lunes, 10 de junio de 2019

Nota explicatoria a la «Declaración de verdades relativas a algunos de los errores más comunes en la vida de la Iglesia de nuestro tiempo»


Nota explicatoria a la
«Declaración de verdades relativas a algunos de los errores más comunes en la vida de la Iglesia de nuestro tiempo»



En nuestro tiempo la Iglesia está experimentando una de las epidemias espirituales más grandes, es decir, una confusión y desorientación doctrinal casi universal, que es un peligro seriamente contagioso para la salud espiritual y la salvación eterna de muchas almas. Al mismo tiempo se debe reconocer un letargo generalizado en el ejercicio del Magisterio en los diferentes niveles de la jerarquía de la Iglesia en nuestros días. Esto se debe principalmente al incumplimiento del deber apostólico, como también manifiesta el Concilio Vaticano II, de «apartar de su grey los errores que la amenazan». (Lumen Gentium, 25).

Nuestro tiempo se caracteriza por una acusada hambre espiritual que padecen muchos fieles católicos en todo el mundo de una reafirmación de esas verdades que son confundidas, socavadas y negadas por algunos de los más peligrosos errores de nuestro tiempo. Los fieles, que también están sufriendo esta hambre espiritual, se sienten abandonados y por lo tanto se encuentran en una especie de periferia existencial. Tal situación demanda urgentemente un remedio concreto. Una declaración pública de las verdades concernientes a estos errores no puede admitir más dilación. Por lo tanto nosotros somos conscientes de las siguientes palabras atemporales dichas por el Papa San Gregorio Magno: «Que nuestra lengua no cese de exhortar, y habiendo emprendido el oficio de obispos, nuestro silencio no puede resultar en nuestra condenación ante el tribunal del Juez justo (…). El pueblo encomendado a nuestro cuidado abandona a Dios, y nosotros permanecemos en silencio. Ellos viven en pecado, y nosotros no extendemos nuestra mano para corregir». (In Ev. hom. 17, 3.14).


Somos conscientes de nuestra grave responsabilidad como obispos católicos con respecto a la advertencia de San Pablo, que enseña que Dios dio a su Iglesia «pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud. Para que ya no seamos niños sacudidos por las olas y llevados a la deriva por todo viento de doctrina, en la falacia de los hombres, que con astucia conduce al error; sino que, realizando la verdad en el amor, hagamos crecer todas las cosas hacia Él, que es la cabeza: Cristo, del cual todo el cuerpo, bien ajustado y unido a través de todo el complejo de junturas que lo nutren, actuando a la medida de cada parte, se procura el crecimiento del cuerpo, para construcción de sí mismo en el amor». (Efesios 4, 12-16).

En el espíritu de caridad fraterna publicamos esta Declaración de verdades como una ayuda espiritual concreta, así que obispos, sacerdotes, parroquias, conventos, asociaciones de fieles, y personas privadas puedan también tener la oportunidad de confesar ya sea privada o públicamente esas verdades que en nuestros días son mayormente negadas o desfiguradas. La siguiente exhortación del apóstol Pablo debería ser entendida como dirigida también a cada obispo y fiel de nuestro tiempo, «combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna, a la que fuiste llamado y que tu profesaste noblemente delante de muchos testigos. Delante de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Cristo Jesús, que proclamó tan noble profesión de fe ante Poncio Pilato, te ordeno que guardes el mandamiento sin mancha ni reproche hasta la manifestación de Nuestro Señor Jesucristo». (1 Tim 6,12-14).

Ante los ojos del Divino Juez y en propia conciencia, cada obispo, sacerdote, y laico, tiene el deber moral de ser testigo fiel de esas verdades que en nuestros días son confundidas, socavadas y negadas. Los actos públicos y privados de declaración de esas verdades podrían iniciar un movimiento de confesión de la verdad, de su defensa, y de reparación por los generalizados pecados contra la fe, por los pecados de apostasía tanto oculta como explícita de la fe católica de un número no pequeño tanto de clérigos como de laicos. Se debe tener en mente, sin embargo, que tal movimiento no se juzgará a sí mismo por los números, sino de acuerdo a la verdad, como San Gregorio Nacianceno dijo durante la confusión doctrinal general de la crisis arriana: «Dios no se deleita en los números». (Or. 42,7).

Siendo testigos de la inmutable fe católica, los clérigos y fieles deben recordar la verdad de que «la totalidad de los fieles, no puede equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo cuando desde los Obispos hasta los últimos fieles laicos, presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres». (CVII, Lumen gentium 12).

Santos y grandes obispos que vivieron en tiempos de crisis doctrinales pueden interceder por nosotros y guiarnos con su enseñanza, como lo hacen las siguientes palabras de San Agustín, que él dirigió al Papa san Bonifacio I: «Ya que la atalaya pastoral, es común a todos nosotros que ejercemos el oficio del episcopado (aunque usted es más prominente y por lo tanto en un lugar más alto), yo hago lo que puedo con respecto a mi pequeña porción, tal como el Señor consiente en darme el poder, ayudado por vuestras plegarias». (Contra ep. Pel 1,2).

Una voz común de los pastores y los fieles a través de una declaración precisa de estas verdades será sin ninguna duda un medio eficiente de ayuda fraterna y filial al Supremo Pontífice en la actual situación tan extraordinaria de confusión y desorientación doctrinal general en la vida de la Iglesia.

Nosotros hacemos pública esta declaración en el espíritu de caridad cristiana, que se manifiesta asimismo en el cuidado de la salud espiritual tanto de los pastores como de los fieles, es decir, de todos los miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, siendo conscientes de las siguientes palabras de San Pablo en la Primera carta a los corintios: «Para que así no haya división en el cuerpo, sino que más bien, todos los miembros se preocupen por igual unos de otros. Y si un miembro sufre, todos sufren con él; si un miembro es honrado todos se alegran con él. Pues bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro» (1 Cor 12, 25-27), y en la carta a los Romanos: «Porque así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros con diversas funciones, también todos nosotros formamos un solo Cuerpo en Cristo, y en lo que respecta a cada uno, somos miembros los unos de los otros. Conforme a la gracia que Dios nos ha dado, todos tenemos aptitudes diferentes. El que tiene el don de la profecía, que lo ejerza según la medida de la fe. El que tiene el don del ministerio, que sirva. El que tiene el don de enseñar, que enseñe. El que tiene el don de exhortación, que exhorte. El que comparte sus bienes, que dé con sencillez. El que preside la comunidad, que lo haga con solicitud. El que practica misericordia, que lo haga con alegría. Amen con sinceridad. Tengan horror al mal y pasión por el bien. Ámense cordialmente con amor fraterno, estimando a los otros como más dignos. Con solicitud incansable y fervor de espíritu, sirvan al Señor». (Rom 12, 4-11).

Los cardenales y obispos que firmamos esta «Declaración de verdades» la confiamos al Inmaculado Corazón de la Madre de Dios bajo la invocación de «Salus populi Romani» (Salvación del pueblo romano) considerando el privilegiado significado espiritual que este icono tiene para la iglesia romana. Que toda la Iglesia católica, bajo la protección de la Inmaculada Virgen y Madre de Dios, «luche intrépidamente el combate de la fe, persista firmemente en la doctrina de los Apóstoles y camine con seguridad entre las tormentas del mundo hasta que alcance la ciudad celestial». (Prefacio de la misa en honor de la Sagrada Virgen María «Salvación del pueblo romano»).
31 de mayo 2019

Cardenal Raymond Leo Burke, Patrón de la Soberana Orden militar de Malta
Cardenal Janis Pujats, arzobispo emérito de Riga
Tomash Peta, arzobispo de la archidiócesis de Santa María en Astana
Jan Pawel Lenga, arzobispo-obispo emérito de Karaganda
Athanasius Schneider, obispo auxiliar de la archidiócesis de Santa María en Astana. 


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