DE LA HOMILÍA
DE SU
SANTIDAD
BENEDICTO
XVI
Iglesia de
San Lorenzo in Piscibus
Roma
V Domingo de Cuaresma
V Domingo de Cuaresma
9 de marzo de 2008
Señores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
queridos hermanos y hermanas:
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
queridos hermanos y hermanas:
…
Pasemos
ahora al evangelio de este día, dedicado a un tema importante y fundamental:
¿qué es la vida?, ¿qué es la muerte?, ¿cómo vivir?, ¿cómo morir? Con el fin de
ayudarnos a comprender mejor este misterio de la vida y la respuesta de Jesús,
san Juan usa para esta única realidad de la vida dos palabras diferentes,
indicando las diversas dimensiones de la realidad llamada "vida": la
palabra bíos y la palabra zoé. Bíos, como se comprende
fácilmente, significa este gran biocosmos, esta biosfera, que va desde las
células primitivas hasta los organismos más organizados, más desarrollados,
este gran árbol de la vida, en el que se han desarrollado todas las
posibilidades de la realidad bíos. A este árbol de la vida pertenece el
hombre; forma parte de este cosmos de la vida que comienza con un milagro: en
la materia inerte se desarrolla un centro vital; la realidad que llamamos
organismo.
Pero el
hombre, aun formando parte de este gran biocosmos, lo trasciende, porque
también forma parte de la realidad que san Juan llama zoé. Es un nuevo
nivel de la vida, en el que el ser se abre al conocimiento. Ciertamente, el
hombre es siempre hombre con toda su dignidad, incluso en estado de coma o en
la fase de embrión, pero si sólo vive biológicamente no se realizan ni desarrollan
todas las potencialidades de su ser. El hombre está llamado a abrirse a nuevas
dimensiones. Es un ser que conoce. Desde luego, también los animales conocen,
pero sólo las cosas que les interesan para su vida biológica. El conocimiento
del hombre va más allá; quiere conocerlo todo, toda la realidad, la realidad en
su totalidad; quiere saber qué es su ser y qué es el mundo. Tiene sed de
conocimiento del infinito; quiere llegar a la fuente de la vida; quiere beber
de esta fuente, encontrar la vida misma.
Así
hemos tocado una segunda dimensión: el hombre no es sólo un ser que conoce;
también vive en relación de amistad, de amor. Además de la dimensión del
conocimiento de la verdad y del ser, existe, inseparable de esta, la dimensión
de la relación, del amor. Y aquí el hombre se acerca más a la fuente de la
vida, de la que quiere beber para tener la vida en abundancia, para tener la
vida misma.
Podríamos
decir que toda la ciencia es una gran lucha por la vida; lo es, sobre todo, la
medicina. En definitiva, la medicina es un esfuerzo por oponerse a la muerte,
es búsqueda de inmortalidad. Pero, ¿podemos encontrar una medicina que nos
asegure la inmortalidad? Esta es precisamente la cuestión del evangelio de hoy.
Tratemos de imaginar que la medicina llegue a encontrar la receta contra la
muerte, la receta de la inmortalidad. Incluso en ese caso, se trataría de una
medicina que se situaría dentro de la biosfera, una medicina ciertamente útil
también para nuestra vida espiritual y humana, pero de por sí una medicina
confinada dentro de la biosfera.
Es
fácil imaginar lo que sucedería si la vida biológica del hombre no tuviera fin,
si fuera inmortal: nos encontraríamos en un mundo envejecido, en un mundo lleno
de viejos, en un mundo que no dejaría espacio a los jóvenes, un mundo en el que
no se renovaría la vida. Así comprendemos que este no puede ser el tipo de
inmortalidad al que aspiramos; esta no es la posibilidad de beber en la fuente
de la vida, que todos deseamos.
Precisamente
en este punto, en el que, por una parte, comprendemos que no podemos esperar
una prolongación infinita de la vida biológica y sin embargo, por otra,
deseamos beber en la fuente de la vida para gozar de una vida sin fin,
precisamente en este punto interviene el Señor y nos habla en el evangelio
diciendo: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque
muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás" (Jn
11, 25-26). "Yo soy la resurrección": beber en la fuente de la vida
es entrar en comunión con el amor infinito que es la fuente de la vida. Al
encontrar a Cristo, entramos en contacto, más aún, en comunión con la vida
misma y ya hemos cruzado el umbral de la muerte, porque estamos en contacto,
más allá de la vida biológica, con la vida verdadera.
Los
Padres de la Iglesia llamaron a la Eucaristía medicina de inmortalidad.
Y lo es, porque en la Eucaristía entramos en contacto, más aún, en comunión con
el cuerpo resucitado de Cristo, entramos en el espacio de la vida ya
resucitada, de la vida eterna. Entramos en comunión con ese cuerpo que está
animado por la vida inmortal y así estamos ya desde ahora y para siempre en el
espacio de la vida misma. Así, este evangelio es también una profunda
interpretación de lo que es la Eucaristía y nos invita a vivir realmente de la
Eucaristía para poder ser transformados en la comunión del amor. Esta es la
verdadera vida.
En el
evangelio de san Juan el Señor dice: "Yo he venido para que tengan vida y
la tengan en abundancia" (Jn 10, 10). Vida en abundancia no es,
como algunos piensan, consumir todo, tener todo, poder hacer todo lo que se
quiera. En ese caso viviríamos para las cosas muertas, viviríamos para la
muerte. Vida en abundancia es estar en comunión con la verdadera vida, con el
amor infinito. Así entramos realmente en la abundancia de la vida y nos
convertimos en portadores de la vida también para los demás.
Los
prisioneros de guerra que estuvieron en Rusia durante diez años o más,
expuestos al frío y al hambre, después de volver dijeron: "Pude sobrevivir
porque sabía que me esperaban. Sabía que había personas que me esperaban, sabía
que yo era necesario y esperado". Este amor que los esperaba fue la
medicina eficaz de la vida contra todos los males.
En
realidad, hay alguien que nos espera a todos. El Señor nos espera; y no sólo
nos espera: está presente y nos tiende la mano. Aceptemos la mano del Señor y
pidámosle que nos conceda vivir realmente, vivir la abundancia de la vida, para
poder así comunicar también a nuestros contemporáneos la verdadera vida, la
vida en abundancia. Amén.
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