martes, 19 de mayo de 2020

Para rezar en familia 19 de mayo de 2020


Para hacer oración familiar, dejamos todos previsto: apagamos los celulares y la pantalla, sin prisa por la comida, generamos un ambiente de silencio, etc. De este modo seremos una Iglesia en el hogar.

Se reúne la familia en una sala de la casa en torno una mesa, cubierta con un mantel morado o blanco, colocamos un crucifijo, una imagen de la Sagrada Familia o de la Virgen María, y en el centro la Biblia junto a una vela encendida. Los padres, o uno de ellos, son los responsables de guiar a los hijos en este momento de oración para entrar en alabanza y diálogo con Dios.



1. + Señal de la cruz

2. Ven, Espíritu Santo. Tú derramas sobre nosotros los siete dones; Tú, dedo de la diestra del Padre; Tú, fiel promesa del Padre; que inspiras nuestras palabras. Ilumina nuestros sentidos; infunde tu amor en nuestros corazones; y, con tu perpetuo auxilio, fortalece la debilidad de nuestro cuerpo.

3. En presencia de Dios, pedimos perdón:
· Señor, ten misericordia de nosotros.
(Respondemos) Porque hemos pecado contra ti.

· Muéstranos, Señor, tu misericordia.
(Respondemos) Y danos tu salvación.

4. Proclamamos Hechos de los Apóstoles 16, 22-34 y el evangelio de Jesucristo según san Juan 16, 5-11


Catequesis para mayores de 12 años
Hemos querido leer texto de Hechos por lo que aconteció antes la pregunta del carcelero: «Señores, ¿qué debo hacer para alcanzar la salvación?» Ellos le respondieron: «Cree en el Señor Jesús y te salvarás, tú y toda tu familia.» En seguida le anunciaron la Palabra del Señor, a él y a todos los de su casa. Resaltamos estas palabras por la belleza en que la gracia de Dios obró la conversión de una familia. En casa podríamos hacer esta pregunta del carcelero: ¿qué debemos hacer para alcanzar la salvación?»
Ante las palabras de Jesús, “Si no me voy, el Paráclito no vendrá a ustedes. Pero si me voy, se lo enviaré,” recordamos una catequesis de San Juan Pablo II (a 100 años de su natalicio) que nos prepara el corazón para la venida del Espíritu Santo:
“En el Cenáculo, en la última noche de su vida terrena, Jesús promete cinco veces el don del Espíritu Santo. En el mismo lugar, en la tarde de Pascua, el Resucitado se presenta ante los apóstoles e infunde el Espíritu prometido, con el gesto simbólico del hálito y con las palabras: «¡Recibid el Espíritu Santo!» Cincuenta días después, otra vez en el Cenáculo, el Espíritu Santo irrumpe con su potencia transformando los corazones y la vida de los primeros testigos del Evangelio.
Desde entonces, toda la historia de la Iglesia, en sus dinámicas más profundas, está impregnada por la presencia de la acción del Espíritu, «entregado sin medida» a los que creen en Cristo. El encuentro con Cristo comporta el don del Espíritu Santo que, como decía el gran padre de la iglesia, Basilio, «se difunde en todos sin que experimente disminución alguna, está presente en cada uno de los que son capaces de recibirlo como si fueran los únicos, y en todos difunde la gracia suficiente y completa»
El Espíritu Santo se encuentra en la raíz de la experiencia de fe. De hecho, en el Bautismo, nos convertimos en hijos de Dios gracias precisamente al Espíritu: «La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!».
En el manantial mismo de la existencia cristiana, cuando nacemos como criaturas nuevas, se encuentra el soplo del Espíritu, que nos haces hijos en el Hijo y nos hace «caminar» por los caminos de justicia y salvación.
Toda la aventura del cristiano tendrá que desarrollarse, por tanto, bajo el influjo del Espíritu. Cuando Él nos vuelve a presentar la Palabra de Cristo, resplandece en nuestro interior la luz de la verdad, como había prometido Jesús: «el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho».
El Espíritu está junto a nosotros en el momento de la prueba, convirtiéndose en nuestro defensor y apoyo: «Cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros». El Espíritu se encuentra en las raíces de la libertad cristiana, que libera del yugo del pecado. Lo dice claramente el apóstol Pablo: «La ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte». La vida moral –como nos recuerda san Pablo– por el hecho de ser irradiada por el Espíritu produce frutos de «amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí».
El Espíritu anima a toda la comunidad de los creyentes en Cristo. Ese mismo apóstol celebra a través de la imagen del cuerpo la multiplicidad y la riqueza, así como la unidad de la Iglesia, como obra del Espíritu Santo. Por un lado, Pablo hace una lista de la variedad de carismas, es decir, de los dones particulares ofrecidos a los miembros de la Iglesia; por otro, confirma que «todas estas cosas las obra un mismo y único Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular según su voluntad». De hecho, «en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu».
Por último, le debemos al Espíritu el poder alcanzar nuestro destino de gloria. San Pablo utiliza en este sentido la imagen del «sello» y la «prenda»: «fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la Promesa, que es prenda de nuestra herencia, para redención del Pueblo de su posesión, para alabanza de su gloria». En síntesis: toda la vida del cristiano, desde los orígenes hasta su última meta, está bajo la bandera y la obra del Espíritu Santo.

Santo del día. Santa María Bernarda Bütler. “La vida de esta fundadora de la Congregación de Hermanas Franciscanas Misioneras de María Auxiliadora estuvo consagrada al servicio de los enfermos más pobres y necesitados. Fue un gran apóstol en Ecuador y en Colombia”
Nació en Suiza el 28 de mayo de 1848. Aprendió a amar a Dios, así como a María con el rezo diario del rosario en familia junto a sus padres, unos humildes campesinos. Se entregó al trabajo, la oración y el apostolado en la parroquia hasta que, con 19 años de edad, ingresó esta vez al Monasterio Franciscano de María Auxiliadora. Más adelante tomó el hábito con el nombre religioso de María Bernarda del Sagrado Corazón de María.
Poco a poco se destacó por la virtud y cualidades humanas que la llevaron a ser nombrada maestra de novicias y luego superiora, servicio que realizó hasta su partida para las misiones. Luego de vencer la resistencia de las autoridades eclesiásticas y de obtener permiso pontificio para dejar el monasterio, partió con seis compañeras rumbo a Ecuador.
Este paso que fue concebido originalmente como la fundación de una filial de su monasterio, luego convirtió a Sor María Bernarda en fundadora de un nuevo instituto llamado Hermanas Franciscanas Misioneras de María Auxiliadora.
En Chone, Ecuador, las hermanas se dedicaron a la educación de niños y jóvenes, asistiendo a los enfermos y necesitados. Esta experiencia de fe unida a la oración y los sacramentos dio muchos frutos en ese lugar difícil y espiritualmente abandonado.
En 1895, la madre María Bernarda y 14 hermanas tuvieron que huir de Ecuador por una violenta persecución contra la Iglesia y viajaron a Cartagena en Colombia. Las religiosas aumentaron y se fundó casas en Colombia, Austria y Brasil. La madre María Bernarda visitaba estas obras con una sencillez evangélica que edificaba y animaba a todas.
Tuvo predilección por los pobres y por los enfermos. “Abran sus casas para ayudar a los pobres y a los marginados. Prefieran el cuidado de los indigentes a cualquier otra actividad”, solía decir. Dirigió su congregación por 30 años y al renunciar a este servicio, mantuvo su humildad, animando a las hermanas con el ejemplo. Partió a la Casa del Padre el 19 de mayo de 1924 con 76 años de edad, 57 de vida consagrada y 38 de misionera. Fue beatificada (1995) por San Juan Pablo II y canonizada por Benedicto XVI en 2008.

Catequesis para menores de 12 años
· Se proclama el evangelio y se ayuda a los niños a recomponer el relato, buscando los detalles.
· Se explica desde las ideas centrales de la catequesis de adultos (el texto anterior).
· Reflexionamos las palabras: “Si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros”
· En silencio meditamos con el corazón el significado de estas palabras y las compartimos.

Oración: Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. No me dejes solo que me perdería. Hasta que alcance los brazos de Jesús, María y José.

5. Cada uno de la familia dice una acción de gracias.
Dios Padre, te damos gracias por … .

6. Ahora, cada uno hace una petición.
Dios misericordioso, te pedimos por ... .

7. Presentación de las ofrendas. En la Pascua, Jesús se ofrece como cordero sacrificado al Padre por nosotros. Ahora nosotros, unidos a Cristo, también podemos hacernos Eucaristía. En este momento, cada uno de la familia, dice cuál es la ofrenda que le presenta a Dios. Ejemplos: ayudar en casa, estudiar, rezar alguna oración, llamar a alguien para saludarlo, hacer un pequeño sacrificio, estar al servicio, etc..

8. Oramos como Jesús nos enseñó:
Padre nuestro…

9. Nos damos la Paz del Señor, como gesto de amor.

10. Oramos a nuestra Madre:
Dios te salve María…

11. Comunión espiritual:
Creo, Jesús mío, que estás en el Santísimo Sacramento; te amo sobre todas las cosas y deseo recibirte en mi alma. Ya que ahora no puedo hacerlo sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón. (breve silencio).
Y ahora, como si ya te hubiese recibido, te abrazo y me uno todo a Ti. No permitas, Señor, que jamás me separe de ti.

12. Oremos: Dios misericordioso, concédenos experimentar en todo tiempo los frutos del misterio pascual que hoy celebramos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén. Sagrada Familia de Nazaret: Ruega por nosotros.

13. Los padres se bendicen entre ellos y bendicen a los hijos, haciendo una cruz en la frente. Nos hacemos la Señal de la cruz diciendo: + El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la Vida eterna. Amen.


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