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domingo, 1 de junio de 2014

Ascensión del Señor - Mons. Fulton Sheen


La Ascensión del Señor
 
Durante aquellos cuarenta días después de su resurrección, Nuestro Salvador estuvo preparando a sus apóstoles a sobrellevar la ausencia de Él mediante el Consolador que había de enviarles.
Por espacio de cuarenta días fue visto por ellos y les habló de las cosas concernientes al reino de Dios (Hechos 1, 3).
No fue éste un período en el que Jesús dispensara dones, sino más bien durante el cual les dio leyes y preparó la estructura de su cuerpo místico, la Iglesia. Moisés había ayunado unos días antes de promulgar la ley; Elías ayunó cuarenta días antes de la restauración de la ley; y ahora, al cabo de cuarenta días de haber resucitado, el Señor dejó asentados los pilares de su Iglesia y estableció la nueva ley del evangelio. Pero los cuarenta días tocaban a su fin, y Jesús les invita a que esperaran el día cincuenta o Pentecostés, el día del jubileo.
Cristo los condujo hasta Betania, que era donde había de desarrollarse la escena de la despedida; no en Galilea, sino en Jerusalén, donde había sufrido, tendría efecto su ascensión a la morada del Padre celestial. Terminado su sacrificio, en el momento en que se disponía a subir a su trono celestial, levantó las manos, que ostentaban la marca de los clavos. Aquel ademán sería uno de los últimos recuerdos que del Maestro conservarían los apóstoles. Las manos se elevaron primero hacia el cielo y bajaron luego hacia la tierra como si quisiera hacer descender bendiciones sobre los hombres. Las manos horadadas distribuyen mejor las bendiciones. En el libro Levítico, después de la lectura de la profética promesa del Mesías, venía la bendición del sumo sacerdote; así también, tras mostrar que todas las profecías habíanse cumplido en Él, Jesús se dispuso a entrar en el santuario celestial. Las manos que sostenían el cetro de autoridad en el cielo y sobre la tierra dieron ahora la bendición final:

sábado, 22 de marzo de 2014

Domingo III de cuaresma (ciclo a) Mons. Fulton Sheen

Mons. Fulton J. Sheen
LA MUJER JUNTO AL POZO

En el jardín de todo corazón se libra de continuo un gran combate. Sólo Dios y el alma lo conocen. Así como los planetas afectan a las plantas, como la luna de un modo o de otro influye en todas las mareas del mundo, así todo corazón es alcanzado por los influjos de otro mundo.
Uno de los más hermosos relatos sobre las pugnas que se libran en el alma, es el de la mujer junto al pozo.
El lugar del hecho fue Samaría, región situada entre Judea y Galilea, en Palestina. Galilea está al Norte, Judea al Sur y entre ambas se halla Samaría.
Como podéis deducirlo, el Buen Samaritano procedía de Samaría. En el año 722 antes de Cristo, Asiria deportó a muchos habitantes de Samaría y también exportó a esa región a muchos asirios. Este intercambio de sangre y religión produjo una raza híbrida: mitad judía y mitad asiria. Por el año 409 a.C. los samaritanos levantaron un templo propio en el Monte Garizim.
Mediaba una notable enemistad entre los judíos y los samaritanos. Estos últimos arrojaban frecuentemente huesos humanos dentro del templo de Jerusalén para profanarlo, mancillarlo, y detener así las solemnidades de los ritos religiosos. Por esa razón, los judíos no querían pasar por Samaría cuando estaban en camino a Galilea. Los judíos solían anunciar a las personas de su religión que habitaban lejos, la celebración de tales o cuales fiestas, encendiendo fuegos en las cumbres de las colinas; los samaritanos, entonces, dos o tres días antes encendían otros fuegos para confundir a sus enemigos los judíos.

sábado, 1 de febrero de 2014

La presentación del Señor - Mons. Fulton Sheen

La presentación en el templo
 
En Belén habíase encontrado en un exilio; en la circuncisión fue un salvador anticipado; ahora, en la presentación, se convertía en un signo de contradicción. Cuando Jesús fue circuncidado, María fue purificada, aunque Él no necesitaba lo primero, porque era Dios, y ella no necesitaba lo segundo, porque había sido concebida sin pecado.
El hecho del pecado en la naturaleza humana viene subrayado no sólo por la necesidad de sufrir dolor para expiarlo en la circuncisión, sino también por la necesidad de purificación. Desde que Israel había sido liberado de la tiranía de los egipcios, una vez el ángel exterminador hubo dado muerte a los primogénitos de aquéllos, los judíos consideraron siempre a sus hijos primogénitos como dedicados a Dios.
Cuarenta días después de su nacimiento, que era el término indicado para un hijo varón, según la ley de Moisés, Jesús fue llevado al templo. En el Éxodo se decretaba que el primogénito pertenecía a Dios. En el libro de los Números, la tribu de Leví fue segregada de las demás tribus para desempeñar la función sacerdotal, y esta dedicación sacerdotal se entendía como substitución del sacrificio del primogénito, rito que jamás fue practicado. Pero, cuando el divino Niño fue llevado al templo por María, la ley de la consagración del primogénito fue observada en todos sus detalles, ya que la dedicación de este Niño al Padre era absoluta y lo conduciría hasta la cruz.
Encontramos aquí otro ejemplo de cómo Dios en su forma humana compartió la pobreza de la humanidad. Las ofrendas tradicionales para la purificación eran un cordero y una tórtola si los padres eran ricos, y dos tórtolas o dos palomas si los padres eran pobres. Así, la madre que trajo al mundo al Cordero de Dios no tuvo ningún cordero que ofrecer... salvo el Cordero de Dios. Dios fue presentado al templo a la edad de cuarenta días. Unos treinta años más tarde, Él mismo reclamaría el templo y lo emplearía como símbolo de su propio cuerpo, en el que habitaba la plenitud de la Divinidad. Ahora no era solamente el primogénito de María el que era presentado, sino el primogénito del eterno Padre. Siendo el primogénito del Padre, era presentado ahora como el primogénito de una humanidad restaurada. Una nueva raza comenzaba por medio de Él.

domingo, 14 de abril de 2013

Domingo III de pascua (ciclo c) - Mons. Fulton Sheen

El amor como condición de autoridad

Después de lo sucedido en Jerusalén durante la semana de la pascua, los apóstoles regresaron a sus hogares de origen, particularmente a orillas del lago de Galilea, tan lleno para ellos de tiernos recuerdos. Mientras estaban pescando, el Señor les había llamado para que fueran «pescadores de hombres». Galilea sería ahora el teatro del último milagro del Señor, tal como lo había sido del primero, cuando convirtió el agua en vino. En la primera ocasión no había «vino»; en esta última no había «pescado». En ambas nuestro Señor formuló un mandato: en Caná, que fueran a llenar las tinajas; en Galilea, que echaran las redes al lago. En uno y otro caso el resultado fue abundancia de vino y de pescado respectivamente; Caná tuvo sus seis tinajas de agua llenas del vino de la mejor calidad, y fue servido al final de todo; Galilea tuvo repletas sus redes de pescado.

sábado, 23 de febrero de 2013

Domingo II cuaresma (ciclo C) - Mons. Fulton Sheen

La Transfiguración

Tres escenas importantes en la vida de nuestro Señor tuvieron efecto en las montañas. En una de ellas predicó las bienaventuran­zas, la práctica de las cuales acarrearía la cruz de parte del mundo; en la segunda manifestó la gloria que aguardaba detrás de la cruz; en la tercera se ofreció a sí mismo a la muerte como preludio de su gloria y la de todos aquellos que habrían de creer en su nombre.
El segundo incidente ocurrió sólo unas pocas semanas antes del acontecimiento del Calvario, cuando llevó a una montaña a sus discípulos Pedro, Santiago y Juan; Pedro, la «Roca»; Santiago, al destinado a ser el primero de los apóstoles mártires, y Juan, el visionario de la futura gloria del Apocalipsis. Estos tres se halla­ban presentes en el momento en que Jesús resucitó de entre los muertos a la hija de Jairo. Los tres necesitaban aprender la lec­ción de la cruz y rectificar su falsa concepción del Mesías. Pedro había protestado con vehemencia contra la cruz, mientras que San­tiago y Juan habían ambicionado un trono en el futuro reino de los cielos. Los tres dormirían más adelante en el huerto de Get­semaní, durante la agonía del Señor. Para creer en su Calvario tenían que ver la gloria que resplandecía detrás del escándalo de la cruz.

sábado, 2 de febrero de 2013

IV domingo durante el año (ciclo c) - Mons. Fulton Sheen


Jesús es rechazado en Nazaret

Se comprende que el pueblo de Nazaret, que había visto crecer en medio de él a Jesús, se sorprendiera al oírle proclamarse a sí mismo el Ungido de Dios de que había hablado Isaías. Ahora se encontraban ante esta disyuntiva: o le aceptaban como el que venía a dar cumplimiento a la profecía, o se rebelaban contra Él. El privilegio de ser la cuna del tan esperado Mesías y de aquel al que el Padre celestial había proclamado en el río Jordán como su divino Hijo, era demasiado para ellos, debido a la familiaridad que tenían con Él. Preguntaron:
"¿No es éste el carpintero, el hijo de María?"
(Mc 6, 3)

sábado, 22 de septiembre de 2012

Domingo XXV (ciclo b) - Mons. Fulton Sheen

La segunda disputa: Cafarnaúm
El segundo anuncio de su muerte, hecho de una manera abierta, tuvo efecto después de la transfiguración y tras haber expulsado a un demonio del cuerpo del muchacho obseso. El Maestro y los apóstoles se dirigían a Cafarnaúm. Los numerosos milagros que el Señor había obrado entre Cesarea de Fillpos y Cafarnaúm habían puesto a los apóstoles en un gran estado do excitación,
Todos estaban atónitos ante la grandeza de Dios
                                                                    (Lc 9, 43)
Los apóstoles empezaron a convertir el poder divino en la esperanza de un reino terrestre y en una soberanía humana, a despecho de las graves lecciones recibidas acerca de la cruz. A nuestro Señor le pareció mal aquella especie de excitación religiosa que quería dejar a la humanidad sin redimir.
Y maravillándose todos de todas las cosas que hacía,
Jesús dijo a sus discípulos: “Poned en estas palabras en vuestros oídos:
Porque el Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres.
(Lc 9, 43-44)

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