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sábado, 29 de marzo de 2014

Domingo IV de cuaresma (ciclo a) San Juan Crisóstomo

San Juan Crisóstomo
Homilía LVII
 
“Habiendo dicho esto Jesús, escupió en tierra, amasó lodo con la saliva y con el lodo ungió los ojos del ciego, y le dijo: Anda, lávate en la piscina de Siloé”. (Juan 9, 6-7).
Los que desean sacar alguna utilidad de lo que se va leyendo, no pasan de prisa ni aun lo más mínimo. Pues por esto se nos ordena escrutar las Escrituras; porque muchas cosas que a primera vista parecen fáciles y sencillas, encierran oculta en sí grande profundidad de ciencia. Observa, por ejemplo, lo que al presente se nos propone: Dicho esto, escupió en tierra. ¿ Por qué lo hace? Para que se manifieste la gloria de Dios y que conviene que Yo haga la obra de Aquel que me envió. No sin motivo trajo al medio esto el evangelista, y añadió que El la había escupido; sino para declarar que Jesús confirmaba sus palabras con sus obras.
¿Por qué no usó el agua sino la saliva para hacer el lodo? Porque lo iba a enviar a Siloé, de manera que no se achacara la curación a la fuente; sino que de la boca de El procedió el poder que hizo los ojos del ciego y los abrió: para esto escupió en tierra. Esto significa el evangelista al decir: E hizo lodo con la saliva. Y para que tampoco pareciera que la virtud y poder procedían de la tierra, ordenó al ciego que fuera y se lavara. Mas ¿por qué no obró el milagro al punto, sino que envió al ciego a Siloé? Para que tú conocieras la fe del ciego y quedara confundida la tosudez de los judíos. Porque es verosímil que todos vieron al ciego cuando hacia allá se encaminaba y llevaba el lodo ungido en los ojos. Pues aquel suceso inesperado hizo. Como no era cosa fácilmente creíble que un ciego recobrara la vista, Jesús prepara por estos largos rodeos a muchos testigos y muchos que contemplaran casó tan insólito; de modo que habiendo atendido, ya no pudieran decir: Es el mismo, no es el mismo. Además, quiere Jesús demostrar que no es contrario a la Antigua Ley, pues remite al ciego a Siloé. Tampoco había peligro de que el milagro se atribuyera a la piscina y su virtud, pues muchos se habían lavado en ella los ojos sin haber conseguido bien alguno. Aquí todo lo hace el poder de Cristo. Por lo cual el evangelista añadió la interpretación de la palabra. Porque una vez que dijo Siloé, añadió: que quiere decir enviado. Lo hizo para que entiendas que fue curado el ciego por Cristo, como ya lo dijo Pablo: Bebían de una roca espiritual que los acompañaba.

sábado, 1 de marzo de 2014

Domingo VIII durante el año (ciclo a) - San Juan Crisóstomo


EL AMOR DE LAS RIQUEZAS
NOS APARTA DEL SERVICIO DE CRISTO
 
1. Mirad cómo paso a paso va Cristo apartándonos de las riquezas y todavía prosigue más ampliamente su discurso sobre la pobreza y quiere derribar hasta el suelo la tiranía de la avaricia. Porque no se contentó con lo
que antes había dicho, con ser ello tanto y tan grande, sino que añade ahora otras razones más espantosas.
¿Qué cosa, en efecto, de más espanto que lo que ahora se nos dice, a saber, que por las riquezas nos exponemos a dejar el servicio del mismo Cristo? ¿Y qué cosa más apetecible que alcanzar, si las despreciamos, una perfecta amistad y caridad para con Él? Y, en efecto, lo que siempre os estoy diciendo, eso mismo os repetiré ahora, y es que por dos medios incita el Señor a sus oyentes. Por el provecho y por el daño, imitando en ello al hábil médico, que le hace ver al enfermo cómo la inobediencia a sus mandatos le acarrea enfermedad, y la obediencia salud. Mirad, si no, cómo nuevamente nos pone ante los ojos este provecho y cómo nos insinúa la conveniencia de desprendernos de lo que pudiera serle contrario. Porque no os daña sólo la riqueza—parece decirnos—, porque arma a los ladrones contra vosotros; no sólo porque entenebrece de todo en todo vuestra inteligencia, sino también porque os aparta del servicio de Dios y os hace esclavos de las cosas insensibles. De doble manera os perjudica: haciéndoos esclavos de lo que debierais ser señores y apartándoos del servicio de Dios, a quien por encima de todo es menester que sirváis. Lo mismo que anteriormente nos había el Señor indicado un doble daño: primero, poner nuestros tesoros donde la polilla los destruye, y luego no ponerlos donde la custodia sería inviolable; así nos señala también aquí el doble perjuicio que de la riqueza nos viene: apartarnos de Dios y someternos a Mammón.

sábado, 22 de febrero de 2014

Domingo VII durante el año (ciclo a) - San Juan Crisóstomo

LA LEY ANTIGUA PREPARÓ
LA NUEVA
 
1. Por aquí se ve que no hablaba antes del ojo corporal cuando nos mandaba arrancarnos el ojo que nos escandalizara, sino de quien por su amistad nos dañara y nos pudiera preci­pitar al abismo de la perdición. Porque quien ahora llega a tal extremo que no nos permite arrancar el ojo ni al mismo que nos hubiera arrancado el nuestro, ¿cómo pudo poner ley de arrancarnos el propio? Más, si alguno acusa a la antigua ley por mandar esta forma de vindicta, poco sabe, a mi parecer, de la sabiduría que conviene al legislador y mucho desconoce la fuer­za de los tiempos y el provecho de la condescendencia. Porque, si consideramos quiénes eran y en qué disposiciones se hallaban los que esto oían y en qué tiempo recibieron esa ley, no podre­mos menos de alabar la sabiduría del legislador, y veremos que uno solo y mismo legislador es el que mandó lo antiguo y lo nuevo, y que lo uno y lo otro fue mandado muy útilmente y a su debido tiempo. A la verdad, si desde el principio se hu­bieran introducido estos altos y difíciles preceptos del Evangelio, no se hubieran aceptado ni éstos ni aquéllos; pero lo cierto es que, al disponer cada cosa a su debido tiempo, el Señor ha enderezado por unos y otros la tierra entera. Por otra parte, el fin de esta ley no es que andemos arrancándonos los ojos unos a otros, sino detener más bien nuestras manos, pues la amenaza de sufrir tenía que contener el ímpetu de la acción. Y de este modo, mandando que el dañado se vengara con daño igual, el Señor iba ciertamente sembrando casi furtivamente mucha filosofía. A la verdad, mayor castigo merecía el que había empezado esta maldad, y eso hubiera exigido la estricta razón de la justicia; mas como el legislador quería mezclar la benignidad a la justicia, condena al culpable a menos pena de la que merece, con lo que nos enseña a mostrar la mayor mo­deración en el sufrimiento.

domingo, 16 de febrero de 2014

Domingo VI tiempo ordinario (ciclo a) - San Juan Crisóstomo

San Juan Crisóstomo
HOMILIA 16
No penséis que he
venido a destruir
la ley y los profetas (Mt 5,17ss).
 
 

MIRAMIENTOS QUE TIENE EL SEÑOR A LOS JUDIOS

1. ¿Y quién había tenido esa sospecha? ¿Quién se lo había echado en cara para que se adelantara a refutarlo ?De lo anteriormente dicho, no podía nacer sospecha semejante. Mandar, en efecto, ser mansos, modestos, misericordiosos y limpios de corazón; mandar luchar por la justicia, no delataba en modo alguno esa intención, sino todo lo contrario. ¿Por qué, pues, finalmente, dijo el Señor esas palabras? —No fue, ciertamente, al azar y sin motivo. Había Él venido a sentar preceptos muy superiores a los antiguos; por ejemplo, cuando dijo: Oísteis que se dijo a los antiguos: No matarás, Pero yo os digo: No os irritéis siquiera. Iba, en verdad, a abrir el camino de una vida divina y celestial. Pues porque la novedad no turbara el alma de sus oyentes y les hiciera dudar de sus palabras tomó el Señor con ellos esta cautela previa. Porque si es cierto que los judíos no cumplían la ley, pero sentían gran veneración por ella, y aun cuando diariamente la infringían de hecho, querían que la letra permaneciera inalterable y nada se le añadiera. O, por decir mejor, consentían que sus sumos sacerdotes añadieran muchas cosas a la ley, y, cierto, no para mejorarla, sino para empeorarla. Con sus añadiduras, en efecto, habían poco menos que destruido el honor debido a los padres; y por el estilo habían eliminado muchos otros de sus preceptos por tales redundancias. Ahora bien, como Cristo no pertenecía a la tribu sacerdotal y lo que Él iba a introducir era una añadidura, no ciertamente que rebajase la ley, sino que la realzaría en su virtud, sabiendo Él que uno y otro motivo los había de turbar, antes de dictar Él aquellas sus leyes maravillosas, trata de disipar el reparo que había de surgir en su espíritu. ¿Y qué reparo surgiría y se le opondría? Pensar que todo aquello lo hacía para destruir los antiguos preceptos u ordenaciones legales. Esta sospecha es la que trata el Señor de curar en sus oyentes. Y así procede no sólo aquí, sino en muchas otras ocasiones. En efecto, como en otra ocasión le tuvieran por enemigo de Dios por no guardar el sábado, también entonces, para curar en ellos tal sospecha, les alega razones en su defensa, unas que decían con su dignidad de Hijo, por ejemplo, cuando les decía: Mi Padre, hasta ahora está trabajando y yo también trabajo . Otras son pura muestra de su condescendencia; por ejemplo, cuando les habla de la bestia que se pierde en sábado y les hace ver cómo por salvarla se infringe la ley. Y por la misma razón les recuerda la circuncisión, por la que también se quebranta el sábado. De ahí es justamente que muchas veces pronuncia el Señor palabras demasiado humildes, pues quiere a todo trance destruir la sospecha de ser Él enemigo de Dios. Así, el que con sola su palabra había resucitado a infinitos muertos, cuando llamó a Lázaro del sepulcro, añadió una oración. Luego, porque eso no se tomara por prueba de su inferioridad respecto al Padre, corrigiendo toda sospecha, añadió: Esto he dicho por razón de la muchedumbre que me rodea, a fin de que crean que tú me has enviado. Y, en general, ni todo lo hace el Señor como por propia autoridad—con lo que corrige la flaqueza de los judíos—, ni tampoco acude siempre a la oración—con lo que no quiere dejar a los por venir la mala sospecha de obrar así por debilidad e impotencia—, sino que mezcla poder con oración, y oración con poder. Y ni aun eso lo hace al azar, sino con la prudencia que con Él dice. Las cosas mayores, en efecto, las hace con autoridad, y en las menores levanta sus ojos al cielo. Así, para perdonar los pecados, para descubrir los íntimos secretos, para abrir el paraíso, para expulsar los demonios, para curar los leprosos, para poner freno a la muerte, para resucitar muertos sin número, le basta con un mandato de su querer. En cambio, cuando se trataba de cosa más sencilla, como multiplicar unos pocos panes, entonces es cuando miró al cielo. Con lo que muy bien hacía ver que no obraba así por debilidad. El que por propia autoridad podía hacer lo más, ¿qué necesidad tenía de oración en lo menos? Y es que, como antes he dicho, el Señor obra así para cerrar la boca a la impudencia de los judíos. Lo mismo hay que pensar de sus palabras, cuando le oímos hablar bajamente de sí mismo. Realmente, muchas causas había para hablar y obrar de esa manera. He aquí algunas: que no se le tuviera por ajeno a Dios, su deseo de curar y enseñar a todos, la enseñanza particularmente de la humildad, estar Él revestido de carne, la imposibilidad de que los judíos lo oyeran todo de vez, el enseñarnos, en fin, a no hablar nada grande de nosotros mismos. Por todas estas razones habló muchas veces el Señor humildemente de sí mismo y dejó que fueran otros los que pregonaran sus grandezas.

 

DE CÓMO SUS DISCÍPULOS DICEN DEL SEÑOR MÁS DE LO QUE ÉL MISMO DIJO DE SÍ MISMO

2. Jesús mismo, disputando con los judíos, les dijo: Antes de que Abrahán fuera, soy yo. No así su discípulo, sino: En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba cerca de Dios, y el Verbo era Dios. Además, que Él hubiera hecho el cielo y la tierra y el mar, y todo lo visible y lo invisible, jamás lo dijo claramente por sí mismo; el discípulo, empero, con absoluta libertad y sin disimulo alguno, lo afirma una, y dos, y muchas veces: Todo fue hecho por El, y sin Él nada fue hecho de cuanto fue hecho. Y: En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por Él. ¿Y qué tiene de extraño que otros digan de Él mayores cosas que las que Él mismo dice, cuando sus mismas obras demuestran cosas que Él no dijo nunca claramente con sus palabras? Que fue Él mismo el que hizo al hombre, lo dio claramente a entender en la curación del ciego de nacimiento. En cambio, cuando habló de la formación del primer hombre al principio, no dijo: "Yo los hice", sino: El que los hizo, macho y hembra los hizo. Además, que El es el que creó el mundo y cuanto hay en él, bien lo demostró por los milagros de la multiplicación de los panes y de los peces, por la transformación del agua en vino, por la tempestad calmada en el mar, por el resplandor que irradió en el Tabor, y por tantos otros más; pero con palabras, jamás lo afirmó claramente. Son sus discípulos; Juan, Pablo y Pedro, quienes lo repiten a cada paso. Ahora bien, si los apóstoles, que le estaban oyendo hablar día y noche, que le veían hacer los milagros, a quienes Él en particular resolvía muchas dificultades, a quienes concedió tan grande poder, que resucitaban a los muertos; a quienes hizo tan perfectos que todo lo abandonaron por su amor; si ellos, pues, después de tan gran virtud y filosofía, no podían llevar la carga de toda la enseñanza del Señor antes de dárseles el Espíritu Santo, ¿cómo el pueblo judío—un pueblo sin inteligencia, desprovisto de virtud, que por casualidad oía las palabras o veía las obras de Jesús—, cómo, digo, un pueblo así no había de creer que Cristo era contrario a Dios, de no haber Él usado con ellos de toda esa condescendencia y miramiento? Por eso, cuando estaba aboliendo el sábado, no introdujo autoritativamente otra ley equivalente, sino primero presentó muchos y muy varios motivos en su defensa. Si, pues, cuando se trataba de derogar un solo precepto, usa el Señor de tal miramiento en sus palabras a fin de no herir a sus oyentes, ahora que se propone sustituir una ley íntegramente a otra ley, necesita de mucha mayor preparación y cuidado para no turbar tampoco a los que entonces le escuchaban. Por esta misma razón indudablemente, no en muchas partes se ve que hable claramente el Señor de su propia divinidad. Porque, si una añadidura a la ley los alborotaba, ¿qué hubiera sido afirmar de sí mismo que era Dios? De ahí que muchas veces habla el Señor muy por bajo de su propia dignidad. Así también aquí, cuando se dispone a añadir sus preceptos a la antigua ley, usa de mucha cautela previa. Porque no dijo una sola vez que no venía a destruir la ley, sino que lo volvió a repetir y hasta añadió otra cosa mayor. Así, habiendo dicho: No penséis que he venido a destruir la ley, seguidamente añade: No he venido a destruirla, sino a cumplirla. Con esto no sólo cierra el paso a la impudencia de los judíos, sino que cose también la boca de los herejes que afirman venir del diablo la ley antigua. Porque, si Cristo vino a destruir la tiranía del diablo, ¿cómo es que no sólo no destruye la ley, sino que la cumple? Porque no sólo dijo que no la destruía—y con eso bastaba—, sino que la cumplía. Lo cual no dice con quien es contrario a la ley, sino con quien la aplaude.

sábado, 28 de diciembre de 2013

Fiesta de la Sagrada Familia (ciclo a) San Juan Crisóstomo

POR QUÉ NO SE SALVAN JUNTOS
EL NIÑO Y LOS MAGOS 
Cuando los magos se hubieron retirado, he aquí que el ángel del Señor se aparece a José en sueños y le dice: Leván­tate y toma al niño y a su madre y huye a Egipto. Aquí hemos de resolver una dificultad acerca de los magos y acerca del niño. Porque, si es cierto que aquéllos no se alborotaron y todo lo aceptaron con obediencia, no por ello hemos nosotros de dejar de preguntarnos por qué no se salvan, aun quedándose allí, los magos y el niño, sino que aquéllos son enviados a Persia y éste tiene que huir con su madre a Egipto. ¿Pues qué? ¿Queréis que hubiera caído en manos de Herodes, y aun entre sus manos no recibir el golpe mortal? En este caso, se hubiera pensado que no había tomado carne, y no se hubiera creído el gran misterio de la encarnación. Y, en efecto, si, aun sucedien­do así las cosas y dispuestas tantas otras de la vida del Señor humanamente, se han atrevido algunos a decir que es un mito eso de que Dios tomara carne, ¿en qué impiedades no hubiera caído de haberlo Él hecho todo divinamente y según su poder infinito? En cuanto a los magos, despáchalos aprisa, primero porque quiere enviar maestros a su patria de Persia y luego porque quiere cortar la locura del tirano Herodes: Que se dé cuenta que emprende una cosa imposible, que apague su furor, que desista de su vano intento. El mismo poder supone vencer tranquilamente a los enemigos que burlarlos con la mayor fa­cilidad. Por lo menos así engañó a los egipcios en favor de los judíos. Podía Dios muy bien haber hecho pasar la riqueza de aquéllos a manos de los hebreos. Sin embargo, manda que eso se haga a escondidas y con engaño. Lo cual no le hizo menos temible a sus enemigos que cualquiera otro de los milagros.
 
Así los escalonitas y demás habitantes de aquellas ciu­dades que, por haber capturado el arca de la alianza, fueron heridos por Dios con plaga de ratones, cuando exhortaron a los suyos a no proseguir la guerra ni ponerse frente a Él, entre los otros milagros, alegaron también éste, diciendo: ¿Por qué endurecéis vuestros corazones como los endurecieron Egipto y Faraón? ¿No es así que sólo cuando se burló de ellos despa­charon al pueblo y salió éste de Egipto?” Cuando así hablaban, prueba es que para ellos este milagro no era menor que los públicamente realizados, para poner de manifiesto el poder y la grandeza de Dios, Pues también lo sucedido con los magos era bastante para impresionar al tirano. Considerad, en efec­to, lo que tuvo que sufrir Herodes y cómo se ahogaría al verse así engañado y puesto en ridículo por los magos. ¿Y qué, si no se hizo mejor? —Eso ya no es culpa de quien todo lo ordenó para que se mejorara. La culpa fui de su extrema locura, que no se rindió a lo que podía haberla calmado y apartado de su maldad. Más bien que rendirse siguió aún más adelante, con lo que recibiría mayor castigo de su insensatez.
 
POR QUÉ HUYE JESÚS A EGIPTO 
¿Y por qué—me diréis—es enviado el niño a Egipto? La razón la da particularmente el evangelista: Porque se cumpliera —dice—lo que fue dicho por el Señor por boca del profeta, diciendo: “De Egipto he llamado a mi hijo”. Pero juntamente el Señor anunciaba a toda la tierra un como preludio de buenas esperanzas. Como en Babilonia y Egipto ardía más que en parte alguna el incendio de la impiedad, al mostrar el Señor des­de el principio que las ha de corregir y mejorar, persuade a la tierra entera a que tenga buena esperanza. De ahí que a los magos los manda a tierras de Babilonia y Él mismo con su madre marcha a Egipto.

sábado, 21 de diciembre de 2013

IV Domingo de Adviento (ciclo A) - San Juan Crisóstomo

HOMILÍAS SOBRE SAN MATEO

Para ser de los que se salvan y no de los que son abrasados. A la verdad, no hay rocío más agradable que no ser dominado por la codicia de la riqueza y contarse entre los pobres. Los que han pisoteado la codicia de la riqueza son los más ricos de todos, al modo que los jóvenes hebreos, que despreciaron al rey, fueron más gloriosos que el rey. Así tú, si desprecias las cosas del mundo, valdrás más que todo el mundo, a ejemplo de aquellos santos de quienes no era digno el mundo, búrlate de los bienes presentes por que merezcas alcanzar los del cielo. De este modo serás aquí glorioso y gozarás los bienes por venir, por la gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea gloria y poder por los siglos de los siglos. Amén.

HOMILIA 5

Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta, diciendo: Mirad que la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le llamarán de nombre Emmanuel (Mt 1, 22 ss).

DEBEMOS RUMIAR LA PALABRA DIVINA

1. A muchos les oigo decir: Mientras estamos en la iglesia escuchando la palabra de Dios, nos sentimos recogidos; pero apenas salimos de allí, el fuego se apaga y nos volvemos otros. ¿Qué pudiéramos, pues, hacer para que esto no suceda? Consideremos la causa por qué sucede. ¿De dónde, pues, nos viene tan grande cambio? Ese cambio nos viene de que no empleamos el tiempo en lo que conviene, de que fomentamos el trato de hombres perversos. Al retirarnos de la reunión litúrgica, no debiéramos arrojarnos inmediatamente a cosas que no dicen con ella, sino tomar, apenas llegados a casa, el Libro santo en nuestras manos y convidar a nuestras mujeres e hijos a tomar parte en el fruto de lo que se nos ha dicho. Sólo entonces debiéramos poner mano en los asuntos de la vida. Cuando salís del baño, no os echáis inmediatamente por esas plazas, por miedo de perder en ellas el refrigerio que en el baño gozasteis. Lo mismo—y con mucha más razón—habría que hacer al salir de la iglesia. Pero la verdad es que hacemos lo contrario, y de ahí viene que lo perdamos todo. Porque, no estando aún bien arraigado el fruto de lo que hemos oído, viene el torrente impetuoso de las cosas exteriores y lo arrastra todo en su torbellino. Pues para que esto no suceda, al retiraros de la iglesia, ninguna ocupación tengáis por más necesaria que la meditación de lo que en ella habéis oído. ¿No fuera suma incongruencia dedicar cinco o seis días a lo temporal y consagrar uno solo, mejor dicho, ni una pequeña parte de uno solo, a lo espiritual? ¿No veis a nuestros niños cómo durante todo el día se estudian las lecciones que se les han dado? Lo mismo hemos de hacer también nosotros. De nada nos servirá venir a la iglesia, si el día que venimos nos llevamos, como quien dice, el agua en un cántaro roto; de nada, si no ponemos en guardar lo que se nos dice el mismo cuidado que mostramos en la guarda del oro y de la plata. Le dan a un hombre unos denarios, y se los mete luego en su bolsillo y se lo cierra muy bien cerrado; nosotros recibimos sentencias más preciosas que el oro y que las perlas, nosotros tenemos en la mano tesoros del Espíritu Santo, y no vamos a esconderlos en las recámaras de nuestra alma, sino que dejamos que sin más ni más se nos escurran de nuestra mente. ¿Quién nos tendrá ya compasión, si somos nosotros mismos nuestros peores enemigos, si nosotros mismos nos precipitamos en tamaña pobreza? Pues por que así no suceda, démonos a nosotros mismos, a nuestras mujeres e hijos, una ley irrevocable de consagrar un día entero de la semana a oír y meditar la palabra de Dios. De este modo vendréis mejor preparados para lo que queda por decir, y por una parte nuestro trabajo será menor y vuestro provecho mayor, si escucháis lo que sigue llevando en la memoria lo anteriormente dicho. No es pequeña parte para que entendáis lo que se os dice ver con precisión la trama de los pensamientos que yo os expongo. Por eso, como no es posible decirlo todo en un solo día, vosotros habéis de hacer una especie de cuerda e ir anudando en vuestra memoria lo que en muchos días se os expone, y de tal modo habéis de disponerlo en vuestra alma, que aparezca entero el panorama de las Escrituras. Ahora, pues, recordad lo que el último día os dije y pasemos al asunto que hoy nos proponemos.

LA PROFECÍA DE ISAÍAS: MIRAD QUE UNA VIRGEN CONCEBIRÁ

2. ¿Qué texto, pues, nos proponemos comentar hoy? Todo esto, empero, sucedió por que se cumpliera lo que el Señor había dicho por boca del profeta... Aquí, cuanto le fue posible, dio el ángel un fuerte grito, digno del milagro que nos contaba: ¡Todo esto sucedió! Vio el piélago y abismo del amor de Dios, realizado lo que jamás se esperaba, suspendidas las leyes de la naturaleza y hecha la reconciliación; vio cómo el que estaba más alto de todos descendió al que estaba más bajo de todos, cómo se había derribado la pared medianera, cómo se habían eliminado los obstáculos, cómo se habían cumplido muchas más maravillas, y, cifrando en una sola palabra el milagro, dijo: Todo esto sucedió por que se cumpliera lo que el Señor había dicho por boca del profeta. No pienses—nos dice el ángel— que se trata de decretos de ahora. Todo estaba de antiguo prefigurado. Es lo que Pablo procuraba mostrar en todas partes.

sábado, 30 de noviembre de 2013

I domingo de adviento (ciclo a) - San Juan Crisóstomo

EL EJEMPLO DEL DILUVIO 

Y porque más cumplidamente advirtáis, por otro lado, cómo el callar el día no nació de ignorancia, considerad juntamente con lo dicho la otra señal que les pone: Como en los días de Noé las gentes comían y bebían, los hombres tomaban mujer y las mujeres marido, hasta el día en que entró Noé en el arca, y no cayeron en la cuenta hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos; así será el advenimiento del Hijo del hombre. Al decir esto, puso de manifiesto que vendrá repentinamente y sin que se le espere y cuando la mayor parte de las gentes se entregarán a sus placeres. Lo mismo dice Pablo cuando escribe: Cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos la ruina. Y. para expresar lo inesperado, dice: Como sobreviene el dolor de parto a la mujer encinta. ¿Cómo, pues, dice el Señor: Después de la tribulación de aquellos días? Porque si entonces ha de haber placer, y paz, y seguridad, como Pablo dice, ¿cómo dice el Señor: Después de la tribulación de aquellos días? Si hay placer, ¿cómo tribulación? —Habrá placer y paz para los estúpidos. Por eso no dijo: “Cuando haya paz”, sino: Cuando digan: Paz y seguridad. Lo que demuestra su estupidez, como la de quienes, en tiempo de Noé, se entregaban a sus placeres entre tamaños males. No así los justos, que vivían en tribulación y tristeza. Por aquí da el Señor a entender que, a la venida del anticristo, los inicuos y desesperados de su salvación se entregarán con más furor a sus torpes placeres. Allí será de la gula, de las francachelas y borracheras. De ahí lo maravillosamente que el ejemplo conviene a la situación. Porque así como, al construirse el arca, no creían en el diluvio—dice—, sino que allí estaba ella a la vista de todos, pregonando anticipadamente los males por venir, y la gente, no obstante estarla viendo, se entregaban a sus placeres, como si nada hubiera de pasar, así ahora aparecerá, sí, el anticristo, tras el cual vendrá la consumación y los castigos que la habrán de acompañar y los tormentos insoportables; mas ellos, poseídos de la borrachera de su maldad, ni temor sentirán de lo que ha de suceder. De ahí que diga también Pablo: Como el dolor a la mujer en cinta, así sobrevendrán sobre ellos aquellos terribles e irremediables males. ¿Y por qué no habló de los males de Sodoma? —Es, que quería el Señor poner un ejemplo universal, y que, después de ser predicho, no fue creído. De ahí justamente que, como el vulgo no suele dar fe a lo porvenir, el Señor confirma por lo pasado sus palabras, a fin de sacudir el espíritu de sus discípulos. Juntamente con esto, por ahí se demuestra también haber sido Él también quien envió los anteriores castigos. Seguidamente pone otra señal, y por ella y por todas las otras queda absolutamente patente que no desconoce el día del juicio.—¿,Qué señal es ésa? -Entonces estarán dos hombres en el campo. Y uno será tomado otro será dejado; y dos mujeres darán vueltas a la piedra de moler, y una será tomada y otra será dejada, Vigilad, pues, porque no sabéis el momento en que vendrá vuestro Señor. Todo esto son pruebas de que el Señor sabía perfectamente el día, pero no queda que sus discípulos le preguntaran sobre él. Por eso citó los días de Noé; por eso habló de los dos que están en el campo, dando a entender que así de improvisamente, así de despreocupados, cogerá aquel día a los hombres. Lo mismo indica el otro ejemplo de las dos mujeres que están moliendo bien ajenas a lo que va a suceder. Y juntamente nos declara que así se toman o se dejan los que son señores como los esclavos, los que descansan como los que trabajan, los de una dignidad como los de otra. Como se dice también en el Antiguo Testamento: Desde el que está sentado en el trono hasta la esclava que da vueltas a la muela, Como había dicho antes que los ricos se salvan con dificultad, ahora nos hace ver que ni todos los ricos se pierden absolutamente, ni todos los pobres absolutamente se salvan, sino que, de entre pobres y ricos, unos se salvan y otros se pierden. Y a mi parecer, también nos indica que su venida será por la noche. Esto lo dice expresamente Lucas. Mirad cuán puntualmente lo sabe todo. Luego, otra vez, porque no le preguntaran, añadió: Vigilad, pues, porque no sabéis en qué momento ha de llegar vuestro Señor. No dijo: “Porque no sé”, sino: Porque no sabéis. Cuando ya casi los había llevado a la hora misma y puesto tocando a ella, nuevamente los aparta de toda pregunta, pues quiere que estén en todo momento alerta. De ahí que les diga: Vigilad, dándoles a entender que por eso no les había dicho el día. Por eso les dice: Comprended que, si el amo de casa hubiera sabido a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, hubiera estado alerta y no hubiera dejado que le perforaran la casa. Por eso, estad también vosotros preparados, pues en el momento que no pensáis vendrá el Hijo del hombre. Si les dice, pues, que vigilen y estén preparados es porque, a la hora que menos lo piensen, se presentará Él. Así quiere que estén siempre dispuestos al combate y que en todo momento practiquen la virtud. Es como si dijera: Si el vulgo de las gentes supieran cuándo habían de morir, para aquel día absolutamente reservarían su fervor.

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