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martes, 3 de noviembre de 2020
jueves, 3 de septiembre de 2020
martes, 26 de mayo de 2020
Meditaciones del tiempo pascual con textos de Santo Tomás de Aquino 45
Martes de la séptima semana de Pascua
LA CONFIANZA EN EL PADRE CELESTIAL
Por las palabras del
Padre nuestro: que estás en los cielos, se nos anima a orar con confianza por
tres motivos: el poder de aquel a quien pedimos, la familiaridad con nosotros y
la oportunidad de nuestra oración.
I. El poder de aquel a
quien pedimos está indicado, si entendernos por los cielos los cielos
corpóreos. Y aun cuando Dios no esté circunscrito por lugares corpóreos, como
está escrito: ¿acaso no lleno yo el cielo y la tierra? (Jer 23, 24), sin
embargo, se dice que está en los cielos corpóreos para indicar dos cosas: la
virtud de su poder, y la sublimidad de su naturaleza. Lo primero va contra los
que dicen que todas las cosas provienen necesariamente del destino de los cuerpos
celestes, y, según esta opinión, es inútil pedir algo a Dios por medio de la
oración. Pero esto es una necedad, pues se dice que Dios está en los cielos
como Señor de los cielos y de las estrellas. Lo segundo va contra los que en la
oración se forjan de Dios imágenes corporales y fantásticas. Pero se dice en
los cielos, para significar, por lo que hay de más elevado en las cosas
sensibles, que la sublimidad divina excede a todas las cosas, aun al deseo y al
entendimiento del hombre; por lo tanto, todo cuanto puede pensarse o desearse
es menor que Dios. Por eso se dice en Job: Ciertamente Dios es grande, que
sobrepuja nuestro saber (36, 26).
sábado, 4 de abril de 2020
viernes, 3 de abril de 2020
sábado, 29 de febrero de 2020
El Catecismo de la Iglesia Católica comentado 2 (Por Mons. José Ignacio Munilla)
Catecismo 1
PROLOGO
La vida del hombre: conocer y amar a Dios 1
Mons. JOSE IGNACIO MUNILLA
PRÓLOGO y NÚMERO 1
PRÓLOGO
"PADRE, esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único
Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo" (Jn 17,3). "Dios, nuestro Salvador... quiere que todos
los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad" (1Tm 2,3-4). "No hay bajo el
cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos
salvarnos" (Hch 4,12),
sino el nombre de Jesús.
1 Dios, infinitamente perfecto y bienaventurado en sí mismo,
en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para hacerle
partícipe de su vida bienaventurada. Por eso, en todo tiempo y en todo lugar,
se hace cercano del hombre: le llama y le ayuda a buscarle, a conocerle y a
amarle con todas sus fuerzas. Convoca a todos los hombres, que el pecado
dispersó, a la unidad de su familia, la Iglesia. Para lograrlo, llegada la
plenitud de los tiempos, envió a su Hijo como Redentor y Salvador. En Él y por
Él, llama a los hombres a ser, en el Espíritu Santo, sus hijos de adopción, y
por tanto los herederos de su vida bienaventurada.
Prólogo
"PADRE, esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único
Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo" (Jn 17,3). "Dios, nuestro
Salvador... quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento
pleno de la verdad" (1Tm 2,3- 4). "No hay bajo el cielo otro nombre
dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos" (Hch 4,12), sino
el nombre de Jesús.
Tiene su importancia por dónde comienza el Catecismo, eso no es
baladí. A la hora de comenzar a exponer tantas cosas, uno dice bueno por dónde
empezamos. Sin duda alguna, el ver por dónde comienza el Catecismo es también
indicativo de en qué se quiere poner el acento.
Quiere desde el comienzo mostrar sus cartas, desde el comienzo
quiere ir a lo esencial, quiere ir al corazón del meollo, no empezar un
discurso por cuestiones periféricas en las que uno se pierde y como si fuesen
los lectores del Catecismo se desenganchan o se desencantan porque resulta que
ha comenzado el Catecismo en lugar de ir a la esencia de lo que quiere enseñar
pues se ha ido por las ramas. Lógicamente el Catecismo quiere ir a lo esencial.
Juan 17, 3:
3 Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios
verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo.
Por lo tanto, primera convicción desde la que parte el Catecismo:
la primera convicción es que la vida eterna, el sentido de la existencia
consiste en que el hombre no camine a ciegas, no de palos de ciego como se
dice, sino que el hombre viva de cara a la realidad, que el hombre conozca a
Dios, conozca a su Padre, conozca de dónde ha venido, conozca a dónde va.
lunes, 23 de octubre de 2017
viernes, 18 de julio de 2014
Dios y sus perfecciones - La fe explicada (2)
PARTE I: EL CREDO
CAPÍTULO II: DIOS Y SUS
PERFECCIONES
¿Quién es Dios? Una vez leí que un
catequista pretendía haber perdido la fe cuando un niño le preguntó: «¿Quién
hizo a Dios»? y súbitamente se dio cuenta que no tenía respuesta que darle.
Cuesta creerlo, porque me parece que
alguien con suficiente talento para enseñar en una catequesis tendría que saber
que la respuesta es «Nadie».
La prueba principal de la existencia de
Dios yace en el hecho de que nada sucede a no ser que algo lo cause. Los
bizcochos no desaparecen del envase a no ser que los dedos de alguien se los
lleven. Un nogal no brota del suelo si antes no cayó allí una nuez. Los
filósofos enuncian este principio diciendo que «cada efecto debe tener una
causa».
Así, si nos remontamos a los orígenes de
la evolución del universo físico (un millón de años, o un billón, o lo que los
científicos quieran), llegaremos al fin a un punto en que nos tendremos que
preguntar: «Estupendo, pero ¿quién lo puso en marcha? Alguien tuvo que echar a andar
las cosas o no habría universo. De la nada, nada viene.» Los bebés vienen de
sus papás, y las flores de semillas, pero tiene que haber un punto de partida.
Ha de haber alguien no hecho por otro, ha de haber alguien que haya existido
siempre, alguien que no tuvo comienzo. Ha de haber alguien con poder e
inteligencia sin límites, cuya propia naturaleza sea existir.
Ese alguien existe, y ese Alguien es
exactamente Aquel a quien llamamos Dios. Dios es el que existe por naturaleza
propia. La única descripción exacta que podemos dar de Dios es decir que es «el
que es». Por eso, la respuesta al niño preguntón es sencillamente: «Nadie hizo
a Dios. Dios ha existido siempre y siempre existirá.» Expresamos el concepto de
Dios, el que sea el origen de todo ser, por encima y más allá de todo lo que
existe, diciendo que es el Ser Supremo. De ahí se sigue que no puede haber más
que un Dios. Hablar de dos (o más) seres supremos sería una contradicción.
La misma palabra «supremo» significa
«por encima de los demás». Si hubiera dos dioses igualmente poderosos, uno al
lado del otro, ninguno de ellos sería supremo. Ninguno tendría el infinito
poder que Dios debe tener por naturaleza. El «infinito» poder de uno anularía
el «infinito» poder del otro. Cada uno sería limitado por el otro. Como dice
San Atanasio: «Hablar de varios dioses igualmente omnipotentes es como hablar
de varios dioses igualmente impotentes.» Hay un solo Dios y es Espíritu Para
entenderlo tenemos que saber que los filósofos distinguen dos clases de sustancias:
espirituales y físicas. Una sustancia física es la hecha de partes. El aire que
respiramos, por ejemplo, está compuesto de nitrógeno y oxígeno. Estos, a su
vez, de moléculas, y las moléculas de átomos, y los átomos de neutrones,
protones y electrones. Cada trocito del universo material está hecho de
sustancias físicas. Las sustancias físicas llevan en sí los elementos de su
propia disolución, ya que sus partes pueden separarse por corrupción o
destrucción.
martes, 15 de julio de 2014
Itinerario de la mente a Dios - San Buenaventura
PRÓLOGO DEL ITINERARIO DEL ALMA A DIOS
1. En el principio invoco
al primer Principio, de quien descienden todas las iluminaciones como del Padre
de las luces, de quien viene toda dádiva preciosa y todo don perfecto, es
decir, al Padre eterno por su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, a fin de que con
la intercesión de la Santísima Virgen María, madre del mismo Dios y Señor
nuestro, Jesucristo, y con la del bienaventurado Francisco, nuestro guía y
padre, tenga a bien iluminar los ojos de nuestra mente para dirigir nuestros
pasos por el camino de aquella paz que sobrepuja a todo entendimiento. Paz que
evangelizó y dio Nuestro Señor Jesucristo, de cuya predicación fue repetidor
nuestro padre Francisco, quien en todos sus discursos, tanto al principio como
al fin, anunciaba la paz en todos sus saludos deseaba la paz, y en todas sus
contemplaciones suspiraba por la paz extática, como ciudadano de aquella
Jerusalén, de la que dice el varón aquel de la paz, que era pacífico con los
que aborrecían la paz: Pedid los bienes de la paz para Jerusalén. Porque sabía
que e trono de Salomón está asentado en la paz, según está escrito: Fijó su
habitación en la paz y su morada en Sión.
2. En vista de esto,
buscando, con vehementes deseos esta paz, a imitación del bienaventurado padre
Francisco yo pecador que, aunque indigno, soy, sin embargo, su séptimo sucesor
en el gobierno de los frailes, aconteció que a los treinta y tres años después
de la muerte del glorioso Patriarca, me retiré, por divino impulso, al monte
Alverna como a lugar de quietud, con ansias de buscar la paz del alma. Y
estando allí, a tiempo que disponía en mi interior ciertas elevaciones
espirituales a Dios, vínome a la memoria, entre otras cosas, aquella maravilla
que en dicho lugar sucedió al mismo bienaventurado Francisco, a saber: la
visión que tuvo del alado Serafín, en figura del Crucificado. Consideración en
la que me pareció al instante que tal visión manifestaba tanto la suspensión
del mismo Padre, mientras contemplaba, como el camino por donde se llega a ella.
3. Porque por las seis alas
bien pueden entenderse seis iluminaciones suspensivas, las cuales, a modo de
ciertos grados o jornadas, disponen el alma para pasar a la paz, por los
extáticos excesos de la sabiduría cristiana. Y el camino no es otro que el
ardentísimo amor al Crucificado, el cual de tal manera transformó en Cristo a
San Pablo, arrebató hasta el tercer cielo, que vino a decir: Clavado estoy en
la cruz junto con Cristo: yo vivo, o más bien, no soy yo el que vivo, sino que
Cristo vive en mí; amor que así absorbió también el alma de Francisco, que la
puso manifiesta en la carne, mientras, por un bienio antes de la muerte, llevó
en su cuerpo las sacratísimas llagas de la Pasión. Así que la figura de las
seis alas seráficas da a conocer las seis iluminaciones escalonadas que
empiezan en las criaturas y llevan hasta Dios, en quien nadie entra rectamente
sino por el Crucificado Y en verdad, que no entra por la puerta, sino que sube
por otra parte, el tal es ladrón y salteador. Mas quien por esta puerta
entrare, entrará y saldrá y hallará pastos. Por lo cual dice San Juan en el
Apocalipsis: Bienaventurados los que lavan sus vestiduras en la sangre del
Cordero para tener derecho al árbol de la vida y a entrar por las puertas de la
ciudad Como si dijera: No puede penetrar uno por la contemplación en la
Jerusalén celestial, si no es entrando por la sangre del Cordero como por la
puerta. Nadie, en efecto, está dispuesto en manera alguna para las
contemplaciones divinas que llevan a los excesos mentales, si no es, con
Daniel, varón de deseos. Y los deseos se inflaman en nosotros de dos modos: por
el clamor de la oración, que exhala en alaridos los gemidos del corazón, y por
el resplandor de la especulación, por la que el alma directísima e
intensísimamente se convierte a los rayos de la luz.
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martes, 21 de mayo de 2013
El misterio de la Santísima Trinidad
El misterio de la Santísima Trinidad nos enseña que en Dios hay Tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo; pero que las tres tienen una misma Naturaleza divina, y en consecuencia son un solo Dios.
1 EL MISTERIO DE LA TRINIDAD DE PERSONAS EN LA UNIDAD DE DIOS
1.1 El misterio
"Es necesario que el misterio del Hijo de Dios hecho hombre y el misterio de la Santísima Trinidad ,que forman parte de las verdades principales de la Revelación, iluminen con la pureza de la verdad la vida de los cristianos-
(S.C. para la Doctrina de la Fe, Decl. Para defender la fe contra algunos errores actuales acerca de los misterios de la Encarnación y de la Santísima Trinidad , 21-11-1972 AAS 64¨, 1972,1, pp. 237-246, n. 1).
El misterio de la Santísima Trinidad nos enseña que en Dios hay Tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo; pero que las tres tienen una misma Naturaleza divina, y en consecuencia son un solo Dios. Este misterio es un dogma de fe definido: cfr. Dz. 39, 54, 86, 703, etc.
Las palabras "naturaleza" y "persona", no se toman aquí en el sentido corriente de los términos, sino de acuerdo con el lenguaje filosófico, que es más preciso. La naturaleza o esencia de los seres es aquello que hace que las cosas sean lo que son; el principio que las capacita para actuar como tal (por ejemplo, la naturaleza del hombre es ser animal racional compuesto de alma y cuerpo), La persona, en cambio, es el sujeto que actúa (por ejemplo un hombre concreto con un nombre: Pancho Tiznado Téllez, que actúa de acuerdo a su naturaleza: piensa, quiere, trabaja, etc.). Así es claro que en cada hombre hay una sola naturaleza y una sola persona. En Dios, en cambio, no ocurre así: una sola Naturaleza sustenta a una Trinidad de Personas.
La naturaleza de Dios y su obrar
La manera que tenemos
de conocer a Dios y su acción
1 LA NATURALEZA DE DIOS
1.1 Cómo podemos conocerlo
Podemos conocer a Dios por la razón y por la revelación.
En este capítulo se estudian aquellas realidades de la naturaleza divina susceptibles de ser alcanzadas por la razón. A partir del capítulo siguiente el principal apoyo en los desarrollos explicativos será el conocimiento a través de la Revelación.
La razón nos da a conocer la naturaleza de Dios de dos modos:
a) Por acción, atribuyéndole todas las perfecciones que encontramos en las criaturas, y todas las que podamos concebir.
b) Por remoción, removiendo de El todo cuanto las criaturas tienen de limitado e imperfecto.
Esta forma de conocer se llama analógica, es decir, según un grado de semejanza (Dios es bueno ya que vemos que las criaturas son buenas) y otro de desemejanza (Dios no es bueno del mismo modo ni en el mismo grado de las criaturas). A la analogía se sigue la eminencia: Dios es bueno, pero bueno infinitamente.
Así, pues, para el conocimiento racional de la naturaleza divina el punto de partida es la naturaleza de las criaturas y en particular la naturaleza humana: las perfecciones que ésta posee las trasladamos por analogía a la naturaleza divina, elevadas al infinito.
Y así, podemos atribuir a Dios la inteligencia, el poder, la bondad, la ciencia, la belleza, etc. Esta forma de proceder se apoya en un clarísimo texto de San Pablo (Rom. 1, 20-2 1): ". . . las perfecciones invisibles de Dios, su poder eterno y su divinidad, se han hecho visibles después de la creación del mundo, por el conocimiento que de ellas nos dan las criaturas".
miércoles, 24 de abril de 2013
La existencia de Dios ¿es comprobable?
Existencia de Dios
Pbro. Dr. Pablo Arce Gargollo
La existencia de Dios es la verdad fundamental de la religión, el punto de partida. No tendría siquiera sentido hablar de la fe, de la religión o del dogma sin antes dejar sentada esta verdad.
1.1 VERDAD FUNDAMENTAL Y COMPROBABLE
La existencia de Dios es la verdad fundamental de la religión, el punto de partida. No tendría siquiera sentido hablar de la fe, de la religión o del dogma sin antes dejar sentada esta verdad. La razón humana, con su sola fuerza, sin ayuda de lo sobrenatural, puede llegar a demostrar la existencia de Dios, y a deducir muchas de sus perfecciones.
Ciertamente no podemos comprender a Dios, pues siendo infinito, no puede abarcarlo el limitado entendimiento humano; pero podemos conocerlo.
Lo anterior es, además, verdad de fe. El Concilio Vaticano I afirma que "La misma Santa Madre Iglesia sostiene y enseña que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana partiendo de las cosas creadas" (Const. dogm. Dei Filius, c. 2, Dz. 1785).
lunes, 20 de agosto de 2012
Los errores modernistas - San Pío X - Pascendi
Carta Encíclica
“PASCENDI”
Del Sumo Pontífice
San Pío X
Sobre las doctrinas
“PASCENDI”
Del Sumo Pontífice
San Pío X
Sobre las doctrinas
de los modernistas
Gravedad de los errores modernistas - Exposición de las doctrinas modernistas (La fe - El dogma - Los libros sagrados - La Iglesia - La evolución) - Causas y remedios - Táctica modernista - Remedios eficaces
Introducción
Al oficio de apacentar la grey del Señor que nos ha sido confiada de lo alto, Jesucristo señaló como primer deber el de guardar con suma vigilancia el depósito tradicional de la santa fe, tanto frente a las novedades profanas del lenguaje como a las contradicciones de una falsa ciencia. No ha existido época alguna en la que no haya sido necesaria a la grey cristiana esa vigilancia de su Pastor supremo; porque jamás han faltado, suscitados por el enemigo del género humano, «hombres de lenguaje perverso»(1), «decidores de novedades y seductores»(2), «sujetos al error y que arrastran al error»(3).
Gravedad de los errores modernistas
1. Pero es preciso reconocer que en estos últimos tiempos ha crecido, en modo extraño, el número de los enemigos de la cruz de Cristo, los cuales, con artes enteramente nuevas y llenas de perfidia, se esfuerzan por aniquilar las energías vitales de la Iglesia , y hasta por destruir totalmente, si les fuera posible, el reino de Jesucristo. Guardar silencio no es ya decoroso, si no queremos aparecer infieles al más sacrosanto de nuestros deberes, y si la bondad de que hasta aquí hemos hecho uso, con esperanza de enmienda, no ha de ser censurada ya como un olvido de nuestro ministerio. Lo que sobre todo exige de Nos que rompamos sin dilación el silencio es que hoy no es menester ya ir a buscar los fabricantes de errores entre los enemigos declarados: se ocultan, y ello es objeto de grandísimo dolor y angustia, en el seno y gremio mismo de la Iglesia , siendo enemigos tanto más perjudiciales cuanto lo son menos declarados.
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miércoles, 6 de junio de 2012
SAN GREGORIO DE NISA Y EL CAMINO PARA EL CONOCIMIENTO DE DIOS
P. Raniero Cantalamessa OFM Cap
viernes 30 marzo 2012
en la Capilla
Redemptoris Mater,
en presencia del
Santo Padre
Benedicto XVI
1. Las dos dimensiones de la fe
San Agustín hizo, a propósito de la fe, una distinción que se ha mantenido clásica hasta hoy: la distinción entre las cosas que se creen y el acto de creer: “Aliud sunt ea quae creduntur, aliud fides qua creduntur”1, la fides quae y la fides qua, como se dice en la teología. La primera se llama también fe objetiva, y la segunda fe subjetiva. Toda la reflexión cristiana sobre la fe se desarrolla entre estos dos polos.
Se plantean dos enfoques. Por un lado tenemos a aquellos que hacen hincapié en la importancia del intelecto en el creer, por lo tanto la fe objetiva, como asentimiento a las verdades reveladas; del otro lado, aquellos que hacen hincapié en la importancia de la voluntad y el afecto, es decir, la fe subjetiva, el creer en alguien ("creer en"), más que creer en algo ("creer que"); por un lado los que destacan las razones de la mente y del otro, los que, como Pascal, hacen hincapié en "las razones del corazón".
lunes, 2 de abril de 2012
San Anselmo - Proslogion
Reflexión acerca de la fe y el conocimiento de Dios, hecha en forma de oración.
SAN ANSELMO
Obispo y Doctor de la Iglesia
(1033-1109)
PROSLOGION
PROEMIO
Después de haber presentado en un opúsculo, cediendo a los ruegos de algunos hermanos, que pudiese servir de ejemplo de meditación de los misterios de la fe a un hombre que busca en silencio consigo mismo descubrir lo que ignora, me he dado cuenta que esta obra tenía el inconveniente de hacer necesario el encadenamiento de un buen número de raciocinios. Desde ese momento comencé a pensar si no sería posible encontrar una sola prueba que no necesitase para ser completa más que de sí misma y que demostrase que Dios existe verdaderamente; que es el bien supremo que no necesita de ningún otro principio, y del cual, por el contrario, todos los otros seres tienen necesidad para existir y ser buenos; que apoyase, en una palabra, con razones sólidas y claras, todo lo que creemos de la substancia divina. Al revolver con infatigable atención estos pensamientos en mi mente, me parecía unas veces que iba a obtener lo que buscaba, y otras que la solución de esta dificultad se desvanecía para siempre y enteramente de mi espíritu. Desesperado, por fin, de llegar a ello, decidí dejarlo como algo cuya búsqueda era vana e imposible de obtener. En el temor de que este pensamiento ocupando inútilmente mi espíritu, le apartase de otros objetos en el estudio de los cuales podía hacer útiles progresos, quise alejarle completamente de mí. Pero cuanto más me defendía contra esta idea y menos quería darle entrada, más me perseguía ella con una especie de importunidad. Un día, pues, cansado ya de resistir a esta persecución importuna, en la lucha misma de mis pensamientos, se ofreció la idea que ya desesperaba de encontrar, y la acogí con tanto entusiasmo como cuidado había puesto en rechazarla.
Pensando en seguida que lo que yo había encontrado con tanto placer podría, si era desarrollado por escrito, causar otro tanto al que lo leyese, escribí sobre este tema y algunos otros el opúsculo siguiente, en el cual hago hablar a una persona que busca elevar su alma a la contemplación de Dios y que se esfuerza en comprender lo que cree. Y como ni el primer tratado ni éste me parecen merecer el nombre de libro, ni ser bastante considerables para que se colocase al frente el nombre del autor, pero que, sin embargo, era necesario que tuviesen un título que invitase a leerlos a aquellos en cuyas manos podrían caer, les puse uno a cada uno de ellos, y designé al primero por estas palabras: Ejemplo de meditación sobre el fundamento racional de la fe; y al segundo por éstas: La fe buscando apoyarse en la razón.
Pero como fueron transcritos después por varios con esos títulos, me persuadieron algunas personas, y entre ellas el reverendo arzobispo de Lyón, Hugo, legado apostólico de la Galia, más bien me ordenó con su autoridad apostólica que pusiera en él mi nombre. Para que esto fuera más fácil, intitulé a uno Monologium, es decir, conversación conmigo mismo, y el otro Proslogium, es decir, alocución.
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