1) El carácter
profético de la Encíclica, del Beato Pablo VI, Humanae vitae, su vigencia
irreformable y la necesidad de releerla desde la “teología del cuerpo”.
2) La
Encíclica Humanae vitae está en consonancia y continuidad con lo
expresado en la Gaudium et spes del Concilio Vaticano II, y realiza
su explicitación y concreción. El contenido moral presente en la Encíclica
exalta el amor humano con sus características y aclara el concepto de
paternidad responsable en consonancia «con criterios objetivos tomados de la
naturaleza de la persona y de sus actos» (Gaudium et spes, 51).
“El que escucha
estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente
que edificó su casa sobre roca” (Mt 7,24). Son las últimas palabras, de
Jesucristo en el Sermón de la Montaña de San Mateo que es la carta magna de la
moral cristiana. Como dice San Agustín, comentando esta misma frase: “Quien
considere pía y sobriamente el Sermón que pronunció nuestro Señor Jesucristo en
el monte, tal como leemos en el evangelio según Mateo, creo que encontrará en
él todo lo que concierne a las costumbres perfectas, al modo perfecto de la
vida cristiana”1.
Por una parte,
muestra algo que podría parecer evidente, pero que, en cambio, para muchos ha
dejado de serlo, esto es: existe una vida cristiana y Cristo nos la enseña. El
cristianismo contiene en sí un modo de vida con unas características propias.
El mismo Jesucristo ha querido transmitirlo así de un modo claro y la Iglesia
nos lo comunica para formar en nosotros unas convicciones básicas en la
moralidad. El hecho de que surjan dudas al respecto viene por tanto de otra
fuente, de otras voces que no son las de Cristo. Poder pensar que no existe, o
que es simplemente un conjunto de actitudes vagas, es un modo claro de no
escuchar sus palabras y fundar la vida sobre arena. La propia evolución que ha tenido
el debate sobre la especificidad de la moral cristiana en estos últimos años
así nos lo muestra 2, acabó por
inanición y por la necesidad de supervivencia 3. Si no existía tal
especificidad en relación al obrar concreto, los moralistas nos quedábamos sin
trabajo, porque bastaría unos pocos trazos genéricos sobre algunas pretendidas
actitudes cristianas para mostrar todo lo cristiano de la moral.
El próximo 25 de julio
la carta Encíclica del Beato Pablo VI Humanae Vitae cumplirá 50 años. Del mismo
modo, el 6 de agosto cumplirá 25 años la Carta Encíclica Veritatis splendor del
Papa San Juan Pablo II. Ambas encíclicas han sido, junto con el Catecismo de la
Iglesia Católica, los faros de luz que han guiado a los católicos en la noche
cultural y moral que se ha cernido sobre Occidente. La Encíclica Humanae vitae amaneció
en 1968 en plena eclosión de la revolución sexual y pocos supieron reconocer su
carácter profético, constituyendo uno de los hitos del Magisterio de la Iglesia
Católica. La encíclica Veritatis splendor siguió al Catecismo de la Iglesia
Católica y nace con voluntad de responder a la crisis de la verdad y al
desmoronamiento de los fundamentos de la moral propiciado por el relativismo
moral y por la propuesta de las doctrinas teleológicas: el proporcionalismo y
el consecuencialismo. A las dificultades en la recepción de ambas encíclicas se
han sumado las distintas respuestas dadas a la Exhortación postsinodal del Papa
Francisco Amoris laetitia y que, en algunos casos, plantean de nuevo lo que en
su momento se llamó la moral de situación.
Con el lema que
preside este Congreso El triunfo de la vida y la verdad del amor humano queremos
contribuir a mantener viva la luz de la fe y del Magisterio en temas tan
esenciales para el bien de la persona humana en su vocación específica al amor
y el bien de la sociedad entera, que depende en gran medida del futuro del
matrimonio y de la familia.
El marco en el que
hemos de situar los contenidos de este Congreso es la moral social o lo que ha
venido en llamarse la Doctrina Social de la Iglesia. Por tanto el primer
escollo que pretendemos superar es no recluir a la encíclica Humanae vitae,
como algunos pretenden, en el ámbito de la moral privada donde el único
criterio es la libertad individual sin más precedentes y objetivos que el
propio deseo.