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miércoles, 30 de septiembre de 2020

Carta Scripturae Sacrae Affectus en el XVI centenario de la muerte de San Jerónimo - Papa Francisco

 

CARTA APOSTÓLICA

SCRIPTURAE SACRAE AFFECTUS

DEL SANTO PADRE
FRANCISCO
EN EL XVI CENTENARIO DE LA MUERTE DE SAN JERÓNIMO

San Jerónimo escribiendo - Caravaggio

 

Una estima por la Sagrada Escritura, un amor vivo y suave por la Palabra de Dios escrita es la herencia que san Jerónimo ha dejado a la Iglesia a través de su vida y sus obras. Las expresiones, tomadas de la memoria litúrgica del santo[1], nos ofrecen una clave de lectura indispensable para conocer, en el XVI centenario de su muerte, su admirable figura en la historia de la Iglesia y su gran amor por Cristo. Este amor se extiende, como un río en muchos cauces, a través de su obra de incansable estudioso, traductor, exegeta, profundo conocedor y apasionado divulgador de la Sagrada Escritura; fino intérprete de los textos bíblicos; ardiente y en ocasiones impetuoso defensor de la verdad cristiana; ascético y eremita intransigente, además de experto guía espiritual, en su generosidad y ternura. Hoy, mil seiscientos años después, su figura sigue siendo de gran actualidad para nosotros, cristianos del siglo XXI.

Introducción

El 30 de septiembre del año 420, Jerónimo concluía su vida terrena en Belén, en la comunidad que fundó junto a la gruta de la Natividad. De este modo se confiaba a ese Señor que siempre había buscado y conocido en la Escritura, el mismo que como Juez ya había encontrado en una visión, cuando padecía fiebre, quizá en la Cuaresma del año 375. En ese acontecimiento, que marcó un viraje decisivo en su vida, un momento de conversión y cambio de perspectiva, se sintió arrastrado a la presencia del Juez: «Interrogado acerca de mi condición, respondí que era cristiano. Pero el que estaba sentado me dijo: “Mientes; tú eres ciceroniano, tú no eres cristiano”»[2]. San Jerónimo, en efecto, había amado desde joven la belleza límpida de los textos clásicos latinos y, en comparación, los escritos de la Biblia le parecían, inicialmente, toscos e imprecisos, demasiado ásperos para su refinado gusto literario.

Ese episodio de su vida favoreció la decisión de consagrarse totalmente a Cristo y a su Palabra, dedicando su existencia a hacer que las palabras divinas, a través de su infatigable trabajo de traductor y comentarista, fueran cada vez más accesibles a los demás. Ese acontecimiento dio a su vida una orientación nueva y más decidida: convertirse en servidor de la Palabra de Dios, como enamorado de la “carne de la Escritura”. Así, en la búsqueda continua que caracterizó su vida, revalorizó sus estudios juveniles y la formación recibida en Roma, reordenando su saber en un servicio más maduro a Dios y a la comunidad eclesial.

Por eso, san Jerónimo entra con pleno derecho entre las grandes figuras de la Iglesia de la época antigua, en el periodo llamado el siglo de oro de la patrística, verdadero puente entre Oriente y Occidente: fue amigo de juventud de Rufino de Aquilea, visitó a Ambrosio y mantuvo una intensa correspondencia con Agustín. En Oriente conoció a Gregorio Nacianceno, Dídimo el Ciego, Epifanio de Salamina. La tradición iconográfica cristiana lo consagró representándolo, junto con Agustín, Ambrosio y Gregorio Magno, entre los cuatro grandes doctores de la Iglesia de Occidente.

Mis predecesores también quisieron recordar su figura en diversas circunstancias. Hace un siglo, con ocasión del decimoquinto centenario de su muerte, Benedicto XV le dedicó la Carta encíclica Spiritus Paraclitus (15 septiembre 1920), presentándolo al mundo como «doctor maximus explanandis Scripturis»[3]. En tiempos más recientes, Benedicto XVI expuso su personalidad y sus obras en dos catequesis sucesivas[4]. Ahora, en el decimosexto centenario de su muerte, también yo deseo recordar a san Jerónimo y volver a proponer la actualidad de su mensaje y de sus enseñanzas, a partir de su gran estima por las Escrituras.

En este sentido, puede conectarse perfectamente, como guía segura y testigo privilegiado, con la XII Asamblea del Sínodo de los Obispos, dedicada a la Palabra de Dios[5], y con la Exhortación apostólica Verbum Domini (VD) de mi predecesor Benedicto XVI, publicada precisamente en la fiesta del santo, el 30 de septiembre de 2010[6].

De Roma a Belén

domingo, 6 de septiembre de 2020

Espiritualidad Bíblica 19 - Jesús, centro de la Biblia - Mons. Dr. Juan Straubinger

 

ESPIRITUALIDAD BÍBLICA

3. EL MISTERIO DEL HIJO

3.1. JESUS, CENTRO DE LA BIBLIA

 

I

 

"Todo lo atraeré a Mí" (Juan XII, 52). Cuando Jesús dice esta Palabra no parece significar que después de su muerte todos se convertirán a Él. Bien tristemente vemos que no fué así, ni lo es hoy, ni lo será cuando Él venga (Mat. XIII, 30 y 41; XXIV, 24; Luc. XVIII, 8).

 

Al decir, pues, Jesús: “Cuando Yo haya sido levantado en alto, todo (no todos) lo atraeré a Mí”, quiere significar que, consumado el misterio oculto desde todos los siglos" (Ef. III, 9), con su Pasión, Muerte y Resurrección, Él será “el centro hacia el cual convergen todos los misterios de ambos Testamentos”.

 

Desde entonces, toda posible fe es necesariamente fe en Jesús (I Juan V, 10), y por eso los judíos, al no creer en El, que, según Hech. III, 26, había resucitado ante todo para ellos, quedaron desde entonces con un velo que les impide entender aún el Antiguo Testamento (II Cor. III, 14 s.) y que sólo se levantará cuando se conviertan a Él (ibid. v. 16; Mat. XXIII, 39).

 

¿Cómo podría en efecto entenderse el Antiguo Testamento sin Jesús, siendo el Mesías el fin hacia el cual se encamina toda la Ley (Torah), todos los Profetas (Nebiyim) y todos los Hagiógrafos (Ketubim)?

 

Oigamos cómo les habla Jesús: "Si creyeseis a Moisés me creeríais también a Mí, pues de Mí escribió él. Pero si no creéis a sus escritos ¿cómo creeréis a mis palabras?" (Juan V, 45 s.). "Abraham vuestro padre se alborozó por ver mi día; y lo vió y se llenó de gozo”. (Juan VIII, 56). Y San Juan por su parte añade: "Isaías dijo esto cuando vió Su gloria, y de Él habló” (Juan XII, 41).

 

Jesús confirma todo esto de muchas maneras y especialmente cuando a los discípulos de Emaús, “comenzando por Moisés y por todos los profetas, les hizo hermenéutica de lo que en todas las Escrituras había acerca de El" (Luc. XXIV, 27). Y también cuando dijo a los Once, aún después de su Resurrección: “Es necesario que todo lo que está escrito acerca de Mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos se cumpla" (Luc. XXIV, 44). Y fijé entonces cuando "les abrió la inteligencia para que comprendieran las Escrituras (ibid. v. 45).

 

Esto, que les dijo antes de su Ascensión, lo había prevenido desde los primeros días, casi al comenzar el Sermón de la Montaña: “No vayáis a pensar que he venido a abolir la Ley y los Profetas. Yo no he venido para abolir sino para dar cumplimiento. En verdad os digo, hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota, ni un ápice de la Ley pasará sin que todo se haya cumplido” (Mat. V, 17 s.). Es decir que El no aboliría nada, sino que en Él se cumpliría todo, como antes vimos en Luc. XXIV, 44: los misterios dolorosos, que ya pasaron, y los gloriosos que aún esperamos para su Parusía. Todo, esto es: “nova et vetera” (Mat. XIII, 52), o sea, todo lo que los Profetas narraron sobre Él y que San Pedro llama “Sus padecimientos y posteriores glorias” (I Ped. I, 11).

viernes, 24 de julio de 2020

Meditaciones del tiempo ordinario con textos de Santo Tomás de Aquino 116


Viernes de la 16ª semana

OBSERVANCIA DE LA PALABRA DE DIOS



I. Si alguno oyere mis palabras y no las guardare, no le juzgo yo (Jn 12, 47).

Debe advertirse que son bienaventurados los que oyen la palabra de Dios y la guardan, creyéndola interiormente en el corazón y practicándola exteriormente con las obras. Mas los que la oyen y no procuran practicarla, se hacen por ello más culpables: no son justos delante de Dios los que oyen la ley, sino los que la cumplen: ésos serán justificados (Rom 2, 13). Y Santiago: Poned por obra la Palabra y no os contentéis sólo con oírla (Stgo. 1, 22).

Si alguno oyere mis palabras y no las guardare, no le juzgo yo (Jn 12, 47). De dos maneras puede decirse que alguien condena a otro; o como juez o como causa de condenación. Pues no solamente condena al homicida el juez que dicta la sentencia, sino también le condena el mismo homicidio perpetrado, que es causa de su condenación. Así, pues, dice (Jesús): No le juzgo yo, es decir, no soy yo causa de su condenación, sino él mismo. Por ello dice Oseas: Tu perdición, Israel, de ti; sólo en mí está tu socorro (Os 13, 9). Y esto, precisamente, porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo (Jn 12, 47), esto es, no he sido enviado para condenar, sino para salvar.

II. El que me desprecia, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue (Jn 11, 48). Como si dijese: Los que no guardan mis palabras, creyendo y practicando, no quedarán impunes, quienesquiera que sean. La razón se funda en que, si no reciben la palabra de Dios, desprecian lo dicho por Dios, cuyo Verbo es él mismo, como el que no obedece el mandato de su Señor. Y dice Job: Huid, pues, de la vista de la espada, porque espada hay vengadora de iniquidades; y tened entendido que hay juicio (Job 19, 29).

jueves, 4 de junio de 2020

«Pro Eis». La oración de Cristo Sacerdote


«Pro Eis», es decir, «por ellos». Es el grito de amor del Sagrado Corazón de Jesús en el capítulo 17 del Evangelio de san Juan. «Por ellos me consagro». Y es el grito con el que cada sacerdote se entrega en cuerpo y alma al servicio de Cristo para la salvación del mundo, ofreciéndose como víctima y altar para ser «otro Cristo» en la tierra. Compartimos el video de HM Televisión que te invita a orar por los sacerdotes y a dar gracias a Dios por ellos, uniéndonos a la voz de nuestro Salvador: «Pro Eis».

San Juan  17
Después de hablar así, Jesús levantó los ojos al cielo, diciendo:
«Padre, ha llegado la hora:
glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti,
ya que le diste autoridad
sobre todos los hombres,
para que él diera Vida eterna a todos los que tú les has dado.
Esta es la Vida eterna:
que te conozcan a ti,
el único Dios verdadero,
y a tu Enviado, Jesucristo.
Yo te he glorificado en la tierra,
llevando a cabo la obra
que me encomendaste.
Ahora, Padre, glorifícame junto a ti,
con la gloria que yo tenía contigo
antes que el mundo existiera.

martes, 4 de febrero de 2020

Espiritualidad Bíblica 15 - Dios Justo y Misericordioso - Mons. Dr. Juan Straubinger

ESPIRITUALIDAD BÍBLICA

2. HACIA EL PADRE

2.2. DIOS JUSTO Y MISERICORDIOSO



I

No nos conviene, ciertamente, que Dios sea justo, en el sentido humano de la palabra. El litigante desea un justo juez cuando su causa es buena. Pero cuando la causa es mala, cuando no tiene razón, ¿acaso le conviene un juez justo?

Ahora bien, ¿qué tal es la causa nuestra delante de Dios? Él mismo nos lo enseña por si acaso nuestra ceguera no lo viese: “Ningún viviente puede aparecer justo en tu presencia”, dice el Profeta David (Sal. CXLII, 2); y en otra parte: “Si examinaras, Señor, nuestras iniquidades, ¿quién podría subsistir? (Sal. CXXIX, 5). “Si dijéramos que no tenemos pecado, nosotros mismos nos engañamos, y no hay verdad en nosotros” (I Juan I, 8).

¿Qué haríamos, pues, con un juez justo?

miércoles, 22 de enero de 2020

Espiritualidad Bíblica 14 - El Padre Celestial en el Evangelio - Mons. Dr. Juan Straubinger


ESPIRITUALIDAD BÍBLICA

2. HACIA EL PADRE

2.1. EL PADRE CELESTIAL EN EL EVANGELIO


I

Si preguntamos quién es el Padre Celestial, cualquiera nos dirá que es Dios, porque Dios es nuestro Padre.

Si volvemos a preguntar quién es ese Dios, no faltarán quienes nos digan que es Jesucristo, pero algunos dirán sin duda que es la Santísima Trinidad.

¿La Santísima Trinidad sería entonces nuestro Padre? ¿Ese Padre a quien Jesús nos enseñó a adorar "en espíritu y en verdad"? ¿Ese Padre a quien nos enseñó a dirigir el Padrenuestro? Ese Padre a quien El llamó "mi Padre y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios", ¿sería la Santísima Trinidad? ¿Entonces Jesús sería el Hijo de la Santísima Trinidad?

Entonces, ¿la Misa y las oraciones de la Iglesia se equivocan cuando se dirigen al Padre, primera Persona de la Trinidad? Pues casi todas terminan pidiéndole "por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo".

¿Podría haber una ignorancia más grande que la de decir que Jesús es Hijo de la Trinidad? Tal fué exactamente la herejía del P. Harduin y su discípulo el P. Berruyer, que refutó tan claramente San Alfonso de Ligorio.

El mal viene de ignorar el Evangelio, pues cualquiera que lo ha leído, aunque sea una sola vez, no puede dejar de admirar la insistencia de Jesús en hablar de su Padre, del Padre que lo envió, es decir de esa Primera Persona, cuya gloria es para Cristo una obsesión constante. De ahí que defina los tiempos mesiánicos como aquéllos en que se va a "adorar al Padre en espíritu y en verdad, porque tales son los adoradores que el Padre quiere" (Juan IV, 23 s.).

lunes, 30 de septiembre de 2019

Motu proprio Aperuit illis - Institución del domingo de la Palabra de Dios - Papa Francisco


CARTA APOSTÓLICA
EN FORMA DE «MOTU PROPRIO»
DEL SANTO PADRE
FRANCISCO
APERUIT ILLIS
CON LA QUE SE INSTITUYE EL 
DOMINGO DE LA PALABRA DE DIOS


1. «Les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras» (Lc 24,45). Es uno de los últimos gestos realizados por el Señor resucitado, antes de su Ascensión. Se les aparece a los discípulos mientras están reunidos, parte el pan con ellos y abre sus mentes para comprender la Sagrada Escritura. A aquellos hombres asustados y decepcionados les revela el sentido del misterio pascual: que según el plan eterno del Padre, Jesús tenía que sufrir y resucitar de entre los muertos para conceder la conversión y el perdón de los pecados (cf. Lc 24,26.46-47); y promete el Espíritu Santo que les dará la fuerza para ser testigos de este misterio de salvación (cf. Lc 24,49).

La relación entre el Resucitado, la comunidad de creyentes y la Sagrada Escritura es intensamente vital para nuestra identidad. Si el Señor no nos introduce es imposible comprender en profundidad la Sagrada Escritura, pero lo contrario también es cierto: sin la Sagrada Escritura, los acontecimientos de la misión de Jesús y de su Iglesia en el mundo permanecen indescifrables. San Jerónimo escribió con verdad: «La ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo» (In Is., Prólogo: PL 24,17).

2. Tras la conclusión del Jubileo extraordinario de la misericordia, pedí que se pensara en «un domingo completamente dedicado a la Palabra de Dios, para comprender la riqueza inagotable que proviene de ese diálogo constante de Dios con su pueblo» (Carta ap. Misericordia et misera, 7). Dedicar concretamente un domingo del Año litúrgico a la Palabra de Dios nos permite, sobre todo, hacer que la Iglesia reviva el gesto del Resucitado que abre también para nosotros el tesoro de su Palabra para que podamos anunciar por todo el mundo esta riqueza inagotable. En este sentido, me vienen a la memoria las enseñanzas de san Efrén: «¿Quién es capaz, Señor, de penetrar con su mente una sola de tus frases? Como el sediento que bebe de la fuente, mucho más es lo que dejamos que lo que tomamos. Porque la palabra del Señor presenta muy diversos aspectos, según la diversa capacidad de los que la estudian. El Señor pintó con multiplicidad de colores su palabra, para que todo el que la estudie pueda ver en ella lo que más le plazca. Escondió en su palabra variedad de tesoros, para que cada uno de nosotros pudiera enriquecerse en cualquiera de los puntos en que concentrar su reflexión» (Comentarios sobre el Diatésaron, 1,18).

viernes, 13 de septiembre de 2019

Espiritualidad Bíblica 12 - Aspirad al Amor - Mons. Dr. Juan Straubinger



1. ESPIRITUALIDAD BÍBLICA
1.12. ASPIRAD AL AMOR (I Cor. XIV, 1)


I

Una parábola oriental refiere que un padre de familia que tenía dos hijos gravemente enfermos, trajo de lejos un bálsamo que devolvió a los dos la salud perdida. Uno de ellos no cesaba de elogiar la eficacia del remedio, en tanto que el otro pensaba en la bondad de su padre que lo había traído. El padre conoció que esa diferencia entre ambos espíritus era Cuestión de amor (en el segundo) y desamor (en el primero). Entonces les descubrió que el bálsamo no era nada en sí mismo, sino agua pura, en la cual él había dejado caer una lágrima de su amor paterno dolorido por el mal de los hijos. La eficacia, que parecía propia del bálsamo, no era sino la fuerza de ese amor.

Precioso ejemplo, lleno de sentido sobrenatural, que nos enseña a no admirar ni amar creatura alguna, sino a glorificar en ellas la bondad del Padre, "en alabanza de la gloria de su gracia, por la cual nos hizo agradables a sus ojos en su amado Hijo" (Ef. I, 6). Dios nos da algo más que objetos perecederos. El ama con todo su Ser, que es el amor mismo. De ahí que "mandó” su propia Palabra (Verbo) para sanarnos (Sal. CIV, 20). De ahí que nos da, para santificarnos y movernos, su propio Espíritu (Rom. V, 5; VIII, 12). Véase Amós VIII, 11 s.; Sal. CIII, 29 s.

martes, 29 de mayo de 2018

Fragmentos de Verdad Católica (2) - Los cuatro Evangelios: ¿Por qué son el corazón de la fe cristiana? -Mons. Raffaello Martinelli


LOS CUATRO EVANGELIOS:
¿POR QUÉ SON EL CORAZÓN DE LA FE CRISTIANA?


¿Qué significa Evangelio?
- “Evangelio” es una palabra griega (euangelion) que llegó al español a través de la palabra latina evangelium y que significa literalmente buena noticia. Esta buena noticia se refiere a la vida y a la predicación de Jesucristo, el Hijo Unigénito de Dios hecho hombre.
  
¿Cuántos y cuáles son los Evangelios?
Son 4: evangelio de Mateo (Mt), Marcos (Mc), Lucas (Lc), Juan (Jn). Forman parte de la Sagrada Escritura y, en particular, del Nuevo Testamento, Pertenecen, por tanto, al canon de las Escrituras, que es “la lista completa de los escritos sagrados, que la Tradición Apostólica ha permitido discernir a la Iglesia. El canon comprende 46 escritos del Antiguo Testamento y 27 del Nuevo” (Compendio, 20).

¿Cuándo fueron escritos?
Los 4 evangelios fueron escritos entre los años 60 y el 100 d.C.

¿Por qué son solamente 4?
Son solamente cuatro, en cuanto que ha sido la Tradición Apostólica la que ha permitido a la Iglesia que estos cuatro y sólo estos cuatro evangelios deberían ser comprendidos en la lista de los Libros Sagrados.

¿Qué es la Tradición Apostólica?

martes, 16 de enero de 2018

Espiritualidad Bíblica 11 - Bienaventurado el rico... - Mons. Dr. Juan Straubinger

1.   ESPIRITUALIDAD BÍBLICA
1.11.  BIENAVENTURADO EL RICO... (Ecli. XXXI, 8)


I
"Bienaventurado el rico que es hallado sin culpa, y que no anda tras el oro, ni pone su esperanza en el dinero ni en los tesoros" (Ecli. XXXI, 8). Es éste el único caso en que la Sagrada Escritura elogia al rico. Y lo explica en seguida: “porque fué probado por medio del oro y hallado perfecto por lo que reportará gloria eterna; podía pecar y no pecó, hacer mal y no lo hizo" (Ecli. XXXI, 10). Un caso raro, pero no imposible. Una excepción entre los ricos; pues casi todos sucumben a los halagos del oro.
La Epístola del Común de Confesores que cita este texto dice: Bienaventurado el hombre, en lugar de: bienaventurado el rico. Sin embargo, solamente en su forma original se comprende el verdadero sentido del "podía pecar y no pecó", y las alabanzas del Eclesiástico.
De la misma manera es elogiado en la Escritura el patrón, el patrón justo y misericordioso de las parábolas del Evangelio, y una vez un patrón humilde, que se ciñe y sirve a sus siervos (Luc. XII, 37). Ese patrón es figura de Cristo, que de esta manera nos revela uno de los abismales secretos de su humildad redentora. Se refiere que en una casa de insanos se quería saber quién fuese el más demente de todos, y le dieron la palma a uno que declaró estar esperando al rey para que le limpiase los zapatos. Pero mucho más lejos llega, según vemos, la humildad divina en la parábola que acabamos de citar. Y cuidado con querer rechazarla, porque ello sería falsa humildad, como la de Pedro en el lavatorio de los pies (Juan XIII, 8 ss). Jesús tiene derecho a que le creamos esta verdad inaudita que anuncia en la parábola, porque ya nos dijo que El es nuestro sirviente (Luc. XXII, 27), y que no vino para ser servido, sino para servir (Mat. XX, 28).
En el contexto de estos pasajes, Jesús revela ampliamente la superioridad del que sirve sobre el que es servido. ¡Qué luz para el problema social moderno! ¡Jesús obrero, pero no ya sólo como trabajador del músculo, ni como miembro de un gremio, sino como servidor de todos! Y por eso nos dice que entre nosotros el primero servirá a los demás (Mat. XX, 26 s; Luc. XXII, 26). En esto estriba sin duda el gran misterio escondido en la Escritura que dice: "el mayor servirá al menor" (Gén. XXV, 23; Rom. IX, 12).

II

martes, 28 de noviembre de 2017

Espiritualidad Bíblica 10 - La Sabiduría considerada como serenidad - Mons. Dr. Juan Straubinger

1.   ESPIRITUALIDAD BÍBLICA
1.10.  LA SABIDURIA CONSIDERADA COMO SERENIDAD



I

La sabiduría que imploró Salomón se sintetiza en el "saber que ella trabaja con nosotros a fin de que sepamos lo que a Dios agrada" (Sab. IX, 10). Al iniciar nuestro empeño por buscarla, nos consuela el saber de antemano que la conseguiremos, porque "el que la necesita no tiene más que pedirla a Aquel que da copiosamente, sin zaherir a nadie” (Sant. I, 5). Porque “todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama se le abrirá” (Luc. XI, 10).
Más aún, la sabiduría “se anticipa a aquellos que la codician, poniéndoseles ella misma delante”. Por tanto, quien la buscare “no tendrá que fatigarse, pues la hallará sentada en su misma puerta” (Sab. VI, 14-15). Y esto es porque el Divino Padre, que es bueno, "dará el buen espíritu a quien se lo pida", así como nosotros, “que somos malos, sabemos dar cosas buenas a nuestros hijos, y no les damos una piedra cuando nos piden un pan” (Luc. XI, 11-13).
Por donde se ve que el desear la sabiduría es ya la seguridad de alcanzarla, y esto lo expone la Biblia en forma de sorites, en un pasaje maravilloso que es quizá la única argumentación silogística en el Antiguo Testamento (más marcadamente que en Rom. V, 2-5 y I Ped. I, 5-7) y que denuncia la procedencia alejandrina del autor del Libro de la Sabiduría.
Dice éste, en efecto: "El principio de la sabiduría es el muy sincero deseo de instrucción; la premura de instrucción, es amor; el amor es ya guardar sus leyes; la atención prestada a esas leyes, es signo de incorrupción; la incorrupción (inmortalidad) da un lugar junto a Dios. Luego, el deseo de la sabiduría conduce al Reino eterno” (Sab. VI, 17-20).

II

lunes, 13 de noviembre de 2017

Espiritualidad Bíblica 9 - El caso de Pedro - Mons. Dr. Juan Straubinger

1.ESPIRITUALIDAD BÍBLICA
1.9. EL CASO DE PEDRO



I

Para un hombre, el ser basura de Dios, el ser su esclavo, el ser su estropajo, es ya sobrado honor y sobrada felicidad. Pero si a Dios se le ocurre otra cosa, si la generosidad de su Corazón sobrepasa a cuanto podemos imaginar de El, y si Jesús quiere sorprendernos llamándonos amigos (Juan XV, 15), y si el Padre quiere hacemos sus hijos (I Juan III, 1) y hermanos de su Hijo (Rom. VIII, 29), ¡cuidado con que una falsa humildad nos haga rechazar el Don de Dios e insistir en nuestra opinión de que hemos de seguir siendo esclavos! (Rom. VIII, 15).

El tener en principio esta opinión es ciertamente bueno, porque ella es exacta desde nuestro punto de vista. ¿Qué otra cosa, sino basura y nada, podremos sentirnos nosotros, frente a nuestro Creador, infinito en la sabiduría, en el poder y en la santidad? Es este un punto de partida indispensable para que el hombre se niegue a sí mismo, es decir, deje de confiar en la virtud propia como si ésta fuese suficiente para salvarnos. Es este el punto de partida, pero no es todo, según lo veremos más adelante.

San Pedro —o mejor Pedro, antes de ser el santo-, reaccionó muchas veces según esa opinión primaria y puramente humana de la humildad. De ahí que Cristo lo tomase como campo de experimentación, para darnos, a costa de su apóstol, rectificaciones fundamentales. Decimos a costa de él, por las muchas veces que tuvo que avergonzarse de sus errores aunque de ellos había de sacar su gran provecho.

II

domingo, 5 de noviembre de 2017

Espiritualidad Bíblica 8 - De Grecia a Cristo - Mons. Dr. Juan Straubinger


1.   8. DE GRECIA A CRISTO

“Nadie es malo, mientras no se demuestre".
Derecho Romano (Orden natural).

“Nadie es bueno, sino sólo Dios”.
Jesús (Orden sobrenatural).


I

“Gnothi sautón” (conócete a ti mismo); Aforismo griego y pagano, de muchos admirado. No es esto lo que enseña la Escritura de la divina Revelación. Poco me importa, dice S. Pablo, ser juzgado por vosotros o por cualquier juicio humano. Ni yo mismo me juzgo. . . El Señor es quien me juzga (I Cor. IV, 3-4). “De tu rostro (oh Señor) salga mi sentencia”, dice David (Salmo XVI, 2), anhelando poder entregar por entero la suerte de su causa a Aquel que es la fidelidad, la luz y la sabiduría, la omnipotencia y sobre todo la bondad y la misericordia que perdona.

Para nosotros hay más aún que para David: la Redención, que justifica por los méritos de Cristo. Aún hallándome yo deudor insolvente, el divino Padre me perdona y para eso sé que mi seguridad es absoluta; pues Jesús “es la víctima de propiciación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo" (I Juan II, 2).

"Conózcate yo, Señor, y conózcame yo a mí mismo”, dice San Agustín; pero este conocimiento propio, presentado así en parangón con el conocimiento de Dios, no tiene nada de esa "ciencia del bien y del mal", cuya ambición fué lo que corrompió a Adán. Esta oración, pues, del gran Doctor de la gracia, equivale a decir: sepa yo, Señor, vivir este gran dogma de que Tú lo eres todo y yo soy la nada.

Es que Jesús no dice, como el oráculo griego: "conócete a ti mismo", sino: "niégate a ti mismo". La explicación es muy clara. El pagano ignoraba el dogma de la caída original. Entonces decía lógicamente: analízate a ver qué hay en ti de bueno y qué hay de malo. Jesús nos enseña simplemente a descalificarnos a priori, por lo cual ese juicio previo del autoanálisis resulta harto inútil, dada la amplitud inmensa que tuvo y que conserva nuestra caída original. Ella nos corrompió y depravó nuestros instintos de tal manera, que San Pablo nos pudo decir con el Salmista: "Todo hombre es mentiroso" (Rom. III, 4; Salmo CXV, 2). Por lo cual el Profeta Jeremías nos previene: "Perverso es el corazón de todos, e impenetrable: ¿Quién podrá conocerlo?" (Jer. XVII, 9). Ese mismo profeta dice también: “Maldito el hombre que confía en el hombre" (Ibid. 5), y de Jesús sabemos que no se fiaba de los hombres, "porque los conocía a todos" (Juan II, 24).

II

lunes, 30 de octubre de 2017

Espiritualidad Bíblica 7 - Biblia y psicoanálisis - Mons. Dr. Juan Straubinger

1.7. BIBLIA Y PSICOANALISIS



I

El grande, el sumo psicoanálisis está en la Biblia, pues ella y sólo ella nos enseña a desnudar enteramente el corazón, y sólo con sus luces de espíritu aprendemos a ser del todo sinceros con nosotros mismos.

Frente a la sabiduría de la Biblia no hay complejos, porque en ella habla Dios que conoce “lo íntimo del corazón" (Salmo XLV, 22). Ella descubre nuestros complejos y los resuelve de un modo definitivo. Ella escudriña el corazón para indicar a cada cual su camino (Jer. XVII, 10). Ella sabe nuestros íntimos pensamientos (Jer. XX, 12); pone a prueba los corazones (I Par. XXIX, 17; Jer. XII, 3); los pesa (Prov. XXI, 2) y luego los inclina a la solución que les conviene (ibid.1): los ilumina como luz que resplandece entre tinieblas (II Cor. IV, 6); los alimenta (Salmo XXVI, 14) y termina su obra renovándola por completo (Salmo L, 12) y dándoles firmeza definitiva (I Tes. III, 13).

Una sola cosa exige este gran maestro, lo mismo que exige todo psicoanalista: sinceridad. Esto le basta. Y hay más aún: así como, según el refrán, el que se excusa se acusa, así también -lo que es mejor—, frente a la Biblia el que se acusa se excusa.

Si alguna vez no encontramos soluciones y consuelo en la Escritura, es porque buscamos estar satisfechos de nosotros mismos y "quedar bien" con nuestro amor propio. En este caso nunca quedamos satisfechos, pues siempre vemos asomar nuestras miserias y errores. En cuanto confesamos eso, en cuanto nos resignamos a saber que no somos buenos, nos vuelve a la alegría, como se ve en el Salmo XXXI, 4 ss.

La Biblia nos dice entonces: ¿Qué importa si no fuiste bueno hasta hoy? ¿No ves que yo tengo la parábola de los obreros de la última hora (Mat. XX, 8) que lo pasan aún mejor que los primeros? ¿No recuerdas el caso de Magdalena (Luc. VII, 43-47), donde yo muestro que el que más ama es aquel a quien más hubo que perdonarle? Si hay quien limpia tus ropas y las deja como la nieve (Salmo L, 9) ¿qué importa que su suciedad fuese mucha o poca?

II

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