San Juan
Crisóstomo
HOMILIA 16
No penséis
que he
venido a destruir
la ley y
los profetas (Mt 5,17ss).
MIRAMIENTOS
QUE TIENE EL SEÑOR A LOS JUDIOS
1. ¿Y quién había tenido esa sospecha? ¿Quién se lo había echado
en cara para que se adelantara a refutarlo ?De lo anteriormente dicho, no podía
nacer sospecha semejante. Mandar, en efecto, ser mansos, modestos, misericordiosos
y limpios de corazón; mandar luchar por la justicia, no delataba en modo alguno
esa intención, sino todo lo contrario. ¿Por qué, pues, finalmente, dijo el
Señor esas palabras? —No fue, ciertamente, al azar y sin motivo. Había Él
venido a sentar preceptos muy superiores a los antiguos; por ejemplo, cuando
dijo: Oísteis que se dijo a los antiguos: No matarás, Pero yo os digo: No os
irritéis siquiera. Iba, en verdad, a abrir el camino de una vida divina y
celestial. Pues porque la novedad no turbara el alma de sus oyentes y les
hiciera dudar de sus palabras tomó el Señor con ellos esta cautela previa.
Porque si es cierto que los judíos no cumplían la ley, pero sentían gran
veneración por ella, y aun cuando diariamente la infringían de hecho, querían
que la letra permaneciera inalterable y nada se le añadiera. O, por decir
mejor, consentían que sus sumos sacerdotes añadieran muchas cosas a la ley, y,
cierto, no para mejorarla, sino para empeorarla. Con sus añadiduras, en efecto,
habían poco menos que destruido el honor debido a los padres; y por el estilo
habían eliminado muchos otros de sus preceptos por tales redundancias. Ahora
bien, como Cristo no pertenecía a la tribu sacerdotal y lo que Él iba a
introducir era una añadidura, no ciertamente que rebajase la ley, sino que la
realzaría en su virtud, sabiendo Él que uno y otro motivo los había de turbar,
antes de dictar Él aquellas sus leyes maravillosas, trata de disipar el reparo
que había de surgir en su espíritu. ¿Y qué reparo surgiría y se le opondría?
Pensar que todo aquello lo hacía para destruir los antiguos preceptos u
ordenaciones legales. Esta sospecha es la que trata el Señor de curar en sus
oyentes. Y así procede no sólo aquí, sino en muchas otras ocasiones. En efecto,
como en otra ocasión le tuvieran por enemigo de Dios por no guardar el sábado,
también entonces, para curar en ellos tal sospecha, les alega razones en su
defensa, unas que decían con su dignidad de Hijo, por ejemplo, cuando les
decía: Mi Padre, hasta ahora está trabajando y yo también trabajo . Otras son
pura muestra de su condescendencia; por ejemplo, cuando les habla de la bestia
que se pierde en sábado y les hace ver cómo por salvarla se infringe la ley. Y
por la misma razón les recuerda la circuncisión, por la que también se
quebranta el sábado. De ahí es justamente que muchas veces pronuncia el Señor
palabras demasiado humildes, pues quiere a todo trance destruir la sospecha de
ser Él enemigo de Dios. Así, el que con sola su palabra había resucitado a
infinitos muertos, cuando llamó a Lázaro del sepulcro, añadió una oración.
Luego, porque eso no se tomara por prueba de su inferioridad respecto al Padre,
corrigiendo toda sospecha, añadió: Esto he dicho por razón de la muchedumbre
que me rodea, a fin de que crean que tú me has enviado. Y, en general, ni todo
lo hace el Señor como por propia autoridad—con lo que corrige la flaqueza de
los judíos—, ni tampoco acude siempre a la oración—con lo que no quiere dejar a
los por venir la mala sospecha de obrar así por debilidad e impotencia—, sino
que mezcla poder con oración, y oración con poder. Y ni aun eso lo hace al
azar, sino con la prudencia que con Él dice. Las cosas mayores, en efecto, las
hace con autoridad, y en las menores levanta sus ojos al cielo. Así, para
perdonar los pecados, para descubrir los íntimos secretos, para abrir el
paraíso, para expulsar los demonios, para curar los leprosos, para poner freno
a la muerte, para resucitar muertos sin número, le basta con un mandato de su
querer. En cambio, cuando se trataba de cosa más sencilla, como multiplicar unos
pocos panes, entonces es cuando miró al cielo. Con lo que muy bien hacía ver
que no obraba así por debilidad. El que por propia autoridad podía hacer lo
más, ¿qué necesidad tenía de oración en lo menos? Y es que, como antes he
dicho, el Señor obra así para cerrar la boca a la impudencia de los judíos. Lo
mismo hay que pensar de sus palabras, cuando le oímos hablar bajamente de sí
mismo. Realmente, muchas causas había para hablar y obrar de esa manera. He
aquí algunas: que no se le tuviera por ajeno a Dios, su deseo de curar y
enseñar a todos, la enseñanza particularmente de la humildad, estar Él
revestido de carne, la imposibilidad de que los judíos lo oyeran todo de vez,
el enseñarnos, en fin, a no hablar nada grande de nosotros mismos. Por todas estas
razones habló muchas veces el Señor humildemente de sí mismo y dejó que fueran
otros los que pregonaran sus grandezas.
DE CÓMO SUS DISCÍPULOS DICEN DEL SEÑOR MÁS DE
LO QUE ÉL MISMO DIJO DE SÍ MISMO
2. Jesús mismo, disputando con los judíos, les dijo: Antes de que
Abrahán fuera, soy yo. No así su discípulo, sino: En el principio era el Verbo,
y el Verbo estaba cerca de Dios, y el Verbo era Dios. Además, que Él hubiera hecho
el cielo y la tierra y el mar, y todo lo visible y lo invisible, jamás lo dijo
claramente por sí mismo; el discípulo, empero, con absoluta libertad y sin
disimulo alguno, lo afirma una, y dos, y muchas veces: Todo fue hecho por El, y
sin Él nada fue hecho de cuanto fue hecho. Y: En el mundo estaba, y el mundo
fue hecho por Él. ¿Y qué tiene de extraño que otros digan de Él mayores cosas
que las que Él mismo dice, cuando sus mismas obras demuestran cosas que Él no
dijo nunca claramente con sus palabras? Que fue Él mismo el que hizo al hombre,
lo dio claramente a entender en la curación del ciego de nacimiento. En cambio,
cuando habló de la formación del primer hombre al principio, no dijo: "Yo
los hice", sino: El que los hizo, macho y hembra los hizo. Además, que El
es el que creó el mundo y cuanto hay en él, bien lo demostró por los milagros
de la multiplicación de los panes y de los peces, por la transformación del
agua en vino, por la tempestad calmada en el mar, por el resplandor que irradió
en el Tabor, y por tantos otros más; pero con palabras, jamás lo afirmó claramente.
Son sus discípulos; Juan, Pablo y Pedro, quienes lo repiten a cada paso. Ahora
bien, si los apóstoles, que le estaban oyendo hablar día y noche, que le veían
hacer los milagros, a quienes Él en particular resolvía muchas dificultades, a
quienes concedió tan grande poder, que resucitaban a los muertos; a quienes
hizo tan perfectos que todo lo abandonaron por su amor; si ellos, pues, después
de tan gran virtud y filosofía, no podían llevar la carga de toda la enseñanza
del Señor antes de dárseles el Espíritu Santo, ¿cómo el pueblo judío—un pueblo
sin inteligencia, desprovisto de virtud, que por casualidad oía las palabras o
veía las obras de Jesús—, cómo, digo, un pueblo así no había de creer que
Cristo era contrario a Dios, de no haber Él usado con ellos de toda esa
condescendencia y miramiento? Por eso, cuando estaba aboliendo el sábado, no
introdujo autoritativamente otra ley equivalente, sino primero presentó muchos
y muy varios motivos en su defensa. Si, pues, cuando se trataba de derogar un
solo precepto, usa el Señor de tal miramiento en sus palabras a fin de no herir
a sus oyentes, ahora que se propone sustituir una ley íntegramente a otra ley,
necesita de mucha mayor preparación y cuidado para no turbar tampoco a los que
entonces le escuchaban. Por esta misma razón indudablemente, no en muchas
partes se ve que hable claramente el Señor de su propia divinidad. Porque, si una
añadidura a la ley los alborotaba, ¿qué hubiera sido afirmar de sí mismo que
era Dios? De ahí que muchas veces habla el Señor muy por bajo de su propia
dignidad. Así también aquí, cuando se dispone a añadir sus preceptos a la
antigua ley, usa de mucha cautela previa. Porque no dijo una sola vez que no
venía a destruir la ley, sino que lo volvió a repetir y hasta añadió otra cosa
mayor. Así, habiendo dicho: No penséis que he venido a destruir la ley, seguidamente
añade: No he venido a destruirla, sino a cumplirla. Con esto no sólo cierra el
paso a la impudencia de los judíos, sino que cose también la boca de los
herejes que afirman venir del diablo la ley antigua. Porque, si Cristo vino a
destruir la tiranía del diablo, ¿cómo es que no sólo no destruye la ley, sino
que la cumple? Porque no sólo dijo que no la destruía—y con eso bastaba—, sino
que la cumplía. Lo cual no dice con quien es contrario a la ley, sino con quien
la aplaude.