viernes, 24 de enero de 2020

La fuerte argumentación de San Francisco de Sales iluminó a muchos de sus contemporáneos, y continúa siendo hoy preciosa para el conocimiento de la verdadera fe



El rey Enrique IV llamaba a san Francisco de Sales “el fénix de los obispos”, porque, según decía él, “es una rara ave sobre la tierra”. Después de haber renunciado a los fastos de París y a las propuestas reales de un sillón episcopal prestigioso, Francisco de Sales se convirtió en el pastor incansable de su tierra saboyana, a la que amaba por encima de todo. Dejándose guiar por los padres de la Iglesia, obtenía de la oración y de un gran conocimiento meditado de la Sagrada Escritura la fuerza necesaria para cumplir su misión y para conducir a las almas a Dios (cf. beato Juan Pablo II, Carta al obispo de Annecy, 23 de noviembre de 2002).

Francisco de Sales nace el 21 de agosto de 1567 en el seno de una familia católica de la nobleza de Saboya, en el castillo de Sales, a unos veinte kilómetros al norte de Annecy. Es el primogénito de seis hermanos y hermanas. Sus padres tienen como principio educativo explicar los motivos de lo que exigen, para que la obediencia de sus hijos sea más reflexiva. Desde muy pronto, el niño aprende a usar la espada, pero también a dar limosna a los pobres: cuando oye llamar a un pobre, se levanta de la mesa para llevarle una parte de su comida. Sin embargo, no es perfecto: un día, entra en la cocina, a pesar de la prohibición, y pide al cocinero un pequeño pâté suculento pero todavía humeante. La quemadura que siente no le impide llevárselo en la mano y comérselo. Enseguida acude a su madre para que lo cure sin desvelarle la causa de la quemadura.

«¡Acordaos!»
Francisco toma la primera Comunión y recibe la Confirmación a la edad de diez años; a partir de entonces empieza a notar una llamada al sacerdocio. Su padre, que lo destina a la magistratura, lo envía hacia 1582 a estudiar a París, al colegio de Clermont que regentan los jesuitas. Allí aprende gramática y matemáticas, lenguas clásicas, filosofía y teología. La difícil cuestión de las relaciones entre la voluntad eterna de Dios, la gracia divina y la libertad humana lo perturba hasta el punto de sumirlo en la desesperación; se imagina estar condenado para siempre en el infierno. Durante seis semanas, una gran angustia se apodera de él, haciéndole perder el apetito y el sueño. Una tarde de enero de 1587, prosternado ante una imagen de María en la Iglesia de Saint-Étienne-des-Grès, realiza un acto de completo abandono en la voluntad del Señor y luego reza el “Acordaos”, plegaria llena de confianza dirigida por san Bernardo a María. De inmediato, la violenta tentación se desvanece y recobra la paz del corazón. Entonces, dedica su virginidad a Dios y a la Virgen, a quien promete rezar cada día el Rosario. Mediante esa prueba, Francisco ha aprendido a sentir compasión por los sufrimientos espirituales de los demás, y sabrá apaciguarlos.


En 1588, el joven se marcha a Padua (Italia) a completar sus estudios. Una vez allí, se pone bajo la dirección del padre jesuita Antonio Possevino, con quien realiza los Ejercicios espirituales de san Ignacio. Durante el transcurso del verano de 1591, obtiene el doctorado en derecho civil y canónico. A su regreso a Saboya en 1592, su padre le da un pequeño terreno, el señorío de Villaroget, donde ha instalado una biblioteca de jurisprudencia, pues desea ardientemente que su hijo llegue a ser abogado e incluso senador. Ha elegido igualmente para él a una novia, hija única de un juez consejero del duque de Saboya. A pesar de la nobleza y la virtud de esa señorita que todavía no ha cumplido catorce años, Francisco, decidido a consagrarse Dios, no le da ninguna esperanza. Para complacer a su padre, se inscribe como abogado en el colegio de abogados de Chambéry, pero rechaza el nombramiento para el cargo de senador que le ofrece el duque de Saboya. Con motivo de una visita de cortesía a Monseñor de Granier, obispo de Ginebra que reside en Annecy, Francisco es apreciado por su sabiduría y amplitud de conocimientos. Muy pronto, el prelado le pide que acepte el cargo de preboste, es decir, de primer canónigo de la catedral (el equivalente a la función actual de vicario general). Francisco desvela entonces a su padre su verdadera vocación. Tras un duro combate interior, éste renuncia a que su primogénito sea un brillante abogado y le da la bendición.

Predicar con los ojos
Convertido ya en sacerdote el 18 de diciembre de

1593, Francisco se instala oficialmente como preboste de los canónigos. Con dicho motivo, expone en un discurso sus puntos de vista sobre la manera de reconquistar para la fe católica la ciudad de Ginebra. Desde 1541, el reformador Juan Calvino la había convertido en la “Roma protestante”, por lo que el obispo había tenido que refugiarse en Annecy. «Hay que quebrantar los muros de Ginebra mediante la caridad –afirma el nuevo preboste–, invadirla mediante la caridad, reconquistarla mediante la caridad… Hay que derribar los muros de Ginebra mediante plegarias ardientes y librar el asalto mediante la caridad fraterna». El duque de Saboya, Carlos Manuel I, desea también restablecer el catolicismo en Chablais, región situada al sur del lago Léman y convertida al calvinismo a mediados del siglo, por lo que pide a Monseñor de Granier que envíe misioneros. Francisco de Sales y su primo, Luis de Sales, se presentan voluntarios para la misión. En septiembre de 1594, se instalan en la fortaleza de Allinges. Desde allí, Francisco se dirige a Thonon, la capital de Chablais, donde predica en la única iglesia católica de la ciudad. Muy pronto, una ordenanza pública del consistorio calvinista de la ciudad prohíbe a los protestantes que acudan a escuchar sus sermones. Después de cuatro meses, Francisco no ha conseguido ningún resultado tangible. Un amigo le aconseja entonces que predique con los ojos redactando artículos en hojas sueltas impresas que serán distribuidas por debajo de las puertas de las casas de los calvinistas. El 7 de enero, durante la Misa, una voz interior confirma a Francisco en ese propósito. Desde los primeros artículos, consigue captar la atención de los lectores. Esos escritos serán en parte recopilados y publicados con el título de Controversias. Francisco, que ha estudiado las obras de una treintena de autores protestantes, cita ampliamente la Sagrada Escritura y a numerosos teólogos católicos. Cuando el beato Papa Pío IX proclame a san Francisco de Sales como Doctor de la Iglesia, dirá lo siguiente de las Controversias: «Una maravillosa ciencia teológica resplandece en esta obra; se observa en ella un método excelente, una lógica irresistible, bien respecto a la refutación de la herejía, bien en relación con la demostración de la verdad católica».

La fuerte argumentación de Francisco iluminó a muchos de sus contemporáneos, y continúa siendo hoy preciosa para el conocimiento de la verdadera fe. En la primera parte de su trabajo, denuncia las debilidades de las posiciones calvinistas. Demuestra especialmente que sus ministros carecen de toda autoridad, pues no han recibido ninguna misión: «Es cosa cierta –dice– que cualquiera que quiera enseñar y tener rango de pastor en la Iglesia debe ser enviado». Pero los pastores calvinistas no han recibido ninguna misión de la Iglesia, y no pueden reivindicar una misión extraordinaria, pues «nadie debe alegar una misión extraordinaria a no ser que la pruebe mediante milagros», y «ninguna misión extraordinaria debe ser recibida si es desaprobada por la autoridad ordinaria que está en la Iglesia de Nuestro Señor». En la segunda parte de su obra, expone los fundamentos del catolicismo y afirma que la Iglesia no puede errar. San Pablo denomina a la Iglesia la columna y fundamento de la verdad (1 Tm 3, 15). «¿Acaso no es lo mismo decir que la verdad se fundamenta firmemente en la Iglesia? En las demás confesiones, la verdad sólo se fundamenta a intervalos, cayendo a menudo, pero en la Iglesia católica, se encuentra sin vicisitudes, inmutable, sin tambalearse; en suma: estable y perpetua». En la tercera parte, inacabada, trata de puntos controvertidos, especialmente del Purgatorio.

En cuanto puede, Francisco se instala en Thonon, en casa de una señora mayor, miembro de su familia. Recibe ayuda de cuatro sacerdotes a quienes da consejos a partir de su experiencia: «Os aseguro –les dice– que cuando he recurrido a réplicas mordaces siempre me he arrepentido. Los hombres actúan más por amor y caridad que por severidad y rigor». Progresivamente, los habitantes de Chablais regresan al catolicismo. A finales del mes de septiembre de 1598, el duque de Saboya organiza en Thonon una suntuosa fiesta con solemne procesión del Santísimo Sacramento. A partir de ese momento, quince mil personas regresan al catolicismo, y otras muchas están decididas a unirse a ellas.

En noviembre de 1598, Monseñor de Granier envía a Roma a su preboste para cumplir en su nombre la visita ad limina que los obispos hacen al Papa cada cinco años. Ha pedido al Santo Padre que lo nombre su coadjutor (es decir, su futuro sucesor). El papa convoca a Francisco a un examen oficial. Llegado el día, éste entra en una Iglesia y suplica: «Señor, si por vuestra eterna providencia sabéis que pueda llegar a ser un servidor inútil en el cargo episcopal… no permitáis que responda bien, sino haced más bien que me vea cubierto de confusión ante vuestro Vicario, y que no consiga de este examen nada más que ignominia». Al salir de la sesión, el Santo Padre, extremadamente satisfecho, lo nombra coadjutor del obispo de Ginebra.

Ganar los corazones

A principios de 1602, Monseñor de Granier envía a Francisco de Sales a París, ante el rey Enrique IV, a fin de obtener que los bienes confiscados por los protestantes en la comarca de Gex (región de la diócesis de Ginebra dependiente, en el plano civil, del rey de Francia) sean devueltos al clero y que se conceda total libertad religiosa a los católicos. Francisco es solicitado para predicar la cuaresma en la capilla de la reina. «Ganaba más corazones en una hora por la vía del amor que otros en cuarenta días por la vía del rigor –cuenta uno de sus biógrafos. No es que fuera indulgente ante el vicio, sino que sabía perfectamente que allí donde pudiera dejar caer solamente una chispa del divino amor, enseguida exterminaría el pecado». Conoce a Bárbara Acarie (la futura beata María de la Encarnación), madre de familia que había recibido dones místicos extraordinarios, y le ayuda a introducir en Francia la Orden Carmelitana, reformada por santa Teresa de Jesús. Enrique IV propone a Francisco el obispado de París. «Majestad –responde–, me he desposado con una pobre mujer (la Iglesia de Ginebra) y no puedo abandonarla por una más rica».

El 17 de septiembre de 1602, tras la muerte de Monseñor Granier, Francisco de Sales se convierte en obispo de Ginebra. Realiza un largo retiro de veinte días según los Ejercicios de san Ignacio. Con motivo de la ceremonia de su consagración episcopal, es agraciado con una visión intelectual: ve cómo la Santísima Trinidad obra interiormente en su alma lo que los obispos que le consagran realizan exteriormente en él. Se convierte en el pastor de una diócesis pobre y en plena tormenta, en un paisaje de montaña del que conoce tanto la austeridad como la belleza. «Encontré a Dios –escribirá– en toda su dulzura y delicadeza en nuestras más elevadas y rudas montañas, donde numerosas almas sencillas lo amaban y lo adoraban con toda verdad y sinceridad; corzos y rebecos brincaban aquí y allá entre los glaciares terroríficos para cantar sus alabanzas».

Una sorprendente vehemencia

Monseñor de Sales no deja pasar ninguna ocasión de instruir a sus fieles, en quienes ha constatado la ignorancia religiosa, raíz de numerosos males. Por ello instaura clases de catecismo, dedicándose él mismo con gusto a los niños, conquistando primero sus corazones y exponiendo después familiarmente los rudimentos de la fe, con la ayuda de comparaciones adaptadas a su capacidad. En 1603, convoca un sínodo diocesano para sus sacerdotes con objeto de reconfortarlos, pues muchos llevan una vida casi solitaria en la montaña. Les exhorta a estudiar con una sorprendente vehemencia, a fin de prevenirlos contra los errores doctrinales, recomendándoles también una gran pureza de conciencia con vistas a la administración del sacramento de la Penitencia; les aconseja que reciban a los penitentes «con extremo amor, soportando pacientemente su rusticidad, ignorancia, estupidez, tardanza y otras imperfecciones», interrogándoles con tacto y progresivamente sobre ciertos pecados que quizás no osan confesar.

En marzo de 1604, el obispo de Ginebra se dirige a Dijon para predicar la cuaresma. Una mañana, después de haber celebrado la Misa, el Señor le revela que fundará una orden de religiosas. Durante un sermón, observa a una joven vestida de viuda y que le escucha con ardiente atención. Juana Francisca de Chantal, cuyo marido ha muerto trágicamente a causa de un accidente de caza, había pedido al Señor que le concediera un guía espiritual, y Dios le había mostrado a Francisco de Sales, al que reconoce en cuanto lo ve en el púlpito. Son numerosas las personas que se dirigen también a Francisco de Sales para su vida espiritual. En su intención, redacta unos pequeños tratados espirituales, siendo uno de ellos el origen de la Introducción a la vida devota, obra publicada en diciembre de 1608.

El libro, dirigido a una destinataria ficticia, Filotea, es una invitación a pertenecer completamente a Dios, viviendo en el mundo y cumpliendo los deberes de su estado. De lenguaje y estilo muy sencillos, su éxito es inmediato, de tal forma que, estando aún vivo Francisco de Sales, la obra se reimprimirá más de cuarenta veces y se traducirá a casi todas las lenguas de Europa. El propio rey Enrique IV lo lee, y la reina de Francia regala al rey de Inglaterra un ejemplar adornado con diamantes.

El 1 de marzo de 1610, Francisco asiste a su madre en el lecho de muerte. Escribirá a la baronesa de Chantal: «Con el corazón henchido, lloré ante aquella buena madre más de lo que lo había hecho desde que soy eclesiástico; pero fue sin amargura espiritual, gracias a Dios». El domingo 6 de junio, con la señora de Chantal y Carlota de Bréchard, funda la Orden de la Visitación. Su propósito es modesto: «Crear una pequeña asamblea o congregación de mujeres y de jóvenes que vivan juntas a manera de ensayo siguiendo pequeñas constituciones piadosas». Cantarán el Pequeño Oficio de la Virgen y llevarán una vida fraternal en una «santa y cordial unión interior». Finalmente, admitirán en su comunidad a personas de frágil salud que no pueden entrar en monasterios más austeros. Para esa Orden, que debe consagrarse a la contemplación, aunque también a varias obras de caridad en favor de los pobres y de los enfermos, elige el patronazgo de la Visitación «porque al visitar a los pobres, las religiosas deberán imitar a María cuando visitó a Isabel».

Si place a Dios

A principios de 1615, la madre de Chantal funda en Lyon un monasterio de la Visitación. Muy pronto, sin embargo, el arzobispo Monseñor de Marquemont desea introducir cambios en las Visitandinas, y sobre todo establecer una estricta clausura, lo que implicará la supresión de la visita a los enfermos y a los pobres. Muy relajado de sus opiniones personales cuando no le parecen esenciales, Monseñor de Sales escribe a la superiora de Lyon: «Si place a Dios que esa congregación cambie de nombre, de estado y de condición, os amoldaréis al capricho del arzobispo, al que está plenamente dedicada toda la congregación». Por otra parte, él mismo escribirá a Monseñor de Marquemont: «En cuanto a la visita a los enfermos, se añadió más bien como ejercicio conforme a la devoción de las que empezaron esta congregación y a la calidad del lugar donde estaban que como finalidad principal». Así pues, las Visitandinas aceptan los cambios consentidos por su fundador. Antes de la muerte de Monseñor de Sales, se habían fundado doce Visitaciones.

En 1616, Francisco de Sales publica, especialmente a intención de la madre de Chantal y de sus religiosas, el Tratado del amor de Dios.

«En un tiempo de intenso florecimiento místico –decía el Papa Benedicto XVI–, el Tratado del amor de Dios es una verdadera summa, y a la vez una fascinante obra literaria. Su descripción del itinerario hacia Dios parte del reconocimiento de la inclinación natural, inscrita en el corazón del hombre, aunque pecador, a amar a Dios sobre todas las cosas. Según el modelo de la Sagrada Escritura, san Francisco de Sales habla de la unión entre Dios y el hombre desarrollando una serie de imágenes de relación interpersonal. Su Dios es padre y señor, esposo y amigo, tiene características maternas y de nodriza, es el sol del que incluso la noche es misteriosa revelación. Ese Dios atrae hacia sí al hombre con vínculos de amor, es decir, de verdadera libertad: “Ya que el amor no tiene forzados ni esclavos, sino que reduce todas las cosas bajo la propia obediencia con una fuerza tan deliciosa que, si nada es tan fuerte como el amor, nada es tan amable como su fuerza” (Audiencia general del 2 de marzo de 2011).

Siempre disponible

Monseñor de Sales vive pobremente. Conserva durante mucho tiempo su ropa, procediendo él mismo a fáciles remiendos. Su capellán osa reprocharle respetuosamente de ser «el peor vestido de toda la casa». Celebra la Misa con una devoción incomparable. Cada día, a mitad de la mañana, está disponible para recibir a los sacerdotes, con una acogida sencilla y fraternal: «¿Dónde creéis que estáis? –pregunta a un sacerdote que no sabe qué tratamientos emplear–; todos somos hermanos… No soy obispo entre nosotros; esas ceremonias son buenas cuando aparecemos públicamente». Por la tarde, acoge a todos los que se presentan. Posee el don de levantar los corazones y de discernir las mentalidades mediante una gran sabiduría espiritual. Su reputación de santidad atrae hacia él a numerosos enfermos, curando milagrosamente a varios y atribuyendo las curaciones solamente a Dios, que puede realizar milagros a quienes le rezan con fe. Después de las audiencias, el prelado visita a los enfermos a domicilio, incluso si se alojan en lugares sórdidos e incómodos, así como a los prisioneros. Luego, se pone a disposición de quienes desean confesarse, ministerio para el que está –además– siempre disponible. Por la noche, antes de acostarse, incluso si es muy tarde, reza apaciblemente el Rosario meditando sobre sus misterios.

A finales de 1618, Francisco de Sales se dirige a París con motivo del casamiento del hijo del duque Carlos Manuel I con la hermana del rey Luis XIII. Allí conoce a san Vicente de Paúl, quien afirmará con respecto a él: «Monseñor de Sales se ha acomodado tan bien a ese modelo (Cristo), como he constatado, que varias veces me he preguntado con sorpresa cómo una simple criatura podía llegar a un grado de perfección tan grande, considerando la fragilidad humana, y alcanzar la cima de una tan sublime altura… Y me venía a la mente este pensamiento: “Dios mío, ¡cuán bueno tenéis que ser!, pues en Monseñor Francisco de Sales, vuestra criatura, ¡hay tanta dulzura…!”». Por su parte, Francisco aprecia tanto a Vicente de Paúl que le pide que sea el superior del monasterio de la Visitación que se funda en París a partir del año 1619. A continuación regresa a Annecy, donde su hermano Juan Francisco le ha sido asignado como obispo coadjutor, ya que su salud es frágil: padece de arterioesclerosis y de hidropesía, sin contar con otras enfermedades.

En octubre de 1622, Monseñor de Sales acompaña al duque de Saboya en su encuentro con el rey Luis XIII en Aviñón. Presintiendo su muerte, el obispo redacta su testamento y se despide de los suyos. En el camino, hace una parada en Lyon, donde mantiene una entrevista por última vez con la madre de Chantal. El 27 de diciembre, visita el noviciado de las hermanas, que le piden les escriba algunas enseñanzas espirituales. En una hoja, escribe arriba, en medio y abajo: humildad. Ese mismo día, a principios de la tarde, sufre una hemorragia cerebral. Muere el 28 de diciembre.

El 16 de noviembre de 1877, el Papa Pío IX proclamará a san Francisco de Sales Doctor de la Iglesia y afirmará que, gracias a él, la verdadera piedad «ha penetrado hasta el trono de los reyes, en la tienda de los jefes de los ejércitos, en el tribunal de los jueces, en las oficinas, en las tiendas e incluso en las cabañas de los pastores» (breve Dives in misericordia). Más recientemente, el Papa Benedicto XVI ha subrayado: «Así nacía la llamada a los laicos, el interés por la consagración de las cosas temporales y por la santificación de lo cotidiano, en los que insistirán el concilio Vaticano II y la espiritualidad de nuestro tiempo. Se manifestaba el ideal de una humanidad reconciliada, en la sintonía entre acción en el mundo y oración, entre condición seglar y búsqueda de la perfección» (2 de marzo de 2011).

Podemos asociarnos a este deseo del beato Juan Pablo II: que «la enseñanza del santo obispo de Ginebra permanezca como fuente de luz para nuestros contemporáneos, como lo fue en su tiempo».
Dom Antoine Marie osb

Publicado por la Abadía San José de Clairval en: www.clairval.com


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