CARTA APOSTÓLICA
SCRIPTURAE SACRAE AFFECTUS
DEL SANTO PADRE
FRANCISCO
EN EL XVI CENTENARIO DE LA MUERTE DE SAN JERÓNIMO

San Jerónimo escribiendo - Caravaggio
Una estima por la
Sagrada Escritura, un amor vivo y suave por la Palabra de Dios escrita es la
herencia que san Jerónimo ha dejado a la Iglesia a través de su vida y sus
obras. Las expresiones, tomadas de la memoria litúrgica del santo[1], nos ofrecen una clave de lectura indispensable para
conocer, en el XVI centenario de su muerte, su admirable figura en la historia
de la Iglesia y su gran amor por Cristo. Este amor se extiende, como un río en
muchos cauces, a través de su obra de incansable estudioso, traductor, exegeta,
profundo conocedor y apasionado divulgador de la Sagrada Escritura; fino
intérprete de los textos bíblicos; ardiente y en ocasiones impetuoso defensor
de la verdad cristiana; ascético y eremita intransigente, además de experto
guía espiritual, en su generosidad y ternura. Hoy, mil seiscientos años
después, su figura sigue siendo de gran actualidad para nosotros, cristianos
del siglo XXI.
Introducción
El 30 de septiembre
del año 420, Jerónimo concluía su vida terrena en Belén, en la comunidad que
fundó junto a la gruta de la Natividad. De este modo se confiaba a ese Señor
que siempre había buscado y conocido en la Escritura, el mismo que como Juez ya
había encontrado en una visión, cuando padecía fiebre, quizá en la Cuaresma del
año 375. En ese acontecimiento, que marcó un viraje decisivo en su vida, un
momento de conversión y cambio de perspectiva, se sintió arrastrado a la
presencia del Juez: «Interrogado acerca de mi condición, respondí que era
cristiano. Pero el que estaba sentado me dijo: “Mientes; tú eres ciceroniano,
tú no eres cristiano”»[2]. San Jerónimo, en efecto,
había amado desde joven la belleza límpida de los textos clásicos latinos y, en
comparación, los escritos de la Biblia le parecían, inicialmente, toscos e
imprecisos, demasiado ásperos para su refinado gusto literario.
Ese episodio de su
vida favoreció la decisión de consagrarse totalmente a Cristo y a su Palabra,
dedicando su existencia a hacer que las palabras divinas, a través de su infatigable
trabajo de traductor y comentarista, fueran cada vez más accesibles a los
demás. Ese acontecimiento dio a su vida una orientación nueva y más decidida:
convertirse en servidor de la Palabra de Dios, como enamorado de la “carne de
la Escritura”. Así, en la búsqueda continua que caracterizó su vida, revalorizó
sus estudios juveniles y la formación recibida en Roma, reordenando su saber en
un servicio más maduro a Dios y a la comunidad eclesial.
Por eso, san Jerónimo
entra con pleno derecho entre las grandes figuras de la Iglesia de la época
antigua, en el periodo llamado el siglo de oro de la patrística, verdadero
puente entre Oriente y Occidente: fue amigo de juventud de Rufino de Aquilea,
visitó a Ambrosio y mantuvo una intensa correspondencia con Agustín. En Oriente
conoció a Gregorio Nacianceno, Dídimo el Ciego, Epifanio de Salamina. La
tradición iconográfica cristiana lo consagró representándolo, junto con
Agustín, Ambrosio y Gregorio Magno, entre los cuatro grandes doctores de la
Iglesia de Occidente.
Mis predecesores
también quisieron recordar su figura en diversas circunstancias. Hace un siglo,
con ocasión del decimoquinto centenario de su muerte, Benedicto XV le
dedicó la Carta encíclica Spiritus Paraclitus (15 septiembre 1920),
presentándolo al mundo como «doctor maximus explanandis Scripturis»[3]. En tiempos más recientes, Benedicto XVI expuso su
personalidad y sus obras en dos catequesis sucesivas[4]. Ahora,
en el decimosexto centenario de su muerte, también yo deseo recordar a san
Jerónimo y volver a proponer la actualidad de su mensaje y de sus enseñanzas, a
partir de su gran estima por las Escrituras.
En este sentido, puede
conectarse perfectamente, como guía segura y testigo privilegiado, con la XII
Asamblea del Sínodo de los Obispos, dedicada a la Palabra de Dios[5], y con la Exhortación apostólica Verbum
Domini (VD) de mi predecesor Benedicto XVI, publicada precisamente en la
fiesta del santo, el 30 de septiembre de 2010[6].
De Roma a Belén











