sábado, 5 de octubre de 2013

Domingo XXVII (Ciclo c) - San Ambrosio

El perdón de las injurias
Eficacia de la fe
Los siervos inútiles 

El perdón de las injurias
Lc 17, 3-4 

Si tu hermano peca contra ti, corrígelo. ¡En qué oportuno lugar está puesto, después de relatar el hecho del rico que es atormentado entre las llamas, el precepto de conceder el perdón a aquellos que se quieren retractar de su error, para que la desesperación no sirva a alguno de obstáculo a la conversión de su falta! Y ¡qué prudencia demuestra al conceder un perdón fácil y una indulgencia completa, con el fin de que nadie tropiece con una crítica despiadada ni sea invitado a seguir pecando por darse cuenta que no se le da importancia! Por eso se lee en otra parte: Si pecare tu hermano contra ti, ve y repréndele a solas (Mt 18, 15), porque es de más provecho la corrección amiga que una acusación escandalosa: aquélla se escucha por honradez, pero ésta mueve a indignación. En efecto, el que es corregido obtiene mayor fruto con ello que si temiese ser denunciado. En verdad, es mucho mejor que aquel que es corregido te considere como un amigo a que te mire como a un enemigo, ya que resulta más fácil rendirse a los consejos que dejarse dominar por la dureza. Por eso dijo el Apóstol: Corregidle como a un hermano para que se arrepienta de la falta, pero no le miréis como enemigo (2 Ts 3, 15). En realidad, el miedo es un débil guardián de la perseverancia; por el contrario, la honradez es un buen maestro del deber; el que está dominado por el miedo, puede ser reprimido, pero no se enmendará, más el que posee un sentido de delicadeza, convierte su obrar en otra naturaleza.

Por eso hermosamente escribió: Si peca contra ti, porque, en efecto, no es lo mismo pecar contra Dios que contra un hombre. Y también el Apóstol, que es un fiel intérprete del oráculo divino, dijo: Al sectario, después de una y otra amonestación, evítale (Tt 3, 10), porque la falsa fe no es tan fácilmente perdonable como otra falta cualquiera. Y como muchas veces el error se va infiltrando a través de la ignorancia, prescribe la corrección para que se pueda evitar la obstinación o se consiga enmendar la falta.

Pero ¿qué significa eso de: Si siete veces se vuelve a ti pidiéndote perdón, le debes perdonar? ¿Acaso es que se fija al ejercicio del perdón el hacerlo un número determinado de veces? ; o ¿más bien será que, como Dios al séptimo día descansó de su obra, así también se nos promete a nosotros el descanso sin fin después de la semana de este mundo, de tal manera que, del mismo modo que los males diarios de este siglo han de cesar, asimismo también descansará entonces el rigor de la venganza? El sábado no sólo es uno de los días, sino que es también un mes, y por eso el décimo día del séptimo mes es el sábado de los sábados (Lv 23, 15ss), lo cual no sólo es propio de los meses, sino también de los años, y no sólo se aplica esto a los años, sino también a las generaciones hasta el fin de este mundo, del que es figura este gran sábado, de la misma manera que existe en la Ley la séptima semana después de la cual se celebra el año jubilar. Este es el misterio que el Señor nos quiere revelar con estas palabras: No sólo siete, sino setenta veces siete, pues en la séptima generación, como puedes ver en Lucas (3, 37), fue arrebatado Enoch para que la maldad no le pervirtiera el corazón (Sb 4, 11), no pudiendo ya el aguijón del dolor cebarse en él por más tiempo. Y, además, en la setenta y siete generación nació de la Virgen el Señor, y tomando sobre sí los pecados de todo el género humano, le concedió el perdón de todos sus delitos.

Por eso, aunque atendiendo al sentido literal, debes aprender a perdonar frecuentemente y a no guardar resentimiento —y es que, en realidad, no hay nada que pueda resultar ofensivo a aquel que tiene la costumbre de perdonar—, sin embargo, debes comprender el misterio. Y por esta razón, no en vano dijo el Señor a una mujer en día de sábado: Quedas libre de tu enfermedad (Lc 13, 12), queriendo mostrar a su pueblo que debía seguirle al oír su llamamiento, como hizo esa mujer, ya que con su venida había perdonado los pecados. También Lamech es condenado setenta y siete veces (Gn 4, 24), porque, si el que castiga el crimen es el primero en cometerlo, peca más gravemente. Pero el sacramento del bautismo perdona los mayores crímenes. Aprende, pues, a perdonar las injurias que te hacen, ya que Cristo perdonó a sus perseguidores.

Tampoco está fuera de propósito el hecho de que haya padecido en el gran sábado (Mt 26, 62; Lc 23, 54). Lo cual nos quiere dar a entender que Cristo llevaría a cabo en sábado la destrucción de la muerte. Y si los judíos celebraban el sábado de manera que consideraban un mes y hasta el año entero como un sábado, ¿con cuánta mayor razón debemos celebrar nosotros la resurrección del Señor? Por ello nuestros mayores nos legaron el precepto de que debíamos festejar los cincuenta días de Pentecostés como días de Pascua, y esto porque al principio de la octava semana tiene lugar la fiesta de Pentecostés. Y así, el Apóstol, como discípulo de Cristo, conociendo la diversidad de los tiempos, dijo, escribiendo a los Corintios: Podría ser que me detuviera entre vosotros y pasara ahí el invierno (1 Co 16, 6), y más adelante: Me quedaré en Éfeso hasta Pentecostés; porque se me ha abierto una puerta grande y prometedora (ibíd., 8). Y por eso pasó el invierno con los corintios, cuyos errores le producían una gran angustia, puesto que el celo que ellos tenían por el culto de Dios era muy frío; con los efesios celebra las fiestas de Pentecostés, y les hace partícipes de los misterios, dejando reposar su corazón entre ellos a causa del intenso ardor en la fe que poseían. Por lo cual, durante estos cincuenta días, equiparados al domingo, día en que resucitó el Señor, la Iglesia no practica el ayuno, pasando a ser estos cincuenta días como otros tantos domingos.

Otro domingo vendrá en el cual resucite el cuerpo del Señor. Esto lo conoció Pablo y le impulsó a decir: Pues vosotros sois el cuerpo de Cristo y miembros de sus miembros (1 Co 12,27). Y así este cuerpo del Señor y estos huesos de sus huesos, se unirán a la cabeza, porque Cristo es la cabeza de la Iglesia (Ef 5, 23). Entonces cesará el ayuno, ya que, en una alegría sin fin, desaparecerá la fatiga, el desvelo y el cansancio. Entonces será aniquilada la muerte, pues este último enemigo, que es la muerte, será destruido (1 Co 15, 26). Porque aunque fue vencida por Enoch y ella no pudo vencerle, sin embargo, no quedó destruida, ya que aquél fue arrebatado para huir de ella, mientras que fue Cristo el que se inmoló para aniquilarla. Por esto dijo muy bien: ¡Oh muerte!, ¿dónde está tu victoria?, ¿dónde está, muerte, tu aguijón? (1 Co 15, 55). Así en esa otra resurrección, volverá, por así decir, a resucitar de nuevo Cristo, como en su cuerpo. Por tanto : Bienaventurado el que tiene parte en la primera resurrección (Ap 20, 6); porque de la misma manera que Cristo es la primicia de los que duermen (1 Co 15,20), así también los santos constituyen las primicias de los que resucitan en la Iglesia

Este misterio no lo pudo conocer Pedro. Puede ser que tuviera presente el caso de Enoch, sin embargo, ¿quién puede, con sola la mente humana comprender un misterio oculto en Dios? Por tanto, que el Señor venga a mi alma y a mi mente, y las someta a Sí, para que, cuando mi inteligencia se una como perfecta esclava de Él, pueda decir: No temeré ningún mal, porque Tú estás conmigo (Sal 22, 4).

 

Lc 17, 5-6. Eficacia de la fe

 

Si tuviereis fe semejante a un grano de mostaza, diríais a este árbol: desarráigate y arrójate al mar, y él os obedecería. Del grano de mostaza ya hemos hablado más arriba. Hablemos ahora de ese árbol de morera. Yo leo “un árbol”, sin embargo, no creo que sea un árbol. Pues ¿qué razón y qué provecho puede tener para nosotros el que un árbol que da su fruto a los agricultores que lo cuidan sea arrancado y arrojado al mar? Aunque creamos posible, por la virtud de la fe, que la naturaleza ciega obedece a mandatos sensibles, ¿qué nos quiere significar esta clase de árbol? También es verdad que he leído: Yo soy pastor de cabras y hábil en preparar los higos del sicómoro (Am 7, 14), con lo cual, a mi parecer, el profeta nos quiere indicar que, siendo también él pecador en medio de un pueblo de pecadores, después se convirtió, pues no hay duda que convenía que el futuro profeta, buscando el fruto entre zarzas y sacando de ellas su alimento, condujera los rebaños sombríos y malolientes de los gentiles y a las demás naciones a los pastos de sus escritos, con el fin de que engordaran con ese alimento espiritual, al tiempo que él mismo, convertido de su vida pecadora, también obtenía la leche espiritual.

Pero como en otro libro del Evangelio (Mt 17, 19) se ha hablado de un monte —cuyo aspecto desnudo, desprovisto de viñas fecundas y de olivos, estéril para la agricultura, propicio para las guaridas de las bestias y turbado por las incursiones de las fieras, parece traducir la orgullosa elevación del mal espíritu (2 Co 10, 15), según lo que está escrito: Heme aquí contra ti, monte de destrucción, que destruyes la tierra (Jr 51, 25)—, parece lógico pensar que en este lugar se nos habla de lo mismo, ya que la fe excluye todo mal espíritu y, sobre todo, porque la naturaleza de ese árbol encuadra perfectamente en esta opinión, pues su fruto, primero es blanco en su flor, y después, según crece, se vuelve rojo, para ennegrecer cuando madura. También el demonio, privado de la blanca flor de su naturaleza y de su roja potestad a causa de su prevaricación, está ahora revestido de la negrura y del mal olor del pecado. Contempla a Aquel que ha dicho a ese sicómoro: Arráncate y arrójate al mar, cuando lo echó fuera de aquel hombre y lo permitió entrar en los puercos, los cuales, impulsados por su espíritu diabólico, se hundieron en el mar (Lc 8, 30ss).

En este pasaje se nos exhorta a la fe, queriéndonos enseñar, en un sentido tropológico, que hasta las cosas más sólidas pueden ser destruidas por la fe. Porque de la fe surge la caridad, la esperanza y de nuevo, haciendo una especie de circuito cerrado, unas son causa y fundamento de las otras.

 

Lc 17, 7-10. Los siervos inútiles

 

A continuación sigue la exhortación de que nadie se gloríe de su buen actuar, ya que, por una justa dependencia, debemos nuestro servicio al Señor. Pero del mismo modo que tú no dirás a un criado tuyo que haya estado arando o apacentando ovejas : Pasa dentro y siéntate a la mesa —de donde se desprende que nadie puede sentarse a la mesa si antes no ha pasado; como Moisés, que para contemplar la gran visión debió subir a lo alto del monte (Ex 3, 3)—, pues de ese mismo modo decimos que tú no dices a ese siervo tuyo: siéntate a la mesa, sino que le exiges sus servicios sin darle las gracias; de la misma manera, el Señor no puede admitir que te adueñes del mérito de una acción o trabajo, ya que, mientras vivimos, es nuestro deber trabajar siempre.

Por tanto, vive en consecuencia con la convicción de que eres un siervo al que se han encomendado muchos trabajos No te creas más de lo que eres porque eres llamado hijo de Dios —debes reconocer, sí, la gracia, pero no puedes echar en olvido tu naturaleza— ni te envanezcas de haber servido con fidelidad, ya que ése era tu deber. El sol realiza su labor, obedece la luna, los ángeles también sirven. Y el mismo instrumento escogido por el Señor para predicar a los gentiles, dijo: No soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la Iglesia de Dios (1 Co 15, 9), y en otro pasaje, aunque no era consciente de culpabilidad alguna, añadió: Pero no por eso estoy justificado (1 Co 4, 4). Por tanto, tampoco nosotros pretendamos alabarnos a nosotros mismos, ni nos anticipemos al juicio de Dios, ni nos adelantemos a la sentencia del Juez, antes bien, esperemos a su día y a su juicio. Y una vez que hemos leído la reprensión dirigida a los desagradecidos (Lc 17, 11ss), vengamos a tratar el tema del juicio futuro.

SAN AMBROSIO, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (I), L.8, 21-33, BAC Madrid 1966, pág. 486-93

 

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