al cuerpo, lo que hace vivir al cuerpo, así no procede del alma, sino que está sobre el alma, lo que la hace vivir felizmente; porque como el alma es la vida del cuerpo, así Dios es la vida feliz del hombre.
 
168. El perdón
Nuestra justicia, aunque verdadera por referencia al bien supremo, es tal en esta vida, que más bien consiste en la remisión de los pecados, que en la perfección de las virtudes.
 
169. La paz plena
Mientras se resiste a los vicios, no se da la paz completa; porque tanto los vicios que resisten son vencidos en peligrosa pelea; como los que están vencidos no aseguran todavía la victoria, sino que exigen aún ser reprimidos solícitamente.
 
170. La primera y la segunda muerte
La muerte primera expulsa del cuerpo al alma, contra la voluntad de ésta; la muerte segunda la retiene en el cuerpo, aun contra la voluntad de ella. Una y otra muerte tienen de común que el cuerpo hace sufrir al alma lo que ésta no quiere.
 
171. Las causas desconocidas
Aunque desconozcamos las causas de las obras divinas, conocemos algo, cuando sabemos que el Omnipotente no obra sin razón, cuando la mente humana enferma no puede dar razón de los hechos.
 
172. La negligencia
Vanamente confía obtener el hombre para sí, después del cuerpo, lo que viviendo en el cuerpo no adquirió por su negligencia. Nadie hace algún bien involuntariamente, aunque sea bueno lo que hace; porque nada aprovecha el espíritu del temor, cuando falta el espíritu de la caridad.
 
173. La sociedad humana
Como en la jerarquía de la sociedad humana el poder mayor ha de ser obedecido antes que el menor, así se ha de obedecer a Dios antes que a todos los demás poderes.
 
174. El amor a Dios
Bienaventurados quienes aman a Dios, y al amigo en Dios, y al enemigo lo ama por Dios. Pues el único que no pierde ningún ser querido es aquel para quien todos son queridos en Dios, quien nunca es perdido por quien no le abandona.
 
175. Los seres incorruptibles
Es claro que son buenos los seres que se corrompen; pero si fueran sumos bienes, no podrían corromperse, porque si fueran bienes supremos serían incorruptibles; y si no tuvieran en sí ningún bien, nada habría en ellos que pudiera corromperse.
 
176. La inmutabilidad divina
Dios inmutablemente bueno hizo todas las criaturas buenas; y todas las naturalezas, sin excepción, fueron creadas por El; de donde se sigue que el mal no tiene ninguna sustancia; porque lo que no tiene a Dios como autor, no existe; y así el vicio de la corrupción no es más que un deseo o un acto de la voluntad desordenada.
 
177. La justicia es odiosa para los malvados
Como el alimento es molesto para el paladar enfermo, y suave para el sano, y como la luz es odiosa para los ojos enfermos y amable para los puros, así desagrada a los malvados la justicia de Dios, y si aquéllos se sometieran a éste no se sentirían turbados.
 
178. La enfermedad del alma
El alma racional está enferma cuando, deleitándose en los bienes inferiores, en parte desea, y en parte no desea los bienes superiores; y así se escinde en dos voluntades, y cuando se da una de ellas, no se da totalmente, y lo que tiene una, le falta a la otra.
 
179. El hombre religioso
Al hombre benigno no le debe bastar con no excitar ni aumentar la enemistad de otros hablando mal; debe además esforzarse en extinguir esa enemistad hablando bien.
 
180. La verdad odiosa
La vida feliz consiste en el gozo de la verdad, que es el mismo Dios. Mas para muchos es odiosa la verdad, y no quieren oírsela a quien la enseña; y quieren que sus mentiras aparezcan como verdad ante los que rehúsan ser engañados. Los cuales justamente son castigados, pues ellos no están ocultos a la verdad, y la verdad se les oculta a ellos.
 
181. La paciencia viril
Nadie ama lo que tolera, aunque ame el acto de tolerar. Porque una cosa es la paciencia viril, y otra la felicidad segura; y no se dan al mismo tiempo el esfuerzo de la lucha y la felicidad de la victoria.
 
182. La carestía abundante
Muchas veces es abundosa la carestía de la inteligencia humana en el hablar, porque habla más la búsqueda que el encuentro, y es mayor la petición que la impetración.
 
183. La eternidad
La verdadera eternidad conviene a Dios, pues sólo Él es inmortal totalmente, porque no está sujeto a ninguna especie ni a ningún movimiento, ni tiene una voluntad temporal. Pues no se puede llamar voluntad inmortal la que varía o cambia de Una en otra.
 
184. Los pecadores no deben hacernos desesperar
No debemos perder nuestra esperanza respecto de los malos, sino que debemos rogar con más ahínco por ellos para que se conviertan, porque el número de los santos siempre fue engrosado por el número de los pecadores convertidos.
 
185. Cómo debemos buscar la paz
El que pide a Dios la paz, sea él mismo pacato, para que lo que dice oralmente no se oponga a lo oculto en su corazón, pues nada aprovecha tener lo verdadero en el corazón, si se expresa lo falso con la voz, porque la verdad debe ser creída, y debe ser también dicha.
 
186. No debe quejarse quien es justamente castigado
No se queje el hombre cuando sufre algunas adversidades en las cosas que justamente tiene; porque al sentir amargura en los bienes inferiores, aprenderá a amar los superiores, a fin de que caminando hacia la patria, no ame el establo como si fuera su verdadera casa.
 
187. El pecador debe estar disgustado consigo mismo
Corre acertadamente hacia la remisión de los pecados el que se siente disgustado consigo mismo. Pues quien se acusa a sí mismo, se excusa ante el justo y misericordioso.
 
188. La petición de auxilio
En la tranquilidad de la paz debemos comprender bien la doctrina de la sabiduría; que es mal conocida entre los torbellinos de las tribulaciones; y los auxilios no buscados en el tiempo de paz difícilmente se encuentran en el tiempo de la adversidad.
 
189. El altar de Dios
Al altar de Dios, al que se acerca el injusto, llega el hombre que se acerca al mismo actualmente justificado. Porque allí encontrará su vida quien aquí reconoció su causa.
 
190. La ley Cristo
Es el fin de la ley, y en él 1a ley no se termina, sino que se cumple. Porque en Cristo está toda perfección, y no puede extenderse más allá de Ella esperanza de la fe y de la caridad.
 
191. La mala conciencia
No hay pena más grave que la de la mala conciencia; pues en ésta, al faltar Dios, no puede darse consuelo. Por eso debe invocarse al libertador, para que la confesión lleve al perdón, al que la tribulación preparó para la confesión.
 
192. El enfermo
¿Hay acaso una falta más grave para el enfermo que la impericia del médico? Pero, cuando en el bautismo se perdona el pecado, ¿acaso queda algo sin perdonar?
 
193. Debemos rumiar la palabra de Dios
El oyente de la palabra divina debe ser semejante a los animales rumiantes que se llaman «puros» precisamente porque rumian. De modo que no debe tener pereza en meditar en las cosas que recibió en el interior de su corazón; y al escuchar debe ser semejante al animal que come, y cuando vuelve a pasar por la memoria las cosas oídas, debe parecerse al animal rumiante.
 
194. El alma racional
El alma racional es dueña de su cuerpo; y no imperará bien a las cosas inferiores si no sirve con la total sujeción de la caridad a Dios que es superior a ella.
 
195. La misericordia de Dios
Así como la tierra aguarda recibir del cielo la lluvia y la luz, así el hombre debe aguardar de Dios la misericordia y la verdad.
 
196. Los hijos buenos de la Iglesia
Los hijos buenos de la Iglesia deben alegrarse de que la justicia divina no se engañe al reconocerlos. Pero no deben hacer divisiones temerarias entre los congregados, porque a ellos pertenece el reunir, pero a Dios el separar.
 
197. El amor terrenal
Es dueño de las cosas que tiene el que no está encadenado por ninguna codicia. Pues quien está atado por el amor de los bienes terrenos, no los posee, sino que es poseído por ellos.
 
198. La herencia de Cristo
La herencia, en la que somos coherederos de Cristo, no disminuye can la multitud de los hijos, ni mengua con la abundancia de coherederos; sino que es la misma para muchos y para pocos, y la misma para cada uno que para todos.
 
199. La felicidad
Nunca debe considerarse segura la felicidad; porque las cosas favorables son más peligrosas para el alma, que las adversas para el cuerpo; porque primeramente nos corrompen las prósperas, para que las adversas encuentren materia para romper.
 
200. El remedio de la penitencia
La primera salvación consiste en evitar el pecado, y la segunda en no desesperar del perdón. Porque se destruye a sí mismo para siempre quien no acude al juez misericordioso buscando los remedios de la penitencia.
 
201. Los bienes ocultos de los santos
Los buenos pasan desapercibidos, porque su bondad está oculta, y no son visibles ni corporales los bienes que aman, tanto sus méritos como sus premios están escondidos.
 
202. Los enemigos de los buenos
El único enemigo de los buenos es el malo, cuya existencia se permite para que él mismo se corrija, o para que por él sean probados los buenos. Así pues, se debe rogar por los enemigos, para obtener su conversión, o para que se dé en nosotros la imitación de la bondad divina.
 
203. La fuerza de la fe cristiana
El vigor de la fe cristiana se inicia en tres tiempos: por la tarde, por la mañana, y al mediodía. Por la tarde con la crucifixión del Señor, por la mañana con su resurrección, a mediodía con su ascensión. Lo primero pertenece a la paciencia del crucificado, lo segundo a la vida del resucitado, lo tercero a la gloria de la majestad de quien se sienta a la diestra del Padre.
 
204. La purificación de los elegidos
Los hombres son probados por las tribulaciones, para que los vasos de elección sean liberados de la maldad, y llenados de gracia.
 
205. Los bienes que nadie pierde involuntariamente
El hombre puede perder involuntariamente los bienes temporales; pero los bienes eternos sólo los puede perder queriendo.
 
206. El fin de los fieles
El fin de los fieles es Cristo, y cuando ha llegado hasta el fin del que corre, ya no tiene nada más que encontrar, pero sí tiene en qué permanecer.
 
207. La tristeza
La tristeza del que padece injusticias es preferible a la alegría del que obra la iniquidad.


208. Los pecados pasados
Debemos evitar el recordar con algún deleite los pecados pasados, para que no volvamos a la cautividad de Egipto, al introducirse ocultamente en nosotros la concupiscencia.
 
209. La verdad
Conviene ser vencido por la verdad. Supera la verdad al que así lo quiere para su corrección, pues la misma vencerá al que no quiere ser superado.
 
210. La impunidad de los pecados
Ni los pecados leves, ni los graves, pueden quedar impunes; porque serán castigados por la penitencia del hombre o por el juicio de Dios. Cesa la venganza divina, cuando se adelanta a ella la conversión humana. Porque Dios se complace en perdonar a quienes confiesan sus pecados, y en no juzgar a quienes se juzgan a sí mismos.
 
211. La misericordia divina
Ningún miserable es librado de su miseria si no es por la misericordia de Dios que se adelanta a librarle.
 
212. Los remedios de las tribulaciones
El que suplica a Dios fielmente por las necesidades de esta vida, unas veces es escuchado misericordiosamente, y otras veces no es oído misericordiosamente. Pues sabe el médico mejor que el enfermo lo que a éste le conviene. Pero si uno pide lo que Dios manda y promete, se cumplirá totalmente lo pedido, porque la caridad recibe lo que prepara la verdad.
 
213. El progreso de los buenos
El progreso de los buenos no se da sin tentación; ninguno se conoce a sí mismo sin el examen de la prueba; sólo será coronado el vencedor, y sólo vencerá el que luche. ¿Y cómo puede uno luchar, si no tiene algún enemigo y si no tiene que resistir a la tentación?
 
214. El cumplimiento de las profecías
Es necio quien no cree en los presagios de los profetas en cuanto a las pocas cosas todavía no cumplidas, al ver tantísimos hechos cumplidos, que no habían sucedido cuando fueron preanunciados como futuros.
 
215. Los ídolos
Los que adoran a los ídolos, son como los que ven cosas vanas en los sueños. Si su alma estuviera vigilante, entendería por quién fue creada, y no adoraría lo que ella misma hizo.
 
216. Los cuerpos humanos
Todos nuestros cuerpos, ya sean desgarrados, o se pudran, o sean quemados, convirtiéndose en pavesas, no pueden perecer ante Dios. Porque retornan a los mismos elementos terrenos, de donde fueron tomados por la mano que sostiene todas las cosas.
 
217. La buena sed
Los que tienen sed de Dios, deben tener sed con toda su sustancia, es decir, Con el alma y Con el cuerpo; porque también Dios da su pan al alma, que es la palabra de la verdad, y también concede lo necesario al cuerpo; porque el mismo hace estas dos cosas que hizo antes aquellas dos partes del hombre.
 
218. La meditación de los fieles
Quien en el ocio y en la quietud no piensa en Dios, ¿cómo podrá pensar en El entre los muchos actos y los negocios laboriosos? Así pues, cuando tenga tiempo libre, medite el hombre fiel en Dios, y busque la esencia del obrar bien, para que no falle al obrar.
 
219. La inocencia fingida
La inocencia fingida no es verdadera inocencia, como tampoco es verdadera justicia la justicia simulada; lo que sucede es que se duplica el pecado, al unirse en él la iniquidad y la simulación.
 
220. La luz de la justicia y de la verdad
El alma que se aparta de la luz de la justicia, cuanto más va tras las cosas contrarias a la justicia, tanto más se siente rechazada por la luz de la verdad, y tanto más se hunde en las tinieblas.
 
221. Las dos ciudades
En todo el mundo hay dos amores que edifican dos ciudades: el amor a Dios edifica la ciudad de Jerusalén, y el amor al mundo la de Babilonia. Cada uno se pregunte a sí mismo qué es 10 que ama, y descubrirá a qué ciudad pertenece.
 
222. El mandamiento del Señor
Todos los mandamientos de Dios son ligeros para el que ama, y así precisamente deben entenderse las palabras mi carga es ligera 6, en cuanto que se nos da el Espíritu Santo, que difunde la caridad en nuestros corazones, a fin de que amando hagamos libremente lo que hacen servilmente los que temen; porque no es amigo de lo justo quien preferiría, si fuera posible, que no se mandara lo que es justo.
 
223. La caridad
La plenitud de la ley consiste en la caridad; porque la ley se cumple con la caridad, y no can el temor; yen tanto cumplimos los mandatos de la justicia, en cuanto que nos ayuda el espíritu de la gracia.
 
224. Las obras buenas
Sólo son obras buenas las que se cumplen mediante la fe y la caridad, porque separadas la una de la otra, no producen ningún fruto de virtud.
 
225. La caída de Adán
Adán abandonó el estado en que Dios le formó; pero su cambio fue a lo peor, por causa de su iniquidad; los fieles también cambian, abandonando las obras de la iniquidad, pero su cambio es a lo mejor, mediante la gracia de Dios. Así pues, aquélla fue la mutación del primer prevaricador, y ésta es la mutación de la diestra del Excelso.
 
226. Las delicias temporales
En esta vida San dulces las delicias temporales, y las tribulaciones temporales son amargas; pero ¿quién no beberá el cáliz de la tribulación, si teme el fuego del infierno?, y ¿quién no despreciará las dulzuras del mundo si ansía los bienes de la vida eterna?
 
227. La Trinidad
En la Trinidad es tan grande la unidad de la sustancia, que implica la igualdad y excluye la pluralidad.
 
228. El mal carece de naturaleza
Todo fue hecho por el Verbo, y sin Él nada fue hecho. Así pues, como todas las naturalezas fueron hechas por el Verbo de Dios, la iniquidad no fue hecha por Él; porque la iniquidad no es una sustancia, y el pecado no es una naturaleza, sino un defecto de la naturaleza, o sea, un defecto del sujeto que desea lo que no es de su orden.
 
229. La iniquidad del diablo
Al diablo, vencido por su iniquidad, le fue quitado lo ajeno que había arrebatado, no lo propio por él poseído. Porque Cristo, quitándole lo que había desaparecido de su gran morada, no cometió hurto, sino que lo reparó.
 
230. Lo hondo de la iniquidad
Lo hondo de la iniquidad cubre totalmente al hombre, cuando además de yacer inmerso en los pecados, quiere también excusarlos, perdiendo así el acceso a la confesión.
 
231. El auxilio de Dios
Dios también se muestra misericordioso cuando permite, o hace que suframos alguna tribulación; porque excitando la fe, y retardando el auxilio, no niega la ayuda, sino que aumenta el deseo.
 
232. Los cristianos
Los cristianos ricos, si son auténticos cristianos, son totalmente pobres, y consideran como arena todas sus riquezas en comparación con los bienes celestiales que esperan; porque cada uno tiene sus riquezas donde tiene su deleite.
 
233. La fe de Abraham
La fe de Abraham es la semilla de Abraham. Por lo tanto, quien pertenece a la semejanza de la credulidad, pertenece también a la promesa de los herederos.
 
234. La perseverancia en el bien
Ningún fiel, por mucho que haya progresado, debe decir: esto me basta. Pues quien habla así, se estanca, y parándose en el camino antes del fin, no perseverará hasta el fin.
 
235. La huida de Dios
En Dios no hay ningún lugar, y no se puede huir de él sin acudir a él. Quien desee evitar a Dios ofendido, recurra a Dios aplacado.
 
236. La vida del cuerpo y la vida del alma
Hay dos vidas: Una del cuerpo y otra del alma. Como el alma es la vida del cuerpo, así Dios es la vida del alma; como muere el cuerpo si es abandonado por el alma, así muere el alma si Dios la abandona.
 
237. El hombre y Dios
A quien el hombre debe el ser, al mismo debe el ser bueno.
 
238. La obediencia
Dios mostró perfecta y evidentemente qué gran bien es la obediencia, cuando prohibió una cosa que no era mala al hombre establecido en el paraíso; de modo que sólo la obediencia podía llevarse el premio, y sólo la desobediencia podía merecer el castigo.
 
239. La instrucción de los buenos
A veces Dios instruye a los buenos por medio de los malos, y ejercita la disciplina de los que se van a salvar mediante el poder temporal de los que se van a condenar.
 
240. La confesión
Ante la misericordia divina tiene mucho valor la confesión del penitente, pues con la confesión el pecador vuelve propicio a quien con la negación no hace desconocedor de su pecado.
 
241. La ciencia
La virtud de los humildes consiste en no gloriarse de la ciencia; porque como es común a todos la participación de la luz, así lo es también la participación de la verdad.
 
242. Cómo se rigen los cuerpos
No carece de poder regio quien sabe dominar su cuerpo de modo racional. Verdaderamente es señor de la tierra quien rige su carne con las leyes de la disciplina.
 
243. La pena y la justicia
En cuanto a las obras realizadas externamente, no obra contra el mandato el que teme el castigo, ni el que ama la justicia. Ambos son iguales en cuanto a las manos, pero distintos en cuanto al corazón; son semejantes en cuanto a la acción, pero diversos en cuanto a la voluntad.
 
244. Amor y veneración
El hombre venera lo que ama. Y como Dios es mayor y superior a todos los seres, síguese que debe ser más amado, y consiguientemente, más venerado que todas las demás cosas.
 
245. El corazón
Respecto de Dios, el corazón es recto cuando Dios es deseado y buscado por sí mismo.
 
246. La benevolencia
Pertenece a la benevolencia, y no a la malicia, el que los justos se alegren de la venganza contra los impíos; porque no se alegran del daño de los malos, cuya corrección desean, sino de la justicia divina, con la que saben que muchos pueden convertirse.
 
247. La simulación
No vence el mal con el bien quien es bueno en la superficie y malo en lo hondo de su ser; pues es parco en el obrar, furioso en el corazón, manso en cuanto a las manos, y cruel en cuanto a la voluntad.
 
248. El amor y el temor
El amor y el temor de Dios llevan a toda clase de obras buenas, mientras que el amor y el temor del mundo llevan a toda clase de pecados. Así pues, para obrar bien y evitar el pecado debemos distinguir bien qué es lo que debemos amar y qué es lo que debemos temer.
 
249. La felicidad
Ninguna infelicidad quebranta a quien ninguna felicidad corrompe.
 
250. El hombre rico y el hombre pobre
Es verdadero pobre ante Dios el rico que desprecia en sí mismo las cosas con que suele hincharse la soberbia.
 
251. Los grados de la piedad
Los afectos de la piedad constituyen los escalones por los que ascendemos a Dios. Tu camino es tu voluntad; amando te acercas y descuidando te alejas; aunque establecido en la tierra te unes a Dios, porque amas las cosas queridas por Dios.
 
252. Las peticiones contrarias a Dios
Dios se muestra airado, dando, cuando accede a las malas peticiones y misericordioso, no dando, cuando las rechaza.
 
253. La mentira
Es absurdo decir que el hombre no miente para no ser cogido en falsedad, cuando miente para engañar.
 
254. Más sobre la mentira
Aunque todos los que mienten quieren ocultar la verdad, no mienten todos los que quieren ocultar la verdad. Pues con frecuencia escondemos la verdad, no engañando, sino callando. Porque es claro que no mintió Jesús cuando dijo: Tengo que deciros otras muchas cosas, pero no las podéis comprender ahora  .
 
255. El libre albedrío
En el primer hombre se manifestó lo que el libre albedrío humano podía valer para la muerte; en el segundo hombre lo que el auxilio divino podía valer para la vida. Pues el primer hombre era solamente hombre, mientras que el segundo era Dios y hombre. El pecado se efectuó con el abandono de Dios, y la justicia no se realiza sin Dios.
 
256. La ley y el pecado
Si falta el espíritu vivificador, mata la letra de la ley que enseña que no debemos pecar. Pues más que hacernos evitar el pecado, nos lo da a conocer, y así lo hace aumentar, más que disminuir; porque de ese modo se añade la prevaricación de la ley a los malos deseos.
 
257. Los mandamientos de Dios y el temor
Los mandamientos de Dios, si se cumplen por temor al castigo, y no por amor a la justicia, se cumplen servilmente, y por eso ni siquiera se cumplen propiamente hablando. Porque no es bueno el fruto que no nace de la raíz de la caridad.
 
258. La ley de Dios
La ley de Dios es conforme a la naturaleza, porque los hombres cuando cumplen con la ley, obran naturalmente, superando los defectos que ni siquiera había quitado la ayuda de la ley. Así pues, cuando la ley de Dios se escribe en los corazones mediante la gracia de Dios, se cumplen naturalmente los preceptos de la ley: no porque la naturaleza se haya anticipado a la gracia, sino porque la gracia ha reparado la naturaleza.
 
259. Sólo debemos gloriarnos en Dios
Nadie debe gloriarse de lo que parece tener, como si no lo hubiera recibido; y no piense que lo ha recibido por la letra externa, que apareció para ser vista y leída o Sonó para ser oída. Porque si la justicia se debe a la ley: luego Cristo murió de balde. Pero si no murió de balde, subiendo a los cielos llevó cautiva a la misma cautividad; y dio sus, dones a los hombres. Y de Él recibieron éstos todos los que poseen. Y todos los que niegan haberlos recibido de Él, o no los tienen, o los que tienen les serán quitados.
 
260. La soberbia del hombre
El hombre era inmortal. Quiso ser como Dios, y no perdió lo que tenía de hombre, pero sí perdió la inmortalidad, y con la soberbia de la desobediencia incurrió en el castigo de la naturaleza.
 
261. Alabanza de la fe
El mérito de la fe está en creer las cosas no vistas, y su premio consistirá en gozar con la posesión de las cosas creídas.
 
262. La sabiduría
Como la leche tiene que pasar a través de la carne para alimentar al niño que no puede comer pan: así ninguno podría acceder a contemplar la divinidad del Verbo, si no se hubiera dignado venir a los hombres, mediante la carne, la sabiduría de Dios, que es el pan de los ángeles. Así pues, como la luz no podía ser conocida por las tinieblas, la misma luz se sometió a la mortalidad de las tinieblas, y mediante la semejanza de la carne del pecado, nos hizo partícipes de la luz verdadera.
 
263. La buena fama
La buena fama es como un buen olor, y tiene su origen en las obras de la vida buena; y mientras sigue las huellas de Cristo de algún modo derrama el olor precioso del ungüento sobre los pies del mismo Cristo.
 
264. La codicia
Sólo hay dificultad en carecer de bienes, cuando hay deseo de poseerlos; y así sólo se ama rectamente lo que nunca se pierde rectamente.
 
265. La elocuencia del necio
Tanto más se debe huir del que abunda en necia elocuencia, cuanto más se deleita quien lo oye en lo que es inútil oír, de modo que cree hablar Con verdad aquel a quien oye hablar con ornato.
 
266. El ingenio
Es una clara característica de los buenos ingenios amar la verdad, y no las palabras, en las palabras de los que discursean. Pues, ¿para qué sirve una llave de oro, si con ella no podemos abrir lo que deseamos abrir?; y ¿qué importa que la llave sea de madera, si sirve para ese fin, cuando sólo tratamos de abrir lo que está cerrado?
 
267. El hombre pecador
Ningún pecador ha de ser amado en cuanto pecador: y todo hombre, en cuanto hombre, debe ser amado por Dios; Dios debe ser amado por sí mismo, pues de El reciben los que le aman, tanto el existir, como el amarle.
 
268. El bien inmutable
El Señor dijo: Yo soy el camino, la verdad y la vida 8. Esto es: se viene por mí, se llega a mí, y se permanece en mí. Porque cuando se llega a Él, se llega también al Padre; porque por el igual es conocido aquel a quien es igual; y el Espíritu Santo nos ata y nos aglutina para que permanezcamos sin fin en el bien supremo e inmutable.
 
269. La mentira y el engaño
Son muchos los que quisieran engañar, pero ninguno hay que quisiera ser engañado. Cuando uno engaña a sabiendas, y otro es engañado sin saberlo, es claro que en un mismo hecho el engañado es mejor que el engañador, porque es mejor sufrir la injusticia que hacerla.
 
270. El amor de los bienes eternos
Entre los bienes temporales y los eternos se da esta diferencia: que los temporales se aman más antes de ser poseídos, y parecen viles cuando ya se tienen; pues solamente sacia al alma la eternidad verdadera y cierta del gozo incorruptible; en cambio, los bienes eternos una vez conseguidos se aman más ardientemente que cuando sólo eran deseados. Porque a nadie que lo desea se le concede apreciar en más lo deseado que lo que ello es en sí mismo, de modo que pueda despreciarlo por encontrarlo inferior; pero tal es la excelencia de esos bienes, que la caridad conseguirá mucho más que lo creído por la fe, o deseado por la esperanza.
 
271. El hambre y la abstinencia espiritual
Los que no encuentran en las Sagradas Escrituras la verdad buscada, padecen hambre; los que no buscan lo que está a la mano, se marchitan con la enfermedad del hastío; y en ambos casos es semejante el peligro; pues a los primeros la obcecación les quita el alimento de la sabiduría, y a éstos se lo quita la inanición.
 
272. Los trabajos de los pecadores
Los sufrimientos de este mundo no guardan proporción Can la gloria que se nos prepara y se manifestará en nosotros . Se enfurezca y brame el mundo, increpe con sus lenguas, y haga brillar sus armas; todo lo que haga será muy poco en comparación con los bienes que debemos recibir. Sopeso y comparo lo que sufro con lo que espero; siento las cosas de este mundo, y espero las del otro; y sin embargo, es incomparablemente mayor lo que espero que lo que sufro. Todo lo que lucha furiosamente contra el nombre de Cristo, si puede ser vencido, es tolerable; si no puede ser vencido, aprovecha para recibir antes el premio, de modo que el fin del mal temporal sirve para la consecución del bien eterno.
 
273. La caridad
Toda la ley y todos los profetas dependen de los dos preceptos de la caridad; por eso es clara la superioridad del Evangelio, con el cual la ley no se abroga, sino que se consuma; y de ahí que diga el Señor: os doy un nuevo mandamiento: que os améis los unos a los otros ; porque la caridad renueva a los hombres, y como la malicia hace al hombre viejo, así la dilección hace a los hombres nuevos.
 
274. El azote
Cuando Dios corrige al género humano y le hiere con los azotes de un piadoso castigo, le ejercita en la disciplina antes de que llegue el juicio, y frecuentemente muestra amor al que flagela, no queriendo que sea condenado. Flagela a la vez a los justos y a los injustos; porque ninguno hay que pueda gloriarse de tener un corazón puro, o estar libre de todo pecado. Así las mismas coronas de los justos tienen su origen en la gracia de la misericordia divina.
 
275. Los sufrimientos de los fieles
Los trabajos de los hombres piadosos son una ascesis, no una condenación. No debemos turbarnos si vemos que algún santo sufre graves e injustos padecimientos, recordando lo que sufrió el Justo de los justos, y el Santo de los santos; porque la pasión de Cristo supera todos los sufrimientos, pues no se puede comparar ninguna criatura con el autor de todas las cosas.
 
276. El pecado original
La desgracia del género humano, a la que no es ajeno ningún hombre desde el nacimiento hasta la muerte, no habría caído bajo el justo juicio del Omnipotente, si no hubiera existido el pecado original.
 
277. La providencia divina siempre se cumple
La omnipotencia del Creador que todo lo mantiene es la causa de la subsistencia de todas las criaturas; y si ese poder dejara alguna vez de actuar en las cosas creadas, al mismo tiempo dejarían de existir las especies y las naturalezas de todas las cosas. Por eso las palabras del Señor: Mi Padre en todo momento actúa  muestran la continuación de la obra de aquel que juntamente todo lo contiene y lo gobierna. Obra en la que también persevera su sabiduría, según el texto que dice: Se extiende poderosamente del uno al otro confín, y lo dispone todo con suavidad . Lo mismo indica el Apóstol cuando dice, predicando a los atenienses: en El vivimos, nos movemos y existimos . Porque si Dios retirara su acción de los seres creados, no podríamos vivir, ni movernos, ni existir. Por eso cuando dice que Dios descansó de todas sus obras, debe entenderse que ya no creó más seres, y no que cesara de mantener y gobernar a los seres creados.
 
278. El verdadero sábado
Suprimida la observancia del sábado, que consistía en la vacación de un día, observa el sábado perpetuo quien se dedica a las obras santas con la esperanza del descanso futuro; no se gloriará de las mismas buenas obras como si fueran propias y no recibidas; y sabe que obra en él quien al mismo tiempo obra y está quieto.
 
279. El descanso de Dios
El descanso de Dios para los que lo entienden bien consiste en que Él no necesita del bien de nadie: y, por consiguiente, es cierto que el nuestro también está en Él, porque nos hacemos felices con el bien de Él; pero Él no se hace feliz con el bien que somos nosotros, pues también somos nosotros algún bien, aunque recibido de aquel que hizo todas las cosas en sumo grado buenas y entre las cuales nos creó. Finalmente, fuera de Él ninguna cosa buena existe que no hiciera El, y por eso ningún otro bien fuera de Él mismo necesita el que no necesita del bien que hizo.
 
280. El inicio de los tiempos
Así pues, hechas las criaturas, comenzaron a correr los tiempos con los movimientos de los seres; por lo tanto es vano indagar buscando dónde estaban los tiempos antes de los tiempos. Porque, si no existiera movimiento alguno de criatura corporal o espiritual, por el que al presente le precediera el pasado y le sucediera el futuro, no habría en absoluto tiempo alguno, pues la criatura no puede moverse si ella misma no existe. Luego más bien el tiempo procede de la criatura, que no la criatura del tiempo; pero ambos comenzaron a existir por Dios, porque de Él y por Él y en Él son todas las cosas.
 
281. Todo es gobernado por la voluntad de Dios
Cuando el Salvador dice que ni siquiera un gorrión cae a tierra sin la voluntad de Dios, y que él mismo forma y viste al heno del campo que poco después va a ser arrojado al horno 15, ¿acaso no confirma que son regidas por la divina providencia, no sólo esta parte del mundo destinada a las cosas mortales y caducas, sino también las partículas más viles y más bajas, para que no pensemos que son agitadas por movimientos fortuitos las cosas cuyas causas no podemos comprender?
 
282. El alma racional
El alma racional debe levantarse hacia las cosas que más sobresalen en el orden de los seres espirituales, para que así guste de las cosas de arriba y no de las terrestres.
 
283. Los milagros y la naturaleza
Dios, creador de las naturalezas, al hacer milagros, no hace nada contra la naturaleza, y lo que es nuevo según la costumbre no repugna a la razón. Así pues, a nosotros nos parecen ser contrarias a la naturaleza las cosas insólitas, porque concebimos de otro modo el curso de la naturaleza; pero no sucede así a Dios, para quien es naturaleza todo lo que Él hace.
 
284. El orden inmutable de las obras divinas
Es creíble que todo cuerpo puede transmutarse en otro cuerpo; pero es absurdo creer que cualquier cuerpo puede convertirse en el alma racional. Porque, aunque Dios sea omnipotente, nunca anula lo establecido por su razón.
 
285. El mérito de la voluntad
Como el aire con la presencia de la luz, no se convierte establemente en luminoso, sino que se hace transitoriamente claro; porque si se convirtiera en aire luminoso no se haría claro sólo transitoriamente, sino que apartándose la luz, permanecería transparente: así el hombre estando Dios presente en él es iluminado, y apartándose de él inmediatamente se oscurece; porque el hombre no se aleja de Dios con espacios de lugar, sino con el apartamiento de la voluntad.
 
286. Debemos obedecer a Dios
Es muy útil al hombre obedecer a Dios, incluso cuando desconoce los motivos de lo mandado. Pues mandándolo Dios, será útil hacer todo lo que El quisiera mandar; rio se debe temer que nos mande cosas no provechosas; y es imposible que la propia voluntad no caiga sobre el hombre con un gran peso opresor, si antepone soberbiamente su voluntad a la voluntad superior divina.
 
287. El bien de la naturaleza humana
Que la naturaleza humana sea bien tan excelente se ve, sobre todo, en el hecho de que le fue concedido poder unirse a la naturaleza del bien supremo e inmutable. Si no quiere unirse, se priva de un bien, y esto es un mal para ella, del que recibirá el castigo mediante la justicia de Dios. Y ¿qué cosa más inicua que apartarse del bien para ser bueno?; pero a veces no se entiende el mal al perder el bien supremo, sobre todo si se consigue el bien inferior que uno amaba; mas es propio de la divina justicia que quien perdió voluntariamente lo que debió amar, pierda con dolor lo que amó, siendo así alabado siempre el creador de las naturalezas. También es un bien el dolerse del bien perdido, porque a no ser que hubiera quedado algún bien en la naturaleza, ningún dolor habría en la pena del bien perdido.
 
288. El poder de hacer daño
El deseo de dañar puede estar de suyo en un alma depravada; el poder sólo procede de Dios, y esto en virtud de una justicia oculta y sublime, puesto que en Dios no hay iniquidad.
 
289. Qué clase de bien es Dios
Por esto igualmente se manifiesta de modo especial cuán grande y qué clase de bien es Dios, porque a ninguno que se aleja de Él le va bien; pues aun los que se gozan en los placeres mortíferos no pueden vivir sin sentir el temor de los dolores; y los que llevados por la necedad de su soberbia, no sienten en modo alguno el mal de su deserción, aparecen en absoluto más miserables que los que se dan cuenta; de manera que si no quieren recibir el medicamento para evitar tales desgracias sirven de ejemplo, por el que se manifiesta que esas desdichas pueden ser evitadas.
 
290. Ninguna criatura es mala por naturaleza
Como la recta razón nos enseña que ciertamente es mejor la naturaleza a la que nada ilícito le agrada, así también la misma razón nos enseña que también es buena la naturaleza que tiene de tal modo el poder de refrenar la ilícita delectación, si se presenta, que no sólo se alegre de los actos lícitos y buenos, sino también del refrenamiento del mismo deleite perverso.
 
291. Las grandes obras de Dios
Grandes son las obras de Dios, y escogidas según su voluntad 16. Previó a los que habían de ser buenos y los creó: previó a los que habían de ser malos y les dio el ser. Se entrega a sí mismo a los buenos para que gocen de Él, y reparte también entre los malos muchos de sus beneficios. Perdona con misericordia y castiga con justicia. No teme la malicia de nadie ni necesita la justicia de alguno. No se aprovecha de las obras de los buenos y mira por el bien de los buenos mediante el castigo de los malos.
 
292. La soberbia
Como la soberbia es el amor desordenado de la propia excelencia, y la envidia el odio de la felicidad ajena, inmediatamente se ve de dónde procede esta última. Cualquiera que ame su propia excelencia, o aborrece a los semejantes por ser iguales a él, o a los superiores porque no puede llegar a ser lo que son ellos. Luego, envaneciéndose, se hace uno envidioso, aunque envidiando no se haga uno soberbio.
 
293. La plenitud de la divinidad en Cristo
Se dice que la plenitud de la divinidad habita corporalmente en Cristo, no porque la divinidad sea un cuerpo, sino porque los sacramentos del Antiguo Testamento se denominan sombras del futuro por la semejanza de las sombras con el cuerpo; y por eso se afirma que en Cristo habita corporalmente la plenitud de la divinidad: puesto que en Él se hallan encerradas todas las cosas, que están figuradas en aquellas sombras, de las que Él viene a ser en cierto modo el cuerpo de ellas, es decir, que Él es la verdad de aquellas figuras y significaciones.
 
294. El combate contra los vicios
El obrar piadoso en esta vida consiste en adorar a Dios, y en luchar, ayudados por su gracia, contra los vicios internos, no cediendo cuando nos instigan y parecen forzarnos a actos ilícitos; si cedemos, debemos pedir perdón, y suplicar, Con afecto de piedad religiosa, el auxilio de Dios para no ceder más. Pero en el paraíso, si nadie hubiera pecado, no habría existido el obrar piadoso para combatir los vicios, porque habría sido permanente el estado de felicidad al no haber vicios.
 
295. La fortaleza cristiana y la pagana
La fortaleza de los gentiles es obra de la codicia mundana, mientras que la fortaleza de los cristianos es un efecto de la gracia divina; la cual ha sido derramada en nuestros corazones, no por el arbitrio de la voluntad, procedente de nosotros mismos, sino por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.
 
296. El vicio sólo puede darse en algún bien
Ningún mal puede existir si no es en algún bien, porque sólo puede darse en alguna naturaleza, y toda naturaleza, en cuanto naturaleza, es buena.
 
297. Ningún mérito antecede a la gracia
A las buenas obras realizadas se les debe el premio; pero las precede la gracia, que no es debida, para que sean realizadas.
 
298. La circuncisión y el bautismo
La circuncisión de la carne era preceptuada por la ley; porque ése era el mejor medio para significar que el pecado original es quitado por Cristo, autor de la regeneración. Porque todo hombre nace con prepucio, así como con pecado original. Y la ley mandaba que la carne fuera circuncidada al octavo día, porque Cristo resucitó el domingo, que era el día octavo, después del día séptimo del sábado. La circuncisión produce el prepucio, transmitiéndolo a otro quien carecía del mismo: así como el bautizado transmite el reato de origen al hijo que engendra carnalmente, aunque el padre esté libre de ese reato.
 
299. El primero y el segundo Adán
El primer hombre, Adán, murió hace mucho tiempo, y después de él vino el segundo hombre, que es Cristo, habiendo vivido millares de hombres entre aquel y este hombre. Por eso es claro que pertenece a aquél todo el que nace por propagación de aquella sucesión, como pertenece a éste todo el que renace en El por el don de la gracia. De lo que resulta que todo el género humano es de alguna manera esos dos hombres: el primero y el segundo.
 
300. Los juicios de Dios
Los juicios de Dios no se pueden comparar de ningún modo con los juicios humanos; porque no debemos dudar de que Dios es justo, incluso cuando hace lo que a los hombres parece ser injusto.
 
301. El nacimiento de los justos
El justo nace de Dios, y no de los hombres, porque se hace justo no por el nacimiento, sino por el renacimiento. Por lo cual los hijos de Dios se llaman también los renacidos.
 
302. La condición de la naturaleza humana
La naturaleza humana es mala porque está viciada, pero no es un mal, porque es una naturaleza. Y ninguna naturaleza, en cuanto naturaleza, es un mal; al contrario, es un bien y un bien sin el cual no podría darse ningún vicio o defecto; aunque la naturaleza misma puede darse sin vicio, en cuanto nunca viciada, o en cuanto sanada.
 
303. La muerte de los pecadores
Es justo juicio de Dios que cada uno muera por su pecado, ya que Dios no causa el pecado; como tampoco hizo la muerte, y sin embargo hace morir al que juzga digno de muerte. Y así se dice que la muerte y la vida proceden de Dios . Y ve muy bien que amabas cosas que son contrarias entre sí, cualquiera que distingue bien entre las obras divinas, porque una cosa es decir que creando no instituyó Dios al mortal, y otra cosa es decir que juzgando castiga al pecador.
 
304. La pena del pecado
Dios hizo el mundo, y creó absolutamente todos los cuerpos. Pero el hecho de que el cuerpo corruptible oprima al alma, y la carne tenga deseos contrarios a los del espíritu, no se debe a la naturaleza del hombre creado, sino que es la pena consiguiente del hombre condenado.
 
305. El plan de la naturaleza
Aunque una naturaleza esté manchada con muchos vicios o defectos, su formación siempre es buena. Como la formación del cuerpo es buena, aun cuando nazca enfermo, también la formación del alma es buena, aun cuando nazca fatuo; y análogamente la formación del hombre es buena, aunque nazca sujeto al pecado original.
 
306. La abolición del pecado
Como algunos padres hacen más grave el pecado original, así otros lo hacen más leve; pero sólo lo suprime aquel de quien se dijo: he aquí el cordero de Dios, que quita los pecados del mundo 18, y para quien no es imposible ningún bien del hombre, y ningún mal es incurable.
 
307. La gracia de Dios
Toda liberación de la masa del primer hombre, a la que merecidamente se debía la muerte, no ha de atribuirse a los méritos de los hombres, sino a la misericordia de Dios. Pues no hay ninguna iniquidad en Dios; porque ni es injusto perdonando, ni es injusto exigiendo lo debido, y se da una indulgencia gratuita donde podría darse un justo castigo.
 
308. La salvación sólo es posible con la misericordia de Dios
Aunque la naturaleza humana hubiera permanecido en la integridad en la que fue creada, de ningún modo se habría conservado así sin el auxilio del Creador. Así pues, si no podía conservar, sin la gracia divina, esa integridad recibida, ¿cómo podría recuperarla, una vez perdida, sin esa gracia?
 
309. El pecador no tiene ninguna excusa
Es inexcusable todo el que peca con el reato de origen, o también con la adición de su propia voluntad; tanto el que peca a sabiendas, como el que peca sin saberlo; tanto el que juzga, como el que no juzga. Porque sin duda alguna la misma ignorancia es pecado en quienes no quisieron entender, y en quienes no pudieron entender es pena del pecado. Luego en ambos casos no se da excusa, sino justa condena.
 
310. Quiénes son movidos por el Espíritu Santo
Sin duda es más ser movido que ser regido. Una cosa es regida para que obre rectamente; pero la que es movida, se entiende que apenas puede obrar algo por sí misma. Pues bien, tal es el influjo de la gracia del Salvador sobre nuestras voluntades, que el Apóstol no duda en decir que los que son movidos por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios . Y nada mejor puede hacer en nosotros la voluntad libre, que encomendarse a aquel que no puede obrar el mal.
 
311. La resurrección
Ser liberados de este cuerpo mortal, con la curación de todas las enfermedades de la concupiscencia carnal, no es recibir el cuerpo para el castigo, sino para la gloria.
 
312. El hombre nada puede hacer sin Dios
Dios hace en el hombre muchas cosas buenas, que no hace el hombre; ninguna cosa buena hace el hombre de modo que Dios no hace para que las haga el hombre.
 
313. La verdadera justicia
La justicia Según la cual el justo vive de la fe, ya que mediante el espíritu de la gracia llega al hombre desde Dios, es verdadera justicia; aunque no sin razón se llama perfecta en algunos según la capacidad de esta vida, es, sin embargo, pequeña comparada con la gran justicia de que son capaces los ángeles; por la cual quien todavía no la tenía, y por la que ya iba a tener, se llamaba a sí mismo imperfecto, y él era imperfecto por la que todavía le faltaba. La justicia claramente menor es causa de mérito, mientras que la justicia mayor es causa de premio. De modo que quien no consigue la primera, no conseguirá tampoco la segunda.
 
314. La mortalidad de Cristo según la carne
La fe católica reconoce un solo hombre mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, quien por nosotros se dignó sufrir la muerte, o sea la pena del pecado, sin tener el pecado. Como sólo Él se hizo hijo del hombre, para que por Él nosotros fuésemos hechos hijos de Dios: así sólo Él recibió el castigo sin ningún mal mérito, como nosotros recibimos por Ella gracia sin mérito alguno. Porque como a nosotros no se nos debía ningún bien, así a Él tampoco ningún mal. Así pues, recomendando su amor a aquellos a los que había de dar una vida inmerecida, quiso padecer por ellos una muerte no merecida.
 
315. La naturaleza y la gracia
A los que queriendo justificarse en la ley, se apartaron de la gracia les dice con toda verdad el Apóstol: si la justicia viene de la ley, entonces Cristo murió en vano ; Y así también se dice con toda verdad a los que piensan ser algo natural la gracia que encomienda y contiene la fe de Cristo: si la justicia viene de la naturaleza, entonces Cristo murió en vano. Ya antes existía la ley, y no justificaba; ya antes existía la naturaleza, y no justificaba. Por eso Cristo no murió en vano, a fin de que la ley se cumpliera mediante aquel que dijo: no vine a abolir la ley, sino a completarla ; Y la naturaleza corrompida por Adán, debía ser reparada por aquel que dijo que venía a buscar y a salvar a los que habían perecido .
 
316. La misericordia y el juicio
Pertenece a la naturaleza humana poder tener la caridad, así como poder tener la fe; mas tener de hecho la fe, así como la caridad, pertenece a la gracia de los fieles. Y como Dios prepara en unos la voluntad de creer, y no la prepara en otros, se debe distinguir entre lo que procede de su misericordia, y lo que procede de su juicio. Porque todos los caminos del Señor san misericordia y verdad. Pero son irrastreables esos caminos. Así pues, son irrastreables la misericordia con la que libera gratuitamente, y la verdad Con la que juzga justamente.
 
317. El hombre ha de ser ayudado
Nadie eleva algo al plano en que él mismo está, a no ser descendiendo algo al plano en que está lo otro.
 
318. El desprecio de la gloria mundana
Sólo conoce las fuerzas nocivas del amor de la gloria humana quien ha declarado la guerra a ese amor. Porque a cualquiera le resulta fácil no desear la alabanza que se le niega, pero es difícil no deleitarse en la gloria que a uno se le ofrece.
 
319. El abandono de los bienes temporales
Desprecia todas las riquezas mundanas quien desprecia no sólo lo que pudo tener, sino también lo que quiso tener. Pero en esto hemos de evitar que se introduzca furtivamente la vanidad. Porque es más útil poseer humildemente grandes riquezas terrenas, que abandonarlas soberbiamente.
 
320. La represión de la ira
A ninguna persona airada le parece injusta su ira. Por eso se debe retornar cuanto antes de la indignación a la benignidad de la mansedumbre. Porque el movimiento obstinado fácilmente se transforma en odio a aquel a quien se tarda en perdonar.
 
321. La ley y la gracia
Quien dio la ley, dio también la gracia; pero envió la ley por medio de un siervo, y El mismo descendió con la gracia; la ley muestra los pecados, pero no los quita; de modo que quienes desean cumplir la ley con sus fuerzas, al no poder hacerlo, se vean obligados a acudir a la gracia, que quita la enfermedad de la imposibilidad y el reato de la desobediencia.
 
322. El sábado
El cristiano observa el verdadero sábado absteniéndose de las obras serviles, es decir, de los pecados; porque quien comete pecado, es siervo del mismo.
 
323. Las cosas propias del hombre
Nadie de suyo es otra cosa que mentira y pecado; si el hombre tiene algo de la verdad y de la justicia, lo recibe de aquel de quien debemos tener sed en este desierto, para que bañados por Él, como con gotas de rocío, no desfallezcamos en el camino.
 
324. La acción inseparable del Padre y del Hijo
Lo que hace el Padre con Cristo, lo hace el mismo Cristo; y lo que Cristo hace con el Padre, lo hace el mismo Padre; el Padre no hace nada solo sin el Hijo, ni el Hijo hace nada solo sin el Padre; ni hace algo separadamente la indisoluble caridad, la indisoluble unidad, el indisoluble poder; y así dice el mismo Señor: Yo y el Padre somos una misma cosa  .
 
325. A quiénes aprovecha el sacramento del bautismo
No hacen disminuir la gracia de la regeneración los que no conservan sus dones, así como los lugares inmundos no contaminan el brillo de la luz. Tú que te gozas en la recepción del bautismo, vive en la santidad del hombre nuevo, y conservando la fe que obra por la caridad, adquiere el bien que todavía no tienes, para que te aproveche el bien que ya tienes.
 
326. La verdad
Cristo es la verdad, hasta el extremo de que todo en Él es verdadero; es verdadero Verbo del Padre, y Dios igual al Padre; es verdadera su alma, verdadera su carne; es verdadero hombre, y verdadero Dios; es verdadero su nacimiento, verdadera su pasión, verdadera su muerte, verdadera su resurrección. Si dices que algo de eso es falso, entra ya la podredumbre, y el veneno de la serpiente da origen a los gusanos de la mentira, y no queda nada íntegro; porque donde entra la corrupción de alguna falsedad, no puede conservarse la integridad de la verdad.
 
327. La caridad
¡Cuán grande es la caridad, que faltando ella, en vano se poseen las demás cosas, y si ella está presente se tiene todas las cosas!
 
328. Cómo Cristo dejó al Padre y a la madre
Deja Cristo a su Padre, porque siendo Dios por naturaleza, y no siendo usurpación su igualdad con Dios, no obstante, se anonadó a sí mismo tomando la forma de esclavo. Esto es lo que significa dejar al Padre: no separarse de Él, no alejarse de él, sino manifestarse en otra forma diferente de aquella en la que es igual al Padre. Dejó a la madre abandonando la Sinagoga de los judíos, de la que nació según la carne, y uniéndose a la Iglesia, que es la unidad de todas las naciones.
 
329. Comparación entre el primero y el segundo Adán
Duerme Adán para que Eva sea formada, y muere Cristo para que nazca la Iglesia. Mientras duerme Adán, es formada Eva de una de sus costillas; después de muerto Cristo, la lanza perfora su costado, para que fluyan de allí los sacramentos, con los que es formada la Iglesia. Por eso dice con razón el Apóstol que el mismo Adán es figura de lo futuro 24. Porque como todos mueren en Adán, así todos serán vivificados en Cristo.
 
330. La encarnación del Verbo
Dios se hizo hombre; así pues, ¿qué llegará a ser el hombre por quien Dios se hizo hombre?
 
331. Los dos nacimientos de los hombres
Uno es el nacimiento de la tierra, y otro el del cielo; uno de la carne, y otro del espíritu; uno de la mortalidad, otro de la eternidad; uno del varón y de la hembra, y otro de Cristo y de la Iglesia. Los dos nacimientos son únicos, y como el nacimiento corporal no puede repetirse, tampoco puede repetirse el bautismo.
 
332. La diversidad de bienes
Si miras a las cosas visibles, ni el pan es Dios, ni el agua ni esta luz, ni el vestido, ni la casa; todas estas cosas son visibles y distintas unas de otras; ni el pan es el agua, ni el vestido es la casa, ni nada de esto es Dios; puesto que todo esto es visible. Dios es tu todo, al que rectamente deseas, y la diversidad de todos los bienes procede de una sola fuente. Porque cuando derrama sus bienes, se da a sí mismo bajo los diversos nombres de sus dones.
 
333. El entendimiento
El alma que desea los bienes carnales es comparada con la mujer no regida por el varón, es decir por el entendimiento, por cuya sabiduría debe ser gobernada; no porque el entendimiento sea otra cosa distinta del alma, sino porque es como una vista oculta del alma. Pues como los ojos exteriores son una parte del cuerpo, así la mente es algo del alma, algo que en nosotros sobresale como participación de la razón divina. Y gobierna bien a todos nuestros movimientos cuando brilla con la luz suprema, de modo que esté en ella la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.
 
334. El lugar de la oración
Si buscas un lugar apto y santo para orar a Dios, limpia bien tu interior, y expulsando de ti todos los malos deseos, prepárate un lugar secreto en la paz de tu corazón. Si quieres orar en un templo, ora dentro de ti, y obra siempre de modo que seas templo de Dios. Pues Dios nos escucha donde habita.
 
335. El hombre interior
Los sentidos del cuerpo dan a conocer al corazón las cosas corporales. Y no todas las facultades son iguales; porque con una se ve, y con otra se oye, y con la que se percibe el sabor no se percibe el olor; y esas facultades, sin el tacto, no bastan para distinguir entre lo suave y lo áspero, entre lo caliente y lo frío, entre lo húmedo y lo seco. Pero el alma juzga con su solo sentido los objetos incorpóreos, y conoce todas las variedades con un solo movimiento, y descubre racionalmente todas las diferencias entre lo bueno y lo malo, entre lo justo y lo injusto; y sus afectos tienen una sola intención: que aparezca la imagen de Dios, donde es una y misma cosa lo que la mente puede según sus diversas potencias.
 
336. La vida del Hijo de Dios
El Hijo de Dios también es Dios y tiene vida en sí mismo, como la tiene el Padre, no por participación, sino por nacimiento. Porque el Padre engendró la vida con la vida, y en nada se distinguen la esencia del que engendra y la del engendrado; porque el Hijo procede del Padre, de modo que en la igualdad consempiterna no hay unidad de personas, pero sí unidad de deidad.
 
337. El juicio
Aunque el Padre nunca se separa del Hijo, se dice que en el juicio de los vivos y de los muertos estará presente el Hijo, y no el Padre; porque en esa ocasión no aparecerá la deidad del Padre ni la del Hijo, sino la forma del Hijo, que éste asumió en el sacramento de la encarnación. El mismo que estuvo bajo el juez será juez, y juzgará el mismo que fue juzgado, para que los impíos vean la gloria de aquel contra cuya mansedumbre se enfurecieron. El juez vendrá en tal forma que puedan verlo así los que ha de coronar como los que ha de condenar. Mas el Padre no vendrá, porque no tomó la forma del siervo, sino que otorgó el poder judicial al Hijo, el mismo que se hizo hombre.
 
338. La voluntad de Dios y del hombre
Cuando los hombres hacen lo que desagrada a Dios, no hacen la voluntad de Dios, sino la de ellos. Mas cuando hacen lo que quieren, de modo que sirvan a la voluntad divina, aunque hagan voluntariamente lo que hacen, cumplen la voluntad de aquel por quien es preparado y mandado lo que los hombres quieren.
 
339. La doctrina del Padre por medio del Verbo
Si el Padre enseña a quien oye su Palabra, investiga qué es Cristo, y conocerás su Palabra: en el principio existía la Palabra o el Verbo . No dice que en el principio hizo Dios el Verbo, como dice que en el principio hizo Dios el cielo y la tierra . Porque la Palabra de Dios es Dios, y no una criatura; ni ha sido hecho entre todas las cosas, sino por quien todas las cosas fueron hechas. Así pues, para que el hombre constituido en la carne pudiera acceder a la doctrina de esa Palabra el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros .
 
340. El cuerpo de Cristo
La carne de Cristo es la vida de los fieles, si éstos no desdeñan ser el cuerpo de Cristo. Conviértanse en el cuerpo de Cristo si quieren vivir del Espíritu de Cristo, pues del Espíritu de Cristo sólo vive el cuerpo de Cristo.
 
341. Quiénes comen el cuerpo de Cristo
Come el alimento de la vida y toma la bebida de la eternidad el que permanece en Cristo, y aquel en quien Cristo habita. Pues quien se separa de Cristo, ni come su carne, ni bebe su sangre, aunque todos los días reciba Can indiferencia tan grande sacramento para juicio de su presunción.
 
342. La felicidad de los malos
La sabiduría mundana quisiera que Dios no permitiera nunca que fueran felices los malos; pero Dios ciertamente no lo consiente; y por eso los malos son considerados felices cuando tienen lo que quieren, porque no saben en qué consiste la felicidad.
 
343. El cambio del corazón
Una cosa es emigrar con el cuerpo, y otra emigrar con el corazón. Emigra con el cuerpo quien cambia de lugar mediante el movimiento corporal; emigra con el corazón quien cambia los afectos mediante el movimiento del corazón. Si amas una cosa y amabas otra, ya no estás allí donde estabas.
 
344. El crisma
El nombre de Cristo procede del término griego «crisma», que significa unción. Porque todo cristiano es santificado para que sepa que no sólo es partícipe de la dignidad sacerdotal y de la regia, sino que también ha de convertirse en luchador contra el diablo.
 
345. La luz
Sigamos a Cristo, luz verdadera, para que no caminemos en las tinieblas. Las tinieblas que debemos temer son las de las costumbres, no las de los ojos; y si tememos las tinieblas de los ojos, no sean las de los ojos exteriores con los que se distingue entre el blanco y el negro, sino las de los ojos del corazón con los que se distingue entre lo justo y lo injusto.
 
346. La encarnación del Verbo
La fe católica cree y predica que Jesucristo Nuestro Señor es verdadero Dios y verdadero hombre. Pues ambas cosas están escritas, y ambas son verdaderas. Quien afirma que Cristo es solamente Dios, niega la medicina con la que ha sido sanado; quien afirma que Cristo es solamente hombre, niega el poder por el que ha sido creado. Así pues, el alma fiel y recta debe admitir ambas cosas: que Cristo es Dios, y que Cristo es hombre. ¿Qué Dios es Cristo? Igual al Padre, una misma cosa con el Padre. ¿Qué hombre es Cristo? Quien nació de Una virgen, tomando del hombre la mortalidad, sin contraer el pecado.
 
347. La misión del Verbo
Jesucristo fue enviado por el Padre, pero no se apartó del Padre. Su misión fue su encarnación, y para la deidad invisible venir a este mundo consistió en aparecer en él. Si esto se comprendiera fácilmente, no sería necesario creerlo. Así pues, creyéndolo se comprende lo que, si no fuera creído, tampoco sería entendido.
 
348. El Padre y el Hijo
Para que sean creídos rectamente el Padre y el Hijo, debemos oír al Hijo cuando dice: Yo y el Padre somos una misma cosa. Con dos palabras quedan destruidas dos herejías. Al decir una misma cosaqueda vencido Arrio, y al decir somos queda derrotado Sabelio; porque no se puede decir somos de un solo sujeto, ni se puede decir una misma cosa de cosas diversas.
 
349. Jesucristo, Dios y hombre
Debemos conocer de Cristo ambas cosas: en qué es igual al Padre, y en qué el Padre es mayor que él. Lo primero es el Verbo, y lo segundo la carne; lo primero es Dios, y lo segundo el hombre; pero Cristo es un solo ser, Dios y hombre.
 
350. La unidad de la divina Trinidad
Donde hay muchos hombres, hay también, sin duda, muchas almas y muchos corazones; pero cuando se unen a Dios por la caridad y la fe, todos se hacen una sola alma y un solo corazón. Por lo tanto, si la caridad de Dios, que ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado, es causa de tan grande unidad de muchas almas y de muchos corazones, ¿cuánto más y más ciertamente habrá una eterna e inmutable unidad en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, donde la Trinidad es, sin diferencias, un solo Dios, una sola luz y un solo principio?
 
351. La enseñanza del Padre al Hijo
No enseñó el Padre al Hijo, como si hubiera engendrado un hijo indocto, y confiriera la ciencia al que no sabía; sino que la doctrina temporal es la esencia intemporal, y ser enseñado por el Padre es lo mismo que ser engendrado por el Padre, porque para la simple naturaleza de la verdad el ser y el conocer son la misma cosa, y no cosas distintas.
 
352. La fe y la verdad
La fe se anticipa siempre a la visión. Pues creemos para conocer, y no conocemos para creer. La fe consiste, por lo tanto, en creer lo que no ves, y la verdad en ver lo que creíste.
 
353. El buen olor de Cristo
El buen olor de Cristo consiste en la predicación de la verdad. Con ese olor recibe la vida quien sirve y se adapta al Evangelio con buenas obras; en cambio incurre en la muerte aquel cuya vida contradice a sus buenas palabras. Y esa condición obliga también a los oyentes, porque la recta predicación oída incrédulamente por algunos los lleva a la muerte, y recibida con fe por otros los lleva a la salvación.
 
354. El poder de creer
La fe de Cristo consiste en creer en quien justifica al impío: creer en el Mediador sin el cual ninguno puede reconciliarse con Dios; creer en el Salvador que vino a buscar y a salvar lo que se había perdido; creer en quien dijo: sin mí nada podéis hacer 29. Pero no tiene esa fe quien, ignorando la justicia de Dios, por la que es justificado el impío, quiere construir la suya, con lo que se muestra su soberbia. Pues los que así sienten son endurecidos y obcecados por su vanidad, porque negando la gracia divina, no son auxiliados por ella.
 
355. La verdadera dilección
Quien tiene la caridad que procede del corazón puro, de la conciencia buena y de la fe no fingida, ama a Dios y al prójimo como a sí mismo. Pues quien ama a Dios, se ama también a sí mismo; y quien no ama a Dios, no ama tampoco al prójimo, ya que no se ama a sí mismo. A causa de esta dilección debemos tolerar con paciencia los odios del mundo; pues es necesario que nos odie el que nos ve odiar lo que él ama.
 
356. Dos significados de «mundo»
La misma palabra «mundo» significa dos clases de hombres. Pues hay que distinguir entre el mundo en los impíos, y el mundo en los santos. El mundo se distingue de sí mismo en el odio y en el amor, y por eso se nos manda odiarlo y amarlo, cuando se nos dice: no queráis amar al mundo , y cuando dice Jesucristo: amad a vuestros enemigos , de modo que debemos execrar la iniquidad, pero amar la salvación del mundo.
 
357. La vanagloria en la ciencia
Para evitar la tentación de la vanagloria es mejor la condición del que aprende, que la del que enseña. Porque es más seguro oír la verdad, que predicarla. Cuando se recibe la enseñanza se conserva la humildad; mas cuando agrada la discusión es difícil que el disertante no sea herido algo por la jactancia.
 
358. La alabanza que Dios se da a sí mismo
El complacerse en sí mismo resulta peligroso para el hombre, quien debe evitar la soberbia. Pero Dios, por mucho que se alabe, no se ensalza sobre su excelsitud, ni quiere aparecer mayor que su majestad. Y cuando Dios habla al hombre del poder divino no obra así para que él mismo parezca más glorioso, sino para que el hombre se haga mejor y más docto. Pues a nosotros nos conviene conocer a nuestro hacedor, y someternos a quien es superior a todos los seres; y de aquel de quien no podemos comprender lo que es, podamos sentir lo que no es.
 
359. El perdón de los pecados
La observancia cristiana hace progresar la piedad perfecta especialmente por mutuo perdón de los pecados, siguiendo el ejemplo de su bondad que nos dio el Señor. Porque si aquel que no tuvo absolutamente ningún pecado intercede por nuestros pecados, ¿cuánto más debemos nosotros rogar mutuamente por nuestros propios pecados? El hombre que no puede carecer de todo pecado, debe imitar la condición benigna de Jesús, para que perdonando los pecados ajenos, le sean a él perdonados sus propios pecados.
 
360. La eternidad de los santos
Nada faltará al conjunto de los deseos de los justos cuando Dios sea todas las cosas en todos ellos. Y llegan a esa felicidad los que mueren en este mundo con la carne antes de la separación del alma, y se libran de los deseos que sólo son superados por el amor de Dios; de modo que la iniquidad tenga que padecer lo mismo que eligió, y la justicia disfrute del mismo bien que amó.
 
361. La humanidad de Nuestro Señor Jesucristo
Quien confiesa que Cristo es Dios, pero niega que sea verdadero hombre, es decir que ha asumido la naturaleza de nuestro cuerpo y de nuestra alma: por ese tal no murió Cristo, ya que Cristo murió según la naturaleza humana. Tampoco tiene un mediador que le reconcilie con Dios, porque uno solo es Dios y uno solo el mediador entre Dios y los hombres, el hombre llamado Jesucristo. Ni es justificado por sí mismo, porque como por la desobediencia de un hombre cargaron muchos con el pecado, así también por la obediencia de un hombre muchos serán justificados. Además, no resucitará a la resurrección de la vida, porque así como por un hombre entró la muerte, así por un hombre vendrá también la resurrección de los muertos; pues como todos mueren por Adán, todos volverán a la vida por Jesucristo 34.Y que nadie se defienda can el ejemplo de Pedro, quien con muchas lágrimas se acusó y se purificó; y así la Iglesia siguió a su príncipe, imitando su penitencia, y no su negación.
 
362. La eternidad
En algunas cosas eternas puede darse alguna distancia, pero la misma eternidad carece de toda diversidad de medida. Las muchas mansiones en una sola vida significan las diversas dignidades de méritos. Pero como Dios lo será todo en todos, así también sucederá que será común a todos mediante el gozo lo que tenga cada uno con desigual claridad. Porque, a causa de la conexión del amor, ninguna parte del cuerpo será ajena a la gloria de la cabeza.
 
363. La fe
La fe de los que han de ver a Dios, cree lo que no ve; porque si lo ve, ya no es fe. Al que cree se le ofrece el mérito, y al que ve se le da el premio.
 
364. La petición denegada
Cuando uno va a usar mal de lo que quiere recibir, Dios misericordiosamente no se lo concede. Por eso si le pedimos algo que al sernos concedido nos resulta dañoso, debemos temer que Dios nos lo conceda propicio, más bien que temer que nos lo niegue airado.
 
365. El amor de Dios
Dice el Señor: Si alguno me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él . ¿Qué significa la palabra «amaré»? ¿Significa que amará entonces y que ahora no ama? De ningún modo. Porque, ¿cómo nos podría amar el Padre sin el Hijo, o el Hijo sin el Padre? Ambos obran inseparablemente; luego, ¿cómo podrían amar separadamente? Pero dice: yo le amaré, para concluir: y me manifestaré a él. Amaré y manifestaré, es decir, le amaré para manifestarme entonces. Para esto nos amó, para que creamos y guardemos el precepto de la fe; entonces nos amará para que le veamos y recibamos esta visión como premio de la fe. Porque también nosotros amamos ahora creyendo lo que entonces veremos, y entonces amaremos viendo lo que hemos creído.
 
366. Los sarmientos de la vid
De tal modo están los sarmientos en la vid, que sin darle nada a ella, reciben de ella la savia que les da vida. En cambio, la vid está en los sarmientos proporcionándoles el alimento vital, sin recibir nada de ellos. De modo análogo, tener a Cristo y permanecer en Cristo es útil para los discípulos, no para Cristo. Porque, arrancando un sarmiento, puede brotar otro de la raíz viva, pero el sarmiento cortado no puede tener vida sin la raíz.
 
367. La condición de la justicia humana
Se dice en la Sagrada Escritura: no quieras ser demasiado justo ; con lo que no se reprocha la justicia del sabio, sino la soberbia del presuntuoso. Quien se hace «demasiado justo», por esa demasía se hace injusto. ¿Y quién es el que se hace demasiado justo, sino quien dice no tener ningún pecado?
 
368. La simplicidad
Ninguna sustancia es verdaderamente simple, incluso tratándose de la sustancia de las criaturas incorpóreas, si en ella no es lo mismo el ser que el conocer, pudiendo ser y no conocer. Pero aquella divina sustancia no puede, porque es lo que tiene, y de tal manera tiene la ciencia, que una cosa es la ciencia por la cual sabe, y otra cosa la esencia, que no es distinta, por la cual es, pero ambas cosas son una sola, y ni siquiera debe decirse ambas cosas donde no hay más que una simplicísima unidad. Porque el Padre tiene vida en sí mismo, y no es distinto de la vida que tiene en Él, y dio al Hijo tener la vida en sí mismo, es decir, engendró un Hijo, que también El mismo es vida. Así también lo dicho del Espíritu Santo: no dirá nada por sí mismo, sino dirá lo que ha oído 37, debemos entenderlo en el sentido de que no procede de sí mismo. Porque sólo el Padre no procede de otro. El Hijo nació del Padre, y el Espíritu Santo procede del Padre; mas el Padre ni ha nacido ni procede de otro. Y no se le debe ocurrir al pensamiento humano imaginar alguna desigualdad en aquella Trinidad augusta; porque el Hijo es igual a aquel de quien nació, y el Espíritu Santo es igual a aquel de quien procede.
 
369. La intemporalidad de la deidad
Aunque la naturaleza inmutable no admita ni él fue ni él será, sino solamente él es, porque sólo ella verdaderamente es, porque no puede ser de modo distinto a como es: no obstante, a causa del cambio de los tiempos por los que atraviesa nuestra mortalidad y nuestra mutabilidad, decimos sin mentira que fue, que es y que será. Fue en tiempos pasados, es en los presentes, y será en los futuros. Fue, porque nunca dejó de ser; será porque nunca dejará de ser; es, porque siempre es. Pues no se terminó con las cosas pasadas, como aquel que ya no es; no pasa con las presentes, que no permanecen; ni nacerá con las futuras, que no han sido. Y variando la locución humana según la cantidad de los tiempos, en cualquier tiempo puede colocarse el Verbo únicamente aplicado a aquel que no pudo, ni puede, ni podrá dejar de ser en cualquier tiempo. Siempre oye el Espíritu Santo, porque siempre sabe, y saber y oír son para Ello mismo que ser siempre. Y el ser siempre para El es lo mismo que proceder del Padre. Y nadie puede decir que el Espíritu Santo no sea vida, siendo vida el Padre, y vida el Hijo. Como el Padre tiene vida en sí mismo, así dio al Hijo tener igualmente vida en sí mismo; y así también concedió al Espíritu Santo que la vida procediera de éste, como procede del Padre.
 
370. El amor con que amamos a Dios
Don es enteramente de Dios el amarle. Él, que nos amó sin ser amado, lo concedió para ser amado. Hemos sido amados sin tener méritos, para que en nosotros hubiera algo que le agradase. Difundió en nuestros corazones la caridad el Espíritu del Padre y del Hijo, al que amamos juntamente con el Padre y el Hijo.
 
371. La paz de Cristo
La paz de Cristo no está sujeta a los límites del tiempo, y en ella consiste la perfección de toda intención y de toda acción piadosa. Por ella somos imbuidos de sus secretos; por ella somos aleccionados con sus obras y, con sus palabras; por ella hemos recibido el don de su Espíritu; por ella creemos en Él y esperamos en Él y nos encendemos en su amor cuanto El se digna concedernos; esta paz nos consuela en todas las tribulaciones y nos libra de ellas; por esta paz sufrimos varonilmente cualquier persecución, para que, libres de toda persecución, reinemos felizmente con esa paz en la bienaventuranza. Pues la verdadera paz es causa de unidad, porque quien se une a Dios, se hace un espíritu con Él.
 
372. Los diversos tiempos
Todos los tiempos están dispuestos para aquel que no está sometido al tiempo. Porque todas las cosas que han de ser, cada cual en su propio tiempo, tienen sus causas eficientes en la sabiduría de Dios, en la cual no existe el tiempo. No se crea, pues, que esta hora vino por necesidad del hado, sino por la ordenación de Dios. Como tampoco una fatal necesidad sideral determinó la pasión de Cristo; porque no se puede pensar que las estrellas forzasen a morir a su hacedor; el cual siendo intemporal como el Padre, eligió el tiempo en que había de morir corporalmente, como eligió antes el tiempo en que había que nacer de una madre.
 
373. La unidad de la Trinidad
Cuando Jesús dice: ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, solo Dios verdadero, y al que has enviado, Jesucristo, el orden de las palabras es éste: para que a ti y al que has enviado, Jesucristo, conozcan como solo y verdadero Dios. Por consiguiente, también está comprendido el Espíritu Santo, porque es el Espíritu del Padre y del Hijo, como el amor sustancial y consustancial de ambos. Porque el Padre y el Hijo no son dos dioses, ni tres dioses el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; sino que la misma Trinidad es un solo y verdadero Dios. Pero no es el Padre el mismo que el Hijo ni el Hijo el mismo que el Padre, ni el Espíritu Santo es el mismo que el Padre y el Hijo; porque son tres: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y la misma Trinidad es un solo Dios.
 
374. Qué dio el Padre al Hijo
Todo cuanto Dios Padre dio a Dios Hijo, se lo dio en la generación. Y como le dio el ser, así le dio el Padre al Hijo todas las cosas sin las cuales el Hijo no puede ser. Pues, ¿cómo podría dar de otra manera palabras al Verbo, en el que infaliblemente Dios dijo todas las cosas?
 
375. La protección con la que Dios nos conserva
La protección que Dios nos concede no la debemos tomar en sentido tan carnal como si alternativamente nos guardasen el Padre y el Hijo, haciendo turno en vigilarnos, y como si uno sucediera al otro que se retira. Pues conjuntamente nos custodian el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que son un Dios único y verdadero. Pero la Escritura no nos eleva, sino bajando a nosotros; así como el Verbo, hecho hombre, bajó a nosotros para elevarnos, y no cayó para estar yacente. Si creemos que ha bajado, levantémonos con quien nos eleva, y comprendamos que, al hablar así, hace distinción entre las personas, sin separar las naturalezas.
 
376. La gracia divina que se adelanta a todo mérito humano
Si nos fijamos en la naturaleza en la que hemos sido creados habiendo sido todos creados por la verdad, ¿quién no procede de la verdad? Mas no todos reciben de la verdad el poder de escuchar la verdad, esto es de obedecer a la verdad y creer en la verdad; desde luego sin méritos precedentes, para que la gracia no deje de ser gracia. Si hubiese dicho: todo el que oye mi voz pertenece a la verdad, por eso se diría llamado desde la verdad, porque obedece a la verdad; mas no dijo eso, sino todo el que pertenece a la verdad oye mi voz 39. Por lo tanto, no pertenece a la verdad porque oye su voz, sino que oye su voz porque pertenece a la verdad, o sea porque de la verdad ha recibido ese don. Y esto, ¿qué quiere decir sino que cree en Cristo porque Cristo le ha dado ese don?
 
377. El amor con que debemos amar a Dios
Quien se ama a sí mismo, y no ama a Dios, no se ama a sí mismo; en cambio, quien ama a Dios y no se ama a sí mismo, se ama a sí mismo. Pues quien no puede vivir por sí, muere amándose a sí mismo. Mas cuando se ama a aquel por quien se vive, no amándose a sí mismo, ama más, porque no se ama a sí por amar a aquel que es su vida.
 
378. La acción indivisa del Padre y del Hijo
Todo lo que el Padre tiene que hacer en orden al Hijo, sólo se hace por medio del Hijo; en orden a éste, porque es el Hijo del hombre, y fue hecho entre todas las cosas; por este mismo, porque es el Hijo de Dios, y el Padre hace todas las cosas por medio de Él.
 
379. La sujeción del Hijo
No debe extrañarnos que el Apóstol diga que, incluso en el mundo futuro, el Hijo estará sometido al Padre: entonces el mismo Hijo se someterá a quien todo le sometió ; porque el Hijo conserva la forma humana, y según ésta, siempre es inferior al Padre. Aunque no faltaron quienes opinaron que esa sujeción del Hijo implicaba una transformación de la misma forma humana en la sustancia divina, basándose en que se somete a una cosa lo que se cambia y transforma en la misma. Pero se puede entender que el motivo principal que movió al Apóstol, para decir incluso que en el mundo futuro el Hijo estará sometido al Padre, fue evitar que alguno pensara que en el mismo Hijo se había de consumir el espíritu y el cuerpo humano con alguna transformación: para que Dios sea todas las cosas, no sólo en la forma de aquel hombre, sino en todas las cosas ; cuando la gloria de la cabeza llenará todo el cuerpo (Ibid., 1.1, c.8).
 
380. Dios no deja nada desordenado en las criaturas
Cualesquiera bienes, grandes o pequeños, no pueden proceder sino de Dios; porque, ¿qué puede haber en las criaturas más excelente que la vida inteligente, y qué puede haber en ellas inferior al cuerpo? Sin duda que ésos son bienes que se hallan sujetos al desfallecimiento y que tienden al no ser, y no obstante, tienen siempre forma, por insignificante que sea, que les da su modo especial de existir. Así pues, cualquiera forma, aun la más imperfecta, que resta en cualquier ser deficiente, procede de aquella forma que desconoce la deficiencia, y que no permite que los mismos movimientos de los seres que progresan, o de los que retroceden, traspasen las leyes de sus números. Por consiguiente, todo cuanto de laudable hay en la naturaleza de las criaturas, ya lo juzguemos digno de poca, ya de mucha alabanza, todo debemos referirlo a la mayor excelencia e inefable alabanza del Creador.
 
381. La presciencia divina no obliga a nadie a pecar
Dios a nadie obliga a pecar, aunque prevé quiénes han de pecar por su propia voluntad. ¿Por qué, pues, no ha de castigar como justo juez el mal, que no obliga a cometer, no obstante conocerlo de antemano, como sapientísimo previsor? Así como nadie, con su memoria de las cosas, obliga a ser a las cosas que ya fueron: del mismo modo Dios no obliga a que se haga lo que realmente se ha de hacer. Y así como el hombre se acuerda de algunas cosas que ha hecho, y no obstante no ha hecho todo lo que recuerda: así también Dios prevé todas las cosas, de las que él mismo es autor, y no obstante, no es el autor de todo lo que prevé. Pero de las cosas de las que no es mal hacedor, es, sin embargo, justo vengador.
 
382. El conocimiento de las criaturas invisibles
El alma humana, que está naturalmente unida a la razón divina, de la cual depende, cuando dice que mejor sería esto que aquello, si dice verdad y sabe lo que dice, lo ve en aquellas razones a las que está unida. Tenga, pues, por cierto que Dios ha hecho todo lo que ella piensa razonablemente que debía haber hecho, aunque no alcance a verlo como una realidad en las cosas creadas; porque aunque no alcanzara a ver el cielo con los ojos corporales y, no obstante, dedujera Con verdadero motivo que Dios debió haberlo hecho, debería tener por seguro que lo había hecho, a pesar de que no lo viera con los ojos corporales; porque realmente no hubiera podido ver Con la inteligencia que debía haberlo hecho, sino en aquellas razones o ejemplares según las cuales fueron hechas todas las cosas. Y lo que no está contenido en aquellas razones, es tan verdad que nadie lo puede ver mediante un razonamiento fundado en la verdad, cuanto es cierto que eso no es, ni puede ser, verdadera realidad.
 
383. El remedio para curar las heridas humanas
¿Quién tiene más necesidad de misericordia que el miserable? ¿Y quién es más digno de misericordia que el soberbio? Esto es lo que hizo que el Verbo de Dios, por el cual fueron hechas todas las cosas y del cual gozan todos los bienaventurados del cielo, se hiciera carne y habitara entre nosotros. Y así es como podría llegar el hombre a comer el pan de los ángeles, a pesar de no ser todavía igual a los ángeles, dignándose hacerse hombre el mismo pan de los ángeles. Y haciéndose hombre, no descendió hasta nosotros para abandonarlos a ellos, sino que, dándose por entero a ellos y también a nosotros, nutriéndoles a ellos interiormente con su divinidad, y enseñándonos externamente a nosotros por medio de su humanidad, nos dispone por la fe a participar, como los mismos ángeles, del alimento de su visión beatífica.
 
384. Ningún defecto de la naturaleza viene del autor de ésta
Es indudable que todo vicio o defecto es contrario a la naturaleza, incluso en la cosa de que es vicio. Por lo tanto, puesto que en cualquier cosa viciosa no se vitupera sino el vicio, y puesto que en tanto es vicio en cuanto que es contra la naturaleza de la cosa cuyo es el vicio, síguese que no se puede vituperar con razón el vicio de alguna cosa sino de aquella cuya naturaleza se alaba. Luego en el vicio sólo desagrada lo que corrompe lo que en la naturaleza agrada.
 
385. El castigo del pecado
La ignorancia y la debilidad son los dos castigos penales de toda alma pecadora. De la primera proviene el error que embrutece, y de la segunda el temor que aflige. Mas aprobar lo falso tomándolo como verdadero, es equivocarse sin querer; y no poder abstenerse de hacer lo que piden las pasiones, a causa de la resistencia opuesta por ellas y a causa de lo que atormentan los vínculos de la carne y de la sangre, no es propio de la naturaleza del hombre, creado por Dios, sino pena del hombre condenado.
 
386. La diversidad en los remedios
Como el arte de la medicina, permaneciendo inalterable, no varía en modo alguno, con todo varía los remedios según el diagnóstico de los enfermos, porque cambia nuestra salud, así la divina providencia, aunque es fija en sí misma, socorre de diversas maneras a la criatura frágil, y según la variedad de las enfermedades, receta o prohíbe diversos remedios, siempre con el fin de dar vigor y lozanía a las cosas defectibles, esto es, a las que tienden a la nada, sacándolas del vicio, que es principio de muerte, a la integridad de su naturaleza y esencia
 
387. El primer pecado del hombre
El primer vicio del alma racional es la voluntad de hacer lo que prohíbe la suma e Íntima verdad. Así el hombre fue expulsado del paraíso a este siglo, o sea, de los bienes eternos a los temporales, de los abundantes a los escasos, de la firmeza a la flaqueza; no fue arrojado, pues, del bien sustancial al mal sustancial, porque ninguna sustancia es mal, sino del bien eterno al bien temporal, del bien espiritual al bien carnal, del bien inteligible al bien sensible, del bien sumo al bien ínfimo. Hay, pues, cierto bien, y amándolo el hombre peca, porque está en un orden inferior a él; por lo cual el mismo pecado es el mal, no el objeto que se ama con afición pecaminosa.
 
388. La verdad, maestra de todas las artes
La regla universal de todas las artes es absolutamente invariable; en cambio, la mente humana, que tiene el privilegio de conocerla, está sujeta a los vaivenes del error; de donde claramente se deduce que la ley, llamada la verdad, es superior a nuestra mente. Así pues, no hay lugar a dudas: Dios es la naturaleza inmutable, que está sobre el alma racional, y la primera vida y la primera esencia se dan donde brilla la primera sabiduría. Esta es la verdad inmutable, que con razón se llama ley de todas las artes, y arte del Artífice omnipotente. Por lo tanto, conociéndose el alma a sí misma, y sabiendo que la hermosura y el movimiento de los cuerpos se rigen por normas superiores a ella, debe reconocer al mismo tiempo que ella aventaja según su ser a las cosas sujetas a su juicio; pero a su vez es inferior en excelencia a la naturaleza que regula sus juicios, y a la que no puede juzgar de ningún modo.
 
389. Los incentivos para aprender
Hay dos caminos para aprender: la autoridad y la razón. La autoridad es anterior en el orden del tiempo, pero realmente es anterior la razón. Pues una cosa es lo que precede en el obrar, y otra lo estimado por muchos al desear algún bien. El principio de la sabiduría es el temor de Dios, y a las cosas sublimes se asciende por medio de la humildad; siga pues la ignorancia humana el camino de la fe, para que la fe merezca ver lo que cree.
 
390. Las riquezas
Abundas en riquezas, y te jactas de la nobleza de tus mayores; saltas de gozo por tu patria, por la belleza del cuerpo, y por los honores que los hombres te tributan. Pero mírate bien, y verás que eres mortal; eres tierra y volverás a la tierra. Mira a los que brillaron con semejantes esplendores antes de ti. ¿Dónde están ahora los que estaban antes rodeados por los más poderosos ciudadanos? ¿Dónde están los invencibles emperadores? ¿Dónde los que organizaban las reuniones y las fiestas? ¿Dónde están los que criaban espléndidos caballos, dónde los jefes de los ejércitos, dónde los sátrapas, dónde los tiranos? ¿Acaso no se han convertido todos en polvo y en pavesas? ¿Acaso no se ha reducido el recuerdo de su vida a unos pocos huesos? Mira los sepulcros, y trata de descubrir quién fue siervo y quién señor, quién pobre y quién rico; y mira si puedes distinguir entre el vencido y el rey, entre el fuerte y el débil, entre el hermoso y el deforme. Así pues, acordándote de tu naturaleza, nunca te ensalzarás. Y te acordarás de ella, si te miras bien a ti mismo.


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