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jueves, 15 de mayo de 2025

San León Magno fiel servidor de la Sede Apostólica, Vicario de Cristo en la tierra, Doctor de la Iglesia Universal - San Juan XXIII

 

CARTA ENCÍCLICA

AETERNA DEI SAPIENTIA*
DEL SUMO PONTÍFICE
SAN JUAN XXIII
A LOS VENERABLES HERMANOS
PATRIARCAS, PRIMADOS,
ARZOBISPOS, OBISPOS
Y DEMÁS ORDINARIOS DEL LUGAR,
EN PAZ Y COMUNIÓN
CON LA SEDE APOSTÓLICA

SOBRE SAN LEÓN I MAGNO
PONTÍFICE MÁXIMO Y DOCTOR
DE LA IGLESIA, AL CUMPLIRSE
EL XV CENTENARIO DE SU MUERTE

León Magno se encuentra con Atila (EStancias de Rafael -Vaticano)


 

Venerables hermanos:

Salud y bendición apostólica.

La eterna sabiduría de Dios, que «se extiende, con poderío, de una punta a la otra del mundo, y que con bondad gobierna todo el universo»[1], parece haber impreso con singular esplendor su imagen en el alma de San León I, Sumo Pontífice. Pues «grandísimo entre los grandes» [2], como justamente lo llamó nuestro predecesor Pío XII, de venerada memoria, apareció dotado en manera extraordinaria de intrépida fortaleza y paternal bondad. Por este motivo Nos, llamados por la Divina Providencia a sentarnos en la Cátedra de Pedro, que San León Magno tanto ilustró con la prudencia en el gobierno, con la riqueza de doctrina, con su magnanimidad y con su inagotable caridad, sentimos el deber, venerables hermanos, con ocasión del decimoquinto centenario de su venturoso tránsito, de recordar sus virtudes y méritos inmortales, seguros, como estamos, de que esto contribuirá notablemente al provecho general de las almas y a la exaltación de la religión católica. Pues la grandeza de este Pontífice no se debe únicamente al gesto de intrépido coraje, con que él, inerme, revestido solamente con la majestad del Sumo Sacerdote, hizo frente en el 452 al feroz Atila, rey de los hunos, junto al río Mincio, y lo convenció para que se retirara más allá del Danubio. Fue indudablemente un gesto noble, digno de la misión pacificadora del Pontificado Romano; pero en realidad no representa más que un episodio y una prueba de una vida enteramente dedicada al bien religioso y social no solamente de Roma y de Italia, sino de la Iglesia universal.

S. León Magno, Pontífice, Pastor y Doctor de la Iglesia Universal

A su vida y a su laboriosidad se pueden bien aplicar las palabras de la Sagrada Escritura: «La vida del justo es como la luz del alba que va creciendo hasta el mediodía» [3], con sólo considerar tres aspectos distintivos y característicos de su personalidad: fiel servidor de la Sede Apostólica, Vicario de Cristo en la tierra, Doctor de la Iglesia Universal.

Fiel servidor de la Sede Apostólica

«León, toscano de nacimiento, hijo de Quinzianno», como nos informa el Liber Pontificalis [4], nace hacia el final del siglo IV. Pero habiendo vivido en Roma desde su primera juventud, justamente puede llamar a Roma su patria [5], donde todavía joven fue adscrito al clero romano, llegando hasta el grado de diácono. En el espacio que va desde el 430 al 439 ejerció un influjo considerable en los negocios eclesiásticos, prestando sus servicios al Pontífice Sixto III. Tuvo relaciones amistosas con San Próspero de Aquitania y con Casiano, fundador de la célebre abadía de San Víctor en Marsella; de éste, autor de la obra contra los nestorianos De incarnatione Domini [6], León recibió un elogio verdaderamente singular tratándose de un simple diácono: «Honor de la Iglesia y del Sagrado Ministerio» [7]. Mientras se encontraba en Francia, enviado por el Papa a instancias de la corte de Rávena, para solucionar el conflicto entre el patricio Aecio y el prefecto Albino, murió Sixto III. Fue entonces cuando la Iglesia de Roma pensó que no podía confiar a un hombre mejor el puesto de Vicario de Cristo, que al diácono León, que se había revelado tanto como seguro teólogo que como hábil diplomático. Recibió, pues, la consagración episcopal el 29 de septiembre del 440, y su pontificado fue uno de los más largos de la antigüedad cristiana, e indudablemente uno de los más gloriosos. Murió en noviembre del 461 y fue sepultado en el pórtico de la Basílica de San Pedro. El Papa San Sergio I mandó trasladar, en el 688, sus restos mortales junto a "la roca de Pedro"; después de la construcción de la nueva Basílica fueron colocados debajo del altar a él dedicado.

Y ahora, queriendo sencillamente indicar el carácter sobresaliente de su vida, no podemos dejar de proclamar que rara vez el triunfo de la Iglesia sobre sus enemigos espirituales fue tan glorioso como durante el pontificado de San León. Pues en el curso del siglo V brilla en el cielo de la cristiandad como una estrella resplandeciente. Tal afirmación en ningún sentido puede ser desmentida, especialmente si se considera el campo doctrinal de la fe católica; pues en él, su nombre se encuentra unido al de San Agustín de Hipona y al de San Cirilo de Alejandría, Efectivamente, si San Agustín reivindicó contra la herejía pelagiana la absoluta necesidad de la gracia para vivir santamente y conseguir la salvación eterna, si San Cirilo de Alejandría, contra las erróneas afirmaciones de Nestorio, propugnó la divinidad de Jesucristo y la divina maternidad de la Virgen María, San León, por su parte, heredero de la doctrina de estas dos insignes lumbreras de la Iglesia de Oriente y Occidente fue el primero de todos sus contemporáneos en afirmar estas fundamentales verdades de la fe católica. Como San Agustín es aclamado por la Iglesia como Doctor de la gracia, y San Cirilo Doctor de la encarnación, San León es celebrado por todos como el Doctor de la unidad de la Iglesia.

Pastor de la Iglesia Universal

domingo, 2 de julio de 2023

Leyendas negras de la Iglesia 1 - Sentimiento de culpa - Vittorio Messori

 

1. Sentimientos de culpa



 

Al cabo de tres días de fatigoso viaje en común, Léo Moulin, de ochenta y un años, aparece fresco, elegante, atento y tan cordial como siempre. Moulin, profesor de Historia y Sociología en la Universidad de Bruselas durante medio siglo, autor de decenas de libros rigurosos y fascinantes, es uno de los intelectuales más prestigiosos de Europa. Es quizás quien mejor conoce las órdenes religiosas medievales, y pocos sienten tanta admiración por la sabiduría de aquellos monjes como él. A pesar de haberse distanciado de las logias masónicas en las que militó («A menudo —me dice— afiliarse a ellas es condición indispensable para hacer carrera en universidades, periódicos o editoriales: la ayuda mutua entre los "hermanos masones" no es un mito, es una realidad aún vigente»), sigue siendo un laico, un racionalista cuyo agnosticismo bordea el ateísmo.

 

Moulin me encomienda que repita a los creyentes uno de sus principios, madurado a lo largo de una vida de estudio y experiencia: «Haced caso a este viejo incrédulo que sabe lo que se dice: la obra maestra de la propaganda anticristiana es haber logrado crear en los cristianos, sobre todo en los católicos, una mala conciencia, infundiéndoles la inquietud, cuando no la vergüenza, por su propia historia. A fuerza de insistir, desde la Reforma hasta nuestros días, han conseguido convenceros de que sois los responsables de todos o casi todos los males del mundo. Os han paralizado en la autocrítica masoquista para neutralizar la crítica de lo que ha ocupado vuestro lugar.»

 

Feministas, homosexuales, tercermundialistas y tercermundistas, pacifistas, representantes de todas las minorías, contestatarios y descontentos de cualquier ralea, científicos, humanistas, filósofos, ecologistas, defensores de los animales, moralistas laicos: «Habéis permitido que todos os pasaran cuentas, a menudo falseadas, casi sin discutir. No ha habido problema, error o sufrimiento histórico que no se os haya imputado. Y vosotros, casi siempre ignorantes de vuestro pasado, habéis acabado por creerlo, hasta el punto de respaldarlos. En cambio, yo (agnóstico, pero también un historiador que trata de ser objetivo) os digo que debéis reaccionar en nombre de la verdad. De hecho, a menudo no es cierto. Pero si en algún caso lo es, también es cierto que, tras un balance de veinte siglos de cristianismo, las luces prevalecen ampliamente sobre las tinieblas. Luego, ¿por qué no pedís cuentas a quienes os las piden a vosotros? ¿Acaso han sido mejores los resultados de lo que ha venido después? ¿Desde qué púlpitos escucháis, contritos, ciertos sermones?» Me habla de aquella Edad Media que ha estudiado desde siempre: «¡Aquella vergonzosa mentira de los "siglos oscuros", por estar inspirados en la fe del Evangelio! ¿Por qué, entonces, todo lo que nos queda de aquellos tiempos es de una belleza y sabiduría tan fascinantes? También en la historia sirve la ley de causa y efecto...»

jueves, 29 de junio de 2023

Leyendas negras de la Iglesia - Introducción - Vittorio Messori

 


INTRODUCCIÓN

El presente libro es una recopilación de artículos que he publicado en periódicos italianos. El origen periodístico de los textos se manifiesta en el hecho de que, en cada uno de ellos, el argumento se encuentra claramente encuadrado. Ello propicia que una de sus formas de lectura pueda ser a página abierta.

El título que los une, Leyendas negras de la Iglesia, manifiesta la triste realidad de aquella frase evangélica: «¿Creéis que he venido a traer la paz al mundo? Os digo que no, sino la división.» Sin embargo, es necesario recordar el antiguo principio de que el movimiento no se prueba con complejas teorías sino, simplemente, moviéndose. Así también ocurre con el cristianismo: fe en un Dios que se ha tomado tan en serio el tiempo de los hombres que ha participado en él —encarnándose en un lugar, en un tiempo, en un pueblo, con un rostro y un nombre—; la verdad del Evangelio se prueba en la historia concreta. Es Jesús mismo quien lanza el desafío: al árbol se le juzga por sus frutos. Es precisamente la defensa de estos frutos lo que sirve de nexo a los diversos capítulos de este libro.

La pasión con que me enfrento al contenido de estos temas convive siempre con la vigilante autoironía de quien sabe bien cómo el creer no es un arrogante, incluso fanático, «según yo». En ninguna página, ni siquiera en las más polémicas, he olvidado el consejo de san Agustín: Interficite errores; homines diligite. Acabad con los errores; amad a los hombres. No todas las ideas ni todas las acciones son respetables. Dignos de todo respeto son, sin embargo, cada uno de los hombres.

viernes, 23 de junio de 2023

Leyendas negras de la Iglesia - Prefacio del Cardenal Giacomo Biffi

 


PREFACIO

Cuando un muchacho, educado cristianamente por la familia y la comunidad parroquial, a tenor de los asertos apodícticos de algún profesor o algún texto empieza a sentir vergüenza por la historia de su Iglesia, se encuentra objetivamente en el grave peligro de perder la fe. Es una observación lamentable, pero indiscutible; es más, mantiene su validez general incluso fuera del contexto escolástico.

Aquí tenemos un problema pastoral de los más punzantes; y sorprende constatar la poca atención que recibe en los ambientes eclesiales.

Para salvar nuestra alegría y orgullo de pertenecer al «pequeño rebaño» destinado al Reino de Dios, no sirve la renuncia a profundizar en las cuestiones que se plantean. Es indispensable, por el contrario, la aptitud para examinar todo con tranquila ecuanimidad: en oposición a lo que comúnmente se piensa, la escéptica cultura contemporánea no carece de cuentos, sino de espíritu crítico; por eso el Evangelio se encuentra tan a menudo en posición desfavorable.

Tal como he dicho en repetidas ocasiones, el problema más radical a consecuencia de la descristianización no es, en mi opinión, la pérdida de la fe, sino la pérdida de la razón: volver a pensar sin prejuicios ya es un gran paso hacia adelante para descubrir nuevamente a Cristo y el proyecto del Padre.

Por otra parte, también es verdad que la iniciativa de salvación de Dios tiene una función sanadora integral: salva al hombre en su totalidad; incluida, por lo tanto, su natural capacidad cognoscitiva.

La alternativa de la fe no es, en consecuencia, la razón y la libertad de pensamiento, tal como se nos ha repetido obsesivamente en los últimos siglos; sino, al menos en los casos de extrema y desventurada coherencia, el suicidio de la razón y la resignación a lo absurdo.

miércoles, 5 de agosto de 2020

Crisis o decadencia en la Iglesia Católica - Mons. Héctor Aguer


Crisis – decadencia de la Iglesia

Monseñor Héctor Aguer


Numerosos autores han hablado, ya desde hace años, de la crisis de la Iglesia. ¿Qué es realmente lo que se desea expresar empleando esos términos? ¿Puede pensarse en una situación que se prolonga por décadas, por ejemplo, desde la conclusión del Concilio Vaticano II? ¿O se trata de una sucesión de crisis, separadas quizá por algunos períodos de alivio y relativa bonanza?

Comencemos por un esclarecimiento de los posibles significados a reconocer del meneado sustantivo. En griego, krísis designa la acción o la facultad de elegir, de decidir. Hipócrates empleaba esa palabra para referirse a la fase decisiva en el proceso de una enfermedad. También vale por «explicación», «interpretación». En castellano, crisis se define como una mutación importante en el desarrollo de un proceso, sea de orden físico, histórico o espiritual. Se habla así cuando en la situación de un asunto puede dudarse acerca de la continuación, la modificación o el cese de la misma. Por extensión, se refiere al momento decisivo de un negocio grave y de consecuencias importantes, a una situación dificultosa o complicada. La acepción seis del Diccionario de la Real Academia Española, es: escasez, carestía. Esta digresión lingüística no es una vanidad; permite fijar bien de qué estamos hablando.

Normalmente, una crisis se resuelve en una superación que equivale a un apogeo, una culminación feliz, o por lo contrario, en una decadencia. Es bastante común seguir hablando de crisis cuando en realidad se ha caído en una declinación, cuando en un período o ámbito determinado se ha instalado ya un principio duradero de debilidad o de ruina. Ruina es la caída, destrucción o perdición de algo. En buen español se dice batir en ruina cuando se trata de percutir la muralla de una fortaleza hasta derribar un trozo de ella para que por allí entren las tropas enemigas para rendirla.

Si aplicamos esta expresión al estado de la Iglesia, nos acercamos a la interpretación que muchos de los Santos Padres hicieron de algunas lamentaciones colectivas del Salterio, una lectura de actualización cristiana de vivencias dolorosas del antiguo Israel. En el Antiguo Testamento la viña es frecuentemente imagen del pueblo de Dios, a tenor de lo expresado en el poema que el profeta Isaías incluye en el capítulo 5 de su libro: La viña del Señor de los ejércitos es la Casa de Israel, y los hombres de Judá son su plantación predilecta (Is 5, 7). El drama registrado en ese texto consiste en que el dueño esperaba le diera uvas, pero dio frutos agrios (ib. 4). La reacción fue una amenaza cumplida: Quitaré su valla y será destruida, derribaré su cerco y será pisoteada; la convertiré en una ruina (ib. 8). Así leemos en el Salo 80 (79), 13 s.: ¿Por qué has derribado sus cercos para que puedan saquearla todos los que pasan? Los jabalíes del bosque la devastan y se la comen los animales del campo. El salmista se refiere seguramente a la invasión asiria, o a la de Nabucodonosor de Babilonia. Una situación análoga se describe en el Salmo 89 (88), 41 s.: Abriste brechas en todas sus murallas, redujiste a escombros todas sus fortalezas, los que pasan por el camino lo despojan, y es la burla de todos sus vecinos. El singular masculino se refiere al Ungido, representación del pueblo elegido. En este caso los enemigos son los pueblos vecinos de Israel: sirios, moabitas, amonitas, idumeos. Es necesario recordar, para una valoración plena de la imagen, que las viñas, en Palestina, estaban rodeadas de una pared de piedras o un cerco de cactus como protección. En cada una de ellas había una torre, desde la cual vigilaba el propietario, siempre dispuesto a intervenir. De allí la súplica angustiada: Vuélvete, Señor de los ejércitos, observa desde el cielo y mira; ven a visitar tu vid, la cepa que plantó tu mano, el retoño que tú hiciste vigoroso (Sal 80 (79), 15 s.). También: ¿Hasta cuándo, Señor? ¿Te ocultarás para siempre? (Sal 89 (88), 47). Como ya lo he sugerido, según los Santos Padres, la viña es la Iglesia, el nuevo Israel. Esta interpretación se hizo común; el mismo Lutero apreciaba en los salmos citados una profecía de la Iglesia.

Entremos ahora decididamente en el tema. Concluido el Concilio Vaticano II, teólogos destacados como Henri de Lubac, Louis Bouyer y Hans Urs von Balthasar, que no eran por cierto «conservadores», en el sentido negativo de la palabra, sino que se contaron como impulsores de la renovación, se pronunciaron abiertamente, y con severidad, para criticar la crisis –así se la llamó ya entonces- que se había desencadenado, poniendo en riesgo la identidad de la fe. El año 1968 fue tremendo. Pablo VI, para hacer frente a la situación lo decretó Año de la Fe, publicó el Credo del Pueblo de Dios, y la encíclica Humanae vitae tradendae; rechazada por varias Conferencias Episcopales, y sobre la cual se ha impuesto un ominoso silencio que ha llevado al olvido oficial de su cincuentenario. Joseph Ratzinger, el futuro Benedicto XVI, en una conferencia pronunciada en Munich, en 1970, decía: «Lo que era impensable hasta ahora, se ha hecho normal: hombres que desde hace tiempo han abandonado el Credo de la Iglesia se consideran en buena conciencia como cristianos verdaderamente progresistas. No hay para ellos más que un solo criterio que cuenta y que les permite juzgar a la Iglesia: el criterio de la funcionalidad que guía su acción». Pareciera que se está refiriendo a nuestros años, los veinte del tercer milenio, pero nadie interviene, como si no pasara nada.

viernes, 31 de julio de 2020

Encíclica Mens Nostra sobre los ejercicios espirituales - Pío XI


CARTA ENCÍCLICA

MENS NOSTRA

DEL SUMO PONTÍFICE
PÍO XI

SOBRE LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES


INTRODUCCIÓN

1. A ninguno de vosotros, venerables hermanos, se le oculta cuál fue nuestra intención o nuestro ánimo cuando, al comenzar este año, anunciamos al orbe católico un jubileo extraordinario para celebrar el quincuagésimo aniversario de aquel día en que, recibida la ordenación sacerdotal, ofrecimos por vez primera el santo sacrificio del altar.

Porque, como solemnemente declaramos en la constitución apostólica Auspicantibus Nobis, promulgada el día 6 de enero de 1929 1, con dicha celebración no sólo queríamos que nuestros queridos hijos, la gran familia cristiana confiada a nuestro corazón por el benignísimo Corazón Divino, participasen en la alegría de su Padre común, y unidos con él diesen gracias al Supremo Dador de todo bien, sino que, además y sobre todo, abrigábamos la dulce esperanza de que, franqueados con paternal liberalidad los tesoros celestiales de que el Señor nos ha hecho dispensadores, tendrían los fieles dichosa oportunidad para fortalecerse en la fe, crecer en la piedad y perfección cristiana y ajustar fielmente a las normas del Evangelio las costumbres públicas y privadas; con lo cual, y como fruto hermosísimo de la total pacificación de cada uno consigo mismo y con Dios, se podría esperar la mutua pacificación de las almas y de los pueblos.

2. No fue vana nuestra esperanza. Porque aquel encendido ardor de devoción, con que fue acogida la promulgación del jubileo, lejos de menguar con el transcurso del tiempo, ha ido creciendo cada vez más, ayudando a ello el Señor con memorables acontecimientos que harán imperecedera la memoria de este año, verdaderamente de salud.

Con indecible consuelo hemos podido ver, en gran parte con nuestros propios ojos, este magnífico aumento de fe y de piedad, y entrañablemente nos hemos complacido en contemplar tan gran muchedumbre de hijos queridísimos, a los cuales pudimos recibir en nuestra casa y, por decirlo así, estrechar con paternal afecto contra nuestro corazón.

Hoy, mientras desde lo más íntimo del alma elevamos al Padre de la misericordia un ardiente himno de gratitud por tantos y tan señalados frutos como El se dignó producir, madurar y cosechar en su viña durante este Año Jubilar, nuestra pastoral solicitud nos mueve e impulsa a procurar que de tan prósperos comienzos resulten en lo sucesivo grandes y permanentes beneficios para la felicidad y salvación de los individuos, y, por tanto, de toda la sociedad.

3. Y meditando Nos cómo podría esto conseguirse, recordamos que nuestro predecesor, de f. m., León XIII, al promulgar en otra ocasión el santo jubileo, con palabras gravísimas, que hacíamos nuestras en la citada constitución Auspicantibus Nobis2, exhortaba a todos los fieles a recogerse algún tiempo para poner en cosas mejores sus pensamientos apegados a la tierra3, y recordamos también cómo nuestro predecesor, de s. m., Pío X, tan celoso promotor y ejemplo vivo de santidad sacerdotal, al promulgar en el año jubilar de su sacerdocio una piadosísima y memorable exhortación al clero católico4, daba enseñanzas preciosas y escogidas para elevar a mucha altura el edificio de la vida espiritual.

4. Siguiendo, pues, las huellas de estos Pontífices, hemos juzgado oportuno hacer también Nos algo, aconsejando una práctica excelente, de la cual esperamos que el pueblo cristiano sacará muchísimo y extraordinario provecho. Nos referimos a la práctica de los Ejercicios espirituales, que deseamos ardientemente se promueva y difunda más y más cada día, no sólo en ambos cleros, sino también entre las agrupaciones de seglares católicos, y que nos complacemos en dejar a nuestros amados hijos como recuerdo de nuestro Año Jubilar.

Lo cual hacemos con tanto mayor gusto, al declinar ya el año del quincuagésimo aniversario de nuestra primera Misa, cuanto que nada nos puede ser más grato que recordar las celestiales gracias e inefables consolaciones que muchas veces hemos experimentado al hacer los Ejercicios espirituales, con cuya práctica asidua hemos marcado como con otros tantos jalones las distintas etapas de nuestra vida sacerdotal, y hemos sacado luz y alientos para conocer y cumplir el divino beneplácito. Nada nos es más grato, finalmente, que recordar cuanto en todo el transcurso de nuestro ministerio sacerdotal trabajamos por instruir al prójimo en las cosas del cielo por medio de los mismos Ejercicios, con tanto fruto y tan increíble provecho de las almas, que con razón juzgamos que los Ejercicios espirituales son y constituyen un especial medio para alcanzar la eterna salvación.

I. IMPORTANCIA, OPORTUNIDAD
Y UTILIDAD DE LOS EJERCICIOS

Su valor en nuestro tiempo

viernes, 15 de mayo de 2020

La grandeza evidente en León I y Gregorio I es ciertamente visible también en Juan Pablo II - Benedicto XVI



Ciudad del Vaticano
4 de mayo del 2020

El 18 de mayo, se cumplirán 100 años desde que el papa Juan Pablo II nació en la pequeña ciudad polaca de Wadowice.

Polonia, dividida durante más de 100 años por las tres grandes potencias vecinas – Prusia, Rusia y Austria –, había recuperado su independencia al final de la Primera Guerra Mundial. Fue una época llena de esperanza, pero también de dificultades, ya que la presión de las dos grandes potencias, Alemania y Rusia, siguió pesando sobre el Estado que se estaba reorganizando. En esta situación de angustia, pero sobre todo de esperanza, creció el joven Karol Wojtyla, que perdió muy pronto a su madre, a su hermano y, finalmente, a su padre, de quien había aprendido una piedad profunda y cálida. El joven Karol era particularmente apasionado de la literatura y el teatro, y después de estudiar para sus exámenes de secundaria, comenzó a dedicarse más a estas materias.

«Para evitar la deportación, en el otoño de 1940, comenzó a trabajar en una cantera que pertenecía a la fábrica química de Solvay» (cf. Don y Misterio). «En Cracovia, había ingresado en secreto en el Seminario. Mientras trabajaba como obrero en una fábrica, comenzó a estudiar teología con viejos libros de texto, para poder ser ordenado sacerdote el 1 de noviembre de 1946» (cf. Ibid.). Por supuesto, no solo estudió teología en los libros, sino también a partir de la situación específica que pesaba sobre él y su país. Es una especie de característica de toda su vida y su trabajo. Estudia con libros, pero experimenta y sufre las cuestiones que están detrás del material impreso. Para él, como joven obispo – obispo auxiliar desde 1958, arzobispo de Cracovia desde 1964 – el Concilio Vaticano II se convirtió en una escuela para toda su vida y su trabajo. Las grandes preguntas que surgieron especialmente sobre el llamado Esquema 13 – luego Constitución Gaudium et Spes – fueron sus preguntas personales. Las respuestas desarrolladas en el Concilio le mostraron el camino a seguir para su trabajo como obispo y luego como Papa.

viernes, 8 de mayo de 2020

Santa Misa celebrada por San Juan Pablo II en la Basílica de Luján el 11 de junio de 1982






Leer: El milagro de Nuestra Señora de Luján



MISA EN EL SANTUARIO DE LUJÁN
HOMILÍA DE JUAN PABLO II
Buenos Aires, 11 de junio de 1982

Amadísimos hermanos y hermanas,

1. Ante la hermosa basílica de la “Pura y Limpia Concepción” de Luján nos congregamos esta tarde para orar junto al altar del Señor.

A la Madre de Cristo y Madre de cada uno de nosotros queremos pedir que presente a su Hijo el ansia actual de nuestros corazones doloridos y sedientos de paz.

A Ella que, desde los años de 1630, acompaña aquí maternalmente a cuantos se la acercan para implorar su protección, queremos suplicar hoy aliento, esperanza, fraternidad.

Ante esta bendita imagen de María, a la que mostraron su devoción mis predecesores Urbano VIII, Clemente XI, León XIII, Pío XI y Pío XII, viene también a postrarse, en comunión de amor filial con vosotros, el Sucesor de Pedro en la cátedra de Roma.

lunes, 27 de abril de 2020

Santo Toribio de Mogrovejo - P. Alfredo Sáenz



I. De los Picos de Europa al Episcopado: 1. Joven estudiante en Valladolid - 2. En Salamanca - 3. Inquisidor en Granada - 4. Obispo - 5. Rumbo al Perú -
II. El Perú pretoribiano
III. El Tercer Concilio de Lima: 1. Las turbulencias preconciliares - 2. Los Catecismos - 3. Los sacramentos - 4. La formación de un clero idóneo
IV. El Obispo acróbata
V. Las relaciones del Arzobispo con el poder temporal
VI. Su vida espiritual
VII. Muerte y glorificación

Nos complace detenernos en la consideración de la figura de Santo Toribio, el gran pastor de Hispanoamérica, auténtico arquetipo de lo que puede llegar a ser un obispo cuando asume sus responsabilidades pastorales con generosidad y grandeza de alma.

I. De los Picos de Europa al Episcopado

Nació Toribio en Mayorga, pueblo del Reino de León. Allí se había trasladado su familia, cuya casa solariega se ubicaba en una aldehuela denominada Mogrovejo, sita en las estribaciones de los montes de Asturias, los llamados Picos de Europa. Fue en dichos montes donde se inició la gloriosa Reconquista de España, hasta entonces en poder de los moros. Sus padres eran de familia noble, lo que dejaría una impronta indeleble en el modo de ser del joven Toribio, el tercero de cinco hermanos. No se sabe con exactitud la fecha de su nacimiento, si bien es opinión común que acaeció el año 1538.

En el valle de Liébana, junto al castillo de los Mogrovejo, se encuentra un monasterio, fundado en el siglo VI por el monje Toribio, que había sido obispo de Palencia, y que eligió ese lugar para vivir allí con un grupo de compañeros según la regla benedictina. A mediados del siglo VIII, una vez consolidada la Reconquista en esa zona, llevaron al monasterio los restos de otro Toribio, que había sido obispo de Astorga en el siglo V, juntamente con el lignum crucis que dicho obispo trajo consigo de una de sus peregrinaciones a Jerusalén. Hoy el monasterio se llama de Santo Toribio de Liébana. De este santo le viene su nombre a nuestro Toribio, así como su amor apasionado por la cruz.

1. Joven estudiante en Valladolid

martes, 18 de febrero de 2020

El Catecismo de la Iglesia Católica comentado 1 (Por Mons. José Ignacio Munilla)



Presentación de Mons. José Ignacio Munilla al inicio del ciclo radial del Comentario al Catecismo de La Iglesia Católica


El 3-10-2005 a las 8:00 el director de Radio Maria (Esteban Munilla) presenta al que en aquel tiempo era sacerdote, párroco de El Salvador en Zumárraga (Guipuzcoa), D. Jose Ignacio Munilla, que tomaba el relevo en la radio al P. Julio Sainz, claretirano, en la explicación diaria del Catecismo de la Iglesia Católica.


Descripción de Introducción al Catecismo 2011-01-25 Mons. José Ignacio Munilla



Introducción al catecismo que punto a punto se va a explicar en el resto de los programas de radio

Introducción al Catecismo de la Iglesia Católica 2011
Mons. JOSE IGNACIO MUNILLA

Un saludo a todos los oyentes de Radio María. Comenzamos hoy este programa llamado explicación del Catecismo de la Iglesia Católica en el que esperamos desarrollar desde el punto 1 del catecismo hasta el punto 2865, en el tiempo que Dios nos permita, esperamos desarrollar todos los contenidos del Catecismo. En este primer día queremos hacer una exposición introductoria a la explicación del Catecismo.

En el inicio se nos ofrece el texto de la Constitución Apostólica que tiene el nombre de “Fidei Depositum” con la que se promulgó el Catecismo que vamos a explicar. “El Depósito de la Fe” para la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica escrito en orden a la publicación del Concilio Vaticano II, Juan Pablo II, Obispo, Siervo de los Siervos de Dios para perpetua memoria. Esta es la Constitución que acompaña al Catecismo. La publicación del Catecismo de la Iglesia Católica fue introducida con esta constitución en la que se promulga.

En este primer programa introductorio vamos a comentar brevemente esta constitución apostólica, que dice en su primera frase:

“La misión que el Señor le confió a la Iglesia y que ella quiere realizar en todo tiempo es la de conservar el depósito de la fe”.

jueves, 23 de enero de 2020

Los Concilios de la Iglesia Católica (I)


Los 21 Concilios Ecuménicos de la Iglesia Católica


1. Concilio de Nicea, año 325.
2. Concilio Primero de Constantinopla, año 381.
3. Concilio de Éfeso, año 431.
4. Concilio de Calcedonia, año 451.
5. Concilio Segundo de Constantinopla, año 553.
6. Concilio Tercero de Constantinopla, años 680-681.
7. Concilio Segundo de Nicea, año 787.
8. Concilio Cuarto de Constantinopla, año 869.
9. Concilio Primero de Letrán, años 1123-1124.
10. Concilio Segundo de Letrán, año 1139.
11. Concilio Tercero de Letrán, año 1179.
12. Concilio Cuarto de Letrán, año 1215.
13. Concilio Primero de Lyon, año 1245.
14. Concilio Segundo de Lyon, año 1274.
15. Concilio de Viena, años 1311-1312.
16. Concilio de Costanza, año 1417.
17. Concilio de Florencia, año 1431.
18. Concilio Quinto de Letrán, año 1512.
19. Concilio de Trento, años 1545-1563.
20. Concilio Vaticano Primero. Convocado por el Papa Pío IX en 1869. Concluyó en 1870.
21. Concilio Vaticano II, años 1962-1965. Convocado por Juan XXIII. Celebramos el 50 aniversario.

Primer Concilio Ecuménico: Primer Concilio de Nicea (325). El concilio de Nicea duró dos meses y doce días. Contó con la asistencia de trescientos dieciocho obispos. Hosio, obispo de Córdoba, asistió como legado del Papa San Silvestre I. El emperador Constantino también estaba presente. A este concilio le debemos el Credo (Symbolum) de Nicea, que definió contra Arrio la verdadera divinidad del Hijo de Dios (homoousion), así como la fijación de la fecha para celebrar la Pascua de Resurrección (contra los cuartodecimanos)

domingo, 1 de diciembre de 2019

Mensaje de Benedicto XVI con ocasión del 50 aniversario de la Comisión Teológica Internacional


Mensaje de saludo
con ocasión del 50º aniversario
de la creación de la
Comisión Teológica Internacional

Texto del Mensaje del Papa Emérito Benedicto XVI

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A la Comisión Teológica Internacional, en su 50º aniversario, van mi cordial saludo y mi especial bendición.

El Sínodo de los Obispos como estable institución en la vida de la Iglesia y la Comisión Teológica Internacional fueron dados ambos a la Iglesia por el Papa Pablo VI para fijar y continuar las experiencias del Concilio Vaticano II. El desapego, que se había manifestado en el Concilio, entre la Teología que se estaba desarrollando en el mundo y el Magisterio del Papa tenía que ser superado. Desde el inicio del siglo XX se constituyó la Pontificia Comisión Bíblica, que en su forma originaria representaba una parte del Magisterio pontificio, y que tras el Concilio Vaticano II se trasformó en un órgano de consulta teológica al servicio del Magisterio, para aportar un parecer competente en materia bíblica. Según lo establecido por Pablo VI, el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe es a la vez Presidente de la Pontificia Comisión Bíblica y de la Comisión Teológica Internacional, las cuales, sin embargo, eligen a su secretario internamente.

Se quería demostrar así que ambas Comisiones no son un órgano de la Congregación para la Doctrina de la Fe, hecho que podría haber disuadido a ciertos teólogos de aceptar ser miembros. El Cardenal Franjo Šeper comparó la relación del Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe con el Presidente de las dos Comisiones a la estructura de la monarquía austro-húngara: el emperador de Austria y el rey de Hungría eran la misma persona, mientras que los dos países vivían autónomamente uno junto al otro. Además, la Congregación para la Doctrina de la Fe pone a disposición de las sesiones de la Comisión y de sus participantes sus posibilidades prácticas y, a tal fin, creó la figura del Secretario Adjunto, que de vez en cuando asegura las ayudas necesarias.

viernes, 25 de octubre de 2019

Condecoración como Caballero de la Milicia de Cristo otorgada por Pío XII a Francisco Franco


   
Tras la Cruzada de Liberación Nacional y dada la trayectoria católica de Francisco Franco y su ejemplar gobernación de nuestra Patria, el Sumo Pontífice de la Iglesia, Pío XII, eligió, constituyó y nombró Caballero de la Milicia de Jesucristo al Jefe del Estado Español, Generalísimo Franco, por su defensa de la fe cristiana, concediéndole el 21 de diciembre de 1953 la orden de Suprema de Cristo.

Dos meses después, el 25 de febrero de 1954, y en la capilla del Palacio de Oriente, se celebró la solemne ceremonia de la imposición a Su Excelencia, el Jefe del Estado y Generalísimo de los Ejércitos, de la más alta condecoración de la Santa Sede: el Gran Collar de la Orden Suprema de Cristo, que le había concedido el Santo Padre Pío XII.
   
   Al lado del Evangelio había sido colocado un gran dosel con dos reclinatorios de damasco, y entre el dosel y el altar, un sitial destinado a los cardenales-arzobispos de Toledo, Santiago de Compostela y Tarragona.   Como invitados se encontraban allí el Gobierno en pleno, el Consejo del Reino, todo el Cuerpo diplomático acreditado en Madrid, presidido por su decano, el Nuncio Apostólico, monseñor Hildebrando Antoniutti; el patriarca de las Indias Occidentales y obispo de Madrid-Alcalá; el arzobispo de Sión; el obispo consiliario de la Acción Católica Española, y los dos obispos auxiliares de la diócesis, todas las primeras autoridades civiles y militares de Madrid, el deán de la Catedral, el decano del Tribunal de la Rota y el abad del Venerable Cabildo de párrocos.  

   El Caudillo y su esposa fueron recibidos en la puerta del templo por el patriarca de las Indias Occidentales, doctor Eijo Garay, de quien, postrados de rodillas, recibieron el agua bendita y un crucifijo, que fervorosamente besaron.   

   Mientras SS. EE.,  pasaban a ocupar los tronos bajo el dosel y los cardenales-arzobispos sus respectivos sitiales al lado del Evangelio, la «Schola Cantorum» del Seminario de Madrid interpretó las antífonas «Da pacem Domine».    

   Desde el pulpito se procedió a la lectura, en latín y en castellano, del texto de la bula de Pío XII por la que se concedía la Orden Suprema de Cristo al Generalísimo Franco.  El texto de dicho documento es el siguiente:  

   “Pío Papa XII. — A nuestro amado hijo Francisco Franco Bahamonde, Jefe del Estado Español. — Salud y bendición Apostólica:    Recordamos con cuanta solemnidad y concurrencia de fieles celebrábase el año pasado en Barcelona el Congreso Eucarístico Internacional, al que nos consta que las autoridades civiles prestaron entusiasmo y colaboración.  

Radiomensaje del Papa Pío XII a los fieles de España al finalizar la guerra civil


RADIOMENSAJE DE SU SANTIDAD PÍO XII
A LOS FIELES DE ESPAÑA

16 de abril de 1939


Con inmenso gozo Nos dirigimos a vosotros, hijos queridísimos de la Católica España, para expresaros nuestra paterna congratulación por el don de la paz y de la victoria, con que Dios se ha dignado coronar el heroísmo cristiano de vuestra fe y caridad, probado en tantos y tan generosos sufrimientos.
Anhelante y confiado esperaba Nuestro Predecesor, de s. m., esta paz providencial, fruto sin duda de aquella fecunda bendición, que en los albores mismos de la contienda enviaba «a cuantos se habían propuesto la difícil y peligrosa tarea de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la Religión» [1]; y Nos no dudamos de que esta paz ha de ser la que él mismo desde entonces auguraba, «anuncio de un porvenir de tranquilidad en el orden y de honor en la prosperidad» [2].

Los designios de la Providencia, amadísimos hijos, se han vuelto a manifestar una vez más sobre la heroica España. La Nación elegida por Dios como principal instrumento de evangelización del Nuevo Mundo y como baluarte inexpugnable de la fe católica, acaba de dar a los prosélitos del ateísmo materialista de nuestro siglo la prueba más excelsa de que por encima de todo están los valores eternos de la religión y del espíritu. La propaganda tenaz y los esfuerzos constantes de los enemigos de Jesucristo parece que han querido hacer en España un experimento supremo de las fuerzas disolventes que tienen a su disposición repartidas por todo el mundo; y aunque es verdad que el Omnipotente no ha permitido por ahora que lograran su intento, pero ha tolerado al menos algunos de sus terribles efectos, para que el mundo viera, cómo la persecución religiosa, minando las bases mismas de la justicia y de la caridad, que son el amor de Dios y el respeto a su santa ley, puede arrastrar a la sociedad moderna a los abismos no sospechados de inicua destrucción y apasionada discordia.

Propuestas para recuperar la santificación de los días festivos - Episcopado Argentino



RESOLUCIONES DEL 
EPISCOPADO ARGENTINO
1938 
I
Cruzada por la santificación de los días festivos

Ante el hecho tan doloroso del incumplimiento del precepto dominical por parte de numerosos fieles y de la incomprensión de la excelencia de la Misa como manantial sin par de la gracia divina, y por ende del escaso aprovechamiento espiritual que de la asisten­cia a ella reportan; los Obispos, reunidos en su asamblea bienal, resuelven iniciar una Cruzada para acrecentar el número de los que cumplan con tan grave deber y lo hagan con más abundantes frutos, mediante una mejor inteligencia de la Misa y una participación más activa en ella.
Con este fin resolvemos­
1º. Recomendar a los párrocos, rectores de iglesia y misioneros:
a) Insistan con frecuencia en sus predicaciones sobre la grave obligación que todos los cristianos, en edad hábil, tienen de asistir a Misa los días festivos y sobre la cuenta que Dios pedirá a los que falten a ella voluntariamente y a quienes su ejemplo, cuando no con su palabra, aparten a otros del cum­plimiento de este precepto.
b) Recuerden frecuentemente a los padres de familia, padrinos y tutores el grave deber que tienen de inculcar a sus hijos, ahijados y pupilos que la Misa dominical es una de las princi­pales obligaciones del cristiano y que han de velar para que cumplan fielmente con ella, dando, por otra parte, ejemplo.
c) Enseñen a todos niños y adultos que la Misa es el acto más sublime y eficaz de nuestra santa Religión, dándoles a conocer su esencia y su liturgia para que se unan más íntimamente a Jesucristo, eterno Sacerdote, y a su ministro y sea
de este modo más provechosa su participación en ella.

2°. Encarecer a los párrocos, rectores de iglesia, misioneros, directores de colegios, escuelas, asilos católicos y catequistas que vuelvan con frecuencia en las clases de Religión sobre los men­cionados puntos, de tal vital importancia para la vida cristiana y la salvación eterna.

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