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lunes, 21 de abril de 2014
sábado, 12 de abril de 2014
Domingo de Ramos - Juan Pablo II 2002
No nos
avergoncemos
de la cruz
DOMINGO DE RAMOS
Y DE LA PASIÓN DEL SEÑOR
HOMILÍA DEL
SANTO PADRE
JUAN PABLO
II
24 de marzo de 2002
24 de marzo de 2002
1. "Pueri
hebraeorum, portantes ramos olivarum... Los niños hebreos, llevando ramos
de olivo, salieron al encuentro del Señor".
Así
canta la antífona litúrgica que acompaña la solemne procesión con ramos de
olivo y de palma en este domingo, llamado precisamente de Ramos y de la Pasión
del Señor. Hemos revivido lo que sucedió aquel día: en medio de la
multitud llena de alegría en torno a Jesús, que montado en un pollino entraba
en Jerusalén, había muchísimos niños. Algunos fariseos querían que Jesús los
hiciera callar, pero él respondió que si ellos callaban, gritarían las piedras
(cf. Lc 19, 39-40).
También
hoy, gracias a Dios, hay un gran número de jóvenes aquí, en la plaza de San
Pedro. Los "jóvenes
hebreos" se han convertido en muchachos y muchachas de todas las naciones,
lenguas y culturas. Queridos
jóvenes, ¡sed bienvenidos! Os dirijo a cada uno mi más cordial saludo. Esta cita
nos proyecta hacia la próxima Jornada
mundial de la juventud, que se celebrará en Toronto, ciudad canadiense, una
de las más cosmopolitas del mundo. Allí ya se encuentra la Cruz de los jóvenes,
que hace un año, con ocasión del domingo de Ramos, los jóvenes italianos
entregaron a sus coetáneos canadienses.
2. La
cruz es el centro de esta liturgia. Vosotros, queridos jóvenes, con vuestra
participación atenta y entusiasta en esta solemne celebración, mostráis que no
os avergonzáis de la cruz. No teméis la cruz de Cristo. Es más, la amáis y la
veneráis, porque es el signo del Redentor muerto y resucitado por nosotros.
Quien cree en Jesús crucificado y resucitado lleva la cruz en triunfo, como
prueba indudable de que Dios es amor. Con la entrega total de sí, precisamente
con la cruz, nuestro Salvador venció definitivamente el pecado y la muerte. Por
eso aclamamos con júbilo: "Gloria y alabanza a ti, oh Cristo, porque
con tu cruz has redimido al mundo".
3. "Cristo
por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios
lo levantó sobre todo, y le concedió el nombre que está sobre todo nombre"
(Aclamación antes del Evangelio). Con estas palabras del apóstol san
Pablo, que ya han resonado en la segunda lectura, acabamos de elevar nuestra aclamación
antes del comienzo de la narración de la Pasión. Expresan nuestra fe: la
fe de la Iglesia.
Pero la
fe en Cristo jamás se da por descontada. La lectura de su Pasión nos
sitúa ante Cristo, vivo en la Iglesia. El misterio pascual, que reviviremos durante
los días de la Semana santa, es siempre actual. Nosotros somos hoy los
contemporáneos del Señor y,
como la gente de Jerusalén, como los discípulos y las mujeres, estamos llamados
a decidir si estamos con él o escapamos o somos simples espectadores de su
muerte.
Todos
los años, durante la Semana santa, se renueva la gran escena en la que se
decide el drama definitivo,
no sólo para una generación, sino para
toda la humanidad y para cada persona.
viernes, 11 de abril de 2014
La Virgen María junto a la Cruz de Jesús - Juan Pablo II
JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
2 de abril de 1997
2 de abril de 1997
1. Regina caeli laetare,
alleluia!
Así canta la Iglesia durante este
tiempo de Pascua, invitando a los fieles a unirse al gozo espiritual de María,
madre del Resucitado. La alegría de la Virgen por la resurrección de Cristo es
más grande aún si se considera su íntima participación en toda la vida de
Jesús.
María, al aceptar con plena
disponibilidad las palabras del ángel Gabriel, que le anunciaba que sería la
madre del Mesías, comenzó a tomar parte en el drama de la Redención. Su
participación en el sacrificio de su Hijo, revelado por Simeón durante la
presentación en el templo, prosigue no sólo en el episodio de Jesús perdido y
hallado a la edad de doce años, sino también durante toda su vida pública. Sin
embargo, la asociación de la Virgen a la misión de Cristo culmina en Jerusalén,
en el momento de la pasión y muerte del Redentor. Como testimonia el cuarto
evangelio, en aquellos días ella se encontraba en la ciudad santa,
probablemente para la celebración de la Pascua judía.
2. El Concilio subraya la dimensión
profunda de la presencia de la Virgen en el Calvario, recordando que «mantuvo
fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz» (Lumen gentium, 58), y
afirma que esa unión «en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento
de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte» (ib., 57).
Con la mirada iluminada por el
fulgor de la Resurrección, nos detenemos a considerar la adhesión de la Madre a
la pasión redentora del Hijo, que se realiza mediante la participación en su
dolor. Volvemos de nuevo, ahora en la perspectiva de la Resurrección, al pie de
la cruz, donde María «sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio
con corazón de Madre que, llena de amor, daba su consentimiento a la inmolación
de su Hijo como víctima» (ib., 58).
Con estas palabras, el Concilio nos
recuerda la «compasión de María», en cuyo corazón repercute todo lo que Jesús
padece en el alma y en el cuerpo, subrayando su voluntad de participar en el
sacrificio redentor y unir su sufrimiento materno a la ofrenda sacerdotal de su
Hijo. Además, el texto conciliar pone de relieve que el consentimiento que da a
la inmolación de Jesús no constituye una aceptación pasiva, sino un auténtico
acto de amor, con el que ofrece a su Hijo como «víctima» de expiación por los
pecados de toda la humanidad.
miércoles, 2 de abril de 2014
Juan Pablo II desde la casa del Padre nos ve y nos bendice - Card. Ratzinger
MISA DE EXEQUIAS
DEL DIFUNTO PONTÍFICE ROMANO
DEL DIFUNTO PONTÍFICE ROMANO
JUAN PABLO II
HOMILÍA DEL CARD. JOSEPH
RATZINGER
Plaza de San Pedro
Viernes 8 de abril de 2005
Viernes 8 de abril de 2005
«Sígueme», dice el
Señor resucitado a Pedro, como su última palabra a este discípulo elegido para
apacentar a sus ovejas. «Sígueme», esta palabra lapidaria de Cristo puede
considerarse la llave para comprender el mensaje que viene de la vida de
nuestro llorado y amado Papa Juan Pablo II, cuyos restos mortales depositamos
hoy en la tierra como semilla de inmortalidad, con el corazón lleno de tristeza
pero también de gozosa esperanza y de profunda gratitud.
Estos son nuestros
sentimientos y nuestro ánimo. Hermanos y hermanas en Cristo, presentes en la Plaza de San Pedro, en las
calles adyacentes y en otros lugares diversos de la ciudad de Roma, poblada en
estos días de una inmensa multitud silenciosa y orante. Saludo a todos
cordialmente.
También en nombre del
colegio de cardenales saludo con deferencia a los jefes de Estado, de gobierno
y a las delegaciones de los diversos países. Saludo a las autoridades y a los
representantes de las Iglesias y comunidades cristianas, al igual que a los de
las diversas religiones. Saludo a los arzobispos, a los obispos, sacerdotes,
religiosos, religiosas y fieles, llegados de todos los continentes; de forma
especial a los jóvenes que Juan Pablo II amaba definir el futuro y la esperanza
de la Iglesia. Mi
saludo llega también a todos los que en cualquier lugar del mundo están unidos
a nosotros a través de la radio y la televisión, en esta participación coral al
rito solemne de despedida del amado pontífice".
«Sígueme». Cuando era
un joven estudiante, Karol Wojtyla era un entusiasta de la literatura, del
teatro, de la poesía. Trabajando en una fábrica química, circundado y amenazado
por el terror nazi, escuchó la voz del Señor: ¡Sígueme! En este contexto tan
particular comenzó a leer libros de filosofía y de teología, entró después en
el seminario clandestino creado por el cardenal Sapieha y después de la guerra
pudo completar sus estudios en la facultad teológica de la Universidad Jagellónica
de Cracovia. Tantas veces en sus cartas a los sacerdotes y en sus libros
autobiográficos nos habló de su sacerdocio, al que fue ordenado el 1 de
noviembre de 1946. En esos textos interpreta su sacerdocio, en particular a
partir de tres palabras del Señor. En primer lugar esta: «No me habéis elegido
vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que
vayáis y deis fruto, y vuestro permanezca». La segunda palabra es: «El buen
pastor da la vida por sus ovejas». Y finalmente: «Como el Padre me amó, así os
he amado yo. Permaneced en mi amor». En estas palabras vemos el alma entera de
nuestro Santo Padre. Realmente ha ido a todos los lugares, incansablemente,
para llevar fruto, un fruto que permanece. «Levantaos, vamos», es el título de
su penúltimo libro. «Levantaos, vamos». Con esas palabras nos ha despertado de
una fe cansada, del sueño de los discípulos de ayer y hoy. «Levantaos, vamos»,
nos dice hoy también a nosotros. El Santo Padre fue además sacerdote hasta el
final porque ofreció su vida a Dios por sus ovejas y por la entera familia
humana, en una entrega cotidiana al servicio de la Iglesia y sobre todo en
las duras pruebas de los últimos meses. Así se ha convertido en una sola cosa
con Cristo, el buen pastor que ama sus ovejas. Y, en fin, «permaneced en mi
amor»: el Papa, que buscó el encuentro con todos, que tuvo una capacidad de
perdón y de apertura de corazón para todos, nos dice hoy también con estas
palabras del Señor: «Habitando en el amor de Cristo, aprendemos, en la escuela
de Cristo, el arte del amor verdadero».
martes, 25 de marzo de 2014
La disponibilidad de La Virgen María en la Anuciación - Juan Pablo II
HOMILÍA DE
JUAN PABLO II
SANTA MISA
SANTA MISA
EN LA BASÍLICA
DE
LA ANUNCIACIÓN
Nazaret
Nazaret
25 de marzo de 2000
"He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Ángelus).
Beatitud;
hermanos en el episcopado;
padre custodio;
queridos hermanos y hermanas:
1. 25 de marzo del año 2000, solemnidad de la Anunciación en el año del gran jubileo: hoy los ojos de toda la Iglesia se dirigen a Nazaret. He deseado volver a la ciudad de Jesús para sentir una vez más, en contacto con este lugar, la presencia de la mujer de quien san Agustín escribió: "Él eligió a la madre que había creado; creó a la madre que había elegido" (Sermo 69, 3, 4). Aquí es muy fácil comprender por qué todas las generaciones llaman a María bienaventurada (cf. Lc 1, 48).
Saludo con afecto a Su Beatitud el patriarca Michel Sabbah, y le agradezco sus amables palabras de presentación. Junto con el arzobispo Butros Mouallem y todos vosotros, obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, me alegro por la gracia de esta solemne celebración. Me complace tener la oportunidad de saludar al ministro general franciscano, padre Giacomo Bini, que me ha dado la bienvenida a mi llegada, y expresar al custodio, padre Giovanni Battistelli, así como a los frailes de la Custodia la admiración de toda la Iglesia por la devoción con que realizáis vuestra vocación única. Con gratitud rindo homenaje a vuestra fidelidad a la tarea que os confió san Francisco mismo y que han confirmado los Papas a lo largo de los siglos.
2. Nos hallamos reunidos para celebrar el gran misterio realizado aquí hace dos mil años. El evangelista san Lucas sitúa claramente el acontecimiento en el tiempo y en el espacio: "A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José; (...) la virgen se llamaba María" (Lc 1, 26-27). Pero para comprender lo que sucedió en Nazaret hace dos mil años, debemos volver a la lectura tomada de la carta a los Hebreos. Este texto nos permite escuchar una conversación entre el Padre y el Hijo sobre el designio de Dios desde toda la eternidad: "Tú no has querido sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo. No has aceptado holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije: (...) "Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad"" (Hb 10, 5-7). La carta a los Hebreos nos dice que, obedeciendo a la voluntad del Padre, el Verbo eterno viene a nosotros para ofrecer el sacrificio que supera todos los sacrificios ofrecidos en la antigua Alianza. Su sacrificio eterno y perfecto redime el mundo.
lunes, 10 de marzo de 2014
El sentido del ayuno cuaresmal - Juan Pablo II
Juan Pablo II
AUDIENCIA GENERALMiércoles 21 de marzo de 1979
El ayuno penitencial
1. “¡Proclamad el ayuno!” (Jl 1, 14). Son las palabras que escuchamos en la primera lectura del miércoles de ceniza. Las escribió el Profeta Joel, y la Iglesia , en conformidad con ellas, establece la práctica de la Cuaresma , disponiendo el ayuno. Hoy la práctica de la Cuaresma , determinada por Pablo VI en la Constitución Poenitemini , está notablemente mitigada respecto a la de tiempos pasados. En esta materia el Papa dejó mucho a la decisión de las Conferencias Episcopales de cada país, a las que corresponde, por tanto, el deber de adaptar las exigencias del ayuno según las circunstancias en que se encuentran las sociedades respectivas. Pero él recordó que la esencia de la penitencia cuaresmal está constituida no sólo por el ayuno, sino también por la oración y la limosna (obras de misericordia). Es preciso, pues, decidir, según las circunstancias, en qué puede ser “sustituido” el mismo ayuno por obras de misericordia y por la oración. El fin de este período particular en la vida de la Iglesia es siempre y en todas partes la penitencia, es decir, la conversión a Dios. En efecto, la penitencia, entendida como conversión, esto es, metánoia, forma un conjunto que la tradición del Pueblo de Dios ya en la Antigua Alianza y después el mismo Cristo han vinculado, en cierto modo, a la oración, a la limosna y al ayuno.
¿Por qué al ayuno?
viernes, 7 de marzo de 2014
El Papa Emérito Benedicto XVI habla sobre Juan Pablo II
Entrevista
a
Benedicto XVI
sobre Juan Pablo II
Su coraje, santidad y desafíos
Extractos de la primera entrevista
concedida por el papa emérito Benedicto XVI
a Wlodzimierz Redzioch
colaborador de ZENIT
El periodista
polaco Wlodzimierz Redzioch y colaborador de ZENIT, ha sido el primero en
entrevistar a Benedicto XVI desde que es papa emérito. La razón no ha sido otra
que hablar de su predecesor Juan Pablo II. El volumen, titulado "Junto a
Juan Pablo II. Los amigos & los colaboradores cuentan", recoge 21
entrevistas a personas cercanas al beato polaco, la primera de ellas la de
Joseph Ratzinger.
Extractos del
volumen "JUNTO A JUAN PABLO II Los amigos & los colaboradores
cuentan" (ediciones Ares) de Wlodzimierz Redzioch.
"Me parecía
cada vez más claro que Juan Pablo II era un santo"
Extractos de la respuesta del Pontífice emérito a
la primera pregunta sobre su encuentro con Wotjyla.
El primer encuentro consciente que tuve con el cardenal Wojtyla fue en el cónclave en el que fue elegido Juan Pablo I. Durante el Concilio, habíamos colaborado ambos en la Constitución sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, sin embargo fue en secciones diferentes, por lo que no nos habíamos visto. En septiembre de 1978, con ocasión de la visita de los obispos polacos en Alemania, yo estaba en Ecuador como representante de Juan Pablo I. La Iglesia de Munich y Frisinga está unida a la Iglesia ecuatoriana por un hermanamiento realizado por el arzobispo Echevarría Ruiz (Guayaquil) y del cardenal Döpfner. Y así, con mi enorme pesar, perdí la ocasión de conocer personalmente al arzobispo de Cracovia. Naturalmente había oído hablar de su obra de filósofo y pastor, y desde hacía tiempo quería conocerle.
Wojtyla, por su
parte, había leído mi Introducción al Cristianismo, que había citado también en
los ejercicios espirituales predicados por él a Pablo VI y la Curia, en la
Cuaresma de 1976. Por eso era como si interiormente ambos esperásemos
encontrarnos.
Sentí desde el
inicio una gran veneración y una simpatía cordial por el metropolitano de
Cracovia. En el pre-cónclave de 1978 el cardenal Wojtyla analizó para
nosotros de forma asombrosa la naturaleza del marxismo. Pero sobre todo percibí
en seguida con fuerza la fascinación humana que de él emanaba y de como rezaba,
advertí cuan profundamente estaba unido a Dios.
Extractos de la respuesta del Pontífice emérito a
la segunda pregunta, sobre el nombramiento a prefecto de la Congregación para
la Doctrina de la Fe
domingo, 9 de febrero de 2014
Queridos jóvenes, Dios los haga santos, ¡los santos del tercer milenio! - Juan Pablo II
MENSAJE DEL
SANTO PADRE
JUAN PABLO II
PARA LA XVII JORNADA
PARA LA XVII JORNADA
MUNDIAL DE LA JUVENTUD
"Vosotros sois la sal de la tierra...
Vosotros sois la luz del mundo", (Mt 5, 13-14)
Vosotros sois la luz del mundo", (Mt 5, 13-14)
¡Queridos
jóvenes!
1. Aún
permanece muy vivo en mi memoria el recuerdo de los momentos extraordinarios
que hemos vivido juntos en Roma durante el Jubileo del año 2000, cuando habéis
venido en peregrinación a las tumbas de los Apóstoles san Pedro y san Pablo.
Habéis pasado por la Puerta Santa en largas filas silenciosas y os habéis
preparado a recibir el sacramento de la Reconciliación; después, en la vigilia
nocturna y en la Misa de la mañana en Tor Vergata, habéis vivido una intensa
experiencia espiritual y eclesial; robustecidos en la fe, habéis vuelto a casa
con la misión que os he confiado: que seáis, en esta aurora del nuevo milenio,
testigos valientes del Evangelio.
La
celebración de la Jornada Mundial de la Juventud se ha convertido ya en un
momento importante de vuestra vida, como lo ha sido para la vida de la Iglesia.
Os invito, pues, a que comencéis a prepararos para XVIIª edición de este gran
acontecimiento, que se celebrará internacionalmente en Toronto, Canadá, el
verano del próximo año. Será una nueva ocasión para encontrar a Cristo, dar
testimonio de su presencia en la sociedad contemporánea y llegar a ser
constructores de la "civilización del amor y la verdad".
2. "Vosotros
sois la sal de la tierra... vosotros sois la luz del mundo", (Mt 5,13-14):
éste es el lema que he elegido para la próxima Jornada Mundial de la Juventud.
Las dos imágenes, de la sal y la luz, utilizadas por Jesús, son
complementarias y ricas de sentido. En efecto, en la antigüedad se consideraba
a la sal y a la luz como elementos esenciales de la vida humana.
"Vosotros
sois la sal de la tierra....". Como es bien sabido, una de
las funciones principales de la sal es sazonar, dar gusto y sabor a los
alimentos. Esta imagen nos recuerda que, por el bautismo, todo nuestro ser ha
sido profundamente transformado, porque ha sido "sazonado" con la
vida nueva que viene de Cristo (cf. Rm 6, 4). La sal por la que no se
desvirtúa la identidad cristiana, incluso en un ambiente hondamente
secularizado, es la gracia bautismal que nos ha regenerado, haciéndonos vivir
en Cristo y concediendo la capacidad de responder a su llamada para "que
ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios"
(Rm 12, 1). Escribiendo a los cristianos de Roma, san Pablo los exhorta
a manifestar claramente su modo de vivir y de pensar, diferente del de sus
contemporáneos: "no os acomodéis al mundo presente, antes bien
transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis
distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo
perfecto" (Rm 12, 2).
Domingo V durante el año (ciclo a) Juan Pablo II
HOMILÍA DEL
SANTO PADRE
JUAN PABLO
II
Toronto, Parque Downsview
Domingo 28 de julio de 2002
Domingo 28 de julio de 2002
"Vosotros
sois la sal de la tierra...
Vosotros
sois la luz del mundo" (Mt 5, 13-14).
Amadísimos
jóvenes de la XVII Jornada mundial de la juventud;
amadísimos hermanos y hermanas:
amadísimos hermanos y hermanas:
1. En
una montaña, cerca del lago de Galilea, los discípulos de Jesús escuchaban su
voz suave y apremiante: suave como el paisaje mismo de Galilea, apremiante
como una llamada a elegir entre la vida y la muerte, entre la verdad y la
mentira. El Señor pronunció entonces palabras de vida que resonarían para
siempre en el corazón de los discípulos.
Hoy os
dice esas mismas palabras a vosotros, jóvenes de Toronto, de Ontario y de todo
Canadá, de Estados Unidos, del Caribe, de la América de lengua española y
portuguesa, de Europa, de África, de Asia y de Oceanía. Escuchad la voz de
Jesús en lo más íntimo de vuestro corazón. Sus palabras os dicen quiénes
sois como cristianos. Os enseñan qué debéis hacer para permanecer en su
amor.
2.
Jesús ofrece una cosa; el "espíritu del mundo" ofrece otra. En la
lectura de hoy, tomada de la carta a los Efesios, san Pablo afirma que Jesús
nos lleva de las tinieblas a la luz (cf. Ef 5, 8). Tal vez el
gran Apóstol estaba pensando en la luz que lo había cegado a él, el perseguidor
de los cristianos, en el camino de Damasco. Cuando recobró la vista, ya nada
era como antes. Pablo había renacido y ya nada podía quitarle la alegría
que le había inundado el alma.
También
vosotros, queridos jóvenes, estáis llamados a ser transformados.
"Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y te
iluminará Cristo" (Ef 5, 14), dice también san Pablo.
El
"espíritu del mundo" ofrece muchos espejismos, muchas parodias de
la felicidad. Quizá no haya tiniebla más densa que la que se introduce en
el alma de los jóvenes cuando falsos profetas apagan en ellos la luz de la fe,
de la esperanza y del amor. El engaño más grande, la mayor fuente de
infelicidad es el espejismo de encontrar la vida prescindiendo de Dios,
de alcanzar la libertad excluyendo las verdades morales y la responsabilidad
personal.
sábado, 1 de febrero de 2014
La presentación del Señor - Juan Pablo II (2)
FIESTA DE LA
PRESENTACIÓN DEL SEÑOR
HOMILÍA
DEL SANTO
PADRE
JUAN PABLO
II
Sábado 2 de febrero de 2002
VI Jornada de la vida consagrada
Sábado 2 de febrero de 2002
VI Jornada de la vida consagrada
1. "Los
padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo
con lo escrito en la ley del Señor" (Lc 2, 22).
Cuarenta
días después de la Navidad, la Iglesia revive hoy el misterio de la
presentación de Jesús en el templo. Lo revive con el estupor de la Sagrada
Familia de Nazaret, iluminada por la revelación plena de aquel
"niño" que, como nos acaban de recordar la primera y la segunda
lectura, es el juez escatológico prometido por los profetas (cf. Ml 3,
1-3), el "sumo sacerdote compasivo y fiel" que vino para "expiar
los pecados del pueblo" (Hb 2, 17).
El
niño, que María y José llevaron con emoción al templo, es el Verbo encarnado,
el Redentor del hombre y de la historia.
Hoy,
conmemorando lo que sucedió aquel día en Jerusalén, somos invitados también
nosotros a entrar en el templo para meditar en el misterio de Cristo, unigénito
del Padre que, con su Encarnación y su Pascua, se ha convertido en el primogénito
de la humanidad redimida.
Así, en esta fiesta se prolonga el tema de Cristo luz, que caracteriza las solemnidades de la Navidad y de la Epifanía.
Así, en esta fiesta se prolonga el tema de Cristo luz, que caracteriza las solemnidades de la Navidad y de la Epifanía.
2. "Luz
para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel" (Lc 2,
32). Estas palabras proféticas las pronuncia el anciano Simeón, inspirado por
Dios, cuando toma en brazos al niño Jesús. Al mismo tiempo, anuncia que el
"Mesías del Señor" cumplirá su misión como "signo de
contradicción" (Lc 2, 34). En cuanto a María, la Madre, también
ella participará personalmente en la pasión de su Hijo divino (cf. Lc 2,
35).
Por
tanto, en esta fiesta celebramos el misterio de la consagración:
consagración de Cristo, consagración de María, y consagración de todos lo que
siguen a Jesús por amor al Reino.
La presentación del Señor - Juan Pablo II
JUAN PABLO II
AUDIENCIA
GENERAL
20 de junio de 1990
20 de junio de 1990
El Espíritu
Santo
en la
presentación de
Jesús en el
templo
1.
Según el evangelio de San Lucas, cuyos primeros capítulos nos narran la
infancia de Jesús, la revelación del Espíritu Santo tuvo lugar no sólo en la Anunciación
y en la Visitación de María a Isabel, como hemos visto en las anteriores
catequesis, sino también en la Presentación del niño Jesús en el templo
(cf. Lc 2, 22-38). Es este el primero de una serie de acontecimientos en
la vida de Cristo en que se pone de manifiesto el misterio de la Encarnación
junto con la presencia operante del Espíritu Santo.
2.
Escribe el evangelista que “cuando se cumplieron los días de la purificación de
ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al
Señor” (Lc 2, 22). La presentación del primogénito en el templo y la
ofrenda que lo acompañaba (cf. Lc 2, 24) como signo del rescate del
pequeño israelita, que así volvía a la vida de su familia y de su pueblo,
estaba prescrita, o al menos recomendada, por la Ley mosaica vigente en la
Antigua Alianza (cf. Ex 13, 2. 12-13. 15; Lv 12, 6-8; Nm 18,
15). Los israelitas piadosos practicaban ese acto de culto. Según Lucas, el
rito realizado por los padres de Jesús para observar la Ley fue ocasión de una
nueva intervención del Espíritu Santo, que daba al hecho un significado
mesiánico, introduciéndolo en el misterio de Cristo redentor. Instrumento
elegido para esta nueva revelación fue un santo anciano, del que Lucas escribe:
“He aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo
y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu
Santo” (Lc 2, 25). La escena tiene lugar en la ciudad santa, en el
templo donde gravitaba toda la historia de Israel y donde confluían las
esperanzas fundadas en las antiguas promesas y profecías.
3.
Aquel hombre, que esperaba “la consolación de Israel”, es decir el Mesías,
había sido preparado de modo especial por el Espíritu Santo para el
encuentro con “el que había de venir”. En efecto, leemos que “estaba
en él el Espíritu Santo”, es decir, actuaba en él de modo habitual y “le había
sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto
al Cristo del Señor” (Lc 2, 26).
domingo, 26 de enero de 2014
La Palabra de los Papas sobre el Concilio Vaticano II
Selección de textos de los
últimos Papas sobre el Concilio Vaticano II para facilitar una correcta
hermenéutica y asimilación de los documentos conciliares
(publicado por Humanitas)
El
Concilio en el magisterio de Juan XXIII
Gaudete Mater Ecclesia
Gaudete Mater Ecclesia
Discurso
de S.S. Juan XXIII en la sesión de apertura
del Concilio Vaticano II, 11.X.1962.
del Concilio Vaticano II, 11.X.1962.
Gócese
hoy la Santa Madre Iglesia porque, gracias a un regalo singular de la
Providencia Divina, ha alboreado ya el día tan deseado en que el Concilio
Ecuménico Vaticano II se inaugura solemnemente aquí, junto al sepulcro de San
Pedro, bajo la protección de la Virgen Santísima cuya Maternidad Divina se
celebra litúrgicamente en este mismo día.
Los Concilios Ecuménicos en la
Iglesia
La
sucesión de los diversos Concilios hasta ahora celebrados ─tanto los veinte
Concilios Ecuménicos como los innumerables concilios provinciales y regionales,
también importantes─ proclaman claramente la vitalidad de la Iglesia católica y
se destacan como hitos luminosos a lo largo de su historia.
El
gesto del más reciente y humilde sucesor de San Pedro, que os habla, al
convocar esta solemnísima asamblea, se ha propuesto afirmar, una vez más, la
continuidad del Magisterio Eclesiástico, para presentarlo en forma excepcional
a todos los hombres de nuestro tiempo, teniendo en cuenta las desviaciones, las
exigencias y las circunstancias de la edad contemporánea.
Es
muy natural que, al iniciarse el Concilio universal, Nos sea grato mirar a lo
pasado, como para recoger sus voces, cuyo eco alentador queremos escuchar de
nuevo, unido al recuerdo y méritos de nuestros predecesores más antiguos o más
recientes, los Romanos Pontífices: voces solemnes y venerables, a través del
Oriente y del Occidente, desde el siglo IV al Medievo y de aquí hasta la época
moderna, las cuales han transmitido el testimonio de aquellos Concilios; voces
que proclaman con perenne fervor el triunfo de la institución, divina y humana:
la Iglesia de Cristo, que de Él toma nombre, gracia y poder.
Junto
a los motivos de gozo espiritual, es cierto, sin embargo, que por encima de
esta historia se extiende también, durante más de diecinueve siglos, una nube
de tristeza y de pruebas. No sin razón el anciano Simeón dijo a María, la Madre
de Jesús, aquella profecía que ha sido y sigue siendo verdadera: "Este
Niño será puesto para ruina y para resurrección de muchos en Israel y como
señal de contradicción"[1]. Y el mismo Jesús,
ya adulto, fijó muy claramente las distintas actitudes del mundo frente a su
persona, a lo largo de los siglos, en aquellas misteriosas palabras:
"Quien a vosotros escucha a mí me escucha"[2]; y con aquellas otras, citadas por el mismo
Evangelista: "Quien no está conmigo, está contra mí; quien no recoge
conmigo, desparrama"[3].
El
gran problema planteado al mundo, desde hace casi dos mil años, subsiste
inmutable. Cristo, radiante siempre en el centro de la historia y de la vida;
los hombres, o están con El y con su Iglesia, y en tal caso gozan de la luz, de
la bondad, del orden y de la paz, o bien están sin El o contra El, y
deliberadamente contra su Iglesia: se tornan motivos de confusión, causando
asperezas en las relaciones humanas, y persistentes peligros de guerras
fratricidas.
Los
concilios Ecuménicos, siempre que se reúnen, son celebración solemne de la
unión de Cristo y de su Iglesia y por ende conducen a una universal irradiación
de la verdad, a la recta dirección de la vida individual, familiar y social, al
robustecimiento de las energías espirituales, en incesante elevación sobre los
bienes verdaderos y eternos.
[…]
Iluminada
la Iglesia por la luz de este Concilio ─tal es Nuestra firme esperanza─ crecerá
en espirituales riquezas y, al sacar de ellas fuerza para nuevas energías,
mirará intrépida a lo futuro. En efecto; con oportunas
"actualizaciones" y con un prudente ordenamiento de mutua
colaboración, la Iglesia hará que los hombres, las familias, los pueblos
vuelvan realmente su espíritu hacia las cosas celestiales.
Así
es como el Concilio se convierte en motivo de singular obligación de gran
gratitud al Supremo Dador de todo bien, celebrando con jubiloso cántico la
gloria de Cristo Señor, Rey glorioso e inmortal de los siglos y de los pueblos.
[…]
Objetivo principal del
Concilio: defensa y revalorización de la verdad
El
supremo interés del Concilio Ecuménico es que el sagrado depósito de la
doctrina cristiana sea custodiado y enseñado en forma cada vez más eficaz.
Doctrina, que comprende al hombre entero, compuesto de alma y cuerpo; y que, a
nosotros, peregrinos sobre esta tierra, nos manda dirigirnos hacia la patria
celestial. Esto demuestra cómo ha de ordenarse nuestra vida mortal de suerte
que cumplamos nuestros deberes de ciudadanos de la tierra y del cielo, y así
consigamos el fin establecido por Dios.
Significa
esto que todos los hombres, considerados tanto individual como socialmente,
tienen el deber de tender sin tregua, durante toda su vida, a la consecución de
los bienes celestiales; y el de usar, llevados por ese fin, todos los bienes
terrenales, sin que su empleo sirva de perjuicio a la felicidad eterna.
sábado, 25 de enero de 2014
Domingo III Durante el año (ciclo a) - Juan Pablo II
Homilía
en la parroquia romana
de
Santa Gala
el
domingo 25 de enero de 1981
El Señor es mi luz y mi
salvación
“El Señor es mi luz y mi salvación”
(Sal 26/27,1).
Estas palabras del Salmo responsorial
son, a la vez, confesión de fe y expresión de júbilo: fe en el Señor y en lo
que Él representa de luminoso para nuestra vida; júbilo por el hecho de que Él
es esta luz y esta salvación, en la que podemos encontrar seguridad e impulso
para nuestro camino cotidiano.
Nos podemos preguntar ¿De qué modo es
el Señor nuestra luz y nuestra salvación? Cristo se convierte para nosotros en
luz y salvación a partir de nuestro bautismo, en el que se nos aplican los
frutos infinitos de su bendita muerte en la cruz: entonces viene a ser “para
nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención” (1 Cor 1,30).
Precisamente para los bautizados, conscientes de su identidad de salvados,
valen con plenitud las palabras de la Carta a los Efesios: “Porque en otro
tiempo fuisteis tinieblas; mas ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de
la luz; pues el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad” (Ef
5,8-9).
Pero la vida cristiana no es sólo un
hecho individual y privado. Tiene necesidad de desarrollarse a nivel
comunitario e incluso público, puesto que la salvación del Señor “está
preparada ante la faz de todos los pueblos; luz para iluminación de las gentes”
(Lc 2,31-32).
El Evangelio de este domingo manifiesta
cómo Cristo se ha convertido históricamente, al comienzo de su vida pública, en
luz y en salvación del pueblo al que ha sido enviado. Citando al Profeta
Isaías, el Evangelista Mateo nos dice que este pueblo “habita en tinieblas...,
en tierra y sombras de muerte” (9,1) pero finalmente “vio una luz grande”.
Después que la gloria del Señor había envuelto de luz, ya en Belén, a los
pastores en la noche (cfr. Lc. 2,9), con ocasión del nacimiento de Jesús, ésta
es la primera vez que el Evangelio habla de una luz que se manifiesta a todos.
Efectivamente, cuando Jesús, después de haber dejado Nazaret y haber sido
bautizado en el Jordán, va a Cafarnaúm para dar testimonio de su ministerio
público, es como si se verificase un segundo nacimiento público, que consistía
en el abandono de la vida privada y oculta, para entregarse al compromiso total
de una vida gastada por todos hasta el supremo sacrificio de sí. Y Jesús, en
este momento, se encuentra en un ambiente de tinieblas, que cayeron nuevamente
sobre Israel con motivo del encarcelamiento de Juan Bautista, el precursor.
sábado, 28 de diciembre de 2013
Fiesta de la Sagrada Familia (ciclo a) Juan Pablo II
Homilía
de Juan Pablo II
en
la parroquia romana de San Marcos
el domingo 29 de
diciembre de 1985
Fiesta
de la Sagrada Familia
“Christus natus est nobis, venite adoremus”
La Iglesia entera está aún todavía invadida por la alegría de la
Navidad. La alegría de la que participan los corazones de los hombres, reanima
las comunidades humanas, se manifiesta en las tradiciones, en las costumbres,
en el canto y en la cultura entera.
Un día, en los campos de Belén, los pastores que guardaban sus rebaños
fueron atraídos por este anuncio, que hoy repite la Iglesia entera. Todos lo
transmiten, por así decir, de boca en boca, de corazón a corazón. “Christus
natus est nobis, venite adoremus”.
La Iglesia vive hoy la alegría de la Navidad del Señor, del Hijo de
Dios, en Belén: como misterio de la Familia, de la Santa Familia.
Es una verdad profundamente humana: por el nacimiento de un niño la
comunidad conyugal del hombre y de la mujer, del marido y de la esposa, se hace
más perfectamente familia. Al mismo tiempo, éste es un gran misterio de Dios,
que se revela a los hombres: el misterio escondido en la fe y en el corazón de
aquellos Esposos, de aquellos Cónyuges: María y José, de Nazaret. Al comienzo
sólo ellos fueron testigos de que el Niño que nació en Belén es “Hijo del
Altísimo”, venido al mundo por obra del Espíritu Santo.
A ellos dos, a María y José, les fue dado a conocer el misterio de aquella
Familia que el Padre celestial, con el nacimiento de Jesús, formó con ellos y
entre ellos.
En la medida en que este misterio se revela a los ojos de la fe de los
otros hombres, la Iglesia entera ve en la Santa Familia una particular
expresión de la cercanía de Dios y al mismo tiempo un signo particular de
elevación de toda familia humana, de su dignidad, según el proyecto del
Creador.
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