La comunión a los divorciados en nueva
unión no es posible
El
Magisterio es claro y no es modificable
La célula básica de la sociedad, que es la familia, está
atravesando un período de evolución extraordinariamente rápido. Ahora parecen
obvias las relaciones prematrimoniales y casi normales los divorcios, muy a
menudo como resultado de la ruptura de la fidelidad conyugal. Nos alejamos así
de la tradicional fisonomía familiar, en los países y civilizaciones signadas
por el cristianismo.
En las últimas
décadas, entonces, al menos en Occidente, caminamos hacia territorios
inexplorados. Han ganado terreno, de hecho, las ideas de «género» y «matrimonio
homosexual».
En la raíz de todo
esto se halla la primacía y casi la absolutización de la libertad individual y
el sentimiento personal. Así, la relación de parentesco debe ser flexible a
voluntad y no rígida, hasta desaparecer o a ser prácticamente irrelevante.
En la misma lógica
de que esta vinculación debe ser accesible a todo tipo de pareja, basado en la
demanda de la plena igualdad que no acepta ninguna diferencia, vemos
especialmente las que se relacionan con una voluntad externa, ya sea humana
(leyes civiles) o divina (ley natural).
Sin embargo,
permanece todavía fuerte y generalizado, el deseo de tener una familia y una
familia estable: deseo que se traduce en la realidad de muchas familias
«normales» y muchas familias auténticamente cristianas. Estas últimas son una
minoría, pero consistente y suficientemente motivada.
