martes, 15 de octubre de 2013

Santa Teresa de Jesús - P. Alfredo Sáenz

Santa Teresa de Jesús

El 28 de septiembre de 1970, el papa Pablo VI declaró a Santa Teresa, Doctora de la Iglesia Universal. No fue un acto que llamase en exceso la atención a no ser por el hecho de haberse elegido por vez primera a una mujer para esa dignidad.
Decimos que no fue extraño por cuanto en la praxis de la Iglesia ya era considerada como una auténtica maestra del espíritu, la Doctora mística, según se la llamaba. La misma oración de su fiesta litúrgica nos invitaba a «alimentarnos de su doctrina celestial». En 1922, la Universidad de Salamanca le había conferido el Doctorado honoris causa en Teología, y la reina Victoria, esposa de Alfonso XIII, había colocado en su estatua una insignia y birrete académicos, como ya aparecía ornada en no pocas imágenes suyas. Antes incluso, en 1910, San Pío X, en una carta al General de los Carmelitas, le había hecho notar que lo que los Padres de la Iglesia enseñaban confusamente y al margen de cualquier tipo de sistema, esta santa lo había reducido con suma maestría y elegancia a un cuerpo de doctrina, llegando a decir el mismo Papa en 1914:
«Fue tan a propósito esta mujer para la formación cristiana, que en poco o en nada cede a Padres y Doctores de la Iglesia».
Como se ve, la resolución de Pablo VI por la que entronizó a Santa Teresa en la galería de los Doctores de la Iglesia no resulta nada chocante. En la homilía de la Misa en que la proclamó tal, dijo que su acto se unía al reconocimiento general que le había conferido el pueblo cristiano a lo largo de siglos:
«Todos reconocíamos, podemos decir que con unánime consentimiento, esta prerrogativa de Santa Teresa de ser madre y maestra de las personas espirituales... El consentimiento de la adición de los santos, de los teólogos, de los fieles y de los estudiosos se lo había ganado ya. Ahora lo hemos confirmado Nosotros, a fin de que, nimbada por este título magistral, tenga en adelante una misión más autorizada que llevar a cabo dentro de su Familia religiosa, en la Iglesia orante y en el mundo, por medio de su mensaje perenne y actual: el mensaje de la oración».
Pareció, pues, un merecido broche de oro cuando, en la ceremonia oficial, luego que un Prelado español leyó las alabanzas que Santa Teresa había recibido de Papas y maestros, Pablo VI agregó: «Por lo tanto, declaramos a Santa Teresa de Jesús, virgen de Ávila, Doctora de la Iglesia Universal».
¿Qué significa el título de Doctor de la Iglesia? La Iglesia llama así a los escritores eclesiásticos que, no solamente en razón de su vida santa y de su acrisolada ortodoxia, sino también y sobre todo por causa de su ciencia considerable y de su profunda erudición, han sido honrados con tal título mediante una aprobación solemne de la autoridad eclesiástica. La iluminación de los fieles gracias a la ciencia que brilla en ellos con un resplandor fuera de lo común, constituye la nota particular de su misión en la historia. Una vez declarados tales, la Iglesia les confiere un rango especial en la liturgia, con Misa y Oficio propios.
Curiosa esta Doctora, que no supo de filosofía, aunque sí supo de la Verdad. Dios le concedió «entender una verdad, que es cumplimiento de todas las verdades», como ella misma nos dejó dicho en su Vida. Y en otro lugar: «Esta verdad que digo se me dio a entender, es en sí misma verdad, y es sin principio ni fin, y todas las demás verdades dependen de esta verdad». No la conoció, ciertamente, en categorías filosóficas, si bien confesó que le hubiera gustado hablar con alguien entendido en filosofía para que pudiera explicarle aquello que ella misma no era capaz de expresar con propiedad: «Mucho valiera aquí poder hablar con quien supiera filosofía, porque sabiendo las propiedades de las cosas, supiérame declarar, que me voy regalando en ello y no lo sé decir, y aun por ventura no lo sé entender». Y así nuestra santa accedió a la verdad puenteando la filosofía. ¡Qué bien lo dijo Unamuno: «Santa Teresa vale por cualquier Instituto, por cualquier Crítica de la razón pura»!
Al principio, se resistió a poner sus ideas por escrito. Cuando uno de sus confesores, el P. Jerónimo Gracián, le pidió que escribiera algo, Teresa le respondió: «Mejor que lo hagan los letrados», los que han estudiado, porque ella era una tonta y no sabía lo que decía, que usaría una palabra en vez de otra y lo haría mal. Que ya había muchos libros sobre las cosas de oración. Que la dejasen libre, porque lo que ella quería era que le permitiesen cumplir con sus compromisos de religiosa. Sólo se resolvería a escribir en el caso de que sus confesores se lo mandasen expresamente. Podríase decir que Teresa es una Doctora inculta, espontánea. No una profesora que se sienta a dar cátedra. La da, sin embargo, a pesar suyo. De ella escribiría fray Luis de León:
«En la alteza de las cosas que trata y en la delicadeza y claridad con que las trata, excede a muchos ingenios. Y así, siempre que los leo, me admiro de nuevo, y en muchas partes de ellos me parece que no es ingenio de hombre el que oigo; y no dudo sino que habla el Espíritu Santo en ella en muchos lugares, y que la regía la pluma y la mano; porque así lo manifiesta la luz que pone en las cosas oscuras y el fuego que encienden sus palabras en el corazón que las lee».
Esto es rigurosamente exacto. Pero hay que decir más. Santa Teresa no sólo posee autoridad doctrinal, sino que sus escritos han sido también camino de perfección para los que de ellos se alimentaron. Su influencia en la vida espiritual de la Iglesia a lo largo de los siglos ha sido inmensa, al punto que su magisterio iluminador se ha consumado en una maternidad fecunda. Teresa es verdaderamente madre, madre espiritual. Hasta en nuestros días, un Charles de Foucauld recurriría a ella como autora de cabecera, frecuentando sus obras a modo de lectio continua; en diez años, nos asegura, la leyó no menos de diez veces.
Así, pues, la decisión de Pablo VI de proclamarla Doctora de la Iglesia significa el reconocimiento oficial de un magisterio que desde siempre ha ejercido con sus escritos, y la confirmación solemne de la especial gracia carismática que el Espíritu Santo derramó sobre ella para edificación de la Iglesia.

I. Santa Teresa, doctora española
Hemos elegido a Santa Teresa para integrar la galería de arquetipos en este curso que estamos dictando sobre la Hispanidad. Porque si bien es ella Doctora de la Iglesia Universal, lo es con una modalidad específica: es una Doctora española, españolísima. Ella viene a ser la flor más preciosa que haya brotado en el jardín de la espiritualidad española. Si para Taine, el misticismo español representa un momento superior de la especie humana, «de ese instante supremo Santa Teresa fue el motor esencial», como acota Marañón. Así lo reconoció Pablo VI en la homilía de la Misa en que le confirió el Doctorado:
 «No queremos pasar por alto el hecho de que Santa Teresa era española, y con razón España la considera una de sus grandes glorias. En su personalidad se aprecian los rasgos de su patria: la reciedumbre de espíritu, la profundidad de sentimientos, la sinceridad del alma, el amor a la Iglesia. Su figura se centra en una época gloriosa de santos y de maestros que marcan su siglo con el florecimiento de la espiritualidad».
El español –el buen español, por cierto, no el español decadente– se caracteriza por la fortaleza de su alma, por su espíritu heroico. Así fue Teresa, esa santa con temple de soldado. Ya desde pequeña, nos confiesa ella misma, le encantaban los libros de caballerías e incluso llegó a componer con su hermano Rodrigo un libro de ese género. Lástima que dicho escrito no haya llegado hasta nosotros; quizás destruyó el manuscrito, ya que luego exageraría el mal efecto que le producía ese tipo de literatura.
Cuenta María, su hermana mayor, que una noche iban las dos caminando de vuelta de Maitines, por las oscuras callejuelas de Ávila, y de pronto Teresa exclamó: «Hermana, si supieras qué caballero nos escolta, quedarías encantada. ¡Es Nuestro Señor Jesucristo llevando su cruz!». ¿Fantasía o realidad? La cosa es que ya veía a Aquel que luego tanto amaría, pero éste se le presentaba con el atuendo de un hidalgo. Quizás fue la lectura del libro de Amadís lo que la predispuso para percibir a Cristo en forma de caballero que acompaña a su dama, un caballero que lleva la cruz. Toda la España del siglo XVI está en aquella exclamación de Teresa.
No en vano nuestra santa pertenecía a una familia de soldados. Prácticamente todos sus hermanos varones fueron tales. Uno de ellos, Rodrigo, se enroló en la expedición que el Adelantado Pedro de Mendoza emprendiera para el Río de la Plata, a donde vino juntamente con otro vecino de Ávila, Juan de Osorio. Cuando se embarcó, hizo a Teresa heredera de todos sus bienes, caso de no retomar, como de hecho sucedió, ya que murió combatiendo en el Perú, junto con otro de sus hermanos, Antonio. Llevaba, pues, Teresa, la caballería en la sangre, ella que luego exhortaría a «ayudar a llevar la cruz a Cristo, como buenos caballeros que sin sueldo quieren servir a su Rey»; ella que pretendería que sus religiosas fueran de temple varonil:
«No querría yo mis hermanas pareciesen en nada mujeres, sino varones fuertes, que si ellas hacen lo que es en sí, el Señor las hará tan varoniles que espanten a los hombres».
Un rasgo típico de la santa, que confirma su fuste espiritualmente varonil, fue su inocultable predilección por la inteligencia, incluso prefiriéndola a la piedad, en la que también fue tan eximia. Le gustaban de manera extraordinaria las personas inteligentes. Decía que una monja no inteligente sólo resultaba útil para sí misma; en cambio la inteligente podía ser puesta a cargo de otras. ¿La razón? «Un buen entendimiento, si comienza a aficionarse al bien, ásese a él con fortaleza, porque ve es lo más acertado». También en sus confesores, apreciaba por encima de todo la inteligencia y la sabiduría, al tiempo que experimentaba una gran desconfianza por los santos que eran tontos.
Teresa se destaca en la historia por haber sido una excelente escritora, flor del siglo de oro español. Redactaba con tanta fuerza como claridad, y muy rápidamente, casi sin tachar nada, subrayando cada tanto una que otra palabra. En toda su autobiografía sólo hay catorce correcciones, y no todas son de ella. Su letra era recta y firme, sin vacilaciones, como de quien sabe exactamente lo que hay que decir, sin concesiones a veleidades literarias, sin siquiera puntuación. El encanto de su estilo es que no tiene ninguno. Porque escribía como hablaba.
Ello se advierte de manera especial en su Vida, uno de los libros más preciosos que se hayan escrito, en el que frases admirables se intercalan con expresiones pueblerinas y comparaciones caseras. De esta obra afirmó Menéndez y Pelayo:
«No hay en el mundo prosa ni verso que basten a igualar, ni aun de lejos se acerquen, a cualquiera de los capítulos de la Vida, autobiografía a ninguna semejante, en que con la más peregrina modestia se narran las singulares mercedes que Dios le hizo, y se habla y discurre de las más altas revelaciones místicas con una sencillez y un sublime descuido de frases que deleitan y enamoran... Santa Teresa habló de Dios y de los más altos misterios teológicos como en plática familiar de hija castellana junto al fuego».
Escribió el libro de su Vida en invierno, sentada en el suelo de su celda, apoyando el pergamino sobre la cama, frente a una ventana sin vidrio, olvidada de sí misma. «Al pensar en eso –escribe T. Walsh–, al visitar hoy esa habitación tan despojada y estrecha, que es ahora un oratorio, y al acordarse de la alegría, el buen humor y la agudeza de ingenio que en su obra revela, uno acaba por entender lo que es la santidad».
Bien española la santa, una española salerosa. No le gustaba la gente triste, ni lo era, ni soportaba que lo fuesen quienes vivían con ella. «¡Líbreme Dios de los santos encapotados!», solía decir con frecuencia. Sentido del humor, gracia superior y sabrosa, que se trasunta en tantas expresiones suyas, como por ejemplo, cuando hablando del progreso espiritual de unas personas por ella conocidas dice: «Vuelan como águilas, no las hagan andar como pollo trabado». O en salidas geniales como cuando respondió a aquella hermanita cocinera, asombrada al ver cómo Teresa, siempre tan mortificada, estaba comiendo perdices: «Las penitencias son penitencias y las perdices son perdices». Gracia, humor, realismo. Caminaba, sí, con su cabeza a la altura de las estrellas, pero sus pies estaban siempre sólidamente asentados en tierra, en lo concreto.
La gracia de Dios hizo de ella una santa, mas las almas de los santos son preparadas por una larga y secular prosapia, así como por el trabajo secreto de mil influencias providenciales. Se puede decir que una familia, una ciudad, una raza entera han colaborado para engendrar a Santa Teresa. Santa la más española que existe. Mujer excelsa, que concitó el cariño de toda España, tan bien expresado en lo que de ella dijera uno de sus confesores, el P. Pablo Hernández: «La madre Teresa de Jesús es muy grande mujer de las tejas abajo, y de las tejas arriba muy mayor».
A su muerte, literatos como Lope y Cervantes, nobles, reyes, obispos, todos se unieron para pedir a Roma su ascensión a los altares. Fue Gregorio XV quien la canonizó en 1622, juntamente con otros tres santos españoles: San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier y San Isidro Labrador. Era, en cierto modo, la canonización de la España católica. Ulteriormente Teresa sería proclamada segunda patrona de España, tras el patrono principal, Santiago apóstol.
En este capítulo consideraremos la figura arquetípica de Santa Teresa desde un punto de vista particular, es a saber, su ejemplaridad en relación con los problemas de nuestro tiempo. Porque quizás hoy más que nunca se hace evidente la actualidad de esta santa. Ella es actual no precisamente porque agrade al espíritu de nuestra época. Recordemos lo que decía Chesterton hablando de los santos, al afirmar que en cada recodo de la historia, Dios suscita a aquel cuya persona misma y su espiritualidad sirven de correctivo a los males de sus contemporáneos.
Así San Francisco de Asís apareció precisamente cuando en las ciudades comenzaba a surgir la burguesía con su ínsita tendencia al hedonismo. Y San Juan María Vianney, desde el pueblito perdido de Ars, por su sencillez y simplicidad se convirtió en un punto de referencia inobviable en el seno de un mundo hinchadamente racionalista. Por nuestra parte podríamos añadir que los santos son redescubiertos precisamente en los siglos que más los necesitan. Quizás suceda así en nuestro caso. Porque Santa Teresa está en las antípodas de las preferencias inmanentistas del mundo moderno.

II. Santa Teresa y el primado de Dios
En una sociedad tan secularizada como la nuestra, que omite la relación religiosa y cultual con Dios, a quien en el mejor de los casos considera como algo vaporoso y lejano, o reductible a una dimensión puramente horizontal, cual perfeccionador del hombre o de la historia, nada mejor que el testimonio de los místicos, quienes insisten con tanto verismo en la realidad absoluta de Dios, en el primado de Dios y de las cosas de Dios.
No es que Teresa olvide lo horizontal, lo cotidiano. Pero no se instala en ello, como si fuera lo definitivo, sino que le sirve de trampolín para remontarse a Dios. En una ocasión dijo a sus religiosas que cuando la caridad con el prójimo o la obediencia «las trajere empleadas en cosas exteriores, entended que si es en la cocina, entre los pucheros anda el Señor, ayudándoos en lo interior y exterior». Para ella, no cabía oposición entre lo horizontal y lo vertical. La armonía de la caridad bipolar –amor a Dios y amor al prójimo– no queda destruida por la especificación objetiva de cada dimensión. Esa armonía constituye la garantía de la autenticidad de ambas.
Es aquí el lugar para referirnos a sus experiencias místicas. Desde que era pequeña sintió predilección por las cosas de Dios, por la contemplación. Nos cuenta en su Vida que se puso entonces a buscar en los aledaños de su casa algún sitio propicio para rezar a solas, sobre todo el rosario y que con su hermanito Rodrigo empezó a levantar ermitas en varias partes del jardín y a organizar a los chicos de la vecindad en comunidades de pequeños frailes y hermanas. Juegos infantiles, por cierto, pero que van delatando una clara inclinación.
Esta tendencia inicial de su alma culminaría luego, ya como religiosa, en sus admirables arrobamientos místicos. A veces, cuando conversaba con otro, y éste le nombraba a Dios, fácilmente entraba en trance. Debía dominarse para proseguir la conversación. Naturalmente esto le sucedía con más frecuencia durante la oración.
Una vez, mientras recitaba el Oficio Divino, sintió que se levantaba por el aire, e inmediatamente se tiró de bruces al suelo. En otra ocasión, empezó a elevarse durante un sermón, extasiada por lo que oía decir al predicador; sus religiosas, cumpliendo las instrucciones que previamente les había dado para una coyuntura semejante, le tiraban del hábito, sujetándola para que permaneciese en tierra. Otra vez, mientras esperaba su turno de recibir la comunión, debió aferrarse a las barras del comulgatorio para no elevarse. Esto, al mismo tiempo que le producía un gozo casi infinito, la hacía sufrir, porque le dificultaba el trato con los demás. Así le escribía a su hermano Lorenzo, que por aquel entonces vivía en Quito, Ecuador:
«Me han tornado los arrobamientos y hanme dado pena, porque es –cuando han sido algunas veces– en público, y así me ha acaecido en maitines. Ni basta resistir, ni se puede disimular. Quedo tan corridísima que me querría meter no sé dónde. Harto ruego a Dios se me quite esto en público; pídaselo vuestra merced que trae hartos inconvenientes y no me parece es más oración. Ando estos días como un borracho, en parte».
Nos impresiona esta polarización de toda ella en Dios. Aun en medio de su actividad fundacional, cuando estaba estableciendo los nuevos monasterios de su Orden, fácilmente entraba en raptos de éxtasis. Se nos cuenta que en cierta ocasión una monjita compañera suya cantó una sencilla copla: «Véante mis ojos, / dulce Jesús bueno; / véante mis ojos, / muérame yo luego».
Al oírla Teresa, impresionada, quedó yerta y como sin vida, sintiendo al mismo tiempo una alegría enorme y un gran dolor por la lejanía de Jesús. Confesaría luego que hasta entonces no había entendido lo que era la angustia. Y como resultado de dicha experiencia, escribió esa célebre poesía suya que comienza: «Vivo sin vivir en mí / y tan alta vida espero / que muero porque no muero».
Teresa estaba entusiasmada, no en el sentido psicológico de la palabra sino en su sentido originario, que supera lo psicológico, entheos, endiosada, polarizada en Dios. Todo lo veía desde Dios y hacia Dios. Ella fue, por así decirlo, una suerte de encarnación del primer mandamiento: el amor de Dios era para ella el todo, ese amor total de Dios que no se contenta con que lo amemos más o menos, un poquito, con algo de nuestro ser, sino que exige la totalidad: amarlo con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas.
Sería vano atormentar el espíritu para determinar el sentido específico de cada una de estas palabras: corazón, alma, fuerzas. Lo que se quiere decir es que, siendo el lenguaje humano demasiado endeble para explicar lo que debe ser nuestro amor a Dios, el mismo Señor se ha encargado de juntar todas las redundancias para hacemos entender que ya no le queda al hombre nada que pueda reservarse para sí, sino que todo lo que tiene de amor y de fuerza para amar debe dirigirlo a El. Así lo amaba Teresa, con un amor totalizante. «Sólo Dios basta», «todo es nada», decía, porque para ella el mundo entero era una pamplina en comparación con el Señor amado.
En su autobiografía, la santa nos dejó relatada una de las mercedes más eximias que Dios le hiciera en el curso de su vida: Se le apareció un ángel con una flecha de oro en las manos, y al cabo de la flecha un poco de fuego. El ángel le hundió el dardo varias veces en su corazón, hasta las entrañas;
«al sacarla –dice–, me parecía que la llevaba consigo y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor que me hacía dar aquellos quejidos y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay que desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios... Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento». Después de su muerte se notó que en el centro de su corazón había una hendidura, como traspasado por una flecha. Hoy ese corazón se conserva íntegro e incorrupto en Alba de Tormes.
Un dato interesante de la vida mística de Teresa es que con frecuencia sus arrobamientos le sobrevenían después de haber comulgado. Por eso enseñaba a sus monjas que se dispusieran lo mejor posible para recibir al Señor sacramentado. Les decía que después de comulgar, cerrasen los ojos del cuerpo y tratasen de abrir los del alma, mirando hacia el interior de sus corazones. Si obraban así, Cristo no se les presentaría disfrazado; deseándolo tanto, se les descubriría completamente. Resulta aleccionadora esta relación entre la Eucaristía y la mística. La unión eucarística, la fusión nupcial con Cristo, se revela como el fundamento de la unión mística, dos se hacen una carne. Una anécdota que tiene que ver con la Sagrada Eucaristía pinta a Teresa de cuerpo entero.
En cierta ocasión, llegó a la ciudad de Medina del Campo para iniciar allí una fundación. Medina era, por aquel entonces, una ciudad comercial, pululando en sus calles mercaderes de Francia, Inglaterra, Países Bajos, muchos de ellos, sin duda, herejes. Teresa había recibido para esta fundación una casa bastante destartalada, y ordenó que se la reparase. Pero he aquí, pensó, que mientras se hacen estos arreglos, irremediablemente el Santísimo Sacramento, ya expuesto en uno de los cuartos, sería visto desde fuera.
 «¡Oh, válame Dios! Cuando yo vi a Su Majestad puesto en la calle, en tiempo tan peligroso como ahora estamos por estos luteranos, ¡qué fue la congoja que vino a mi corazón!».
Tanto se preocupó de que alguno, a su paso por allí, pudiera ofender de palabra o de hecho al Señor, que trataba de acompañarlo lo más posible. Incluso contrató a algunos hombres para que montaran guardia durante la noche. Pero aun eso fue poco. Temiendo que pudieran quedarse dormidos, ella misma vigilaba por una ventana, ya que había luna clara, nos dice, y podía ver bien a su Señor. Admirable delicadeza, que tanto contrasta con el poco respeto que hoy se muestra por las cosas sagradas y por el Santísimo Sacramento.
Por tener el sentido de Dios y de Cristo, tuvo Teresa también el sentido del pecado. Ya que si bien es cierto que sus faltas fueron levísimas, como las veía a los ojos de Dios aparecían magnificadas, contrastando con El de manera repugnante.
Una vez, nos dice, le pareció entender claramente «cómo se ven en Dios todas las cosas y cómo las tiene todas en Sí... Cosa espantosa me fue en tan breve espacio ver tantas cosas juntas aquí en este claro diamante, y lastimosísima cada vez que se me acuerda ver qué cosas tan feas se representaban en aquella limpieza de claridad, como eran mis pecados. Y es ansí que, cuando se me acuerda, yo no sé cómo lo puedo llevar; y ansí quedé entonces tan avergonzada que no sabía, me parece, adónde me meter».
Santa Teresa es un testigo relevante de lo sobrenatural. Dios la invitó a seguirlo hasta la cumbre de la unión, y ella aceptó. Lo cual no significa que desde el comienzo quedara transformada. Para alcanzar la gloria de la resurrección, el sabor de lo eterno, el alma debe pasar por la angustia de Getsemaní en donde el mismo Dios parece abandonarla. También esto experimentó Teresa. Nuestra santa conoció la tentación, conoció al demonio. Los demonios del infierno, no como figuras retóricas sino en su actualidad más siniestra, lucharon furiosamente contra su alma que anhelaba elevarse al bien que ellos habían perdido.
Uno de los males de nuestra época es la pérdida no sólo del sentido de Dios sino también del sentido del demonio. El demonio hoy ha pasado a ser un pobre diablo que, para colmo, estaría de vacaciones; y esto último quizás sea cierto, en parte, porque el demonio ya domina sobre no pocos. Y cuando ha llegado a dominar a alguno, ése tal siente la paz, una paz horrible, es claro, un adelanto de la paz del condenado. Por eso, tales personas ya no son capaces de percibir la presencia demoníaca, ni sus astucias. Y por eso creen que no existe.
Teresa fue testigo de que el proceso de santificación tiene carácter dramático, es un drama, porque tuvo experiencia, como decíamos, de la acción del demonio. Ella veía las realidades que para nosotros permanecen ocultas tras las penumbras de la fe. Su propia persona se convirtió en escenario de la lucha entre Dios y el demonio. A veces las monjas de su comunidad escuchaban terribles golpes que parecían caerle encima a Teresa. Mucho tiempo después sucedería algo semejante con el santo Cura de Ars, en pleno siglo XIX, el siglo escéptico. Hay un hecho en su vida, que constituye una especie de testimonio físico de lo que acabamos de afirmar.
En 1577, Teresa volvía a su Ávila natal, al monasterio de San José. La víspera de Navidad, al dirigirse hacia el coro para rezar Completas, subió por una escalera alumbrándose con una pequeña lámpara de aceite, mas al llegar a lo alto, resbaló, y cayó rodando hasta abajo, por lo que se fracturó el brazo izquierdo. Luego insistiría siempre que aquello había sido obra del demonio. De hecho, cuando llegó abajo, había exclamado: «¡Dios me socorra! ¡Quería matarme!». Y oyó una voz que le dijo: «Pero yo estaba contigo». Su dolor fue muy intenso, y ninguno de los que andaban por allí estaba en condiciones de componerle el hueso roto. A pesar de los cuidados ulteriores, apenas si pudo servirse de su brazo, de modo que hasta el día de su muerte no le fue posible vestirse sin que alguien la ayudase.
 Antes de cerrar este punto, recordemos una de sus visiones más famosas, cuando le pareció estar metida en el infierno. «Entendí que quería el Señor que viese el lugar que los demonios allá me tenían aparejado y yo merecido por mis pecados», dice. Cuenta que fue por brevísimo tiempo, pero que nunca lo podría olvidar: sintió fuego en sus entrañas, un agonizar del espíritu, un apretamiento, un ahogo, «un estarse siempre arrancando el alma», se sentía quemar y desmenuzar. Metáforas para describir su terrible visión. Y asegura que desde entonces experimentó un celo ardiente por la salvación de las almas.
Experiencia de Dios. Experiencia del demonio. Experiencia personal de la lucha entre Dios y el demonio con el alma como escenario de la misma. Teresa se nos ha revelado como una experta de lo sobrenatural, una maestra que tiene tanto que enseñar a este mundo secularizado, que pretende haber demostrado la posibilidad de vivir prescindiendo de Dios, como si Dios no existiese. A través de sus sufrimientos, de sus noches oscuras, Teresa experimentó y entendió como nadie lo tremendo de la inutilidad del hombre, del absurdo del hombre, cuando se oculta Dios.
Ella sintió en sí el drama del hombre moderno: en sus angustias, en ese «apretamiento interior de manera tan sensible e intolerable, que yo no sé a qué se puede comparar, sino a los que padecen en el infierno», el Señor le hizo experimentar lo que es el alejamiento de Dios. El Papa la declara Doctora de la Iglesia en un tiempo en que tanto los individuos como las sociedades han marginado a Dios, instalándose en la más absoluta y radical inmanencia.

III. Santa Teresa y el «menosprecio del mundo»
Otra característica del hombre moderno es su rechazo del dolor, del sufrimiento, en cualquiera de sus formas, y su abrazo con el mundo, con el espíritu del mundo. Reiteradamente han señalado los últimos Papas que tales ideas y actitudes se han introducido también en la Iglesia, con la vana esperanza de inventar un cristianismo sin dolor, un cristianismo desposado con el mundo, y por consiguiente incapaz de martirio. También aquí se nos muestra nuestra santa como eficaz correctivo. Porque Teresa fue una enamorada de la cruz y del martirio.
En su Vida nos cuenta que cuando tenía seis años, mantenía con su hermano Rodrigo, cuatro años mayor que ella, en el patio y el jardín de su casa, largas y serias conversaciones, aspirando a morir por el Señor que primero había muerto por ellos. Cuando cumplió los siete, se puso de acuerdo con su hermano: este mundo no valía la pena, a no ser que murieran mártires y así se presentasen a Dios para estar siempre con El. Teresa cuenta que le gustaba repetir una y otra vez con su hermano: «¡Para siempre, siempre, siempre!», y tomaron una decisión. Todos los días los moros mataban cristianos en África. «Parecíame compraban muy barato el ir a gozar de Dios», escribiría después. Y así concertaron «irnos a tierras de moros, pidiendo por amor de Dios, para que ellos nos descabezasen». Vamos a Gibraltar, se dijeron, tomemos allí una barca...
Tratábase, evidentemente, de un aventura infantil. Pero qué delicada y cuán expresiva de lo que sería toda la vida de Teresa. Hay perfecta coherencia entre esa pueril iniciativa y esto otro que escribió muchísimos años después:
«Paréceme a mí que quien de veras comienza a servir a Dios, lo menos que le puede ofrecer –después de dada la voluntad– es la vida nonada. Claro está que si es verdadero religioso, o verdadero orador y pretende gozar regalos de Dios, que no ha de volver las espaldas a desear morir por él y pasar martirio. Pues, ¿ya no sabéis, hermanas, que la vida del verdadero religioso, o del que quiere ser de los allegados amigos de Dios, es un largo martirio?».
Teresa aprendió por experiencia que quien se entrega a Cristo debe estar dispuesto a abrazar su propia cruz. Es el precio en esta vida de los amigos del Señor, a la vez que la prenda de una alegría formidable en el Cielo. «Tengo entendido –escribiría en una de sus cartas– que no quiere el Señor tenga en esta vida sino cruz y más cruz». Y en verdad que lo comprobó fehacientemente –cruces externas y cruces interiores–; pero ello en modo alguno la sumió en la turbación ya que estaba convencida de que era el único camino que conducía a la identificación con Cristo. Ella misma lo dejó dicho en una frase que nunca me cansaré de admirar: «Terriblemente trata Dios a sus amigos; a la verdad, no les hace agravio, pues se hubo ansí con su Hijo». La cruz de Teresa es prolongación de la cruz de Cristo. «Y ansí tengo experiencia que el verdadero remedio para no caer es asirnos a la cruz y confiar en El que en ella se puso».
Este amor a la cruz, este asirse a la cruz, tuvo su contrapartida en la relación de Teresa con el mundo. Ya sabemos que la palabra mundo conoce dos acepciones en la Sagrada Escritura. Existe un mundo bueno, el creado por Dios, el mundo del Génesis, el mundo de las plantas, de los animales, de los hombres, de los ángeles, del arte...; pero también existe un mundo perverso, o mejor, pervertido por el hombre, el mundo mundano, podríamos decir, signado por la triple concupiscencia, «puesto todo él bajo el Maligno». Acá no nos referimos tanto al mundo malo, del que Santa Teresa estaba a años luz, sino al mundo bueno, en sentido positivo. Teresa sabría apreciar debidamente las cosas de este mundo. Pero entendiendo que en comparación con Dios no son sino nonadas.
Destaquemos ante todo lo primero, es a saber, su aprecio franco y cordial por todo lo que es bueno en el mundo. Supo, por ejemplo, gozar con la naturaleza: «Aprovechábame a mí también ver campo o agua, flores; en estas cosas hallaba yo memoria del Criador, digo que me despertaban y recogían y servían de libro». Amaba, asimismo, la vida cotidiana, la vida fraternal. Acostumbraba decir que Dios andaba entre los pucheros igual que en todas partes.
Un día que estaba en la cocina con una sartén en la mano, dispuesta a freír unos huevos para la comunidad, una hermana notó que de pronto se quedaba inmóvil y su cara se embellecía e iluminaba de manera extraordinaria. Temerosa de que pudiera caerse, ya que en ocasiones semejantes perdía la conciencia de sí, la monja la tomó por el brazo para sostenerla, y en el acto, se sintió ella también como electrizada por una misteriosa influencia divina, ambas arrobadas, como estatuas, en presencia de la comunidad absorta. Todo a partir de unos sartenes. Todavía se conserva la pequeña cocina en el convento de San José de Ávila.
Teresa amaba la vida, la naturaleza, lo cotidiano. También gustaba mucho el arte, particularmente las pinturas, porque le ayudaban a imaginar a Cristo y a los santos. No podía tolerar el ataque que los protestantes llevaban contra las imágenes sagradas: «¡Desventurados de los que por su culpa se pierden este bien! Bien parece que no aman al Señor, porque si le amaran, holgáranse de ver su retrato, como acá aun da contento ver el de quien se quiere bien».
Especialmente le atraían las imágenes del Niño Jesús. Se nos cuenta que un día, en la fiesta de la Circuncisión del Señor, salió de su celda llevando en los brazos una de esas imágenes, y comenzó a bailar pausadamente, como incitada por una música inefable; las otras monjas, al verla, se unieron a ella, y danzaron con ella, como antaño lo había hecho David ante el Arca de la Alianza.
Según puede, Teresa estaba a mil leguas de todo lo que pueda oler a espíritu jansenista, rígido, incapaz de eutrapelia. Sin embargo su adhesión a la vida, su amor al mundo y a las cosas buenas del mundo no la llevó a la adoración del mundo. Lo que nos permite pasar a considerar cómo Teresa supo asimismo menospreciar al mundo, es decir, dar menos valor al mundo que a Dios. Porque el mundo, a raíz del pecado original, ya no es del todo inocente, y sus objetos, aunque no estén pervertidos, se encuentran signados por una especie de ley de la gravedad, en sentido espiritual, fácilmente tiran para abajo. Y así Teresa comenzó a experimentar cierta ambigüedad en su vida, un tironeo que no la dejaba en paz. Nos lo cuenta en autobiografía:
«Pasaba una vida trabajosísima, porque en oración entendía más mis faltas. Por una parte me llamaba Dios, por otra yo seguía al mundo. Dábanme gran contento todas cosas de Dios, teníanme atada las del mundo. Parece que quería concertar estos dos contrarios, tan enemigo uno de otro, como es vida espiritual y contentos, gustos y pasatiempos sensuales». Y más adelante: «Sé decir que es una de las vidas penosas que me parece se puede imaginar; porque ni yo gozaba de Dios, ni traía contento en el mundo. Cuando estaba en los contentos del mundo, en acordándome lo que debía a Dios era con pena; cuando estaba con Dios, las aficiones del mundo me desasosegaban. Ello es una guerra tan penosa que no sé cómo un mes la pude sufrir, cuanto más tantos años».
Poco a poco Teresa fue intuyendo lo que Dios esperaba de ella. Con la ayuda de lo alto advirtió que el Señor la llamaba a algo demasiado grande para quedarse en cosas tan baladíes como son las del mundo.
«Somos peores que bestias –escribe en una de sus cartas–, pues no entendemos la gran dignidad de nuestra alma, y cómo la apocamos con cosas tan apocadas como son las de la tierra». Al experimentar el peso del mundo, aquella ley de la gravedad de que hablábamos hace poco exclama: «¡Somos tan miserables y tan inclinadas a cosas de tierra!»; y en otro lugar: «Vamos muy cargados de esta tierra de nuestra miseria».
Pero Teresa era fiel a la gracia, y ayudada por iluminaciones especiales, acabó por vislumbrar, aunque fuese a ratos, el vacío del mundo en comparación con Dios:
«Verdad es que duraba tan poco esto de unión, que no sé si era avemaría; mas quedaba con unos efectos tan grandes que, con no haber en este tiempo veinte años, me parece traía al mundo debajo de los pies, y ansí me acuerdo que había lástima a los que le seguían, aunque fuese en cosas licitas».
Al tiempo que Teresa se iba adentrando en el conocimiento del amor de Dios, descubría cómo dicho amor no sufre comparación con los amores que ofrece el mundo. Ya su corazón humano comenzaba a experimentar la invasión del amor divino; ése sí, escribe, «merece nombre de amor, no estos amorcitos desastrados baladíes de por acá aun no digo en los malos, que de éstos Dios nos libre». Es, por cierto, el lenguaje de un místico. No es que Santa Teresa no valore el amor humano cuando es legítimo; pero ella se ha enamorado perdidamente de Dios y habla el lenguaje de los enamorados. Ella se ha entregado a Dios; ya no le interesan las cosas del mundo; y quiere ser ajena a ese «desatino que se usa en el mundo, que me desatina».
Trasladando su experiencia a su comunidad, dispuso la santa que sus monjas reformadas prestaran la menor atención posible a las cosas del mundo exterior. Para ella, la exigua casa de Ávila era todo el mundo, más que el mundo: era el paraíso, el paraíso en la tierra. Y que sus monjas no tuviesen complejos por estar separadas del mundo.
«¡Oh miserable mundo! –les dice–. Alabad mucho a Dios, hijas, que habéis dejado cosa tan ruin adonde no hacen caso de lo que ellos en sí tienen, sino de lo que tienen sus renteros y vasallos. Cosa donosa es ésta para que holguéis en la hora de la recreación; que éste es un buen pasatiempo: entender en qué ciegamente pasan su tiempo los del mundo».
 Reiterémoslo una vez más, para que no haya malentendidos: es el lenguaje propio de un místico. Lo que Santa Teresa quiere señalar es que en comparación con Dios nada valen, son cosas menudas, «nonadas», que no pueden llegar a satisfacer del todo. En este sentido, su testimonio es universal, sirve para todos.

IV. Santa Teresa y la reforma católica
La experiencia polarizante de nuestra santa no quedó recluída en su castillo interior, sino que de algún modo se exteriorizó mediante la reforma de la gloriosa Orden del Carmelo, que en aquel entonces pasaba por un momento, si no de relajamiento, si al menos de tibieza.
Santa Teresa recibió con alegría la reforma instaurada por el Concilio de Trento, cuyo cumplimiento urgiría Felipe II en todos sus dominios. Pero comprendió enseguida que no era reductible a meras disposiciones exteriores y materiales, a un puro cambio de estructuras que dejase intacta la interioridad de los hombres. Ella tendría por misión mostrar ese algo espiritual que había de ser el fundamento de la verdadera reforma, antítesis de la falsa reforma protestante. A la negación proclamada por Lutero de la importancia de las buenas obras, Teresa opondría su vida en Cristo, sus «buenas obras». Sin dejar de admirar el coraje que mostraba Felipe II en su lucha contra los herejes, sobre todo en los Países Bajos, ella comprendió que «las fuerzas humanas no bastan a atajar este fuego», como decía. Ellas y sus monjas se convertirían en la contrapartida vital de los decretos de Trento. Y no sólo mediante la oración sino también con una acción cuyos efectos aún perduran.
Porque nuestra santa estaba atravesada por el amor de Dios. Según asegura fray Luis de León, experimentaba verdadero dolor físico cuando oía contar las atrocidades que los protestantes cometían contra los monasterios ingleses o alemanes. El pecado que hería a Cristo la hería a ella también. «¿No están hartos, Señor de mi alma –decía–, de los tormentos que os dieron los judíos?». Ella quería cargar sobre sí el dolor del Cristo místico, cubrir con sus sufrimientos lo que falta a la pasión de Cristo. Para ello debía tender seriamente a la perfección, llegar a ser lo más perfecta posible. Tal fue el fundamento eclesial de la reforma que proyectó y llevó a cabo.
«Deseo grandísimo, más que suelo, siento en mí de que tenga Dios personas que con todo desasimiento le sirvan y que en nada de lo de acá se detengan –como veo es todo burla–, en especial letrados; que como veo las grandes necesidades de la Iglesia, que éstas me afligen tanto que me parece cosa de burla tener por otra cosa pena, y así no hago sino encomendarlos a Dios porque veo yo que haría más provecho una persona del todo perfecta, con hervor verdadero de amor de Dios, que muchas con tibieza».
Acicateada por estos santos deseos, abocóse Teresa a su gran reforma carmelitana. Por eso será siempre una maestra insuperable de lo que debe ser una auténtica reforma católica, especialmente en una época de crisis como la nuestra. Decimos auténtica reforma, ya que hay otras pretendidas reformas que no son tales, sino dirigidas por criterios mundanos o intereses bastardos. La de Teresa estuvo pendiente de los deseos de Dios, de la Iglesia, en contacto con los santos de su época y los teólogos de segura doctrina. Todo ello quedaría plasmado en sus constituciones y en su espiritualidad.
Lo primero que hizo fue establecer monasterios más estrictos. Le parecía que los otros no ayudaban suficientemente a la santidad; más aún, ponían en peligro la salvación eterna de los que en ellos entraban. He aquí un texto impresionante a este respecto:
«Para mí, que soy ruin, hubiérame cierto llevado al infierno, si con tantos remedios y medios el Señor con muy particulares mercedes suyas no me hubiera sacado de este peligro; y ansí me parece lo es grandísimo, monasterio de mujeres con libertad, y que más me parece es paso para caminar al infierno las que quisieren ser ruines que remedio para sus flaquezas. Si los padres tomasen mi consejo, ya que no quieren mirar a poner sus hijas adonde vayan camino de salvación, sino con más peligro que en el mundo, que lo miren por lo que toca a su honra y quieran más casarlas muy bajamente que meterlas en monasterios semejantes, si no son muy bien inclinadas, y plega a Dios aproveche, o se las tenga en su casa; porque si quiere ser ruin, no se podrá encubrir sino por poco tiempo, y acá muy mucho, y en fin lo descubre el Señor, y no sólo dañan a sí, sino a todas; y a las veces las pobrecitas no tienen culpa, porque se van por lo que hallan.
«Y es lástima de muchas que se quieren apartar del mundo, y pensando que se van a servir al Señor y apartar de los peligros del mundo, se hallan en diez mundos juntos, que ni saben cómo se valer, ni remediar; que la mocedad y sensualidad y demonio las convida e inclina a seguir algunas cosas que son del mismo mundo, ve allí que lo tienen por bueno, a manera de decir. Parécenos como los desventurados de los herejes, en parte, que se quieren cegar y hacer entender que es bueno aquello que siguen, y que lo creen ansí sin creerlo, porque dentro de sí tienen quien les diga que es malo».
Un día, después de haber recibido la comunión, entendió con inequívoca claridad que Cristo le encomendaba la reforma. Tan pronto dio a conocer su proyecto, numerosas fueron las monjas que se resistieron y la comenzaron a atacar, porque aquello les parecía un grandísimo disparate: «Estaba muy malquista en todo mi monasterio, porque quería monasterio más encerrado; decían que las afrentaba, que allí podían también servir a Dios...». Pero ella estaba cierta de lo que Dios le pedía. Y tan pronto se lo concedió el Señor, obediente a sus directores espirituales, se dio por completo a fundar nuevas casas reformadas.
«A lo que ahora me acuerdo, nunca dejé fundación por miedo del trabajo, aunque de los caminos, en especial largos, sentía gran contradicción; mas en comenzándolos a andar, me parecía poco, viendo en servicio de quién se hacía y considerando que en aquella casa se había de alabar al Señor y haber Santísimo Sacramento. Esto es particular consuelo para mí, ver una iglesia más, cuando me acuerdo de las muchas que quitan los luteranos. No sé qué trabajos, por grandes que fuesen, se habían de temer, a trueco de tan gran bien para la Cristiandad; que aunque muchos no lo advertimos estar Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, como está en el Santísimo Sacramento en muchas partes, gran consuelo nos había de ser».
La reforma de Teresa fue realmente católica. No como quien mira a la Iglesia desde fuera, al modo de los luteranos, sino desde las entrañas de la Iglesia, como hija de la Iglesia. En todos sus trabajos fundacionales, Santa Teresa quiso siempre obrar como hija de la Iglesia, no como hija del mundo y censora de la Iglesia. Es sintomático que al sentirse morir, tan sólo se le ocurriera dar fervorosas gracias a Dios por haber sido hija de la Iglesia, y por poder morir en su seno, repitiendo una y otra vez: «En resumen, Señor, soy una hija de la Iglesia..., soy una hija de la Iglesia».
Tanto valoraba la obediencia que, según cuenta Gracián, con frecuencia le había sucedido tratar con ella de un asunto y ser de opinión contraria, y luego por la noche cambiar de propósito y volver para decirle que se haría como ella había pensado. Entonces Teresa se sonreía, y al preguntarle por qué lo hacía le contestaba que, habiendo tenido una revelación de Nuestro Señor de que debía hacerse como ella había dicho, aunque el prelado le hubiese dicho lo contrario, ella le decía a Nuestro Señor que si quería que aquello se hiciese, «moviera el corazón de su prelado para que él se lo ordenase, porque ella no podía desobedecerle».Tal es la prueba de la autenticidad de una reforma dentro de la Iglesia: la confrontación del propio carisma con la autoridad.
En cierta ocasión le dijeron a Teresa que tuviera cuidado, que podían acusarla ante la Inquisición: «A mí me cayó esto en gracia y me hizo reír, porque en este caso jamás yo temí, que sabía bien de mí que en cosa de la fe, contra la menor ceremonia de la Iglesia que alguien viese yo iba, por ella o por cualquier verdad de la Sagrada Escritura me ponía yo a morir mil muertes; y dije que de eso no temiesen, que harto mal sería para mi alma si en ella hubiese cosa que fuese de suerte que yo temiese la Inquisición; que si pensase había para qué, yo me la iría a buscar».

V. Contemplación y acción
Santa Teresa fue contemplativa en grado eminente. Pero también la necesidad la obligó a dejar en ocasiones el convento, particularmente cuando tenía que hacer fundaciones o diversos trámites con ellas relacionados. De manera realmente admirable supo juntar en sí, como ella misma lo dice, a María y a Marta , convencida de que si quería llevar a cabo la obra para la que Dios la había elegido, debía, por cierto, renunciar al deleite de la contemplación quieta y serena, pero aún así, la contemplación no dejaba de subsistir,
«que aunque es vida más activa que contemplativa, cuando el alma está en este estado, nunca dejan de obrar casi juntas Marta y María; porque en lo activo, y que parece exterior, obra la interior, y cuando las obras activas salen de esta raíz, son admirables y olorosísimas flores, porque proceden de este árbol del amor de Dios y por sólo El, sin ningún interés propio».
 De allí sacó toda la savia de su apostolado tan peculiar, de la oración mental, «que no es otra cosa la oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama».
Porque Teresa estaba transida de celo por la santificación de las almas, que es la forma más elevada del amor al prójimo. En última instancia, es el mismo amor que rebosa, que se derrama, como de un vaso repleto, por los bordes, hasta la base. Bien decía Santo Tomás que se da un signo de mayor amor cuando el que ama no se contenta con dedicarse a la persona del amigo, sino que se preocupa también por los intereses de su amigo. Lo afirma hablando de la santidad que debía caracterizar a los obispos:
«Aunque sufren algún detrimento en la dulzura de la contemplación por el hecho de tener que ocuparse de cosas exteriores para servir al prójimo, esto mismo da testimonio de la perfección de su amor a Dios. Porque es evidente que ama más aquel que por amor está dispuesto a carecer por algún tiempo del gozo de la presencia del amado para ocuparse en su servicio, que si quisiera gozar siempre de su presencia».
 Fue en este sentido que Teresa se vio llevada, si así puede hablarse, del amor a Dios al amor al prójimo, del celo por la gloria de Dios al celo por la salvación del prójimo.
I. La logística de los apóstoles
Sin embargo, Santa Teresa concibió el espíritu apostólico que debe caracterizar a la carmelita de una manera muy diversa de la que es propia, por ejemplo, de los religiosos de vida mixta. El espíritu apostólico de una carmelita no la impele a salir del monasterio –el caso de Teresa es singular y excepcional–, sino que se ejerce desde el claustro. El interior de la carmelita debe hacerse fuego, encendido en esa hoguera ardiente de caridad que es el Corazón de Cristo, y a su vez presionar sobre ese Corazón mediante el don total de sí, para poder influir en orden a la salvación y santificación de las almas. La carmelita busca entrar en la intimidad de Dios, y luego servirse de esa intimidad para conferir a toda su vida interior una impostación netamente apostólica. Teresa ama a la Iglesia porque ama a Cristo, ama a la Esposa en el Esposo.
Ella comprendió como pocos el significado de aquellas palabras del Señor a San Pablo en el camino de Damasco: «¿Por qué me persigues?». Ella, como el Apóstol, penetró en el misterio de la Iglesia: perseguir a la Iglesia es perseguir a Cristo, hacer bien a la Iglesia es hacer bien a Cristo, amar a Cristo es amar a la Iglesia de Cristo. Ello explica por qué la mera presencia de Teresa, su conversación despreocupada en el locutorio, ya resultaba de por sí apostólica.
Relatan las crónicas que siendo aún joven religiosa, se confesaba con un sacerdote que instintivamente le provocaba repugnancia. Pero como siempre hay algo de irresistible en una santidad como la suya, comenzó a producirse un cambio en sus mutuas relaciones, como si ella se hubiera convertido en el confesor y él en el penitente. Ella, que parecía vivir siempre en presencia de Dios, vino a ser para ese sacerdote como un espejo en donde a él le fue posible ver la tremenda carga de su alma manchada. Y se convirtió.
Ya hemos dicho cómo la vida de Teresa transcurrió en una época de aguda crisis. El protestantismo arrancaba jirones del cuerpo místico de Cristo, dejando al vivo los muñones de la poda. La Iglesia sangraba por un montón de heridas. Contentando al Señor, quería ganar su Corazón, y entonces sí que sus plegarias y las de su comunidad adquirirían fuerza apostólica.
«Paréceme –escribe la santa– que mil vidas pusiera yo para remedio de un alma de las muchas que veía perder; y como me vi mujer y ruin, e imposibilitada de aprovechar en nada en el servicio del Señor, que toda mi ansia era, y aun es que, pues tiene [Dios] tantos enemigos y tan pocos amigos, que ésos fuesen buenos; y ansí determiné a hacer eso poquito que yo puedo y es en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese, y procurar estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo... y así podría yo contentar al Señor en algo».
Pero Teresa no se quedaba en generalidades. Ella sabía bien que la crisis de su época era ante todo doctrinal y consiguientemente pastoral. Los maestros retaceaban la enseñanza, disimulando a veces la verdad; los pastores no vigilaban el rebaño, sino que dejaban venir al lobo y confraternizaban con el enemigo, un poco al estilo de Erasmo. Nuestra santa se indignaba cuando advertía el poco amor que mostraban por Cristo sus presuntos seguidores. «¿De dónde vienen estas fuerzas contra Vos y tanta cobardía contra el demonio?», decía. A veces los enemigos de Cristo muestran más celo –celo diabólico– que sus amigos, desviviéndose por hacer triunfar el error y la mentira.
Teresa no podía consentir que sus monjas fueran menos que ellos, fuesen cobardes, remolonas, perezosas en el combate. Las quería «todas ocupadas en oración por los que son defensores de la Iglesia, y predicadores y letrados que la defienden», y, de esta manera, «ayudásemos en lo que pudiésemos a este Señor mío». Desde el rincón del claustro, ella y sus religiosas velarían con el fin de que Dios derramara sus gracias sobre los que combatían en medio de los peligros del mundo:
«Para estas dos cosas os pido yo procuréis ser tales que merezcamos alcanzarlas de Dios: la una, que haya muchos, de los muy muchos letrados y religiosos que hay, que tengan las partes que son menester, como he dicho, para esto; y que si no están muy dispuestos y les falta alguna, los disponga el Señor, que más hará uno perfecto que muchos imperfectos; y la otra, que después de puestos en esta pelea que, como digo, no es pequeña batalla, sino grandísima, los tenga de su mano para que sepan librarse de los peligros y atapar los oídos, en este peligroso mar, del canto de las sirenas. Y si en esto podemos algo con Dios, estando encerradas peleamos por El; y daré yo por muy bien empleados los trabajos que he pasado por hacer este rincón».
 Bien sabe Teresa cuán importante es que el que predica tenga ante todo buena doctrina, pero también sepa proclamar la verdad y denunciar el error, máxime en épocas de crisis. Por eso fija su atención primero sobre los teólogos y luego sobre los predicadores.
Teresa no está, por cierto, en el frente mismo de batalla, pero quiere ser –ella y sus monjas reformadas– la logística de los que están en las trincheras. Ella sabía que la verdad había de ser predicada a los que la ignoraban, sostenida frente a los que la atacaban, e incluso defendida por la espada contra los que pretendían derribarla por la fuerza.
Pues bien, no pudiendo, ella y sus compañeras, ser predicadores, ni apologistas, ni soldados, comprendió que su tarea en la Iglesia consistía en comunicar a los demás luz y vigor, mediante oraciones, ayunos y lágrimas, de suerte que predicasen con el predicador, argumentasen con el doctor y combatiesen con el soldado, extendiendo así la fe católica. Por austeridades que hiciesen, no cumplirían su vocación ni lo que Dios requería de ellas, si no tenían un cuidado particular de ayudar a los que se encontraban en pleno campo, sudando y batallando por la gloria de Dios y por la defensa y acrecentamiento de la Iglesia.
Quizás se podría decir que así como el apostolado individual debe brotar de la abundancia de la contemplación, todo el apostolado de la Iglesia encuentra una fuente privilegiada en la abundancia de los monasterios contemplativos. ¡Cuánto necesita la Iglesia de los contemplativos! Siempre los ha necesitado, pero hoy más que nunca, con verdadera urgencia. Desde los días de Teresa, el número y la malicia de los enemigos de Dios y de Cristo han aumentado considerablemente. A los protestantes se han agregado los católicos que tratan de estar a la vez en la Ciudad de Dios y en la Ciudad del Mundo, bajo la bandera de Jerusalén y la de Babilonia. Teresa es arquetipo para los católicos de nuestro tiempo ¿Alguna vez ha sido Nuestro Señor tan rudamente tratado por los hombres, por sus amigos, incluso, como lo es hoy? Puesto que tiene tantos enemigos y tantos falsos amigos, que al menos los contemplativos sean buenos, y muy buenos; puesto que tiene tantos adversarios, que sus defensores sean más valientes que nunca.
2. Espíritu militante
Santa Teresa anhelaba, es cierto, que sus monjas viviesen en el recogimiento del monasterio. Pero como esa vida escondida en Cristo las ponía, según dijimos, en especial comunión con la vida de la Iglesia, ella misma deseaba que sus monjas estuviesen al corriente de las pruebas, de las necesidades, de los sufrimientos de quienes militaban por la Iglesia. Quería que les doliese la Iglesia, y las heridas de sus guerreros, como en propia carne. Sin esto no serían las hijas del Carmelo, las hijas de Teresa, les faltaría aquello que, al decir de la santa, es «lo principal para que el Señor nos juntó en esta casa».
Teresa es una santa con pasta de guerrera. Se sabía miembro de una Iglesia que no en vano ha gustado llamarse «militante». De ahí su exhortación: «Todos los que militais / debajo de esta bandera, / ya no durmais, no durmais, / pues que no hay paz en la tierra». De ningún modo hubiera aceptado religiosas que vegetasen en sus monasterios, que creyesen que porque no ha estallado la guerra reina la paz, confundiendo la paz de Cristo con la paz del mundo. La lucha interior que Teresa soñaba para sus carmelitas, la lucha por alcanzar la santidad, debía integrarse en la lucha universal y permanente de la Ciudad de Dios contra la ciudad del mundo.
Una carmelita que renunciaba a la lucha, que huía de la cruz, a sus ojos había desertado, traicionando a su Esposo divino. La verdadera carmelita no teme, como Cristo, adelantarse hacia el Calvario, para enfrentar a Satanás, para encarnar en su propia existencia singular, la gran lucha teológica universal, ser como el campo de batalla donde se enfrentan con extrema energía Dios y Satanás. Santa Teresa no se cansaba de exhortar a las suyas a esa gran guerra santa:
«Creed, hermanas, que los soldados de Cristo... no ven la hora de pelear»; «siempre estamos en guerra, y hasta haber victoria no ha de haber descuido»; «estando encerradas, peleamos por El»; «como soldados esforzados, sólo miremos a dónde va la bandera de nuestro Rey para seguir su voluntad». Y en expresión aún más vigorosa: «Pelead como fuertes hasta morir en la demanda, pues no estais aquí a otra cosa sino a pelear». Naturalmente que este espíritu de lucha no es fruto del odio, sino de la caridad, y de la caridad más intensa: «Mira que mientras más peleares, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado, con gozo y deleite que no puede tener fin».
Nuestra santa concebía sus monasterios como los castillos de la resistencia frente al espíritu del mundo.
«Viendo yo ya tan grandes males –dejó escrito– que fuerzas humanas no bastan a atajar este fuego... hame parecido que es menester como cuando los enemigos en tiempo de guerra han corrido toda la tierra y, viéndose el señor de ella perdido, se recoge a una ciudad, que hace muy bien fortalecer, y desde allí acaece algunas veces dar en los contrarios y ser tales los que están en el castillo, como es gente escogida, que pueden más ellos a solas, que con mucho soldados, si eran cobardes, perdieron; y muchas veces se gana de esta manera victoria».
La monja debe ser, dice la santa, como el alférez que, si bien no combate en el frente, no por eso deja de estar en gran peligro
«y en lo interior debe trabajar más que todos; porque como lleva la bandera, no se puede defender y aunque la hagan pedazos no la ha de dejar de las manos. Así los contemplativos han de llevar levantada la bandera de la humildad y sufrir cuantos golpes les dieren sin dar ninguno, porque su oficio es padecer como Cristo, llevar en alto la cruz, no dejarla de las manos por peligros en que se vean, ni que vean en él flaqueza en padecer; para eso le dan tan honroso oficio. Mire lo que hace, porque si él deja la bandera, perderse ha la batalla».
En un sermón que el cardenal Pie pronunciara en un monasterio de carmelitas, entre otras cosas les dijo, aludiendo al escudo de la Orden:
«Es preciso que a través del velo virginal que cubre la cabeza de la carmelita, se vea salir un brazo, empuñando una espada desnuda, en cuya hoja resplandezcan estas palabras de Elías y de Teresa: Zelo zelatus sum pro Domino Deo exercituum, he ardido de celo por el Señor Dios de los ejércitos.».
Frente al actual pacifismo, que hipócritamente proclama el mundo –la paz del mundo–, y que con frecuencia se introduce en la misma Iglesia, se yergue la figura combativa y militante de Teresa, la guerrera de Dios. El rehusarse a tener enemigos significa, lisa y llanamente, renunciar al Cristo que nos ha dicho: «Si a Mí me persiguieron, también a vosotros os perseguirán. No es el discípulo mayor que su Maestro. Si el mundo os odia sabed que primero me odió a Mí».
La carmelita, tal como la soñó Santa Teresa, anhela ser la más odiada del mundo, la despreciada, la burlada, la considerada zángano de la sociedad. ¡Temibles estas carmelitas! Si el mundo –el mundo mundano–supiera quiénes son en verdad, cuál es su papel en esta lucha cósmica que va del Génesis al Apocalipsis, sabría ver en ellas a sus enemigos más temibles.
Un día Stalin preguntó irónicamente con cuántas divisiones de ejército contaba el Papa. He ahí las carmelitas, podía haber respondido el Papa, he ahí las mejores divisiones de la Iglesia, decididos guerreros se esconden tras el humilde velo de las monjas de Teresa. Hay que aprovechar que la estulticia del mundo haya llegado al extremo de ignorar dónde están sus peores enemigos.
Fue Joseph de Maistre, ese gran luchador del siglo pasado, quien en una de sus obras ubicó a Santa Teresa entre «los grandes hombres» de la historia. Quizás no se daba cuenta de que, hablando así, empleaba el mismo lenguaje que la santa, la cual en repetidas ocasiones expresó su deseo de que las hijas del Carmelo no fuesen mujeres, sino hombres, hombres por la energía de su corazón, hombres por la intrepidez de sus almas.
Ya hemos citado aquel notable texto suyo: «No querría yo mis hermanas pareciesen en nada sino varones fuertes, que si ellas hacen lo que es en sí, el Señor las hará tan varoniles que espanten a los hombres».
El mensaje de Teresa llega hasta nuestros días, en una época en que faltan hombres, aun entre los pretendidos hombres, en una época en que aquella frase del filósofo que recorría en pleno día las plazas de Atenas con una linterna mientras decía: «Busco a un hombre», parece más apropiada que nunca. En este siglo de tantas traiciones y felonías, donde hay tan pocos hombres, que al menos la Iglesia se gloríe de poseerlos aún en la descendencia de Teresa.
Tales eran las monjas que soñaba nuestra santa, monjas panorámicas, de convento y no de «conventillo», monjas nada pusilánimes, signadas por aquella hermosa virtud çtan olvidada de la magnanimidad. «No entendemos la gran dignidad de nuestra alma –escribía Santa Teresa a su hermano Lorenzo– y como alma apocamos con cosas tan apocadas como son las de la tierra». Así lo predicaba a las de su monasterio:
«¡Oh hermanas mías en Cristo!, ayudádmele a suplicar esto; para esto os juntó aquí el Señor; éste es vuestro llamamiento; éstos han de ser vuestros negocios; éstos han de ser vuestros deseos; aquí vuestras lágrimas; éstas vuestras peticiones; no, hermanas mías, por negocios acá del mundo, que yo me río y aun me congojo de las cosas que aquí nos vienen a encargar, hasta que roguemos a Dios por negocios y pleitos por dineros, a los que querría yo suplicasen a Dios los repisasen todos. Ellos buena intención tienen, y allá lo encomiendo a Dios por decir verdad, mas tengo yo para mí que nunca me oye. Estáse ardiendo el mundo, quieren tomar a sentenciar a Cristo, como dicen, pues le levantan mil testimonios y quieren poner su Iglesia por el suelo, ¿y hemos de gastar tiempo en cosas que por ventura, si Dios se las diese, a tendríamos un alma menos en el cielo? No, hermanas mías; no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia».
3. Su participación en los hechos de la época
Santa Teresa se desveló por todo lo que decía relación con la victoria y la propagación de la fe. Sin embargo, no limitó su interés al «cristianismo», olvidándose de la «cristiandad», o sea, del recto orden temporal. Y así no vaciló en preocuparse por los problemas históricos del momento, aunque siempre desde la óptica de los intereses de Dios y de la Iglesia.
Ubiquemos a nuestra santa en el contexto de los acontecimientos de la época. Cuando ella nació –en 1515–, hacía 23 años que los Reyes Católicos habían dado término a su Cruzada contra los moros con la conquista de Granada, el mismo año del descubrimiento de América. Hacía 11 años que había muerto la reina Isabel, y 9 desde el deceso de Colón. Carlos V tenía 15 años. Era también la época del Greco. En 1515, Lutero tenía ya su cartuchera teológica cargada de explosivos. Así como se ha intentado un paralelismo –por oposición– entre San Ignacio y Lutero, así podríamos trazarlo entre éste y Santa Teresa. A semejanza de San Ignacio, a quien ella tanto admiraba, toda la vida de Teresa es el antídoto y la expiación de la defección de Lutero.
Por otra parte, España no quedó del todo inmune del error protestante. La historia nos relata que un doctor un tanto fanfarrón, detenido y condenado por la Inquisición, declaró que si hubieran tardado cuatro meses más en perseguirlos, hubieran sido tantos como los católicos, y en seis meses hubieran sido ellos los perseguidores. Tiempos difíciles, por consiguiente, los de Teresa. O como ella dice: «Andaban los tiempos recios». Eran tiempos conciliares y postconciliares. Tiempos de crisis y de renovación, parecidos al nuestro.
En esa sociedad concreta le tocó vivir a nuestra santa, desbordando sobre ella los tesoros de su contemplación, y ejerciendo así un importante influjo en los asuntos de su tiempo, particularmente sobre personas de cuya actuación dependía no pocas veces el curso de los acontecimientos. Fue notable, por ejemplo, su relación con Felipe II. Un día, mientras la santa oraba, recibió una revelación que se refería a dicho monarca.
Aquel año había sido el más desgraciado en la vida de Felipe, el año en que empezó a sufrir la enfermedad de la gota; el año en que don Carlos, su único hijo, falleció en un calabozo; el año en que murió también su tercera esposa, Isabel de Valois. Como si esto fuera poco, se agregó otra desgracia: para poder pagar a los soldados que combatían en Flandes bajo el Duque de Alba, Felipe debió pedir prestado a Génova muchos cientos de miles de ducados, con intereses usurarios. Una vez conseguidos, los mandó por mar, pero he aquí que uno de los banqueros internacionales que había prestado dicho dinero reveló el secreto al gobierno inglés el cual, a pesar de la amistad que decía profesar a España, se apoderó del oro y nunca más lo devolvió; con lo que el Duque de Alba, a pesar de sus brillantes victorias, quedó en una situación tal que se vio obligado a establecer impuestos, cosa nada agradable, por cierto, a los súbditos de los Países Bajos.
Además, por Navidad, los moriscos de Granada asesinaron en masa a numerosos cristianos, sacerdotes y laicos, hombres, mujeres y niños. Finalmente, desde Constantinopla llegaron rumores de que el Gran Turco, cediendo a las influencias de los enemigos tradicionales de España en Holanda y otras partes, se proponía desencadenar la gran ofensiva al año siguiente contra la Cristiandad.
Abrumado el rey Felipe ante tantas desgracias, intrigas y enemigos, en la Semana Santa de 1569 se retiró a un monasterio para meditar en la Pasión del Señor. Aquel fue el momento decisivo de su vida. A partir de allí, el Rey se retomaría, abocándose seriamente a la vida espiritual, y progresando en ella hasta su muerte, acaecida a fines de aquel siglo.
Pues bien, en una visión que tuvo Teresa, Cristo le dio a entender que Felipe corría grave peligro de perder su alma, y que El quería que se salvase. Le mandó que escribiera una esquela notificándolo así a la princesa Juana, hermana del Rey, que residía en Madrid. Teresa obedeció, entregó la nota a la princesa, y siguió su camino. De tal carta no queda, por desgracia, sino un fragmento, en el que prevenía al Rey diciéndole que recordase que también Saúl había sido ungido como monarca y sin embargo resultó rechazado. Felipe quedó asombrado al leer la misiva: preguntó quién era esa mujer, dónde estaba, que quería hablar con ella. Pero Teresa ya iba camino a Toledo.
La cosa es que, a partir de ese momento, la santa entró en contacto más frecuente con el Rey. Reiteradamente se refirió a él, llamándolo «mi amigo, el rey». Y pedía a sus monjas que rezasen por él. Sin duda que Felipe II sería beneficiario de tantas y tan fervorosas oraciones. Santa Teresa le había escrito:
«Y el día que su alteza fue jurado, se hizo particular oración. Esto se hará siempre; y ansí mientras más adelante fuere esta Orden, será para vuestra majestad más ganancia».
Felipe II sería el gran adalid de la Iglesia. El, que había facilitado tanto la reunión del Concilio de Trento, dio un magnífico ejemplo a los demás soberanos pidiendo al Papa que enviase alguien a España que obligase a los conventos a cumplir las disposiciones de dicho Concilio. Quizás por eso le escribiría Teresa: «Su Divina Majestad le guarde tantos años como la Cristiandad ha menester. Harto gran alivio es que, para los trabajos y persecuciones que hay en ella, que tenga Dios nuestro Señor un tan gran defensor y ayuda para su Iglesia como vuestra majestad es».
Un día, en el año 1577, cuando ya Teresa era anciana, se encontró frente a frente con el gran Rey en el Escorial. Ella, con su hábito de carmelita remendado; él, vestido de etiqueta, con traje negro, y una cadena de oro colgando al cuello. Los ojos azules del Rey se fijaron en los ojos negros de la santa. Dice Teresa que quedó un poco confundida ante una mirada que parecía penetrar en el alma, y que bajó los ojos. Pero al levantarlos, vio que el Rey ya se había dulcificado. Grande rey este Felipe II a quien Teresa consideró siempre como el principal protector de su obra reformadora, y del cual dice Yepes –quien lo oiría en confesión en su lecho de muerte–, que fue siempre el padre de la justicia y de la verdad, así como el campeón de la reforma y de la virtud.
No sólo sobre Felipe II influyó Teresa. También el Duque de Alba, ese gallardo soldado y astuto político, leyó la Vida de la santa en la prisión de Ubeda, donde Felipe II lo tuvo encerrado por un tiempo. Tanto la admiró que, una vez liberado por el Rey, y enviado a su siguiente campaña contra el Portugal, llevó consigo una imagen de Cristo que Teresa le había hecho llegar, y frente a ella hacía meditación aun en medio del fragor de la batalla.
Además Santa Teresa rogó por los súbditos de España en las Indias. Fue a raíz de la visita que un día le hiciera un Padre franciscano que acababa de llegar de América, donde le contó que había allí millones y millones de seres humanos que vivían en el paganismo y la degradación. Teresa se sintió casi aplastada por el dolor y rogó a Dios en favor de ellos. Ella comprendía el bien que España podía hacer llevando allí el evangelio. Pero al mismo tiempo creyó que el descubrimiento de América la ponía en peligro de prosperar demasiado. Estaba convencida de que la maldición de España era la ambición de enriquecerse desmedidamente por los negocios.
En este sentido le escribió una vez a su hermano Lorenzo diciéndole que sería mucho mejor para él si cultivaba la tierra y no criaba ovejas en orden a hacer negocios, legando de tal suerte a sus hijos honores en vez de riquezas. Vemos aquí cómo una contemplativa es capaz de opinar incluso en los llamados asuntos prácticos de los hombres y de los pueblos. Si la mayoría de los hidalgos hubiese seguido el consejo de Teresa, sin duda que España no habría sufrido la decadencia que sufrió.
¡Figura inagotable la de esta santa! La hemos visto abrazada a la cruz, enamorada del martirio, separándose del mundo, por una parte, pero a la vez comprometida, como se dice, en los problemas de su tiempo. A esta rara mezcla de contemplación y acción se refirió también Pablo VI en la ocasión aludida: «Ella tuvo el privilegio y el mérito de conocer los secretos de la oración por vía de experiencia, vivida en la santidad de una vida consagrada a la contemplación y al mismo tiempo comprometida en la acción».
A lo largo de los siglos nuestra santa seguiría influyendo en la historia de su patria. Se cuenta que en la época de la última guerra civil, los que asesinaban sacerdotes y monjas, y baleaban crucifijos, llegaron un día a Ávila para atacarla. De pronto vieron venir a su encuentro a una mujer vestida con el hábito de carmelita, que exclamó: «No os atrevais a tocar a mi ciudad». Algunos gritaron: «¡Es Santa Teresa!», y huyeron. Al parecer, Teresa sigue «comprometiéndose» en la historia de su amada España. Esperemos que no deje de hacerlo también ahora. Hemos comenzado este capítulo, e incluso la hemos mechado, con textos de Pablo VI, tomados de su homilía durante la Misa en que declaró a Santa Teresa Doctora de la Iglesia. Cerrémoslo con uno más:
«Este mensaje [de la santa] llega a nosotros, hijos de nuestro tiempo, mientras se va perdiendo no sólo la costumbre del coloquio con Dios, sino también el sentido de la necesidad y del deber de adorarlo y de invocarlo. Llega a nosotros el mensaje de la oración, canto y música del espíritu penetrado por la gracia y abierto al diálogo de la fe, de la esperanza y de la caridad, mientras la exploración psicoanalítica desmonta el frágil y complicado instrumento que somos, no para escuchar las voces de la humanidad dolorida y redimida. sino para escuchar el confuso murmullo del subconciente animal y los gritos de las indomables pasiones y de la angustia desesperada».
Al declararla Doctora, el Papa ha querido que viésemos en ella un remedio para la crisis de nuestra época, por contraposición con las tendencias que la animan; al mismo tiempo ha querido indirectamente justificar una vez más y aprobar a las monjas contemplativas, que ocupan un lugar preeminente en el Cuerpo Místico.
Tal es esta mujer, esta española, esta santa, esta mística, esta doctora. Se cumple en ella lo del introito de la misa del común de los Doctores: «En medio de la Iglesia abrió su boca y y el Señor la llenó de espíritu de sabiduría y de ciencia». Esta mujer, en la cual parecen desposarse de manera tan extraordinaria lo divino y lo humano es realmente, al decir de la antífona de Vísperas del Oficio de Doctores, «luz de la Santa Iglesia».


Bibliografía consultada
Santa Teresa de Jesús, Obras Completas, BAC, 4ª ed., Madrid, 1974.
Giorgio Papásogli, Santa Teresa de Avila, Studium, Madrid, 1957.
William Thomas Walsh, Santa Teresa de Avila, Espasa-Calpe, 4ª ed., Madrid. 1968.
Marcelle Auclair, Vida de Santa Teresa de Jesús, Cultura Hispánica, Madrid. 1970.
Maximiliano Herraiz García, Sólo Dios basta. Claves de la espiritualidad teresiana, Ed. de Espiritualidad, 3ª ed., Madrid. 1982.


Santa Teresa la Grande
Monja andariega y abadesa andante
Que en el servicio de Nuestra Señora
Alanceabas molinos y carneros;
Tú, princesa y fregona y mendicante,
Tú, que sabías acertar la hora
En que Dios fiscaliza los pucheros;
Tú, que después, hablando mano a mano,
Te quedabas con El de sobremesa.
 
   Y era casi tu hermano
Aquel que te llenaba la cabeza
De angelerías y de fundaciones.
 
   Y luego te partías
A predicar canciones y razones
Como jugando a las postrimerías;
Teresa de Jesús, tú que supiste
Sobrellevar el éxtasis y el dardo,
Glorioso el pecho y la mirada triste,
Trémula el alma y el andar gallardo;
 
   Tú, la de la Divina
Paloma que al oído te dictaba
Sus lecciones de amor y de doctrina
Y de consuelo musical, en tanto
 
   La nube dibujaba
Un atril de marfil para tu canto;
Tú, señora de toda gentileza,
Acógeme a tu abrigo,
Teresa de Jesús, Madre Teresa,
No me dejes estar solo conmigo.
Ignacio B. Anzoátegui



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