viernes, 6 de abril de 2018

Justicia y misericordia se entienden como dos dimensiones del mismo misterio de amor - San Juan Pablo II


JUAN PABLO II
AUDIENCIA
Miércoles 7 de julio de 1999

Juicio y misericordia


 1. El salmo 116 dice: «El Señor es benigno y justo; nuestro Dios es misericordioso» (Sal 116, 5). A primera vista, juicio y misericordia parecen dos realidades inconciliables; o, al menos, parece que la segunda sólo se integra con la primera si ésta atenúa su fuerza inexorable. En cambio, es preciso comprender la lógica de la sagrada Escritura, que las vincula; más aún, las presenta de modo que una no puede existir sin la otra.

El sentido de la justicia divina es captado progresivamente en el Antiguo Testamento a partir de la situación de la persona que obra bien y se siente injustamente amenazada. Es en Dios donde encuentra refugio y protección. Esta experiencia la expresan en varias ocasiones los salmos que, por ejemplo afirman: «Yo sé que el Señor hace justicia al afligido y defiende el derecho del pobre. Los justos alabarán tu nombre; los honrados habitarán en tu presencia» (Sal 140, 13-14).

En la sagrada Escritura la intervención en favor de los oprimidos es concebida sobre todo como justicia, o sea, fidelidad de Dios a las promesas salvíficas hechas a Israel. Por consiguiente, la justicia de Dios deriva de la iniciativa gratuita y misericordiosa por la que él se ha vinculado a su pueblo mediante una alianza eterna. Dios es justo porque salva, cumpliendo así sus promesas, mientras que el juicio sobre el pecado y sobre los impíos no es más que otro aspecto de su misericordia. El pecador sinceramente arrepentido siempre puede confiar en esta justicia misericordiosa (cf. Sal 50, 6. 16).

jueves, 5 de abril de 2018

Visión cristiana de la muerte - San Juan Pablo II


JUAN PABLO II
AUDIENCIA
Miércoles 2 de junio de 1999

La muerte como encuentro con el Padre


1. Después de haber reflexionado sobre el destino común de la humanidad, tal como se realizará al final de los tiempos, hoy queremos dirigir nuestra atención a otro tema que nos atañe de cerca: el significado de la muerte. Actualmente resulta difícil hablar de la muerte porque la sociedad del bienestar tiende a apartar de sí esta realidad, cuyo solo pensamiento le produce angustia. En efecto, como afirma el Concilio, «ante la muerte, el enigma de la condición humana alcanza su culmen» (Gaudium et spes, 18). Pero sobre esta realidad la palabra de Dios, aunque de modo progresivo, nos brinda una luz que esclarece y consuela.

En el Antiguo Testamento las primeras indicaciones nos las ofrece la experiencia común de los mortales, todavía no iluminada por la esperanza de una vida feliz después de la muerte. Por lo general se pensaba que la existencia humana concluía en el «sheol», lugar de sombras, incompatible con la vida en plenitud. A este respecto son muy significativas las palabras del libro de Job: «¿No son pocos los días de mi existencia? Apártate de mí para que pueda gozar de un poco de consuelo, antes de que me vaya, para ya no volver, a la tierra de tinieblas y de sombras, tierra de negrura y desorden, donde la claridad es como la oscuridad» (Jb 10, 20-22).

2. En esta visión dramática de la muerte se va abriendo camino lentamente la revelación de Dios, y la reflexión humana descubre un nuevo horizonte, que recibirá plena luz en el Nuevo Testamento.

¿Cuál es el destino y la meta final de la humanidad? - San Juan Pablo II


JUAN PABLO II
AUDIENCIA
Miércoles 26 de mayo de 1999

Escatología universal: la humanidad en camino hacia el Padre



1. El tema sobre el que estamos reflexionando en este último año de preparación para el jubileo, es decir, el camino de la humanidad hacia el Padre, nos sugiere meditar en la perspectiva escatológica, o sea, en la meta final de la historia humana. Especialmente en nuestro tiempo todo procede con increíble velocidad, tanto por los progresos de la ciencia y de la técnica como por el influjo de los medios de comunicación social. Por eso, surge espontáneamente la pregunta: ¿cuál es el destino y la meta final de la humanidad? A este interrogante da una respuesta específica la palabra de Dios, que nos presenta el designio de salvación que el Padre lleva a cabo en la historia por medio de Cristo y con la obra del Espíritu.

En el Antiguo Testamento es fundamental la referencia al Éxodo, con su orientación hacia la entrada en la Tierra prometida. El Éxodo no es solamente un acontecimiento histórico, sino también la revelación de una actividad salvífica de Dios, que se realizará progresivamente, como los profetas se encargan de mostrar, iluminando el presente y el futuro de Israel.

2. En el tiempo del exilio, los profetas anuncian un nuevo Éxodo, un regreso a la Tierra prometida. Con este renovado don de la tierra, Dios no sólo reunirá a su pueblo disperso entre las naciones; también transformará a cada uno en su corazón, o sea, en su capacidad de conocer, amar y obrar: «Yo les daré un nuevo corazón y pondré en ellos un espíritu nuevo: quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne, para que caminen según mis preceptos, observen mis normas y las pongan en práctica, y así sean mi pueblo y yo sea su Dios» (Ez 11, 19-20; cf. 36, 26-28).

miércoles, 4 de abril de 2018

La vida eterna en las preguntas del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica


«CREO EN LA VIDA ETERNA»


207. ¿Qué es la vida eterna?
La vida eterna es la que comienza inmediatamente después de la muerte. Esta vida no tendrá fin; será precedida para cada uno por un juicio particular por parte de Cristo, juez de vivos y muertos, y será ratificada en el juicio final.

208. ¿Qué es el juicio particular?
Es el juicio de retribución inmediata, que, en el momento de la muerte, cada uno recibe de Dios en su alma inmortal, en relación con su fe y sus obras. Esta retribución consiste en el acceso a la felicidad del cielo, inmediatamente o después de una adecuada purificación, o bien de la condenación eterna al infierno.

209. ¿Qué se entiende por cielo?
Por cielo se entiende el estado de felicidad suprema y definitiva. Todos aquellos que mueren en gracia de Dios y no tienen necesidad de posterior purificación, son reunidos en torno a Jesús, a María, a los ángeles y a los santos, formando así la Iglesia del cielo, donde ven a Dios «cara a cara» (1 Co 13, 12), viven en comunión de amor con la Santísima Trinidad e interceden por nosotros.
«La vida subsistente y verdadera es el Padre que, por el Hijo y en el Espíritu Santo, derrama sobre todos sin excepción los dones celestiales. Gracias a su misericordia, nosotros también, hombres, hemos recibido la promesa indefectible de la vida eterna» (San Cirilo de Jerusalén).

210 ¿Qué es el purgatorio?

martes, 3 de abril de 2018

Creo en la vida eterna - Cielo, purgatorio e infierno en el Catecismo de la Iglesia Católica


PRIMERA PARTE
LA PROFESIÓN DE LA FE

SEGUNDA SECCIÓN:
LA PROFESIÓN DE LA FE CRISTIANA

CAPÍTULO TERCERO
CREO EN EL ESPÍRITU SANTO

ARTÍCULO 12
“CREO EN LA VIDA ETERNA”


1020 El cristiano que une su propia muerte a la de Jesús ve la muerte como una ida hacia Él y la entrada en la vida eterna. Cuando la Iglesia dice por última vez las palabras de perdón de la absolución de Cristo sobre el cristiano moribundo, lo sella por última vez con una unción fortificante y le da a Cristo en el viático como alimento para el viaje. Le habla entonces con una dulce seguridad:
«Alma cristiana, al salir de este mundo, marcha en el nombre de Dios Padre Todopoderoso, que te creó, en el nombre de Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que murió por ti, en el nombre del Espíritu Santo, que sobre ti descendió. Entra en el lugar de la paz y que tu morada esté junto a Dios en Sión, la ciudad santa, con Santa María Virgen, Madre de Dios, con san José y todos los ángeles y santos [...] Te entrego a Dios, y, como criatura suya, te pongo en sus manos, pues es tu Hacedor, que te formó del polvo de la tierra. Y al dejar esta vida, salgan a tu encuentro la Virgen María y todos los ángeles y santos [...] Que puedas contemplar cara a cara a tu Redentor» (Rito de la Unción de Enfermos y de su cuidado pastoral, Orden de recomendación de moribundos, 146-147).
I. El juicio particular

domingo, 1 de abril de 2018

La adhesión de corazón y de mente a Cristo muerto y resucitado cambia la vida e ilumina la existencia de las personas y de los pueblos - Benedicto XVI


BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 26 de marzo de 2008

La resurrección de Cristo
clave de bóveda del cristianismo


Queridos hermanos y hermanas:

«Et resurrexit tertia die secundum Scripturas», «Resucitó al tercer día según las Escrituras». Cada domingo, en el Credo, renovamos nuestra profesión de fe en la resurrección de Cristo, acontecimiento sorprendente que constituye la clave de bóveda del cristianismo. En la Iglesia todo se comprende a partir de este gran misterio, que ha cambiado el curso de la historia y se hace actual en cada celebración eucarística.

Sin embargo, existe un tiempo litúrgico en el que esta realidad central de la fe cristiana se propone a los fieles de un modo más intenso en su riqueza doctrinal e inagotable vitalidad, para que la redescubran cada vez más y la vivan cada vez con mayor fidelidad: es el tiempo pascual. Cada año, en el «santísimo Triduo de Cristo crucificado, muerto y resucitado», como lo llama san Agustín, la Iglesia recorre, en un clima de oración y penitencia, las etapas conclusivas de la vida terrena de Jesús: su condena a muerte, la subida al Calvario llevando la cruz, su sacrificio por nuestra salvación y su sepultura. Luego, al «tercer día», la Iglesia revive su resurrección: es la Pascua, el paso de Jesús de la muerte a la vida, en el que se realizan en plenitud las antiguas profecías. Toda la liturgia del tiempo pascual canta la certeza y la alegría de la resurrección de Cristo.

Queridos hermanos y hermanas, debemos renovar constantemente nuestra adhesión a Cristo muerto y resucitado por nosotros: su Pascua es también nuestra Pascua, porque en Cristo resucitado se nos da la certeza de nuestra resurrección. La noticia de su resurrección de entre los muertos no envejece y Jesús está siempre vivo; y también sigue vivo su Evangelio.

sábado, 31 de marzo de 2018

El Sábado Santo es el día del ocultamiento de Dios - Benedicto XVI


VENERACIÓN DE LA SÁBANA SANTA
MEDITACIÓN DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Domingo 2 de mayo de 2010


Queridos amigos:

Este es un momento muy esperado para mí. En otras varias ocasiones he estado ante la Sábana Santa, pero ahora vivo esta peregrinación y este momento con particular intensidad: quizá porque el paso de los años me hace todavía más sensible al mensaje de este extraordinario icono; quizá, y diría sobre todo, porque estoy aquí como Sucesor de Pedro y traigo en mi corazón a toda la Iglesia, más aún, a toda la humanidad. Doy gracias a Dios por el don de esta peregrinación y también por la oportunidad de compartir con vosotros una breve meditación, que me ha sugerido el subtítulo de esta solemne ostensión: «El misterio del Sábado Santo».

Se puede decir que la Sábana Santa es el icono de este misterio, icono del Sábado Santo. De hecho, es una tela sepulcral, que envolvió el cadáver de un hombre crucificado y que corresponde en todo a lo que nos dicen los Evangelios sobre Jesús, quien, crucificado hacia mediodía, expiró sobre las tres de la tarde. Al caer la noche, dado que era la Parasceve, es decir, la víspera del sábado solemne de Pascua, José de Arimatea, un rico y autorizado miembro del Sanedrín, pidió valientemente a Poncio Pilato que le permitiera sepultar a Jesús en su sepulcro nuevo, que había mandado excavar en la roca a poca distancia del Gólgota. Obtenido el permiso, compró una sábana y, después de bajar el cuerpo de Jesús de la cruz, lo envolvió con aquel lienzo y lo depuso en aquella tumba (cf. Mc 15, 42-46). Así lo refiere el Evangelio de san Marcos y con él concuerdan los demás evangelistas. Desde ese momento, Jesús permaneció en el sepulcro hasta el alba del día después del sábado, y la Sábana Santa de Turín nos ofrece la imagen de cómo era su cuerpo depositado en el sepulcro durante ese tiempo, que cronológicamente fue breve (alrededor de día y medio), pero inmenso, infinito en su valor y significado.

sábado, 17 de marzo de 2018

Domingo V de cuaresma (ciclo b) Guión Litúrgico



Entrada:
Celebramos hoy el quinto domingo de Cuaresma. Estamos ya a las puertas de la Semana Santa. El Santo Sacrificio de la Misa es la actualización del Misterio Pascual completo: la pasión, muerte y resurrección del Señor. Participemos activamente en él porque esa será la mejor preparación para la Semana Santa que se acerca. Para iniciar esta celebración nos ponemos de pie y cantamos…

Domingo V de cuaresma (ciclo b) Catena Aurea



Juan 12, 20-33
Y había allí algunos gentiles de aquellos que habían subido a adorar en el día de la fiesta. Estos, pues, se llegaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaban diciendo: "Señor, queremos ver a Jesús". Vino Felipe y lo dijo a Andrés, y Andrés y Felipe lo dijeron a Jesús. Y Jesús les respondió diciendo: "Viene la hora en que sea glorificado el Hijo del hombre. En verdad, en verdad os digo, que si el grano de trigo, que cae en la tierra, no muriese, él solo queda; mas si muriese, mucho fruto lleva. Quien ama su alma, la perderá; y quien aborrece su alma en este mundo, para vida eterna la guarda. Si alguno me sirve, sígame; y en donde yo estoy, allí también estará mi ministro. Y si alguno me sirviese, le honrará mi Padre".
"Ahora mi alma está turbada. ¿Y qué diré? Padre, sálvame de esta hora. Mas por eso he venido a esta hora. Padre, glorifica tu nombre". Entonces vino una voz del cielo que dijo: "Yo lo he glorificado, y otra vez lo glorificaré". Las gentes que estaban allí, cuando oyeron la voz, decían que había sido un trueno. Otros decían: "Un ángel le ha hablado". Respondió Jesús, y dijo: "No ha venido esta voz por mi causa, sino por causa de vosotros. Ahora es el juicio del mundo; ahora será lanzado fuera el príncipe de este mundo. Y si yo fuere alzado de la tierra, todo lo atraeré a mí mismo". (Y decía esto para mostrar de qué muerte había de morir).
 
Beda.
El templo del Señor, construido en Jerusalén, era tan celebrado, que en los días de fiesta concurrían a él no solamente los vecinos, sino otras muchas gentes de lejanos países, como se lee en los Hechos de los Apóstoles del eunuco de Candace, reina de los etíopes. En fuerza de tal costumbre, habían venido aquí para adorar los gentiles de que nos ocupamos. "Y había allí algunos gentiles de aquellos que habían subido a adorar en el día de la fiesta". 

Crisóstomo In Ioannem hom., 65.
De los que estaban dispuestos a hacerse luego sus prosélitos. Y así, habiendo oído hablar de Cristo, quieren verlo. "Estos, pues, se llegaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaban diciendo: Señor, queremos ver a Jesús".

San Agustín In Ioannem tract., 51.
He aquí que los judíos quieren matarlo, y los gentiles lo quieren ver. Pero, por otra parte, de entre los judíos eran los que clamaban ( Jn 12,13): "¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!". Los unos se han sujetado a la ley de la circuncisión, los otros son incircuncisos. Son como dos murallas de distinto origen y que vienen a reunirse por un ósculo de paz en la misma fe de Cristo.
"Vino Felipe y le dijo a Andrés". 

domingo, 11 de marzo de 2018

En este tiempo de Cuaresma, es importante reflexionar sobre la parábola del rico epulón y de Lázaro - San Juan Pablo II


MENSAJE DEL PAPA
SAN JUAN PABLO II
PARA LA CUARESMA DE 1991



Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

La Encíclica Rerum novarum de Leon XIII, cuyo centenario se está conmemorando, ha abierto un nuevo capítulo en la doctrina social de la Iglesia. Una constante de esta enseñanza es la firme invitación al compromiso solidario, encaminado a superar la pobreza y el subdesarrollo en que viven millones de seres humanos.

Aunque los bienes de la creación estén destinados a todos, hoy una gran parte de la humanidad está sufriendo todavía el peso intolerable de la miseria. En esta situación son necesarias una caridad y una solidaridad concretas, como lo he afirmado en la Encíclica Sollicitudo rei socialis, señalando cuán urgente sea dedicarse al bien de los demás y estar dispuestos a olvidarse de sí mismos – según el evangelio – para servir a los demás en vez de explotarlos en beneficio propio.

1. En este tiempo de Cuaresma volvemos a dirigirnos a Dios rico en misericordia, fuente de todo buen para pedirle que cure nuestro egoísmo, nos dé un corazón nuevo y un espíritu nuevo.

La Cuaresma y el tiempo pascual nos sitúan ante la actitud de total identificación de Nuestro Señor Jesucristo con los pobres. El Hijo de Dios, que se hizo pobre por amor nuestro, se identifica con aquellos que sufren, lo cual está expresado claramente en sus propias palabras: «Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40).

sábado, 10 de marzo de 2018

Encíclica Sapientiae Christianae sobre los deberes de los ciudadanos cristianos - León XIII


S.S. León XIII
Encíclica Sapientiae Christianae
sobre los deberes de los ciudadanos cristianos
10 de enero de 1890

“Ceder el puesto al enemigo, o callar cuando de todas partes se levanta incesante clamoreo para oprimir a la verdad, propio es, o de hombre cobarde, o de quien duda estar en posesión de las verdades que profesa. Lo uno y lo otro es vergonzoso e injurioso a Dios; lo uno y lo otro, contrario a la salvación del individuo y de la sociedad: ello aprovecha únicamente a los enemigos del nombre cristiano, porque la cobardía de los buenos fomenta la audacia de los malos.” N.18



Progreso material, retroceso espiritual - Deberes de los cristianos - Amor a la patria - Dos patrias - Deberes contra los enemigos de la Iglesia - Propagar el Evangelio - Lucha, unida - Unidad y disciplina - Obediencia a la Iglesia - Doctrina político–religiosa - Iglesia, y partidos - Iglesia, y sociedad civil - Timidez y temeridad, en política - Sumisión, obediencia y moralidad - Deber de la caridad - Derechos de los padres

Introducción

1. Cada día se deja sentir más y más la necesidad de recordar los preceptos de cristiana sabiduría, para en todo conformar a ellos la vida, costumbres e instituciones de los pueblos. Porque, postergados estos preceptos, se ha seguido tal diluvio de males, que ningún hombre cuerdo puede, sin angustiosa preocupación, sobrellevar los actuales ni contemplar sin pavor los que están por venir. Y a la verdad, en lo tocante a los bienes del cuerpo y exteriores al hombre, se ha progresado bastante; pero cuanto cae bajo la acción de los sentidos, la robustez de fuerzas, la abundancia grande de riquezas, si bien proporcionan comodidades, aumentando las delicias de la vida, de ningún modo satisfacen al alma, creada para cosas más altas y nobles. Tener la mirada puesta en Dios y dirigirse a Él, es la ley suprema de la vida del hombre, el cual, creado a imagen y semejanza de su Hacedor, por su propia naturaleza es poderosamente estimulado a poseerlo. Pero a Dios no se acerca el hombre por movimiento corporal, sino por la inteligencia y la voluntad, que son movimientos del alma. Porque Dios es la primera y suma verdad; es asimismo la santidad perfecta y el bien sumo, al cual la voluntad sólo puede aspirar y acercarse guiada por la virtud.

Progreso material, retroceso espiritual

Abrir totalmente la mente y el corazón para escuchar la voz del Señor que invita a volver a Él en novedad de vida, y a ser cada vez más sensibles a los sufrimientos de quienes nos rodean - San Juan Pablo II


MENSAJE DEL PAPA
 SAN JUAN JUAN PABLO II
PARA LA CUARESMA DE 1990



Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

1. Como cada año, al acercarse la Cuaresma, se me ofrece la ocasión de dirigirme a vosotros para invitaros a sacar provecho de este momento favorable, de este «tiempo de salvación» (cf. 2 Cor 6, 2) para que sea vivido por todos intensamente en su doble dimensión de conversión a Dios y de amor a los hermanos. La Cuaresma, en efecto, nos invita a abrir totalmente la mente y el corazón para escuchar la voz del Señor que invita a volver a Él en novedad de vida, y a ser cada vez más sensibles a los sufrimientos de quienes nos rodean.

Este año quisiera proponer, con especial empeño, a la común reflexión el problema de los refugiados y exiliados. En efecto, su enorme y creciente número constituye una dolorosa realidad en el mundo en el cual vivimos, y no se limita solamente a algunas regiones, sino que se ha extendido ahora a casi todos los continentes.

Domingo IV de cuaresma (ciclo b) Catena Aurea


Juan 3, 14-21
"Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así también es necesario que sea levantado el Hijo del hombre: para que todo aquél que cree en El no perezca, sino que tenga vida eterna".
"Porque de tal manera amó Dios el mundo, que dio a su Hijo Unigénito, para que todo aquél que cree en El no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque no envió Dios su Hijo al mundo para juzgarle, sino para que el mundo se salve por El. Quien en El cree, no es juzgado: mas el que no cree, ya ha sido juzgado, porque no cree en el nombre del Unigénito Hijo de Dios".
"Mas este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo hombre que obra mal, aborrece la luz, y no viene a la luz para que sus obras no sean reprendidas. Mas el que obra verdad, viene a la luz para que parezcan sus obras, porque son hechas en Dios". 



Crisóstomo, ut supra
Como había explicado el beneficio del bautismo, ahora aduce su causa, esto es, su cruz, diciendo: "Y como Moisés levantó la serpiente", etc. 

Beda
El Señor invita con estas palabras al maestro de la Ley mosaica a que comprenda su sentido espiritual, recordándole la historia antigua, y demostrándole que ésta era figura de su pasión y de la salvación humana. 

San Agustín, De peccat. mer. et remiss. cap. 32
Muchos morían en el desierto por las mordeduras de las serpientes. Y por ello Moisés, por orden de Dios, levantó en alto una serpiente de bronce en el desierto; cuantos miraban a ésta, quedaban curados en el acto. La serpiente levantada representa la muerte de Cristo, de la misma manera que el efecto se significa por la causa eficiente. La muerte había venido por medio de la serpiente, la que indujo al hombre al pecado por el cual había de morir; mas el Señor, aun cuando en su carne no había recibido el pecado, que era como el veneno de la serpiente, había recibido la muerte, para que hubiese pena sin culpa en la semejanza de la carne del pecado, por lo cual en esta misma carne se paga la pena y la culpa.

Domingo IV de cuaresma (ciclo b) Guión Litúrgico




Entrada:
Celebramos hoy el cuarto domingo de Cuaresma, llamado Domingo de Laetare  por las primeras palabras del Introito de la Misa, “Laetare Jerusalem” -“Alégrate, oh, Jerusalén” La celebración del Misterio Pascual se acerca. Nuestras almas deben prepararse para la celebración de la Pascua. El mejor modo de hacerlo es participar digna y activamente de este sacrificio de la Santa Misa. Unámonos, entonces, con todo nuestro ser al sacrificio redentor de Cristo. Para iniciar esta celebración nos ponemos de pie y cantamos…

viernes, 9 de marzo de 2018

El ayuno generoso y voluntario de los que siempre poseéis el alimento os permitirá compartir la privación con tantos otros que carecen de él - San Juan Pablo II


MENSAJE DEL PAPA
SAN JUAN PABLO II
PARA LA CUARESMA DE 1989


  
«El pan nuestro de cada día, dánosle hoy» (Mt 6, 11). Con esta petición se inicia la segunda parte de la oración que Jesús mismo enseñó a sus discípulos y que todos los cristianos repetimos fervorosamente cada día.

De labios de todos los hombres y mujeres de las distintas razas humanas que componen la gran comunidad cristiana, brota armoniosamente esta súplica al Padre que está en los cielos con diferente entonación, pues son muchos los pueblos que más que una súplica serena y confiada, están lanzando un grito de angustia y dolor porque no han podido satisfacer el hambre física por carecer realmente de los alimentos necesarios.

jueves, 8 de marzo de 2018

La Iglesia propone el estudio teológico de la cuestión de la mujer a la luz del designio amoroso de Dios - Mons. Juan Antonio Reig Pla


La propuesta de la Iglesia Católica: 
«una teología de la mujer»

Mons. Juan Antonio Reig Pla
Obispo de Alcalá de Henares


La Iglesia desea profundizar sobre la vocación de la mujer en la Iglesia y en la sociedad.

El Beato Juan XXIII, el «Papa bueno» que convocó el Concilio Ecuménico Vaticano II, dedicó hermosas palabras a la mujer [1] reflexionando sobre la necesidad de profundizar sobre «aquella contribución que la sociedad y la Iglesia esperan de ella. De aquí la urgencia de buscar soluciones nuevas, con objeto de lograr un orden y un equilibrio más conveniente a la dignidad humana y cristiana de la mujer» [2]. Por su parte el Concilio, con ocasión de su clausura, dirigió un bello Mensaje a las mujeres en el que afirmaba: «Llega la hora, ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud» [3]. Posteriormente el Papa Pablo VI en un discurso afirmaba: «En efecto, en el cristianismo, más que en cualquier otra religión, la mujer tiene desde los orígenes un estatuto especial de dignidad, del cual el Nuevo Testamento da testimonio en no pocos de sus importantes aspectos (...); es evidente que la mujer está llamada a formar parte de la estructura viva y operante del Cristianismo de un modo tan prominente que acaso no se hayan todavía puesto en evidencia todas sus virtualidades» [4].  También el Beato Juan Pablo II mostraba esta inquietud en 1988: «la mujer está llamada a ejercitar sus propios «dones»: en primer lugar, el don de su misma dignidad personal, mediante la palabra y el testimonio de vida; y después los dones relacionados con su vocación femenina» [5].

Todo debe hacerse con  fidelidad a la Sagrada Escritura, a la Tradición y al Magisterio

miércoles, 7 de marzo de 2018

Cosas Católicas 18 - Los Ídolos


¿Los ídolos todavía existen en nuestros tiempos? 
¿Tienes un ídolillo o dos por allí?

Dejaros llevar por el Espíritu de Dios, que es capaz de romper las cadenas del egoísmo y del pecado - San Juan Pablo II


MENSAJE DEL PAPA
SAN JUAN PABLO II
PARA LA CUARESMA DE 1988


Amados hermanos y hermanas en Cristo:

Con gozo y esperanza quisiera, por medio de este Mensaje de Cuaresma, exhortaros a la penitencia, que producirá en vosotros abundantes frutos espirituales para una vida cristiana más dinámica y una caridad más efectiva.

El tiempo de Cuaresma, que marca profundamente la vida de todas las comunidades cristianas, favorece el espíritu de recogimiento, de oración, de escucha de la Palabra de Dios; estimula la respuesta pronta y generosa a la invitación que hace el Señor por medio del Profeta: «el ayuno que yo quiero es éste: partir tu pan con el que tiene hambre, dar hospedaje a los pobres que no tienen techo... Entonces clamarás al Señor y él te responderá, gritarás y él te dirá: aquí estoy» (Is 58, 6.7.9).

La Cuaresma de 1988 se desarrolla en el contexto del Año mariano, y en los umbrales del tercer milenio del nacimiento de Jesús, el Salvador.

Contemplando la maternidad divina de María, que llevó en su seno virginal al Hijo de Dios y cuidó con especial solicitud la infancia de Jesús, me viene a la mente el drama doloroso de tantas madres que ven frustradas sus esperanzas y alegrías por la temprana muerte de sus hijos.

martes, 6 de marzo de 2018

Tiempo de la conversión, tiempo de la Verdad que nos «hará libres» - San Juan Pablo II


MENSAJE DEL PAPA
SAN JUAN PABLO II
PARA LA CUARESMA DE 1987



Amadísimos hermanos y hermanas en Cristo:

«A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada» (Lc 1, 53).

Estas palabras que la Virgen María pronunció en su Magníficat son a la vez una alabanza a Dios Padre y una llamada que cada uno de nosotros debe acoger en su corazón y meditar en este tiempo de Cuaresma.

Tiempo de la conversión, tiempo de la Verdad que nos «hará libres» (Jn 8, 32), porque no podemos engañar a aquél que escruta «corazones y entrañas» (Sal 7, 10). Ante Dios nuestro Creador, ante Cristo nuestro Redentor, ¿de qué podemos estar orgullosos? ¿Qué riquezas o qué talentos podrían darnos alguna superioridad?

María nos enseña las verdaderas riquezas, las que no pasan, las que vienen de Dio. Nosotros debemos desearlas, tener hambre de ellas, abandonar todo lo que es ficticio y pasajero, para recibir estos bienes y recibirlos en abundancia. Convirtámonos; abandonemos la vieja levadura (cf. 1 Cor 5, 6) del orgullo y de todo lo que lleva a la injusticia, al menosprecio, al afán de poseer nosotros dinero y poder.

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