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lunes, 30 de abril de 2018

Humanae Vitae - Pablo VI


CARTA ENCÍCLICA
HUMANAE VITAE
DE S. S. PABLO VI

A LOS  VENERABLES HERMANOS LOS PATRIARCAS,
ARZOBISPOS, OBISPOS Y DEMÁS ORDINARIOS DE LUGAR
EN PAZ Y COMUNIÓN CON LA SEDE APOSTÓLICA,
AL CLERO Y A LOS FIELES DEL ORBE CATÓLICO
Y A TODOS LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD,
SOBRE LA REGULACIÓN DE LA NATALIDAD


Venerables hermanos y amados hijos,
salud y bendición apostólica.

La transmisión de la vida
1. El gravísimo deber de transmitir la vida humana ha sido siempre para los esposos, colaboradores libres y responsables de Dios Creador, fuente de grandes alegrías aunque algunas veces acompañadas de no pocas dificultades y angustias. 

En todos los tiempos ha planteado el cumplimiento de este deber serios problemas en la conciencia de los cónyuges, pero con la actual transformación de la sociedad se han verificado unos cambios tales que han hecho surgir nuevas cuestiones que la Iglesia no podía ignorar por tratarse de una materia relacionada tan de cerca con la vida y la felicidad de los hombres. 

I. Nuevos aspectos del problema y competencia del magisterio 
Nuevo enfoque del problema

miércoles, 25 de abril de 2018

Haced siempre como San Marcos, estad en la escuela y a la vera de San Pedro - Pablo VI


DE LA HOMILÍA DE SU SANTIDAD PABLO VI
EN LA SANTA MISA PARA LOS MONAGUILLOS DE ROMA
Sábado 25 de abril de 1964


Hoy se celebra la fiesta de San Marcos. ¿Sabéis quién era San Marcos? Era un niño que vivía con su madre en Jerusalén, de buena familia. El será el que, precisamente aquí en Roma, se dice, escribirá el segundo Evangelio, el Evangelio de San Marcos. Precisamente en este Evangelio cuenta un episodio en el que hay que incluirlo a él también. La noche en que Cristo fue apresado, en el monte de los olivos, entregado por Judas, y abandonado por los discípulos, un muchacho, debía ser San Marcos, se unió al triste cortejo que, a la luz de las antorchas, conducía a Cristo a Jerusalén, donde sería procesado, insultado y condenado, como sabéis. Marcos seguía a Jesús. Quizá le quería mucho. El hecho es que lo seguía, en aquella hora tremenda, mientras los demás habían huido. Pero sucedió que la tropa que llevaba preso a Jesús se dio cuenta de la presencia del muchacho; y entonces hubo alguno que trató de cogerlo, y lo cogió de hecho, agarrando la sábana con que el joven se había cubierto, que evidentemente se había levantado de la cama tapándose con aquella sábana. Y sucedió que Marcos, ágil y esbelto, se soltó y escapó, dejó la sábana en las manos de quien le había atrapado y también él huyó en la oscuridad de la noche, él también. ¿Sería, acaso, aquel muchacho animoso al principio y cobarde después, la imagen de algunos niños del pequeño clero, que primero siguen, buenos, muy buenos, a Cristo, pero cuando llega el día de serle fieles con constancia y sacrificio, abandonan la túnica en el camino —y no sólo la exterior— del niño puro, bueno y devoto, alumno del pequeño clero, y se van más lejos y son más cobardes, quizá, que los demás? ¿Seréis así también vosotros? Ciertamente que no, porque sois precisamente niños de una pieza, inteligentes y animosos.

jueves, 8 de febrero de 2018

El milagro para la canonización del Papa Pablo VI

Vanna Pironato y su hija Amanda


La propia madre de Amanda, Vanna Pironato, la que ha mostrado su alegría al conocer la noticia de la canonización y ha expresado su agradecimiento al Giornale di Brescia.

 “Los primeros días fueron fundamentales para la supervivencia de mi pequeña”, cuenta al diario bresciano. Además, destaca las “lágrimas de alegría” que le cayeron cuando su hija sanó y supo que no moriría. “Fue un momento inolvidable”, confiesa.
“Ahora somos sencillamente una familia normal, una familia que ha recibido un don extraordinario. Tengo que admitir que a veces no nos damos cuenta de lo que ha sucedido”, dice Amanda. 

Visitar la casa del Papa

Entre sus planes asegura que está conocer mejor la figura del futuro santo. “Me gustaría mucho ver donde ha nacido aquél al que consideramos uno de nuestra familia. El Papa Montini es una presencia fundamental y constante de nuestra vida y lo será siempre. Visitar su casa será un modo de sentirlo todavía más cerca nuestro”.
Todo comenzó en un nicho bajo el retablo del altar de San Girolamo, donde está custodiada una reliquia del beato Pablo VI: la camisa ensangrentada que llevaba en el momento en el que sufrió el atentado en manila el 27 de noviembre de 1970.
El 24 de noviembre, Vanna se arrodilló ante el altar del Santuario de las Gracias cuando la reliquia todavía no estaba ahí. El Papa Francisco había proclamado beato al pontífice tan solo unos días antes, el 19 de octubre.
Vanna había roto aguas el 23 de septiembre, pero su hija Amanda contaba con tan sólo 13 semanas y 3 días y los médicos le habían comunicado que había pocas posibilidades de que la niña sobreviviera. Aun así, el 25 de diciembre nació con tan sólo 865 gramos.
El pasado 13 de diciembre, los médicos y teólogos que han investigado el caso durante años confirmaron que la curación de la niña se trata de un milagro.
Vanna Pironato, madre de Amanda ha sabido de esta confirmación en la casa que tienen en Legnago (Verona), junto a su hija Amanda, su hijo Riccardo y su marido Alberto.
También ha hablado el sobrino de Pablo VI, Fausto Montini, quien recuerda a su tío como “un punto de referencia fundamental en nuestra familia”.
“Teníamos con él una relación muy afectuosa, una relación que mantuvimos también después de que se convirtiera en Papa, pero evitando ser inoportunos”, declara.
Aun así, asegura que “cuando teníamos algún problema en la familia, algo que no iba bien acudíamos siempre a él: era nuestra luz”. “Era una persona reservada pero muy afectuosa. Nos mandaba tarjetas escritas a mano para felicitarnos los cumpleaños y los santos, y en esos mensajes se puede ver todo lo delicado que era”, afirma.

El milagro

domingo, 29 de octubre de 2017

Indulgentiarum Doctrina - Pablo VI

CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA
INDULGENTIARUM DOCTRINA
DE SU SANTIDAD
PABLO VI
SOBRE LA REVISIÓN DE LAS INDULGENCIAS
1 de enero de 1967

Pablo Obispo,
Siervo de los siervos de Dios,
en memoria perpetua de este acto
 



I
1. La doctrina y uso de las indulgencias, vigentes en la Iglesia católica desde hace muchos siglos están fundamentados sólidamente en la revelación divina, [1] que, legada por los Apóstoles "progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo", mientras que "la Iglesia en el decurso de los siglos, tiende constantemente a la plenitud de la verdad divina, hasta que en ella se cumplan las palabras de Dios" [2].
Sin embargo, para el correcto entendimiento de esta doctrina y de su saludable uso es conveniente recordar algunas verdades, en las que siempre creyó toda la Iglesia, iluminada por la palabra de Dios, y los Obispos, sucesores de los Apóstoles, y sobre todo los Romanos Pontífices, sucesores de Pedro, han venido enseñando y enseñan, bien por medio de la praxis pastoral, bien por medio de documentos doctrinales, a lo largo de los siglos.

2. Según nos enseña la divina revelación, las penas son consecuencia de los pecados, infligidas por la santidad y justicia divinas, y han de ser purgadas bien en este mundo, con los dolores, miserias y tristezas de esta vida y especialmente con la muerte [3], o bien por medio del fuego, los tormentos y las penas catharterias en la vida futura [4]. Por ello, los fieles siempre estuvieron persuadidos de que el mal camino tenía muchas dificultades y que era áspero, espinoso y nocivo para los que andaban por él [5].
Estas penas se imponen por justo y misericordioso juicio de Dios para purificar las almas y defender la santidad del orden moral, y restituir la gloria de Dios en su plena majestad. Pues todo pecado lleva consigo la perturbación del orden universal, que Dios ha dispuesto con inefable sabiduría e infinita caridad, y la destrucción de ingentes bienes tanto en relación con el pecador como de toda la comunidad humana. Para toda mente cristiana de cualquier tiempo siempre fue evidente que el pecado era no sólo una trasgresión de la ley divina, sino, además, aunque no siempre directa y abiertamente, el desprecio u olvido de la amistad personal entre Dios y el hombre [6], y una verdadera ofensa de Dios, cuyo alcance escapa a la mente humana; más aún, un ingrato desprecio del amor de Dios que se nos ofrece en Cristo, ya que Cristo llamó a sus discípulos amigos y no siervos[7].

viernes, 27 de octubre de 2017

Christi Matri - súplicas a la Santísima Virgen para el mes de octubre - Pablo VI

Carta Encíclica
Christi Matri
PABLO VI
Se ordenan súplicas a la Santísima Virgen
para el mes de octubre
15 septiembre 1966



A los venerables hermanos
Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos
y demás ordinarios de lugar en paz
y comunión con la Sede Apostólica

Venerables hermanos: salud y bendición apostólica.

Motivos de grave preocupación

1. A la Madre de Cristo suelen los fieles entretejer con las oraciones del rosario místicas guirnaldas durante el mes de octubre. Aprobándolo en gran manera, a ejemplo de nuestros predecesores, invitamos este año a todos los hijos de la Iglesia a ofrecer a la misma Beatísima Virgen peculiares homenajes de piedad. Pues está próximo el peligro de una más extensa y más grave calamidad, que amenaza a la familia humana, ya que sobre todo en la región del Asia Oriental se lucha todavía cruentamente y se enardece una laboriosa guerra; somos impulsados para que, en cuanto de Nos depende, de nuevo y más vigorosamente tratemos de salvaguardar la paz. Perturban también el ánimo los acontecimientos que se sabe han sucedido en otras regiones, como la creciente competencia de las armas nucleares, el insensato deseo de dilatar la propia nación, la inmoderada estima de la raza, el ansia de derribar las cosas, la desunión impuesta a los ciudadanos, las malvadas asechanzas, las muertes de inocentes; todo lo cual puede ser origen de un sumo mal.

Continua actividad por la paz

lunes, 9 de octubre de 2017

Marialis Cultus - Sobre el culto a la Virgen María _ Pablo VI

EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
MARIALIS CULTUS
DE SU SANTIDAD
PABLO VI
PARA LA RECTA ORDENACIÓN
Y DESARROLLO DEL CULTO
A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA



INTRODUCCIÓN
Desde que fuimos elegidos a la Cátedra de Pedro, hemos puesto constante cuidado en incrementar el culto mariano, no sólo con el deseo de interpretar el sentir de la Iglesia y nuestro impulso personal, sino también porque tal culto —como es sabido— encaja como parte nobilísima en el contexto de aquel culto sagrado donde confluyen el culmen de la sabiduría y el vértice de la religión y que por lo mismo constituye un deber primario del pueblo de Dios (1). Pensando precisamente en este deber primario Nos hemos favorecido y alentado la gran obra de la reforma litúrgica promovida por el Concilio Ecuménico Vaticano II; y ocurrió, ciertamente no sin un particular designio de la Providencia divina, que el primer documento conciliar, aprobado y firmado "en el Espíritu Santo" por Nos junto con los padres conciliares, fue la Constitución Sacrosanctum Concilium, cuyo propósito era precisamente restaurar e incrementar la Liturgia y hacer más provechosa la participación de los fieles en los sagrados misterios (2). Desde entonces, siguiendo las directrices conciliares, muchos actos de nuestro pontificado han tenido como finalidad el perfeccionamiento del culto divino, como lo demuestra el hecho de haber promulgado durante estos últimos años numerosos libros del Rito romano, restaurados según los principios y las normas del Concilio Vaticano II. Por todo ello damos las más sentidas gracias al Señor, Dador de todo bien, y quedamos reconocidos a las Conferencias Episcopales y a cada uno de los obispos, que de distintas formas ha cooperado con Nos en la preparación de dichos libros.

Pero, mientras vemos con ánimo gozoso y agradecido el trabajo llevado a cabo, así como los primeros resultados positivos obtenidos por la renovación litúrgica, destinados a multiplicarse a medida que la reforma se vaya comprendiendo en sus motivaciones de fondo y aplicando correctamente, nuestra vigilante actitud se dirige sin cesar a todo aquello que puede dar ordenado cumplimiento a la restauración del culto con que la Iglesia, en espíritu de verdad (cf. Jn 4,24), adora al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, "venera con especial amor a María Santísima Madre de Dios" (3) y honra con religioso obsequio la memoria de los Mártires y de los demás Santos.

El desarrollo, deseado por Nos, de la devoción a la Santísima Virgen, insertada en el cauce del único culto que "justa y merecidamente" se llama "cristiano" —porque en Cristo tiene su origen y eficacia, en Cristo halla plena expresión y por medio de Cristo conduce en el Espíritu al Padre—, es un elemento cualificador de la genuina piedad de la Iglesia. En efecto, por íntima necesidad la Iglesia refleja en la praxis cultual el plan redentor de Dios, debido a lo cual corresponde un culto singular al puesto también singular que María ocupa dentro de él(4); asimismo todo desarrollo auténtico del culto cristiano redunda necesariamente en un correcto incremento de la veneración a la Madre del Señor. Por lo demás, la historia de la piedad filial como "las diversas formas de piedad hacia la Madre de Dios, aprobadas por la Iglesia dentro de los límites de la doctrina sana y ortodoxa" (5), se desarrolla en armónica subordinación al culto a Cristo y gravitan en torno a él como su natural y necesario punto de referencia. También en nuestra época sucede así. La reflexión de la Iglesia contemporánea sobre el misterio de Cristo y sobre su propia naturaleza la ha llevado a encontrar, como raíz del primero y como coronación de la segunda, la misma figura de mujer: la Virgen María, Madre precisamente de Cristo y Madre de la Iglesia. Un mejor conocimiento de la misión de María, se ha transformado en gozosa veneración hacia ella y en adorante respeto hacia el sabio designio de Dios, que ha colocado en su Familia -la Iglesia-, como en todo hogar doméstico, la figura de una Mujer, que calladamente y en espíritu de servicio vela por ella y "protege benignamente su camino hacia la patria, hasta que llegue el día glorioso del Señor" (6).

En nuestro tiempo, los caminos producidos en las usanzas sociales, en la sensibilidad de los pueblos, en los modos de expresión de la literatura y del arte, en las formas de comunicación social han influido también sobre las manifestaciones del sentimiento religioso. Ciertas prácticas cultuales, que en un tiempo no lejano parecían apropiadas para expresar el sentimiento religioso de los individuos y de las comunidades cristianas, parecen hoy insuficientes o inadecuadas porque están vinculadas a esquemas socioculturales del pasado, mientras en distintas partes se van buscando nuevas formas expresivas de la inmutable relación de la criatura con su Creador, de los hijos con su Padre. Esto puede producir en algunos una momentánea desorientación; pero todo aquel que con la confianza puesta en Dios reflexione sobre estos fenómenos, descubrirá que muchas tendencias de la piedad contemporánea —por ejemplo, la interiorización del sentimiento religioso— están llamadas a contribuir al desarrollo de la piedad cristiana en general y de la piedad a la Virgen en particular. Así nuestra época, escuchando fielmente la tradición y considerando atentamente los progresos de la teología y de las ciencias, contribuirá a la alabanza de Aquella que, según sus proféticas palabras, llamarán bienaventurada todas las generaciones (cf. Lc 1,48).

Juzgamos, por tanto, conforme a nuestro servicio apostólico tratar, como en un diálogo con vosotros, venerables hermanos, algunos temas referentes al puesto que ocupa la Santísima Virgen en el culto de la Iglesia, ya tocados en parte por el Concilio Vaticano II (7) y por Nos mismo (8), pero sobre los que no será inútil volver para disipar dudas y, sobre todo, para favorecer el desarrollo de aquella devoción a la Virgen que en la Iglesia ahonda sus motivaciones en la Palabra de Dios y se practica en el Espíritu de Cristo.

Quisiéramos, pues, detenernos ahora en algunas cuestiones sobre la relación entre la sagrada Liturgia y el culto a la Virgen (I); ofrecer consideraciones y directrices aptas a favorecer su legítimo desarrollo (II); sugerir, finalmente, algunas reflexiones para una reanudación vigorosa y más consciente del rezo del Santo Rosario, cuya práctica ha sido tan recomendada por nuestros Predecesores y ha obtenido tanta difusión entre el pueblo cristiano (III).

PARTE I

EL CULTO A LA VIRGEN EN LA LITURGIA

martes, 26 de septiembre de 2017

Testamento del Beato Pablo VI

EL TESTAMENTO DE PABLO VI


Publicamos la traducción castellana del testamento de Pablo VI: ha sido elaborada cuidadosamente, respetando la puntuación y grafía usadas por el Papa en su manuscrito. El documento consta de un primer texto de diez páginas escrito en Roma el 30 de junio de 1965; a este texto el Santo Padre añadió luego dos anexos, uno en 1972 y otro en 1973. El primero lo redactó en Castelgandolfo y en él está consignada incluso la hora, además de la fecha; son dos páginas. El segundo consta de pocas líneas en una sola página. Así, resultan en total 13 páginas. [L'Osservatore romano, edición en lengua español, Año X - N. 34, 20 de agosto, 1978]
Algunas notas para mi testamento
In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti. Amen.
1 - Fijo la mirada en el misterio de la muerte y de lo que a ésta sigue en la luz de Cristo, el único que la esclarece; y por tanto, con confianza humilde y serena. Percibo la verdad que para mí se ha proyectado siempre desde este misterio sobre la vida presente, y bendigo al vencedor de la muerte por haber disipado sus tinieblas y descubierto su luz.
Por ello, ante la muerte y la separación total y definitiva de la vida presente, siento el deber de celebrar el don, la fortuna, la belleza el destino de esta misma existencia fugaz: Señor, Te doy gracias porque me has llamado a la vida, y más aun todavía, porque haciéndome cristiano me has regenerado y destinado a la plenitud de la vida. Asimismo siento el deber de dar gracias y bendecir a quien fue para mí transmisor de los dones de la vida que me has concedido Tú, Señor: los que me han traído a la vida (¡sean benditos mis Padres, tan dignos!), los que me han educado, amado, hecho bien, ayudado, rodeado de buenos ejemplos, de cuidados, afectos, confianza, bondad, cortesía, amistad, fidelidad, respeto. Contemplo lleno de agradecimiento las relaciones naturales y espirituales que han dado origen, ayuda, consuelo y significado a mi humilde existencia: ¡Cuántos dones, cuántas cosas hermosas y elevadas, cuánta esperanza he recibido yo en este mundo! Ahora que la jornada llega al crepúsculo y todo termina y se desvanece esta estupenda y dramática escena temporal y terrena, ¿cómo agradecerte, Señor, después del don de la vida natural, el don muy superior de la fe y de la gracia, en el que únicamente se refugia al final mi ser? ¿Cómo celebrar dignamente tu bondad, Señor, porque apenas entrado en este mundo, fui insertado en el mundo inefable de la Iglesia católica? Y ¿cómo, por haber sido llamado e iniciado en el Sacerdocio de Cristo? Y ¿cómo, por haber tenido el gozo y la misión de servir a las almas, a los hermanos, a los jóvenes, a los pobres, al pueblo de Dios, y haber tenido el honor inmerecido de ser ministro de la santa Iglesia, en Roma sobre todo, al lado del Papa, después en Milán como arzobispo en la cátedra, demasiado alta para mí y venerabilísima, de los santos Ambrosio y Carlos, y finalmente en ésta de San Pedro, suprema y tremenda y santísima? In aeternum Domini misericordias cantabo.

Quisiera que fuéramos siempre “fuertes en la fe” - Pablo VI

Pablo VI
en el noveno aniversario de su elección como Papa
Homilía «Ser fuertes en la fe» de 29.06.1972. 
L'Osservatore Romano, 30 de junio-1 de julio de 1972.
(L’Osservatore Romano, edición en lengua española,
 de 9 de julio de 1972, páginas 1-2).



Tenemos que agradecer a vosotros y a cuantos, ausentes de Roma, estáis presentes en espíritu, la asistencia a este rito que quiere tener una doble intención: la primera, diría —y es suficiente—, es la de honrar a los santos Pedro y Pablo, especialmente por estar en la basílica en la que nos hallamos, sobre la tumba y las reliquias del apóstol Pedro; de honrar a estos príncipes de los apóstoles y de honrar a Cristo en ellos, y de sentirnos llevados por ellos a Cristo, pues les somos deudores de esta gran herencia de la fe. Y, además, la otra intención es que no podemos ser insensibles a conmemorar el noveno aniversario de nuestra elección —como sucesor de Pedro— al Pontificado romano y, lo decimos temblando, al puesto de representante visible en la Tierra, vicario de Nuestro Señor Jesucristo. Os lo agradecemos de corazón, también, porque esta presencia nos asegura lo que más vivo y ardoroso está en nuestros deseos: vuestra adhesión, vuestra fidelidad, vuestra comunión, vuestra unidad en la oración y en la fe, y en la constitución de esta misteriosa sociedad visible y terrenal que se llama la Iglesia, y por sentirnos aquí particularmente Iglesia, unidos en Jesucristo como en un cuerpo solo y, también, porque confiamos en que esta presencia significa ayuda, oración, y signifique indulgencia para quien os habla y también oración por Nos, por nuestro cargo, por la misión que el Señor Nos encomendó para el bien de la Iglesia y del mundo. Y esta oración Nos servirá verdaderamente de gran sufragio para cumplir humilde y fuertemente nuestra fatiga. Nos sentimos autorizados a ceder la palabra al propio San Pedro y a rogarle que diga una de sus palabras entre las tantas hermosas que nos dejó en las dos epístolas canónicas que conservamos en el cuerpo de la Sagrada Escritura, y elegimos las que hablan de vosotros. San Pedro habla de la comunidad la Iglesia naciente en la primera carta —extraña, pero expresiva— que envió desde Roma a las iglesias de Oriente, a las iglesias de Asia Menor, dicen los exégetas informados y que, según su costumbre, escribió no para hacer nuevas comunicaciones doctrinales —como solía hacer San Pablo—, sino para exhortar. Se siente el pastor que quiere incitar, que quiere animar, y que quiere dar conciencia de lo que el pueblo cristiano es y de lo que debe hacer. En esta primera carta de San Pedro se toca, con profunda clarividencia y agudeza, toda la gama de los nuevos sentimientos que deben tener vivencia y brotar con ímpetu del corazón cristiano. Entre las muchas palabras que la carta contiene, os presentamos éstas que dejamos a vuestra meditación, con un breve comentario; dice San Pedro: “Vosotros sois una estirpe elegida, un sacerdocio real, gente santa, pueblo de su propiedad, para que proclaméis las virtudes de quien os llamó de las tinieblas a la luz maravillosa. Vosotros que antaño no erais un pueblo, ahora sois pueblo de Dios; vosotros que antes no fuisteis partícipes de la misericordia, ahora en cambio participáis de la misericordia del Señor”. He aquí lo que Nos, sometemos un momento a vuestra reflexión.

Sacerdocio real

lunes, 24 de julio de 2017

San Charbel Makhlouf, monje valiente gloria de la Orden Libanesa Maronita - Pablo VI

CANONIZACIÓN Charbel Makhlouf

HOMILÍA DE PABLO VI

Domingo, 09 de octubre 1977



Venerables hermanos y amados hijos,

Toda la Iglesia, de Oriente a Occidente, se invita hoy a una gran alegría. Nuestro corazón se vuelve al cielo, donde ahora sabemos con gran certeza que San Charbel Makhlouf se asocia con la felicidad inconmensurable de los santos en la luz de Cristo, alabando e intercediendo por nosotros. Nuestros ojos también gire allí donde él vivió, el querido país de Líbano, nos complace saludar a los representantes: su beatitud patriarca Antoine Pierre Khoraiche, con sus hermanos y e hijos maronitas, representantes de otros ritos católicos, ortodoxos y, en el ámbito civil, la delegación del gobierno y el Parlamento libanés a quienes agradecemos que nos gustaría dar las gracias.

Su país, queridos amigos, había sido saludado con admiración por los poetas bíblicos, impresionados por la fuerza de sus cedros que se convierten en símbolos de la vida de los justos. Jesús mismo se acercó allí para recompensar la fe de una mujer sirio fenicia: primeros frutos de salvación para todas las naciones. Y este Líbano, un lugar de encuentro entre Oriente y Occidente se convirtió en realidad el hogar de varios pueblos que se aferraban con valor a su tierra y sus ricas tradiciones religiosas. La tormenta de recientes acontecimientos ha causado profundas arrugas sobre su cara, y una sombra seria en los caminos de la paz. Pero saben nuestra simpatía y afecto constante con ustedes, tenemos la firme esperanza de la renovada cooperación entre todos los hijos del Líbano.

Y es que hoy veneramos juntos, a un hijo de todo el Líbano, especialmente la Iglesia maronita, pueden estar orgullosos: Charbel Makhlouf. Un hijo singular, paradójicamente un artesano de la paz, ya que quería alejarse del mundo, sólo en Dios. Pero su lámpara está encendida encima de la montaña de su ermita, desde el siglo pasado, ha brillado un resplandor creciente y unánimemente hasta su santidad. Ya le habíamos rendido honores al declararlo Beato el 5 de diciembre de 1965 en la clausura del Concilio Vaticano II. Hoy, en la canonización y la extensión de su culto a toda la Iglesia, damos un ejemplo para todo el mundo, este monje valiente gloria de la Orden Libanesa Maronita y digno representante de las Iglesias de Oriente y su gran tradición monástica.

No es necesario trazar en detalle biografía, además de sencillo. Es importante tener en cuenta, al menos, cómo el ambiente cristiano de su infancia enraizada en la fe a los jóvenes Youssef - que era su nombre de pila - y lo preparó para su vocación: la familia de modestos campesinos, trabajadores, unido ; animada por una fe fuerte, familiar de la oración litúrgica del pueblo y la devoción a María; tíos dedicados a la vida del ermitaño, y la madre especialmente admirable, piadoso, mortificado al ayuno continuo. Escuchar las palabras que el que se informa después de la separación de su hijo: "Si no tiene que ser un buen religioso, diría: Vuelve a casa. Pero ahora sé que el Señor te quiere en su servicio. Y en mi dolor de estar separado de ti, dije resignadamente: él te bendiga, mi hijo, y te haga un santo "(P. PAUL DAHER, Charbel, un borracho de Dios Monasterio S. Maron Annaya, Líbano Jbail, 1965, p. 63). Las virtudes de la casa y ejemplo de los padres son siempre un entorno privilegiado para el nacimiento de vocaciones.

sábado, 29 de abril de 2017

No caer en el falso misticismo de la acción - Beato Pablo VI

CARTA DEL DEL SANTO 
PADRE PABLO VI,
FIRMADA POR EL CARDENAL 
SECRETARIO DE ESTADO,
AL ENCUENTRO DE LOS CONSILIARIOS
DE ACCIÓN CATÓLICA PORTUGUESA

Excelentísimo y reverendísimo señor [1]:
He de comunicar a vuestra excelencia reverendísima que el Santo Padre acogió con la mayor satisfacción la noticia del “Encuentro” que, del 26 al 29 de julio próximo, van a realizar los consiliarios de Acción Católica portuguesa a los pies de Nuestra Señora, en el Santuario de Fátima. Este encuentro ofrece la oportunidad para transmitir a todos los participantes los cordiales saludos y una palabra de estímulo y de orientación del Augusto Pontífice, de quien me hago humilde intérprete.
Los temas que van a ser estudiados: “La naturaleza, necesidad y actualidad de la Acción Católica”, “La espiritualidad del seglar de Acción Católica”, “Misión del consiliario eclesiástico en la formación espiritual y apostólica de los afiliados”, etc. —de tan relevante importancia para el incremento y fecundidad de este movimiento, ya encuadrado en la vida constitucional de la Iglesia, y por ella tan insistentemente propuesto y encarecido—, demuestran cómo la Iglesia en Portugal pone en la Acción Católica gran esperanza y pretende, con empeño, infundirle mayor vitalidad y nuevas energías.
A este propósito, es oportuno recordar las palabras que Su Santidad dirigió a los delegados de los obispos de la Acción Católica italiana sobre la posición de la Acción Católica en la Iglesia: “Diremos ahora lo que ninguno, así lo pensamos, habrá puesto en duda: Nos deseamos que la Acción Católica viva y se mantenga conforme fue delineada por la autoridad y sabiduría de nuestros venerables predecesores en estos últimos decenios. Ella pertenece ahora a la constitución de la Iglesia. Varias son sus formas, según los diversos países; varias sus tradiciones; varias sus exigencias; varios sus frutos; pero su definición de colaboración de los seglares en el apostolado jerárquico de la Iglesia... permanece como deber de quien tiene la responsabilidad de promover la cura pastoral y la educación de los seglares para la actividad apostólica de la Iglesia. Permanece, sobre todo, como vocación ofrecida a los mismos seglares de pasar de la concepción inerte y pasiva de la vida cristiana a la concepción consciente y activa de la misma; del estado de cristianos, más de nombre que de hecho, extraños a la comprensión y a la participación de los problemas de la Iglesia, al estado de fieles convencidos de poder y deber también ellos compartir su plenitud comunitaria, su responsabilidad operativa, su doloroso y glorioso testimonio, su caridad misionera” (L'Osservatore Romano del 27 de julio de 1963).

jueves, 17 de julio de 2014

El celibato sacerdotal (Sacerdotalis Caelibatus) - Pablo VI

ENCÍCLICA
SACERDOTALIS CAELIBATUS
DE SU SANTIDAD
PABLO VI
SOBRE EL CELIBATO SACERDOTAL

 

A los obispos,
a los hermanos en el sacerdocio,
a los fieles de todo el mundo católico

 

INTRODUCCIÓN

1. EL CELIBATO SACERDOTAL HOY

Situación actual

1. El celibato sacerdotal, que la Iglesia custodia desde hace siglos como perla preciosa, conserva todo su valor también en nuestro tiempo, caracterizado por una profunda transformación de mentalidades y de estructuras.

Pero en el clima de los nuevos fermentos, se ha manifestado también la tendencia, más aún, la expresa voluntad de solicitar de la Iglesia que reexamine esta institución suya característica, cuya observancia, según algunos, llegaría a ser ahora problemática y casi imposible en nuestro tiempo y en nuestro mundo.

Una promesa nuestra al Concilio

2. Este estado de cosas, que sacude la conciencia y provoca la perplejidad en algunos sacerdotes y jóvenes aspirantes al sacerdocio y engendra confusión en muchos fieles, nos obliga a poner un término a la dilación para mantener la promesa que hicimos a los venerables padres del concilio, a los que declaramos nuestro propósito de dar nuevo lustre y vigor al celibato sacerdotal en las circunstancias actuales 1. Entretanto, larga y fervorosamente hemos invocado las necesarias luces y ayudas del espíritu Paráclito, y hemos examinado, en la presencia de Dios, los pareceres y las instancias que nos han llegado de todas partes, ante todo de varios pastores de la Iglesia de Dios.

Amplitud y gravedad de la cuestión

3. La gran cuestión relativa al sagrado celibato del clero en la Iglesia se ha presentado durante mucho tiempo a nuestro espíritu en toda su amplitud y en toda su gravedad. Debe todavía hoy subsistir la severa y sublimadora obligación para los que pretenden acercarse a las sagradas órdenes mayores? Es hoy posible, es hoy conveniente la observancia de semejante obligación? No será ya llegado el momento para abolir el vínculo que en la Iglesia une el sacerdocio con el celibato? No podría ser facultativa esta difícil observancia? No saldría favorecido el ministerio sacerdotal, facilitada la aproximación ecuménica? Y si la áurea ley del sagrado celibato debe todavía subsistir con qué razones ha de probarse hoy que es santa conveniente? Y con qué medios puede observarse y cómo convertirse de carga en ayuda para la vida sacerdotal?

La realidad y los problemas

lunes, 9 de junio de 2014

Proclamación de María Madre de la Iglesia - Pablo VI

DEL DISCURSO DEL
PAPA PABLO VI
AL FINAL DE LA SESIÓN DEL
CONCILIO VATICANO II
EN EL QUE SE PROCLAMA A
MARÍA, MADRE DE LA IGLESIA
21 de noviembre de 1964

1. Nuestro pensamiento, venerables hermanos, no puede menos de elevarse, con sentimientos de sincera y filial gratitud, a la Virgen Santa, a Aquella que queremos considerar protectora de este Concilio, testigo de nuestros trabajos, nuestra amabilísima consejera, pues a Ella, como celestial Patrona, juntamente con San José, fueron confiados por el Papa Juan XXIII, desde el comienzo, los trabajos de nuestras sesiones ecuménicas 1. 
2. Animados por estos mismos sentimientos, el año pasado quisimos ofrecer a María Santísima un solemne acto de culto en común, reuniéndonos en la basílica Liberiana, en torno a la imagen venerada con el glorioso título de Salus Populi Romani.
3. Este año, el homenaje de nuestro Concilio se presenta más precioso y significativo. Con la promulgación de la actual Constitución*, que tiene como vértice y corona todo un capítulo dedicado a la Virgen, justamente podemos afirmar que la presente sesión se clausura como un incomparable himno de alabanza en honor de Maria.
4. Es, en efecto, la primera vez -y decirlo Nos llena el corazón de profunda emoción- que un Concilio Ecuménico presenta una síntesis tan extensa de la doctrina católica sobre el puesto que María Santísima ocupa en el misterio de Cristo y de la Iglesia.
5. Esto corresponde a la meta que este Concilio se ha prefijado: manifestar la faz de la Santa Iglesia, a la que María está íntimamente unida, y de la cual, como egregiamente se ha afirmado, es «la parte mayor, la parte mejor, la parte principal y más selecta»2.
6. La realidad de la Iglesia ciertamente no se agota en su estructura jerárquica, en su liturgia, en sus sacramentos, ni en sus ordenamientos jurídicos. Su esencia íntima, la principal fuente de su eficacia santificadora, se debe buscar en su mística unión con Cristo; unión que no podemos pensarla separada de Aquélla que es la Madre del Verbo Encarnado, y que Cristo mismo quiso tan íntimamente unida a Él para nuestra salvación. Y ciertamente que debe encuadrarse en la visión de la Iglesia la contemplación amorosa de las maravillas que Dios ha obrado en su Santa Madre. Y el conocimiento de la doctrina verdaderamente católica sobre María será siempre la clave de la exacta comprensión del misterio de Cristo y de la Iglesia.

domingo, 11 de mayo de 2014

Ni marxismo ateo, ni rebelión sistemática, ni esparcimiento de sangre y anarquía; la fuerza del amor - Pablo VI

El Papa Pablo VI con campesinos colombianos
en Bogotá (Agosto de 1968)
PEREGRINACIÓN APOSTÓLICA
A BOGOTÁ
INAUGURACIÓN DE LA
II ASAMBLEA GENERAL
DE LOS OBISPOS
DE AMÉRICA LATINA
HOMILÍA DEL
SANTO PADRE
PABLO VI
24 de agosto de 1968
 
Venerados, queridos, carísimos Hermanos:
BENEDICAMUS DOMINO! Bendecimos y damos gracias al Señor que nos concede este fraternal encuentro. Saludamos a todos y a cada uno de vosotros con la veneración, con el afecto, con la profundidad y la riqueza de sentimientos que la caridad de nuestro Señor y la elección común al gobierno pastoral y al servicio generoso de la Iglesia pueden suscitar en el corazón del humilde sucesor de Pedro. Y con vosotros saludamos y bendecimos a todos los Obispos y Ordinarios de América Latina, representados aquí por vosotros, a los Sacerdotes, Religiosos y Religiosas y a todos los fieles, a toda la Santa Iglesia católica de este gran continente.
Venerables Hermanos! No podemos ocultaros la viva emoción que invade nuestro espíritu en estos momentos. Nos mismo estamos maravillado de encontrarnos entre vosotros. La primera visita personal del Papa a sus Hermanos y a sus Hijos en América Latina, no es en verdad un sencillo y singular hecho de crónica; es, a nuestro parecer, un hecho histórico, que se insiere en la larga, compleja y fatigosa acción evangelizadora de estos inmensos territorios y que con ello la reconoce, la ratifica, la celebra y al mismo tiempo la concluye en su primera época secular; y, por una convergencia de circunstancias proféticas, se inaugura hoy con esta visita un nuevo período de la vida eclesiástica. Procuremos adquirir conciencia exacta de este feliz momento, que parece ser por divina providencia conclusivo y decisivo. Quisiéramos deciros tantas cosas sobre vuestro pasado misionero y pastoral y rendir honor a cuantos han trazado los surcos del Evangelio en estos campos tan amplios, tan inaccesibles, tan abiertos y tan difíciles al mismo tiempo para la difusión de la fe y para la sincera vitalidad religiosa y social. Ha sido plantada la Cruz de Cristo, ha sido dado el nombre católico, se han realizado esfuerzos sobrehumanos para evangelizar estas tierras, se han llevado a cabo grandes e innumerables obras, se han conseguido, con escasez de hombres y de medios, resultados dignos de admiración, en resumen, se ha difundido por todo el continente el nombre del único Salvador Jesucristo, ha sido construida la Iglesia, ha sido difundido un Espíritu cuyo calor e impulso hoy estamos sintiendo. ¡Dios bendiga la grande obra! Dios bendiga a aquellos que han gastado su vida. ¡Dios bendiga a vosotros, Hermanos carísimos que estáis consagrados a esta empresa gigantesca!
La obra, como todos sabemos, no está acabada. Más aún, el trabajo realizado denuncia sus límites, pone en evidencia las nuevas necesidades, exige algo nuevo y grande. El porvenir reclama un esfuerzo, una audacia, un sacrificio que ponen en la Iglesia un ansia profunda. Estamos en un momento de reflexión total. Nos invade como una ola desbordante, la inquietud característica de nuestro tiempo, especialmente de estos Países, proyectados hacia su desarrollo completo, y agitados por la conciencia de sus desequilibrios económicos, sociales, políticos y morales. También los Pastores de la Iglesia, -¿no es verdad?- hacen suya el ansia de los pueblos en esta fase de la historia de la civilización; y también ellos, los guías, los maestros, los profetas de la fe y de la gracia advierten la inestabilidad que a todos nos amenaza. Nos compartimos vuestra pena y vuestro temor, Hermanos. Desde lo alto de la mística barca de la Iglesia, también Nos y no en menor grado, sentimos la tempestad que nos rodea y nos asalta. Pero escuchad también de nuestros labios, Hermanos, vosotros - personalmente más fuertes y más valientes que Nos mismo -, la palabra de Jesús, con la cual El, presentándose entre las olas borrascosas, en una noche llena de peligros, gritó a sus discípulos que navegaban: « Soy Yo, no temáis » (Matth. 14, 27). Sí, Nos queremos repetiros esa exhortación del Maestro: « No temáis » (Luc. 12, 32). Esta es para la Iglesia una hora de ánimo y de confianza en el Señor.

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