lunes, 2 de noviembre de 2020

La langosta - P. Leonardo Castellani

 

La langosta


Cuando la langosta pone huevos, se puede arar el campo y desenterrarlos al sol; cuando la langosta es mosquita y está posada en grandes manchas negras sobre los matojos, se puede espolvorearla con pulverizador de petróleo y prenderle fuego; cuando es saltona y marcha por los campos en largas caravanas siniestras, se la puede encajonar por senderos de hojalata hasta un pozo donde se la entierra viva; pero cuando se hace voladora, ya no hay Cristo que la ataje.

Una inmensa manga de voladoras se abatió un día sobre la Colonia Presidente Avellaneda como una alfombra asquerosa y rumorosa. Fuera de los mandarinos y los nísperos y la achicoria y las acelgas que tienen la hoja amarga, todo lo que era verde– y era la primavera y el trigo, el lino y el maíz florecían– se volvió color salmón de langosta apiñadas. Los colonos sostuvieron un día la batalla desesperada, la batalla de vida o muerte (cosecha o hambre) para ellos; pero cómo sería la cantidad de acridios, que al día siguiente dejaron desesperanzados las fogatas, el tañer de tachos de kerosén y el golpear los árboles con picanas; mientras nuevas nubes de insectos se dejaban caer a plomo al saqueo de la Colonia rendida, llenando el suelo de bostitas y el aire con el bisbiseo antipático de sus alas membranosas. Las calles estaban overas, le daban a uno en la cara y en los ojos, anublaban el sol; uno los encontraba en todas partes, entre las sábanas, en los botines, en la sopera, en los inodoros, en las cañerías. La Colonia se rindió a discreción llorando, y se abandonó a la voluntad omnipotente y maligna del azote.

Entonces Benedicto Mulosini, un colono, propuso a la Comisión de Fomento prender fuego a las dieciséis hectáreas de maíz seco del Campillo. El Campillo era propiedad de la Comisión de Fomento del pueblo, es decir de todos, o sea de nadie; por lo cual estaba mal cuidado, había sido sembrado prematuro y apenas iba a rendir un treinta por uno, a lo más. Pero estas razones no convencieron, mas exasperaron a la Comisión de Fomento, que después de deliberar una tarde entera – y la langosta mientras tanto talando– mandó decir al enérgico y violento italiano que quemase su chacra si quería. Benedicto, que era el único que no había dejado de pelear en su chacra, levantó los brazos al cielo al recibir el anuncio y lanzó una puteada imponente.

La madrugada siguiente, antes de romper el alba, el Campillo ardió de punta a cabo, levantando, por causa del rocío matinal, espesos nubarrones de humo. La quemazón duró todo el día y se propagó a algunos de los campos vecinos causando bastantes daños; por lo cual se levantó una indignación espantosa contra el testarudo italiano, a quien se atribuía, y se habló hasta de atentar contra su vida. Pero sucedió también que toda la langosta que estaba en el Campillo y todas las inmediaciones, se levantó en masa, y las demás langostas dieron muestras irresolutas de querer imitarlas. Los colonos viendo el giro de la cosa, agarraron de nuevo los tachos, las picanas y todos los demás elementos de persuasión que la imaginación excitada les sugirió. Las langostas se persuadieron y se fueron, y se salvó la mitad de la cosecha.

Alguno indicó que se lo debían a Mulosini, que había incendiado el maizal; pero cuando fueron a darle las gracias encontraron que unos contribuyentes celosos le habían dado una paliza tal, que lo habían dejado por muerto. Como uno de los apaleadores era el presidente de la Comisión de Fomento se convino en que de todas maneras Mulosini había hecho mal en proceder por vías ilegales; que debía haber sometido el caso de nuevo a la reconsideración de la Comisión de Fomento.

Y hablando, hablando, se llegó al fin a la conclusión que tal vez todo había sido una mera casualidad y que la langosta se había levantado porque se quiso levantar y Dios así lo dispuso. Con que quedó zanjado el asunto y no le dieron las gracias.

Por eso digo yo que es mejor matar la langosta cuando es mosquita.

 

 

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