miércoles, 7 de agosto de 2013

El Espíritu Santo en la Iglesia y en el alma de los fieles


1.1 Su divinidad: procede eternamente del Padre y del Hijo

Los cristianos confesamos con la Iglesia que el Espíritu Santo es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, distinta del Padre y del Hijo, de quienes procede eternamente.
Creemos en el Espíritu Santo, Señor, y vivificador, que, con el Padre y el Hijo es juntamente adorado y glorificado. Que habló por los profetas; nos fue enviado por Cristo después de su resurrección y ascensión al Padre; ilumina, vivifica, protege y rige la Iglesia, cuyos miembros purifica con tal que no desechen la gracia. Su acción, que penetra lo íntimo del alma, hace apto al hombre de responder a aquel precepto de Cristo: "Sed... perfectos, como también es perfecto vuestro Padre celestial" (Pablo VI, El Credo del Pueblo de Dios, n. 13). Cfr. Documento de Puebla, nn. 202-204.

Ya en el Símbolo de los Apóstoles se confiesa esa fe en el Espíritu Santo, Persona de la Trinidad distinta del Padre y del Hijo. En el Antiguo Testamento se habla de El veladamente (cfr. Ps. 103, 30; Is. 11, 2; Ex. 36, 27), pero es el Nuevo Testamento quien lo revela con claridad, declarando expresamente su divinidad.
En los Hechos de los Apóstoles leemos lo que San Pedro dijo a Ananías: "¿Cómo ha tentado Dios tu corazón para que mintieras al Espíritu Santo? No has mentido a los hombres, sino a Dios" (Hechos 5, 3).


Como una consecuencia, el Espíritu Santo -por ser Dios, igual al Padre y al Hijo- merece la misma adoración y gloria. Por su consustancialidad con el Padre y el Hijo –es la misma sustancia divina-, hay una identidad en el honor y la gloria que los hombres le debemos.

a)   Es una Persona divina, que procede del Padre y del Hijo.

Decimos que el Espíritu Santo es Persona divina, y no un atributo o virtud divina impersonal. Así lo confiesa la fe de la Iglesia:

"Creemos en el Espíritu Santo, el que habló en la Ley y anunció en los profetas y descendió sobre el Jordán, el que habla en los Apóstoles y habita en los santos; y así creemos en El que es Espíritu Santo, Espíritu de Dios, Espíritu perfecto, Espíritu consolador e increado" (Símbolo de Epifanía, Dz. 13).
El Espíritu Santo es una Persona realmente distinta del Padre y del Hijo, como queda manifiesto en la fórmula trinitaria del bautismo (cfr. Mt. 2 8, 19), la teofanía del Jordán (cfr. Mt. 3, 6) y el discurso de despedida de Jesús (cfr. Juan 14, 16-26; 15, 26).

Esta doctrina concerniente al Espíritu Santo en cuanto Dios, como Persona que procede del Padre y del Hijo, que es enviada por ambos, es firmemente enseñada desde el principio de la Iglesia hasta nuestros días.


b) Sus nombres

En realidad, las palabras "Espíritu Santo" pueden también aplicarse con razón al Padre y al Hijo, pues ambos son espíritu y santos. También se pueden aplicar a los ángeles y a las almas de los justos, y por eso debe evitarse el error al que puede llevar la ambigüedad de estas palabras: la Iglesia aplica este nombre a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, según se toma de la Sagrada Escritura, porque el Espíritu Santo carece de nombre propio. Le llamamos así porque procede del Padre y del Hijo por vía de espiración y de amor.

Procede como de un único principio: así como el Padre, al comprenderse a Sí mismo, engendra al Verbo, que es Subsistente, así el amor mutuo del Padre y del Hijo, es el Espíritu Santo.

Se le pueden también aplicar otros nombres, p.ej. el nombre de Paráclito, que significa consolador o abogado (cfr. Juan 5, 3-4, 16-26), y abunda en el sentido de que es una Persona real. Por eso se le atribuyen acciones que sólo realizan los seres personales, como ser maestro de la verdad, dar testimonio de Cristo, conocer los misterios de Dios (cfr. Juan, 16, 13; 1 Cor. 2, 10).


1.2 El Espíritu Santo asiste a la Iglesia

Como lo había prometido Jesús antes de marcharse de nuevo al cielo, desde allá nos envía, junto con su Padre, al Paráclito. Es San Lucas quien nos relata su venida: "Llegado el día de Pentecostés estaban todos reunidos en un lugar, cuando de repente sobrevino del cielo un ruido como de viento impetuoso, que llenó toda la casa. Y aparecieron unas como lenguas de fuego que se posaron sobre cada uno de ellos. Y todos fueron llenos del Espíritu Santo" (Hechos 2, 1-5).


El Espíritu Santo:

a)    Iluminó el entendimiento de los Apóstoles en las verdades de la fe, y los transformó de ignorantes, en sabios;

b)    fortificó su voluntad, y de cobardes los transformó en valerosos defensores de la doctrina de Cristo, que todos sellaron con su sangre.

El Espíritu Santo no descendió sólo para los Apóstoles, sino para toda la Iglesia, a la cual enseña, defiende, gobierna y santifica.

Enseña, ilustrándola e impidiéndole que se equivoque- Por eso Cristo lo llamó "Espíritu de verdad" (Juan 16, 13);

La defiende, librándola de las asechanzas de sus enemigos;

La gobierna, inspirándole lo que debe obrar y decir;

La santifica con su gracia y sus virtudes.

Es muy significativo que los Apóstoles, en el primer Concilio, en Jerusalén, invocaron la autoridad del Espíritu Santo como fundamento de sus decisiones: "Nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros. (Hechos 15, 28).
Ejemplos prácticos de esta asistencia del Espíritu Santo a la Iglesia hay muchos:
Ningún Pontífice Romano ha errado en sus decisiones dogmáticas;
Siempre se han desencadenado contra ella graves males, pero entonces suscita eminentes varones que los contrarresten;

Los perseguidores de la Iglesia nunca han podido hacer daños irreparables, y han tenido un fin desastroso

Nunca han faltado cristianos de eminente santidad.

Su acción en la Iglesia es permanente: "Yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros eternamente" (Juan 14, 16). Tal fue la promesa de Cristo.


1.3 El Espíritu Santo vive en el alma en gracia

"La Iglesia, por tanto, instruida por la palabra de Cristo, partiendo de la experiencia de Pentecostés y de su historia apostólica, proclama desde el principio su fe en el Espíritu Santo, como aquel que es dador de vida, aquél en el que el inescrutable Dios trino y uno se comunica con los hombres construyendo en ellos la fuente de vida eterna" (Juan Pablo 11, Ene. Dominum et vivificantem, n. 2).

En nuestra santificación intervienen las tres Personas divinas, porque el principio de las operaciones es la naturaleza y en Dios no hay más que una sola Esencia o Naturaleza. Por ser el Espíritu Santo, Amor, y por ser la santificación obra fundamentalmente del Amor de Dios, es por lo que la obra de la santificación de los hombres se atribuye al Espíritu Santo (cfr. Decr. Apostolicam actuositatem, n. 3).

Esta santificación la realiza principalmente a través de los sacramentos, que son signos sensibles instituidos por Jesucristo, que no sólo significan sino que confieren la gracia.

La vida divina que nos santifica, nace, crece y sana por medio de los sacramentos. Son, pues, los medios de salvación a través de los cuales nos santifica, principalmente, el Espíritu Santo.

Así, el Espíritu Santo inhabita en el alma del justo y distribuye sus dones, pues "no es un artista que dibuja en nosotros la divina substancia, como si El fuera ajeno a ella, no es de esa forma como nos conduce a la semejanza divina, sino que El mismo, que es Dios y de Dios procede, se imprime en los corazones que lo reciben como el sello sobre la cera y, de esa forma, por la comunicación de sí y la semejanza, restablece la naturaleza según la belleza del modelo divino y restituye al hombre la imagen de Dios" (San Cirilo de Alejandría, Thesaurus de sancta et consubstantiali Trinitate 34: PG 75, 609).

En efecto, cuando el alma corresponde con docilidad a sus -inspiraciones, va produciendo actos de virtud y frutos innumerables -San Pablo enumera algunos como ejemplo: caridad, gozo, paz, longanimidad, afabilidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza, modestia, continencia, castidad (cfr. Gal. 5, 22)-, derramando abundantemente su gracia en nuestros corazones:

habita en el alma y la convierte en templo suyo;

la ilumina en lo referente al conocimiento de Dios;

la santifica con la abundancia de sus virtudes, gracias y dones;

la fortalece en el bien y reprime sus malas inclinaciones;

la consuela (por eso es llamado "Espíritu Consolador").

Son muy expresivos los textos de la Sagrada Escritura en este sentido. Entre ellos se pueden entresacar algunos:

Cuando venga el Espíritu Santo os enseñará todas las verdades" (Jn. 14, 26).

"Fuisteis santificados, fuisteis justificados por el Espíritu Santo" (I Cor. 6, 11).
"El Espíritu ayuda nuestra flaqueza, pues no sabiendo qué hemos de pedir, él mismo intercede por nosotros con gemidos inenarrables" (Rom. 8, 26).


1.4 Tratar al Espíritu Santo

Si el Espíritu Santo es el santificador de nuestras almas, es necesario que los hombres nos esforcemos en conocerle, tratarle y seguir sus enseñanzas, demostrando así que le queremos.

El hombre debe hablar con El, pedirle ayuda, tratarle con intimidad: "Concede a tus fieles, que en ti confían, tus siete sagrados dones.
Dales el mérito de la virtud, dales el puerto de la salvación, dales el eterno gozo" (Secuencia de la misa de Pentecostés).

El trato continuo con el Espíritu Santo aumenta nuestro amor, y en consecuencia nos facilita el seguir con docilidad sus enseñanzas:
"El Espíritu Santo es quien, con sus inspiraciones, va dando tono sobrenatural a nuestros pensamientos, deseos y obras... Si somos dóciles al Espíritu Santo, la imagen de Cristo se irá formando cada vez más en nosotros e iremos así acercándonos cada día más a Dios Padre" (Mons. Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, n. 135).

Nuestros deberes para con El son:

a)   Presentarle nuestros homenajes de adoración y amor.

b)   Pedirle sus virtudes y sus dones, tan importantes en la vida cristiana.

c)   Evitar cuanto pueda disgustarlo, y sobre todo el expulsarlo de nuestra alma por el pecado mortal: "no contristéis al Espíritu Santo", nos alerta San Pablo (Ef. 41, 30).

Son igualmente de San Pablo estas palabras: "¿Ignoráis vosotros que sois templo de Dios, y que el Espíritu Santo mora en vosotros? Pues si alguno profanare el templo de Dios, Dios le perderá" (I Cor. 3, 16).
Tenemos pues, una estricta obligación de alejar nuestro cuerpo nuestra alma de toda impureza, por respeto al Espíritu Santo, que mora en ellos.

 

Por Pbro. Dr. Pablo Arce Gargollo

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